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INTRODUCCIÓN
Una de las principales características de la sociedad contemporánea
es una cierta estupefacción con las dos principales crisis que
abruman a la humanidad en el umbral del siglo XXI. Me refiero a la
crisis de la Naturaleza y a la crisis de las relaciones
humanas de producción y sociabilidad. La amplitud y la gravedad
de estas crisis hacen que se impongan como los principales problemas
sobre los cuales debe inclinarse la filosofía si esta quiere
mantener su papel histórico de dar inteligibilidad al mundo, más
allá de la simple manifestación inmediata de los fenómenos.
La concepción de filosofía adoptada en este estudio es la de que
esta es una forma de saber que tiene como objeto todo y cualquier
fenómeno que se presente como problema. La problematización
de los fenómenos surge cuando estos se presentan como un desafío
para la racionalidad que precisa ser afrontado, con el fin de
que la humanidad no pierda la característica principal que le
posibilita existir en el mundo, libre de la perplejidad y de los
miedos, y mantenga su poder de transformación de la realidad: la
capacidad de entender el mundo.
La filosofía debe volverse hacia el mundo y extraer de este su
objeto. No es un conjunto de vocablos y sentencias coherentes apenas
consigo mismos, sino que adquiere esa coherencia en su referencia a
una dimensión “extrateórica”. Es justamente esa dimensión la que
provee el lastre de la nave del pensamiento filosófico. Por
ello, puede decirse que la filosofía es una reconstrucción racional
del mundo en diversos aspectos y no una actividad puramente
conceptual.
Cuando el problema pierde su condición de ser resuelto dentro de una
determinada racionalidad; cuando entra en conflicto con los ejes
fundamentales que dan unidad a una concepción determinada del mundo;
cuando, en resumen, las respuestas posibles dentro de un determinado
logos ni siquiera rozan alguna solución para el problema
establecido, emergen entonces las crisis. Es en esos momentos
en los que la filosofía muestra su mayor importancia y desafía el
intelecto humano de una forma mucho más exigente.
Mi tesis fundamental es que vivimos en uno de esos momentos de
crisis, generado por fenómenos problemáticos que desafían el
pensamiento filosófico y le exigen una especial atención. Este
artículo abordará, en primer lugar, en que sentido las crisis
mencionadas en el primer párrafo, se caracterizan como tales, para
después trazar una visión filosófica sobre estas. Y como mi objetivo
no es asustar al lector o propagar el pesimismo, en el final
intentaré presentar algunos pilares para una nueva racionalidad que
pueda superar las crisis que estamos viviendo. Esta propuesta se
funda en el principio de cooperación.
1. CRISIS DE LA NATURALEZA
Nadie niega que el modo depredador e irracional con el que las
grandes empresas van explotando los recursos naturales y agrediendo
la naturaleza a través de la emisión de contaminantes y residuos
industriales en el aire, en la tierra, en los ríos y en los mares,
sitúa en riesgo al ecosistema y ya está volviendo insuficiente a la
Naturaleza para el número de habitantes del planeta.
(NOTA 1)
El ser humano ve amenazada su existencia si, en un corto espacio de
tiempo, no soluciona esa crisis de la Naturaleza,
equiparando, de alguna forma, la desigualdad entre el crecimiento de
la población y la progresiva reducción de los recursos naturales. La
existencia humana y los problemas relacionados con ella se imponen
como cuestiones sobre las cuales deben inclinarse el pensamiento y
las acciones humanas. Cuando pueden resolverse con el recurso de las
ciencias y de las acciones gubernamentales, sin reconstruir la
racionalidad que las subsume, poco tiene que decir la filosofía.
Pero, a juzgar por las respuestas dadas hasta hoy al problema del
medio ambiente no me parece que se pueda solucionarlo sin una
reconstrucción de nuestra forma de concebir el mundo.
La preocupación por el problema ambiental hizo que líderes o
representantes de las diversas naciones del mundo se reunieran por
diversas veces en innumeras conferencias mundiales. Una gran
cantidad de propuestas de soluciones fueran presentadas y la más
importante de todas fue el llamado Protocolo de Kioto. Sin embargo,
casi nada fue puesto en práctica por los gobiernos del mundo. No
podemos atribuir esto a una simple incompetencia de las clases
dirigentes, pero sí, como veremos, a un límite de la racionalidad
dominante.
El constante rechazo de las propuestas que podrían salvar el medio
ambiente manifiesta lo que realmente esta en juego en las
preocupaciones de la mayoría de los países del mundo: el desarrollo
industrial, la especulación financiera, la competitividad de los
mercados y la acumulación de riquezas en manos de pocos grupos.
Expertos en medio ambiente de todo el mundo denuncian que varios
acuerdos ambientales firmados entre países dependen de cláusulas
comerciales. Las cláusulas comerciales siempre prevalecen sobre las
ambientales y acuerdos en la OMC (Organización Mundial de Comercio)
hacen inviables las convenciones multilaterales, como el protocolo
de Kioto y el acuerdo sobre la biodiversidad.
La supervivencia humana, en lo que depende de la naturaleza, se
encuentra limitada y amenazada por intereses económicos de pequeños
grupos y por el ideal de “desarrollo industrial” y “crecimiento
económico”. Se puede notar en este aspecto la existencia de una
crisis, generada no sólo por la presencia objetiva de un proceso
de destrucción de la naturaleza, sino por la imposibilidad total
de resolver ese problema a partir de la lógica de desarrollo
adoptada por la mayoría de los países del mundo y por el proceso de
globalización competitiva y desreglada por lo cual atravesamos.
Las posibles soluciones al problema entran en conflicto con la
racionalidad dominante y esto genera una contradicción indeleble: o
se abandonan las propuestas de solución o se destruye la concepción
de mundo predominante, basada en las reglas del mercado. No creo que
las potencias mundiales se muestren propensas a la segunda
alternativa, pues esa concepción de mundo es la que justifica y
sustenta su existencia, una vez que el poder mundial, actualmente,
está cristalizado en las megacorporaciones que controlan el mercado
y no en los Estados nacionales.
La crisis de la naturaleza no es autógena, sino que está generada
por un sistema que no consigue resolverla a partir de sus
principios. Y no lo hace porque el eje de su racionalidad, que
establece la centralidad y absolutización del mercado, no lo
permite.
2.CRISIS DE LAS RELACIONES HUMANAS DE PRODUCCIÓN Y SOCIABILIDAD
Por otra parte, y con efectos inmediatamente más dolorosos, las
nuevas relaciones de producción y de sociabilidad han
llevado a la humanidad a sentirse amenazada precisamente por estos
dos procesos que garantizaron su supervivencia.
La producción, de la cual se obtienen los medios necesarios
para la subsistencia humana, ha cedido cada vez más espacio a la
especulación, proceso cuyo resultado es la aparición de dinero sobre
dinero. Se estima que la cantidad de riqueza real (producto bruto)
del mundo gira en torno a US$ 30 billones, mientras la cantidad de
dinero existente, en títulos, bonus, aciones y especie, alcanza a la
suma de US$ 100 billones aproximadamente (Arruda & Boff, 2000). El
dinero, inicialmente un equivalente de la riqueza, adquirió una
autonomía tan grande que actualmente es éste – en cuanto que entidad
puramente abstracta (en gran parte existente apenas como bits),
sin la mediación de la mercancía que es el eje principal y motor de
toda organización económica mundial. La economía está dirigida hoy
por su aspecto financiero y no por el productivo (aunque este
subsista necesariamente).
Substrayendo la producción de mercancías de la fórmula fundamental
de la economía, se retira o relega también la producción y el
trabajo humano, que son sus componentes. Siendo el trabajo la
esencia humanizadora del ser humano y la producción una condición de
su existencia, la economía actual es deshumanizada y deshumanizadora
y contraria a la existencia humana.
Puede ser que esté ahí, en esa creación de dinero sobre dinero, sin
la producción de riquezas, una de las grandes amenazas para el
capitalismo mundial, pues la burbuja monetaria especulativa creada
tiende a estallar algún día.
Esa nueva configuración de la economía hace que esté organizada de
tal forma que para mantenerla tan sólo sea necesario un tercio de la
humanidad. La economía pasa a ser privilegio de apenas una parte de
la población del planeta, diseminando el temor individual de quien
quiera entrar o permanecer en ese proceso.
La pobreza y sus problemas consecuentes, como el hambre, las
enfermedades, la violencia, el deterioro del ser humano y la
degradación de la sociedad, se extienden progresivamente por el
mundo. Todo como consecuencia de un modelo económico
desreglamentado, basado exclusivamente en las fuerzas del mercado.
Es el capitalismo llevado a su fase más pura y avanzada.
Como consecuencia de estas transformaciones globales en el proceso
productivo – en marcha desde que el capitalismo se estableció como
sistema dominante mundial – las relaciones de sociabilidad se
alteran drásticamente. Ahora, más que nunca, el ser humano se sitúa
en una lucha fraticida por la supervivencia, sometiendo todo y
cualquier criterio de relación social y humanitaria, en todos sus
aspectos, al principio de competición. Visto que una parte de
la humanidad “debe” desaparecer por no tener cabida en la economía,
cada uno se esfuerza para no formar parte de esa fracción, aunque
para mantenerse en el barco naufragante de la civilización global
tenga que colaborar en lanzar a algunos de sus convecinos al mar.
También en ese aspecto social, así como en el productivo, hay una
inversión. El ser humano sobrevivió a las adversidades de la
naturaleza, a pesar de la fragilidad de su organismo, precisamente
por tener la capacidad de sociabilizarse y transmitir cada una de
sus experiencias a las generaciones posteriores, que las
perfeccionaban y creaban sobre lo ya creado. La fase a la que llegó
el mundo actual es deudora del hombre de las cavernas y de su
capacidad de vivir en grupo. Sin embargo, la relación con el otro,
que hizo posible la continuidad de la existencia humana, pasa ahora
a ser una amenaza para los seres humanos en su aspecto individual.
El ser humano teme, agrede y compite con el otro de su propia
especie. La interacción social da lugar a la tensión social (no solo
entre clases, sino entre los componentes de una misma clase social).
La emergencia de la crisis, también en estos dos aspectos (social y
productivo) se caracteriza no sólo por la existencia objetiva de una
situación problemática, sino por el hecho de que el sistema que la
genera no consigue resolverla dentro de su propia lógica. Queda
claro aquí el agotamiento de la economía subsumida en la
racionalidad de mercado en lo que respecta a la manutención de las
vidas humanas en la Tierra.
En diversas ocasiones, en conferencias o en estudios realizados, la
única alternativa tomada en serio por los representantes de los
países industrializados con los problemas mundiales ha sido la
reducción de la población. Es aquella historia: si el barco está
hundiéndose, líbrese de los pesos (aunque sea el peso de vidas
humanas) para salvar una parte de la tripulación. El capitalismo
neoliberal es incapaz siquiera de admitir la posibilidad de remendar
el barco.
El crecimiento de la violencia y de la criminalidad, en sus diversos
aspectos, viene revelando la desesperación de una civilización que
está siendo lanzada a un proceso autofágico de mantenimiento de su
supervivencia. El ser humano destruye al otro para vivir; mata,
saquea, expulsa, secuestra, tortura y roba. Por parte del Estado la
respuesta ha sido el aumento de las prisiones y del aparato
represivo. Las poblaciones más pobres y sus organizaciones sociales
son tratadas, en su totalidad, como criminales y amenazadoras.
Seres de la misma especie temen cruzarse por las calles y se
recluyen en sus casas o se refugian en islas de seguridad, cada vez
más escasas e inaccesibles a grandes parcelas de la población. No
existen ejemplos de ninguna política estructural de seguridad
pública que haya dado resultados frente al crecimiento vertiginoso
de la miseria y del desempleo y ni siquiera es posible esbozar
propuestas que no toquen la raíz productora del problema. Por la
lógica dominante, apenas se construirán prisiones indefinidamente,
se ampliarán las penas y se reforzará el aparato represivo para
resolver un problema que es social y económico.
