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LA APOTEOSIS DEL "LIBRE MERCADO"
Máximo Sandín
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Se puede decir que nos estamos acercando
a la apoteosis (final) del modelo económico que ha dominado
el Mundo en los últimos 200 años. Porque la situación actual
es la culminación, la consecuencia lógica, inevitable, de la
aplicación de las ideas que plasmó Adam Smith en su obra “La
riqueza de las naciones” (1776): No es de la benevolencia
del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos
nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios
intereses / ... /Por regla general, no intenta promover el
bienestar público ni sabe cómo está contribuyendo a ello.
Prefiriendo apoyar la actividad doméstica en vez de la
foránea, sólo busca su propia seguridad, y dirigiendo esa
actividad de forma que consiga el mayor valor, sólo busca su
propia ganancia, y en este como en otros casos está
conducido por una mano invisible que promueve un objetivo
que no estaba en sus propósitos. (“La Riqueza de las
Naciones”, 1776). Unas ideas pensadas sólo para los
mercaderes que partían de la asunción de que los recursos de
la Tierra eran inagotables y que la explotación de los
trabajadores “y otras clases inferiores de personas” podía
ser indefinida: Se ha dicho que el costo del desgaste de
un esclavo lo financia su amo, mientras que el costo del
desgaste de un trabajador libre va por cuenta de éste mismo.
Pero el desgaste del trabajador libre también es financiado
por su patrono. El salario pagado a los jornaleros,
servidores, etc., de toda clase, debe en efecto ser lo
suficientemente elevado para permitir a la casta de los
jornaleros y servidores que se reproduzca según la demanda
creciente, estacionaria o decreciente de personas de este
género que formula la sociedad. Pero aunque el desgaste de
un trabajador libre sea igualmente financiado por el
patrono, el mismo le cuesta por lo general mucho menos que
el de un esclavo.
Todos podemos ver las consecuencias. Los “recursos
naturales” se encuentran al borde de la extenuación y se ha
acentuado una miseria tan terrible en grandes zonas de la
Tierra que sus habitantes no tienen fuerzas para ser
explotados. Mientras, los mercaderes que sólo buscan su
propia ganancia, para quienes fue creado el modelo
económico, acumulan unos beneficios tan obscenos que no
merece la pena cuantificar porque se quedan pequeños de un
mes para otro.
La lógica más elemental nos advertía de que este proceso no
se podía mantener indefinidamente ni siquiera en las
condiciones “ideales” de las que partía Adam Smith. Pero la
realidad ha puesto ante nuestros ojos unos hechos que nos
permiten vislumbrar la proximidad del fin de este sistema y
su dinámica irracional: la degradación ambiental
irreversible y sí, aunque suene “tópico”, “alarmista”,
“radical” y todos los calificativos que los autodenominados
“escépticos” (pero que en realidad son adoctrinados) le han
dedicado, el cambio climático. Cuando, por fin, esta
catástrofe ambiental se ha mostrado indiscutible, los medios
de comunicación, siguiendo las pautas del “profeta del
cambio climático”, adjudican la responsabilidad “al Hombre”
en genérico, como si fuese una consecuencia inevitable de
las actividades humanas y del incremento de la población.
