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PRESENTACIÓN
El profesor Maurício Abdalla me ha dado una lección que ha cambiado
o, al menos, ha mitigado mi actitud fatalista ante el destino a que
parece abocada la humanidad: No podemos perder la esperanza.
Perder la esperanza significa condenar a muerte a millones de
personas.
Desde luego, no se puede decir que mi actitud fatalista esté poco
justificada. La información, que mi actividad profesional me obliga
a renovar periódicamente, no genera mucho optimismo sobre el futuro
del Hombre sobre la Tierra. La creciente (y, para algunos expertos,
irreversible) degradación ambiental, el agotamiento de los “recursos
naturales”, la extensión y profundización de la pobreza, añadidos a
la creciente tensión política mundial que, provocada por la avidez
por el control de las fuentes de energía, ha acabado por convertirse
en una, en principio inventada, pero cada día más real, “guerra de
civilizaciones”, sólo pueden conducir a una catástrofe mundial
incontrolable por ninguna tecnología humana.
Pero lo que resulta aún más desalentador que los problemas son las
soluciones que se proponen: extender los cultivos transgénicos o la
cría de animales modificados genéticamente para “luchar contra el
hambre”; soluciones tecnológicas para detener el cambio climático,
como la delirante idea de poner espejos en órbita, el retorno de la
energía nuclear o, incluso, la bienintencionada idea de la búsqueda
de “fuentes de energía alternativas” para lograr un “desarrollo
sostenible”. Porque si se trata de lo que se conoce como “desarrollo
económico” no es sostenible.
Albert Einstein decía que no podemos solucionar los problemas
empleando la misma mentalidad que los creó. Y no parece que hayan
muchas dudas sobre qué tipo de mentalidad ha creado estos problemas.
Una mentalidad, una racionalidad en la terminología de Mauricio
Abdalla, que es, en realidad, irracionalidad, porque ha transformado
en “leyes” científicas los peores defectos de la condición humana:
el egoísmo, la competencia, la avidez por la riqueza, la explotación
de los hombres y de la Naturaleza, forman parte de las “leyes
naturales”, y para que estas “leyes” se cumplan, la usura, el
expolio y la violencia son instrumentos necesarios.
Esta racionalización de la injusticia tiene su origen histórico y
cultural en una concepción de la realidad muy concreta que se plasma
en dos de “las obras cumbre de nuestra civilización”: La Riqueza
de las Naciones de Adam Smith y Sobre el Origen de las
Especies por medio de la Selección Natural, o el Mantenimiento de
las Razas Favorecidas en la Lucha por la Existencia de Charles
Darwin. La transformación de los prejuicios culturales y sociales,
que ambos autores compartían, en una explicación “científica” de la
injusticia y la coronación del egoísmo y la competencia como agentes
de progreso y “generadores de riqueza” han servido como
justificación y, al tiempo, estímulo, para dejar a la Humanidad y a
la Naturaleza en manos de los que más sobresalen en esas “virtudes”.
No parece necesario recurrir a análisis científicos ni históricos
para poner de manifiesto las falacias que se ocultan tras las
teorías del “libre mercado” y de “la supervivencia del más apto”.
Basta con comprobar sus efectos. La transformación de todo, de la
sociedad, de la Naturaleza, en mercancías (el mercado laboral, el
mercado del agua, el mercado de la contaminación...) sometidas al
imperio de la libre competencia, sólo puede conducir a lo que ha
conducido: a dejar el Mundo en manos de personas sin escrúpulos que
sólo buscan su propio interés (el “motor de la sociedad” en
palabras de Adam Smith) y que sienten un enorme desprecio por los
derrotados en la competencia, por los menos aptos (según el
“descubrimiento” de Charles Darwin).
La conclusión es inequívoca: o cambiamos de raíz estos principios
creados por y para los egoístas y los prepotentes o no habrá
esperanza para la Humanidad. Porque no tiene sentido, no es ni
siquiera racional aceptar como algo inevitable, incluso lógico, que
mientras miles de personas que no han cometido otra falta que la de
nacer en el sitio “inadecuado” mueran diariamente de hambre, guerras
y enfermedades fáciles de curar, unos pocos acumulen crecientemente
unas riquezas que no pueden abarcar pero que nunca parecen calmar su
avidez.
