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En Junio de 1999 tuvo lugar en Budapest la “Conferencia Mundial
sobre la Ciencia”, organizada conjuntamente por la UNESCO y el
Consejo Internacional para la Ciencia. Los participantes, en un
número próximo a los 2000, elaboraron un manifiesto, impregnado de
inquietud, con el título “Declaración sobre la Ciencia y la
utilización del Conocimiento Científico”, que en su Punto 20 afirma:
Que ciertas aplicaciones de la Ciencia pueden ser perjudiciales para
las personas, así como para la sociedad, el medio ambiente y la
salud humana, y que pueden incluso amenazar la supervivencia de la
especie humana... Y en el 21: Que constituye una responsabilidad
específica de los científicos prevenir aquellas aplicaciones de la
Ciencia que resulten contrarias a la ética o que tengan
consecuencias indeseadas. Mi intención aquí, es dar cumplimiento a
este mandato.
Con la utilización, en la década de los 70, de la técnica del ADN
recombinante, nació lo que hoy se conoce como “ingeniería genética”
(denominación que discutiremos más adelante). Un nacimiento rodeado
de controversias e inquietud... Veamos por qué: La técnica del ADN
recombinante consiste en la utilización de enzimas obtenidas de
bacterias que son capaces de cortar en trozos el ADN por sitios que
tienen tendencia a unirse de nuevo (es decir, no se trata de una
invención, porque es la manipulación de un fenómeno existente en la
Naturaleza). El uso de estas enzimas hace posible insertar, con
mayor o menor precisión, trozos de ADN ajenos en el de virus,
plásmidos o elementos genéticos móviles, todos los cuales tienen, en
la Naturaleza, las capacidades de, o bien infectar las células y
multiplicarse dentro de ellas, o de insertarse en sus cromosomas y
replicarse junto con la célula receptora. Son lo que se conoce como
“vectores”, que permiten, por ejemplo, transferir “genes” de una
especie a otra con la que no se cruza naturalmente.
Pero fueron los propios científicos involucrados en estas prácticas
los que se alarmaron ante sus posibles implicaciones. Comprendieron
que existía la posibilidad de que un error, o incluso una acción
deliberada, condujese a la aparición de nuevos virus y bacterias
patógenos, dada la plasticidad y capacidad natural de recombinación
de su material genético. En 1974, los investigadores pioneros en
este campo acordaron aplazar voluntariamente varios tipos de
experimentos que podían resultar arriesgados. En aquellas fechas,
los conocimientos sobre Genética molecular eran incipientes, pero ya
se tenía conciencia de que los microorganismos utilizados como
“hospedador” del ADN recombinante podían convertirse en patógenos
incontrolables. Los debates científicos sobre estos riesgos
congregaron a los máximos expertos en la materia. Erwin Chargaff,
pionero en las investigaciones que condujeron al desciframiento del
código genético, afirmó: Mi generación, o quizás la que me precede,
ha sido la primera que ha librado, bajo el liderazgo de las ciencias
exactas, una batalla destructiva y colonial contra la Naturaleza. El
futuro nos maldecirá por ello (Grobstein, 1977). Cuando se
pronunciaba esta sentencia, que lleva camino de convertirse en
premonitoria, la actividad científica todavía estaba concebida como
una profundización en los conocimientos, cuyos avances debían ser
compartidos por toda la comunidad científica y sus posibles
aplicaciones prácticas por toda la Humanidad. Pero en los Estados
Unidos ya se palpaba la inquietud por la posibilidad de que las
prácticas de manipulación genética escaparan del control científico
y social: Ha ido ganando terreno la idea de que es necesario dar
inmediatamente una base legal a la regulación que se encuentra en
las normas de los Institutos Nacionales de Salud. En particular, la
regulación debe extenderse a las actividades financiadas por
organismos no federales, especialmente en el sector industrial.
También eran contempladas con inquietud las posibles desviaciones de
los científicos de la ética científica: Para estar sobre aviso desde
el principio, es de especial importancia un sistema de control
eficaz que siga las direcciones reales de la investigación del ADN recombinante. /.../ Es esencial que se sigan de manera sistemática
los caminos que toman los intereses de los investigadores, desde los
programas de ayudas económicas y las comunicaciones hasta la
publicación del trabajo. Finalmente, una conferencia celebrada en Asilomar, California, en la que se discutió sobre los riesgos
potenciales de la técnica del ADN recombinante, finalizó con la
Declaración de Asilomar, en la que se proponía una moratoria en
estas prácticas hasta que se estableciese una regulación.
Como hemos podido comprobar, las inquietudes de los científicos de
los 70 estaban plenamente justificadas. En la actualidad, las
prácticas de manipulación genética han pasado, en su mayor parte, a
estar dirigidas por los intereses de las empresas privadas. La
irrupción del “Mercado” en la Ciencia ha transformado la concepción
de la investigación hasta convertirla en una actividad comercial.
Las perspectivas de rentabilización de los descubrimientos genéticos
ha llevado a que muchos genetistas moleculares se hayan convertido
en dueños de sus propias compañías de biotecnología, colaboren o
dependan de la financiación de grandes empresas. Esta actitud es
entusiastamente justificada por los medios de comunicación: Algunos
de los investigadores más brillantes, al menos en los Estados
Unidos, parecen haberse hartado de que la mina de oro de sus ideas
acabe siendo explotada comercialmente por otros y han decidido
constituir sus propias empresas (El País, 9-4-2000). La “economía de
libre mercado” y la Biología se han encontrado, y el resultado es
que esta última parece haber olvidado su condición de Ciencia como
búsqueda del conocimiento para convertirse en una supuesta
tecnología (dado el insuficiente conocimiento y control de los
fenómenos que manipula), al servicio de la industria y el comercio,
y un factor más a incluir en las oscilaciones de la Bolsa (fenómeno
del que las multinacionales de la biotecnología son el máximo
exponente). La consecuencia de esta degradación del espíritu
científico es la confluencia en un sendero por el que biotecnología
y economía caminan alegremente hacia un callejón sin salida,
añadiendo a la creciente degradación ambiental, a la extensión de la
pobreza y al agotamiento de recursos, la progresión, aparentemente
imparable, de los peligros derivados de la irresponsable
manipulación genética de los seres vivos. Sin embargo, esta
confluencia no resulta sorprendente, porque desde el 24 de Noviembre
de 1859, la Biología y la Economía han estado estrechamente unidas.
Tan estrechamente unidas que sus conceptos centrales y su
terminología son prácticamente indistinguibles.
1.- EVOLUCIÓN, IGUAL A DARWINISMO
Va para siglo y medio que Charles Darwin postulara el origen de
todas las especies actuales a partir de otro elenco menor, surgido a
su vez de otro mas exiguo y así hasta el amanecer de la vida.
Este es uno de los más típicos (y tópicos) comienzos de cualquier
texto científico sobre la evolución biológica. En este caso, se
trata de un artículo de uno de los más prestigiosos expertos
mundiales en el estudio del origen de la vida: William Ford
Doolittle. Sorprendentemente, en dicho artículo (“Nuevo árbol de la
vida”, Investigación y Ciencia, 2000), una de sus conclusiones es
que: La explicación razonable de resultados tan contradictorios hay
que buscarla en el proceso de la evolución, que no es lineal ni tan
parecida a la estructura dendriforme que Darwin imaginó. Es más,
toda la información expuesta en el citado artículo (sobre el que
volveremos mas adelante) es abiertamente contradictoria con la
visión darwinista de la evolución gradual de los organismos mediante
cambios aleatorios. El origen de las células eucariotas que
constituyen los organismos animales y vegetales, tuvo lugar hace, al
menos, mil millones de años, mediante la agregación de diferentes
tipos de bacterias que, actualmente, constituyen el núcleo y los
orgánulos celulares, cuyas secuencias génicas, extremadamente
conservadas, se pueden identificar actualmente. Es decir, uno de los
hechos fundamentales de la evolución de la vida (el origen de
nuestros componentes) se produjo por “integración”, por asociación
de elementos que ya manifestaban una gran complejidad biológica, y
que se han conservado hasta la actualidad. Sólo este hecho,
definitivamente contrastado, tira por tierra la visión de la
evolución de la vida como un fenómeno de cambio gradual, en el que
las “mutaciones” aleatorias serían fijadas o eliminadas por la
selección natural: en primer lugar, porque este cambio de tan gran
trascendencia no fue gradual, y en segundo lugar, porque si las
mutaciones fueran aleatorias el ADN de nuestras células tendría muy
poco que ver con el bacteriano después de más de mil millones de
años de evolución.
William Ford Doolittle finaliza su magnífico artículo rebatiendo la
idea darwinista de un “árbol de la vida” con un único antecesor, y
concluye: Los datos demuestran que este modelo es demasiado simple.
Ahora se necesitan nuevas hipótesis cuyas implicaciones finales ni
tan siquiera atisbamos. Es decir, reconoce que el modelo evolutivo
darwinista es “demasiado simple” para explicar estos hechos. Sin
embargo, no puede evitar, de nuevo, la referencia, al parecer, de
obligado cumplimiento, al “descubridor” de la evolución: Creen
algunos biólogos que por este camino sólo podemos llegar a la
confusión y al desánimo. Como si nos confesáramos incapaces de tomar
el testigo de Darwin y recrear la estructura del árbol de la vida.
Pero, éste puede que sea el verdadero problema responsable del
desánimo: “el testigo de Darwin”. La sistemática identificación del
hecho de la evolución, con la teoría darwinista, incluso cuando los
datos y las conclusiones derivadas de ellos son totalmente
contradictorios con ella, es el resultado de la asunción de que la
evolución biológica fue un “descubrimiento” de Darwin y, en
consecuencia, muchos científicos están honestamente convencidos (no
tendrían porqué mencionarlo si no fuera así) de que cuando se habla
de evolución se habla de darwinismo. A este fenómeno no tendría por
que concedérsele mayor importancia (¿qué importa quien fue el
primero?), si no fuese porque, incluso cuando los conocimientos que
se van acumulando desbordan totalmente la capacidad explicativa del
darwinismo, los conceptos, los argumentos e incluso los mismos
términos científicos que se utilizan para intentar explicar los
fenómenos biológicos están cargados de significados procedentes de
la visión darwinista de la evolución, de “cómo ha tenido que ser”,
lo cual conduce, necesariamente, a cualquier investigador que,
honradamente, intente comprender estos fenómenos dentro de esta
visión, a “la confusión y al desánimo”. Y éste es sólo uno de los
muchos ejemplos del estado de desconcierto en que está sumida la
Biología (ver Sandín, 2002). Su base teórica se tambalea,
precisamente en una época en la que las esperanzas (y la confianza)
en sus aplicaciones prácticas se han extendido al ámbito social, lo
cual resulta, cuando menos, alarmante.
Sin embargo, parece que va a resultar difícil un cambio de
perspectiva, especialmente porque la concepción darwinista de la
vida va mas allá de una teoría o hipótesis científica, porque forma
parte de toda una visión de la Naturaleza y de la sociedad con unas
profundas raíces culturales en el mundo anglosajón, claramente
hegemónico, en la actualidad, en el campo científico y económico. Y
los libros de texto que los biólogos utilizamos para nuestra
formación, las revistas científicas en que publicamos nuestros
trabajos, (si queremos que sean valorados), e incluso el “lenguaje
científico”, son de origen anglosajón, lo cual conlleva no sólo una
forma determinada de describir, de interpretar, “su” realidad
(mediante un vocabulario concreto), sino también un bagaje histórico
que ha conformado esa visión de la realidad. Y una típica narración
“objetiva” del origen de la base teórica de la Biología es la cita
que encabeza este apartado y que se ha convertido en un hecho
“histórico” comúnmente admitido, no sólo en las facultades de
Biología, sino en la sociedad en general: “La evolución” fue un
descubrimiento de Charles Darwin.
