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INDICE
- Introducción.
- El concepto informacional de genoma.
- Si la enfermedad es desorden, la salud es orden.
- El origen del orden.
- La naturaleza como orden.
- La relación del orden con el desorden.
- La salud, la enfermedad y la cantidad de información.
- La evolución del estado de enfermedad.
- El orden precede a la disposición ordenada de las partes.
- El tiempo en la naturaleza versus el tiempo matemático.
- El orden al interior de la duración del presente especioso.
- El genoma y la coordinación de las enzimas.
- La Información explica la catálisis enzimática.
- La Información, la resonancia y la semejanza.
- Las características de la “fuerza vital” las explica la
Información.
- La llamada “influencia dinámica” de Hahnemann es Información
activa.
- El genoma y el proteoma.
- El genoma es más que el ADN.
- Conclusión.
- Post Scriptum 1: La importancia de la apoptosis.
- Post Scriptum 2: Las enfermedades crónicas.
Introducción.
Según Hahnemann, quien gobierna con perfecta armonía al organismo
en el estado de salud es la “fuerza vital”:
“En el estado de salud del hombre la fuerza vital autocrática que
dinámicamente anima el organismo material, gobierna con poder
ilimitado. Conserva todas las partes del cuerpo en admirable y
armoniosa operación vital, tanto respecto a las sensaciones como a
las funciones. (…) Sin embargo, la fuerza vital que reside en
nuestro organismo, es ininteligente e instintiva y rige la vida en
armonioso movimiento sólo mientras está en salud, pero es incapaz de
curarse a sí misma en caso de enfermedad. Pues si estuviera dotada
de semejante habilidad, nunca permitiría que el organismo se
enfermara.” (Artículo 9 del Organon.)
Nuestro propósito en el presente trabajo de investigación es
reinterpretar el concepto hahnemanniano de “fuerza vital” en
términos actuales.
En el “Post scriptum” a nuestro trabajo “Una
nueva teoría acerca de las ‘diluciones homeopáticas’ ”,
sosteníamos la necesidad de suponer “la existencia en todo
organismo vivo de una entidad integradora única constituida
por el conjunto de todas las Informaciones que lo controlan.”
Y decíamos que esta entidad era el genoma, pero
entendida no como el genoma de cada célula ni el mero conjunto de
todos ellos sino como la Información compartida por
todos los genomas individuales; y que el genoma así entendido
corresponde a la “fuerza vital” de Hahnemann.
El concepto informacional de
genoma.
Continuábamos diciendo en el texto citado:
“En un sistema total auténticamente no mecánico (como sería
este), el sistema total no es equivalente a la suma de sus partes.
Lo que se observa es que el todo está en cada parte.
¿Qué queremos decir con que el todo está en cada parte por pequeña
que sea? Pues que la Información genética no está, propiamente
hablando, distribuida autónomamente en cada núcleo celular sino que
la Información genética total se expresa a través de cada núcleo
–y, por tanto, de cada célula, tejido, órgano, etc.– aunque de
distinta manera según las circunstancias ambientales, tanto internas
como externas al organismo.”
Debemos aclarar que el concepto de Información que usamos –de ahí
que empleemos mayúsculas- tiene para nosotros un significado muy
determinado y especial que requiere ser explicado, lo que haremos en
la medida que avancemos.
El genoma, entendido en este estricto sentido informacional, rige el
equilibrio de cada parte del organismo y cuando esa capacidad
organizadora está, por diversas razones, interrumpida global o
localmente, se manifiesta la enfermedad.
En palabras de Hahnemann:
“Cuando una persona cae enferma es originalmente sólo la fuerza
vital inmaterial, activa por sí misma y presente en todas partes
del organismo, que sufre la desviación determinada por la
influencia dinámica del agente morboso hostil a la vida.”
(Artículo 11 del Organon; la negrita es nuestra.)
El sentido de la expresión: “la influencia dinámica del agente
morboso hostil a la vida”, no debe ser entendida como si fuera
referida a cuadros infecciosos sino que a toda circunstancia que sea
capaz de alterar el orden orgánico –y dentro de las cuales están
también, por supuesto, los diversos tipos de gérmenes-.
Dos aclaraciones más: el calificativo de “inmaterial” que emplea
Hahnemann para referirse a la “fuerza vital”, es concordante con
nuestro concepto de Información. La Información no es “material” en
el sentido común de este término, es decir, no está constituida por
átomos, iones o moléculas.
Además, la otra expresión predilecta de Hahnemann, “influencia
dinámica”, la entendemos como un efecto desorganizador; vale decir,
como un efecto que conduce a que una cierta cantidad de
información –aquí “información” va con “i” minúscula pues
corresponde al concepto bien establecido de cantidad de información-
se pierda para el organismo. Más adelante tendremos la oportunidad
de profundizar en el recto sentido con el cual habría que entender
“influencia dinámica”; pero, lo que está implicado en lo dicho se
relaciona con la intuición, ampliamente aceptada en la Homeopatía, y
que es que la enfermedad es desorden.
Si la enfermedad es desorden, la salud es orden.
¿Por qué el organismo se enferma? Porque es más probable para
cualquier organismo estar enfermo que estar sano. La tendencia a
enfermar –que en la intuición de Hahnemann es la “Psora”-
corresponde a la tendencia a perder orden que, a través de
toda la naturaleza, se expresa en la segunda ley de la
Termodinámica. Lo único que se opone al desorden es la Información
(que es orden). Así, el organismo, cualquiera que sea, nace con
orden y ese orden estaría destinado a perderse rápidamente, a menos
que lo impida la existencia en su seno de un fundamento de
orden capaz de oponerse a la entropía.
Conceptualmente hablando, si existe la entropía –vale decir, el
desorden- es porque existe también aquello que está cuando la
entropía no predomina. Y eso que la entropía puede anular, esa
no-entropía (o sea, esa neguentropía), debe existir por sí misma. En
otras palabras, debe existir positivamente y no como la mera
ausencia de otra cosa. Ahora bien, es solamente ese núcleo de
neguentropía (o de orden) alrededor del cual se organiza todo
organismo el que se opone al avance de la entropía; y su mecanismo
de acción consiste en que se auto genera y, como consecuencia de
ello, impide el aumento de la cantidad de entropía. Es evidente que
sólo el orden puede generar orden.
El origen del orden.
El orden no debería ser considerado como una consecuencia del
trabajo de ordenar, aunque efectivamente ese tipo de orden también
existe. Pero, para que exista tal tipo de orden, es necesario que el
trabajo de ordenar –además de demandar un consumo de energía- posea
previamente un fin en vista, un objetivo que es ya, en sí mismo,
orden. Sin el plan de lo que se desea lograr mediante el trabajo de
ordenar, no sería posible realizar dicho trabajo; y ese orden
implicado por cualquier plan o es el resultado de un trabajo de
ordenar anterior, lo que nos lleva a una regresión infinita, o es en
sí mismo orden. Tendremos que aceptar que, en algún momento en esta
cadena, tiene que existir un orden incausado, un orden que no sea la
consecuencia de un esfuerzo de ordenar que, a su vez, requiera de un
orden anterior.