Pero no es necesaria una gran lucidez ni una reflexión muy
profunda para comprender qué hombres y qué actividades son
los verdaderos responsables. Sólo unos pocos ejemplos de los
muchos que podrían delatarlos: Las reservas pesqueras están
al borde de la extenuación y el equilibrio ecológico de los
mares está en grave peligro. La responsabilidad no es de la
forma de pesca tradicional, por mucha que hubiera, sino las
grandes compañías que utilizan enormes arrastreros que
desertizan el fondo marino a su paso y grandes pesqueros
“industriales” que realizan enormes capturas para después
arrojar al mar entre el 80 y el 90% de los peces muertos que
“no son rentables”. El verdadero responsable no es “el
Hombre”, sino unos hombres concretos que han impuesto un
modelo económico que ha dejado al Mundo en manos de personas
sin escrúpulos que sólo buscan enriquecerse lo máximo
posible en el menor tiempo posible a costa de lo que sea. Y
el “libre mercado”, la libertad de los ricos sin ningún
control para enriquecerse más es la que conduce a que se
deforesten las selvas tropicales para sustituirlas por
grandes plantaciones de soja o maíz transgénicos destinados
al “negocio” de los biocombustibles (otros grandes
generadores de hambre), o a que se destruyan los suelos
fértiles con los grandes monocultivos que utilizan enormes
cantidades de abonos químicos y pesticidas que luego
envenenan los ríos y los mares próximos a las grandes
explotaciones agrarias propiedad de las multinacionales de
la alimentación, o a que se contamine el entorno natural con
los cultivos transgénicos, ese gran negocio y esa falsa
solución del hambre en el mundo, o a que se emitan a la
atmósfera, a la tierra y a los mares toneladas de gases
tóxicos y residuos producidos por la actividad industrial,
(que cada año ha de ser mayor para que el sistema funcione),
de las grandes empresas multinacionales de todo tipo....
Podríamos seguir enumerando los graves problemas que están
poniendo en riesgo la supervivencia del Hombre sobre la
Tierra y detrás de todos está la misma causa.
La brutal ceguera de este sistema económico se manifiesta en
su máximo esplendor en la alegría que se produjo entre los
“expertos” en economía con la entrada de China en el “libre
mercado” porque eran “ mil millones de consumidores” lo que
crearía “grandes oportunidades” a las empresas. Lo
verdaderamente terrible y desalentador es la alineación, el
alejamiento de la realidad que ha producido el
adoctrinamiento en el “pensamiento único” y que conduce a
que personas que se pueden considerar normales, es decir, no
monstruos inhumanos, escriban con toda naturalidad en
periódicos económicos sus recomendaciones bursátiles de
“invertir en cereales” (o lo que es lo mismo, especular con
el hambre) ante la carestía que se avecina como consecuencia
del cambio climático. O la condescendencia con que, en los
medios de comunicación, se citan los enormes beneficios de
los bancos y los especuladores en épocas de tremendas
dificultades económicas para la población mientras se
comenta sin el menor sentido crítico que los artículos de
lujo extremo han aumentado un 15% sus ventas. Pero es la
lógica del mercado. Es la misma lógica del experto en
economía que afirmaba que “la agricultura en España no tiene
futuro”y que “lo verdaderamente rentable son los campos de
golf”. Desde el punto de vista del “mercado libre” una
lógica impecable.
Permítanme una mirada a la realidad para observar unos
fenómenos y exponer unos argumentos muy sencillos (quizás,
hasta optimistas) sobre la situación que se avecina. Desde
el punto de vista ecológico global, la dinámica de
degradación ambiental es irreversible. “La sexta extinción”
está ya desencadenada. No se puede predecir en qué punto la
perturbación llegue a un extremo en que el interconectado
ecosistema global sufra un colapso catastrófico (ver
Manifiesto por la supervivencia) porque es un sistema muy
robusto y tiene una gran capacidad de ajuste a las
perturbaciones, y probablemente pueda resistir cientos o
miles de años. Pero los procesos de ajuste de la Naturaleza
se pueden llevar por delante a toda una “civilización” y su
delirante entramado comercial que mantiene este sistema
económico mundial “prendido con alfileres”. Sólo unas
informaciones recientes nos pueden dar una idea de la
posible gravedad de la situación: el casquete de hielo del
Ártico está próximo a su desaparición total. La modificación
(el reajuste) de la circulación termohalina de los océanos y
de la circulación atmosférica global que dependían de estas
masas de hielo ha comenzado a producir cambios
climatológicos con la acentuación de fenómenos extremos, con
grandes inundaciones en unos puntos y duras sequías en
otros. Todo esto, junto con el ascenso de las temperaturas
medias anuales, producirá graves problemas en los cultivos,
especialmente de cereales, de todo el mundo que se
acentuarán por causa del demencial sistema de producción
control y distribución de alimentos que ha establecido el
“libre mercado”, con la concentración en pocas manos de
grandes explotaciones de los ambientalmente frágiles
monocultivos “industrializados”, sometidos a la especulación
y exportados desde los extremos de la Tierra. Las primeras
señales ya se han producido, pero de la actitud de los
países autodenominados “desarrollados” y su torpe obcecación
con el dogma del intocable mercado no parece que haya nada
que esperar (hasta que sea demasiado tarde). Sus “largos
brazos”, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial
instan a una mayor liberalización de los mercados y a la
privatización de la “gestión” de los “recursos hídricos”, es
decir, poner el agua, una necesidad biológica tan básica y
tan esencial como el aire en manos de empresas dispuestas a
enriquecerse aún más a costa de las necesidades
fundamentales de las personas (productos de “demanda rígida”
en la hipócrita terminología de la economía de mercado).