En el aspecto productivo, más concretamente en lo que respecta al
trabajo y al empleo, el capitalismo también da muestras de que es
incapaz de resolver sus problemas dentro de su racionalidad. Los
defensores del mercado perfecto apuntan como solución al desempleo
una (mayor) desregulación del mercado y la “flexibilización” de las
relaciones laborales (léase, reducción del valor de la mano de obra
y de los derechos laborales para adaptarlos a la ley de la oferta y
la demanda). Un caso paradójico: el empobrecimiento de los
trabajadores se muestra como solución al problema de desempleo, que
ha hecho más pobres a los trabajadores...
Aunque propuestas concretas para reducir al problema del desempleo
sean presentadas en diversas ocasiones, siempre se alega que “las
empresas”, “los empresarios”, “los costes”, “la competencia”, etc.,
impiden que medidas que podrían salvar a la humanidad sean puestas
en práctica. Para la racionalidad del mercado, queda apenas una
única salida para que la humanidad no sucumba: ¡menos gente en el
planeta! Los que saben que están al comienzo de la fila de esa
reducción poblacional o aquellos que defienden una vida digna para
todos deben empezar a preocuparse en pensar sobre esas crisis de una
manera más audaz y menos “dentro del orden”, más histórica y menos
inmediata, en fin, más filosófica y menos técnica.
Se lanza aquí una llamada a la filosofía. ¿Para qué? Para que esta,
en su milenaria contribución a la humanidad, deje de ser una
actividad de círculos eruditos y esotéricos y sirva para interpretar
y transformar el mundo, para que su patrimonio histórico de ideas no
sea apenas un juguete en manos de malabaristas de conceptos o un
instrumento de rebuscamiento de la retórica para aquellos cuya única
meta es admirar a la audiencia.
3. PENSANDO SOBRE LAS CRISIS
Hay una tendencia en el pensamiento actual que postula que nuestra
realidad es totalmente carente de una unidad de sentido que pueda
ser captada por alguna reflexión. Los que defienden que vivimos en
un mundo “pos-moderno” se inclinan por decir que la velocísima
transformación de la sociedad contemporánea es aleatoria, dispersa y
desprovista de sentido o dirección bien definida.
Ese vacío racional y ontológico basal permite que las crisis antes
citadas sean vistas como manifestaciones de una supuesta perversión
“natural” del ser humano; como fruto del avance descontrolado de la
ciencia y de la tecnología; o como trompetas del Apocalipsis. En
cualquiera de esas visiones, las crisis no tienen carácter
contingente ni históricamente determinado, sino que son
manifestaciones de “la humanidad en su esencia”.
Sin embargo, considerándolas más a fondo, vemos que lo que esas
visiones hacen es absolutizar una determinada relación
del ser humano con la naturaleza y con el otro, fruto de la
hegemonía de una civilización que ascendió hacia la dirección
espiritual del mundo hace poco más de doscientos años, con la
Revolución Francesa. Esas relaciones, una vez reificadas e
hipostasiadas,(NOTA
2) pierden su viva dependencia de la acción subjetiva
del ser humano en el mundo y se presentan como principios
inexorables de la existencia humana. De ahí el pesimismo y la apatía
que ha caracterizado el comportamiento de la población en estas
últimas dos décadas, principalmente en la juventud.
La burguesía, durante sus siglos de existencia como una casta dentro
del feudalismo o como clase dominante en el capitalismo, construyó
(a partir de su praxis) una racionalidad fundamentadora de su
presencia y acción en el mundo, a partir de la cual se erigieron
determinadas formas de pensar la realidad, de teorizar sobre ella y
de relacionarse concretamente con la naturaleza y con el otro. Al
determinar un nuevo proceso civilizatorio, esta clase social pasó a
dirigir el mundo no sólo bajo los aspectos económico, social y
político, sino también, y fundamentalmente, espiritual y cultural.
Con el nuevo modo de producción (el capitalismo) se asentó también
una nueva ciencia, una nueva filosofía, una nueva
ética, una nueva ontología y nuevos ejes que mediarían el
contacto del ser humano con la naturaleza y con los demás seres
humanos.
Esa racionalidad fundamentadora tuvo diferentes formas de
concretizarse en el mundo, manteniendo, con todo, su eje fundamental
y los principios resultantes de este. Las diferentes etapas por las
que atravesó el mundo occidental desde la Revolución Francesa
tienen, de hecho, innumerables peculiaridades y deben ser entendidas
correctamente en esa diversidad para que no se pierda la
historicidad y la concreción del mundo. Con todo, no se puede dejar
escapar el hecho de que todas ellas fueron guiadas y justificadas
por los mismos principios racionales de la civilización burguesa, lo
que da coherencia interna y unidad a fenómenos aparentemente tan
distintos como los que presenciamos hoy y los que estudiamos en la
historia moderna.
El eje central de la racionalidad burguesa, que es el principio
determinante de las relaciones entre los seres humanos y entre estos
y la naturaleza, es el trueque. Todo debe ser subsumido a ese
eje fundamental. Con todo, el tipo de intercambio que funciona como
eje de esa racionalidad no es un intercambio solidario y
complementario – como puede hacer parecer el discurso liberal y la
interpretación ingenua del capitalismo – sino un intercambio
interesado e individualista, cuyo fin no es la satisfacción de los
dos polos implicados, sino la obtención de ventajas para uno de los
dos lados. Llamaré a ese principio trueque competitivo.
El trueque competitivo concedió otro sentido a las relaciones de
intercambio, que poseían, anteriormente, la característica de
complementación, convirtiéndolas en una fuente de acumulación de
riqueza. El mercado pasó a ser el concepto que designa las
relaciones fundamentadas en el trueque competitivo mediadas por el
dinero, y es bajo su prisma donde deben ser considerados el
desarrollo de la sociedad capitalista y el establecimiento de nuevas
relaciones entre los seres humanos. Estos pasan a ser vistos como
individuos aislados que, lanzados a la convivencia social, median su
contacto con el mundo (humano y natural) por la relación del trueque
competitivo.
El establecimiento de ese principio se dio por una praxis concreta
de mantenimiento de la existencia del ser humano burgués, pues,
inicialmente, tenía en el mercantilismo la fuente de su
supervivencia, como individuo y como casta. Si de ello dependía su
existencia, es posible decir que el ser del ser humano
burgués se sustentaba por dicha práctica. Sin ella, el burgués
moriría (se convertiría en no-ser). De ahí la conclusión de
que la práctica mercantil formaba la esencia de la burguesía. No es
difícil, por tanto, entender por qué la lógica interna de la
práctica mercantilista se convirtió en un principio axial de la
racionalidad burguesa que se extendería a la totalidad de su
relación con el mundo externo, pues esta no era nada más que la
manifestación de su esencia.
En torno al eje fundamental del trueque competitivo, se erigió la
racionalidad hoy hegemónica, haciendo que todos los fenómenos del
mundo cotidiano sean comprendidos, en su esencia, como componentes
de una estructura lógica mercantilista. El trueque competitivo (que
fundamenta el mercado) dejó de ser resultado de las relaciones entre
personas para ser un principio nomológico, con el mismo estatus de
la gravitación en la física newtoniana. No es posible pensar nada
fuera de ese referente fundamental.
La ciencia y la tecnología contemporáneas (o el uso que de estas se
hace) también fueron subsumidas a ese principio racional
fundamentador, y por eso aparecen como actividades que conducen
hacia la explotación destructiva de la naturaleza y a la
deshumanización del ser humano.
En cuanto enraizadas también en esa base fundamental, la economía,
la sociología, la ciencia política y los demás saberes dedicados a
la comprensión de las relaciones humanas y la elaboración de
propuestas en sus respectivas áreas no consiguen romper los límites
que demarcan la racionalidad de mercado y sólo son capaces de
elaborar modificaciones internas, dentro del orden, visando al
aumento de la eficacia del sistema o a su desarrollo “no-salvaje”.
En momentos en los que la crisis atinge a la propia racionalidad,
esos saberes quedan sin perspectivas para proponer alternativas para
la humanidad y terminan apenas manifestándose respecto a
circunstancias locales y elaborando proyectos paliativos que tan
sólo minimizan los efectos funestos del actual desarrollo del
mercado mundial. Para poder retomar su capacidad de comprender y de
elaborar soluciones para los problemas propuestos, las llamadas
“ciencias humanas” necesitan fundarse en otra racionalidad – lo que
ya viene ocurriendo, de forma latente, en el trabajo de muchos
intelectuales.
El trueque competitivo tiene como meta final la ganancia. Es el
retorno el que define ese tipo de intercambio. No hay relación
de complementariedad, como el término “trueque” puede sugerir, sino
de pura adquisición. Aunque de mi salga algo para que el trueque se
concrete, esa actitud no es de donación, sino una mediación
para la obtención de aquello por lo cual estoy interesado. El dar
en este caso, aparece apenas como un “mal necesario”. El dar sin
retorno es una actitud impensable y paradójica en el ámbito de la
racionalidad burguesa, por ello tan extraña e incomprendida en las
relaciones humanas actuales. El verdadero fin del trueque
competitivo es lo que recibiré. Si ese fin puede ser obtenido con
una menor mediación, o incluso sin ella, tanto mejor. Optimizar una
relación de trueque competitivo es volver cada vez mayor el ingreso
y cada vez menor el gasto. El discurso legitimador de la
implantación de las medidas neoliberales a través del globo y de la
reorganización de la producción y del mundo del trabajo está
totalmente impregnado por ese ideal de optimización.
De esa dinámica surge un determinado tipo de relación social en la
que, por un lado, se busca la acumulación y la retención máxima de
aquello que está en mi poder y la obtención del retorno máximo en
cualquier empresa. El retorno, en una relación de trueque
competitivo, procede siempre del otro polo de esa relación; o sea,
lo que gano es lo que sale del otro. Situando ese intercambio como
principio fundador de las relaciones humanas, se establece,
automáticamente, la concentración de riquezas y la explotación. La
pobreza y la mala distribución de los bienes no son distorsiones en
el sistema, sino síntomas del pleno establecimiento de esa
racionalidad.
La relación de explotación es resultado de la hipostasia del
mercado, es decir, del hecho de que un tipo determinado de relación
humana se ha convertido en un principio absoluto, autónomo y con
existencia propia (es lo que significa “hipostasiar”). De hecho, la
categoría de “trueque” (fundamento del mercado) procede de una
relación dada entre los seres humanos y depende de ella para tener
sentido (tanto lógico como ontológico); pero la racionalidad
burguesa la sitúa como “causa primera” y “motor inmóvil” de las
relaciones humanas. La explotación ocurre porque las acciones
guiadas por la racionalidad del mercado hipostasiado tienen, al
principio y al final, la meta de sacar (explotar) todo lo que sea
posible del otro polo con el que se relacionan, ya sea este un ser
humano o la naturaleza. La racionalidad burguesa, que tiene en el
liberalismo, y con más fuerza en el neoliberalismo, su expresión
teórica, trae en su esencia una progresiva dinámica de
explotación. Progresiva por tender a la optimización de los
resultados de sus relaciones, que puede observarse tanto en las
relaciones entre corporaciones empresariales y trabajadores como en
las relaciones entre los países del mundo.
Por ser el trueque competitivo el eje fundamental de la racionalidad
dominante, todos los demás principios que balizan ¿marcan? la acción
del ser humano en el mundo y su interpretación de la realidad son
determinados por ella.
La ética burguesa es la ética del mercado. Todo lo que sirve
para la optimización del intercambio es bueno y justo, por tanto
virtuoso. Todo lo que atenta contra la libre competición interesada
es malo e injusto y debe ser combatido por ser un vicio. Privatizar
una empresa incluso a sabiendas de que puede provocar despidos en
masa es éticamente correcto, pues la vida de los trabajadores ocupa
una escala axiológica inferior a la de la lucratividad ¿del lucro?