Si en el Mundo todavía (no sabemos por cuanto tiempo) hay alimentos
y sitio para todos ¿tiene sentido continuar con un sistema económico
cuya propia dinámica hace que sólo puede existir, sólo puede
mantenerse, mediante la acentuación de la explotación de los hombres
y el expolio de la Naturaleza? Porque lo que se está poniendo en
peligro no es sólo la supervivencia de una parte desfavorecida de la
Humanidad. Es toda la Humanidad la que se acerca, cada día más, al
precipicio. La degradación de la Naturaleza está próxima (si no ha
llegado ya) al punto de “no retorno” e insisto: no hay tecnología
capaz de hacer frente a las fuerzas de la Naturaleza. Y nadie se
podrá esconder de ellas.
Hemos llegado a una situación en que sólo un cambio radical en el
modelo económico y en los principios sociales puede detener o, al
menos, retrasar la catástrofe. Un cambio de los valores mezquinos y
simplistas que han llevado a esta degradación de las relaciones de
los hombres entre sí y con la Naturaleza por otros que, en lugar de
pretender imponer por la fuerza un sistema político, económico y
social como único admisible, reconozcan la diversidad cultural de
los pueblos y el derecho a mantener sus tradiciones. Que, en vez de
estafar y esquilmar sistemáticamente a los ciudadanos y a los países
empobrecidos por motivos históricos muy concretos, mediante los
trucos del supuesto “libre mercado”, les permita ser dueños de sus
recursos y de su destino. Sólo El principio de cooperación
puede poner freno al desastre. Es ahora, en estos momentos que
anuncian una crisis global, cuando tenemos una necesidad perentoria
de detener este camino y volver a la verdadera racionalidad. La que
incluye los mejores sentimientos, las mejores virtudes de la
condición humana y no sólo sus peores defectos. El principio de
cooperación no es sólo una alternativa. Es, con toda seguridad,
la única posibilidad para evitar o, al menos, retrasar el holocausto
de la humanidad.
Seguramente, Mauricio Abdalla está en lo cierto. No podemos perder
la esperanza. Pero no porque confiemos en que “los dueños del Mundo”
recapaciten. Simplemente, porque sería perder la confianza en la
condición humana. Sería darles la razón.
Máximo Sandín
Profesor de Bioantropología
Universidad Autónoma de Madrid
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PRÓLOGO
Estamos viviendo una crisis de los fundamentos de nuestra
convivencia personal, nacional y mundial. Si miramos a la
Tierra como un todo, percibiremos que casi nada funciona a
satisfacción. La Tierra está enferma, y muy enferma. Y como
somos, en cuanto que humanos, también Tierra (hombre viene de
humus = tierra fértil), nos sentimos todos, en cierta
forma, enfermos. La percepción que tenemos es de que no
podemos continuar por este camino, pues nos llevará al abismo.
Fuimos tan insensatos en las últimas generaciones que
construimos el principio de autodestrucción. No es fantasía
holywoodiana. Tenemos las condiciones para destruir varias
veces la biosfera e imposibilitar el proyecto planetario
humano. Esta vez no habrá un arca de Noé que salve a algunos y
deje perecer a los demás. Los destinos de la Tierra y de la
Humanidad coinciden: o nos salvamos todos o sucumbimos juntos.
Ahora nos volvemos todos filósofos, pues nos preguntamos entre
angustiados y perplejos: ¿cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo
vamos a salir de este callejón sin salida global? ¿Qué
colaboración puedo dar como persona individual?
En primer lugar, se ha de entender el hecho estructurador de
nuestras sociedades hoy mundializadas, principal responsable
de este curso peligroso. Es el tipo de economía que
inventamos. La economía es fundamental, pues es la responsable
de la producción y reproducción de nuestra vida. El tipo de
economía vigente se monta sobre el trueque competitivo. Todo
en la sociedad y el la economía se concentra en el trueque. El
trueque aquí es cualificado, es competitivo. Sólo el más
fuerte triunfa. Los otros o se agregan como socios subalternos
o desaparecen. El resultado de esta lógica de la competición
de todos contra todos es doble: de un lado, una acumulación
fantástica de beneficios en pocos grupos, de otro, una
exclusión fantástica de la mayoría de las personas, de los
grupos y de las naciones.