El orden que maneja el ser humano es generalmente un orden heredado
de otros –en último término de la sociedad-, que, a través del
pensamiento, sigue una secuencia que no parece tener término. En el
resto de la naturaleza, en cambio, el orden no es consecuencia de
ningún plan sino que es, simplemente, orden capaz de organizarse
a sí mismo una y otra vez en la línea del tiempo y de una forma
específica.
La naturaleza como orden.
Ese ser propio de cada cosa que existe en la naturaleza, que
recibe precisamente la denominación de “naturaleza”, es el orden
particular que cada cosa posee pero que está lejos de ser
particular. Siendo particular a cada cosa considerada por sí misma,
es sin embargo universal, convirtiendo de esa manera lo particular
en parte de algo mucho mayor. Por ejemplo: un trozo de cobre en
cierto locus espaciotemporal y otro trozo de cobre en un
locus espaciotemporal distinto –como podría ser otra galaxia-
comparten en común su “naturaleza” que consiste justamente en el
ser cobre.
Ciertamente si pensamos en un tipo especial de célula se da el mismo
fenómeno, todas las células del mismo tipo comparten una
organización en común, pues a nivel biológico –tanto como a nivel
físico y químico- la “naturaleza” de cada cosa se funda en un orden
universal que comprende a cada una de sus manifestaciones
particulares.
La relación del orden con el desorden.
La organización de cada ente particular es la forma concreta como
el orden universal –que preferimos llamar “Información” para
conectarlo conceptualmente con la entropía- ejecuta su orden
específico. La organización misma es solo un efecto, es el efecto de
un proceso ordenador que nace de un orden capaz de subsistir por sí
mismo.
Es sólo porque existe el orden que existe el desorden. Y el desorden
no es más que la pérdida del orden. El orden mismo nunca puede dejar
de ser orden, pero puede expresarse más o puede expresarse menos.
Es, entonces, la expresión del orden –que es el grado de
organización que una cosa o ser posee y que puede cuantificarse (le
llamamos “cantidad de información”)-, la que disminuye, aunque puede
también aumentar, y al hacerlo permite que predomine la entropía.
La salud, la enfermedad y la cantidad de información.
Mientras un organismo funcione correctamente, lo cual quiere
decir que su organización mantiene un elevado nivel de orden, no hay
enfermedad sino salud. Pero no se pasa directamente de un estado de
perfecta salud a un estado único de enfermedad. Conceptualmente se
puede considerar a la salud como un estado único, pero no es lo
mismo para el concepto de enfermedad que estamos describiendo.
En la misma medida en que hay grados casi infinitos de pérdida en el
nivel de organización, existen múltiples grados de enfermedad. Por
supuesto no nos estamos refiriendo a tipos de enfermedad, no
se trata de un asunto de clasificación de patologías sino de
cuantificación de grados de orden. Existen tantos grados de
enfermedad como puedan ser medidos mediante la cantidad de
información que se haya perdido.
En un estado teórico de salud perfecto no solamente existe la
cantidad de información necesaria para el cabal funcionamiento
orgánico sino que hay redundancia de cantidad de información. En el
otro extremo del espectro, cuando la cantidad de información es
insuficiente el organismo simplemente no puede funcionar. Una cierta
cantidad de información es requerida para el funcionamiento de cada
célula, otra para el funcionamiento de los tejidos, órganos,
aparatos y sistemas, vale decir, para el funcionamiento
pluricelular.
Pero esto no es todo, pues habría que distinguir entre la cantidad
de información para fines funcionales de la cantidad de información
requerida para mantener la estructura celular y pluricelular.
Esto no quiere decir que sean diferentes clases de Información sino
que la misma Información se expresa tanto funcional como
estructuralmente. Recordemos que la cantidad de información mide el
efecto de la Información, que es el grado de organización y la
organización se refiere al funcionamiento y a la estructura a la
vez.
Las enfermedades orgánico-funcionales dependen exclusivamente de la
cantidad de información responsable del funcionamiento que se
pierde. Por su parte, las enfermedades orgánico-lesionales (como el
cáncer, por ejemplo), dependen tanto de la pérdida en cantidad de
información utilizada en la conservación de la estructura orgánica,
como de la de tipo funcional cuya previa pérdida hace posible la
lesión.
La evolución del estado de
enfermedad.
La cantidad de información no se pierde de manera continua sino
por saltos, o sea, discontinuamente. Cuando se ha perdido una cierta
cantidad de información, un cierto quantum, el organismo pasa
de un estado de equilibrio a otro diferente. Ambos, el que se ha
perdido y el que se acaba de alcanzar, son estados de equilibrio;
sin embargo, el último estado de equilibrio es un estado de peor
salud.
Cuando la pérdida en cantidad de información todavía no ha alcanzado
el quantum de cantidad de información como para descender a
un estado de equilibrio peor, el organismo puede con su propio
esfuerzo recuperar su equilibrio. Pero, cuando la pérdida en
cantidad de información ha sido mayor, el retorno al anterior estado
de equilibrio por parte del organismo ya no lo puede alcanzar con su
propio esfuerzo. Es a lo que se refería Hahnemann en el Organon
cuando sostenía que la “fuerza vital" era incapaz de curarse a sí
misma. Así, de estado en estado la salud se va empeorando.
Solamente con el aporte de la Información adecuada será posible
inducir en tal organismo una reacción curativa capaz de hacerlo
retornar al equilibrio perdido. La Información adecuada es por
supuesto el simillimum. Éste aporta la cantidad de
información que el organismo requiere para volver al estado de
equilibrio previo.
El retorno al estado de salud óptimo no tiene porqué darse de una
sola vez: es perfectamente posible, y de seguro constituye la
situación más corriente, que ese retorno se haga por etapas
intermedias. Mientras mayor sea la semejanza entre el medicamento y
el estado particular de enfermedad, menores serán las etapas
intermedias requeridas en la recuperación de la salud. Pero habrá
que considerar también cuánto ha sido el grado de deterioro que el
organismo ha llegado a alcanzar, pues lógicamente mientras mayor
éste haya sido mayor será también el número de etapas de retorno que
cumplir.
El orden precede a la disposición ordenada de las
partes.
Veamos ahora la relación que tiene el genoma informacional
–entendido como la “fuerza vital” de Hahnemann- con lo dicho hasta
aquí acerca del orden y el desorden.
Cuando examinamos un conjunto de elementos que mantienen entre sí
algún tipo de orden, es decir, si esos elementos o partes se
disponen de acuerdo a un esquema ordenador, tenemos la posibilidad
de hacerlo o bien a partir de una perspectiva total (u holística), o
bien hacerlo particularmente a partir de cualquiera de sus elementos
y tratar de entender cómo se relaciona con cada uno de los demás de
manera de generar una disposición ordenada. Esta última forma de
examen, que podríamos denominar “anatómico” –en el sentido
etimológico del término-, encuentra al orden como un resultado
y por tanto como un orden incapaz de generarse a sí mismo. Es lo que
podríamos simplemente llamar un “orden-efecto”, un orden que
requiere de un agente exterior a él como causa para existir
(habitualmente la acción de un ser humano).
