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Sobre la crisis ambiental
Fragmento
del libro de Ernesto Sabato, Antes del fin,
Seix
Barral, Buenos Aires, 1998
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La gravedad de la crisis nos afecta social y económicamente. Y es
mucho más: los cielos y la tierra se han enfermado. La naturaleza,
ese arquetipo de toda belleza, se trastornó.
Nuestro planeta se encuentra en estado desolador, y si no se toman
medidas urgentes va en camino de ser inhabitable en poco más de tres
o cuatro décadas. El oxígeno disminuye de modo irreversible por el
ácido carbónico de autos y fábricas, y por la devastación de los
bosques. El hombre necesita de los árboles para vivir. Parecen no
saberlo o no importarles a quienes están talando las selvas del
Amazonas y las grandes reservas del mundo. Los países desarrollados
producen cuatrocientos millones de toneladas por año de residuos
tóxicos: arsénico, cianuro, mercurio y derivados del cloro, que
desembocan en las aguas de los ríos y los mares, afectando no sólo a
los peces, sino también a quienes se alimentan de ellos. Sólo unos
pocos gramos de intoxicación son mortales para el ser humano.
Corremos el riesgo de consumir vegetales rociados con plaguicidas
que dañan al hígado y a los riñones y producen desórdenes
sanguíneos, leucemia, tiroidismo; afectan también al sistema
nervioso central y a los ojos. Entre esos plaguicidas se encuentra
el terrible veneno llamado «agente naranja».
Los científicos aún no nos han explicado de qué manera vamos a
sobrevivir a la radiactividad expandida por el efecto de los
reactores nucleares. Ocho millones de seres humanos todavía sufren
las consecuencias de la tragedia atómica de Chernobil.
Durante su visita a la Argentina, conversé largamente sobre estos
temas con el presidente de la ex Unión Soviética, Mijail Gorvachoy,
ya que los científicos de su país arrojaron los «corazones» de una
gran cantidad de reactores al mar Báltico, ¿acaso pensaban
apagarlos? Entre estos desechos se encuentran productos temibles
como el plutonio, siniestra referencia a Plutón, dios griego del
infierno. Desconocemos lo que en verdad han hecho, por su parte, los
países más desarrollados, pero es alarmante la indiferencia con que
han respondido a los reclamos de destacados organismos ecologistas,
como Greenpeace. Parece no contar que estamos al borde de la
destrucción física del planeta, tal es el individualismo y la
codicia.
A pesar del alto riesgo que significan los productos radiactivos, su
almacenamiento sigue constituyendo un inestimable agente de control.
Los países más desvalidos, como la India, o se proclaman
orgullosamente como nueva potencia nuclear, o corren el riesgo de
ser vendidos como basureros atómicos. Algo que en reiteradas
oportunidades estuvo a punto de sucederle a nuestro país.
Otro peligro para tener en cuenta es el agujero de ozono, ¡agujero
que ya tiene el tamaño del continente africano! Además del
recalentamiento del planeta, consecuencia de la emisión de gases
industriales y del efecto «invernadero», está en peligro el futuro
de los países insulares debido al crecimiento del nivel de los ríos
y mares. Sin olvidar las especies en extinción: se calcula que
setenta especies desaparecen por día.
En la antigüedad, según Berdiaev, el proyecto del universo humano
era también tarea de fuerzas divinas. Desacralizada la existencia y
aplastados los grandes principios éticos y religiosos de todos los
tiempos, la ciencia pretende convertir los laboratorios en vientres
artificiales. ¿Se puede pensar algo más infernal que la clonación?
¿Podemos seguir día a día cumpliendo con tareas de tiempos de paz,
cuando a nuestras espaldas se está fabricando la vida
artificialmente?
Nada queda por ser respetado.
A pesar de las atrocidades ya a la vista, el hombre avanza
perforando los últimos intersticios donde se genera la vida. Con
grandes titulares se nos informa que la clonación es ya un éxito. Y
nosotros, todos los hombres del planeta que no queremos esta
profanación última de la naturaleza, ¿qué podemos hacer frente a la
inmoralidad de quienes nos someten?
La humanidad ha recibido una naturaleza donde cada elemento es único
y diferente. únicas y diferentes son todas las nubes que hemos
contemplado en la vida, las manos de los hombres y la forma y el
tamaño de las hojas, los ríos, los vientos y los animales. Ningún
animal fue idéntico a otro. Todo hombre fue misteriosa y
sagradamente único.
Ahora, el hombre está al borde de convertirse en un clon por
encargo: ojos celestes, simpático, emprendedor, insensible al dolor
o trágicamente, preparado para esclavo. Engranajes de una máquina,
factores de un sistema, ¡qué lejos, Hölderlin, de cuando los hombres
se sentían hijos de los Dioses!
Los jóvenes lo sufren: ya no quieren tener hijos. No cabe
escepticismo mayor.
Así como los animales en cautiverio, nuestras jóvenes generaciones
no se arriesgan a ser padres. Tal es el estado del mundo que les
estamos entregando.
La anorexia, la bulimia, la drogadicción y la violencia son otros de
los signos de este tiempo de angustia ante el desprecio por la vida
de quienes nos mandan.
¿Cómo podríamos explicarles a nuestros abuelos que hemos llevado la
vida a tal situación que muchos de los jóvenes se dejan morir porque
no comen o vomitan los alimentos? Por falta de ganas de vivir o por
cumplir con el mandato que nos inculca la televisión: la flacura
histérica.
Cientos de miles de jóvenes son drogadictos. Andan como bandas por
las plazas del mundo.
Todo hace pensar que la Tierra va en camino de transformarse en un
desierto superpoblado. No es casual que en una de las últimas
Cumbres Ecológicas se hayan previsto guerras, en un futuro no muy
lejano, para la obtención de agua potable.
Este paisaje fúnebre y desafortunado es obra de esa clase de gente
que se ha reído de los pobres diablos que desde hace tantos años lo
veníamos advirtiendo, aduciendo que eran fábulas típicas de
escritores, de poetas fantasiosos.
Según esa inversión semántica que traen las lenguas, el epíteto de
realistas señala a individuos que se caracterizan por destruir todo
género de realidad, desde la más candorosa naturaleza, hasta el alma
de hombres y de niños.
Si bien los optimistas impertérritos arguyen que la humanidad ha
sabido siempre sobreponerse a los bárbaros acontecimientos, de
ninguna manera estamos en condiciones de poder confiar en esta clase
de sofismas. En primer lugar, porque hay civilizaciones enteras que
jamás se recuperaron, y en segundo, porque atravesamos una crisis
total y planetaria.
Ya hace unos años, la capacidad destructiva del mundo era cinco mil
veces superior a la que había en la época de la Segunda Guerra
Mundial, el poder de las bombas atómicas en reserva superaba un
millón de veces a la bomba que destrozó Hiroshima.
Un chiquito muere de hambre cada dos segundos. Lo criminal es que
con el medio por ciento del gasto de armamentos se podría resolver
el problema alimentario de todo el mundo. Nada hace pensar que estas
cifras estén variando para mejor. Son tiempos en que el hombre y su
poder sólo parecen capaces de reincidir en el mal. Hemos puesto en
funcionamiento potencias destructoras de tal magnitud que su paso,
como señaló Burckhardt, puede llegar a impedir el crecimiento de la
hierba para siempre. |
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