Nada es menos cierto. El hecho de la evolución biológica estaba
firmemente establecido y ampliamente debatido en el ámbito
científico desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo
XIX, con un importante núcleo en la Academia de las Ciencias de
París. Desde Buffon con su “Historia Natural” (1749-89), en la que
plantea sus teorías “transformistas”, con sus conceptos de progreso
y encadenamiento de los seres vivos, hasta Fréderic Gérard con su
“Theorie de l’evolution des formes organiques”, publicada en el
Diccionario Universal de Historia Natural (París, 1841-49), pasando
por Cuvier y su “Recherches sur les ossements fósiles de
cuadrúpedes” (1812) o Geoffroy Saint-Hilaire con el “Cours de
l’Histoire Naturelle des Mammiferes” (1829), se estaban planteando y
debatiendo hipótesis científicas, muchas de las cuales
(naturalmente, limitadas por los conocimientos y la capacidad
experimental de la época) se están viendo apoyadas por los datos mas
recientes. Los “planes de organización” de Geoffroy Saint-Hilaire,
arquetipos compartidos por grupos animales alejados
filogenéticamente, o sus “teratologías”, cambios morfológicos
bruscos que se han de producir durante el desarrollo embrionario;
los cataclismos y bruscas apariciones de nuevas morfologías de
Cuvier, o la distinción entre procesos microevolutivos (en realidad,
demográficos) y la macroevolución (los cambios de organización
morfológica) de Gérárd, habían planteado, en el ámbito académico,
las bases de una visión realmente científica de la evolución.
Incluso, desde 1850 se convocaban concursos sobre estudios
paleontológicos: en 1856, la Academia de las Ciencias de París
otorgó el premio al paleontólogo alemán Henrich-Georg Bronn por su
informe “Investigaciones sobre las leyes de la evolución del mundo
orgánico durante la formación de la corteza terrestre”, (Galera,
2002).
Posiblemente, se haya echado de menos al científico mas denigrado e
incluso ridiculizado de la Historia, pero su ausencia de esta
relación es debida a que merece, a modo de “rehabilitación”, una
mención especial. La innecesaria ferocidad con que Lamarck es
atacado en los tratados darwinistas parece esconder algo mas que una
crítica científica. Para sus, ciertamente escasos, admiradores nos
resulta menos doloroso leer en los libros de texto el tópico ejemplo
de la evolución del cuello de la jirafa con el que se suelen
liquidar sus aportaciones a la Biología, que las reseñas
“históricas” que, a veces, se pueden encontrar en los textos
“oficiales”. He aquí un ejemplo (Harris, 1985): Lamarck fue el
último de once hermanos hijos de un miembro de la baja nobleza un
tanto venido a menos... A los once años fue a París a un seminario
jesuita, pero a la muerte de su padre, en 1758, se alistó
inmediatamente en la Guerra de los Siete Años. Se distinguió por
negarse a retirarse, una vez muertos todos los oficiales superiores
de su compañía. (Este fue el primer caso en que Lamarck se negaría a
darse por vencido, defendiendo una posición indefendible).
Abandonada la milicia y tras comenzar estudios de medicina , su
interés derivó a la Naturaleza... Lamarck se contagió de la manía
francesa por la historia natural. Dedicó cada vez mas tiempo a la
botánica, a menudo en compañía de Rousseau. En 1778 publicó flore
Françoise (sic), una clave popular (el subrayado es mío) para la
identificación de flores francesas (se refiere a las Claves
Dicotómicas, sobre las que volveremos). Buffon, satisfecho por el
rechazo de Lamarck hacia el sistema linneano, utilizaba sus
influencias cerca de Luis XVI para obtener puestos prestigiosos,
aunque de bajo sueldo, para Lamarck. En sus ratos libres, Lamarck
adquirió seis hijos y una esposa (en ese orden). Mas adelante tuvo
dos hijos más y otras dos o tres esposas. Con la Revolución, el
“Jardin du Roi” fue reorganizado bajo el control del Museo de
Historia Natural. El ciudadano Lamarck fue nombrado “profesor de
insectos y lombrices” en el Museo. El título “lombrices” – el
comodín linneano para los “animales blandos y húmedos” – indica la
poca estima de la que disfrutaban esos animales y Lamarck.
En cuanto a sus aportaciones científicas, la descripción no es mucho
más elogiosa: A partir de 1790 Lamarck comenzó a ponerse cada vez
mas pesado con sus grandes ideas de unificar toda la ciencia bajo
una filosofía general basada en unas pocas leyes. Entre las
graciosas ideas de Lamarck estaba su aceptación de los cuatro
elementos clásicos (el subrayado es mío) y el rechazo a la química
de Lavoisier. / ... / El evolucionismo de Lamarck descrito en
Philosophie Zoologique (1809) no tuvo mejor recepción que sus demás
teorías. Cuando Lamarck presentó al emperador Napoleón una copia del
libro, se vio reducido al llanto por la insultante reticencia de
Napoleón a aceptar lo que creía un trabajo sobre meteorología.
Lamarck siguió publicando docenas de artículos hasta 1820, pero pasó
los últimos once años de su vida ciego y en la indigencia. Fue
enterrado en una fosa común y sus huesos fueron exhumados cinco años
mas tarde para hacer sitio para otros.
El encono, que lleva incluso a seguir el rastro de sus pobres
huesos, no produce la impresión de que se pretenda transmitir la
admiración (o, cuando menos, la comprensión) que, por los
precursores, suelen expresar los historiadores de otras disciplinas.
Sin embargo, es posible encontrar, fuera del ámbito “oficial” (se
podría expresar mas concretamente: anglosajón), otro tipo de
narración: En cuanto a la “clave popular” que menciona Harris, En
1778, en un corto espacio de tiempo, culminó su “Flore française”,
que entusiasmó a Buffon y conquistó el honor de ser impresa por la
“Imprimerie Royale”. En dicha obra, que le abrió las puertas de la
Academia de Ciencias, realizó su primera aportación destacada, de
las muchas que haría, al desarrollo de las ciencias naturales: el
método dicotómico (Casinos, 1986). A lo que se refiere Adriá Casinos
en el prólogo a la edición facsímil de Filosofía Zoológica, es a las
claves dicotómicas que actualmente se utilizan en Botánica para la
identificación de plantas (y, también en el campo de la Zoología).
Su nombramiento como “profesor de lombrices” tiene, también, otra
narración: Cuando la Convención lleva a cabo la reorganización del
“Jardin des Plantes”, a propuesta del propio Lamarck,
transformándolo en el “Museum d’Histoire Naturelle”, se convierte
oficialmente en zoólogo. En efecto, el 10 de Junio de 1793 el
gobierno republicano crea doce cátedras, para las que son nombrados
/ ... / E. Geoffroy Saint-Hilaire (Animales superiores), A. L. de
Jussieu (Botánica, herborización), Lamarck (Animales inferiores) /
... / El “Muséum” no es sino un eslabón más de la profunda
renovación de la enseñanza superior que el poder revolucionario
lleva a cabo, sobre todo como alternativa a la decrépita y obsoleta
Sorbona, la misma que había intentado prohibir la Historia Natural
de Buffon.
A lo largo de su actividad investigadora y docente sus aportaciones
a las Ciencias Naturales fueron realmente notables (incluso
fundamentales). En 1794, en su “Discurso de apertura” del curso
académico, introdujo el término “invertebrado” (hasta entonces se
utilizaba la “presencia o ausencia” de sangre), en 1794 publica sus
“Investigaciones sobre las causas de los principales hechos físicos”
(En Física, sus aportaciones no fueron brillantes). Entre 1799 y
1810, once volúmenes de “Anuarios Meteorológicos”. En 1801, “Sistema
de los animales sin vértebras”, en el que plantea por primera vez
sus ideas evolutivas. Entre 1802 y 1806 publica “Memorias sobre los
fósiles de los alrededores de París”... Su capacidad de trabajo y su
anticipación a su tiempo eran realmente excepcionales. Aportó el
concepto de “organización” de los seres vivos, la clara división del
mundo orgánico del inorgánico, realizó una revolucionaria
clasificación de los animales de acuerdo a su complejidad y fue el
fundador de una nueva Ciencia: La Biología. Con la publicación, en
1802, de “Hidrogeología” introduce una definición general,
articuladora de los conocimientos existentes de los seres vivos,
para convertirla en disciplina científica bajo dicha denominación.
En lo que respecta a su “pesadez” en la búsqueda de una “filosofía
general” mencionada por Harris, quizás no esté de más recordar que
el término “filosofía” se aplicaba, en los siglos XVIII y XIX, en el
sentido de “teoría”, y Lamarck tenía muy clara una idea que, al
parecer, no es contemplada en la actualidad por muchos de los más
prestigiosos especialistas de la moderna Biología: para cualquier
disciplina científica es imprescindible una base teórica unificadora
que la dote de coherencia y permita entender los fenómenos
estudiados: Nadie ignora que toda ciencia debe tener su
filosofía, y que sólo por este camino puede hacer progresos reales.
En vano consumirán los naturalistas todo su tiempo en describir
nuevas especies / ... / porque si la filosofía es olvidada, sus
progresos resultarán sin realidad y la obra entera quedará
imperfecta. (Pág. 48). Su Filosofía Zoológica, el primer tratado científico completo
dedicado a la evolución, está escrito en el típico estilo
decimonónico (mas bien dieciochesco) de los textos académicos de la
época, con sus interpretaciones condicionadas por los conocimientos
y creencias de la época, pero introduce ideas y conceptos
sorprendentemente modernos, como el de “organización”, no sólo
morfológica o anatómica, sino también referida al orden general de
la Naturaleza (Pág. 88): La multiplicación de las pequeñas especies
de animales es tan considerable, que ellas harían el globo
inhabitable para las demás, si la Naturaleza no hubiese opuesto un
término a tal multiplicación. Pero como sirven de presa a una
multitud de otros animales, y como la duración de su vida es muy
limitada, su cantidad se mantiene siempre en justas proporciones
para la conservación de sus razas. / ... / y ello conserva a su
respecto la especie de equilibrio que debe existir. Su concepción
ecológica de la Naturaleza tiene muy claro el elemento
desestabilizador que el Hombre ha introducido en estas relaciones:
Por último, sólo el hombre separadamente de todo lo que es
particular a él parece poder multiplicarse indefinidamente, porque
su inteligencia y sus medios le colocan al abrigo de ver su
expansión limitada por la voracidad de ninguno de los animales.
Ejerce sobre ellos una supremacía tal, que es capaz de aniquilar a
las razas más grandes y más fuertes de animales, y restringe
diariamente el número de individuos. (Pág. 89).
Otro de sus conceptos dignos de resaltar es el de la complejidad
intrínseca a las mas elementales formas de vida: Como las
condiciones necesarias para la existencia de la vida se encuentran
ya completas en la organización menos compleja, aunque reducida a su
mínima expresión se trataba de saber cómo esta organización a causa
de cualquier tipo de cambios había llegado a dar lugar a otras menos
simples y a organismos gradualmente mas complicados, como se observa
en toda la extensión de la escala animal (Pág. 249). Este hecho,
todavía no asimilado por los darwinistas ortodoxos, empeñados en el
intento de explicar la aparición “por partes” y “al azar” de los
complejos componentes de la vida, ha emergido de los modernos
enfoques de la Teoría de Sistemas con la denominación de “Sistemas
irreductiblemente complejos” compuestos por varias piezas armónicas
e interactuantes que contribuyen a la función básica, en el cual la
eliminación de cualquiera de estas piezas impide al sistema
funcionar. (Behe, 2000)
Pero la anticipación, sin duda, más brillante, y por la cual ha
recibido los más feroces ataques, fue su concepción de la
interacción organismo-ambiente de su proceso de adaptación, que ha
pasado a constituir, en los libros de texto el ridículo tópico
utilizado para descalificar a Lamarck, como si toda su labor
científica se redujera a la afirmación de que “el cuello de las
jirafas se alargó como consecuencia de sus esfuerzos por alcanzar
las hojas de los árboles”, es decir la evolución morfológica como
consecuencia del “uso y el desuso”. Veamos ahora su explicación: Las
circunstancias influyen sobre la forma y la organización de los
individuos / ... / Ciertamente, si se me tomasen estas expresiones
al pie de la letra, se me atribuiría un error, porque cualesquiera
que puedan ser las circunstancias, no operan directamente sobre la
forma y sobre la organización de los animales ninguna modificación.