Si, por el contrario, nuestra perspectiva abarca la totalidad,
encontraremos en primer lugar al orden mismo, un “orden
causa de sí mismo”, capaz de generar la disposición ordenada. El
orden, entonces, precede a la disposición ordenada de las partes.
¿Qué queremos decir con el verbo “preceder”? ¿Se trata de una
anterioridad temporal o de algún otro tipo? Que no se trata de una
anterioridad temporal, quedará claro un poco más adelante. Que el
orden es anterior a la disposición ordenada de las partes de un todo,
significa que el orden existe por sí mismo y no es meramente un
resultado de la acción de algún agente externo al propio orden. En
otras palabras, el orden precede en un sentido ontológico al
orden-efecto, al orden considerado escuetamente como la disposición
ordenada que cierto conjunto de elementos ha llegado a tener. Pues
mientras el orden en sí es intemporal, el orden-efecto posee una
historia.
El tiempo en la naturaleza versus
el tiempo matemático.
Cuando consideramos un conjunto ordenado de elementos y ese
conjunto ordenado es un sistema vivo, el tiempo que nos interesa no
es el tiempo matemático, mera abstracción, sino el tiempo que dura,
el tiempo que posee duración. Aquello que sucede (o funciona)
en un sistema vivo, ya sea en términos biológicos, ya sea en
términos sicológicos, lo hace no en un instante que tiende a cero
sino en una duración.
Tomándola prestada del filósofo William James, usaremos la expresión
“presente especioso”, para referirnos al momento presente no como un
mero instante sino como una duración que, a su vez, puede ser medida
por el tiempo matemático. El presente especioso es aquella
duración dentro de la cual suceden cosas, una enzima
cataliza la ruptura de una macromolécula o se produce el evento de
una percepción, por mencionar sólo dos ejemplos. En el ejemplo del
vaso de agua azucarada usado por Bergson, éste se preguntaba: “¿por
qué debo esperar a que el azúcar se disuelva?”
El tiempo que nos interesa, por tanto, es aquel que está constituido
por la sucesión de presentes especiosos que se encadenan unos a
otros en el continuo temporal abstracto que nos proporciona las
Matemáticas.
El orden al interior de la duración del presente
especioso.
El orden persiste al interior de cada presente especioso, vale
decir, posee duración. Por eso hemos dicho que el orden no precede
cronológicamente a la disposición ordenada de las partes, pues el
orden mismo y lo ordenado coexisten sincrónicamente.
No es que esté primero –en el tiempo- el orden y luego se genere el
ordenamiento sino que el orden se expresa en el ordenamiento. Para
utilizar una imagen expresiva, se podría decir que el ordenamiento
es al orden como la ola es al mar.
Desde la más simple hasta la más compleja organización del ser vivo,
la disposición ordenada de los elementos del conjunto que la
caracterizan está fundada en lo que es, en esencia, la misma clase
de orden. Es el orden que se mantiene a sí mismo en la duración de
un presente especioso.
De esa manera, lo que desde una perspectiva exclusivamente espacial
podría considerarse extremadamente difícil, y quizás imposible, como
es la coordinación de un sinnúmero de elementos separados entre sí,
y todos a la vez, cual sería el caso de cualquier organismo vivo;
resulta ser factible desde la perspectiva temporal de la duración
del presente especioso, en el cual el orden es uno y mismo para cada
elemento.
Pensemos en una célula cualquiera de un organismo vivo pluricelular.
En un instante dado, se están realizando diversas reacciones
bioquímicas. Al mismo tiempo, en cada una de las restantes células
de dicho organismo está ocurriendo otro tanto.
¿Cómo, de qué manera las reacciones bioquímicas de la célula
considerada en primer lugar se coordinan con las reacciones
bioquímicas de cada una de las restantes células del mismo organismo
y éstas a su vez entre ellas?
Volviendo un poco en nuestros pasos, un examen “anatómico” nos
conduce a considerar el orden de la totalidad, sin el cual
ciertamente ningún organismo podría sobrevivir, sencillamente como
un milagro. Las posibilidades de que las casi infinitas
coordinaciones entre un número tan inmenso de elementos falle, son
tan altas que deberíamos suponer como prácticamente imposible la
existencia de tal hecho y, todavía más, su persistencia en el
tiempo.
Sin embargo, un examen holístico nos permite entender la
coordinación entre elementos múltiples, muchos de ellos en estados
muy diversos entre sí, como la expresión de un único orden
que campea en la duración de cada presente especioso. No se
trata de un número casi infinito de órdenes particulares, el de cada
elemento con cada uno de los demás elementos, sino de un solo
orden general que existe en la duración de un presente
especioso y que es capaz de persistir para el presente especioso
siguiente.
Es porque el orden está en la totalidad que está a la vez en cada
parte y al estar en cada parte permite que la totalidad predomine.
Ahora, si el todo predomina sobre la parte, entonces el orden tiene
necesariamente que ser total, y si es total no puede
sino ser uno solo.
Por lo demás, cuando preguntábamos cómo era posible, desde una
perspectiva “anatómica”, coordinar la función de una determinada
célula con todas las demás, inadvertidamente colocábamos a la célula
considerada en primer término no solamente aparte en el espacio sino
que en el tiempo, en otro presente especioso. He ahí el error, pues
todas las células comparten el mismo presente especioso; luego, no
hay separación temporal así como no la hay espacial.
El genoma y la coordinación de las
enzimas.
La coordinación simultánea de diferentes reacciones bioquímicas
en un organismo vivo, que están sucediendo en un cierto presente
especioso, implica la coordinación de un número inmenso de enzimas.
Si cada enzima puede ser considerada como un elemento y el conjunto
de todas ellas como un sistema ordenado, entonces surge el problema
de cómo se relacionan tan armoniosamente entre sí.
Ahora bien, tanto el número como la calidad de las enzimas
requeridas en cada proceso de cada una de las células del organismo
dependen, por una parte, de lo que esté ocurriendo en el medio en el
cual ese organismo vive; pero, por otra parte, y esto es lo que
importa señalar, dependen también, y decisivamente, del genoma.
El genoma representa el conjunto de todas las Informaciones que cada
organismo necesita para sobrevivir. Mas es imprescindible considerar
a la Información no como un mero dato pasivo sino como una energía
capaz de producir efectos organizativos en la estructura molecular
del organismo. Es a lo que hemos denominado la capacidad
ejecutiva de la Información.
El genoma, con esta capacidad ejecutiva ya citada, mantiene la
disposición ordenada de cada una de las partes de la totalidad, es
decir, su organización, porque es el orden que se expresa en cada
parte sin pertenecer a ninguna de ellas en particular.
