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con un asterisco y números, va sobre las de la izquierda. En
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Aún cuando ambos son mutuamente complementarios se los puede
leer separadamente; sin embargo se sugiere, en una primera
lectura, la posibilidad de concentrarse sólo en el texto
principal.
Osvaldo González Rojas
Concepción, marzo de 2004. |
LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD
1.- Introducción.
Leo, en el suplemento Artes y Letras de algún “El Mercurio”, una
cita de Freud: “En su libro “El Malestar de la Cultura”, cuyo tema
es el de la imposibilidad de la felicidad humana, empieza
preguntándose: “¿Qué fines y propósitos de vida expresan los hombres
en su propia conducta; qué esperan de la vida, qué pretenden
alcanzar en ella?” y se contesta: “Es difícil equivocar la
respuesta: aspiran a la felicidad, quieren llegar a ser felices, no
quieren dejar de serlo”. Estoy seguro que ustedes concuerdan con esa
afirmación aunque no les agrade la conclusión, en el sentido que la
felicidad es imposible, a la que él llegó.
De cualquier forma y sin duda alguna, felicidad es la palabra que
mejor parece resumir lo que más deseamos para nosotros y también
para los demás; para los demás porque la felicidad propia no parece
completa ni posible en medio de la desgracia ajena, en especial
cuando afecta a los que más queremos; para nosotros porque, cuando
la poseemos, se instala en nuestra mente una sensación tan grata,
que la desearíamos permanente.
¿Pero qué es la felicidad y de qué depende?; ¿es posible buscarla o
simplemente es algo que se encuentra?; ¿existe la posibilidad de
alcanzarla o, como afirma Freud, es una utopía?. Bien probable es
que usted ya se haya hecho esas preguntas pero también es probable
que no tenga aún respuestas que lo satisfagan; no se intranquilice,
esa dificultad es normal, especialmente por tratarse de una cuestión
esencial; además, a ello debe contribuir, incluso, la actitud de
nuestra propia mente, la cual, anticipándose a lo arduo de la tarea,
evita indagar, dejando, así, en la bruma o en aquel terreno que sólo
los años abonan, la guía para resolver esas cuestiones que tanto
bien haría tener claras cuando jóvenes, cuando podrían influir con
ventajas para dar el mejor sentido a nuestras vidas y también para
señalar, con la mejor luz, esa senda que, según Antonio Machado,
nunca se vuelve a pisar
(* 1)
Para comenzar a ordenar las ideas al respecto, recurriremos a un
conocido adagio, fruto de la filosofía popular que, con su sintética
sabiduría destilada durante siglos, es capaz de resumir en pocas
palabras lo que se podría desarrollar en todo un libro; de seguro
recuerda usted que:
Felicidad = Salud + Dinero + Amor.
Simpática tríada, muy recordada en cada final
de año porque parece expresar completamente lo que más se desea.
Desafortunadamente, esta ecuación es tan parca que, para extraer
todo lo que ella encierra, se requiere de una larga tarea de
análisis, que bien pudiera llenar el libro que pretende resumir.
Curiosa esta tendencia de la mente a ser tan mínima en la expresión
de lo importante y curioso también que hasta los diccionarios sean
tan escuetos y estrechos en la definición de un término que
pareciera ser tan esencial; le doy un ejemplo, tomado del
diccionario RAE, vigésima segunda edición, para que juzgue por usted
mismo:
Felicidad: Estado del ánimo que se satisface en la posesión de un
bien.
Con referencias como las anteriores, es casi natural que la mayoría
de las personas esté convencida de la asociación dinero-felicidad, a
pesar que la experiencia comprueba que el asunto no es tan simple y
que el mal enfoque de esa opción conduce, con frecuencia, al estado
de ánimo opuesto. Poner las cosas en su justo lugar es
inevitablemente más complejo de lo que parece y, aunque mi deseo sea
el de no complicar innecesariamente el análisis de este tema, será
imprescindible comenzar por aclarar algunos conceptos relacionados
con el objetivo que nos hemos propuesto. En todo caso, antes de
hacerlo, probemos, para continuar, con este otro punto de vista:
He visto definir a la salud como el estado físico que se disfruta
cuando el cuerpo está en silencio; eso suena bonito y, aún cuando no
es exactamente correcto, nos permite decir, análogamente, que la
felicidad sería, entonces, el estado de ánimo que se experimenta
cuando la mente está en silencio. Dado que el silencio de la mente
es sólo posible mediando también el silencio del cuerpo, la
felicidad sería entonces la más clara manifestación de una salud
integral, es decir, de una salud de cuerpo y de mente ¡y eso suena
más bonito todavía! pero aún es insuficiente para iniciar con éxito
la búsqueda que pretendemos. Afortunadamente, imprecisa y todo, esa
definición facilita la visualización de las ideas adecuadas para
avanzar en la ruta que nos hemos propuesto. Agreguemos pues,
considerando que el silencio del cuerpo y de la mente sólo tiene
lugar cuando no se experimenta necesidades ni sufrimientos, que la
felicidad debiera corresponder a ese estado de paz y de bienestar
que se manifiesta cuando aquellos no existen, o cuando existe, al
menos, un razonable equilibrio entre ellos y su satisfacción. Esta
es, me parece, una aproximación bastante mejor pero que hace
obligatorio examinar, con algún detenimiento, lo relativo a los
estados de necesidad y de sufrimiento, al igual que los procesos que
permiten sus satisfacciones y que dan origen a otras consecuencias
relacionadas. Prosigamos, entonces, por allí.
2.- Del origen de las necesidades, sufrimientos y placeres.
Exploremos las causas de las necesidades y sufrimientos que nos
afectan y las consecuencias de su control y extinción.
Muy cierto parece afirmar que los inquietantes y a veces
desagradables estados de necesidad o de dolor tienen tres orígenes
espaciales distintos: el medio ambiente, los demás seres humanos y
el propio cuerpo.
El mundo, o medio ambiente, nos impone las consecuencias de los
fenómenos y desastres naturales, del frío y del calor, de las
agresiones de otros seres vivos , entre otras.
Las demás personas, que en rigor también forman parte de nuestro
medio ambiente, nos pueden agredir, física y psicológicamente y
además reflejar sobre nuestras mentes, sus propias necesidades y
sufrimientos, con todos las consecuencias negativas y positivas que
ello conlleva.
Nuestro cuerpo nos hace cargar con sus necesidades básicas, con las
consecuencia de sus defectos, de sus limitaciones, de las
enfermedades que lo aquejan y de los problemas derivados de su
envejecimiento, entre tantos otros sufrimientos, necesidades y
angustias de toda índole, en particular espirituales, que sería
imposible enumerarlas todas.
Con el fin de visualizar mejor las causas que estos factores tienen,
su importancia y sus soluciones, intentaremos otra clasificación,
comenzando por separar las necesidades en físicas y en mentales (o
espirituales) a pesar que todas, en último término, se perciben en
el cerebro. Así, las netamente físicas son aquellas provocados por
el procesamiento automático de las señales recogidas por los
sensores orgánicos, los cuales, tras su interacción con el medio
ambiente que envuelve al cuerpo y a sus constituyentes, informan al
cerebro acerca de ellas y generan la correspondiente necesidad o
dolor, lo cual da origen al deseo de anularlo. Los sufrimientos
mentales, o espirituales, son originados por el procesamiento
consciente de la información captada por dichos sensores y/o por el
procesamiento, consciente o subconsciente, de la información
extraída de la memoria.
Nótese, además, que el procesamiento de la información por parte del
cerebro y la existencia de la memoria, les asigna a los estados
mentales de necesidad, un origen temporal diferente porque, a pesar
que la mayoría de ellos tiene su génesis en las vivencias del
presente, muchos provienen de las experiencias psíquico-sensoriales
del pasado, mientras que otros, de aquellas que el sujeto imagina
que podrían llegar a tener lugar en el futuro. Por una parte, los
recuerdos, causados por la activación de la memoria, hacen revivir
la sensación provocada por los dolores directamente experimentados,
o por aquellos que se reflejaron sobre nosotros, tras haber afectado
a otros seres y, por otra, la adquisición de conciencia sobre
aquellos dolores que hemos causado en otros seres o, simplemente,
sobre acciones intrínsecamente incorrectas que realizamos en el
pasado, se traducen en los sentimientos de pesar, rencor y
remordimiento. Adicionalmente, el procesamiento intelectual, con
su característica capacidad de permitir una compleja proyección del
ego hacia el futuro, puede provocar también los sufrimientos
denominados angustia y ansiedad. La angustia es la inquietud
generada por los sufrimientos o problemas que se supone podrían
acaecer, a uno mismo o a otros, mientras que la ansiedad, muy
relacionada con la inquietud anterior, es la expectación por
constatar si lo que se imagina, bueno o malo, ocurrirá en realidad.
La angustia y la ansiedad son sufrimientos muy significativos en la
especie humana pero no exclusivos de ella, en especial la segunda.
Sabemos, por otra parte, que las necesidades y dolores se
manifiestan en muy diversas formas y grados, desde una picazón en la
espalda hasta el dolor paroxístico que acompaña a ciertas
enfermedades; desde una simple inconfortabilidad hasta la verdadera
desesperación que lleva al suicidio; desde la casi agradable
sensación de hambre que precede al almuerzo, hasta el dolor y
desesperación de aquel que se ve obligado a no comer durante varios
días; sabemos también que todas crean, en el cuerpo y por supuesto
en esa percepción de él que es la mente, una mayor o menor
intranquilidad que hace imposible experimentar, en plenitud, ese
agradable y pacífico estado de ánimo que hemos identificado con la
felicidad.
Continuando con el intento de clasificación de las necesidades y
sufrimientos y para precisar mejor la forma en la que las que ellos
condicionan nuestro proceder, recordaremos aquella propuesta por A.
H. Maslow, en 1968, la cual afirma que la conducta de un ser humano
queda determinada por la siguiente regla: la necesidad más fuerte
que acucie a un sujeto, de entre las que siguen, en orden
descendente, establece sus pautas de conducta: 1) Necesidades
fisiológicas; 2) Necesidad de salvaguardar la existencia propia; 3)
Necesidad de crear vínculos personales; 4) Necesidad de auto-estima
y 5) Necesidad de auto-realización o de satisfacción personal.
Sin duda que el primer gran grupo de necesidades, cuya satisfacción
es obligada en todos los seres vivos, es el constituido por las
llamadas básicas o fisiológicas y que corresponden a las que les son
impuestas por el buen funcionamiento del cuerpo y de la mente. Entre
las de este tipo y que muy claramente compartimos con los otros
seres vivos, están: respirar, alimentarnos, excretar, contar con un
territorio y vivienda, sentirnos libres, realizar una adecuada
actividad física, reproducirnos, jugar, defendernos de las
agresiones, eludir las amenazas, adaptarnos a las variaciones que
sufren los parámetros del medio ambiente que nos rodea, etc. Luego,
dentro de la misma categoría, se puede mencionar a las necesidades
intelectuales fundamentales, que son mayormente exclusivas de
nuestra especie y que nos caracterizan: necesidad de pensar, de amar
y de ser amado, de creer, de aprender, de idear, de entretenerse, de
disfrutar de la música, de comunicarse y, tantas otras, que sería
interminable su enumeración detallada.