Ocupar millones de hectáreas de tierra con ganado o dejarla vacía
apenas como bien inmueble (ítem de intercambio en potencia),
mientras que familias enteras mueren por falta de suelo donde
plantar es éticamente correcto (bueno y justo, y por ello, legal).
Ocupar tierras improductivas privadas para plantar y garantizar la
supervivencia de miles de familias es éticamente condenable (malo,
injusto y terminantemente ilegal) y por ello deben ser combatidos y
satanizados todos los movimientos que persigan ese objetivo.
La ontología burguesa es la que atribuye esencia (esse
= ser; o sea, considera como ser) sólo a aquel que posee.
Quien no tiene nada es un no-ser. Obviamente, sólo puede
pertenecer al ámbito de una relación de intercambio quien tiene algo
que intercambiar, aunque ese algo sea tan sólo su fuerza de trabajo.
Quien no posea algo para intercambiar no tiene el mínimo derecho de
beneficiarse con nada, pues simplemente no existe en el
horizonte del trueque competitivo. El único espacio ontológicamente
reconocido es el de la posesión, así como para los griegos antiguos
era el de la pertenencia a Grecia, el de la masculinidad y el del
estatus de hombre libre. Por ello, las inversiones enfocadas hacia
los excluidos son consideradas gastos innecesarios que pueden ser
suprimidos, al mismo tiempo que se niegan derechos básicos a quienes
no pueden pagar por ellos, pues la muerte de quien no es no
es muerte, sino la realización plena de su condición de no ser.
La presencia angustiosa de ese no-ser es realmente incómoda (por
tanto paradójica) para nuestros sentidos, en las calles, en las
barriadas, en las ventanillas de los coches, en los reportajes
especiales, etc. Ninguna manifestación o fenómeno del mundo humano,
o incluso de la naturaleza, son considerados seres si de
ellos no se puede obtener algo que pueda ser intercambiado.
El humanismo burgués reduce al ser humano a los principios de
su capacidad de productividad y de inserción en el mercado.
Numerosos informes sobre los derechos humanos divulgados por algunos
organismos internacionales se refieren a la violación de los
derechos humanos como un obstáculo para la capacidad productiva de
los individuos afectados. Se dice que una mujer víctima de violencia
produce menos que una que no la sufre; que condiciones insalubres e
inhumanas de trabajo hacen caer la productividad, etc., como si ese
fuese el único argumento capaz de convencer a las empresas y estados
sobre la necesidad de respetar los derechos del ser humano. La
inclusión de los negros, discapacitados, viejos y niños y su
reconocimiento como ciudadanos sólo acontece cuando se descubre en
ellos un “nicho de mercado” y pasan a valer no por lo que son, sino
por su capacidad de consumo.
Por todo ello, cuando nos falta otra racionalidad, contemplamos el
mundo bajo el prisma de la racionalidad burguesa – que moldea los
fenómenos de acuerdo con su eje central y con los principios
resultantes de esta – y nuestra acción cotidiana acaba reproduciendo
todas las relaciones originarias en ella. Así se piensa el mundo,
así se desarrollan las ciencias, se aplica la tecnología, se
elaboran políticas públicas, se imponen planes económicos. De este
modo se relacionan hombres y mujeres entre sí. Y así, precisamente
así, se va destruyendo toda la humanidad.
La predominancia de esta racionalidad tiene efectos perceptibles en
las relaciones entre los seres humanos y entre estos y la
Naturaleza.
1) Entre los seres humanos, los efectos de esa racionalidad
crean un clima de tensión constante. La tensión es una
característica predominante en la sociedad capitalista. Esta
acontece puesto que el intercambio precisa siempre de dos polos para
llevarse a cabo. En un intercambio complementario, cuyo objetivo es
suplir aquello que falta en cada polo a partir de lo que sobra en el
otro (dentro de una perspectiva de cooperación), no existe tensión,
ya que los dos polos convergen hacia un mismo objetivo. Sin embargo,
en el trueque competitivo, en el que la meta es la obtención del
máximo de ventajas y la retención del logro obtenido, los dos polos
divergen en sus objetivos, pues el de cada uno apunta hacia el suyo
propio. El otro polo del trueque competitivo (aquel que se quiere
explotar y del que se desea obtener ventajas) es también
inmediatamente sujeto y, como tal, también querrá beneficiarse del
intercambio. De esa tensión resultan los innumerables conflictos
sociales existentes. Esos conflictos suceden en el interior mismo de
las clases sociales, lo que explica en parte tanto el descontrol del
mercado financiero, la quiebra de competidores, etc., como la
violencia que se propaga entre las clases subordinadas de diversos
países.
Esa tensión, sin embargo, toma dimensiones más dramáticas cuando las
clases subordinadas, sintiendo la miseria hacia la cual son lanzadas
progresivamente y percibiendo una completa desventaja en esa
relación de trueque predominante (ya sea porque intercambian su
fuerza de trabajo por valores mucho menores que lo necesario, o
porque no poseen nada para trocar), salen en busca de la
compensación. En ese caso la tensión latente se materializa en
conflictos sociales de mayores proporciones.
La inseguridad social, el aumento de la violencia, la difusión del
crimen, la desvalorización de la vida humana y el terror son hoy
fenómenos que forman parte de la sociedad mundial de forma tan
intrínseca que parecen ser una característica “natural” de la
sociedad moderna. Sin embargo, es la búsqueda desordenada por la
supervivencia negada, orientada por una ética individualizante y
competitiva, la que lleva al ser humano a dar rienda suelta a un
instinto de defensa presente en los animales, que tiende hacia el
ataque violento. La convivencia pacífica entre animales hambrientos
de una misma especie (incluso entre los más dóciles) termina cuando
tienen que disputar el poco de comida que les fue arrojada. Llevada
a disputar lo poco que sobra de la acumulación desmedida registrada
en el mundo globalizado, la población se vuelve contra sí misma en
una tentativa irracional y violenta de supervivencia.
Nuevos modelos concretos de producción y de sociabilidad sólo se
sustentan si se fundamentan en una acción organizada y basada en
otra racionalidad que les de sentido y coherencia. Una reacción de
las poblaciones más pobres que puede venir a amenazar la hegemonía
de la cosmovisión liberal y, por tanto, la perpetuación del
capitalismo, es la que traiga consigo, además de los conflictos
concretos manifestados en la lucha social, la afirmación de una
nueva racionalidad, fundamentada en otros ejes de relaciones humanas
que no los principios resultantes del trueque competitivo. Esa
reacción no se da sólo en el campo de la lucha política, social y
económica, sino también, y complementariamente, en el plano
racional, intelectual, teórico, científico, ético, axiológico,
relacional, cultural, etc. Por tanto, el aspecto racional-subjetivo
de la acción social es lo que concede plenitud a una práctica
histórica revolucionaria.
La tensión social no es un fallo del sistema que pueda ser
corregido por modificaciones puntuales resultantes de proyectos
locales en el interior de la racionalidad burguesa. La tensión es
una consecuencia lógica de esa racionalidad y su eliminación
(al menos en el aspecto social) sólo puede darse a partir de su
substitución por otra. Por ello, la única alternativa realmente
tomada en serio actualmente por las clases dirigentes ha sido la
eliminación de la parte reactiva del polo más débil involucrado en
el trueque competitivo, a través de la violencia institucional, del
encarcelamiento de los sectores marginados, del refuerzo de las
medidas de represión, de la “brutalización” de los pobres y de la
criminalización de sus movimientos sociales.
Frente a la tensión esencial que el principio del trueque
competitivo establece en la relación entre los seres humanos y a la
amenaza constante de que se vuelva contra los principios
fundamentales de la racionalidad de mercado, las clases dominantes
echan mano de diversos medios para estar en ventaja en esa disputa y
para que la explotación se perpetúe. Por un lado, se crea la ilusión
de la obtención de ventajas por medio de diversas concesiones para
las clases dominadas, homeopáticamente dosificadas, de forma que
aquello que les es de derecho pase a ser interpretado y
celebrado como beneficio. El usufructo de algún recurso (como
el agua, la energía, las telecomunicaciones, etc.), la atención de
la salud, el transporte, la vivienda, las pensiones, el
direccionamiento de recursos públicos, etc. Pasan a ser manipulados
como componentes del intercambio y no como derechos inalienables de
todo ciudadano. De otro lado, se establece una amenaza (tácita y/o
explícita) de violencia contra todos aquellos que quisieren huir de
las reglas del trueque establecidas por las clases dominantes,
echando mano, para ello, tanto del aparato jurídico y represivo del
Estado y de la fuerza de la ley como de la propia violencia no
institucionalizada, o sea, la de grupos paramilitares, escuadrones
de la muerte y asesinos a sueldo, la de los sótanos de las
comisarías y de la practica de los agentes, de los linchamientos,
etc.
Con todo, el más eficaz de los mecanismos empleados para optimizar
la relación de trueque y para no tener que enfrentarse de igual a
igual a las clases subordinadas es la opresión.(NOTA
3) El otro, sofocado por artificios que le hurtan la
capacidad de negociar, de pensar, de construir una cosmovisión
alternativa e incluso de tener algo que poder usar como mediación
estratégica en el trueque, está destinado a salir siempre en
desventaja. Un pueblo oprimido es siempre más explotado. La falta de
acceso a la educación, la ausencia de estímulo para la formación de
una conciencia crítica, la importación de la cultura y la
sobreexposición a la cultura de masas industrializada, la
desvalorización del arte y de las expresiones culturales autóctonas,
la imitación de modelos teóricos europeos y estadounidenses, el
empobrecimiento extremo, etc. son todos medios para el ejercicio de
la opresión y cumplen un papel bien determinado en el mantenimiento
de la racionalidad dominante. No me parece correcto dar a esos
problemas la mera característica de decadencia moral, intelectual o
cultural de una sociedad o tratarlos como si fuesen resultado de la
falta de “voluntad política” de los gobernantes, pues se insertan en
una lógica coherente que les da una significación más profunda.
En un mundo en el que la lucha contra las dictaduras y la tiranía
matizó, de cierta manera, la conciencia de la sociedad civil
mundial, el recurso de la opresión es la forma más eficiente de
mantener apartados los riesgos de un conflicto que pueda amenazar la
perpetuación de la racionalidad de mercado. El uso de la fuerza y de
la represión puede tener consecuencias ambiguas y es rápidamente
repudiado por organizaciones mundiales, mientras la opresión torna
posible incluso la atribución del fracaso individual a si mismo y no
a ninguna regla “leonina” establecida por los ganadores del juego.
Es común, por ejemplo, ver a los desempleados atribuyendo la causa
del desempleo a la falta de estudios o de cualificación profesional,
o a alguna desventura impuesta por el destino o por Dios.
Por ello, la ofensiva ideológica que intenta establecer la dictadura
del pensamiento único y sofocar cualquier intento de pensamiento
a partir de los explotados, ha tomado posesión de espacios que
van desde el ambiente académico hasta el mundo del entretenimiento,
pasando (como no podría ser de otro modo) por el universo religioso.
Ciertamente, no es casualidad que muchos intelectuales no se cansen
de repetir que ideas como “lucha social”, “sindicalismo”,
“revolución”, “cultura nacional”, “socialismo”, “soberanía nacional”
son ideas ultrapasadas, pertenecientes a un tiempo que cambió con la
globalización. Los defensores de esas “ideas fosilizadas”, según
dicen, son personas anacrónicas, pues continúan aferradas a ideas
que no se sustentan en el mundo “pos-moderno”. Sin embargo, es más
probable que esos intelectuales que piensan de ese modo hayan sido
acometidos por una especie de “síndrome de anacronismo futuro”, pues
perdieron la coherencia con su tiempo no por fijarse en ideas
anticuadas, sino por sustentar su discurso en ideas que están más
allá de lo que es posible constatar en el mundo presente (me refiero
a la realidad del Tercer Mundo).