De la misma manera que un rasgo particular en un dibujo conviene al
dibujo en general porque es parte de un todo ordenado, la
conveniencia de cierta reacción catalizada por una enzima en una
cierta célula y en un instante dado estará determinada por su
importancia en relación con la totalidad orgánica. Por tanto, cada
una de las reacciones catalizadas por enzimas en cada una de las
células del cuerpo y en cada instante que se le considere, debe
estar coordinada con todas las demás.
En términos prácticos, lo anterior significa que lo que una
determinada enzima está haciendo en un cierto lugar del organismo
está coordinado con lo que otra enzima está realizando en un lugar
diferente, y quizás muy distante, del mismo organismo; porque ambas
expresan un orden compartido que es el orden impuesto por el genoma.
Por supuesto, en la realidad se trata no de una sola coordinación
como la señalada sino de todas las innumerables
coordinaciones sin las cuales el orden total se destruiría.
Todavía más, las coordinaciones se van transformando en el tiempo.
Mientras en un cierto presente especioso algunas enzimas activan
algunas reacciones bioquímicas, otras están inactivas; y al presente
especioso siguiente la situación habrá cambiado: serán otras enzimas
las activas y otras las inactivas, en una verdadera sinfonía
orgánica.
Es fácil suponer que sin una Información compartida, que es la
Información del genoma, la estructura y función del organismo se
destruiría; cada célula funcionaría por su parte y se perdería la
armonía pluricelular. Es lo que en efecto ocurre, aunque
parcialmente, en el Cáncer. El estado canceroso es un estado
orgánico en el cual se ha perdido una buena parte de la armonía
pluricelular.
La Información explica la catálisis enzimática.
Todas las complejas y numerosas reacciones bioquímicas que tienen
lugar en nuestro organismo son reguladas por enzimas, a través de la
capacidad catalizadora específica que ellas poseen. Esto quiere
decir que aceleran las reacciones químicas sin ser consumidas en el
proceso.
En presencia de enzimas, una reacción química en el seno de nuestros
tejidos requiere de una energía de activación mucho menor que en su
ausencia y de esa manera se incrementan de una forma decisiva las
probabilidades de que se realice.
La explicación es la siguiente: en el medio acuoso celular, las
diversas moléculas presentes en él son lo bastante estables como
para que el evento de reaccionar y formar productos sea más bien un
hecho ocasional. Se le denomina “energía de activación” a esta
especie de barrera energética a la reacción de las moléculas, o sea,
a esta energía necesaria para hacer que se produzca la reacción.
Ahora bien, salvo que se aportara energía extra desde afuera, la
única otra forma de superar el problema de vencer esta barrera es
mediante la capacidad que tienen las enzimas de formar un compuesto
intermediario inestable, que corresponde al estado de transición de
la reacción química, llamado “complejo enzima-sustrato”.
Siendo termodinámicamente inestable, este complejo rápidamente se
rompe para dar lugar a productos estables y a la enzima, la cual no
ha sufrido ningún cambio en el proceso y que puede volver así a
cumplir su rol de catalizador innumerables veces más.
Estos son los hechos, pero ¿cuál es la razón profunda de esta
capacidad catalizadora de la enzima? La macromolécula proteica en
que consiste la enzima, de un peso molecular que oscila entre varios
miles y varios millones –mientras su sustrato no tiene usualmente
más que varios cientos-, posee una estructura muy compleja, la cual
implica que posee también una gran cantidad de información.
La causa de esta gran cantidad de información está en la compleja
Información genética que transporta y que explica sus propiedades.
Es la Información enzimática –cuyo origen es genético- la que
determina que se produzca el complejo enzima-sustrato y, como
resultado de este hecho, que la energía de activación se reduzca a
un mínimo. La enzima posee la Información estrictamente apropiada
para unirse a su sustrato, y solamente a él, lo que se conoce
como especificidad enzimática; pues el genoma posee en
potencia las Informaciones para cada uno de los sustratos que el
organismo requiere en sus reacciones bioquímicas.
Si Ud. ya ha ordenado su pieza, no necesita hacerlo de nuevo. Lo que
queremos decir es que si la enzima ya posee el código que permite
que el sustrato se le una, no se requiere gastar energía en
propiciar su encuentro con él, gasto que constituiría parte
importante de la energía de activación necesaria en reacciones sin
presencia de enzimas.
La formación del complejo enzima-sustrato no consume energía
porque el trabajo de adaptar el sitio activo de la enzima a su
sustrato correspondiente, ya ha sido realizado. La existencia de la
Información genética asegura que ese sea el caso.
Por su parte, el complejo enzima-sustrato representa un estado muy
inestable por su alto nivel de complejidad, complejidad debida a la
enzima (y muy poco al sustrato). Esta inestabilidad da lugar
rápidamente al equilibrio con sus productos de la reacción y la
enzima nuevamente disponible para otra reacción. Como se puede ver,
aunque el proceso catalizador se da completamente en el interior de
un presente especioso, presenta dos etapas que son: la formación del
complejo enzima-sustrato, que constituye un proceso
termodinámicamente reversible, o sea, sin variación de la entropía
(sin degradación de energía, entonces); y la vuelta al equilibrio
inmediatamente después, con consumo de la energía interna del
sistema celular y variación positiva de la entropía.
Las enzimas permiten un uso más eficiente de la propia
energía interna del sistema celular –energía constituida
fundamentalmente por las colisiones al azar de sus moléculas-, al
inmovilizar a su sustrato permitiendo así que estos choques sobre él
se conviertan en energía libre; vale decir, en energía capaz de
hacer posible la superación de la barrera energética que la reacción
química necesita consumar para completarse.
En conclusión: la catálisis enzimática no representa un gasto
energético extra para el organismo. Si pensamos que las enzimas
conforman las piezas decisivas de la disposición ordenada de las
partes del sistema orgánico, entonces deduciremos que el orden
en sí mismo no consume energía. Sólo consume energía la
actividad orgánica.
La Información, la resonancia y la semejanza.
Para que se produzca una enfermedad, es necesario que una
Información exterior al organismo –como la de un germen, un cierto
alimento, una condición climática, alguna sustancia química, etc.-
provoque, por resonancia, el desequilibrio del genoma. La
Información exterior debe ser semejante a una parte de la
Información del genoma, para de esa manera crear una división
funcional entre esa parte y el resto del genoma.
Como ya hemos dicho, el estado de salud existe solamente cuando el
genoma funciona como una totalidad única. Cualquier división dentro
de ella significa la pérdida de la armonía orgánica a causa de la
pérdida de cantidad de información útil.
Mediante las patogenesias, Hahnemann comprobó que era posible
desequilibrar directamente un organismo utilizando exclusivamente la
Información, que la naturaleza aportaba a través de plantas,
minerales y otras sustancias. Que se trata exclusivamente de
Información, es fácil de demostrar pues muchas patogenesias fueron
realizadas con la dilución D30; es decir, usando diluciones que han
sobrepasado con creces el límite de dilución de átomos, iones y
moléculas (Número de Avogadro).