La obligación de satisfacer estas necesidades básicas es el
principal tributo que se paga por el privilegio de vivir. La salud
del cuerpo y de la mente está condicionada por una oportuna y
adecuada satisfacción de ellas, aunque no menos importante sea,
también, el efecto de las enfermedades, físicas o psíquicas que nos
puedan afectar y las consecuencias de las posibles lesiones que
suframos, accidentales o provocadas. A través de la satisfacción
adecuada y oportuna de ellas, por medio de la prevención y el
control de los riesgos físicos a los que estamos expuestos,
aumentamos la probabilidad de gozar, continua y por largo tiempo, de
una buena salud física y mental, uno de los factores claves en la
tríada con la que casi partimos en este escrito.(*2)
Si nuestra salud es buena y las necesidades básicas están
satisfechas, el cuerpo está en silencio y sólo lo que ocurre
adicionalmente en nuestra mente puede alterar la sensación de paz
que se requiere, como base, para la felicidad; este aspecto nos
diferencia de los animales, quienes no necesitan, al igual que
nosotros, de una satisfacción adicional, tan acentuada, de
las necesidades de origen mental aunque igual requieren de crear
vínculos con otros miembros de su especie y con los humanos, a los
cuales pudiesen servir de mascotas y también requieren del refuerzo
de su autoestima, a través del establecimiento de jerarquías dentro
del grupo social al que pertenecen y del reconocimiento de sus amos,
cuando corresponde.
Sin duda alguna, buena parte de las necesidades y sufrimientos
experimentados por los seres humanos tiene sus raíces en sus propias
mentes y, todas ellas, impulsan las actividades de búsqueda,
adquisición, memorización, procesamiento y diseminación de
información; estas funciones, que si bien son realizadas también por
todas las demás estructuras materiales, se manifiestan con
extraordinaria claridad e intensidad en el ser humano, al punto que,
aún después de satisfechas las necesidades básicas del cuerpo, la
mente sigue en continua efervescencia, generando ideas y evolución
intelectual que, tarde o temprano, buscarán traducirse en acciones
para lograr su comprobación a través de obras en el mundo externo;
es a través de estas realizaciones que se produce la realimentación
necesaria para el perfeccionamiento de los conceptos y de las obras
a las ellos dieron lugar, proceso que constituye lo que se denomina
aprendizaje. Al igual que con la satisfacción de otras necesidades,
las acciones gatilladas por la actividad intelectual, por la
constatación de la coherencia entre ellas y del resultado obtenido,
provoca placer y la paz transitoria que le sigue, felicidad. Sin
embargo, si la coherencia mencionada no es alta, es decir, si las
cosas no resultan como la mente esperaba, no hay satisfacción de la
necesidad intelectual y el placer es conseguido a medias o
reemplazado por ese dolor difuso que llamamos frustración;
las ideas erróneas o incompletas, las acciones equivocadas, o sólo
aproximadamente correctas, están en su origen.
A la frustración puede agregarse, además, el dolor que nos podría
imponer la inesperada reacción de las personas con las que debemos
sostener inevitables relaciones; las causas usuales de los
enfrentamientos de este tipo se encuentran en el equivocado actuar,
consciente o inconsciente, de una o ambas partes, o en la errónea
comprensión de nuestras acciones por parte de los demás.
El quinto grupo de necesidades, el que Maslow denomina “de
satisfacción personal” y que yo designo como “de necesidades
derivadas del Proyecto de Vida de cada cual”, es el que desarrolla
la mayoría de las necesidades y sufrimientos de tipo mental,
pudiendo adquirir, en ciertos individuos, una intensidad tal que
puede apagar o controlar, en gran medida, a buena parte de las
necesidades pertenecientes a los cuatro primeros, convirtiéndose,
así, en el factor de dominio primordial de su comportamiento. Es la
actividad para desarrollar este punto la que nos diferencia
claramente del resto de los animales, quienes sólo llegan a elaborar
proyectos de vida básicos y de muy corto plazo, y es también la que
da origen al mayor volumen de necesidades y de sufrimientos. Los
Proyectos de Vida tienen que ver con lo que los seres esperan poder
realizar en el futuro y con lo que realizan hoy para conseguirlo;
tienen que ver, entonces, con la forma en la cual ellos se ven a
corto, mediano y largo plazo, y también con las tácticas,
estrategias y acciones que elaboran y realizan, para poder convertir
aquella imagen en realidad. Es en función de los objetivos a
conseguir que los seres humanos, algunos más que otros, pueden hacer
grandes sacrificios en el tiempo presente y en el corto plazo, con
el propósito de avanzar en pos de sus proyectos personales.
En todo caso, parece ser la consecución de logros parciales,
concordantes con las ideas que dieron origen al actuar y conducentes
al todo, lo que domina la posibilidad de experimentar felicidad en
nosotros y lo que explica, en parte, la gran diversidad de acciones
que se realiza y de caminos que se sigue, muchas veces
contrapuestos, en pos de sentirse “realizado personalmente”.
(* 3)
En cuanto a los dolores, esos gritos del cuerpo o de la mente
enfrentados a necesidades extremas, que compartimos más acusadamente
que las anteriores con los otros miembros del Reino Animal, pueden,
si son intensos, acallar completamente a toda la lista mencionada y
convertirse en los dueños del comportamiento de cualquier ser.
Resumamos y complementemos, antes de continuar, lo revisado hasta
ahora:
El análisis del comportamiento de los seres vivos, lleva a concluir
que toda necesidad o sufrimiento desencadena el deseo
consciente o inconsciente de actuar para suprimirlo; toda acción
es gatillada por alguna necesidad.
Por su parte, la forma de actuar es determinada por el
conocimiento y su resultado o consecuencia, por las
posibilidades de ponerlo en ejecución y por lo completo y correcto
de él.
Note que el conocimiento, que puede ser adquirido genética,
experimental o teóricamente, se define aquí como aquello que permite
que algo sea hecho de acuerdo a la idea, consciente o inconsciente,
que dio origen al deseo de actuar.
La magnitud de la diferencia entre lo proyectado y el resultado
obtenido determina el grado de frustración que la realización de
toda acción genera.
Frustración es el nombre que recibe el tipo de sufrimiento
mental que se experimenta cuando el resultado de una acción no es el
esperado por aquel que la ejecuta.
Insistamos en que, solamente tras la anulación de un dolor o
necesidad puede sobrevenir ese estado de paz interna, de paz de
cuerpo y de alma, que corresponde a la felicidad. Insistamos,
también, en que ella será tanto más apreciada, cuanto mayor haya
sido el estado de angustia o necesidad precedente y tanto más
duradera e intensa, cuanto más perfecto haya sido el proceso de
extinción de ese dolor o necesidad; obsérvese que de la perfección
mencionada depende que no se provoque, con la realización de la
acción o conjunto de acciones que conforman ese proceso, otras
necesidades o sufrimientos no esperados e incluso mayores que el
suprimido; véase pues que la perfección de ese proceso de extinción
condiciona la magnitud de la frustración que siempre corre el riesgo
de experimentar la mente de quien lo lleva a cabo.
La sensación-premio que la naturaleza instituyó para los seres que
realizan la acción o secuencia de acciones correctas, conducentes a
la extinción de un dolor o necesidad y a la subsecuente felicidad,
corresponde a lo que sentimos y definimos como placer,
constatándose que él es tanto más intenso cuanto mayor es la
necesidad experimentada y cuanto más rápido ella ha sido extinguida.
Inútil es, entonces, buscar el placer, sí es que previamente
no existe o no se desarrolla y, mejor aún, se exacerba, un
determinado estado de necesidad o sufrimiento, que sea posible
extinguir y que se sepa cómo hacerlo.
Tras la anulación de la necesidad o sufrimiento y la experimentación
de la sensación de placer o alivio, sobreviene la transitoria
sensación de paz y tranquilidad que asociamos a la felicidad.
Aparentemente paradójico es el hecho que, siendo la felicidad
perpetua lo que más anhelamos para nuestras vidas, si llegásemos a
conseguirla en esa forma, pronto no sería reconocida como tal, pues
la percepción de cualquier aspecto de nuestra realidad sólo puede
serlo a través de los contrastes que ella misma ofrece; así ocurre
con la audición, con la visión, con el tacto y también, de igual
forma, con la paz del alma y del cuerpo que llamamos felicidad.
La felicidad es sólo apreciada porque precede o sucede a la
inquietud o dolor que caracteriza a los estados de necesidad o
sufrimiento que la impiden.
Note también, en concordancia con lo anterior, que es poco
aconsejable buscar la felicidad sin reflexionar cuidadosamente en
cómo se lo hará, pues al realizar actos erróneos en su búsqueda, se
corre el riesgo cierto de sustituir el dolor o necesidad que se
deseaba suprimir, por otro, incluso mayor, alejándose así la
posibilidad de ese tan deseado estado del alma.
No pierda de vista, en la continuación de nuestra búsqueda, que el
grado de felicidad sentido depende, entonces, de la forma en la que
se perciba, controle y extinga, las necesidades y sufrimientos pero
también, de la forma en la que se maneje la inevitable frustración
que, a menudo, sobreviene tras los últimos procesos.
Téngase presente, además, que el organismo humano, incluida su
mente, es un muy complejo sistema que regula su comportamiento y
operación, continua y automáticamente, en respuesta a las
variaciones que sufren los parámetros internos y externos a él. Es
así que el cuerpo y la mente (perdón por insistir en separar lo
inseparable) ajustan sus niveles de sensibilidad, tanto a la
intensidad de los estímulos físicos (aquellos provocados por la luz,
por el calor, por el sonido, por el roce, por la acción de
substancias químicas externas o internas etc.) como a las
consecuencias que de ellos y de su procesamiento se derivan (en
particular, al dolor, a la angustia y al placer). Recordemos además,
el efecto de un par de factores que influencian la forma en la cual
percibimos las duplas necesidades-sufrimientos y
satisfacciones-placeres y, por supuesto, la relación
felicidad/desgracia que son experimentadas; se trata de los
fenómenos de “saturación” y de “efecto de máscara”,
que afectan a los conjuntos ya mencionados de manera similar a como
lo hacen con la percepción sensorial (de hecho, estos fenómenos son
muy conocidos por quienes trabajan con esto último y con sus
aplicaciones).
El fenómeno de saturación consiste, básicamente, en que
frente a un incremento excesivo de un estímulo, siempre se llega a
un punto en el que la reacción a él no crece más. También ocurre
que, con el aumento en la intensidad de un tipo de estímulo,
se produce una pérdida de sensibilidad a otros (por saturación de
las vías de comunicación o de los sistemas de procesamiento de
ellos). En el tema que nos ocupa, esto significa que un determinado
sufrimiento provoca la disminución de la sensibilidad a otros y
también al placer que de la satisfacción de alguno de ellos pudiese
derivarse. Lo contrario también se da: un gran placer, es decir la
extinción de una gran necesidad o sufrimiento, atenúa o bloquea la
percepción de otros sufrimientos (esto lo entenderán muy bien
quienes hayan recibido una herencia tras la pérdida de un ser
querido, o el pago de una indemnización, por parte de una Compañía
de Seguros, como compensación por la ocurrencia de un siniestro).