Actualmente, el gran crimen de la Humanidad es la exclusión
social. Por todas partes reinan el hambre crónica, el aumento
de las enfermedades antes erradicadas, la depredación de los
recursos limitados de la Naturaleza y un ambiente general de
violencia, de opresión y de guerra.
Pero, reconozcámoslo: durante siglos ese trueque competitivo
abrigaba a todos, bien o mal, bajo su techo. Su lógica agilizó
todas las fuerzas productivas y creó mil facilidades para la
existencia humana. Pero hoy las virtualidades de este tipo de
economía se están agotando. La gran mayoría de los países y de
las personas no caben bajo su techo. Son excluidos o socios
menores y subalternos como es el caso de Brasil. Ahora, este
tipo de economía del trueque competitivo se muestra altamente
destructivo, donde quiera que penetre y se imponga. Nos puede
llevar al destino de los dinosaurios.
O cambiamos o morimos, esa es la alternativa. ¿Dónde buscar el
principio articulador de otra sociabilidad, de un nuevo sueño
para el futuro? En momentos de crisis total necesitamos
consultar a la fuente originaria de todo, la Naturaleza. ¿Qué
es lo que nos enseña? Nos enseña – algo que la ciencia hace un
siglo identificó- que la ley básica del Universo no es la
competición que divide y excluye, sino la cooperación que suma
e incluye. Todas las energías, todos los elementos, todos los
seres vivos, desde las bacterias y los virus hasta los seres
más complejos somos inter-retro-relacionados y, por eso,
interdependientes. Un tejido de interconexiones nos envuelve
por todos los lados, haciéndonos seres cooperativos y
solidarios. Lo queramos o no, pues es la ley del Universo. Por
su causa llegamos hasta aquí y podremos tener futuro.
Aquí se encuentra la salida para un nuevo sueño civilizatorio
y para un futuro para nuestras sociedades: hacernos de esta
ley de la Naturaleza, conscientemente, un proyecto personal y
colectivo, ser seres cooperativos. Al revés del trueque
competitivo en el cual sólo una gana, debemos fortalecer el
trueque complementario y cooperativo en el cual todos ganan.
Importa asumir, con absoluta seriedad, el principio del premio
de economía John Nash, cuya mente brillante fue celebrada por
un no menos brillante film: el principio gana-gana, en el cual
todos sean beneficiados sin haber perdedores.
Para convivir humanamente inventamos la economía, la política,
la cultura, la ética y la religión. Pero en los últimos siglos
lo hicimos bajo la inspiración de la competición que genera el
individualismo. Ese tiempo acabó. Ahora tenemos que inaugurar
la inspiración de la cooperación que genera la comunidad y la
participación de todos en lo que interesa a todos.
Tales tesis y pensamientos se encuentran detallados en este
brillante libro de Mauricio Abdalla, El principio de
cooperación: en busca de una nueva racionalidad.
Si no hacemos esta conversión preparémonos para lo peor. Urge
comenzar con las revoluciones moleculares. Comencemos por
nosotros mismos, siendo seres cooperativos, solidarios,
compasivos, simplemente humanos. Con eso definimos la
dirección acertada. En ella hay esperanza y vida para nosotros
y para la Tierra.
Leonardo Boff
Petrópolis, 1 de mayo de 2002
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PRÓLOGO
A LA EDICIÓN ESPAÑOLA
Cinco
años separan la presente edición española de El principio de
cooperación de su edición original brasileña. Como el libro
trata de problemas del mundo actual y como la velocidad de los
cambios en la actualidad es extraordinariamente rápida, un período
de cinco años, aunque parezca poco para un libro, exige algunas
palabras iniciales para situar la temática en un contexto
ligeramente diferente de aquel en que fue escrito.
