Como se esperaba, el Tribunal Electoral decidió
que no había obstáculos decisivos para designar a Felipe Calderón
Presidente electo, y López Obrador se declaró enemigo de la decisión
y de nueva cuenta mandó al diablo a las instituciones que hasta hace
poco eran valiosas para él. Queda contra el sistema y un mundo que
se globaliza en torno de principios conservadores. Irá quedándose
solo hasta convertirse en una reliquia entre sus seguidores más
fieles, quienes lo endiosaron con el apoyo de los medios y le
quitaron objetividad.
López Obrador tomó la decisión, y con él el PRD. La asumen con plena
claridad del entorno, pero asimismo con la ceguera que producen el
rencor y el resentimiento, sin la menor capacidad autocrítica,
suponiendo que el escenario es favorable para el arribo violento de
ex priistas que buscan la revancha. ¿Dónde está la izquierda
indispensable para la transformación? Si decimos que son esos mismos
ex priistas autoritarios y corruptos que se hicieron
"revolucionarios" de la noche a la mañana, estamos equivocados. Es
algo más que el deseo de llegar al poder y desde allí hacer fortuna.
Es un cambio radical que el PRD de López jamás planteó. Dio limosnas
(Diego Rivera puso en un mural de inspiración marxista la siguiente
frase: We want work, not charity), prometió absurdos, hizo
obras suntuosas e innecesarias, pero sobre todo mintió una y otra
vez a la ciudadanía, hizo demagogia al peor estilo del PRI. En suma,
logró aterrorizar a un país conservador que al final se inclinó por
la derecha. No hay duda.
Las preguntas son: ¿saben los perredistas lo que significa enfrentar
al poder del sistema y del mundo globalizado? ¿En verdad suponen que
pueden indefinidamente asaltar tribunas, tomar calles y gritar
histéricos sin agotar la paciencia ciudadana? ¿Es válido tener doble
discurso ético: cobrar en las cámaras y en el DF y ser insurrectos?
La ira de López Obrador no lo deja reflexionar bien: ¿ha pensado
cuánto tiempo resistirán los suyos antes de optar por ingresar al
sistema que ahora tratan de cambiar? No estamos en 1910. AMLO
simplifica las cosas. No fue lector de Marx ni de Lenin y, en
consecuencia, apenas atina a decir que está en rebeldía
desconociendo los alcances de su desafío: ¿existen las famosas
condiciones para hacer una revolución? ¿Por qué, si antes estuvo con
las reglas de la legalidad, ahora amenaza destruirlas?
El PRD pareció, durante unos meses, el futuro de México. Hoy es
detestable a los ojos de millones y millones de ciudadanos. Dilapidó
su capital político, jamás en muchos años volverá a tener una
votación como la que ahora tuvo. Y lo peor para AMLO: pudo dentro de
seis años ganar, finalmente, la Presidencia de la República, y ahora
tal hecho es remoto o imposible. Sólo sus escasos leales votarían
por él. Es decir, arruinó el futuro del PRD y es obvio que no hay
ninguna posibilidad de cambio en la actitud. Falta el enfrentamiento
con el Ejército y con una sociedad que no se levantará ni asumirá
como propia la demanda de eliminar las instituciones. También falta
saber con qué presidente tratará Ebrard (un salinista-camachista
vestido de guerrillero): ¿AMLO o Calderón?
López Obrador y los suyos tuvieron demasiada audacia y poco talento
político. Ahora la derecha triunfa a escala nacional y la izquierda
comenzará de nuevo su penoso escalar, tal vez de la mano de personas
más sensatas, provistas de una ideología no contaminada por el viejo
PRI y más ligada a los problemas de obreros y campesinos, de los
desposeídos, pero sin caer en la tentación de comprarlos con dádivas
de un erario aparentemente inagotable.
Sin embargo, las cosas no serán iguales. La derecha comprendió mejor
los problemas sociales y los ciudadanos en general se percataron del
poder de los procesos electorales. No será con sombrerazos y
consignas chistosas que conseguirán modificar la realidad nacional.
Será con partidos serios en lo ideológico, con amplios e
inteligentes proyectos y una absoluta seriedad que nos evite los
infaltables caudillos. Si bien es cierto que con uno nació el PRD,
no es menos cierto que con otro perderá su reciente nivel político
de aceptación.
AMLO y sus seguidores podrán desgañitarse y rasgarse las vestiduras
y mantenerse eternamente gritando fraude, la sociedad sigue su
curso. Para torcerle el camino a la globalización neoliberal, sólo
queda un camino: forjar una izquierda moderna, sensata, provista de
los instrumentos políticos e intelectuales que alejen el largo
oportunismo y las desmedidas ambiciones de los políticos
tradicionales. Lo que hizo el PRD de López fue fortalecer a la
derecha y destruir a la izquierda real.
Queda claro que el sistema político mexicano requiere profundas
transformaciones, pero esas las había anticipado Cuauhtémoc Cárdenas
hace algunos años, cuando incluso habló de crear una nueva
Constitución. Tomémosle la palabra y actuemos con cordura. Nadie va
a irse al monte ni hay un nuevo Madero ni habrá un Constituyente en
el Zócalo.
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