Emparentado con lo anterior está el “efecto de máscara”, que
puede ser descrito como el fenómeno de ocultamiento de los estímulos
débiles por parte de otros más intensos. Se lo aprovecha, por
ejemplo, en la técnica de registro y de reproducción del sonido para
hacer más eficientes y económicos a los sistemas involucrados en
ello; una aplicación, basada en él ha sido recientemente puesta de
moda con los nuevos minidiscos compactos grabables, lanzados al
mercado por SONY; el efecto de enmascaramiento, en este caso, puede
ser descrito como la incapacidad del oído para escuchar sonidos
débiles en presencia de otros fuertes pues estos últimos enmascaran
a los primeros, haciéndolos inaudibles; así pues y por lo tanto, en
el sistema mencionado, sencillamente no se graba ni reproduce los
sonidos más débiles, sin que ello ocasione una degradación
perceptible en la calidad del sonido escuchado, con el consiguiente
ahorro en soporte de grabación. Fenómenos semejantes ocurren con
todos los demás sentidos y también con las necesidades-sufrimientos
y con sus satisfacciones-placeres, caso en el cual, repitamos la
idea, la sensación más intensa oculta a las más débiles, ya sean del
mismo tipo, o distintas.
No está de más recordar, también, que la intensidad y amplitud de la
percepción sensorial, así como la capacidad de adaptación a los
cambios y la disposición para exponerse a las inquietudes que
prometen posibles placeres y disfrutes futuros, dependen, en alguna
forma inversa, de la edad de cada persona.
Es así pues, por todo lo ya dicho, que la percepción de la felicidad
es algo propio de cada cual, característica esencial y que permite
comprender el por qué personas tan disímiles en su condición de
edad, de salud, de riqueza, de belleza o de cultura, tienen acceso,
en su medida, a ese tan especial y grato estado; ello lleva a pensar
que la felicidad debiera ser considerada, entonces, como un nivel
promedio y particular de la relación silencio/ruido del sistema
organismo-mente (o, sí se prefiere, de la magnitud de las relaciones
paz/inquietud o necesidades-satisfechas/necesidades-insatisfechas)
en un individuo. Sería ese nivel promedio el que constituiría lo que
cada cual percibe o considera como su nivel de felicidad
personal; sería ese nivel, pues, una especie de frontera entre
subsecuentes estados de felicidad o de desgracia incrementados y a
la cual el sistema cuerpo-mente adapta, continuamente, sus niveles
de sensibilidad, de forma tal que cada persona, salvo extremos
inmanejables, siempre tiene la opción de sentirse razonablemente
feliz, a pesar de los muy disímiles niveles absolutos individuales
de necesidad-sufrimiento y de satisfacción-extinción de estos. Sin
embargo, es conveniente notar que aquel que posee un bajo nivel de
satisfacción de sus necesidades, o casi lo mismo, un bajo nivel
absoluto de felicidad, responde más fácilmente a las variaciones
positivas de éste, que otro que está en la situación opuesta; en
estos últimos se produce una mayor dificultad para reconocer estados
puntuales sobresalientes de placer y de felicidad, constatándose,
con frecuencia, que la monotonía, que tiende a apoderarse de sus
vidas, les impulsa a buscar experiencias distintas y poco usuales
para romperla; dado que ese objetivo se vuelve progresivamente más
difícil de lograr, se puede generar, en esos individuos, una muy
sofisticada búsqueda de placeres y de felicidad, casi incomprensible
y hasta algo ridícula, según el punto de vista de la mayoría de las
demás personas. Por otra parte, la mayor sensibilidad que ellos
poseen a las variaciones negativas de felicidad, les lleva a
sentirse más fácilmente desgraciados, incluso en situaciones que
para otros serían casi normales.
Habremos de tener en cuenta estas particularidades del sistema de
percepción y procesamiento de la mente humana cuando examinemos, más
de cerca, los detalles de la búsqueda que se intenta clarificar y,
aunque todavía es prematuro entrar de lleno en este asunto, conviene
agregar lo siguiente: es frecuente que la búsqueda de la felicidad
se asocie casi exclusivamente con la adquisición y posesión de
bienes materiales pero, dado que esa vía de satisfacción es
interminable y requiere de más y más dinero, tiempo y trabajo para
seguirla, siempre llega un momento en el cual con ella no se va a
parte alguna, salvo a niveles crecientes de preocupación y de
angustia; a niveles mayores de preocupación porque el cuidado y la
protección de los bienes materiales pueden llegar a ser cosa seria;
a mayores niveles de angustia y de tensión, porque se tiene más
cosas de las cuales ocuparse y, usualmente también, mayor
dependencia del propio esfuerzo, en forma de más trabajo, para
continuar en la senda elegida para intentar conseguir y mantener la
felicidad así buscada. En los casos extremos, que se dan con mucha
frecuencia en los países ricos y aún en los estratos altos de la
población de todos los demás, hay personas que procuran aliviar,
mediante el uso de drogas, tanto la pérdida de sensibilidad a los
estímulos, como los incrementos en los niveles de angustia y de
cansancio cuyo origen, ya se dijo, es el exceso de trabajo y de
preocupaciones, las cuales impiden o dificultan, paradójicamente,
disfrutar del producto que ellos mismos han procurado.
En referencia a las drogas, incluidos el alcohol y la nicotina,
es intrigante constatar que todas ellas tienen relación con la dupla
placer-felicidad.
(* 4)
Examinemos ahora, con algo más de detalle, lo referente a la
generación, control y satisfacción de los sufrimientos y necesidades
en el presente, considerando el efecto que tienen
aquellas otras que provienen del pasado o del futuro que se imagina.
3.- En el presente pero desde el pasado.
Comencemos este conjunto de puntos con una reflexión: ¿se ha dado
cuenta usted que nada hay más efímero que el presente?... ¿se ha
dado cuenta que el futuro no existe mientras no llega y que, cuando
lo hace, en un suspiro (el presente) se transforma de inmediato en
pasado?. Más aún, cuando nos percatamos del presente, éste ya ha
dejado de ser. Por otra parte, se pudiera querer pensar que el
pasado, como pasado que está, no debiera tener real importancia, más
la vida nos enseña que eso no es así; nacemos con un trauma y, desde
entonces, a través de toda la existencia, experimentamos
sufrimientos, dolores y placeres, mediante los cuales aprendemos,
sin pausa; de ellos guarda registro nuestro cuerpo, para hacerlos
revivir en el presente, afectando a los actos que condicionan la
forma en la que enfrentaremos nuestro futuro. Sí, ciertamente, los
agrados y placeres del ayer son muy importantes para dirigirnos en
la búsqueda de lo que vendrá (ya hablaremos de ellos) pero mucho más
lo son aquellos sufrimientos que él mismo nos legó y son estos los
que debemos procurar eliminar de nuestro pasado-pasado, aprendiendo,
adicionalmente, a no continuar acumulándolos a través de los actos
erróneos que realizamos en el presente.
Sin duda que nuestro pasado es muy importante pues somos lo que él
ha hecho de nosotros; vivimos hoy (el único tiempo para vivir) con
la carga que el pasado nos legó y con la ayuda que él mismo nos
ofrece. Si nos decimos, ¡ojalá siempre fuese ligera esa carga y
enorme su ayuda!, debiéramos recordar, simultáneamente, que en
nuestros actos de hoy está el poder conseguirlo. Ciertamente que es
importante el pasado pero, considerando que a él lo construimos día
a día con nuestros actos del presente, lo más importante, entonces,
es la forma en la cual estos son llevados a cabo hoy, ¡de ello
depende, pues, que la carga legada por el pasado nos sea liviana y,
grande en cambio, la ayuda que él nos ofrece, sobre todo para hacer
más fácil la ineludible y constante tarea de hacer realidad nuestra
visión del futuro!.
A los sufrimientos del ayer, constituidos por las consecuencias de
alteraciones de nuestra salud, por agresiones externas de diverso
origen, por la no satisfacción adecuada de necesidades (muy
probablemente debido a falta de dinero) y por fallas en nuestra
posibilidad y deseo de dar y recibir amor (caridad, afecto, amistad
y erotismo) se los puede clasificar en tres grandes tipos:
pesares, remordimientos y rencores, que serán examinados a
continuación.
Los pesares son aquellos recuerdos de dolores, sufrimientos y
miedos, que experimentamos en el pasado y cuyas causas fueron
nuestras propias acciones, o aquellas que otros realizaron, pero que
nos afectaron, directa o reflejadamente. Su origen pudo ser
cualquiera de los mencionados en una de las páginas anteriores y,
como todos los dolores, están allí para incitar a nuestro cuerpo y
mente a la acción, fundamentalmente para protegernos, sirviéndonos
de advertencia y de guía en nuestro camino presente hacia el futuro;
lamentablemente, sucede también que si no aprendemos a controlarlos,
pueden conseguir atormentarnos indebidamente y por ello tienen, en
consecuencia, tal y como ocurre con todos los dolores y necesidades,
una faceta positiva y otra negativa; naturalmente, sacar el mayor
provecho de la primera y atenuar al máximo la segunda, es una de
nuestras tareas fundamentales en la vida.
Mucho es lo que se puede hacer para evitar los inútiles tormentos
que los pesares pueden imponernos; lo mejor es conocerlos muy bien,
examinándolos a la luz de la experiencia actual y aceptando que, por
estar en el pasado, el cual no puede volver ni ser modificado, nada
terrible debieran ser capaces de hacernos, aunque nada podamos
hacer, tampoco, para borrarlos de nuestra memoria. Lo más positivo
parece ser mirarlos como desagradables experiencias que debemos usar
para nuestro beneficio, esperando y buscando que no se
repitan; sabido es que, para sobrellevarlos, ayuda mucho el
compartir los sentimientos que ellos nos inspiran, porque, primero,
en la comprensión expresada por los demás, en su apoyo, en su
consejo y en el conocimiento de situaciones parecidas, podremos
encontrar consuelo y valor para restarles importancia y, segundo,
porque ello también coopera para elevar el nivel general de
conciencia acerca de aquellas acciones que generan sufrimiento y
pesar. Desafortunadamente, no siempre estamos conscientes del efecto
que los pesares nos causan; sabido es que la mente, cuando son
demasiado incapacitantes, procura eliminarlos, haciéndonos creer que
los hemos olvidado, aunque solamente los ha enviado a ese desván que
llamamos subconsciente y desde el cual pueden salir, cuando menos se
lo espera, para afectarnos de manera incontrolada e indeseable (no
se debe olvidar, si se constata que resulta imposible o difícil
dominar sus consecuencias, que puede ser muy útil recurrir a
sacerdotes, a sicólogos o a médicos siquiatras, en procura de ayuda
para resolver el problema que ellos pudieran causar).
Asociados a ciertos pesares están los rencores, que son una
consecuencia de los sufrimientos que se nos infligió por maldad, o
por lo que creemos pudo serlo; esos sentimientos nos impulsan a
odiar, es decir a desear el mal, e incluso a practicarlo en contra
de aquellas personas o entes a las que creemos responsables de
ellos. Los rencores nos impulsan a buscar la venganza y el castigo
para aquellos seres o instituciones a quienes culpamos de algún mal
o daño sufrido pero siempre deberíamos resistir la tentación de
tomar el desquite o el castigo por nuestra mano, por más intenso y
legítimo que sea aquel sentir, pues caeríamos en el mismo juego del
ofensor, exponiéndonos a recibir aún más daño, incluso por parte de
la comunidad toda. En la sociedad civilizada, reconociéndose la
frecuencia de los conflictos a los cuales dan lugar los rencores, se
ha dispuesto los mecanismos para ayudar a extinguir este sufrimiento
y es por ello, en parte, que nació la Ley, en todos sus aspectos y
modalidades; es a Ella a la que se debería recurrir para obtener las
compensaciones espirituales y materiales que pudieran corresponder.