Las Informaciones semejantes tienen la propiedad de resonar
entre sí. De esa forma, cualquier Información que sea semejante a
una parte del conjunto de las Informaciones del genoma –conjunto de
Informaciones que, dicho sea de paso, funcionan como una
sola Información en el estado de salud-, desencadenará un estado de
desequilibrio global al producirse un conflicto entre la parte
desequilibrada y el resto. Precisamente la parte desequilibrada es
la responsable de los síntomas patogenésicos así como de la
sintomatología de los estados patológicos, según sea el caso, aunque
sobre un fondo sintomático generado por el desequilibrio total del
genoma.
Hahnemann lo intuía así: “Siendo nuestra fuerza vital un poder
dinámico, no puede ser atacada y afectada más que de un modo
inmaterial (dinámico) por las influencias nocivas que desde afuera
perturban el armonioso funcionamiento de la vida.” (Artículo 16
del Organon.)
Siendo nuestro genoma informacional (nuestra “fuerza vital”) sólo
Información no puede ser afectada más que por la Información –o sea,
de modo “dinámico”, como diría Hahnemann-, que sería en este caso la
Información patógena.
El Artículo 16, sigue así:
“De ninguna manera el médico puede remover todos los desórdenes
morbosos (la enfermedad) sino por el poder alterante inmaterial
(dinámico) que tienen los remedios apropiados sobre nuestra fuerza
vital dinámica y que es percibido por la sensibilidad omnipresente
de los nervios en nuestro organismo.”
El medicamento homeopático puede actuar sobre la “fuerza vital”
porque ambas son Informaciones; Información activa el primero,
pasiva la última. Permítasenos acá una digresión. Las diferentes
sustancias químicas –tóxicos, toxinas, fármacos, etc.-, también
poseen Información, aunque en estado latente (o Información pasiva);
pero, a diferencia de los medicamentos homeopáticos, sólo actúan
indirectamente sobre el genoma y como consecuencia de afectar
ciertos tejidos orgánicos (en último término, la organización de
estos). Sólo la Información activa, por resonancia –por “infección”,
diría Hahnemann (véase más abajo)-, puede actuar directamente
sobre el genoma.
Las características de la “fuerza vital” las explica
la Información.
“La fuerza vital, invisible por sí misma y sólo reconocible
por sus efectos en el organismo, da a conocer sus perturbaciones
morbosas únicamente por manifestaciones anormales de las sensaciones
y funciones y no las puede dar a conocer de otra manera.”
(Artículo 11 del Organon; las negritas son nuestras.)
Desde el punto de vista de la Biología molecular, es muy difícil
–por no decir imposible-, la aceptación de una entidad biológica que
participe del carácter de invisibilidad a todo método directo de
investigación como el que atribuye Hahnemann a la “fuerza vital”.
Sin embargo, la Información también se conoce sólo por sus efectos.
Hahnemann concluye su Artículo 11, de esta manera: “Sólo estos
síntomas de enfermedad constituyen el lado accesible a los sentidos
del observador y del médico.”
Los efectos en el organismo en forma de síntomas–de los cuales nos
habla Hahnemann-, corresponden a las modificaciones en el
funcionamiento orgánico que no son otra cosa que algún grado menor
de organización funcional (y estructural a veces), en comparación
con el estado de salud. Lo que se pierde, parcialmente, es la
expresión del orden en el organismo por la presencia de
Informaciones patológicas.
Señalemos que, a diferencia de las patogenesias, que son
enfermedades que desaparecen completamente una vez cesado el efecto
de la Información; los estados patológicos no sólo subsisten
mientras persista la acción de la Información patológica sobre el
genoma sino que pueden hacerlo aun cuando esta Información ya no
esté.
Una sustancia tóxica o un germen en plena virulencia, son ejemplos
de una clase de Información persistente sobre el genoma que, en el
corto plazo, desencadena un cuadro agudo; pero que se puede
transformar en un desequilibrio permanente –en una enfermedad
crónica-, si la resistencia orgánica decae más allá de cierto
límite.
Una enfermedad crónica representa un nuevo estado de equilibrio que
expresará un proceso habitual de funcionamiento orgánico pero que,
al compararlo con el estado de salud, consistirá en un nivel de
funcionamiento de peor calidad (el cual puede ser medido como un
estado con menor cantidad de información).
El peor funcionamiento se debe a la pérdida de algunas cuantas de
las múltiples coordinaciones entre procesos bioquímicos catalizados
por enzimas. Piénsese en lo que significa que, en un mismo presente
especioso, dos reacciones enzimáticas que deberían estar
coordinadas, no lo hagan. Agreguemos que en los hechos no se trata
de sólo una sino de muchísimas descoordinaciones y que, además, se
reiteran en el tiempo.
La llamada “influencia dinámica” de Hahnemann es
Información activa.
En una nota al Artículo 11 del Organon, Hahnemann se
pregunta: “¿Qué cosa es influencia dinámica, poder dinámico?”
Haciendo alusión a la acción ejercida por la gravitación –“energía
invisible y oculta”-, repara en que “se verifica sin
intervención aparente de influencia material o utensilio mecánico
como en las obras humanas”.
La intuición de Hahnemann es que la “influencia dinámica” se refiere
a una acción entre dos entes en la cual no existe ningún cuerpo
intermediario, como la acción de la gravedad en el espacio sideral.
De la misma forma, la “influencia dinámica” puede realizarse en
ausencia no solamente de algún cuerpo intermediario sino de
cualquier trozo de materia; en último término, sin la presencia de
átomos, iones o moléculas. Hahnemann da el ejemplo de la atracción
de un imán sobre un pedazo de hierro, pero no debemos perdernos en
lo que señala –la energía magnética- sino que fijarnos en lo que
está implicado por el ejemplo: en la ausencia de materia.
“Así, por ejemplo, el efecto dinámico de las influencias
patológicas sobre el hombre sano, así como la energía dinámica de
los medicamentos sobre el principio vital para el restablecimiento
de la salud, no es más que una infección, pero de ningún modo
material o mecánico.” (Las negritas son nuestras.)
Tenemos que tener cuidado con el término “infección” usado por
Hahnemann. No tiene en su lenguaje el mismo significado que, a
partir de Pasteur (alrededor de 1877), posee ahora para nosotros. En
el lenguaje de Hahnemann, “infección” es sinónimo de “radiación” (en
el sentido actual aproximadamente), de manera que un “efecto
dinámico” sería como el efecto de la radiación ultravioleta sobre
nuestra piel.