Decir que la “lucha sindical” es algo ultrapasado en Latinoamérica,
que tiene países con los menores índices salariales del mundo; decir
que la disputa social dislocó su eje hacia “nuevos derechos” cuando
millones de personas sufren hambre, mueren de enfermedades
fácilmente tratables, no tienen pan sobre sus mesas, no poseen una
instrucción básica y no tienen acceso al agua potable; atribuir un
papel exclusivamente “propositivo” a los movimientos sociales,
cuando los gobiernos reducen progresiva y drásticamente los recursos
de las áreas sociales y subvencionan a banqueros, especuladores y
multinacionales con recursos públicos; transferir la lucha social
apenas hacia el campo discursivo y simbólico, mientras
agricultores sin tierra derraman sangre en conflictos con policías y
grupos paramilitares; todo ello es síntoma de “anacronismo futuro”,
manifestado en pomposos discursos de muchos filósofos, antropólogos,
politólogos, sociólogos y derivados, aunque vivan en el Tercer
Mundo. Lo que se esconde tras esa pompa de muchos intelectuales es
un pensamiento oprimido, incapaz de pensar a partir de su mundo y de
sus problemas concretos.
2) Esa tensión existente en la relación de los seres humanos entre
sí no se muestra, de inmediato, en la relación entre el ser
humano y la naturaleza. En este caso, la explotación es
aparentemente unilateral, una vez que la naturaleza no aparece
inmediatamente como sujeto en el intercambio y, por tanto, no crea
tensión en la relación. En la racionalidad burguesa la naturaleza es
apenas objeto de dominio y extracción de riquezas para el ser
humano. Esa relación fue siendo construida por la praxis de la
producción burguesa, cuyo fulcro era la transformación de los
objetos naturales en productos-mercancías. Cuanto más se pudiese
extraer de la naturaleza, mayor sería la acumulación resultante. Esa
relación de rapiña se exacerbó con el éxito de los conocimientos
científicos de los siglos XVII y XVIII, aplicados en la Revolución
Industrial, y tienen su mayor expresión teórica en el pensamiento de
Francis Bacon, que elaboró para la ciencia una teleología y una
pragmática. La naturaleza pasó a ser vista como fuente de riquezas y
de beneficios para el hombre, desde que bien comprendida por la
ciencia (preferentemente bajo tortura, según Bacon) y transformada
por la tecnología.
La consecuencia de esa forma de relacionarse con la naturaleza es la
explotación irracional de los recursos naturales y su consecuente
agotamiento. La mediación de “dar”, en este caso, es dispensable, ya
que ninguna tensión visible se establece cuando el ser humano busca
obtener ventajas de la naturaleza. O sea, la naturaleza no pide (en
el acto) nada como intercambio de sus recursos y hace posible la
optimización del trueque competitivo con el 100% de ventaja para uno
de los polos. Es sólo cuando el ser humano siente amenazada su
supervivencia en función de la explotación de la naturaleza cuando
percibe, en su dependencia de los recursos naturales, que la
naturaleza es también sujeto en una relación de intercambio. Pero la
racionalidad hegemónica fundada en el trueque competitivo no
comporta ningún tipo de relación diferenciada con la naturaleza, por
más que intenten hacerlo a partir de conferencias mundiales. La
lógica del mercado es demasiado inmediatista para hacer pronósticos
a largo plazo (o sea, cuyo tiempo sobrepase una generación) y
continúa sin percibir que la naturaleza es también un polo activo en
el intercambio. Por ello no ha sido posible construir relaciones
diferentes con el ecosistema, pues no se intenta modificar el
principio fundamentador de esas relaciones.
La percepción de la catástrofe ecológica hace que las nuevas
generaciones se encuentren bombardeadas con una educación que
procura ser ecológicamente correcta y desarrollar en los niños un
sentido de respeto hacia la naturaleza. El ciudadano se ve sometido
a una serie de campañas que apelan genéricamente a la conservación
de la naturaleza, como si de su práctica y costumbres individuales y
cotidianas (y solamente de estas) dependiese la renovación de los
recursos naturales, el mantenimiento de la biodiversidad, la
potabilidad de las aguas y la respirabilidad del aire. Pero, como la
educación y la cultura siguen estando fundamentadas en los ejes
determinantes de la racionalidad burguesa, cuando los niños se
vuelvan adultos y se vean obligados a gestionar la sociedad de
mercado, en diversas de sus instancias e instituciones, y se sientan
impelidos por sus reglas, su aprendizaje será sólo un romanticismo
pueril y los principios aprendidos serán totalmente relegados y
suplantados por las exigencias del trueque competitivo. Si la
educación se enfocase hacia la destrucción de la estructura racional
dominante, que orienta la acción del ser humano en la naturaleza, la
conciencia ecológica sería una consecuencia casi automática. Es por
no destruir ni crear nuevas bases para la interpretación de la
realidad, por lo que las campañas en defensa del agua, de la
biodiversidad, del aire puro, etc., se limitan a ser como una
especie de suspiro melancólico por algo de lo que ya se tiene la
certeza de que se ha perdido. Deleite para los publicitarios,
limpieza de conciencia para gobiernos y empresas y una novela más
para que los ciudadanos se conmuevan.
Otro principio que resulta del eje central de la racionalidad
burguesa es el individualismo, que se impone como concepto
balizador de la comprensión y de la acción en la sociedad. Si la
meta del ser humano es competir con el otro, obtener ventajas y
retener ganancias, no hay espacio para una visión de integración
entre personas, quedando tan sólo el individuo como principio último
de la estructura social.
La moral resultante del principio de individualismo se expresa en la
famosa máxima moral, bastante popularizada, que individualiza el
derecho y otorga un carácter de tensión a las relaciones sociales:
“su derecho termina donde comienza el mío”. En esa máxima, el límite
del derecho individual es la presencia de otro individuo (en el
singular) y no la convivencia social. En una sociedad abisalmente
estratificada y fundamentada en la propiedad privada, ese aforismo
se concretiza en afirmaciones (y acciones consecuentes) que podrían
ser tipificadas así: “su derecho de tener tierra y plantar termina
donde comienza mi derecho de acumular privadamente grandes
latifundios, aunque sean improductivos”; o “su derecho de tener
empleo termina donde comienza mi derecho de reorganizar la
producción en mi fábrica”; o “su derecho de saciar su hambre termina
donde comienza mi derecho de concentrar, derrochar y desperdiciar
alimentos”; “su derecho a un salario digno termina donde comienza mi
derecho de ampliar mis lucros estratosféricamente”, etc. (Nótese que
en la segunda parte de esas sentencias no hay ninguna actividad
ilegal o moralmente condenable desde el punto de vista del mercado).
Según Hayek, el principal elaborador del neoliberalismo, cualquier
intento de planificación de la economía y de la vida social (ya sea
por el Estado o por el conjunto de la sociedad) que rechace el
individualismo fundamental de las ideas liberales es perverso en
esencia, pues es
|
(…) imposible a cualquier intelecto abarcar
la infinita gama de diferentes necesidades de diferentes
individuos que compiten entre si por la posesión de los
recursos disponibles (…). (Cursiva mía)
De ahí la conclusión de que
Se debe permitir al individuo, dentro de ciertos límites,
seguir sus propios valores y preferencias en vez de los de
otros; y que, en este contexto, el sistema de objetivos del
individuo debe ser soberano, no estando sujeto a los
dictámenes ajenos. Es ese reconocimiento del individuo como
juez supremo de los propios objetivos, es la convicción de que
sus ideas deberían gobernar tanto como sea posible su
conducta, lo que constituye la esencia de la visión
individualista. (Hayek, 1990, p. 76)
|
Nótese aquí, por las afirmaciones de Hayek, que el establecimiento
del individualismo como principio es una consecuencia de la
concepción de que la sociedad es un conjunto de “individuos que
compiten entre sí por la posesión de los bienes disponibles”. Por
tanto, no es un principio axiomático o autoevidente, sino originario
del eje central de la racionalidad burguesa. Eso significa que toda
la doctrina individualista y el conjunto de sus aplicaciones
concretas se desmoronan cuando se establece otro eje fundamentador
de una racionalidad. Pero la idea de que la humanidad es un conjunto
de individuos en competición no se sustenta si consideramos el ser
humano en toda su historia.
La aparente cientificidad u obviedad de la afirmación del individuo
como principio basal y único de la sociedad se debe a la aplicación
del método científico cartesiano a la realidad social. En los
orígenes del liberalismo, el filósofo inglés John Locke (1632-1704)
fundamentó toda su concepción política y social en la consideración
del individuo como constituyente último y elemental de la
sociedad. Aplicando el método analítico de Descartes (entronizado
por la ciencia moderna), en el cual, para que se comprenda alguna
cosa debería separarse en sus partes menores constituyentes, Locke
llega a la unidad básica de la sociedad, el individuo, y a partir de
ahí construye su teoría política.
La autoregulación de la sociedad por las leyes de mercado y la
afirmación del individualismo pasaron a funcionar como leyes
naturales, como las que rigen el movimiento de los cuerpos sobre la
Tierra o la órbita de los planetas en el sistema solar. Intentaron
transferir a la teoría social el éxito que la física había obtenido
en explicar y controlar la realidad natural. A partir de ahí,
cualquier teoría que intentase negar esos principios fue tratada
como un error científico, pues no se puede negar una “ley de la
naturaleza”.
El equívoco de la concepción individualista es trabajar con una
abstracción indeterminada (el individuo tout court) y
situarla como principio basal de la vida humana. De hecho, si
fuéramos a analizar qué es un individuo humano, este no se
caracteriza tan sólo por su estructura biológica o por pertenecer a
una determinada especie animal. En la esencia de lo que se
considera humano está el lenguaje, el trabajo, las costumbres, la
cultura, etc., y esto sólo se adquiere en la vida en sociedad.
Aislado del medio social el ser humano no se humaniza. Por tanto, un
conjunto de individuos “no humanizados” no forma una sociedad. Las
niñas Amala y Kamala que fueron encontradas en la India, en 1920,
criadas por familias de lobos, no presentaban ninguna característica
humana como el bipedalismo, los hábitos alimenticios, el lenguaje,
emociones como el llanto o la risa o alguna forma de cultura y
trabajo consciente. Exceptuando su constitución genética, en todo lo
demás eran semejantes a los lobos. Un grupo de niñas-lobo no forma,
inmediatamente, una sociedad humana. Por consiguiente, la
sociabilidad se impone, por un criterio lógico, como anterior
y determinante del individuo humano, aunque históricamente no se
pueda tener tampoco una sociedad sin individuos. En ese sentido, es
un error considerar al ser humano al margen de su relación con la
naturaleza y con otro ser humano.
Es la visión individualista de la sociedad la que fundamenta la
aparente incontrolabilidad de la economía y la convincente ilusión
de que el mercado financiero y las bolsas de valores son una especie
de monstruo de Frankenstein, cuyo control escapó de las manos de
cualquier otra institución humana y que se desarrolla de “motu
propio”. Esa concepción nos lleva a aceptar que las crisis mundiales
(principalmente las financieras) están por encima de la voluntad de
los gobiernos o de cualquier control humano. Pues comprendiendo,
como Hayek y los neoliberales, al conjunto de la sociedad mundial
como una suma de individuos en competición, no existe la posibilidad
para una de esas partes en disputa, o una institución “de fuera”
(como el Estado) de intentar concentrar todo el conocimiento
necesario para tener el mercado o la sociedad bajo su batuta. Nos
queda sólo, bajo esa óptica, conmemorar o lamentar el destino que el
mercado nos reservó. Éxito y fracaso son ambos una mezcla de suerte
y competencia individual. Veamos lo que dice el propio Hayek:
|
Se bien que la competencia y la justicia
poco tienen en común, ambas son dignas de elogio justamente
por no admitir discriminación entre las personas. La
imposibilidad de prever quién tendrá éxito y quién fracasará,
el hecho de que las recompensas y pérdidas no serán
distribuidas según un determinado concepto de mérito y
demérito, dependiendo primero de la capacidad y de la suerte
de cada uno – eso es tan importante cuanto no seremos capaces
de prever, en la elaboración de las leyes, quien saldrá
ganando o perdiendo en particular con su aplicación. Y la
circunstancia de que, en el régimen de la competencia, el
destino de las diferentes personas sea determinado no sólo por
la habilidad y la capacidad de prever, sino también por el
azar y la suerte no torna eso menos verdadero (Hayek, 1990, p.