Podríamos agregar que, aún cuando es muy humano y común experimentar
rencor, tal como en el caso de cualquier otro dolor, deberíamos
procurar suprimirlo a la brevedad, pero siempre actuando de la
manera correcta, ya sea perdonando o buscando el auxilio de la Ley.
No es beneficioso, en ningún caso, rumiar, indefinidamente, los
rencores en nuestra mente, ni actuar personalmente, de pensamiento u
obra, en contra del ofensor o de quien se cree que pudo serlo.
Los remordimientos, por su parte, pueden ser descritos como
aquellos sufrimientos que se producen tras la constatación o
reflexión acerca del mal que hemos hecho y del bien que, pudiendo,
no hemos realizado. Si se los tiene, es gracias a que se posee
conciencia del Bien, la cual se adquiere y perfecciona,
gradualmente, a medida que se aprende, tal como ocurre con cualquier
otro conocimiento.
Es indudable que adquirir conciencia, a través del conocimiento,
requiere esfuerzo, reflexión y aprendizaje, ya sea de tipo
experimental o teórico; clara es la importancia de este último, en
todos sus aspectos posibles, ya que es él quien nos prepara para
bien y rápido interpretar las señales derivadas de la práctica. Si
bien de la difusión del conocimiento, incluso del ético y moral, se
encargan los sistemas educativos, la familia, las iglesias de las
distintas religiones, y otras instituciones, no es menos importante
considerar la responsabilidad individual que en ello nos cabe.
Humano es procurar adquirir conciencia; humano y deseable es pues
buscar y adquirir conocimiento, incluido el del Bien. El
conocimiento, en cualquiera de sus áreas, nos prepara para que
nuestras acciones sean más precisas y con resultados más aproximados
a la idea que nos impulsó a actuar; nos permite lograr, entonces,
que lo que hacemos, sea bien hecho. El conocimiento del Bien,
en particular, nos permite, un accionar presente menos probable de
provocar indebido dolor en otros y menos dado, también, a
desarrollar remordimientos personales; en suma, nos permite saber,
más claramente, si lo que hacemos hoy, posiblemente muy bien, es,
además, bueno o correcto.
Pero, volvamos al control de los remordimientos; cierto es que ellos
provienen del pasado, sobre el cual nada podemos cambiar y cierto
es, también, que hay ocasiones en las que nada más que tratar de
olvidar y procurar no repetir la mala acción queda; mas existe, sin
embargo, un enorme número de casos en los cuales podríamos y
deberíamos actuar para atenuar las consecuencias del mal que hicimos
o del bien que no realizamos; de ese modo, al suprimir el
remordimiento, permitiríamos el retorno de las condiciones para que
el presente nos sea más placentero y la visualización del futuro
menos inquietante.
(* 5)
Antes de abordar el próximo tema, bueno es recordar el significado
del término empatía. La empatía puede ser descrita como esa
habilidad (casi una virtud) que permite ponerse en el lugar de otros
seres vivos y sentir y razonar, muy aproximadamente, como ellos lo
harían, en una circunstancia determinada. La empatía es una virtud
que, en distintos grados, todos tienen, porque es una de las
características de la especie humana; es ella la que permite
“ponerse en la piel o en los zapatos de otros” y es, también, el
factor principal que conforma la base del sentido comunitario, pues
es ella quien impulsa a la compasión, a la comprensión de los demás,
a la caridad y, en suma, a ejercer el sentido solidario. La he
recordado aquí para señalar y destacar el hecho, sabido por cierto,
que no sólo usted o yo experimentamos pesares, rencores y
remordimientos sino que eso les ocurre a todos, en una red, a veces
tan tupida e intrincada, que cuesta separar las causas de las
consecuencias; señalemos que para destejer esas tramas es
imprescindible comunicarse, especialmente con los objetos de
nuestros propios rencores, pesares y remordimientos, pues ello
facilita llegar al punto a partir del cual se podrá extinguir, más
fácilmente, los mutuos dolores que arrastramos desde el pasado o que
se nos generan en el presente.
4.- Desde el futuro y a través del presente.
Al igual como los sufrimientos del pasado afectan a nuestras
acciones del presente y a las que podríamos realizar en el futuro,
nuestra visión de este último condiciona los actos que ejecutamos en
el presente y, con ello, también las características del que será
nuestro pasado. Cierto es que vivimos en el presente pero no
seríamos humanos si no nos preocupásemos del futuro: del
futuro nuestro y de nuestra familia, de aquel de los amigos y
conocidos, del de nuestra casa y otras cosas, del de nuestra fuente
de trabajo y de la ciudad en la que vivimos, del de nuestro país y
del planeta que nos cobija, ¡hasta del futuro del sol y del Universo
nos preocupamos!. Nada de raro tiene, entonces, que buena parte de
lo que hacemos en el presente sea en función del futuro que
prevemos; sin esta humana característica no existiría ni el trabajo,
ni la educación, ni las AFP, ni el ahorro, ni el conocimiento, ni
nada de lo que consideramos como obras humanas. Aprendemos y, es
más, se nos enseña, a preocuparnos del futuro desde
que vamos al colegio, cosa que crea nuestras primeras angustias y
ansiedades. Sabemos, por la enseñanza recibida y por la experiencia,
que el futuro es, casi por definición, incierto; sabemos también que
cuanto más incierto lo creemos, tanto más inquietante nos parece y
que es por esa inquietante conciencia acerca de sus característica
que se ha actuado en el presente de todos los tiempos; con el actuar
hemos aprendido que el conocimiento, el cual requiere de la
información para ser ejercido, reduce las incertidumbres en el
actuar y en el predecir y es por ello que lo buscamos, consciente,
afanosa y hasta genéticamente. Es por esto, también, que sentimos
que el dinero, ese equivalente convencional de la información y del
conocimiento que las cosas almacenan, incrementa nuestra seguridad,
pues él reduce ciertas y muchas de las incertidumbres acerca de
nuestro futuro.
Preocuparse del futuro tiene, entonces, aspectos muy
positivos pero que, de no ser controlados adecuadamente, podrían
tornarse en lo contrario; de esto y de los sufrimientos que,
efectiva o imaginariamente podría depararnos el porvenir, nos
ocuparemos a continuación.
(* 6)
Se sabe que el ser humano tiene, como característica esencial, la
capacidad de proyectarse al futuro, es decir, tiene la capacidad de
verse en él, usualmente en una posición distinta a la actual,
aspecto que lo impulsa a planear lo que debería hacer para
conseguirla o evitarla; es esa capacidad la que lo impulsa a buscar
los objetivos que se ha propuesto hoy y es ella la que lo obliga a
crearse necesidades en función de lo que, supuestamente, sucederá.
Se sabe bien, por otra parte, que cuando los hechos esperados
prometen agrado y placer, el ser humano se lanza en pos de ellos con
energía y ansiedad cinetogénica, siendo éste el factor que lo
impulsa a crear y a evolucionar positivamente. Sin embargo, sabido
es también que cuando los hechos esperados no parecen ser
placenteros ni conducentes a la felicidad sobrevienen la angustia y
la ansiedad paralizante, que arruinan el presente y atenúan, debido
al efecto de máscara y de saturación, a las necesidades esenciales,
afectando negativamente al cuerpo y a la mente. En la Segunda Parte
de esta búsqueda, se procurará afinar los conceptos que permitirían
controlar los factores anteriores y diseñar, correctamente, las
estrategias para planear adecuadamente el futuro, es decir, para
planear un Proyecto de Vida adaptable, realista y optimista, que no
deje en un terreno seleccionado por el azar la posibilidad de
aproximarse, sin demasiados trastornos, a la buscada felicidad. Por
ahora, nos ocuparemos de los factores que, de no ser debidamente
controlados, pueden volverse en contra nuestra. Abordemos, pues, el
análisis de esos dolores y necesidades que sufrimos hoy, porque
imaginamos que podrían afectarnos, o afectar a los que amamos,
cuando el futuro se transforme en presente. No perdamos de vista que
son estas necesidades y dolores los que dan forma, principalmente,
al sufrimiento conocido como angustia y en parte, también, a
su derivado, la ansiedad.
Contra la angustia, el mejor antídoto es el conocimiento; es por
experiencia que el ser humano ha aprendido que es él quien le
permite disminuir la incertidumbre por el futuro y tomar y mantener
el control de sus actos y de las situaciones en las que se ve
involucrado en el presente. Ha aprendido también que la posesión de
ese control le garantiza experimentar confianza, seguridad y
satisfacción; es natural, por ello, que al enfrentar situaciones que
le son algo desconocidas, o simplemente imprevistas, tal como ocurre
con muchos de los sucesos que depara el futuro, se le genere las
sensaciones opuestas, las cuales dan forma a la angustia.
Es porque el ser humano siente y sabe que el conocimiento incrementa
la predictibilidad del futuro y su consecuente sensación de
seguridad, que busca adquirirlo y diseminarlo, impulso que se
manifiesta en todos los aspectos de su vida y, en particular, en sus
relaciones comunitarias; en este último caso, para que el habitante
de una sociedad civilizada sepa como enfrentar las situaciones que
se le podrían presentar en la vida diaria, ya sea conflictos
humanos, accidentes, fatalidades, etc., se ha creado esa forma
particular de conocimiento que es la Ley; es Ella la que hace, en
los aspectos concernientes, más tranquilo el presente y más
predecible el futuro del ciudadano; es Ella la destinada a
incrementar la confianza y seguridad en la convivencia, pero siempre
bajo la condición que sea acatada por todos (de aquí la
importancia que sea mayoritariamente percibida como justa). Es
dentro de la Ley también, y para prevenirse de algunas consecuencias
de todo aquello que tiene alguna probabilidad no demasiado pequeña
de ocurrir (un accidente, una enfermedad, un incendio, un asalto,
perder el trabajo) que la sociedad ha creado una serie de mecanismos
confiables para conseguirlo (seguros de todo tipo, ahorro
previsional, etc.) que mucho ayudan a reducir la incertidumbre por
el futuro.
Intentar mantener el control en aquellas situaciones inesperadas o
incontrolables, o en aquellas que con toda certeza ocurrirán y que
se convertirán en tales, como la muerte, también preocupa
significativamente a muchos (a otros, en cambio, no tanto, pues son
más bien fieles a la posición filosófica que postula que sólo se
debe intentar resolver los problemas que son, es decir , aquellos
que tienen solución posible pero no los demás, es decir, aquellos
que no la tienen, porque esos seguirán un curso independiente de
cualquier cosa que se haga). Frente a estas situaciones y a otras
que pueden parecer incontrolables, cada cual buscará la solución que
le parezca más adecuada, incluida la que ofrece la religión; frente
a las otras, me permito recordar aquí una máxima, de la cual es
autor Henry Ford y que me parece muy adecuada para aplicar a esos
casos y a los demás, al menos inicialmente, “No olvides que la
mano más cercana que te puede brindar ayuda, es la que está en el
extremo de tu propio brazo”. En otras palabras, enfrentados
a situaciones presentes inesperadas o a las no deseadas que
imaginamos podría traernos el futuro, el mejor procedimiento para
extinguir la inquietud o la ansiedad paralizante es procurar
actuar, pero siempre después de reflexionar sobre el problema, es
decir, actuar sí es que la razón así nos lo indica. Se debería
actuar, pero siempre que se esté preparado para ello, condición
básica para tener éxito en nuestros propósitos; si no se está seguro
de cumplir esa condición, el objetivo previo debe ser el de
prepararnos, adquiriendo el conocimiento requerido, para enfrentar,
posteriormente, el problema, pero siempre buscando que ello se logre
a la brevedad, para intentar resolverlo y transformarlo, así, en
cosa pasada.