En lo que sí deberíamos reparar es en la expresión “de ningún
modo material o mecánico”. Para Hahnemann, “dinámico” es
equivalente a “inmaterial”. Sin embargo, el concepto de energía
radiante no existía en su época; de manera que no le era posible
descartar de su teoría ciertos tipos de energía –la del campo
magnético, por ejemplo-, que ciertamente no pueden explicar la
acción del medicamento homeopático. Y no lo pueden explicar porque
carecen del rasgo de ser específica –que sí lo posee la energía
electromagnética, en cambio-, capaz de provocar efectos
cualitativamente diferentes según varíe su naturaleza. Si el
medicamento homeopático fuera energía magnética, obviamente no
habría diferencia en el efecto entre un medicamento y otro.
La Información, ya lo dijimos, no es material en el sentido de
carecer de átomos, iones o moléculas, pero lo es en otro
sentido. Lo es en el sentido de estar siempre asociada a átomos,
iones o moléculas, salvo cuando lo está a radiaciones
electromagnéticas (las cuales son también “materia” en sentido
amplio).
Sin embargo, la Información cumple perfectamente con las condiciones
exigidas por la intuición hahnemanniana. Si bien, propiamente
hablando, la Información del medicamento no existe en ausencia de
materia, y así el medicamento debe ingresar al interior del
organismo transportado por algún vehículo material (glóbulos, gotas,
etc.); es igualmente cierto que Hahnemann tiene razón al sostener
que lo que el denomina “influencia dinámica” se ejerce por sí misma
(por resonancia) y no por intermedio de átomos, iones o moléculas.
Por el contrario, en el organismo son éstos los que sufren su acción
organizadora o, según el caso, desorganizadora (patologías y
patogenesias).
El genoma y el proteoma.
Debemos considerar ahora un nuevo concepto biológico, que goza de
gran interés actual y que está estrechamente relacionado con el
concepto de genoma. Nos referimos al concepto de proteoma.
El proteoma es el conjunto de todas las proteínas que intervienen en
los procesos biológicos de una especie –así se habla, por ejemplo,
del “proteoma humano”-, lo que incluye a las enzimas como una parte
destacada suya. Las enzimas expresan la fase activa de la
Información genética, vale decir, representan la fase ejecutiva del
genoma.
La Información en general puede estar en dos estados: activo y
pasivo. En los sistemas vivos, la Información activa se expresa como
enzima, la cual lejos de ser una simple macromolécula proteica es un
vehículo de Información.
Por su parte, la Información pasiva, o latente, se encuentra
encerrada como genoma. Pero su pasividad no debe ser entendida a la
manera de un archivo que no ha sido abierto sino más bien como una
energía potencial presta a ser usada. Nos agrada la imagen de la
flecha en un arco tensado al máximo por el carácter de pasividad
activa, si se nos permite la paradoja, que sugiere.
Difícilmente accesible para cualquier molécula externa, el genoma es
sin embargo sensible a las Informaciones. Constituye, de hecho, el
centro receptor de las Informaciones que proceden tanto desde
el exterior como desde el propio organismo. El genoma es un sistema
autorregulado, que responde inmediatamente a los cambios producidos
tanto en el medio externo al organismo como en su propio medio
interno. Cualquier cambio en algún tejido orgánico desencadena una
respuesta compensatoria destinada a recuperar el equilibrio,
mientras ello sea posible.
Como se aprecia, el proteoma es el brazo ejecutivo del genoma.
Concretamente, la Información pasiva de un gen se expresa como
Información activa a través de una enzima. En un cierto momento
cualquiera y para un cierto tejido orgánico, la presencia o ausencia
de determinada enzima, o su mayor o menor cantidad cuando está
presente, dependen de las Informaciones que el genoma esté
recibiendo en ese mismo momento.
Una aclaración se impone aquí: el proteoma completo de un organismo
ha sido considerado como el equivalente proteínico de su genoma,
pero esto no es exactamente así.
La equivalencia aproximadamente válida es entre la estructura del
ADN celular y la estructura del proteoma celular (la totalidad de
sus proteínas), vale decir, entre dos estructuras que son dos tipos
de organizaciones. Recordemos, sin embargo, que las organizaciones
son un resultado de la capacidad organizadora de la Información. El
genoma en tanto Información es el organizador tanto del ADN celular
como del proteoma celular.
El genoma (tal cual lo entendemos aquí, o sea, en términos
informacionales), no es el ADN, no es ni siquiera una estructura,
sino que la Información asociada a la estructura, pues la
Información solamente puede expresarse por medio de estructuras
moleculares –o, en menor medida, asociada a energía radiante-.
Es muy importante destacar las diferencias conceptuales envueltas
aquí. La supuesta equivalencia entre el genoma (en cuanto
estructura, o sea, en cuanto ADN) y el proteoma completo de un
organismo, surge a partir de un examen “anatómico” del
funcionamiento orgánico. Es el resultado de comparar ciertas
organizaciones estructurales tomadas aparte, pero desconociendo que
toda organización requiere de un poder organizador. Se desconoce que
lo que convierte tanto al ADN como al proteoma en sistemas complejos
altamente organizados es precisamente la Información genética.
En una parte del Artículo 15 del Organon, Hahnemann dice:
“El organismo es ciertamente el instrumento material de la vida,
pero no puede concebirse sin la fuerza vital que lo anima y que obra
y siente instintivamente; del mismo modo la fuerza vital no puede
concebirse sin el organismo. Por consiguiente, las dos constituyen
una unidad aunque nuestra mente separe esta unidad en dos
concepciones distintas a fin de que se comprenda más fácilmente.”
No es posible separar el orden de lo ordenado, lo que quiere decir
que no es posible separar la Información de la organización, que es
su resultado. Por tanto, no es posible separar al genoma ni del ADN
celular ni de su proteoma, pero siempre y cuando el genoma sea
entendido como Información (y no se le confunda entonces con el
ADN). Retomando las palabras de Hahnemann, podemos decir que “fuerza
vital” y organismo constituyen una unidad indisoluble porque sin la
Información del genoma el organismo dejaría de ser tal.
“El organismo material sin la fuerza vital es incapaz de sentir,
de obrar y de conservarse a sí mismo; está muerto y cuando está
sujeto únicamente al poder del mundo físico externo, se descompone y
se desintegra en sus elementos químicos.” (Artículo 10 del
Organon.)
El genoma es más que el ADN.
En el estudio de la secuencia del genoma humano o, más
propiamente, del ADN humano, y según lo publicado por la revista
científica “Science”, éste contendría entre 26.383 y 39.114 genes,
según la codificación realizada con un 99,96 por ciento de
fiabilidad por los científicos de la empresa privada “Celera
Genomics”.
Además del número de genes, el estudio de la secuencia ha revelado
que una cuarta parte del genoma es una región casi desierta, es
decir, con muy pocos genes que codifiquen proteínas o incluso
ninguno. Esto significa que la cuarta parte del genoma contiene
genes que no tienen ninguna función conocida.
Este es el primer hecho que quisiéramos señalar.