Desgraciadamente, no se trata de una diferencia contextual muy
grande. Ninguna de las cuestiones que este libro pretende enfocar
han sido superadas. Al contrario, algunos problemas se han agravado
y han asumido las proporciones previstas en los dos primeros
capítulos –lo que refuerza más todavía la necesidad de una actuación
urgente por parte de toda la Humanidad para enfrentar los riesgos
que nosotros y nuestro planeta corremos. Por otro lado, varias
señales de esperanza, tanto en el campo de la praxis humana como en
el campo de la producción teórica, se han ido presentando,
contribuyendo a reforzar el tono tozudamente optimista de los
capítulos finales (algunos dirían paradójicamente optimista).
Aprovecho la oportunidad que la editorial Crimentales me proporciona
al acercar mis reflexiones al público de lengua española para hacer,
en los próximos párrafos, algunas observaciones sobre el libro en
nuestro contexto actual.
La primera observación es la constatación de que no se ha producido
ningún cambio estructural y no se ha tomado ninguna medida de
impacto para que se diera ese cambio. Por tanto, no hay reparo que
hacer al abordaje de los problemas generales que en el libro se
tratan. No obstante, los datos presentados en los dos primeros
capítulos corresponden a una determinada fecha y la mayor parte de
ellos ya no representan, en términos numéricos exactos, la dimensión
del problema. Pero el objetivo de la presentación de esos datos
numéricos y estadísticos no era el de hacer un informe preciso de la
situación en que vivimos sino fundamentar, a través de los datos de
la realidad analizada por personas e instituciones fiables, la
afirmación de la crisis sistémica en que vivimos. Para ese
propósito, la cita de los datos, aunque desfasada en cinco años,
todavía cumple su función y no veo necesidad de actualizarla para
una nueva edición. Los números han cambiado, pero las dimensiones de
los problemas no. Además, son informaciones que están siendo
actualizadas constantemente y puestas a disposición del público en
la mayoría de las fuentes aquí citadas, principalmente en los
informes sobre el desarrollo humano del Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD).
La segunda observación es que los datos más recientes han
contribuido a hacer la discusión de la temática abordada aquí mucho
más urgente y oportuna que lo era cinco años atrás. Las últimas
informaciones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de
la Naciones Unidas (IPCC, en sus siglas en inglés), que reúne más de
dos mil científicos de todo el mundo, han alertado a la sociedad
mundial sobre la gravedad del calentamiento global, tratado aquí en
el primer capítulo. Todos los indicadores apuntan al hecho de que
los problemas relacionados con el calentamiento del planeta no son
sólo perspectivas para el futuro, sino que ya estamos sufriendo sus
efectos catastróficos y letales en el presente. Pero la información
más impactante es la posibilidad de que ya hayamos sobrepasado el
punto de no retorno de la destrucción del ecosistema. En caso de que
eso fuera verdad, significa la condena a muerte de la especie humana
ya que, independientemente de lo que pudiésemos hacer a partir de
ahora, no habría forma de recuperar el equilibrio estructural del
planeta Tierra como un sistema autoorganizado y como un escenario
para el florecimiento de la vida humana y de otras diversas especies
animales y vegetales.
Prefiero confiar en que todavía es posible salvar a la Tierra y a
nosotros mismos. Pero no podemos dejar de considerar la gravedad del
problema y nuestra responsabilidad sobre él. Creer que todo está
bien conduce a las personas a una apatía social. Pero creer que “no
hay nada que hacer” conduce a la misma apatía añadida a la
desesperanza y a las prácticas exclusivamente individualistas de
supervivencia. Necesitamos ser, como dice Gramsci, “pesimistas en el
análisis pero optimistas en la acción”.
La posibilidad de un cataclismo climático, ahora anunciada de forma
más dramática, ha llevado, muy tardíamente, a que los sectores que
nunca habían tomado en serio los riesgos para la vida humana hayan
pasado a preocuparse por el destino de la Tierra. Incluso las
grandes corporaciones de telecomunicaciones, habituadas a verter
entretenimiento vacío, alienante y estupidizante sobre las cabezas
de sus tele-clientes, han pasado a noticiar los riesgos de un
Apocalipsis inminente. Muchas empresas movilizan ahora recursos para
inversiones en ecología y adaptan sus discursos a las exigencias de
un desarrollo sostenible. También la sociedad civil se ha quedado
perpleja ante los fenómenos que presencian y las perspectivas que se
anuncian.