109) |
“La imposibilidad de prever quién tendrá éxito y quién fracasará…”
Pensemos sólo en un ejemplo: póngase al heredero del
mega-especulador George Soros y a una criatura hambrienta y
cadavérica de Somalia para disputar la aplicación de recursos en el
mercado financiero a partir de la posesión individual de cada uno.
¿Es imposible prever quién tendrá éxito y quién fracasará?… Para los
neoliberales, es la ausencia de cualquier intervención de fuera en
esa disputa la que garantizará la justicia en la competencia entre
los dos. Una intervención a favor de la criatura somalí sería una
perturbación del orden natural de selección y competitividad y, como
tal, debe ser rechazada.
El principio del individualismo, como consecuencia del eje del
trueque competitivo, fue, por tanto, construido en función de una
praxis determinada (vale repetir, la praxis que posibilitó la
existencia de la burguesía) y extendido a toda la humanidad como
precepto inexorable y constituyente de la esencia de cualquier forma
de relación social. Por ello, así como fue forjado por una
civilización específica, puede ser destruido y sustituido por otro
que venga a caracterizar una nueva civilización.
Fue construyendo, concretizando y alimentando la racionalidad del
trueque competitivo como las camadas hegemónicas de la sociedad
mundial consiguieron sustentar el capitalismo, haciéndolo
reproducirse no sólo en el plano objetivo, sino también, y
fundamentalmente, en el plano de la subjetividad humana. Con todo,
las relaciones humanas balizadas por esa racionalidad condujeron al
planeta al borde de la destrucción, como manifiestan las crisis
mencionadas anteriormente. Ninguna alternativa es viable sin una
transformación radical de ese fondo racional bajo el cual el ser
humano se relaciona con el exterior. Las “campañas de
concienciación” en cuanto a la criminalidad y la violencia, la
estimulación de un “espíritu caritativo” y (pseudo) solidario con
los excluidos, la creación de una “sensibilidad ecológica” (como si
sólo incumbiese al individuo la responsabilidad de la salvación de
la naturaleza) e incluso las reorganizaciones de la economía que
ocasionalmente son propuestas o ensayadas aquí y allá por partidos
que se autodenominan de “centro-izquierda” se vuelven inocuas si no
hay un cambio de racionalidad.
Las crisis que ahora se presentan a la humanidad colocan a la
racionalidad burguesa en una encrucijada: o se destruye o destruye
al ser humano. Lo que el mundo vive hoy en día es el comienzo del
fin de una civilización, la que fue fruto de la hegemonía de la
burguesía. Concebido históricamente, el declive de una civilización
no es un hecho inédito. La particularidad de nuestro tiempo es que
el colapso de esta civilización puede arrastrar consigo a toda la
humanidad, pues, por primera vez en la historia, el ser humano puede
destruir el planeta entero. La única alternativa es el
establecimiento de una nueva civilización fundamentada en otros
principios, resultantes de otra forma de producción de la existencia
humana, que balizará nuestra relación con la naturaleza y con el
otro.
El ejemplo de la historia de la humanidad nos lleva a la conclusión
de que la destrucción definitiva de una racionalidad sólo se realiza
con la afirmación de otra. Mientras eso no ocurre, o sea, en los
intersticios entre el declive de una civilización y el
establecimiento de otra, el irracionalismo – que siempre se
manifiesta, aunque de forma no preponderante, incluso en los
momentos de apogeo de una racionalidad – ocupa de forma vigorosa el
vacío racional que ha sido dejado. Ese irracionalismo se manifiesta
en una fuerte tendencia al escepticismo, en un cierto fatalismo en
cuanto a los destinos de la humanidad, en la ausencia de
perspectivas para la vida, en el apego al misticismo, a la magia y
al esoterismo, etc. que caracterizaran tantos periodos de la
historia occidental y que hoy aparecen como un “espíritu de nuestra
época” (el Geist der Zeit – o Zeitgeist – hegeliano).
No es necesaria mucha perspicacia para percibir el aumento de esas
tendencias en los tiempos actuales.
Estamos viviendo hoy, al mismo tiempo, la conquista global de la
racionalidad burguesa y la crisis de esa civilización. No estamos en
un nuevo periodo histórico, que pueda ser caracterizado de
“pos-moderno” u otro nombre, sino en una fase de crisis de la
civilización capitalista. Por ello, sentimos también un cierto vacío
racional y el crecimiento del irracionalismo. Pero es también en
este periodo en el que se identifican gérmenes de reconstrucción de
la racionalidad, a partir de nuevas formas de producción de la
existencia humana, y la posibilidad de la afirmación histórica de
una nueva civilización. Sólo con base en esos nuevos ejes racionales
la humanidad, hoy, podrá librarse de la destrucción.
4. EL PRINCIPIO DE COOPERACIÓN
Sólo es posible comenzar a buscar alternativas que garanticen la
continuidad de la existencia de la especie humana en el planeta si
la racionalidad que tiene como principio fundamental el trueque
competitivo fuere destruida. Pero esa destrucción debe tener un
papel propedéutico y no constituirse como un fin en si misma. Debe
ser un momento metodológico que prepare la afirmación de una nueva
racionalidad fundada en otro eje, a partir del cual puedan alzarse
otros principios que vengan a balizar las nuevas relaciones de los
seres humanos entre sí y con la naturaleza, además de ser el
ambiente racional a partir del cual tomarán otro sentido la ciencia,
la tecnología, la filosofía, la religión, el derecho, el sentido
común, etc. La constitución de una nueva racionalidad debe darse
incluso bajo la hegemonía de la racionalidad que se intenta superar,
para que ya se pueda contar con una alternativa concreta cuando la
crisis de un proceso civilizador haya llegado a su punto máximo.
Actualmente, con la fase del mercado globalizado (y eso es mucho más
que una globalización económica), las crisis que se agigantan
tienden sólo a exacerbarse aún más. Los embates contra esa
racionalidad deben, por tanto, estar acompañados por el
establecimiento de nuevos principios que puedan constituirse como
una racionalidad alternativa y caracterizar un nuevo proceso
civilizador. Esto tiende a dar un nuevo carácter a la lucha social,
sin abandonar el enfrentamiento cotidiano protagonizado por las
organizaciones y movimientos sociales, pero dándole también un
carácter edificante.
La afirmación de esa nueva racionalidad no puede ser una actividad
puramente teórica, pues debe estar acompañada de la puesta en
práctica concreta de alternativas que sustenten la vida humana y de
la gestación de una nueva civilización. Esta es, bajo todos los
aspectos, una acción histórica y no inmediata. Su construcción tiene
un carácter profundamente praxiológico, considerando ese
término en el sentido más profundo de una relación dialéctica entre
la actividad teórica y la práctica social.
En ese sentido, es posible iniciar hoy esa construcción en función
de lo que nos señala la historia reciente y la actividad de diversos
grupos sociales que han conseguido resolver problemas de
supervivencia fuera de la racionalidad del mercado (y contra ella),
apuntando hacia nuevas relaciones.
Los problemas de desempleo estructural y de exclusión social – que,
como vimos, son consecuencias necesarias de la racionalidad del
mercado – han llevado a que inmensos contingentes poblacionales se
vean sin sustento y vean amenazada su existencia. Esto ha generado
dos consecuencias, ambas de carácter ontológico, pues determinan la
esencia de grandes sectores de la población que persiguen escapar de
la muerte y del sufrimiento (es decir, de la aniquilación de su
ser).
Por un lado, muchos se entregan a la criminalidad, a las actividades
clandestinas e ilegales, a la economía informal sin un mínimo de
seguridad social, etc. Esas actividades – que producen la muerte de
muchas personas, que suponen un peligro constante e inseguridad para
los que se dedican a ellas y para quienes van destinadas, que
exacerban el “sálvese quién pueda” y liberan instintos animales – se
convierten en la praxis que constituye la esencia de un inmenso
número de seres humanos. En ese caso, la barbarie acaba siendo el
horizonte que sustenta el ser de gran parte de la población.
No se puede negar que esa atmósfera tétrica nos tiene cada vez más
amedrentados, creando un clima de apocalipsis inminente. El ser
humano teme a su semejante. La barbarie se alza así hasta niveles
ontológicos y antropológicos.
Pero, por otra parte, en el mundo entero han aumentado las
experiencias de supervivencia a través de una producción
cooperativizada y autogestionaria. En esos casos,
millones de trabajadores del mundo, en el campo y en las ciudades se
han agrupado en cooperativas, en las cuales no existe la relación de
explotación entre patrón y empleado (una vez que no existen esas dos
figuras), la producción está al servicio de la vida humana (y no al
contrario) y la colaboración entre los agentes humanos productivos
es el principio que debe, necesariamente, predominar. A partir de
una alternativa concreta de producción fuera de la racionalidad del
trueque competitivo, muchas personas han encontrado un nuevo soporte
para el mantenimiento de su existencia. Muchas de ellas tienen
incluso una gran preocupación por poner en práctica una producción
que no dañe la naturaleza y no agote sus recursos (algunas incluso
se constituyen para actuar en actividades de recuperación de los
recursos naturales y reciclaje de materiales). Estas prácticas
crecen tanto en el medio urbano como en el medio rural.
Esa forma de mantenimiento de la existencia tiende a conformar
necesariamente una nueva esencia para el ser humano, pues ha sido la
práctica productora del ser de un gran contingente de
personas. Es posible que ahí esté siendo gestada una nueva
civilización, pues cada vez más la economía actual está empujando a
más gente hacia esa forma de producción. Los agentes de una economía
cooperativizada garantizan su existencia a través de una práctica de
cooperación. Por ello, el eje fundamentador de una posible nueva
racionalidad defendida aquí – que debe convertirse en la
manifestación de una nueva esencia humana – es el principio de
cooperación.
Ese eje se coloca en clara contradicción con el del trueque
competitivo y, por eso, su afirmación es necesariamente
revolucionaria. No podemos concebirlo como una adecuación al
orden predominante, sino como praxis destructora del eje
fundamentador de la economía capitalista y de todas las relaciones
sociales sometidas a la racionalidad del mercado. Es a partir de ese
eje que se edificarán las demás formas de relación humana, nuestras
construcciones teóricas, nuestra ontología, nuestra ética, nuestro
humanismo, nuestra visión sobre el universo y nuestra acción sobre
la naturaleza.
La creación de cooperativas no es una novedad. Incontables
experiencias se dan por todo el planeta, pero la mayor parte de
ellas apenas son ocasionales y reproducen toda la lógica del mercado
y de la producción capitalista, ya que contratan mano de obra
asalariada y no hacen de la colaboración el fundamento de la
producción. Muchas de ellas tienen como objetivo únicamente ganar
espacio en el mercado y acumular riquezas para un pequeño grupo de
socios de las cooperativas. Lo que hay de diferente en muchas
experiencias actuales es la conformación de un proceso que renuncia
a la acumulación y a la explotación de la plusvalía y rompe con la
división entre propietarios y trabajadores. La producción
cooperativizada, en el actual contexto mundial, adquiere un nuevo
sentido. Se torna en afirmación de una nueva práctica económica que
puede constituirse en una alternativa para la crisis global del
capitalismo.