Cada persona comparte un 99,99 por ciento de su mapa genético con el
resto de la humanidad. El 0,01 por ciento restantes marcan las
diferencias entre unos y otros. Ahora, al comparar los ADN del ser
humano y del chimpancé, se observa un hecho sorprendente: coinciden
en un 98,7 %. Vale decir, la diferencia entre un ser humano y un
chimpancé es de sólo un 1,3 %.
El genoma como estructura, como ADN, es extremadamente semejante en
las distintas especies. Por ejemplo: el ser humano comparte más de
la mitad de los genes de la gallina y un 80 % de los del ratón.
Gerald Rubin, de la Universidad de California, director del proyecto
“Genoma de Drosophila”, y una vez completada la secuencia
genómica de este insecto, nos dice:
“Una levadura es un hongo simple, una única célula, pero las
moscas sólo necesitan el doble de los genes para hacer
un animal que puede volar sin estrellarse contra las paredes, que
tiene tejidos, nervios, músculos, memoria y otras clases de
comportamientos complicados como ritmos circadianos. El mensaje que
nos deja es que la complejidad más alta en animales como
moscas y seres humanos surge sin necesitad de agregar muchas nuevas
piezas." (Las negritas son nuestras.)
En realidad, el ADN es muy parecido, o a lo menos muy poco
diferente, tanto entre especies distintas como entre el ser humano y
otras especies. Sea levadura, sea mosca o sea ser humano, las
diferencias no son desmesuradas ni mucho menos.
Este es un segundo hecho que señalar.
Barbara Jasny, redactora de “Science”, acota:
"Tenemos que dejar de pensar en términos de genes como unidad.
Ahora hay que intentar comprender el funcionamiento de un sistema
múltiple complejo".
La conducta y características del ser humano no pueden explicarse de
forma suficiente por el funcionamiento de un solo gen, sino por la
interrelación de múltiples genes, lo que se denomina
“Localizaciones de Características Cuantitativas” (“QTLs” en sus
siglas en inglés). Por otra parte, las “QTLs” no se encuentran
perfectamente localizadas, pues los genomas son sistemas muy
fluidos.
Este es el tercer hecho que desearíamos señalar.
El primer hecho lo interpretamos como la expresión del carácter de
Información latente, o sea, de pura potencialidad que el genoma
posee. Ese 25 % de ADN del cual se desconoce toda función es parte
de un sistema mayor –el genoma informacional-, que tiene la
capacidad potencial de expresarse fenotípicamente de manera novedosa
si las circunstancias así lo determinan, permitiendo, por ejemplo,
la aparición de nuevos genes.
Lo cual se relaciona con el tercer hecho, el de ser “un sistema
múltiple complejo”, vale decir, un sistema que no se agota en su
organización lineal concreta (nos referimos al ADN y su secuencia).
El isomorfismo entre cierta secuencia de ADN y alguna característica
determinada solamente puede ser parcial e incompleto. El ADN es sólo
la punta del témpano de hielo, únicamente la parte estructurada del
genoma.
Además, el genoma como estructura de ADN es un sistema fluyente,
variable, con genes que se forman por unión de fragmentos diversos y
que dan lugar a proteínas de funciones nuevas, en pocas palabras: un
“caos” organizado. La razón de que se comporte de esta manera está
en ser una organización que sufre repetidamente la acción más bien
desorganizadora del ambiente, y que el genoma informacional responda
a esa acción reorganizándolo constantemente.
Lo que queremos decir es que el resultado de la interacción
organismo-ambiente lo determina finalmente el genoma como
centro receptor de Informaciones y, a la vez, centro organizador de
sí y de su ambiente; y que el ADN es meramente una estación
intermediaria. Sin duda, el genoma informacional es mucho más que el
mero ADN.
El segundo hecho mencionado, nos conduce a pensar que los genomas
son mucho más semejantes entre especies diferentes de lo que lo son
sus proteomas. Si, por un lado, las secuencias del ADN (genoma en
sentido restringido) son bastante semejantes en todas las especies,
no acontece exactamente lo mismo con sus proteomas. La razón podría
estar en que el tipo de proteínas, y en especial de enzimas, que
cada especie necesita dependen en gran medida del ambiente en el
cual viven, y al cual están adaptados. Ambientes y adaptaciones
diferentes deben reflejarse en proteomas un tanto diferentes.
Sin embargo, sus ADNs son extrañamente semejantes. Es sorprendente
el hecho de compartir el ser humano una parte de los mismos genes
con otras especies animales, incluso con especies muy primitivas –y,
todavía más, con especies vegetales-.
Del conjunto de los datos anteriores, podríamos extraer una última
deducción que es la siguiente:
Todo induce a pensar que el genoma humano encierra en estado
potencial a la totalidad de las Informaciones que existen en
la naturaleza.
Tal vez el ser humano no haya perdido del todo la capacidad de volar
como un pájaro y sólo por el hecho de haber seguido un camino
evolutivo diferente esa capacidad se quedó en un estado de latencia,
y asimismo pudo haber sucedido con muchas otras capacidades que
otras especies poseen. Nada está definitivamente cerrado ni para la
evolución del ser humano ni para la evolución de cualquier especie.
La naturaleza es potencialidad pura.
Conclusión:
El concepto de “fuerza vital” tal cual fue formulado por
Hahnemann, inmerso en una filosofía vitalista ya obsoleta, puede ser
rescatado para la Ciencia. Esa es nuestra convicción, la cual hemos
intentado fundamentar en las páginas anteriores. Pensamos que ha
llegado el momento de su actualización para el progreso de la
Homeopatía.
Hahnemann carecía de los instrumentos conceptuales idóneos para
llevar a cabo la tarea de establecer el concepto de “fuerza vital”
como un concepto científico, lo cual es comprensible si nos situamos
en la época de surgimiento del mismo.
El objetivo del presente trabajo ha sido reformular el concepto de
“fuerza vital” en términos de genoma informacional, es decir,
del genoma visto como la totalidad de la Información orgánica. Esta
Información genética se expresa a través de cada núcleo de cada una
de las células del organismo, cumpliendo con dos condiciones:
- que se mantenga la armonía del todo, y
- que haya una incesante adaptación a las variaciones impuestas
por el ambiente particular de cada célula (y de cada tejido, cada
órgano, etc.).
En síntesis: ningún cambio adaptativo local puede hacerse en
contra de la armonía del organismo como un todo. Esto implica que el
todo jamás se adapta a las modificaciones de las partes sino que
procura adaptarlas a su propio orden.
Esta es la razón por la cual una modificación local
persistente desequilibra al organismo considerado como un
todo, determinando de esa manera un estado patológico que la “fuerza
vital” es incapaz de revertir, como sostenía Hahnemann. Un ejemplo
clásico es el efecto de irritación del tabaco sobre los pulmones que
termina en un cáncer pulmonar.
Desgraciadamente las cosas no pueden ser de otra forma. Pues si, por
el contrario, fuera el orden total el que se adaptara a las
modificaciones de las partes, se ocasionaría en corto tiempo tal
desorden que haría la vida inviable.