Sin embargo, la mayoría de esas manifestaciones todavía se hacen
dentro de la racionalidad dominante. Las empresas han asumido un
discurso ecológico, pero no renuncian a la menor parte de sus
ganancias exorbitantes para salvar al planeta. Buscan recursos
alternativos sin contar con el hecho, más que comprobado, de que la
forma en que consumimos energía y otros recursos naturales exige más
de lo que la Naturaleza puede dar y, al mismo tiempo, de que el
consumo mundial es muy superior al que necesitamos, de hecho, para
vivir. La necesidad de un mercado siempre en ebullición, creando
necesidades abstractas para generar más ganancias con la venta de
productos, la ostentación simbólica de artículos de lujo que exigen
mayores gastos en su producción y diversos otro factores que ponen
en movimiento el sistema capitalista , no son cuestionados. Se
busca, en fin, una forma alternativa de recursos para mantenerse en
el mismo engranaje. Pero ya está más que comprobado que la Tierra no
soporta este tipo de explotación.
Muchas corporaciones empresariales ya están incluso buscando una
manera de vender soluciones o paliativos para el calentamiento
global y, mediante eso, conseguir ganancias en su comercialización.
Ven la tragedia como una oportunidad de abrir nuevos mercados, dando
un sentido cínico a la relación entre las palabras “crisis” y
“oportunidad” que, dicen, viene de la cultura china.
Los medios de comunicación, casi siempre, apelan a la culpabilidad
genérica del ser humano abstracto, sin hacer mayores
cuestionamientos acerca de las estructuras concretas que pueden
habernos conducido a la presente situación. Parece que el ser humano
es un cáncer que infecta a la Tierra. Es como si la situación a la
que hemos conducido a la Naturaleza y a la sociedad fuese producto
de una maldad natural de los humanos.
Pero de esta manera no saldremos del cenagal. Caminaremos dentro de
un círculo cerrado sin alcanzar la salida, que está mas allá del
círculo. Por eso, creo que es más que urgente que se reflexione
sobre el problema de una manera más profunda. Es lo que intenté
hacer en este libro sin la más mínima pretensión de dar solución a
los problemas, pero con la total pretensión de invitar a la
discusión. Ahora que las amenazas a nuestra vida se han vuelto mas
difundidas y que muchas personas perciben la gravedad del problema,
nos encontramos frente a un destino común. Pero, en las siempre
sabias palabras de Leonardo Boff, “como nunca antes en la historia,
el destino común nos incita a buscar un nuevo comienzo”.
La tercera observación a hacer, es de un carácter más prometedor.
Las experiencias de una nueva práctica socioeconómica, construida a
partir de los excluidos del sistema, fundada en la cooperación,
ecológicamente responsable y orientada éticamente está creciendo en
el mundo (principalmente en los países del Tercer Mundo) y
conquistando espacios cada vez más significativos. Son experiencias
que rompen los límites del círculo establecido por la lógica del
mercado y la competición. Cada vez más personas están convencidas de
la necesidad de buscar un mundo diferente al que tenemos hoy. Si eso
era ya un hecho cinco años atrás, hoy hay todavía más elementos que
pueden reforzar la esperanza de quien es capaz de percibir que en
los subterráneos de la historia oficial, en los espacios de sombra
que los grandes mass media no penetran y más allá de los
márgenes de la civilización europea y norteamericana, se está
produciendo otra historia. Gran parte de esas experiencias han sido
socializadas en las diversas ediciones del Forum Social Mundial,
evento que representa el resurgimiento de la acción crítica en el
mundo globalizado.