El actuar debe ser, entonces, siempre razonado y empático, ajustado
a la Ley y a principios éticos universalmente aceptados. Si esto se
practica como norma de vida, se hará costumbre resolver rápidamente
los problemas que se presenten, sin dañar a otras personas
ni a otros seres y evitando acumular angustias y ansiedades,
las cuales son conducentes a tensiones patogénicas, que mucho
podrían alterar la salud y otros factores de los cuales depende el
nivel de felicidad percibido.
El actuar debe ser, además, honesto; honesto consigo mismo y con los
demás; honesto, no sólo en sentido legal, sino que también en
sentido ético, es decir, se debe actuar como se piensa (no
decir una cosa y hacer de otra manera) y muy bueno es que los demás
conozcan nuestro pensar. Se debe pues procurar, a humana ultranza,
ser consecuente con las propias ideas, es decir, coherente en todos
los aspectos de la vida. El que se acostumbra a aparentar lo que no
es, puede que termine convirtiéndose en aquel cuya imagen desea
proyectar pero, lo usual es que, en el intertanto, viva angustiado
por la posibilidad de ser desenmascarado (tal como un calvo con
peluca...).
Muy bueno es que los demás conozcan nuestro pensar y lo identifiquen
en nuestro actuar; la base de la confianza de otros en cada uno de
nosotros está en la transparencia, en el buen pensar y en la
coherencia de nuestro actuar.
5.- El presente y más acerca del control de las necesidades y
sufrimientos.
El tan efímero presente va dando forma a nuestro pasado en base a la
imagen que proyectamos para el futuro. En las páginas precedentes
hemos analizado el como actuar hoy para aligerar la carga que el
pasado puso en nuestros hombros, de manera de hacer más fácil
nuestro viaje hacia el futuro; hemos analizado también el como
actuar hoy para que el supuesto futuro no se convierta en una
barrera hacia él mismo y nos impida disfrutar del presente y
construir un pasado que, nosotros y los demás, podamos recordar con
agrado. En este punto resumiremos las formas de proceder que parecen
más adecuadas para extraer el máximo disfrute del presente dejando
detrás un pasado libre de remordimientos, rencores y pesares,
dejando, detrás de nosotros, un pasado que, pese a lo grato que nos
haya parecido vivirlo, no nos abrume de nostalgia, impidiéndonos
gozar anticipadamente del expectante y optimista futuro, que
prevemos en el presente.
Para pretender buscar la felicidad parece ser esencial entender las
causas que determinan la generación de las necesidades y
sufrimientos pero también conocer las formas generales que permiten
controlarlos y extinguirlos. De hecho, me parece que la percepción
del grado de felicidad que se experimenta, tiene mucho que ver con
la imagen que uno mismo tenga, en el presente, acerca de la propia
capacidad de controlar su vida, con sus necesidades y vicisitudes
aparejadas. En este contexto, podemos decir que, aparte del dinero,
al menos tres otras parecen ser las opciones más efectivas para
procurar controlar las necesidades y sufrimientos, no sólo para
evitar la posibilidad de experimentar las inquietudes y desagrados
asociados a muchos de ellos, sino que también para experimentar el
máximo placer subsecuente a su extinción:
1.- Sacar partido, a nuestro favor, del “efecto de máscara”.
2.- Escudarse con la razón y la protección de los principios éticos
de origen filosófico o religioso, los cuales fortalecen las
virtudes.
3.- Exacerbar aquellas necesidades que sabemos extinguir o que
esperamos anular mediante el concurso de otros (u otras) para
disfrutar del placer que ello provoca.
Sacar partido del “efecto de máscara”.
El comportamiento de filósofos, de religiosos, de artistas, de
científicos, de aficionados al fútbol y hasta de enamorados
demuestra, en todas partes del mundo, que una de las posibles formas
de encontrar el camino hacia la felicidad es la de enmascarar
necesidades que resultan, para la generalidad de las personas, de
satisfacción poco menos que obligada. Obviamente que eso lo
consiguen generando, a través de la meditación, la oración o la
pasión, necesidades espirituales o físicas extremadamente intensas,
con las cuales logran anular la percepción de casi todas las demás
(el “contigo, ¡pan y cebolla!”, encuentra su sentido aquí...). Esta
vía para el control de las necesidades, que muchas veces opera sin
intención por parte del afectado y no siempre en el sentido
correcto, es siempre posible de aplicar, aunque no sea de muy fácil
práctica para la mayoría; la cuestión es encontrar una inocua, útil
y fuerte necesidad que cumpla eficientemente su función, atenuando
el hambre, el cansancio, el dolor o cualquier otra forma de
necesidad o sufrimiento, incluida la angustia de la muerte. Estoy
seguro que cada cual disfruta de esta posibilidad (o lo ha hecho) en
algún modo que puede identificar; estoy seguro, también, que cada
cual es capaz de idear una estrategia para deshacerse de necesidades
cuya satisfacción resulta problemática o perjudicial y, de paso,
llenar su vida con un buscado, gran y repetido placer, que lo haga
experimentar, frecuentemente, la sensación de ser feliz.
Escudarse con la razón o en la fe.
Otra manera de controlar las necesidades y sufrimientos
desagradables es la de evitar su aparición o de no permitirles que
adquieran una magnitud que llegue a dominar nuestros actos. En ello,
la razón y la fe pueden ayudar, ya sea para atenuar una necesidad
inconveniente o para resistir a la necesidad de satisfacerla.
En referencia a las acciones que se realiza, se sabe que, casi
todas ellas, tanto las mentales como las físicas, lo son para
satisfacer alguna necesidad o para extinguir algún sufrimiento. Dado
que estos factores impulsores de la acción tienen una dimensión
temporal (algunos provienen del pasado, otros se originan en el
presente y los demás se los prevé en el futuro) los actos, mentales
y físicos, que se realiza en el presente tienen como objetivo
suprimir los actuales, o prepararse para ser capaz de hacerlo con
los que se cree aparecerán, cuando el futuro se convierta en
presente. Advierta que no siempre los actos realizados son para
extinguir directamente necesidades o sufrimientos propios; muy
frecuentemente, ellos están al servicio de los demás, ya sea por
amor o por trabajo (o sea, por servicio remunerado hacia los demás).
Aquellos realizados por amor (por caridad, por afecto, por amistad o
por erotismo) pueden serlo para suprimir alguna necesidad o
sufrimiento ajeno, que se ha reflejado en nuestro propio espíritu.
Los actos realizados por trabajo tampoco tienen como objetivo
suprimir necesidades propias inmediatas ni directas, sino que
preparar al sujeto para eliminar, en el futuro y a través del pago
recibido, necesidades postergadas o posibles de ser; el estudio
personal y el servicio remunerado, realizado para satisfacer una
necesidad propia y directa, no puede calificarse de trabajo, aunque
tenga la apariencia de tal. No hay que olvidar tampoco que, ciertos
actos, no muy correctos y más comúnmente realizados que lo deseable,
lo son a pesar de dañar a otros (recuerdo que se dice que “la
necesidad tiene cara de hereje”) y por ello es imprescindible
reflexionar, también, acerca del tipo de ética o moral que debiera
ser la rectora de ellos, no para ganar un cielo o evitar un infierno
en una hipotética vida post mortem, sino porque la
experiencia y la razón muestran que de la ética o de la moral
practicada depende que, con la realización de nuestras acciones, no
se cause a otros ni nos provoquemos, a nosotros mismos,
sufrimientos y necesidades mayores que aquellas que se ha pretendido
eliminar. De la correcta ética o moral practicada en este mundo, el
único del cual tenemos certeza, depende que en él vivamos el Paraíso
La razón o la fe proporcionan las bases para desarrollar y ejercer
la ética o moral que fortalece las virtudes y nos protege de
realizar actos que podrían aumentar las probabilidades de
incrementar nuestro grado de infelicidad (la razón podría estar
representada por el refrán “agua que no has de beber, déjala correr”
y la fe, por “¡Vade retro Satanás!).
Con respecto a las virtudes, recordemos que se las puede clasificar
en dos grandes grupos: físicas e intelectuales (o espirituales).
Entre las físicas mencionaremos a la belleza y a una serie de
aptitudes, como aquellas que permiten el bien cantar y tocar
instrumentos, o el desarrollar actividades deportivas en forma
sobresaliente, o destacarse en habilidades manuales y artísticas,
etc.; entre las intelectuales se identifica a la inteligencia, en
sus diferentes aspectos y a un conjunto conocido como “virtudes
éticas”, conformado por la prudencia, la justicia, la
templanza, la fortaleza y la caridad. Aunque todas ellas son
disposiciones naturales, en algunos casos muy destacadas, siempre
requieren de ser cultivadas para desarrollarse en plenitud y
convertirse, así, en nuestros mejores escudos contra la infelicidad
y también en dignas de suscitar la admiración y los deseos de
emulación por parte de los demás. Ayudar a identificar, en cada ser
humano, las virtudes físicas e intelectuales destacadas, es una
tarea conjunta de los sistemas educativos, de los padres y de cada
individuo; del éxito que en ello se tenga dependerá la facilidad y
precisión con la cual cada uno podrá descubrir y desarrollar su
vocación, para bien propio y comunitario. Dado que buena parte de la
vida de cada individuo está dedicada al trabajo que realiza para
sustentar su vida y la de su familia, bien se comprende, entonces,
la importancia que posee la coincidencia entre éste y la vocación
pues, sólo en ese caso, el servicio remunerado hacia otros será un
continuo satisfacer de necesidades personales, con máximo beneficio
para el que lo otorga y para el que lo recibe. La motivación es
máxima cuando se desarrolla un trabajo dentro de la vocación
personal y es obvio, entonces, que esta situación será la ideal,
tanto para el trabajador como para su empleador. Sin embargo, en la
vida, casi nunca las cosas son ideales y lo usual no será lo
anterior, de forma tal que, tanto el empleado como el empleador,
deberían buscar la forma de adaptarse y encontrar mecanismos que
aseguren una razonable satisfacción de las necesidades de ambos.
Útil es, para el trabajador, cuando no cree posible o conveniente el
cambiar de trabajo, tratar de reorientar su actividad, dentro de la
propia empresa, para aproximar, en ella misma, las funciones que
realiza a su propia vocación; más, si ello no fuese definitivamente
realizable, se revela, como muy conveniente, el darle curso
asumiéndola como una entretención. Deseable es, por otra parte, que
los empleadores otorguen las facilidades y los incentivos adecuados
para que el personal a su cargo acomode sus tareas, se capacite o
estudie, de manera que puedan desarrollar sus actividades dentro del
área en la cual se sienten más a gusto; no cabe duda, además, que
dentro de los grupos artísticos, sindicales, deportivos y otros, que
las empresas patrocinan internamente, muchos trabajadores encuentran
un cierto modo, no remunerado, de practicar vocaciones latentes,
incrementando con ello el grado de satisfacción que el laborar allí
les produce.(*6b)
Pero, claro está, no basta con hacer bien lo que se hace, incluso si
se lo disfruta; es necesario, además, saber si aquello es correcto,
es decir, si está hecho de acuerdo al Bien. El ejercicio de las
virtudes éticas le aseguran eso y, además, la paz de su alma. La
primera de las cinco que mencioné, hace algunas líneas, es la
prudencia. La prudencia se describe como aquello que caracteriza al
actuar reflexivo, honesto y que huye de la temeridad; que el actuar
sea reflexivo significa que ha sido consecuencia de una evaluación
racional y certera del problema; que sea honesto, implica que lo ha
sido de acuerdo con las capacidades e ideas de quien actúa y, que
huye de la temeridad, implica que ha tenido lugar después que se ha
sopesado cuidadosamente los peligros o riesgos potenciales
consecuentes. La virtud de la prudencia está íntimamente asociada
con lo que se denomina “sexto sentido” o sentido común y su
ejercicio asegura una vida poco expuesta a riesgos físicos,
económicos y emocionales.