Pero grandes cambios en las circunstancias producen en los animales
grandes cambios en sus necesidades y tales cambios en ellas las
producen necesariamente en las acciones. Luego si las nuevas
necesidades llegan a ser constantes o muy durables, los animales
adquieren entonces nuevos hábitos, que son tan durables como las
necesidades que los han hecho nacer. (Pág. 167). A lo que Lamarck se
refería, por tanto, no es a la herencia de las consecuencias
directas de la utilización o del fortalecimiento de un órgano o
estructura. Una idea bastante simplista que veremos planteada por
“otro autor” mas adelante, sino a los efectos, a largo plazo, de las
circunstancias ambientales naturales que produzcan una respuesta del
organismo (y cortar la cola a cientos de ratones, la supuesta
demostración de Weissman de la falsedad del lamarckismo, no sólo no
es una influencia ambiental, sino que es una simpleza cruel e
inútil). En la actualidad, se ha podido comprobar que esas
respuestas al ambiente existen, tanto mediante “cambios epigenéticos”
(modificaciones heredables en el control de la expresión genética
sin cambios en el ADN) (Jablonka y Lamb, 1995), como remodelaciones
genéticas llevadas a cabo por “elementos móviles” del genoma (Whitelaw
y Martin, 2001), o por procesos mediante los que una misma secuencia
génica puede “codificar” distintos mensajes (y no al azar) en
función de las circunstancias ambientales (Herbert y Rich, 1999).
En cuanto a la “recompensa” final a sus aportaciones científicas,
narrada de una forma tan despiadada como poco fundamentada por
Harris, se trata de unos hechos que, aunque por su profunda
injusticia puedan resultar indignantes, en el fondo no resultan
sorprendentes, por ser un fenómeno muy repetido en la Historia con
las personas cuyas ideas no resultan gratas a los poderosos: Lamarck
era un entusiasta de la Revolución Francesa, al parecer, debido a la
influencia de Rousseau y su
”Contrato social”. En su “Recherches sur les causes des principaux
faits physiques” escribe una dedicatoria muy ilustrativa sobre su
pensamiento político: Al pueblo francés. Acepta pueblo magnánimo /
... / pueblo que has recuperado los derechos sagrados e
imprescindibles que has recibido de la naturaleza /... / y por el
deseo que yo tengo de compartir tu gloria contribuyendo al menos,
según mis débiles facultades, a ser útil a mis semejantes, mis
hermanos, mis iguales. Y el fin de la etapa revolucionaria le pasó
factura: El Imperio y la Restauración borbónica no le serán
favorables. El propio Napoleón le recriminará públicamente durante
una reunión del Instituto por su obra meteorológica cuando Lamarck
intentaba hacerle entrega de su “Filosofía” (Casinos, 1985). Su
caída en desgracia con el poder tuvo consecuencias fatales. Pasó los
últimos 10 años de su vida ciego y en la indigencia, cuidado por una
de sus hijas a la que dictó, en su mayor parte, uno de sus legados
principales: “Histoire Naturelle des animaux sans vertèbres”. Murió
el 18 de Diciembre de 1829 y, efectivamente, fue enterrado en una
fosa común.
En definitiva, el saludable (y, en ocasiones , fructífero) ejercicio
que para un profesional de la Biología constituye el abandonar por
un tiempo la rutina (o en su caso la competencia) habitual, y bucear
en las fuentes originales, puede conducir a tomar conciencia del
cúmulo de ocultamientos, deformaciones y falsedades que se ha
fraguado en torno al fundador de nuestra disciplina, y nuestro
ilustre colega, sólo comparable en cantidad y calidad a las medias
verdades, evidentes falsedades y componendas con las que se ha
adornado en los textos científicos didácticos y divulgativos a la
gran figura histórica de la Biología: el reverendo Charles Robert
Darwin. Un fenómeno sin parangón en ninguna otra disciplina
científica y que debe de tener algún motivo, porque revela una
evidente intencionalidad de ocultar los datos históricos. Así es
cómo los estudiantes de Biología hemos recibido nuestra “formación”
por parte de nuestros maestros más prestigiosos: Antes de Darwin,
la diversidad de los organismos quedaba sin explicación o se
atribuía a los designios del Creador. (Ayala, ”La Naturaleza
inacabada”, (1987)
Pág. 6). Los organismos vivientes han existido sobre la Tierra sin
nunca saber porqué, hasta que la verdad, al fin, fuese comprendida
por uno de ellos. Por un hombre llamado Charles Darwin (Dawkins,
“El
gen egoísta” , (1993) Pág. 1). La recopilación de glosas al
descubridor de la evolución (Stratern, 1999) que figura en los
textos que los biólogos utilizamos habitualmente podría ser
inacabable. La figura y la trascendencia histórica de Darwin se ha
igualado a las de Newton, Shakespeare y Einstein. Su obra cumbre El
origen de las especies ha sido propuesta como “el libro del milenio”
(no parece arriesgado aventurar que los autores de tal propuesta, o
bien no han leído el citado libro, o han leído pocos libros).
Lo cierto es que su publicación constituyó lo que se podría
considerar el origen de los “Best Seller” de los libros científicos.
El día de su publicación, el 24 de Noviembre de 1859, se vendió la
primera edición de 1250 ejemplares y una segunda, de 3000
ejemplares, se agotó en una semana. Su éxito social, sin precedentes
en obras de éste tipo, no fue acompañado, sin embargo, de una
acogida elogiosa (que narraremos mas adelante) por parte de
personajes de reconocido prestigio con conocimientos o interés por
la evolución. El motivo es comprensible. El libro de Darwin
resultaba (y resulta), para cualquiera que tuviese una mínima
formación científica, filosófica o, incluso literaria, una obra de
gran debilidad argumental, con unas bases conceptuales acientíficas
(se podrían calificar de “populares”), y una estructuración errática
e inconsistente. Veamos en que se fundamentan estas calificaciones:
El primer capítulo, (página 19 de la edición española), comienza con
la “Variación en el estado doméstico” en el que expone los “Efectos
del hábito del uso o desuso de las partes”, según el cual: Así
encuentro en el pato doméstico que los huesos del ala pesan menos y
los huesos de la pierna más en proporción a todo el esqueleto, que
lo que pesaban los mismos huesos en el pato salvaje; y este cambio
puede atribuirse, sin riesgo de equivocarse, a que el doméstico
vuela mucho menos y anda mucho más que sus salvajes padres (Pág.
23). Es decir, la versión más simplificada y pobre del lamarckismo,
de la que, al parecer, era el más firme defensor: Cuando discute
casos especiales pasa M. Mivart en silencio los efectos del uso y el
desuso de las partes, que yo siempre he sostenido ser altamente
importantes y que he tratado con mayor extensión que ningún otro
escritor... (Pág. 237). En su conjunto, la obra puede ser calificada
de cualquier cosa menos coherente como tratado científico. Desde la
tendencia a variar de la misma manera (Pág. 239) hasta lo que hoy se
conoce como “neutralismo” modificaciones que no son importantes para
el bienestar de la especie ...que se hicieron constantes por la
naturaleza del organismo... pero no por la selección natural (Págs.
236-237), hasta narraciones de lo que le contaron (Pág. 194): En la
América del Norte ha visto Hearne al oso negro nadando horas enteras
con la boca completamente abierta, atrapando así, casi como una
ballena los insectos del agua. Se pueden encontrar, a lo largo del
libro, abundantes argumentaciones de consistencia científica
semejante, referidas a las orejas caídas del ganado porque se
asustan menos (Pág. 23), a la situación de los ojos de los peces
planos debida a los esfuerzos por mirar hacia arriba (Pág. 251)...
Pero, para no resultar exhaustivos, nos centraremos en sus
conclusiones finales (Págs. 556-561), que resumen y “concretan” su
mensaje científico. Las implicaciones de su visión de la Naturaleza
tienen, en el Hombre, un inevitable resultado final: Y como la
selección natural obra solamente por y para el bien de cada ser,
todos los atributos corpóreos y mentales tenderán a progresar hacia
la perfección. (Para una más concreta información sobre lo que
significa para él la perfección en los atributos corpóreos y
mentales, véase su “Origen del Hombre”) lo que, por otra parte, pone
de manifiesto que la, tan denostada por los darwinistas, “tendencia
a la perfección” atribuida a Lamarck, y que éste refería a la
complejidad, tiene, en realidad, otra paternidad. Pero leamos su
resumen final: Estas leyes, tomadas en un sentido más amplio, son
crecimiento con reproducción: variabilidad, resultado de la acción
directa e indirecta de las condiciones de vida y del uso y desuso;
aumento en una proporción tan alta, que conduce a una lucha por la
existencia, y como consecuencia, a la selección natural, la cual
trae consigo la divergencia de carácter y la extinción de las formas
menos mejoradas.
Naturalmente, todas estas aportaciones al “esclarecimiento” de la
evolución son meticulosamente depuradas en los tratados darwinistas,
en los que los “descubrimientos” de Darwin quedan resumidos en los
dos conceptos (mas bien axiomas) que hoy constituyen el dogma
central de la Biología: el azar como fuente de variación, y la
selección natural como motor de cambio. Concretemos, pues, sus bases
“científicas": He hablado hasta aquí como si las variaciones, tan
comunes y multiformes en los seres orgánicos en estado de
domesticidad y no tan comunes en los silvestres, fueran debidas a la
casualidad. Innecesario es decir que este término es completamente
inexacto y que sólo sirve para reconocer paladinamente nuestra
ignorancia de la causa de cada variación particular (Pág. 149). Es
decir, la variación “al azar”, (dogma y pilar fundamental de la
Biología actual) era, en realidad, desconocimiento. Pero el otro
pilar no tiene una base mucho mas sólida. El intento de explicar los
grandes cambios de organización morfológica y funcional que se han
producido a lo largo de la evolución, el “mecanismo” propuesto e
incluso el término “selección” eran una simplista extrapolación de
las actividades de los ganaderos y criadores de palomas de su país:
Cuando vemos que han ocurrido indudablemente variaciones útiles para
el hombre, no podemos creer improbable que ocurran en el curso de
muchas generaciones sucesivas, otras variaciones útiles de algún
modo a cada ser en la batalla grande y compleja de la vida. Y si
ocurren, ¿podemos dudar (recordando que nacen muchos más individuos
que los que es posible que vivan) que los individuos que tengan
alguna ventaja sobre los demás, por pequeña que sea, tendrán la
mejores probabilidades de sobrevivir y reproducir su especie?. Por
otra parte, podemos estar seguros de que cualquier variación en el
más pequeño grado perjudicial, sería rígidamente destruida. Esta
conservación de las variaciones y diferencias individuales
favorables, y la destrucción de aquellas que son nocivas, es lo que
he llamado “selección natural” o “supervivencia de los más aptos”
(Pág. 94). Es decir, las transiciones entre la organización pez y
anfibio, (o reptil y ave), serían simplemente, el resultado de un
proceso semejante a la actividad de los ganaderos: la selección
forzada, (y aquí sí sería adecuado usar el término “contra Natura”)
de animales, en muchos casos, con defectos e incluso patologías que
serían inviables en condiciones naturales, como enanismo, obesidad,
atrofias,... pero que a pesar de milenios de selección por el Hombre
siguen siendo perros, cerdos, gallinas... es decir, la misma
especie.
Esta fragilidad conceptual (por calificarla de un modo benévolo) fue
rápidamente denunciada por científicos e intelectuales de la época.
El zoólogo evolucionista S. G. Mivart puso de manifiesto (entre
muchas otras cosas), lo absurdo de la idea de que un proceso así
fuera el responsable de la aparición gradual y al azar de nuevas
estructuras: La selección natural es incapaz de explicar las etapas
incipientes de las estructuras útiles (Mivart, 1871). El ingeniero
(y, al igual que Darwin, naturalista aficionado) Fleeming Jenkin
puso de manifiesto lo poco creíble que resultaba la idea de que en
la Naturaleza una desviación ocasional de la estructura se
extendiese, en animales normales, hasta hacerse común a toda la
población. Además hizo notar que, en los animales seleccionados,
cuando retornan a la libertad no solamente no pueden variar
indefinidamente, sino que muchos sujetos vuelven a la condición
primera, (Thuillier, 1990). Este evidente fenómeno se encuentra
explicado actualmente en los tratados darwinistas bajo la
incoherente denominación de “selección estabilizadora”, que, más
propiamente, debería llamarse “selección des-seleccionadora”: La
selección estabilizadora es muy común. Con frecuencia, los
individuos que sobreviven y se reproducen con más éxito son los que
presentan los valores fenotípicos intermedios. (Ayala, 1999). Porque
esto es lo que sucede en la Naturaleza: los individuos que
sobreviven no son ni más ni menos “aptos”, son los individuos
normales. Para finalizar, nos referiremos a una objeción de una
solidez lógica difícilmente discutible, expuesta por el matemático
William Hopkins: La teoría de Señor Darwin no puede explicar nada,
ya que es incapaz de asignar una relación necesaria entre los
fenómenos (los cambios de organización) y las causas que les
atribuye (la variación dentro de la especie) (Thuillier, 1990).