(NOTA 4)
Esa praxis concreta de mantenimiento de la vida del ser humano puede
dar soporte al establecimiento del principio de cooperación
como eje de una nueva racionalidad. No se trata, por tanto, sólo de
la sustitución teórica de un principio por otro, sino del comienzo
de un nuevo proceso civilizador, en todas sus dimensiones.
El establecimiento del principio de cooperación como eje racional
fundamentador, en oposición al del trueque competitivo, además de
garantizar la supervivencia de un gran número de personas,
posibilita una mayor aproximación del universo subjetivo humano
hacia la praxis que histórica y antropológicamente, facilitó la
existencia del ser humano como especie y evitó su extinción. Es la
posibilidad de reencuentro del ser humano con su esencia, perdida
por las conformaciones históricas fundamentadas en la explotación.
La biología, actualmente, con la ayuda de estudios procedentes de la
lingüística, de la biología molecular, de la paleontología e incluso
de la historia del arte, tiende a no seguir atribuyendo el salto que
diferenció al ser humano de los demás simios al tamaño de nuestro
cerebro y a algunas otras diferencias anatómicas (como las que
permitieran la postura erguida y el uso de las manos). Esa
explicación se coloca bajo sospecha y se tiende hoy a decir que el
volumen del cerebro fue una condición necesaria, pero no suficiente,
para la “humanización” de nuestra especie (Diamond, in Murphy &
O’Neill, 1997). Esto está basado en que los fósiles más antiguos de
Homo sapiens anatómicamente modernos, o sea, que poseían un
cerebro del tamaño del nuestro y características anatómicas
prácticamente idénticas a las actuales, fueron encontrados en África
y datan de hace 100 mil años. En aquel periodo, Europa estaba
dominada por el hombre Neanderthal, que, aunque con un volumen
cerebral superior al nuestro, presentaba una musculatura y anatomía
de los huesos diferenciada. Los hallazgos arqueológicos de los
yacimientos de África del Sur muestran que los Homo sapiens
de ese periodo no se diferenciaban culturalmente en nada de los
Neardenthales, hecho que no debía ser constatado si el elemento
determinante de la diferencia fuese el volumen del cerebro y la
anatomía de los huesos. Era de esperar, por ejemplo, que la
evolución del tamaño del cerebro de los homínidos que culminó con
Homo sapiens hubiese venido acompañada por una evolución en la
producción de artefactos complejos, en el arte, en la cultura, etc.
Aún así, no hay ningún vestigio de evidencias arqueológicas que
puedan establecer esa relación. Nuestros antepasados de 100 mil años
atrás apenas destacaban por el uso del fuego y de algunas
herramientas rudimentarias de piedra.
Los primeros indicios de la moderna capacidad cultural e inventiva
del ser humano sólo fueron encontrados en Europa y datan de hace 38
mil años, el mismo periodo de datación de los primeros ejemplares de
Homo sapiens encontrados en ese continente (conocidos como
hombres de Cro-Magnon). A partir de esa época surgen instrumentos
musicales, pinturas rupestres, pequeñas esculturas, rituales de
entierro de los muertos, armas de caza, herramientas más complejas,
construcción de habitaciones, costura de ropas, empleo de
embarcaciones, etc. Esa capacidad, desde entonces, se volvió tan
dinámica y variada que su crecimiento y complejidad avanzaron en
progresión geométrica. Esto revela que hubo un largo periodo, de
hace 100 mil a 38 mil años (un intervalo por tanto de cerca de 62
mil años), en que el Homo sapiens no manifestó su capacidad
cultural e inventiva moderna, a pesar de tener un cerebro y anatomía
iguales a las nuestras y de la probabilidad de que su estructura
genética fuese en un 99,9% igual a la del ser humano actual (Diamond,
in Murphy & O’Neill, 1997). A partir de un momento dado, sin
embargo, acontece el boom de la capacidad cultural e
inventiva del ser humano, que lo vuelve sustancialmente diferente de
los otros animales. Es cierto que esa capacidad vino siendo
desarrollada gradualmente en esos 62 mil años, pero el indicio de
las mutaciones anatómicas y del volumen cerebral que nos diferenció
de los chimpancés y culminó en el Homo sapiens datan de hace
unos 7 millones de años.
Estudios comparativos han mostrado que nuestro ADN se diferencia del
ADN del chimpancé en tan sólo un 1,6%. Dado que gran parte de
nuestro ADN (90%) no ocasiona peculiaridades fenotípicas (es no
codificante) y que, por ello, una buena parte de la diferencia de
nuestro ADN con el del chimpancé no influencia nuestro
comportamiento, se puede decir que la proporción genética
verdaderamente responsable de la diferenciación del ser humano no
sobrepasa el 0,16%. ¿Pero por que somos tan diferentes?
La respuesta más común, de que esos genes son responsables del
tamaño de nuestro cerebro y que, por ello, son estos los que marcan
la diferencia, tienen pocas posibilidades de sustentarse, por los
motivos ya abordados arriba. La hipótesis más plausible – por el
número de argumentos y evidencias procedentes de otras ciencias, que
la corrobora y la hace coherente con el fenómeno analizado – es la
de que una pequeña porción del DNA, la que contiene los genes
responsables del perfeccionamiento del lenguaje, es la
verdadera responsable del salto que convirtió al integrante del
género Homo en un ser diferente de los demás primates. Fue a
partir del desarrollo de la capacidad de articulaciones fonéticas
significativas e intercambiables, registradas posteriormente en
formas rudimentarias de escritura y pinturas rupestres, como el ser
humano se desarrolló y dio el salto que hoy nos posibilita usar un
ordenador, conocer partículas subatómicas y especular sobre la
creación del universo y los destinos de la humanidad. Fue esta
también la causa del mantenimiento de la existencia humana y lo que
evitó nuestra extinción frente a tantas adversidades naturales y a
tan escasas mutaciones genéticas adaptativas en estos últimos 100
mil años. El lenguaje, por tanto, posibilitó la humanización (en el
sentido en que la entendemos hoy) de una determinada rama de
primates.
Al considerar las conclusiones mencionadas arriba, el lenguaje asume
un estatus de elemento esencial de lo humano, o sea, pasa a
formar parte de la esencia humanizadora, a componer el ser de
aquello que consideramos humano. De esta forma, cabe hacer una
reflexión sobre qué tipo de relación entre los homínidos posibilitó
e hizo necesario el lenguaje, para, así, buscar los elementos
esenciales de las propias relaciones humanas.
Queda claro, por los estudios y pesquisas ya realizados, que el
lenguaje no es una consecuencia automática de nuestra singularidad
genética. La existencia de un complejo aparato fonador es condición
necesaria, pero no suficiente para el surgimento del lenguaje. Este
es producto de relaciones sociales. Pero ¿qué principio
orientó esas relaciones? Dado el peso del lenguaje considerado aquí
en nuestro proceso de humanización, esta se convierte en una
cuestión axial, pues la respuesta obtenida conducirá la reflexión
sobre la esencia de las relaciones humanas.
Algunas teorías intentan atribuir la aparición del lenguaje a algún
aspecto del comportamiento humano, pero buena parte de esa discusión
acaba, en verdad, transfiriendo al leguaje la concepción de ser
humano y de sociedad del investigador. Por ejemplo, algunos
adjudican la aparición del lenguaje a una hostilidad esencial entre
individuos humanos y a la defensa de la propiedad, sosteniendo que
las primeras articulaciones fonéticas significaban “¡salga de aquí!”
o “¡esta cueva es mía!”. No creo que se deba prestar mucha atención
a estas propuestas, visto que no llegan a constituir ninguna
corriente en la lingüística o en la filosofía del lenguaje. Pero
cabe hacer un pequeño comentario, ya que estas son muy adecuadas
para reforzar el discurso liberal, pues, si fueran la competición y
la defensa de la propiedad los tipos de relación social que
posibilitan la aparición del lenguaje, se podría decir que el ser
humano es competitivo y privatista en su esencia. Pero esas
concepciones son extremadamente frágiles y no pasan de ser
proposiciones que no resisten siquiera un análisis superficial.
Cualquier animal consigue expresar las ideas de hostilidad y defensa
del territorio sin tener que desarrollar ninguna articulación sonora
que supere al rugido y a la muestra de las garras o dientes. Algunos
ni siquiera emiten sonidos para ello, limitándose a lanzar algún
veneno o a lanzar una dentellada. Vemos constantemente animales que
defienden su territorio o se muestran hostiles tan sólo emitiendo
gritos amenazadores. Por ello esa actitud no puede fundamentar la
necesidad del lenguaje entre los seres humanos.
Los estudios que han intentado descubrir algún rudimento de lenguaje
entre animales han llegado a conclusiones bastante instigadoras.
Ninguno, sin embargo, detectó formas rudimentarias de comunicación o
diferenciación de gestos o sonidos que ayudasen a la manifestación
de hostilidad. Por el contrario, siempre que se detectaron
manifestaciones significantes más complejas en el comportamiento de
los animales, estaban al servicio de la colaboración mutua entre una
colectividad. Experiencias con diversos animales fundamentan la
existencia de comunicación como consecuencia de la necesidad de
cooperación.
Se puede afirmar que las primeras formas de manifestación
comunicativa del ser humano fueron una consecuencia de una relación
cooperativa y de integración entre grupos, como es característico
del resto de animales. La singularidad humana se sitúa en el hecho
de que el desarrollo de un complejo aparato fonador, sobre
características anatómicas y cerebrales avanzadas, hizo posible que
esa cooperatividad engendrase un sistema mucho más abstracto y
complejo de comunicación, que vino a constituir el lenguaje humano,
diferente, en casi todos los aspectos, del “lenguaje” animal. El
empleo de ese sistema abstracto de representación hizo que los
homínidos destacasen cualitativamente de la rama de los primates y
del resto del reino animal. El lenguaje ciertamente surgió de la
necesidad de colaboración entre los seres humanos y no de la
competición o de la hostilidad.
Al aceptar esa afirmación, establecemos el principio de cooperación
no sólo como una proposición teórica alternativa, sino como un
fundamento concreto del ser del humano, es decir, como
categoría esencial, de orden ontológico y antropológico. Conforme
anuncié anteriormente, una racionalidad basada en la cooperatividad
hace al ser humano más próximo a la esencia concreta de su especie.
La competición, elevada a categoría que consolida la interrelación
entre los individuos humanos, establece una contradicción entre la
actual praxis del ser humano y su esencia histórica y antropológica
y, por ello, está teniendo como consecuencia la aniquilación de la
especie.
La forja de una racionalidad fundada en el trueque competitivo, con
todos los principios decurrentes de ella, fue conformando en la
sociedad una manera de actuar, de pensar, de concebir el universo y
al otro, de relacionarse con la naturaleza, etc., caracterizando,
así, una determinada forma de presencia del ser humano en el mundo.
Esa forma de presencia e intervención en el mundo tuvo como
consecuencia la destrucción progresiva e irracional de la naturaleza
y la exclusión humana. Una racionalidad basada en el principio de
cooperación deberá tener como consecuencia la disolución de las
principales crisis vividas por la humanidad y la conformación de
otro tipo de presencia humana en el mundo, que, además de garantizar
la supervivencia de la especie, establecerá la hegemonía de una
nueva visión del universo.
Las crisis de la Naturaleza y de las relaciones humanas de
producción y sociabilidad son resultantes de la imposibilidad de
resolver los problemas sin que se nieguen los principios
fundamentales de la racionalidad de mercado. Sólo es posible
vislumbrar soluciones globales, factibles y eficaces para los
problemas relacionados con las relaciones humanas de producción y
sociabilidad, si la economía y la sociedad son pensadas a partir del
principio de cooperación.(NOTA 5)
Conquistar una sociedad así no es una cuestión de cambios o de
ajustes económicos, pues ello necesita un proceso histórico de
acción social y organización de la sociedad civil. La construcción
de una sociedad basada en la racionalidad de cooperación no está en
un plano de acción inmediato, que se pueda vislumbrar a corto plazo.