La cuarta observación sigue también ese tono alentador. Después de
la primera edición de El principio de cooperación, me
encontré con un obstáculo que no imaginaba que existiera. Por más
que a muchos les pudiese gustar la idea del libro, se resistían a
aceptarla por ser supuestamente contraria a la “ley natural de la
evolución”. El paradigma que orienta los estudios de la vida, el
darwinismo, preconiza una naturaleza siempre en disputa
individualista por la supervivencia. Sus defensores más aguerridos
llegan a decir que la ley natural, a la cual el ser humano también
está sometido, está basada en el egoísmo y en la competición. Por
entonces, tenía al darwinismo como una teoría solamente científica,
sin mayores implicaciones para la filosofía social y política. Creía
que su alcance se limitaba a los temas de biología. Al trabajar con
el tema de este libro en diversas situaciones, me di cuenta de que
estaba totalmente engañado. Más aún, fui descubriendo el enorme
poder de una teoría científica cuando asume el carácter de una
ideología social, en la formación de las concepciones comunes de las
personas e incluso en la creación de teorías sobre el mundo.
Resolví, entonces, comprender más a fondo la evolución de las
especies. Era preciso asumir el debate y argumentar con más
fundamentos sobre la supuesta contradicción entre una propuesta de
sociedad y una teoría “científicamente comprobada”. Cual no fue mi
sorpresa al descubrir, después de muchas pesquisas, las innumerables
insuficiencias del darwinismo, no sólo como ideología social, ¡sino
también como teoría científica! Esto me abrió otro campo de
investigación que me parece bastante prometedor para las próximas
décadas: la crisis latente del paradigma darwinista en la
comprensión de la vida. Los resultados más importantes de esa
investigación se encuentran en mi artículo La crisis latente del
darwinismo,(NOTA
1) que también espero publicar en forma de libro.
Sin embargo, lo más sorprendente, fue percibir que muchos
científicos habían descubierto innumerables hechos que negaban la
preponderancia de la competición y del egoísmo en el comportamiento
de la Naturaleza, como Humberto Maturana, Francisco Varela, Lynn
Margulis y muchos otros. Pero el que más influencia tuvo sobre mi
forma de comprender la Naturaleza y que, en mi opinión, ha sido el
único capaz de proponer una nueva teoría de la evolución
alternativa, incorporando la infinidad de datos científicos
dispersos en centenas de publicaciones especializadas a partir de
una visión de cooperación y complejidad, sin enmascarar la relación
indisociable entre ciencia y sociedad, fue el biólogo español Máximo
Sandín. Su libro más reciente Pensando la evolución, pensando la
vida, publicado también por Crimentales, es una prueba de que la
ciencia está demandando un nuevo paradigma para acompañar las
necesidades del presente. He incorporado un pequeño comentario sobre
el darwinismo en la sección 4.5 de la presente edición.
Esto significa que la producción teórica, incluso en el campo de las
ciencias naturales, ha avanzado (aunque lentamente, dada la
resistencia a los cambios de la comunidad científica) en la
perspectiva de una nueva racionalidad, basada en la cooperación, en
la integración de todo y de todos en la producción de la vida, en la
complejidad, interdependencia y equilibrio de los fenómenos
naturales y humanos y en el rompimiento del círculo de la (ya vieja)
racionalidad científica moderna.
Por fin, a partir de estas observaciones, creo que el debate aquí
propuesto todavía se hace necesario. Espero que el público
hispanohablante, que comparte la lengua de Cervantes, se dé cuenta
de que los gigantes contra los que luchamos no son molinos
transmutados por nuestra mente insana, sino verdaderos monstruos
creados por la mente insana de los que dominan el mundo desde hace
algunos siglos.
Permítanme concluir citando, una vez más, las palabras de Leonardo
Boff, que, con su vasta producción teórica y su espíritu solidario
con la Naturaleza y el ser humano, ha propagado la esperanza y
contribuido inmensamente para crear las bases de una nueva
racionalidad global: “Que nuestro tiempo sea recordado por el
despertar de una nueva reverencia ante la vida, por un compromiso
firme de alcanzar la sostenibilidad, por la rápida lucha por la
justicia, por la paz y por la alegre celebración de la vida.”
Mauricio Abdalla
Vitoria, Espírito Santo, Febrero de 2007
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