Cuando se tiene acceso a estas informaciones, resulta absolutamente
pasmoso, no ya el éxito que alcanzó Darwin en su época y en su
entorno, sino el mantenimiento, incluso el auge de la visión
Darwinista de la Naturaleza en la actualidad, a pesar de los
descubrimientos sobre la enorme complejidad de los fenómenos
biológicos. Sin embargo, un somero estudio de las circunstancias
históricas y sociales que rodearon el nacimiento del darwinismo nos
puede dar cuenta , no sólo de su éxito inicial, sino del motivo de
su auge actual.
2.- LA HIPOCRESÍA COMO DOCTRINA CIENTÍFICA
Durante los años finales del siglo XVIII y primeros del XIX, la
situación social en las islas británicas estuvo agitada hasta
llegar, en ocasiones, al borde de la revolución, que fue evitada
mediante una dura represión. Fue la época de la masacre de Peterloo
y de “los mártires de Tolpuddle”. Según las narraciones históricas (Stratern,
1999), el mariscal Wellington permitió a sus soldados disparar
contra los trabajadores (cabe suponer que la orden debió ser: “si
les apetece...”). Gran Bretaña había entrado en la edad moderna
arrastrando el bagaje de leyes feudales y costumbres diseñadas por y
para los ricos y aristócratas. (Harris, 1985). Las leyes de
cerramiento de fincas, promulgadas en el siglo XVIII, permitieron a
los terratenientes vallar sus tierras para utilizarlas como pastos
para el ganado, y expulsar a sus renteros, condenándolos a ser mano
de obra barata para las oscuras fábricas satánicas, y que pasaron a
constituir una gran masa de desheredados hacinados en las grandes
ciudades industriales. Entonces, comenzaron a surgir “pensadores”
que aportaron sus diagnósticos y sus justificaciones de la situación
(Ekelund y Herbert, 1995): Para Arthur Young cualquiera, excepto un
imbécil, sabe que las clases inferiores deben mantenerse pobres o
nunca serán laboriosos (“Eastern Tour”, 1771). Bernard de Mandeville,
dictaminó que a los hijos de los pobres y a los huérfanos no se les
debía dar una educación a cargo de los fondos públicos, sino que
debían ser puestos a trabajar a una temprana edad, ya que la
educación arruinaba al que merece ser pobre (“La Fábula de
las abejas”, 1714). Mandeville sostenía la máxima calvinista de que
el
Hombre está lleno de vicio, no obstante, era de la opinión de que
los vicios individuales hacen la prosperidad pública.
Estos antecedentes constituyen el sustrato sobre el que se construyó
la “teoría científica” de Adam Smith, el “padre de la economía
moderna”. Su idea rectora es que No es de la benevolencia del
carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena,
sino de su preocupación por sus propios intereses / ... / que
proviene de nuestra propensión a cambiar una cosa por otra. (“La
Riqueza de las Naciones”, 1776). Para Adam Smith, es el egoísmo
individual lo que conlleva al bien general: Por regla general, no
intenta promover el bienestar público ni sabe cómo está
contribuyendo a ello. Prefiriendo apoyar la actividad doméstica en
vez de la foránea, sólo busca su propia seguridad, y dirigiendo esa
actividad de forma que consiga el mayor valor, sólo busca su propia
ganancia, y en este como en otros casos está conducido por una mano
invisible que promueve un objetivo que no estaba en sus propósitos.
La base conceptual de Smith no era, como se puede ver, mucho más
amplia y general que la de Darwin. Igual que éste convirtió las
actividades de los ganaderos de su entorno en Ley General de la
evolución, Adam Smith construyó su teoría a partir de sus
observaciones de cómo actuaban sus vecinos y correligionarios. Es
decir, un análisis (más bien, una descripción) de su entorno social,
tal vez, incluso de la ciudad donde vivía. Porque es evidente que
estos planteamientos, sin necesidad de ir mas lejos de su propio
país, no serían extrapolables a la economía y a la “libertad de
elección” de los trabajadores de “las fábricas satánicas”. De todas
formas, da la impresión de que éstos no parecen estar incluidos en
su modelo “científico” ( salvo, tal vez, como recursos naturales),
porque, según él: Los trabajadores y otras clases inferiores de
personas, engendran demasiados hijos, lo cual hará descender sus
salarios a un nivel de subsistencia.
Esta “entrañable” concepción de la sociedad tiene unas evidentes, y
muy estudiadas (Weber, 1994) raíces culturales y religiosas, pero el
motivo para presentar estas ideas como “leyes científicas”, bien
pudiera ser el siguiente: se estaba produciendo en Gran Bretaña una
peculiar “revolución” de la burguesía contra la oligarquía y la
nobleza, para arrebatarles el monopolio de la explotación de los
trabajadores “y otras clases inferiores de personas”. Por eso, una
de las máximas fundamentales del “liberalismo económico” era (y es)
que los gobiernos no deben entrometerse en la libertad de
“operaciones” del mercado, es decir, que dejen a la sociedad en
manos de los realizan esas “operaciones”.
Y, del mismo modo que en el campo de la Biología, la capacidad
creadora del azar y la competencia han pasado a convertirse en un
dogma, a pesar de su inconsistencia científica, el papel benefactor
de “la mano invisible del mercado” se ha convertido en una creencia,
por muy lejos que sus verdaderos efectos estén de ella en el mundo
real , que no es el reino de la providencial mano invisible y
benefactora sino, al contrario, el de manos bien visibles e
interesadas, buscando el máximo beneficio privado a costa de lo que
sea (San Pedro, 2002).
Otra obra de gran relevancia en este contexto fue el “Ensayo sobre
el Principio de la población”, publicado, en 1798, por el ministro
anglicano Thomas Robert Malthus y que se convirtió en una parte
importante e integral de la economía liberal clásica, (The Peel
Web). Malthus, que sólo salió de Inglaterra para una breve visita a
Irlanda y un viaje al “continente” por razones de salud, elaboró su
ensayo basado en la observación de las masas de desheredados que
abarrotaban las calles de las ciudades inglesas. Su famosa tesis era
que el aumento de la población en progresión geométrica, mientras
que los alimentos aumentaban en progresión aritmética, impondría una
“lucha por la vida”. Su libro que, al parecer, fue su única
aportación sustancial, tuvo una gran influencia en el “Acta de
Enmienda de la Ley de Pobres” de 1834. Según Malthus, las “Leyes de
Pobres” estimulaban la existencia de grandes familias con sus
limosnas, y afirmaba que no deberían de existir, porque además
limitaban la movilidad de los trabajadores. Estaba en contra de la
ayudas a los pobres y afirmaba que las “casas de trabajo” donde se
hacinaban los desempleados no deberían ser confortables asilos, sino
sitios donde la estancia debería ser dura (The Peel Web).
Quizás sea conveniente señalar que, probablemente, no era,
necesariamente, una intención malévola (aunque no se puede
descartar) la que dirigía las ideas de los autores reseñados, (de
hecho, los historiadores de Malthus le describen como un hombre
amable y benevolente que ha sufrido unas grandes malinterpretaciones
tanto por revolucionarios como por conservadores) (The Peel Web).
La uniformidad de sus argumentos hace pensar que era una forma muy
común de ver el mundo, al menos, por un sector concreto de una
sociedad con unos determinados fundamentos y valores culturales.
Pero, además, las víctimas de la “Revolución Industrial” (en la que
jornadas de 16 horas de trabajo llegaron a ser comunes para los
niños de seis, cinco y, a veces, de cuatro años, que alcanzaban a
duras penas la adolescencia con deformaciones que permitían deducir
en qué máquinas habían trabajado) y de la expansión colonial
británica, necesitaban, probablemente, de alguna justificación
“científica” y “objetiva” de las terribles situaciones creadas
dentro y fuera del país. Y una de las más “autorizadas” fue la que
ofreció Herbert Spencer. Economista y filósofo, en su primer y
exitoso libro “La Estática Social” (1850), trata de dar algunas
directrices, basadas en sus ideas sobre la evolución biológica, para
llevarlas a la política social. Según él, los políticos no deberían
intervenir en la evolución de la sociedad, pues ésta tiene un
instinto innato de libertad. La sociedad eliminará a los “no aptos”
y eligirá a aquellos individuos más sanos e inteligentes. En su
opinión, el intento de ayudar a los pobres era un entorpecimiento de
las “Leyes Naturales” que se rigen por la competencia. Según Spencer:
Las civilizaciones, sociedades e instituciones compiten entre sí, y
sólo resultan vencedores aquellos que son biológicamente más
eficaces (Woodward, 1982). Fue él quien aplicó la famosa noción de
la “supervivencia del más apto” (mas exactamente, del más
“adecuado”) como el motor de las relaciones sociales.
Y, una vez más, para no “desentonar” con la metodología “científica”
de los pensadores antes mencionados, todas las investigaciones de
Spencer sobre otras culturas son “de segunda mano”. No están basadas
en ningún trabajo de campo, ni siquiera en alguna observación
directa, sino en relatos y observaciones de viajeros británicos (Ekelund
y Herbert, 1995).
Estos son los cimientos “científicos” y “objetivos” (y,
especialmente, metodológicos) sobre los que se edificaron las bases
conceptuales de “la” teoría de la evolución (del darwinismo, para
ser exactos). Porque ésta no se elaboró a partir del estudio de la
Naturaleza (lo que parecería, al menos, razonable) es decir, no se
basó en observaciones de animales salvajes, ni en estudios
anatómicos o embriológicos o, al menos, en lecturas de textos
científicos. Tampoco fue el resultado directo (como se nos cuenta)
de la famosa expedición del Beagle, de la que Darwin volvió sin
ninguna idea concreta (mas bien con dudas) sobre la evolución, a
pesar de que había leído a Lamarck, como nos narra él mismo en su
autobiografía. El método no fue mucho más empírico que los de sus
antecesores conceptuales: consistió en la lectura, durante lo que
describe como el período de trabajo más intenso de mi vida
(“Autobiografía”, Pág. 66) de textos especialmente en relación con
productos domesticados, a través de estudios publicados, de
conversaciones con expertos ganaderos y jardineros y de abundantes
lecturas. También de filosofía, política y economía. En “La riqueza
de las Naciones” encontró Darwin las ideas de la importancia de las
diferencias individuales y del resultado beneficioso de actividades
“no guiadas”. Spencer le aportaría, posteriormente, la idea de que
sólo los “más adecuados” sobreviven en un mundo de feroz
competencia. Pero la revelación decisiva le llegó de los
“filantrópicos” principios malthusianos. Así es como él mismo lo
describe; En Octubre de 1838, esto es, quince meses después de haber
comenzado mi estudio sistemático, se me ocurrió leer por
entretenimiento el ensayo de Malthus sobre la población y, como
estaba bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que
por doquier se deduce de una observación larga y constante de los
hábitos de animales y plantas, descubrí enseguida que bajo estas
condiciones las variaciones favorables tenderían a preservarse, y
las desfavorables a ser destruidas. El resultado de ello sería la
formación de especies nuevas. Aquí había conseguido por fin una
teoría sobre la que trabajar (“Autobiografía”, Pág. 67). En efecto,
la extensión al mundo natural de las actividades de jardineros,
criadores de animales y agricultores, le lleva directamente a su
gran (y, al parecer, indeleble) aportación: He llamado a este
principio por el cual se conserva toda variación pequeña, cuando es
útil, selección natural para marcar su relación con la facultad de
selección del hombre. Pero la expresión usada a menudo por Mr.
Herbert Spencer, de que sobreviven los más idóneos es más exacta, y
algunas veces igualmente conveniente (Pág. 76) . En cuanto a su
concepción de las relaciones entre los seres vivos en la Naturaleza,
ésta es su interpretación “ecológica”: De aquí, que como se producen
más individuos de los que es posible que sobrevivan, tiene que haber
forzosamente en todos los casos una lucha por la existencia / ... /
Es la doctrina de Malthus aplicada con multiplicada fuerza al
conjunto de los reinos animal y vegetal; porque en este caso, no hay
aumento artificial de alimento y limitación prudente de matrimonios
(Pág. 78) .