Se trata de un proyecto con posibilidad histórica que puede orientar
la acción humana. El problema no se resuelve tan sólo formulando
soluciones, pero es preciso establecer proposiciones generales que
dirijan la acción revolucionaria de los seres humanos.
Sometidas a ese proceso productivo, que sólo es posible con un
cambio global del eje fundamentador de nuestra racionalidad, las
relaciones de sociabilidad estarían balizadas también por la ética
de la cooperación. Al contrario de concebir al otro ser humano como
“rival”, con el cual precisan competir, los individuos verían en la
presencia del otro una complementariedad. El otro es aquel que
compone un todo conmigo. Sin él me pierdo en la individualidad
improductiva e insignificante. Con él, y en relación cooperativa con
él, paso a ser una manifestación singular, individual, de una
totalidad dinámica. La eliminación del otro representaría la pérdida
de una parte de la totalidad que es, al mismo tiempo, yo y todos. El
cuidado con el colectivo sería, al mismo tiempo, un cuidado consigo
mismo y viceversa.
La relación entre el individuo y la colectividad no se daría por la
imposición de un elemento sobre el otro: ni el colectivo sobre
el individuo ni el individuo sobre la colectividad. Esa
relación debe ser comprendida a partir de una concepción dialéctica.
Cada ser humano es una manifestación singular de una colectividad.
Esa manifestación es particular, posee características que son sólo
de ella y que no deben ser relegadas, pero sólo adquieren sentido
cuando se relacionan con la totalidad de la cual es constituyente.
Esa totalidad se transforma en una peligrosa abstracción cuando
adquiere un sentido independiente de las individualidades que la
componen. También el todo adquiere su sentido tan sólo en relación
con cada una de sus manifestaciones singulares. Fuera de esta
relación, el todo no existe y el individuo pierde la
significatividad. No se puede sustituir simplemente la predominancia
del individualismo (uno de los principios resultantes de la
racionalidad burguesa) por la imposición del colectivismo. Es
preciso unir, con una fundamentación dialéctica, esos dos elementos
constituyentes de las relaciones sociales, para que estos
manifiesten una totalidad compuesta, formada por individuos y
colectividad, con significatividad intercambiable, separables sólo
para efectos formales.
Resulta de esto que la preocupación consigo mismo no puede separarse
de la preocupación por todos. La meta de una organización social
pasaría a ser la supervivencia de toda la humanidad y no sólo de una
porción de esta.
Esto inauguraría una nueva ética predominante en el mundo. Al
contrario de la máxima individualista de “su derecho termina donde
comienza el mío”, tendría lugar una expresión de la responsabilidad
colectiva de “mi (y su) derecho termina (y sólo termina ahí) cuando
se transforma en amenaza para la estabilidad y la supervivencia de
la colectividad”. Dentro de ese límite, somos completamente libres
de manifestar la originalidad ilimitada de cada ser humano en
particular. Como cada sujeto particular es una manifestación de la
colectividad de la cual él mismo forma parte, el mal que pueda
causar a otro ser humano, directa o indirectamente, es éticamente
condenable y no puede ser defendido bajo ningún argumento, además de
ser una agresión directa a mí mismo, como parte viva de la sociedad.
Un ejemplo de la manifestación de la ética de la cooperación,
erigida sobre un modo de producción colectivo de las tribus
indígenas, es el mito de los indios caiapós sobre las sequías y las
lluvias. Para ellos, el responsable de enviar la lluvia es el indio
Bepororopi. Este indio fue expulsado de la tribu por tener un
comportamiento inadmisible dentro de la ética de la cooperación: era
egoísta y siempre quería quedarse con la mejor parte de la caza
(para ellos las vísceras). No pudiendo admitir esa actitud de
Bepororopi, un anciano de la aldea le reprendió severamente, lo que
hizo que abandonara la aldea ofendido. Según el mito caiapó,
Bepororopi prometió a su mujer e hijos que siempre le verían o
escucharían. Se transformó en lluvia, rayo y trueno y aparece cuando
quiere, para ayudar o para perjudicar a la tribu. El origen de las
lluvias, tronadas y relámpagos está presente en todo momento en la
vida de los caiapós, haciéndolos recordar el castigo de un
comportamiento condenable en una racionalidad cooperativizada.
El comportamiento del indio que se exilió y se convirtió en lluvia y
trueno es precisamente lo que se consagra como meta a alcanzar en la
racionalidad del trueque competitivo: sacar la máxima ventaja sobre
el usufructo de los bienes disponibles. Dentro de esta, vence en la
vida quien más consigue acumular, quien saca una mayor ventaja sobre
los otros y el que tiene la “astucia” suficiente para no quedarse
con la misma porción que los demás. Esa actitud encaja perfectamente
en la racionalidad del trueque competitivo.
Lo correcto y lo incorrecto en la vida social no son juicios que
existen en si mismos, sino que siempre en relación a una
racionalidad. Cuando los principios de esta se concretan en nuestras
actitudes, estamos plenamente justificados ante la sociedad. Por
ello, llevar la ventaja a toda costa es una actitud que encaja
perfectamente en la racionalidad predominante, pero que no encuentra
acogida cuando esta racionalidad se modifica en sus ejes y
principios fundamentales. Nada difiere la actitud de Bepororopi de
la actitud de los grandes especuladores y de las grandes
multinacionales, pues en ambos casos quieren apropiarse de la mejor
parte de los bienes disponibles en la sociedad, obteniendo ventaja
sobre la colectividad. Lo que hace que la actitud de los millonarios
en el mundo capitalista y de Bepororopi en la tribu caiapó sea en un
caso alabada y en el otro condenada es la racionalidad en la cual
están insertas.
Al edificar una racionalidad sobre el eje de la cooperación, la
sociedad irá, por si misma, estableciendo nuevos principios en las
relaciones entre los individuos y la colectividad y difícilmente se
podrá aplaudir a aquellos que se apropian de la mejor parte.
Pero para que, de hecho, esto suceda, las experiencias de
cooperativas autogestionarias deben acompañarse de un intenso
proceso de formación y educación. No basta sólo con querer cambiar
las actitudes como si estas fuesen solamente el reflejo de un
modo de producción. Sin la contribución de la educación, las
experiencias concretas pueden estar predestinadas a ser sólo un
intento de remiendo en un sistema agotado en su capacidad de
producir vida humana.La construcción de una nueva racionalidad
depende, al mismo tiempo, de los cambios concretos en la
producción de nuestra existencia y de la construcción de una nueva
concepción del mundo.
He afirmado anteriormente que una economía basada en el principio de
cooperación podrá sustituir a la economía basada en la racionalidad
de trueque competitivo, cuyo principio determinante es el mercado.
Esta afirmación puede dar lugar a una interpretación equivocada y
llevar a la conclusión de que se está proponiendo una sociedad sin
trueque o sin mercado. Sin embargo, no se trata de eso. En realidad,
la crítica que se hizo aquí al trueque y al mercado fue una crítica
cualificada, o sea, critiqué el trueque competitivo, que se
diferencia del trueque complementario, y el mercado en tanto
que concepto que designa las relaciones de trueque competitivo
mediadas por el dinero. Además de eso, el eje central de la crítica
a esos principios se sitúa en el hecho de que han sido elevados a
ejes fundamentadores de una determinada racionalidad, que dirige,
por consiguiente, toda la acción humana y las relaciones que
establecemos con los otros y con la naturaleza. No critiqué la
existencia de esos fenómenos, sino su elevación a principios
nomológicos, con una existencia independiente de la acción humana.
No hay ningún problema en pensar en competición dentro de una
sociedad fundada en una racionalidad cooperativa. La existencia de
competiciones deportivas, de luchas y desafíos entre los indios
prueba que es posible convivir con la competición y concebirla
incluso como una dimensión del ser humano. Pero hay diferentes
formas de concebir una competición. Ésta puede ser un medio para
alcanzar una meta o incluso sólo una manifestación de alguna
característica humana. El problema surge cuando se convierte en un
fin en si misma o el principio que dicta la conducta de toda una
sociedad. Aquí ha sido criticado ese problema y el hecho de que la
competición ha caracterizado las relaciones de trueque que son el
eje de la racionalidad hoy hegemónica.
No es posible concebir una sociedad humana sin relaciones de
trueque. El intercambio entre las personas y entre los grupos forma
parte de la esencia concreta de la humanidad y es este mismo el que
caracteriza esa dimensión colectiva del ser humano. La eliminación
de este intercambio no es algo que pueda vislumbrarse en el
horizonte de nuestra especie, incluso porque para un individuo es
imposible existir, en tanto que humano, sin el complemento de los
otros. Los trueques se establecen para complementar lo que le
falta a cada uno. En la relación de trueque complementario,
posiblemente el tipo originario, los individuos se sustentan
precisamente en la integración de la colectividad, y mantienen sus
lazos de intersostenibilidad mediante las relaciones de trueque. Por
ello, incluso en una sociedad cooperativa, las relaciones de trueque
no pueden dejar de ocurrir.
Sin embargo, el objetivo del trueque complementario no es el mismo
que el del trueque competitivo. El trueque, en la racionalidad
burguesa, dejó de ser un lazo que sostiene la colectividad para ser
una mediación en la obtención de la ganancia individual. Por eso es
fundamental que se perciba que la crítica hecha aquí al eje de la
racionalidad burguesa se sustenta en el adjetivo competitivo.
Forma también parte del desafío de la construcción de una nueva
racionalidad establecer entre las cooperativas una nueva relación de
trueque, fundamentada no en la obtención de ventajas para una de las
partes, sino en la complementación. De cierta forma, esto ya viene
siendo ensayado en experiencias de redes de trueques solidarios,
existentes en varios países del mundo. También cuando se opta por
establecer relaciones con empresas cooperativas que producen sin
agredir al ecosistema y que se fundamentan en nuevas relaciones
entre los trabajadores, no se está buscando tan sólo la ventaja en
el trueque, sino el establecimiento de una relación integral entre
el trueque y el mundo circundante. Ese tipo de empresa no siempre
consigue ofrecer precios más atractivos y ventajas en la relación,
pero si no es eso lo que determina el trueque, el intercambio se
mantiene.
Queda también claro el hecho de que sería imposible establecer las
relaciones de trueque sin un mercado, o sin que esas relaciones
estén mediadas por el dinero. El dinero, como equivalente del valor
de lo que se desea intercambiar es esencial en las relaciones
complejas de trueque. El dinero, en tanto que fenómeno real, no
posee sentido en si mismo, sino en la asignación a una categoría que
le da sentido. Marx hablaba del dinero como capital (Geld
als Kapital), queriendo diferenciarlo de su existencia como
subordinado a otra categoría. O sea, el sentido que el dinero tiene
en la economía capitalista es esencialmente diferente del sentido
que el mismo fenómeno tiene en las otras formas de producción,
aunque sea un mismo elemento de la realidad. En la economía
capitalista, el dinero es un fin y pierde su característica
de mediación del trueque. El mercado pasó a ser
considerado el concepto que designa ese tipo de relaciones de
trueque en el cual entra el dinero, pero en el que la producción y
reproducción del capital son los únicos objetivos. Por tanto es ese
tipo de mercado el que hoy es condenado por aquellos que sitúan la
vida humana como prioridad en sus reflexiones y discursos.
Sin embargo, el mercado es también un fenómeno que adquiere su
sentido en la relación con los principios a los cuales se encuentra
sometido. Una sociedad cooperativa, en la necesaria relación de
trueque mediado por el dinero, concedería otro sentido a ese
fenómeno, pues lo sometería a otros principios. No está en la
esencia del mercado el hecho de ser excluyente y competitivo. Es
posible un mercado que incluya a las personas y que sea cooperativo
y solidario. Esto es otro hecho que ya viene sucediendo en las
diversas experiencias que han sido agrupadas bajo la amplia
categoría de “economía solidaria”, o “socioeconomía solidaria”. El
conocimiento de esas experiencias es fundamental para complementar y
concretar las reflexiones hechas hasta aquí.