La justicia es descrita como la capacidad de dar a cada uno lo que
le corresponde, en el contexto en el cual se practica. Requiere de
una evaluación honesta de los antecedentes con los que se cuenta
para ello, del ejercicio de la empatía y de una buena comunicación
con los actores involucrados en el proceso. Obrar justamente y en
forma reconocida como tal, garantiza que no seremos fácil objeto de
rencores, a causa de acciones nuestras que hayan podido afectar a
otros, ni tampoco que sufriremos de remordimientos posteriores.
La templanza se refiere a la capacidad para resistir la tentación de
obrar mal, cediendo a impulsos o deseos que nuestra conciencia
señala, anticipadamente, como incorrectos. Significa huir de lo que
sabemos nos hará daño, o que hará daño a otros, renunciando,
voluntariamente, a la gratificación de un placer momentáneo. La
templanza es la fuerza para resistir a los excesos y es también la
fuerza para resistir al influjo de las pasiones, a la debilidad de
cometer traición y al deseo de practicar la deshonestidad. La
templanza es forjada por el conocimiento, la reflexión o la oración,
fundándose en una conciencia sólida y trabajada; como las demás
virtudes, llega con nosotros al mundo pero debe cultivarse. La
templanza protege nuestra conciencia y nuestra salud.
La fortaleza es la valentía para obrar, de acuerdo con las
convicciones de nuestra conciencia, a pesar que ello implique el
peligro o la realidad de sufrir dolores o necesidades. Como ocurre
con la templanza, la fortaleza protege nuestra conciencia de los
remordimientos y aumenta nuestra autoestima.
La caridad es una de las formas en las que se expresa el amor por
los demás seres; la empatía, que da origen a la simpatía y a
la compasión está en su origen. La caridad se ejerce a favor de los
sufrientes y necesitados, de los débiles y de los enfermos, tanto si
son seres humanos como animales; se pone en práctica deseando y
actuando para anular el sufrimiento o necesidades de otros seres,
aún a expensas de los nuestros y sin esperar retribución alguna,
salvo la satisfacción reflejada por dicha acción sobre nuestro
propio espíritu. El “Ama a tu prójimo como a ti mismo”,
complementado por el necesario “y también al planeta que te cobija y
a los demás seres vivos que en él te acompañan”, duramente
aprendido hacia el final del segundo milenio, parece ser un muy buen
consejo a recordar siempre, pero que será realmente efectivo si
primero aprendemos a amarnos a nosotros mismos.
La práctica del amor, el desear y gozar con la felicidad ajena
legítima, nos protege, además, de la envidia, sobre todo de la mala.
La envidia, es ese sentimiento de inconfortabilidad, cuyo origen se
encuentra en la constatación de aquellos hechos lícitos que, según
suponemos, causan la felicidad de otros (¿por qué él (o ella) y no
yo?); la envidia jamás coopera a nuestra felicidad, aunque sea de la
“buena” (aquella que nos impulsa a intentar emular al que es feliz)
y con mayor razón es nociva la “mala”, es decir, esa que nos impulsa
a actuar para intentar suprimir o disminuir la felicidad del otro.
El antídoto contra la mala envidia es, sin duda, el amor por el
prójimo en general, que nos hace ser felices con la felicidad ajena.
Pudiera parecer que una vida virtuosa, por el hecho de estar exenta
de grandes sobresaltos negativos, debiera ser sinónimo de
aburrimiento y ascetismo pero, sin embargo, no necesariamente ello
debe ser así; sobresaltos positivos, convenientemente elegidos,
pueden compensar, perfectamente y con ventajas, a los desagradables
y peligrosos primeros, otorgándonos satisfacciones más intensas y
duraderas y, sobre todo, aproximándonos mucho más confortable y
seguramente, a la elusiva felicidad.
(* 7)
Exacerbar ciertas necesidades.
Sabido es, por experiencia, que la intensidad del placer, o
sensación experimentada por la supresión de una necesidad o
sufrimiento, es tanto mayor cuanto mayores estos hayan sido y,
también, cuanto más rápido y profundo fue el proceso de extinción.
Es notable constatar que además de aquellas acciones para extinguir
alguna necesidad o sufrimiento, las demás que el ser humano realiza
están destinadas a exacerbar alguno de esos dolores con el objeto de
procurarse un placer posterior mayor. Según parece, el ser humano es
el único animal que busca conscientemente el placer y su
intensificación, comportamiento que me parece perfectamente lícito,
inteligente y deseable, siempre que sea realizado sin provocar daño
a otros seres.
(* 7b) La exacerbación de las necesidades se puede lograr
postergando su satisfacción, realimentando la mente con visiones anticipatorias del placer que se tendrá (¡imaginación!) y
sobre-estimulando adecuadamente los sensores fisiológicos (con
imágenes, con sonidos, con aromas, con sabores, con estímulos
táctiles, con substancias químicas no demasiado dañinas, con
sensaciones físicas, como las de caída, de alta velocidad etc.).
Aprovechar conscientemente estos factores de control y modulación de
los placeres, permite extraer las máximas satisfacciones de la vida,
sobre todo si de ella se aprovecha aquellos que ofrece gratuitamente
(o casi) como los que disfrutaban usualmente nuestros antepasados,
quienes, por vivir en mayor comunión con la naturaleza, aprovechaban
de su armonía para gozar de las cosas simples y de ellos
mismos.
6.- Volviendo al inicio.
Acercándonos ya al final de esta abundante efusión de ideas, creo
que se ve claro que la salud, el dinero y el amor, del refrán
popular aquel, han cobrado un significado más claro pero aún vale la
pena redundar algo más acerca de ellos:
La salud.
No cabe duda que genera una de las inquietudes más significativas
del presente de cada uno de nosotros, no sólo por su estado actual,
sino por las consecuencias de sus alteraciones en el pasado y por lo
que tememos pudiera hacernos padecer en el futuro. Si mantener el
control de aquellos factores sobre los cuales podemos hacer algo
hoy, es importante para evitar mayores problemas mañana, no menos lo
es el realizar lo máximo para solucionar los problemas de salud que
experimentamos en el presente. Afortunadamente, la medicina pone a
disposición de los enfermos muchos medios de curación y alivio, como
nunca antes fue posible en la historia de la humanidad y promete
otros de poderío casi impensable; usarlos en nuestro beneficio es no
sólo nuestra responsabilidad, sino que nuestra obligación: actuar,
cuanto antes mejor, como siempre, es la clave.
El dinero.
El dinero es, en la sociedad civilizada, un equivalente convencional
de la información y del conocimiento, constituyéndose, por lo tanto,
en una forma indirecta de extinguir muchas de las necesidades
humanas. Poseerlo equivale a adquirir seguridad de que se tendrá la
capacidad de extinguir muchos tipos de necesidades y de
sufrimientos, factor que otorga la sensación de tener el control
sobre muchos aspectos inquietantes de la vida; de aquí la
importancia que se atribuye al dinero y los esfuerzos que se hace
para conseguirlo. Todos sabemos acerca de las formas de conseguirlo:
a cambio de trabajo; heredándolo; por un golpe de suerte y,
robándolo pero sólo nos detendremos brevemente en el análisis de la
primera.
El dinero parece tan importante para la mayoría de las personas que,
para obtenerlo, a veces apenas en la cantidad mínima para
sobrevivir, están dispuestas u obligadas a sacrificar gran parte de
sus vidas. Otros, olvidando que su posesión debiera ser un medio y
no un fin en sí mismo, dedican buena parte de su existencia a
acumularlo, convirtiendo esa necesidad, en la máscara para muchas
otras, simples y muy variadas, cuyas satisfacciones, en buena parte
de las veces gratuitas, llenan de placer y felicidad la vida de
quienes no han caído en la trampa de atesorarlo, más allá de toda
posibilidad de emplearlo con máximo beneficio. El dinero puede
convertirse en algo tan importante, que, unos cuantos, sin apenas
salirse de la legalidad, son capaces de olvidar toda ética o moral
para conseguirlo, engañando o traicionando a la comunidad, a los
buenos amigos y hasta a los familiares por él. ¡Poderoso e
importante señor es don Dinero!, sobre todo para aquel que ha
sufrido por su escasez pero hay que resistirse a los excesos por él;
encontrar el justo equilibrio entre la magnitud y tipo de las
necesidades que se desarrolla y el trabajo requerido para obtener el
dinero para satisfacerlas, obliga a una cuidadosa reflexión y a una
constante renuncia voluntaria a dar curso a deseos que, lejos de
hacernos más felices, complicarían en demasía nuestras vidas.
Y recuerde que, para bien trabajar y poder elegir en que hacerlo, es
necesario, previamente, sacrificarse y estudiar.
Sabemos que el dinero permite adquirir bienes (no sólo cosas
materiales...) y satisfacer muchas necesidades. Su ausencia o
escasez en el presente, por mala administración del que se gana o
por no obtenerlo suficientemente, al limitar seriamente la
satisfacción de necesidades, incluso básicas, conspira en contra de
la salud y de la paz de la mente, exponiendo, al que la sufre, a mal
actuar para conseguirlo, es decir, a delinquir o a comportarse de
manera inmoral o poco ética (a realizar acciones reñidas con la
práctica del amor, sin manifestar caridad, afecto, amistad ni real
atracción sexual). La importancia de ganar dinero es obvia, pero
ello no debiera convertir a la vida en una carrera para obtenerlo,
ni debiera convertir al hecho de ganar dinero en la necesidad
sino que en el medio para satisfacer muchas otras;
equilibrio y moderación, tanto en el ganar como en el gastar,
parecen ser las claves para describir el comportamiento adecuado
para conseguir que la obtención de dinero se integre a la búsqueda
en la que todos estamos.
El sexo y el amor.
Leí, hace ya mucho, la opinión de alguien argumentando que, en
nuestros días, se habla mucho de amores y de relaciones
sentimentales, pero poco del amor. Eso es muy cierto porque, cuando
se habla del amor, se tiene la tendencia a pensar sólo en el aspecto
sexual; ello es así, sin duda, porque ese factor es el predominante
en nuestras vidas (al menos cuando somos jóvenes); ya sabemos, sin
embargo, que este término es de alcance mucho más amplio y que tiene
que ver, además, no sólo con la multitud de muestras de afecto, de
amistad y de deseo sexual que desearíamos se manifestase hacia
nosotros, sino que también con aquellas que damos y desearíamos dar
a otros.