Con estos argumentos como conceptos fundamentales, no puede resultar
extraño el enorme éxito de su libro, cuyas dos primeras ediciones ya
descritas fueron seguidas, hasta 1876, de otras siete. En un período
de máximo esplendor de la revolución industrial y del imperio
británico, con muy duras consecuencias para las víctimas de ambos
fenómenos, llegó la “explicación científica”. El título de su libro:
“Sobre el Origen de las Especies por medio de la Selección Natural o
el mantenimiento de las Razas favorecidas en la Lucha por la
Existencia”, debió resultar muy sugerente para muchos de sus
compatriotas (que no se encontrarían, lógicamente, entre los
“desfavorecidos”) aunque, como hemos visto, también recibió muchas
críticas, en algunos casos muy bien fundamentadas, que le obligaron
a añadir a la sexta edición otra con todo un capítulo en el que
respondía, en muchas ocasiones con escasa fortuna, a las objeciones.
Con semejantes antecedentes, se puede entender el éxito de Darwin en
Gran Bretaña, pero su proyección internacional resulta, cuando
menos, desconcertante si tenemos en cuenta los datos antes
mencionados sobre los estudios sobre evolución en “el continente”.
¿Cuál pudo ser, entonces, el motivo de que un libro con semejantes
bases conceptuales y con semejantes méritos científicos se haya
convertido en la obra de la que nace toda la biología moderna
(Fernández, 85)?. Aunque la explicación no sea, probablemente,
sencilla, porque requeriría más profundos estudios históricos y
sociales, tal vez se puedan arriesgar algunas hipótesis (o
especulaciones) que, si bien pueden resultar sesgadas o parciales,
posiblemente no lo sean más que las narraciones de sus seguidores.
3.- LA “TRANSFORMACIÓN MENTAL” DE DARWIN, O CÓMO SE FABRICA UN GENIO
Es un hecho histórico perfectamente documentado que, en la primera
mitad del siglo XIX la evolución biológica era un fenómeno
ampliamente estudiado y debatido en el ámbito académico. Es mas, los
partidarios de la evolución eran llamados “lamarckianos” (Harris,
1985). Naturalmente, estos estudios y debates estaban restringidos
al entorno científico o a personas cultivadas con interés por la
materia. No es arriesgado suponer que las noticias del éxito
editorial que supuso la publicación de la obra de Darwin
contribuyeran en gran medida a despertar el interés por ella fuera
de Gran Bretaña y fuera del ámbito estrictamente biológico. La
sencillez y la fácil “visualización” de sus argumentos fue la
probable causa de que muchas personas que no habrían tenido noticias
sobre las investigaciones e hipótesis previas sobre la evolución, la
“descubrieran” como un fenómeno plausible.
De hecho, los debates (y la aceptación) que suscitó la obra de
Darwin se produjeron, fundamentalmente, en torno a la idea de la
evolución. En España, por ejemplo, “El Origen de las Especies” se
tradujo (incompleto) en 1872. “The Descent of Man, and Selection in
relation to Sex”, traducido incorrectamente como “El Origen del
Hombre”, y del que los darwinistas actuales hablan poco (y con muy
fundados motivos), se tradujo en 1876. En 1877 apareció la primera
traducción completa del “Origen de las Especies” corregida y
ampliada. “Filosofía zoológica” tardó un siglo en ser traducida al
español. Fue publicada en 1911 por la pequeña editorial Sempere de
Valencia. Por eso, las narraciones darwinistas se pueden permitir,
“sin faltar exactamente a la verdad”, hablar del debate sobre “la”
Teoría de la evolución tanto dentro como fuera de las aulas
universitarias (Gomis y Josa, 2002), como un debate sobre el
darwinismo: La publicación en 1859 de On the Origin of Species...
(Acerca del origen de las especies), y la posterior aparición en
1871 de The Descent of Man (El origen del hombre), supuso una
ruptura con la interpretación creacionista del Génesis... Y así, se
adornan las ideas de Darwin con un tinte progresista, e incluso
revolucionario, al narrar las confrontaciones que se produjeron
entre sectores de tendencias liberales y, del otro, los sectores mas
conservadores de la sociedad española, con un fuerte apoyo de la
Iglesia Católica.
Esta manera de deformar la Historia, mediante la narración de hechos
reales y la ocultación de otros no menos ciertos, es una constante
en los textos científicos o divulgativos. El debate entre Thomas
Henry Huxley (“el bulldog de Darwin") y el obispo de Oxford Samuel
Wilberforce, del que, por cierto, Darwin se escabulló (Stratern,
1999), se ha convertido en el tópico habitual en la narración de la
epopeya de la “revolución” darwinista, pero no se citan las críticas
científicas, como las anteriormente recogidas, de naturalistas
conocedores del hecho de la evolución, de las que, quizás la mas
significativa, porque sintetiza un certero análisis de la obra de
Darwin en pocas palabras, es la del profesor Haughton, de Dublín,
citado por él mismo en su “Autobiografía”: Todo lo que había de
nuevo era falso, y todo lo que había de cierto era viejo.
Pero, tal vez, una de las deformaciones mas descaradas (porque su
falsedad se puede revelar en libros existentes) es la de atribuir a
la supuesta “revolución” darwinista un carácter de progreso
científico porque fue el primero en dar una explicación
materialista, no teísta de los fenómenos naturales (Rose, 1999,
Ayala, 1985, etc.), como si las explicaciones de Saint Hilaire,
Lamarck, Gèrárd (entre otros muchos), basadas en experimentos con
embriones, estudios anatómicos, taxonómicos o paleontológicos,
fueran interpretaciones “supersticiosas”.
Si cada una de estas lagunas en la información o interpretaciones
parciales o inexactas pueden ser consideradas producto de algún
descuido o, incluso, de la típica idealización de los personajes
“míticos” por parte de sus seguidores, el conjunto de ellas, añadido
a las crueles descalificaciones y descaradas falsedades lanzadas
sobre los precursores del evolucionismo, producen la impresión de un
engaño premeditado. De que se ha “fabricado” un personaje, una
historia e, incluso, una “sólida teoría científica” muy alejados de
los hechos reales. Una realidad a la que nos podemos acercar, no
sólo buceando pacientemente en la historia, sino leyendo
directamente al mismo Darwin (algo que, al parecer, pocos
darwinistas se han molestado en hacer).
Como hemos visto, en las hagiografías de Darwin que suelen figurar
en las introducciones de los textos científicos y divulgativos, la
historia suele comenzar con la publicación de la “obra cumbre de
nuestra civilización”, o, en algunos casos, con el viaje de “un
joven naturalista” a bordo del Beagle, durante el cual “descubrió”
la evolución. Aunque, vistos los anteriores datos, pueda parecer
reiterativa (incluso innecesaria) la exposición de las
circunstancias personales que rodearon realmente el nacimiento de la
obra que completó la revolución que comenzó en el siglo XVI con
Copérnico etc., etc., la información sobre ello tal vez no resulte
superflua, porque, cuando lo que se está valorando es la teoría de
un personaje que ocupa una de las más altas cumbres del pensamiento
humano (para mí la más) (Arsuaga, 2002), algunos datos
históricamente documentados sobre este aspecto pueden resultar
esclarecedores. Porque su formación, las influencias recibidas y el
contexto científico y social en que este hecho tuvo lugar, nos
pueden ofrecer alguna información, tanto sobre su bagaje científico
como sobre la forma en que todo esto ha sido (y sigue siendo)
transmitido por sus apologistas.
Para no correr el riesgo de incurrir en valoraciones del tipo de las
que, por ejemplo Harris, hacía de Lamarck, vamos a recurrir a su
propia autobiografía y a biógrafos cuya calificación de Darwin como
el hombre que aportó la idea más importante de la humanidad (Stratern,
1999) no deja dudas sobre sus inclinaciones.
A pesar de que la narración, por éste último, de varias anécdotas y
circunstancias referidas a la infancia y juventud de Darwin se
presta, sin gran esfuerzo, a una sátira cruel, nos ceñiremos a lo
que se refiere a su formación intelectual. Su padre, un acaudalado
médico de las clases altas (sólo si podían pagar sus elevados
honorarios hacía algún caso a los pacientes) (Stratern, 1999) lo
envió, a los 16 años a estudiar medicina a Edimburgo. Así es como él
mismo narra sus experiencias: También asistí en dos ocasiones a la
sala de operaciones en el hospital de Edimburgo y vi dos operaciones
muy graves, una de ellas de un niño, pero salí huyendo antes de que
concluyeran (“Autobiografía”, Pág. 16). El resultado de su poca
inclinación a la medicina fue que: Tras haber pasado dos cursos en
Edimburgo mi padre se percató, o se enteró por mis hermanas , de que
no me agradaba la idea de ser médico, así que me propuso hacerme
clérigo. / ... / sentía escrúpulos acerca de la declaración de mi fe
en todos los dogmas de la iglesia Anglicana aunque, por otra parte,
me agradaba la idea de ser cura rural. Durante sus estudios de
Teología en el Christ’s College, conoció al hombre, quizás mas
determinante en su futuro: El reverendo J.S. Henslow, teólogo y
coadjutor de la iglesia de St. Mary, constituyó para Darwin el
equivalente de lo que fue (salvando ciertas distancias) Rousseau
para Lamarck. Según Stratern: Era también hijo de padres ricos que
lo enviaron a Cambridge para estudiar para la Iglesia, donde había
descubierto que su verdadero interés era la ciencia. Darwin quedó
impresionado con él: Era profundamente religioso y tan ortodoxo que
un día me dijo que se afligiría si se alterara una sola palabra de
los treinta y nueve artículos. Sus cualidades morales eran
admirables en todos los sentidos. / ... / En la Universidad se daban
clases en diversas ramas, siendo la asistencia absolutamente
voluntaria. /... / De cualquier forma asistía a las conferencias de
botánica de Henslow /... / Estas excursiones eran absolutamente
deliciosas (Autobiografía). Darwin aprobó, a principios de Enero de
1831, su examen de bachiller con el puesto décimo de la promoción,
lo que le abría el camino para la profesión de pastor de la Iglesia
Anglicana. Pero por lo pronto se quedó dos semestres mas en
Cambridge. (Hemleben, 1971). El hecho de no tener prisa en comenzar
sus actividades profesionales y su admiración por Henslow hizo
posible la clave del descubrimiento de la evolución (Stratern,
1999): el viaje alrededor del Mundo en el Beagle. Por aquellos días
le ofrecieron a Henslow el puesto de naturalista sin sueldo a bordo
del HMS Beagle / ... / Como Henslow no quería abandonar Cambridge,
le ofreció el trabajo a Darwin, que no quiso dejar pasar la ocasión
/ ... / Era costumbre llevar un botánico en este tipo de viajes de
exploración / ... / (hasta al médico de a bordo se la exigía un
certificado de carpintería)... Puede resultar incongruente con
nuestra historia que al “botánico de a bordo” se le exigiese un
certificado de botánico, pero lo cierto es que se le exigía. Y lo
tenía. El naturalista del Beagle era un experto que había
desempeñado su cargo con distinción en otros viajes,... El joven S.
J. Gould, en su artículo La transformación marítima de Darwin o
cinco años a la mesa del capitán (1977), nos narra un curioso
descubrimiento: He aquí toda una historia; no solamente un
puntilloso pie de página para la historia académica, sino un
descubrimiento de no poca significación. El naturalista del Beagle
se llamaba Robert McKormick, y la historia resulta ser, una vez mas,
muy diferente a cómo nos la han contado. Y comienza con la carta que
J.S. Henslow escribió a Darwin: El Cap. F. busca un hombre (por lo
que tengo entendido) más para compañero de viaje que como simple
coleccionista. El capitán del Beagle, Robert Fitzroy, un
aristocrático marino (su tío, el vizconde de Castlereagh, sofocó la
rebelión irlandesa de 1798) cuya relación con sus subordinados,
narrada por Darwin, y los motivos de su posterior suicidio,
relatados por Gould, hacen pensar que, a su lado, el capitán William
Bligh causante del (histórico) “motín de la Bounty” era una especie
de monje budista, necesitaba un compañero de viaje: La tradición
naval británica dictaba que un capitán no podía tener virtualmente
ningún contacto social con ningún miembro inferior en la escala de
mando. / ... / Sólo un caballero, podía compartir sus comidas y eso
es precisamente lo que era Darwin, un caballero.