El tipo de praxis, que somete el mercado y el trueque a principios
fundamentadores cooperativos, da a los fenómenos una dimensión
distinta de la que adquieren en la racionalidad burguesa. El mercado
se vuelve “mercado como (partícula als en alemán)
instrumento de complementación e integración entre personas” y pasa
a tener ahí su sentido. Nada posee un sentido en si mismo. Aislados
de categorías que los asuman, los fenómenos carecen absolutamente de
sentido. Lo mismo sucede con el mercado y las relaciones de trueque.
No se puede simplemente criticar o defender “el” mercado, pues tanto
la crítica como la defensa deben antes reflexionar sobre la
estructura racional de la cual emerge y, a partir de ahí elaborar un
discurso sobre este. Mi crítica está dirigida hacia el mercado y
hacia el trueque dentro de la racionalidad del trueque competitivo.
Pero, como vimos, estos fenómenos pueden tener otra concreción.
El respeto por la naturaleza y la preocupación por el ecosistema
aparecen, en la racionalidad cooperativa, como fruto de una visión
totalizadora del ser humano y del mundo. La relación de trueque
competitivo, en la cual es posible obtener el 100% de ventajas en la
relación con la naturaleza, se sustituye también por una relación de
cooperatividad. La naturaleza no es un polo abierto a la
explotación, que no pide nada en trueque por sus recursos, sino que
también compone la totalidad de la cual los seres humanos forman
parte. La relación de trueque con la naturaleza exige que la
extracción de sus recursos, fundamentales para la vida humana, venga
acompañada de un cuidado fundamental. Dependemos de la naturaleza al
mismo tiempo que ella depende de nuestra colaboración para no
agotarla.
La relación fundamentada en el mercado sólo percibe a largo plazo
que la naturaleza pide algo a cambio. Esta exigencia de la
naturaleza, por ser tardía, no interfiere inmediatamente en la
optimización de la eficacia de la relación de trueque. Una visión
integradora, cooperativa, tiene consciencia de nuestra
interdependencia con la naturaleza y, en vez de pensar en una
optimización de la eficacia, piensa en el mantenimiento de la vida
en el planeta y en la supervivencia humana como un todo en el
espacio y en el tiempo. La comprensión de la humanidad como un
colectivo de personas que se sostienen como “humanas” a través de la
cooperatividad resulta en que la totalidad compuesta por los seres
humanos se extienda geográfica e históricamente. Ello significa que
los daños causados a la naturaleza en cualquier región de la Tierra,
protagonizada por cualquier nación, deben ser una preocupación
global y que es preciso pensar en las próximas generaciones y en el
futuro de la relación entre la naturaleza y el ser humano.
A partir de esa concepción, no habrá obstáculos que impidan el
establecimiento de acuerdos relacionados con el calentamiento
global, con la deforestación, la destrucción de la biodiversidad, el
empobrecimiento del suelo, etc. La tarea de cuidar de la naturaleza
no será ya evaluada por su impacto en el mercado, sino por su
impacto en el mantenimiento de la vida.
5. CIENCIA Y COOPERATIVIDAD
La necesidad de reconstruir la racionalidad fundamentadora de las
relaciones humanas es percibida por numerosos intelectuales de
diversas áreas del conocimiento humano. Preocupados por el destino
de los seres humanos y del planeta Tierra, diversos autores intentan
fundamentar sus análisis y proposiciones en otros referentes que
puedan dar a sus respectivos campos de saber una nueva
responsabilidad con el mundo. Vemos que esto sucede en la economía,
en la sociología, en la física, en la biología, en la teología, en
la filosofía, en la geografía, en la pedagogía, en la psicología,
etc. De modo general, esta tendencia ha sido designada como la
“búsqueda de nuevos paradigmas”.
Debo aclarar aquí, antes que nada, porque no he trabajado, en esta
reflexión, con la noción de “paradigma”. Aunque admito que el
sentido que muchos autores quieran dar a este concepto esté bastante
próximo al sentido de aquello que yo vengo llamando eje racional
fundamentador y sus principios resultantes, no me
parece apropiada la noción de paradigma para este abordaje. Presente
en la filosofía de Platón y en la gramática (en la conjugación de
verbos), este vocablo fue introducido en la ciencia y en la
epistemología por Thomas Kunh. Se refería (a despecho del equívoco
ya apuntado en el uso del término por el propio Khun) a modelos de
descubrimiento científico que, por haber tenido éxito, sirvieron
para crear formas generales de proceder en una investigación,
orientar la experiencia e interpretar los fenómenos experimentales.
En ese sentido, paradigma se refiere tanto a hipótesis y modelos
teóricos como a métodos y formas (experimentos) de inquirir a la
realidad (Kuhn, 1997, p. 30 y 217-237). El concepto de paradigma no
se refiere a una totalidad subjetiva que orienta al ser humano en su
acción en el mundo y a su comprensión de la realidad, sino sólo a
una forma determinada de hacer ciencia. Kuhn pensaba específicamente
en las ciencias naturales, de las cuales era también historiador. La
extensión de este concepto a otras áreas del saber y la amplitud
dada a éste fueron cuestionadas en otra obra del autor (Kuhn, 1989,
p. 353). Aunque cualquiera pueda ampliar el sentido del término,
temo que su utilización descomedida acabe, por un lado, reduciendo
la importancia de lo que es realmente necesario (la reconstrucción
de una nueva fundamentación para la presencia activa del ser humano
en el mundo, que es mucho más que una cuestión teórica y científica)
y, por otro lado, volviendo el término todavía más equívoco. Por
eso, no considero “búsqueda de nuevos paradigmas” una designación
adecuada para la tarea que cabe actualmente al conocimiento.
En esta búsqueda para reconstruir teóricamente el mundo a través de
“nuevos paradigmas”, vemos predominar y crecer las tentativas de
encontrar en la física cuántica, en la teoría del caos, en algunos
aspectos de la teoría de la relatividad y en la biología una nueva
fundamentación para el conocimiento y la acción humana. O sea, se
piensa que la ciencia actual puede ofrecer una base de sustentación
para quien intenta construir una cosmovisión alternativa a la que
predomina en la sociedad. En cuanto a esto, tengo también serios
cuestionamientos. No creo que sea posible fundamentar en las
proposiciones de la física o de la biología modernas una
construcción racional alternativa que pueda sustituir la forma
actual que tiene el hombre de relacionarse con su mundo. Pienso,
inclusive, que una racionalidad que tenga como pilares las hipótesis
de las ciencias naturales está erigida sobre una base muy frágil y
no es suficiente para caracterizar un nuevo proceso civilizador, por
más convincente y bien articulada que pueda parecer. Además de eso,
en mi concepción, la ciencia (en sus fundamentos metacientíficos y
ontológicos) es el resultado de una determinada racionalidad y no lo
contrario. Veamos donde están fundamentadas mis proposiciones.
Esta apelación a las ciencias naturales se efectúa a partir de dos
asunciones, no siempre explícitas en los discursos, pero resultantes
de estos : 1) o se supone que las ciencias naturales han encontrado
una nueva realidad que niega todas las concepciones ontológicas
anteriores y que, por tanto, “se descubrió” que la realidad no es
mecánica, particularista ni individualista, por el contrario
orgánica, “holística” y cooperativa; 2) o, aunque se sospeche de la
exactitud científica, se atribuye una cierta prioridad a las
ciencias naturales en las aserciones concernientes al mundo,
debiendo los demás saberes ser subsidiarios de las proposiciones
científicas.
Ambas proposiciones son problemáticas. La primera manifiesta una
creencia precipitada en la exactitud científica y en las
conclusiones a la que algunos físicos y biólogos llegan por
medio de su ciencia. Pero la interpretación que estos científicos
hacen de la ciencia actual, en aquello que esta dice de la realidad
más allá de las ecuaciones, no es unívoca. En el terreno de la
física cuántica, por ejemplo, se disputan entre sí modelos de
realidad bastante distintos. El éxito de la nueva física en el campo
tecnológico (que abarca desde la creación de la bomba atómica hasta
computadores y discos-láser) se debió a un cierto consenso en el
aspecto pragmático y formal de la ciencia. O sea,
absteniéndose de hacer especulaciones sobre qué realidad se
oculta detrás del formalismo matemático y de las complejas
experiencias con partículas subatómicas, todos pueden trabajar
juntos compartiendo las mismas ecuaciones, las mismas previsiones,
los mismos aparatos experimentales y las mismas matemáticas. Cuando,
sin embargo, se trata de discutir lo que, de hecho, sucede en
el plano ontológico, o si las paradojas previstas por la teoría
(dualidad onda-partícula, superposición de estados, acción a
distancia sin envío de información, no-localización, etc.) son
paradojas reales, los que dan importancia a esta cuestión se
encuentran lejos de llegar a un consenso.
Esto nos muestra que la nueva física sólo “abre espacio” para que se
especule sobre una nueva visión de la realidad, pero no llega a
decidir que tipo de nueva visión será esta. Ni su papel es especular
sobre estas cuestiones. Cuando los físicos se proponen disertar
sobre esto, están – como, por otra parte, es un derecho de todo el
mundo – entrando en el terreno de la filosofía y sus reflexiones no
dejan de ser metafísicas. Como tales, aunque sosteniendo un modelo
científico, son susceptibles de ser juzgadas por casi todos los
criterios semejantes de aceptación de las demás proposiciones
metafísicas. Estas sólo exigirán un mayor esfuerzo argumentativo y
una sustentación ontológica alternativa para ser contestadas. El
hecho de que esas proposiciones se sustenten en proposiciones
científicas no las transforma en afirmaciones de la ciencia.
Mucho menos debemos dar importancia a la creencia de hay una mayor
exactitud en las especulaciones metafísicas de los científicos que
en las de los filósofos.
Supongamos ahora, que la comunidad científica va siendo convencida,
poco a poco, por una de estas concepciones concurrentes. Supongamos
que la visión predominante venga a ser la que niega los “paradigmas”
en los cuales muchos intelectuales fundamentan la reconstrucción de
su racionalidad. ¿Qué hacer? ¿Abandonar por ello la tarea de
sustituir el antiguo modo de pensar el mundo por un modo
fundamentado en la cooperación y en la integración? ¿O mantener esta
tarea a pesar de las “conclusiones” de la ciencia? En este último
caso, quedaría la pregunta: ¿por qué, entonces, fundamentar en ella
la nueva racionalidad si se debe mantener esta última a pesar
de lo que dice la ciencia?
Además de esto, aunque tal cosa no acontezca, nada exige,
objetivamente o de forma fuertemente convincente, que el mundo de
los seres humanos, sus relaciones y sus conciencias, tengan que
comportarse de la misma forma que el mundo de las partículas
subatómicas. No hay ningún problema en postular que el mundo humano
y la realidad natural tienen un comportamiento completamente
distinto, pues no hay ninguna relación necesaria entre las
leyes de la naturaleza y la interacción libre construida por los
seres humanos – aunque esto pueda ser defendido como hipótesis
por algunos pensadores. Las elaboraciones de quien intenta extraer
de la física una nueva visión del ser humano y de la sociedad,
acaban, de esta forma, funcionando tan sólo como una analogía.
Dígase, por justicia: bellísimas, pertinentes, respetables y
necesarias analogías. Lo que estoy cuestionando aquí no es la
calidad ni la importancia de este intento, sino la fuerza necesaria
para transformar radicalmente el modo en el que el ser humano se
relaciona con el mundo. Por lo menos en aquellas partes que intentan
convencer mediante el discurso científico, no creo que puedan
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