El amor es un sentimiento muy relacionado con nuestra necesidad de
formar parte de una especie y de una comunidad (comunidad que, en el
límite, engloba a todo el Universo) pero también con la necesidad de
ser reconocidos como parte de ella. Este sentimiento se
expresa a través de varias formas, que incluyen a la caridad, el
afecto, la amistad y el erotismo. La caridad, motivada por la
percepción del sufrimiento ajeno, tanto de seres humanos como de
animales, nos lleva a sacrificar parte de nuestro propio bienestar a
cambio del alivio del sufrimiento observado; asociada a la caridad
se encuentra la compasión, la clemencia y el perdón, que constituyen
características exclusivas y muy apreciadas en el ser humano. ¡Ojalá
pudiesen, todos los seres humanos, poseer la máxima sensibilidad
para experimentarlas!. El afecto es un sentimiento más elevado que
la caridad, a la cual incorpora, y nos compromete con otros seres,
ya no sólo para aliviar sus sufrimientos, sino que para tratar de
extinguirlos completamente e incluso generar en ellos un placer
asegurado, creándoles necesidades para las cuales creemos poder
suministrar, en cualquier instante, el antídoto correspondiente. La
amistad es un nivel de amor más elevado aún, que incluye a la
caridad y al afecto e incorpora la entrega, a otro ser, de nuestra
confianza; así pues, con la amistad nos entregamos, emocionalmente,
en las manos de otros, seguros en que ellos no sólo serán capaces de
aliviar nuestros sufrimientos, sino que estarán dispuestos a los
máximos sacrificios por nuestro bienestar y seguridad, sin jamás
herirnos sin pena y, por supuesto, a lo cual estamos bien
dispuestos a corresponder. En el amor erótico o sexual, nivel más
completo aún que los demás, nos entregamos emocional y físicamente a
otro ser humano, con plena confianza y creencia en que, de la
relación con él obtendremos y podremos dar, siempre, placer y
felicidad; en el amor erótico nos entregamos pero, al mismo tiempo,
exigimos entrega total; es precisamente, a causa de ese aspecto de
este sentimiento, que se origina buena parte de las congojas que él
nos causa, pues la atracción y fidelidad mutuas dependen sólo algo
de la razón y de los sentimientos de afecto y mucho de factores
genético-químicos, que se encuentran más allá de nuestro control y
conciencia. Manejar adecuadamente las inquietudes derivadas de
nuestras necesidades en este campo no es fácil y todos concordaremos
en la intensidad y frecuencia con las que ello nos sumerge en
infelicidades, especialmente cuando se es joven. Dada la fortaleza
de este poderoso sentimiento, poco es lo que la razón puede hacer
por el afectado y yo no me atrevo a sugerir caminos, todavía;
sirva de consuelo el constatar que los dolores de amor parecen ser
necesarios para sentirse más vivos y que la esperanza en las
posibles mieles futuras, ayuda a sobrellevar mejor esas penas.
Aproximándonos ya al final de este punto, no está de más la
siguiente reflexión: sabido es que a través del amor recibido, en
cualquiera de sus formas, se satisface nuestra hambre de sabernos
estimados, amados y necesitados; sabido es que ello incrementa
nuestra seguridad y nuestra impresión de que valemos a los ojos de
los demás; el amor recibido es lo que incrementa nuestra autoestima
y nos llena de felicidad, aún careciendo de muchas otras cosas
(contigo, ¡pan y cebolla!). Si todo esto es sabido, ¿por qué no
hacer a los demás lo que resulta bueno para nosotros mismos?.
¡exprese pues su amor!, ¡hágalo siendo caritativo y generoso con los
extraños que necesitan ayuda, siendo afectuoso con los que estima,
siendo admirativo y agradecido con los que admira, siendo afectuoso,
leal y abierto con sus amigos, siendo amoroso y todo lo demás con su
pareja y con sus hijos, pero también siendo bueno, respetuoso,
solidario y considerado con todos los seres que le acompañan en la
aventura de vivir. ¡Sabido es que el amor otorgado hace la felicidad
de otros pero sabido es que también hace mucho por la nuestra!.
Si desea expandir algo más sus ideas acerca del sexo y el amor,
sugiero que lea mi escrito HAPPINESS, en el cual, con un estilo algo
diferente, profundizo en el tema. Pídamelo al correo electrónico
osvaldodechile@hotmail.com .
Conclusión.
Se termina así este escrito; espero que, a esta altura, concuerde
usted conmigo en que la felicidad no es, solamente, la sensación de
paz que cae al alma tras extinguir las necesidades y sufrimientos
que la afectan, sino que también el convencimiento de que ello ha
sido logrado de la manera más correcta posible y de forma tal que,
en nuestro paso por esta vida, se haya dejado una huella positiva y
amable.
Finalmente, y para cerrar el círculo que iniciamos 27 páginas atrás,
permítanme relatarles una anécdota de viaje que siento apropiada
para ello:
Los trenes europeos son medios de locomoción muy cómodos y
convenientes, incluso para viajar durante la noche; a pesar de ello,
aunque sus coches dormitorio son muy confortables, siempre resulta
un tanto desagradable compartirlos con extraños y naturalmente,
entonces, es un gran alivio (y felicidad) constatar que, por algún
avatar del destino, el compartimiento destinado para cuatro, no
recibirá más pasajeros que uno mismo. Este parecía sería el caso en
una lluviosa noche de Septiembre, en la cual yo abandonaba Niza
rumbo a Roma; faltando sólo cinco minutos para la partida y
esperando expectante el silbato del conductor, todo hacía pensar que
viajaría sólo y me atreví a comentárselo al pequeño y mostachudo
asistente italiano del vagón: - Mmm ...parece que hoy tendré
suerte... le dije; entendiendo mi observación, respondió – “la
suerte, señor, no se encuentra, se busca...”. Me dejó pensativo,
tratando de descifrar su filosófica reflexión, pero pronto hube de
encontrarle sentido cuando, casi en la hora de partida y corriendo,
llegó el último pasajero de la noche y el asistente-filósofo, con
una comprensiva mirada a mi algo decepcionado rostro, lo ubicó en el
ya parcialmente ocupado compartimiento vecino del mío. Tuve suerte,
pero me la busqué. Creo, asimismo, que la mejor aproximación a la
felicidad se puede buscar, conscientemente, con altas probabilidades
de éxito; para ello sólo se debe encontrar la forma correcta de
hacerlo, la cual, básicamente, debe ser tal que no produzca daño a
otros seres.
Las consideraciones mencionadas y el convencimiento de que la
búsqueda de la felicidad es un asunto de interés comunitario y
familiar, a través del cual pasa el bienestar personal, que nos
ofrece múltiples y muy aceptables caminos de aproximación, desde
aquel que sigue el ermita tibetano, capaz de anular todo necesidad y
deseo físico, hasta el de aquel otro que va por la vida, de placer
en placer, disfrutando de toda la enorme variedad de sensaciones que
ella ofrece, son las conclusiones más importantes que me deja tan
largo reflexionar.
¡Le deseo éxito en su propia búsqueda!.
(* 8)
Osvaldo González Rojas.
Revisión: 15/07/2004.
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Se recomienda leer estas líneas,
que el autor invita a complementar según vuestra propia
experiencia, después de una primera lectura del texto
principal, el cual ha sido presentado en las páginas opuestas
o anteriores.
(* 1)
Demasiado optimista sería creer que la conducta de un ser
humano puede ser cambiada mediante la simple lectura de un
texto, por muy convincente y racional que éste parezca (eso ni
siquiera es muy fácil para el mismo que lo ha escrito); sabido
es por todos, que la experiencia individual parece valer más
que mil consejos (ello nos pone muy cerca de los demás
miembros del Reino Animal) y así han cobrado validez los
refranes “echando a perder se aprende” y “la experiencia es la
madre de las ciencias”. Lo anterior explica que todos debamos
tropezar al menos dos veces con la misma piedra y explica,
también, la natural tozudez de los jóvenes, quienes aparentan
despreciar los consejos de los mayores hasta que ellos hayan
sido confirmados por sus propias vivencias. La experiencia
propia es valiosa pero no por ello son menos válidas las
teorías y consejos que la acumulación y transmisión de
conocimiento han hecho llegar hasta nosotros; al respecto,
Leonardo da Vinci resumió, admirablemente bien, la importancia
que le asignaba a las teorías, a esas herencias del pasado de
quienes nos precedieron en la aventura de transitar por este
mundo y de ejercer el privilegio de pensar:
“El que actúa sin la adecuada ciencia, es como un barco sin
timón ni brújula, nunca sabe que rumbo seguirá, ni tampoco a
que puerto llegará”.
Sí, es cierto, demasiado optimista sería pensar que este
escrito pudiera cambiar, como por arte de magia, los
comportamientos humanos pero quizás no tan utópico es desear
que él sirva de referencia, a los lectores, para comparar sus
experiencias propias con una adecuada teoría que, mostrando
racionalmente un camino que se argumenta áspero pero
razonablemente correcto, les facilite el ajuste gradual del
rumbo que todos ellos intentan seguir.
[al texto]
(* 2)
Sabemos que, en una sociedad civilizada, se pretende
garantizar que todos los ciudadanos puedan satisfacer estas
necesidades a través de los mecanismos que el Estado
administra para ello pero, conocido es también que, en el
fondo, gran parte de la responsabilidad de lograrlo está en
las mismas manos de los propios interesados.
[al texto]
(* 3)
Teniendo en cuenta lo expuesto y pensando en lo desagradable
de los sufrimientos y de las necesidades, podríamos tender a
creer, entonces, que tales estados son completamente
indeseables, pero eso no es así y, más aún, un poco de
reflexión al respecto nos mostraría que son absolutamente
fundamentales para advertirnos de los peligros que amenazan a
nuestra existencia y de los daños y agresiones que sufre
nuestro cuerpo; son esenciales también para experimentar el
placer (que es la sensación que se recibe tras la extinción de
ellos) e indispensables, entonces, para poder vivir la tan
deseada felicidad, pues son ellos los que desencadenan el
deseo y la obligación de actuar que posibilita su misma y
subsecuente extinción; así, siendo los dolores, sufrimientos y
necesidades quienes desencadenan todas las acciones,
automáticas o voluntarias que realizan los seres vivos y
siendo esas la base del hacer y el hacer la base de la
evolución de la materia, bien se comprende, entonces, que las
necesidades y los sufrimientos son los motores que impulsan a
esta última. Sin ellos, no se produciría ni se buscaría los
bienes (ojo aquí, recuerde que no todos los bienes son cosas).
Sin ellos tampoco tendrían la opción de ser, ni el placer
causado por su extinción tras la acción adecuada, ni la paz
que sobreviene después; sin ellos, la felicidad adquiriría un
nivel de monotonía tal, que sólo los muertos podrían soportar.
Es claro, entonces, que los estados de necesidad y dolor son
esenciales a la vida pero es clara también la gran importancia
que tiene su adecuado manejo y control, para que evitar que
alcancen un nivel excesivo, más allá del que se puede soportar
sin sucumbir bajo su peso.
Todo lo que ha hecho, todo lo que hace y hará el ser
humano, fue, es y será impulsado por las necesidades y
sufrimientos. La Historia del Hombre es la relación de las
acciones realizadas y de las consecuencias de ello derivadas,
para extinguir los dolores, las necesidades y los sufrimientos
que lo han afectado.
Sucede, en muchos casos, que nos exponemos,
conscientemente, a experimentar determinadas privaciones y
dolores, buscando con ello, conscientemente también,
exacerbarlos; tal cosa ocurre en muchos aspectos de nuestra
vida: en el intelectual, en el sexual, el amoroso y en muchos
otros de todos los días. Reflexione y se dará cuenta que ello
se hace porque la mente cree, o está segura, que se tiene, o
que se tendrá, la capacidad de suprimirlos a voluntad, con lo
cual, primero, se espera obtener placer y luego, tras él, ese
ansiado y transitorio estado de espíritu que tanto se anhela.