Parece que, desgraciadamente, no hay más remedio que suscribir la
opinión de Gould: Qué diferente sería hoy la ciencia de la biología
si Darwin hubiera sido hijo de un comerciante y no de un médico
extremadamente rico. Efectivamente, Darwin se embarcó acompañado de
un criado, con una abundante suma de dinero, y con cuentas abiertas
en las principales ciudades en las que se hizo escala. La
competencia de Darwin, que podía reclutar a un considerable número
de “nativos” para sus recolecciones de “especímenes” y los
desprecios del capitán exasperaron al naturalista oficial del Beagle
y las consecuencias las narra Darwin en su diario: La suerte del
pobre McKormick estaba echada. / ... / En Abril de 1832, en Río de
Janeiro, fue “dado de baja por invalidez”. Darwin comprendió el
eufemismo y le escribió a su hermana, refiriéndose a McKormick, dado
de baja por “invalidez”, es decir, por resultarle desagradable al
capitán... no constituye una pérdida (Gould, 1977).
En las narraciones habituales de la epopeya del “descubrimiento de
la evolución” se narran meticulosos detalles del viaje, pero el
pobre McKormick, con los sempiternos problemas de “presupuesto
oficial”, ha sido borrado de la historia en aras a la “financiación
privada”. Y esto también explica (por fin) el misterio de que,
cuando el joven biólogo, (en este remoto caso, quien esto escribe),
entusiasmado tras leer en el prólogo del primer libro de Darwin,
“Viaje de un naturalista” (1972) la presentación de éste como
el
factor del mayor escándalo del siglo XIX, motor de una biología,
sociología, antropología, historiología e incluso una ética a su
manera, divisoria de aguas de la ciencia decimonónica y aún de mucha
de la contemporánea, y espera conocer los, sin duda, dramáticamente
intensos momentos iniciales del impresionante y trascendental viaje,
que habría de durar desde el 27 de Diciembre de 1831 hasta el 2 de
Octubre de 1836, se encuentra con el siguiente comienzo: Río de
Janeiro: del 4 de Abril al 5 de Julio de 1832.
Las ocultaciones y manipulaciones de la historia “oficial” son
demasiadas como para pensar en descuidos. Del mítico y trascendental
viaje del Beagle no volvió Darwin con ninguna idea sobre la
evolución, a pesar de que, como nos cuenta en su Autobiografía,
había oído hablar de Lamarck. Su “descubrimiento” tuvo lugar ocho
años mas tarde del regreso, tras su documentación antes mencionada.
Concretamente, alrededor del 11 de Enero de 1844, aunque fuera un
descubrimiento vacilante: Por fin ha surgido un rayo de luz, y estoy
casi convencido, (el subrayado es mío) (totalmente en contra de la
opinión de la que partí) de que las especies no son (es como
confesar un asesinato) inmutables. (Carta a J. Hooker en
Autobiografía y cartas escogidas, Pág. 273). Tampoco sufrió, durante
el famoso viaje, la transformación de que se nos habla, que le
convirtió en un lúcido científico materialista. Bien avanzado el
viaje, escribía en una de sus cartas a sus amigos: A menudo hago
conjeturas acerca de lo que será de mí: si me dejara llevar por mis
deseos acabaría sin duda siendo un clérigo de aldea. (Gould, 1977).
Es más: Todavía a bordo del Beagle citaba la Biblia a los oficiales
del barco como la prueba irrefutable de sus principios morales y
tuvo que soportar por ello las burlas de los marineros. (Hemleben,1971,
Pág. 72). Su posterior, y siempre inseguro alejamiento de la Iglesia
Anglicana fue, en realidad, otra muestra de su ingenua honestidad
intelectual que le llevó a dudar de la interpretación literalista de
la Biblia. (Hemleben, 1971). Y, entonces, ocurrió un milagro: se
convirtió en un genio. Pero, ¿cómo ocurría?, ¿qué mecanismo
encerraba ese proceso? Darwin no había recibido formación científica
en el sentido académico, y hasta el momento no había demostrado
poseer una inteligencia excepcional. (Su celebridad se debía
enteramente a haber estado en el lugar oportuno en el momento
oportuno) / ... / Pero, de pronto, a los veintiocho años, pareció
descubrir su imaginación / ... / El resultado sería un científico
genial. (Stratern,1999, Pág. 51). Sin embargo, la explicación de
esta “reorganización cerebral” sin precedentes (al menos hasta
entonces) en la historia de la Humanidad, tal vez resulte menos
esotérica y más comprensible. Gracias a sus abundantes recursos
económicos, Darwin se pudo permitir enviar a su mentor, el reverendo
Henslow, una gran cantidad de especímenes de todo tipo, recolectados
por sus asalariados. Éste, entusiasmado, pronunció varias
conferencias sobre ellos en la Geological Society de Londres. Estas
provocaron el suficiente revuelo como para hacer de Darwin una
pequeña celebridad en los círculos científicos / ... / Al llegar a
Londres, Darwin descubrió que se había convertido en una especie de
celebridad / ... / Le nombraron miembro de la Geological Society y
le ascendieron casi de inmediato a su consejo rector. Un año mas
tarde fue aceptado por el Ateneo, el club para caballeros más
exclusivo de Londres, y al año siguiente le nombraron miembro de la
Royal Society. El regreso de Darwin no fue precisamente discreto.
(Stratern,1999,
Pág. 45). El “revolucionario” Darwin no era, ciertamente, un
proscrito entre la rancia aristocracia científica de las
“exclusivas” sociedades victorianas. Y, a pesar del manido relato de
la reacción escandalizada del obispo de Oxford, también es cierto
que Sir Charles Lyell y Sir William Hooker, importantes miembros de
estas sociedades, le ofrecieron todo su apoyo para la publicación de
su famosa obra, e incluso, para que obtuviera la prioridad sobre los
trabajos enviados previamente por Alfred Russell Wallace, en los que
proponía su teoría sobre la evolución basada en la selección
natural. Y también lo es que, tanto éste como Patrick Matthew, otro
naturalista aficionado que también había publicado, en 1831, (Ver
Sandín, 2000) una hipótesis semejante, compartían defectos
difícilmente tolerables por los aristocráticos académicos: el
primero era de ideas socialistas, y Matthew fue miembro del
“Movimiento Chartista”, que denunciaba y combatía las duras
condiciones de los trabajadores de la época.
En suma, de los datos históricos se desprende que la sorprendente
“conversión” de Darwin en el hombre genial que descubrió la
selección natural, el “verdadero mecanismo de la evolución” fue más
una creación externa que propia. De hecho, él mismo acabó por estar
muy poco convencido de que esto fuera así. En su otra gran obra, “La
variación de los animales y las plantas en domesticidad”, publicada
diez años después del “Origen de las especies”, elaboró lo que
consideraba su teoría definitiva, en la que daba el paso drástico
de abandonar la idea de la selección natural. De lo sublime a lo
ridículo. En su lugar propuso una teoría pergeñada por primera vez
en el siglo V a. C. por el filósofo griego Demócrito, conocida como
Pangénesis. Su versión moderna afirmaba que cada órgano y sustancia
del cuerpo segregaba sus propias partículas que luego se combinaban
para formar las células reproductivas. Las partículas segregadas por
cada órgano eran un eco fiel, no sólo de las características, sino
también de la respectiva fuerza, tamaño y salud del órgano (Stratern,
1999). Es decir, al parecer, son sus apologistas los que deciden
cuales de sus ideas son las adecuadas, incluso en contra de su
opinión. Lo cual resulta un caso de mitificación realmente peculiar
(si bien, no único), porque sería algo así como reconocerle las
aportaciones que él admitía como errores y rechazar, precisamente,
las que creía válidas. Es más, muy probablemente, Darwin tampoco
estaría de acuerdo con los atributos de genialidad con que le
adornan sus “correctores”: No tengo la gran presteza de aprehensión
o ingenio, tan notable en algunos hombres inteligentes, por ejemplo Huxley. Por lo tanto soy un mal crítico: la lectura de un artículo o
de un libro, suscita en un principio mi admiración, y sólo después
de una considerable reflexión me percato de los puntos débiles. Mi
capacidad para seguir una argumentación prolongada y puramente
abstracta es muy limitada y por eso nunca hubiese triunfado en
metafísica ni en matemáticas. Parece, en definitiva, que no hay más
remedio que estar de acuerdo con Stratern en lo que respecta a su
descripción de las cualidades y verdaderos méritos de Darwin previos
a su “transformación”. Y que, por mucho que sus seguidores se
empeñen en hacernos creer que ésta ocurrió, el mismo Darwin se niega
tozudamente a reconocerlo, a juzgar por la frase con que finaliza su
“Autobiografía”: Con unas facultades tan ordinarias como las que
poseo, es verdaderamente sorprendente que haya influenciado en grado
considerable las creencias de los científicos respecto a algunos
puntos importantes.
Pero, la sensación de desconfianza que produce el constatar cómo se
ha fabricado un mito mediante la “creación” de una sólida teoría y
una impecable y coherente biografía no sólo inexactas, sino
contrarias a las que manifiesta el propio personaje, llega al
extremo cuando nos enfrentamos con la falacia, (absolutamente
manifiesta, porque se puede comprobar en libros que se encuentran
actualmente en las librerías), de negarle a Darwin la
responsabilidad del “darwinismo social”, ya que fue Herbert Spencer
su verdadero creador, antes de la publicación del “Origen de las
Especies”. Esta frase, “clonada” literalmente en los textos
darwinistas, resulta muy poco favorecedora para la credibilidad del
resto de la obra porque, tanto si es resultado de una tergiversación
intencionada, como si lo es del desconocimiento, no dice mucho en
favor del rigor científico de sus autores. Porque, aún sin tener en
cuenta la existencia de cartas muy significativas (especialmente,
una escrita por Darwin a Heinrich Fick, un jurista suizo partidario
de la aplicación de la teoría darwiniana a la legislación) (Sandín,
2000), cuyo desconocimiento se podría justificar por no resultar de
fácil acceso, la otra “obra cumbre” de Darwin, “Descendencia del
Hombre y la Selección en Relación al Sexo” (1871), conocida como
“El
Origen del Hombre”, resulta (naturalmente, si uno se toma la
molestia de leerla) suficientemente informativa al respecto, y
merece, con todos los honores, un capítulo aparte.
4.- SOBRE “LA TENDENCIA A LA PERFECCIÓN”
Esta obra es, sin duda, la más clarificadora sobre la concepción que
Darwin tenía realmente del hecho y, especialmente, del significado
de la evolución y de la selección natural. Porque, a diferencia de
“El Origen de las Especies” en el que, como hemos visto, encontraba
muchas dificultades para explicar la Naturaleza mediante sus bases
conceptuales (selección de ganados, Malthus y Spencer) , en este
caso, esos problemas (obviamente) no existen para explicar “su”
sociedad humana.
Comencemos por la situación de su “observatorio” de la realidad:
La presencia de un cuerpo de hombres bien instruidos que no
necesitan trabajar materialmente para ganar el pan de cada día, es
de un grado de importancia que no puede fácilmente apreciarse, por
llevar ellos sobre sí todo el trabajo intelectual superior (del)
que depende principalmente todo progreso positivo, sin hacer mención
de otras no menos ventajas. (Pág. 192). Entre éstas, hay algunas no
despreciables: Los ricos por derecho de primogenitura pueden, de
generación en generación, elegir las mujeres más hermosas, las más
encantadoras, dotadas por lo general de bienes materiales y de
espíritu superior. (Pág. 193). Pero, este “espíritu superior” hay
que considerarlo en proporción al nivel de las mujeres, ya que, Está
generalmente admitido que en la mujer las facultades de intuición,
de rápida percepción y quizá también las de imitación, son mucho más
vivas que en el hombre; mas algunas de estas facultades, al menos,
son propias y características de las razas inferiores, y por tanto
corresponden a un estado de cultura pasado y más bajo. / ... / Por
consiguiente podemos inferir de la ley de la desviación de los tipos
medios – tan bien expuesta por Galton en su obra sobre “El Genio
hereditario” – que si los hombres están en decidida superioridad
sobre las mujeres en muchos aspectos, el término medio de las
facultades mentales del hombre estará por encima del de la mujer.