Esta actitud de los poderosos es una auténtica ceguera.
Parecen convencidos de que su dinero y su tecnología les
mantendrán a salvo y que el problema va a seguir golpeando,
como siempre, sólo a los países que denominan
“subdesarrollados” (que son, en realidad, países
empobrecidos fundamentalmente por causa de los países
enriquecidos). Pero la extremada fragilidad de su sistema
económico, siempre en precario equilibrio, ante las crisis
se ha puesto de manifiesto repetidamente y en este caso no
va a ser solamente una crisis “financiera” porque va a venir
acompañada de un nuevo fenómeno sobre el que el dinero y la
tecnología no tienen ningún poder: las fuerzas de la
Naturaleza. Y sus ciudadanos tienen las mismas necesidades
básicas que las de todo el Mundo: Agua y alimentos. (Por si
esto no fuera suficiente, el petróleo tiene sus días
contados, y los biocombustibles no serían suficientes para
sustituirle ni siquiera a costa de la máxima producción, es
decir, de la máxima hambre posible). La situación en que
quedarían las grandes urbes de los países industrializados
(incluso algunos países enteros) si se llegara a cortar el
constante flujo de alimentos que llegan de grandes
distancias es inimaginable, pero cada día que pasa es,
desgraciadamente, más probable.
Parecería de sentido común que la estrategia para afrontar
la situación que se avecina sería la vuelta a la
autosuficiencia alimentaria del pasado, en la que cada
núcleo de población tenía en sus alrededores los suficientes
recursos para alimentar a sus pobladores. Pero está claro
que esta solución no puede ser llevada a cabo dentro de la
lógica de la economía de “libre mercado”. Tampoco parece muy
realista (aunque me resulte duro asumirlo) la idea de que el
problema pueda ser afrontado desde una actitud individual,
porque la situación sería insostenible en caso de graves
carencias en la población. El problema debería de ser
afrontado desde una perspectiva mundial, porque si es un
problema global la solución ha de ser global y esta habría
de pasar por ir a la raíz de su origen, por acabar con el
sistema económico que lo ha causado. (ver
Principio de cooperación). Pero, como hemos podido
ver, no da la impresión de que los que dirigen los destinos
de la Humanidad estén dispuestos a ello. El “libre mercado”
está demasiado ocupado en la preparación de su apoteosis
final.
EPÍLOGO ESPERANZADO
No quisiera finalizar este escrito sin señalar, en homenaje
a mi entrañable amigo Mauricio Abdalla, un pequeño resquicio
por el que asoma un pequeño rayo de esperanza. En los países
“empobrecidos”, que han sido víctimas de la depredación del
“libre mercado”, (especialmente en Latinoamérica) se
comienza a percibir entre sus ciudadanos una creciente
comprensión y, como consecuencia, reacción ante el problema.
La tendencia al control de sus propios recursos y a la
autosuficiencia alimentaria se está manifestando paso a paso
como la reacción lógica, coherente, para afrontar la
situación que se avecina. No va a resultar una tarea fácil,
teniendo en cuenta el acoso permanente de “los largos
brazos” de los poderes económicos de los países
“enriquecidos”. Pero es posible que llegue un momento en que
les concedan un respiro, porque más pronto que tarde estarán
ocupados en los problemas de su propia casa.
Sólo les puedo desear suerte. Mucha suerte.
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