[al texto]
(* 4)
Sin pretender invadir un campo tan completa y
científicamente estudiado por las ciencias médicas, como es el
de las drogas, de sus efectos y de los problemas que su uso
conlleva, deseo aportar mi propia interpretación de las
razones que impulsan a su consumo y de algunos de sus efectos
sobre la mente.
Las drogas alteran gravemente el delicado equilibrio químico
que procura mantener el cerebro y por ello sus efectos
indeseables son, con frecuencia, mucho más numerosos que
aquellos deseados y buscados por quienes las usan. Aquí sólo
me referiré a dos efectos deseables, que tienen directa
relación con el tema que nos ocupa:
• el aumento de la sensibilidad a los estímulos, el cual
produce niveles más profundos de extinción de las necesidades
y, por lo tanto, un incremento del placer que ello provoca.
• la disminución de la sensibilidad a las
necesidades-sufrimientos de la mente y del cuerpo, lo cual
ocasiona una sensación generalizada de placer y de bienestar,
mientras se mantiene la acción de la droga.
El primero es característico en drogas como la marihuana,
el LSD y el Éxtasis, mientras que el segundo prima en el caso
de la cocaína, de la morfina y de la heroína.
Sobre las personas “normales”, es decir sobre aquellas que
no padecen de conflictos ni sufrimientos internos de
consideración, el efecto de las drogas acentuantes de la
sensibilidad es positivo, sí es que así puede decirse, y grato
también, pues se incrementa en ellos el disfrute de los
placeres físicos o sensoriales; son, por esta razón, muy
apreciadas como preparación previa a las relaciones sexuales y
a diversas facetas de la creación artística. Lamentablemente,
como también incrementan la sensibilidad a las necesidades,
frustraciones y angustias internas, quienes ya las tienen en
alto nivel, sufren crisis por la sobre percepción de ellas,
situación que produce manifestaciones altamente indeseables y
reveladoras de este tipo de acción (se tiene “un mal vuelo”,
según la jerga usual...). Posteriormente, cuando el efecto
cesa, se constata una reducción general de la sensibilidad de
la persona y ella tiende a la depresión y a la “ausencia”, al
no extraer, de los estímulos normales, el mismo placer y
sensación de felicidad que antes de la acción de la droga; tal
es uno de los síntomas más frecuentes del síndrome de
abstención típico en estos casos.
Por su parte, las drogas que anulan transitoriamente la
percepción o la significación que tienen los sufrimientos de
la mente, al igual como hacen con los dolores y necesidades en
el ámbito físico-sensorial, producen una sensación
generalizada de placer y bienestar, la cual permite
experimentar felicidad, o más bien creer que se la tiene, aún
en medio de grandes tribulaciones. El síndrome de abstención,
provocado por una disminución acentuada de las substancias
químicas internamente generadas para proteger a la mente y al
cuerpo del exceso de sufrimiento y dolor en condiciones
normales (a ellas pertenecen las endorfinas) produce, entre
otros síntomas, un aumento de la sensibilidad a estos, de
forma que aún los padecimientos normales parecen
insoportablemente exagerados y grande es la penuria, para
aquel que ha llegado a ser adicto y es expuesto a la
abstinencia forzada.
Conocido por todos es lo difícil que es escapar de la
necesidad de usar estas substancias, luego que ellas han
perturbado, casi permanentemente, el equilibrio químico del
cerebro.
En la ciencia médica se menciona a veces la acción de las
drogas sobre el llamado “centro del placer del cerebro” pero,
dado que el placer como tal no es sino la sensación que
produce la desaparición de una necesidad o dolor (algo así
como el hueco que deja el retiro de materia en un cuerpo) me
parece más razonable reflexionar en la forma expuesta, que nos
lleva a pensar que más que la actuación sobre un hipotético
centro del placer, se trataría de una acción sobre un centro
de control del dolor. Invito a los especialistas a considerar
este punto de vista como alternativa válida para interpretar
lo expuesto.
[al texto]
(* 5)
Cierto es que la Ley puede estar de nuestro lado para
castigar al ofensor, más siempre está la opción adicional de
hacerle saber nuestro sentir (pudiera no estar consciente del
daño que le atribuimos) e incluso la de enseñarle o recordarle
lo que es el Bien, confiando en que, tras ello y en algún
momento, espontáneamente, sean dadas las explicaciones, las
rectificaciones y las reparaciones que podrían conducir a la
restauración de la normalidad.
Un particular envenenamiento de la paz de nuestra mente causa
el desear el mal o la desgracia de otros; más que comprobado
está que tales deseos, en el silencio de nuestras mentes, no
tienen efecto alguno sobre los demás pero sí uno muy negativo
sobre nosotros mismos; por ellos desperdiciamos tiempo y
energía mental y nos exponemos, también, a mayores
frustraciones, si es que ocurren hechos diametralmente
opuestos a los mal deseados y que no sólo no provocan la
desgracia que esperamos, sino que, por el contrario, aumentan
el nivel de felicidad de aquellos mal queridos. Después de una
situación como la descrita, el odio, el rencor y la mala
envidia pueden impregnar nuestro espíritu, impulsándonos, por
sobre el consejo de nuestra razón, a mal actuar,
exponiéndonos entonces a ser castigados por el afectado, por
la comunidad a la que pertenecemos o por la sociedad toda, a
través de las leyes que la rigen.
Es mi opinión que estudiar, aprender y enseñar, para
adquirir y diseminar conocimiento en general y, en particular
acerca del Bien, es una de las tareas más nobles e ineludibles
que debe desarrollar todo ser humano, especialmente los más
preparados para ello, con la ventaja que esa actividad redunda
en beneficio de todos y del mismo que la practica.
Cuando tiene lugar una alteración de la paz interna, por las
razones que dan origen al remordimiento, la extinción o
atenuación de éste y de la posible angustia por el futuro, que
a veces él conlleva, pasa por la justificación de nuestros
actos y la aclaración de posibles malas interpretaciones de
las mutuas actitudes, por el reconocimiento de los errores
cometidos y por la solicitud de perdón por ellos. Si en dichas
circunstancias el hablar fuese imposible o difícil (¡y puede
serlo!) es muy efectivo optar por expresarse por escrito;
escribir obliga a pensar muy bien lo que se dirá y quien lee,
además de no poder interrumpir, siempre tiene la opción de
releer, antes de replicar, si lo considera necesario.
Sólo tras la extinción del remordimiento, a través del olvido
(¿existe tal cosa?) o del buen proceder, ya discutido, se
podrá restablecer las condiciones para disfrutar de la opción
de aproximarse a la felicidad.
(al texto)
(* 6)
Poner en su debido lugar al futuro y a los hechos que en él
pudieran ocurrir es básico para no dejarnos dominar por
suposiciones que nada asegura se harán realidad; el futuro no
existe sino hasta cuando llega y sólo un acabado conocimiento
de las leyes naturales, humanas y sociales permitiría
aproximarse a preverlo con cierta certeza.
Recuerde siempre que el futuro no existe sino hasta cuando
llega y que no hay brujos capaces de preverlo con certeza más,
si su mente lo imagina tan amenazador como para dar lugar al
riesgo que la angustia y la ansiedad lo paralicen, prepárese y
actúe para procurar convertirlo, tan pronto como le sea
posible, en pasado. Si aún así no logra aliviar su tensión,
consiga ayuda de otros, incluso médica, pues pudiera ser que
su cerebro sólo necesite de algún compuesto químico para
suplir lo que naturalmente no produce.
[al texto]
(* 6b)
Es indudable que la belleza física, reveladora de crípticos
mensajes de origen genético relacionados con la juventud, la
salud y la armonía general del cuerpo, así como la
inteligencia, también de raíz genética, ayudan, a sus
poseedores a descubrir y a seguir sus caminos vocacionales, sí
saben aprovechar las oportunidades. En todo caso, con belleza
física o no, sabemos que siempre deseamos aparecer lo mejor
posible ante nuestros ojos y los ajenos pues, al conseguirlo,
experimentamos placer.
[al texto]
(* 7)
* ¡Conócete a ti mismo!, sugirió, hace más de 2000 años,
el Oráculo de Delfos a un atribulado consultante y ello sigue
siendo válido para cualquiera, aún hoy ¡Haga usted lo mismo!,
identifique honestamente sus propias emociones,
potencialidades, limitaciones y preferencias y compréndalas.
Prepárese, de acuerdo con ellas para el futuro; estudie y
adquiera nuevas habilidades y perfeccione las ya existentes.
Reconozca que el conocimiento disminuye la incertidumbre en su
futuro, incrementando su seguridad y confianza en aquellos
aspectos en los que usted se percibe frágil y destacándolo en
los que posee talento. ¡Multiplique sus talentos!.
Conocerse a si mismo crea nuevas responsabilidades:
vivir de acuerdo con esa realidad. Engañar a otros puede, en
ciertas ocasiones, ser necesario y hasta inteligente, aunque
sea considerado como muy poco ético y reprobable por la
sociedad; engañarse a sí mismo es, casi siempre, estúpido,
aspecto que percibe incluso quien lo hace. Al que se conoce a
sí mismo se le hace naturalmente menos fácil vivir ausente de
una realidad que pudiera ser evidente hasta para los demás.
Conocerse a sí mismo impulsa a vivir más honestamente consigo
mismo y con los que le rodean, más seguro que los otros no
tendrán truco que descubrir, siendo obvio que ello conduce a
vivir menos inquieto y más en paz consigo mismo; en suma, ¡más
feliz!.
* ¿Confiaría usted en alguien cuyos pensamientos no conoce
o en alguien que hace lo contrario de lo que dice pensar?.
¿Qué opinión tiene usted de una persona semejante?. Dé a
conocer su pensamiento, respetuosa y justificadamente y
asegúrese que su actuar sea coherente con él. Ello le
garantizará no sólo el aprecio y confianza de los demás, sino
que también el suyo propio.
* Reconozca, también, que el conocimiento le permite tomar y
mantener el control en su vida pero le exige esfuerzo para
conseguirlo. Sepa que el esfuerzo le será más grato si lo
realiza para dar curso a su vocación.
* Liberté!, liberté chèrie!... reza la letra de la
Marsellesa que, en 1789 fue el canto de batalla de los
revolucionarios antimonárquicos de Francia. Se siente libre
quien cree poseer el control de su vida; poseer las libertades
para expresarse, para desplazarse, para creer y pensar, es
esencial, entonces, para experimentar felicidad. Darle a otros
la posibilidad de adquirirlas y mantenerlas, reflejará sobre
usted las consecuencias de la felicidad ajena.
* Practique la prudencia; calcule bien los riesgos de sus
acciones (recuerde que el conocimiento le ayudará en ello). No
se exponga inútilmente a peligros. En particular, no se
endeude más allá de lo que con seguridad puede solventar y
viva de acuerdo con sus reales posibilidades (tenga presente
que una de las grandes tribulaciones en la vida moderna y
origen de muchas tensiones, es de origen económico). Practique
la prudencia pero no exagere; tomar una cierta dosis de
riesgos es necesario para no permanecer inmóvil.
* Estudie las éticas o morales propuestas por las distintas
religiones o corrientes filosóficas; medítelas y adopte | |