(Pág. 728).
En cuanto a las “clases inferiores”, citadas continuamente en la
obra (y poco caritativamente, por cierto), su “observatorio de la
realidad” no le debía permitir mucho contacto con ellas, ya que, en
muchos casos, hablaba por referencias ajenas: Mas en estos casos
parecen ser igualmente hereditarios la aptitud mental y la
conformación corporal. Se asegura que las manos de los menestrales
ingleses son ya al nacer mayores que las de la gente elevada. (Pág.
47). Sin embargo, a pesar de que ya nacen con las “herramientas”
incorporadas, es precisa una selección, como expone en el apartado
Acción de la selección natural sobre las naciones civilizadas :
Existe en las sociedades civilizadas un obstáculo importante para el
incremento numérico de los hombres de cualidades superiores, sobre
cuya gravedad insisten Grey y Galton, a saber: que los pobres y
holgazanes, degradados también a veces por los vicios se casan de
ordinario a edad temprana, mientras que los jóvenes prudentes y
económicos, adornados casi siempre de otras virtudes, lo hacen tarde
a fin de reunir recursos con que sostenerse y sostener a sus hijos.
/ ... / Resulta así que los holgazanes, los degradados y, con
frecuencia, viciosos tienden a multiplicarse en una proporción más
rápida que los próvidos y en general virtuosos. A continuación, cita
un ejemplo en el que los irlandeses se corresponden con la primera
categoría, mientras que los escoceses están adornados de,
exactamente, siete virtudes superiores, para finalizar: En la lucha
perpetua por la existencia habría prevalecido la raza inferior, y
menos favorecida sobre la superior, y no en virtud de sus buenas
cualidades, sino de sus graves defectos.
Pero, también para este problema hay solución: Con respecto a las
cualidades morales, aun los pueblos más civilizados progresan
siempre eliminando algunas de las disposiciones malévolas de sus
individuos. Veamos, si no, cómo la transmisión libre de las
perversas cualidades de los malhechores se impide o ejecutándolos o
reduciéndolos a la cárcel por mucho tiempo. Porque, como señala a
continuación: En la cría de animales domésticos es elemento muy
importante de buenos resultados la eliminación de aquellos
individuos que, aunque sea en corto número, presenten cualidades
inferiores. (Pág. 195).
Todos los argumentos del libro se pueden condensar en unas ideas
básicas muy sencillas: Las cosas son como deben ser, porque la
selección (bien natural o en su caso la del verdugo) se encarga de
ello. Dado que las cualidades morales e intelectuales son innatas,
los países civilizados ha llegado a dominar el Mundo por obra y
gracia de la mayor calidad de sus ciudadanos y, naturalmente, dentro
de éstos y de acuerdo con sir Francis Galton, las clases superiores
son las adornadas de las mayores virtudes. Por eso, ... sería una
interminable tarea señalar los numerosos puntos de diferencia de las
razas. / ... / Sus caracteres mentales son igualmente muy distintos,
sobre todo cuando se trata de las partes emocionales, aunque mucho,
asimismo, en sus facultades intelectuales. La consecuencia de estas
diferencias en un Mundo dirigido por la implacable selección natural
es inevitable: Llegará un día, por cierto, no muy distante, que de
aquí allá se cuenten por miles los años en que las razas humanas
civilizadas habrán exterminado y reemplazado a todas las salvajes
por el mundo esparcidas / ... / y entonces la laguna será aún más
considerable, porque no existirán eslabones intermedios entre la
raza humana que prepondera en civilización, a saber: la raza
caucásica y una especie de mono inferior, por ejemplo, el papión; en
tanto que en la actualidad la laguna sólo existe entre el negro y el
gorila. (Pág. 225). Y, en este caso, sí contaba con datos objetivos
para reforzar sus argumentos. Cuando las naciones civilizadas entran
en contacto con las bárbaras, la lucha es corta, excepto allí donde
el clima mortal ayuda y favorece a los nativos. / ... / Cuando se
comenzó a colonizar Tasmania, estimaban algunos el número de sus
habitantes en 7.000 y otros en 20.000. Este número disminuyó
considerablemente a causa, sobre todo, de las luchas con los
ingleses y consigo mismos. Después de la famosa cacería emprendida
por todos los colonizadores en que se sometieron los residuos que
quedaban de la antigua población indígena, su número no era más que
120 individuos, los cuales en 1832 fueron deportados a la isla Flinders.
(En 1864 quedaba un hombre, que murió en 1869, y tres
mujeres. La última tasmana murió a finales del siglo XIX). A la
vista de “procesos naturales” como éste, se entienden perfectamente
Los notables resultados que los ingleses han obtenido siempre como
colonizadores, comparados con los de otras naciones de Europa / ...
/ Es en apariencia muy verdadera la opinión de los que entienden
proceder el admirable progreso de Estados Unidos, como también el
carácter del pueblo, de la selección natural. (Pág. 201)
En suma, el libro, (que, por cierto, sería muy de agradecer que
fuera leído por los darwinistas), que no estaba concebido por
Darwin, ni mucho menos, como una obra secundaria, sino como la
culminación necesaria del “Orígen de las Especies ....”, no cuenta
con mayores virtudes científicas y literarias que éste porque,
además de las abundantes argumentaciones del tipo de las citadas,
cuya calificación benévola podría ser de “políticamente
incorrectas”, contiene muchas otras referidas, por ejemplo, a las
clases entregadas a la destemplanza, al libertinaje y al crimen, o
al matrimonio y la reproducción que no se pueden calificar de otro
modo que de absolutamente ridículas. No me puedo resistir a
mencionar una muestra final: En suma, concluimos como el doctor Farr,
en que la menor mortalidad de los casados, relativamente a la de los
solteros, ley que parece ser general, se debe principalmente a la
eliminación constante de los tipos imperfectos y a la hábil
selección de los individuos más hermosos que en cada generación se
verifica, por no haber selección mas que cuando se trata de
matrimonio, y ser tan grande su influjo sobre las cualidades
corporales, intelectuales y morales. De lo cual podemos inferir que
los hombres sanos y buenos no se hallarán sujetos a mayor mortalidad
si sólo por prudencia permanecen sin casarse algún tiempo.
Del candor (que mejor se podría calificar de simpleza) y del rancio
puritanismo victoriano que se refleja en sus escritos no se
desprende la mas mínima intención de manipular o distorsionar los
hechos (entre otros motivos, porque, como él mismo reconoce, carecía
en absoluto de las capacidades necesarias). Se trata, sencillamente,
de una concepción del Mundo característica del sector social del que
procedía y en el que se relacionaba, (y no “un producto de su
época”, como se suele justificar, porque en la misma época y en el
mismo país existían visiones muy diferentes de la realidad, como,
sin ir mas lejos, las de Wallace o Matthew). Una clase social que se
caracterizaba por unos valores profundamente enraizados en la
tradición calvinista, (otra revolución burguesa), según la cual
ciertas personas están predestinadas por Dios a la salvación y otras
a la condenación. Pero, eso sí, el creyente, aunque desconoce su
destino, puede demostrar que es un “elegido de Dios” con los éxitos
que alcance en su vida privada. Esta curiosa “fe” que, por otra
parte, fue la que alumbró la teoría de Adam Smith, desvela una
envidiable capacidad de amoldar toda una cosmovisión a los intereses
de una clase social concreta, de modo que, mediante unos
convenientes e inevitables designios, un Dios tan complaciente con
los ricos como implacable con los pobres, la mano invisible del
mercado y la poderosa y ciega selección natural favorecen,
curiosamente, a los mismos, otorgándoles, de una tacada y por los
mismos méritos (que se pueden sintetizar en “ir a lo suyo”), la
salvación, la riqueza y el éxito biológico.
Y estos principios no pertenecen al campo de las anécdotas
históricas, porque son los que conforman, en la actualidad, el
llamado "pensamiento único", la base ideológica de las sociedades
“avanzadas”. Su intelectualización en forma de “leyes científicas” y
su carácter eminentemente práctico (especialmente para los “más
adecuados”) los ha expandido y consolidado, de forma que, de ser, en
su origen, una justificación del statu quo con mayor o menor dosis
de hipocresía o de simpleza, han pasado a convertirse en una firme
creencia de cómo es (y cómo debe ser) la realidad, y muchos de los
argumentos no sólo de Darwin, sino de Smith, Malthus y Spencer
permanecen, además de en las “leyes” de la economía de libre
mercado, en los textos en los que los científicos darwinistas nos
explican su visión de la Naturaleza y de la Sociedad en forma de
metáforas y “leyes” científicas.
5.- EL DARWINISMO “MODERNO”
Resulta verdaderamente difícil definir qué es hoy el Darwinismo (el
neodarwinismo, para ser exactos), lo cual es un serio problema,
porque se trata de “la” teoría de la evolución, la base teórica de
la Biología que permitiría explicar (pero sobre todo comprender)
todos los fenómenos biológicos y muchas de las grandes cuestiones
candentes actuales, desde los graves problemas ambientales, hasta el
posible futuro de los ecosistemas (especialmente el humano), desde
el SIDA hasta el cáncer (ver Sandín, 1997). Pero lo cierto es que, a
pesar de que en los últimos 25 años se han producido descubrimientos
espectaculares en el campo de los conocimientos biológicos (o tal
vez, precisamente por ello), nos encontramos con una gama tan
variada y, a veces tan contradictoria, de concepciones y
explicaciones de los procesos evolutivos que la base teórica, más
que en confusa, se ha convertido en inexistente.
La teoría “oficial” que sigue figurando en los libros de texto, a
pesar de estar totalmente descalificada por los datos recientes es
la llamada “Teoría sintética moderna”. El término “moderna” hace
referencia a la época en que fue elaborada, desde los años veinte a
los cincuenta, fundamentalmente por matemáticos (Wrigth, Fisher y
Haldane) que tenían muy pocos conocimientos de genética cuando
incluso los genetistas tenían muy pocos conocimientos de genética.
La idea de evolución (de cambio en la organización morfológica,
fisiológica y genética) se resume así de sencillamente: La visión de
Darwin sobre la selección natural se puede incorporar fácilmente a
la visión genética de que la evolución se produce típicamente a
partir de cambios en las frecuencias génicas. (Boyd y Silk, 2001).
La “visión genética” a la que se refieren es la simplificación
mendeliana que explica (solo en ciertas ocasiones) la transmisión de
características superficiales (en su mayor parte “defectos”), como
las famosas características de la piel de los guisantes, o el pelo
de los ratones, que no afectan en absoluto a la condición de
guisantes o ratones, pero que, sobre todo, ha conducido a la
concepción de que existe “un gen” responsable directo de cada
carácter, ya sea fisiológico, anatómico o, incluso, de
comportamiento, y que todavía subyace en las interpretaciones de
muchos teóricos de la evolución. Lo cierto es que, después de medio
siglo desde que se formuló (difusamente) la Teoría Sintética
Moderna, los dos ejemplos clásicos que figuran en los libros de
texto como explicación de la evolución según sus criterios (es
decir, mediante la selección natural) son la resistencia a la
malaria de los heterocigotos para “el gen” de la anemia falciforme y
el cambio de coloración de las famosas “polillas del abedul”. El
hecho de que los individuos resistentes a la malaria, y las polillas
oscuras, teóricamente supervivientes a los pájaros gracias a su
ocultación en el hollín contaminante, sigan siendo los mismos
hombres y las mismas polillas existentes antes de la “actuación” da
la selección natural, no les invalida como ejemplo de evolución. La
idea de evolución implícita (es más, firmemente asumida) en estos
argumentos es que las mutaciones (errores de copia del ADN en su
replicación) producen, al azar, variantes de un gen (alelos
diferentes) que producen pequeñas variaciones como las anteriormente
mencionadas que, “con el tiempo” llegarían a convertirse en los
grandes cambios de organización genómica, fenotípica y anatómica que
se han producido en los seres vivos. Según F. J. Ayala (1999), la
evolución se produce mediante cambios en la composición genética de
una especie, como si los genes fueran unas entidades individuales,
cada una responsable de un carácter que se situarían, a modo de
cuentas de un collar, en los cromosomas.
Sin embargo, hace tiempo que esta visión de los genomas está
totalmente invalidada. Hoy sabemos que lo que llamamos “genes”
(donde se localiza la información sobre cómo se hace y cómo funciona
un organismo vivo), es algo mucho más complejo que un segmento
concreto de ADN, pues puede haber genes repetidos en trozos
dispersos por el genoma, hay genes con otros genes dentro, los hay
enormes, formados por millones de pares de bases, y muy pequeños,
formados por unos pocos miles (ver Sandín 2001). Pero, sobre todo,
lo que más ha cambiado de la visión extremadamente simple y,
especialmente, determinista, de la teoría sintética y que,
desgraciadamente, ha pasado a formar parte de los tópicos populares
es la idea de que “un gen” tiene un significado único y concreto. En
la época en que se elaboró la Teoría Sintética se hablaba de “un gen
- un carácter”. Posteriormente, se pasó a asociar un gen con una
proteína y, finalmente se ha comprobado que la información genética
es algo de una complejidad difícil de abarcar. En primer lugar, el
ADN en sí mismo no es ni autorreplicable ni de único significado. Es
algo así como un diccionario, que necesita de una gramática, incluso
de un idioma que dé sentido (y contexto) a la información que
contiene. En el primer aspecto, para la replicación del ADN son
necesarias un buen número de complejísimas y muy específicas
proteínas que separan la doble cadena, inducen la replicación,
revisan, corrigen los errores, los reparan y unen los trozos
reparados. En cuanto a los mensajes codificados en el ADN, el
“significado” de una secuencia concreta de bases, varía según su
situación en el genoma, de la regulación por parte de otros genes y
del tipo de organismo en el que esté. Por ejemplo, el gen llamado
GAI codifica en plantas una proteína que frena su crecimiento,
excepto en presencia del ácido giberélico (una especie de hormona
vegetal). Se ha visto (Peng, et al., 1999; Boss y Thomas, 2002), que
una mutación de este gen tiene distintas consecuencias en plantas
diferentes: en Arabidopsis (una planta silvestre muy común) este gen
o su mutante pueden producir hojas o flores; en vides, uvas o
zarcillos, y en trigo, tallo largo o corto.
Pero la plasticidad del ADN puede ir aún más lejos. Muchos genes
tienen la capacidad de lo que se conoce como “splicing” (empalme o
ligamiento) alternativo (Herbert y Rich, 1999), es decir, de
producir diferentes mensajes (diferentes proteínas) en función de
las condiciones del ambiente celular (que, a su vez, depende del
ambiente externo), lo que en definitiva significa que el ADN posee
la capacidad de respuesta al ambiente. Y esta capacidad de respuesta
va aún más lejos si tenemos en cuenta los descubrimientos derivados
de la secuenciación (parcial) del genoma humano (The Genome
Sequencing Consortium, 2001). El 95% de nuestro genoma está
constituido a partir de elementos móviles y virus endógenos (Sandín,
2002). Los primeros pueden estar de dos formas: transposones, que
son “trozos” de ADN que pueden saltar de unas partes a otras de los
cromosoma, y retrotransposones, que pueden realizan (mediante las
proteínas correspondientes) copias de sí mismos que se insertan en
otra zona del genoma, produciéndose duplicaciones de sus secuencias.
Ambos se activan como reacción a agresiones ambientales (Whitelaw y
Martin, 2001, ). En cuanto a los virus endógenos, que constituyen,
por el momento, el 10% del genoma, se considera que su presencia
obedece a que, en algún momento de la historia evolutiva
“infectaron” al “hospedador” y se insertaron en el genoma, donde
permanecen como “parásitos”. Lo cierto es que sus secuencias
participan activamente en procesos celulares normales de distintos
órganos, como: cerebro, pulmón, corazón… (Genome directory, 2001). Y
también tienen capacidad de respuesta al ambiente, “malignizándose”
ante agresiones ambientales (Gaunt y Tracy, 1995) e incluso
reconstruyendo su cápsida y recuperando su capacidad infectiva (Ter-Grigorov
et al., 1997).
Por si todos estos datos sobre la enorme complejidad del material
genético no fueran suficientes para mostrarnos lo mucho que todavía
nos queda por conocer, los estudios sobre el proteoma (el conjunto
de proteínas celulares que participan en todos sus procesos) están
poniendo de manifiesto fenómenos que, según sus investigadores (Gavin,
et al., 2002; Ho et al., 2002) desafían la imaginación: los miles de
complejas proteínas que interactúan en las células se asocian en
grupos de, al menos, 96 proteínas. Cada combinación determina, al
parecer, sus estructuras y funciones características. Según los
autores La célula está organizada en una forma para la que no
estamos preparados.
En suma, los procesos biológicos, incluso al nivel más básico, están
resultando tan diferentes de la visión reduccionista del darwinismo
que todavía figura en los libros de texto, que la conclusión lógica
es la que planteó Phillip Ball (2001), uno de los editorialistas de
la revista Nature, ante el informe de la secuenciación del genoma
humano: Nos encontramos sin base teórica para explicar esta
complejidad. En otras palabras, la que tenemos es inútil. Porque,
desde luego, todo esto implica que la evolución de la vida, no ha
podido ser, según la narración darwinista, mediante mutaciones, es
decir, “errores” o desorganizaciones al azar, productoras de
variantes de un mismo gen, con pequeñas consecuencias en el
fenotipo, que serían “fijadas” por la selección natural en el caso
de ser “mejores” que sus otras variantes, produciendo como
consecuencia una evolución gradual.
Y, efectivamente, los datos nos informan de que la historia no ha
sido así. Desde el origen de las células que constituyen los seres
vivos que, como ha sido comprobado por W.F. Doolittle (2000), Lynn
Margulis (1995) y R. Gupta (2000), se ha producido por agregaciones
de bacterias, hasta las bruscas remodelaciones de fauna y flora que
inician los grandes periodos geológicos ( Moreno, 2002) y que
coinciden con grandes catástrofes ambientales perfectamente
documentadas en la actualidad, (Kemp, 1999), pasando por la todavía,
misteriosa para los científicos, “explosión del Cámbrico” (Morris,
2000), en la que aparecieron, de un modo repentino, todos los tipos
generales de organización animal (ver Sandín 2002), constituyen un
relato más acorde con las características reales de los fenómenos
naturales. Desde la naturaleza de la información genética hasta el
todavía indescifrable funcionamiento celular, desde las sofisticadas
e interdependientes actividades de los procesos fisiológicos, hasta
la coordinación en la formación de un organismo, o la complejidad de
los ecosistemas, la Naturaleza nos habla, fundamentalmente, de
cooperación. De sistemas biológicos de una enorme complejidad en los
que no hay sitio para los “errores”, pero, sobre todo, de una gran
interacción con el ambiente y una gran capacidad de respuesta, con
poco de aleatorio, a las condiciones o agresiones ambientales. Una
realidad totalmente opuesta a la visión de las características
genéticas rígidamente determinadas y herméticamente aisladas del
ambiente, en las que los supuestos cambios aleatorios serían
seleccionados por medio de una implacable competencia.
Sin embargo, los términos y los conceptos, incluso el modo de
razonar darwinista, aparentemente “grabados a fuego” en el cerebro
durante nuestra formación como biólogos, impiden dar a estos hechos
el significado que tienen. Sólo a modo de ejemplo de los
sistemáticos y tópicos argumentos, a veces realmente peregrinos, que
se utilizan para embutir los nuevos datos en el paradigma
darwinista, vamos a hacer referencia a algunas interpretaciones
sobre los fenómenos fundamentales de los procesos evolutivos que se
producen continuamente en las revistas especializadas en referencia
a cualquier fenómeno investigado, incluido el nivel molecular.
Radhey Gupta, de la Universidad Macmaster de Canadá, ha conseguido
identificar de qué tipo de bacterias proviene el material genético
(ADN y proteínas) de nuestras células: los genes y las proteínas que
controlan la replicación del ADN provienen de arqueobacterias; los
que controlan el metabolismo celular, de eubacterias. Sin embargo,
para él, este hecho fundamental en la evolución de la vida y que
indica hasta qué punto son importantes en ella los fenómenos de
cooperación y de integración de sistemas, en sí mismos complejos, de
“cómo tienen que ser” para conseguir los increíbles niveles de
complejidad e interconexión que se encuentran en los más mínimos
procesos biológicos, es el resultado de un fenómeno ocasional
aleatorio y único ( a pesar de la increíble eficacia de su
resultado) y considera que “los siguientes” fenómenos evolutivos
tuvieron lugar por medio de la selección natural (Gupta, 2001).
Pero los “siguientes procesos evolutivos” también resultan, para los
especialistas que los estudian, fenómenos excepcionales. La llamada
“explosión del Cámbrico” en la que aparecieron, en un período máximo
de cinco millones de años ( Gª Bellido, 1999) todos los grandes
tipos de organización animal existentes en la actualidad (anélidos,
artrópodos, moluscos,... e incluso vertebrados), tuvo lugar en un
medio marino muy estable y a partir de antecesores muy sencillos.
Antonio García Bellido, sin duda, el científico español de mayor
prestigio internacional, ha denominado “sintagma” al conjunto de
genes/proteínas responsable de la regulación embrionaria de la
diferenciación de distintos tejidos y órganos (que constituyen los
llamados homeoboxes) y que, forzosamente, tuvieron que aparecer en
aquel período. Se ha podido comprobar, por ejemplo, que los
homeoboxes que coordinan la aparición de las alas de los mamíferos,
aves e insectos están formados por las mismas secuencias de ADN.
Sólo se diferencian en el número de duplicaciones. Y lo mismo ocurre
para los ojos, extremidades, tubo digestivo... También se ha podido
comprobar (Morata, 2000) que “transplantando”los genes que controlan
el ojo de ratón, y "activándolos" en diversos puntos del embrión de
la mosca del vinagre, se formaban ojos de mosca (que para colmo, son
ojos compuestos, muy diferentes a los de mamífero). Una vez más, la
misma secuencia genética en un medio celular diferente, se expresa
de modo distinto. Según García Bellido sintagmas completos, en un
número creciente de casos, están conservados desde el origen. Es
decir, que la evolución de los organismos y las estructuras
biológicas no ha sido, ni mucho menos, mediante “mutaciones”
aleatorias fijadas por la selección natural. De hecho, García
Bellido lo expresa claramente: Las mutaciones clásicas en los genes
que codifican para proteínas han debido ser de escasa relevancia
para la evolución morfológica ( García Bellido, 1999). Sin embargo,
no podemos olvidarnos de la reverencia al darwinismo: Así se inició
una competición morfológica y de comportamiento entre organismos,
elaboraciones que han continuado y diversificado (sic) desde
entonces.
Como se puede ver, aunque los descubrimientos “reales”, los datos,
nos indican que la competencia y la selección no han podido tener
nada que ver en la formación de estos sistemas “conservados desde el
origen” tiene que existir, forzosamente, una competencia que
suponemos que fue “después”.
Y la competencia se busca donde haga falta. En la sutil
proliferación embrionaria de las células que forman las alas de la
mosca Drosophyla existe, al parecer, un proceso llamado “competición
celular”, que “elimina” las células que proliferan lentamente
(Moreno et al., 2002) (y se supone que las alas son consecuencia de
esta competición). Incluso el centrómero, un orgánulo celular que
contiene ADN formado por “secuencias repetidas en tándem” y que es
el responsable de la separación exacta de las dos hebras de los
cromosomas en la división celular no es, en realidad, una muestra
más de eficacia y coordinación de los procesos celulares, sino “ADN
egoísta” (Menikoff y Malik, 2002) y “la competición darwiniana entre
centrómeros oponentes aporta un mecanismo molecular general para la
evolución del centrómero...”.
En suma, visto desde una “mentalidad biológica exterior al
paradigma” resulta una desalentadora sensación de que el
“adiestramiento” (Feyerhabend,1989) en el modo de ver darwinista,
impide la compresión de lo que tenemos delante de los ojos. Y no
parece que este problema tenga fácil solución. No sólo es una visión
reforzada por el modelo social del “libre mercado” y la “libre
competencia” que se ha impuesto en todos los ámbitos de la vida en
la llamada “civilización occidental”, sino que ya ha sido
“científicamente demostrado” nada menos que mediante programas de
ordenador. Leamos: Los organismos digitales, esencialmente programas
de ordenador que obedecen las leyes de mutación y selección natural,
pueden ser usados para investigar las relaciones entre los procesos
básicos de evolución (Wilkie et al., 2001). Es decir, si se programa
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