Ahora bien, la Información genética se hace ejecutiva por medio del
proteoma, es decir, mediante la acción organizadora de las enzimas.
Cada enzima cumple el programa genético con la eficiencia y
oportunidad requeridas por el orden total.
La secuencia operativa es la siguiente:
Información genética → genoma → proteoma → organismo.
De esta manera se conserva, según creemos, la intuición de Hahnemann
–como lo prueban las anteriores citas del Organon- y, a la
vez, se le transforma en un concepto genuinamente científico por
estar basado en el concepto de Información.
El concepto de Información permite explicar, esperamos que
satisfactoriamente, la naturaleza física del
medicamento homeopático y, a la vez, la forma como éste puede
modificar el estado de un sistema biológico, ya sea para enfermarlo,
ya sea para inducir su curación. Este poder para modificar un
sistema biológico sería imposible si la Información careciera de una
capacidad ejecutiva, o sea, de una capacidad para organizar, pero
también para desorganizar cuando se trata “de un agente morboso
hostil a la vida”. Pues la Información modifica a su receptor en
el acto mismo de recepción.
Es precisamente en este punto donde la Información del genoma –la
“fuerza vital” de Hahnemann- cumple un papel decisivo. La
Información genética mantiene el orden orgánico en el estado de
salud mediante su capacidad ejecutiva, hasta que alguna Información
externa pudiera llegar a afectarlo más allá de cierto punto de
retorno.
La existencia de un centro organizador encargado del perfecto
funcionamiento de cada parte del organismo como asimismo del
organismo entero, corresponde a la intuición que, en lenguaje de la
época, Hahnemann denominó “fuerza vital”. Creemos que lo realmente
importante es hacerla comprensible en términos científicos actuales,
propósito que ha guiado la elaboración del presente trabajo de
investigación.
***
Nota bibliográfica: las citas del Organon se extrajeron de
Samuel Hahnemann, Organon de la medicina,
Edición 6B, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1980.
***
Post Scriptum 1: La
importancia de la apoptosis.
Sabemos que el orden total del organismo tiende a permanecer sin
cambiar jamás, o sea, que nunca se adapta a las modificaciones que
puedan ocurrir en cualquier parte del organismo sino que, por el
contrario, procura adaptarlas a su propio orden.
Cuando la “fuerza vital” (el genoma) es incapaz de adaptar
rápidamente las modificaciones disruptivas de algún tejido al orden
total, se produce la apoptosis, es decir, la muerte de
las células funcionalmente alteradas –y, en una etapa más avanzada
del desequilibrio orgánico, estructuralmente alteradas-. Y si este
mecanismo no fuera suficiente, el resultado es la enfermedad.
Se ha definido a la apoptosis como una “muerte celular programada”.
Esto se debe a que algunas células aparecen como programadas a morir
en un cierto momento como parte de la función o desarrollo normal de
los tejidos. Sin embargo, esta es una definición engañosa.
Pues si bien es cierto que la apoptosis ocurre en el desarrollo
normal, en la diferenciación celular terminal, en el recambio
celular normal en tejidos adultos, en la pérdida celular cíclica en
tejidos maduros y en la inmunidad celular; en todos los cuales
obedece a una programación, también lo hace en situaciones alejadas
de cualquier programación. Tal es el caso de la apoptosis que ocurre
en la fase del ciclo celular anterior al de la síntesis de ADN, cuyo
objetivo es impedir que una célula dañada reproduzca sus mutaciones
en su descendencia.
En el ciclo celular hay cuatro fases: mitosis, fase de control
celular G1, síntesis de ADN y fase de control G2. La apoptosis puede
actuar en el tercio final de G1 para impedir que una célula dañada
ingrese a la fase de síntesis de manera que las mutaciones no se
repliquen y en la fase G2 para impedir que las células que no hayan
llegado a la madurez entren en mitosis.
Durante el ciclo celular el genoma determina cuándo la célula debe
entrar en el proceso de autodestrucción o continuar el ciclo y
dividirse. Se ejerce de esa manera un balance entre mitosis y
apoptosis, regulando así la población celular de cada tejido, pero
asimismo eliminando células potencialmente peligrosas.
Podríamos dar también los ejemplos de eliminación tanto de las
células inmunológicamente autorreactivas como de las células
infectadas por virus además del ejemplo de las células genéticamente
dañadas, para demostrar que la apoptosis no consiste en todos los
casos en ser una muerte celular programada. Estos ejemplos muestran
más bien a la apoptosis como un recurso heroico por parte del genoma
para impedir la enfermedad.
Si sólo alrededor de la mitad de las neuronas del cerebro del recién
nacido pueden establecer conexiones útiles con otras neuronas,
mientras las restantes neuronas se autodestruyen, podría ser
considerado un caso de desarrollo normal del cerebro.
Pero también cabe la posibilidad de que se trate de la eliminación
de células genéticamente dañadas. O bien, de una mezcla de ambas
situaciones.
La verdadera perspectiva para examinar situaciones tan diversas
parece ser la siguiente: El orden total debe ser mantenido a
toda costa. Por tanto, cualquier célula que por cualquier
razón no se adapte a ese orden total, debe ser eliminada. Y ese
orden total se impone tanto en condiciones de normalidad (por
ejemplo, en el recambio celular normal en tejidos adultos) como en
condiciones patológicas (por ejemplo, en la eliminación de células
genéticamente dañadas).
Ambas condiciones son expresión del mismo hecho: de cómo las células
–y, por tanto, los tejidos, órganos, aparatos y sistemas- se adaptan
al esquema ordenador general del genoma. Semejante a hormigas que
trabajan en función de su colonia, las células son obedientes del
orden orgánico total.
Una célula diferente de una célula normal es eliminada precisamente
por ser diferente y no por alguna otra razón. Por
ejemplo, una célula inmunológicamente autorreactiva es eliminada no
porque ataque células del propio organismo sino porque no obedece la
Información genética que la restringe a ser inmunológicamente
compatible con el resto de las células del mismo organismo.
El principio al cual obedece el genoma es que toda desviación del
orden general atenta contra la estabilidad del organismo porque es
potencialmente dañina.
Por tanto, la apoptosis no constituye un fenómeno aislado en algún
lugar del organismo y circunscrito a un grupo local de células sino
la conducta general y normal del genoma informacional
en el estado de salud y en el comienzo de diversos estados
patológicos.
En consecuencia, cada vez que se encuentre apoptosis en una
patología es porque el genoma ha intentado restablecer el equilibrio
perdido sin haberlo conseguido por completo. Pues si lo hubiera
conseguido, la patología no existiría.
Pongamos un ejemplo: se ha encontrado apoptosis en los órganos diana
de la hipertensión arterial. Esto quiere decir que la patología –la
hipertensión arterial- no ha sido superada precisamente porque la
apoptosis no fue lo suficientemente eficaz.
Otro ejemplo es el de la Enfermedad de Altzheimer, que exhibe
apoptosis difusa del tejido cerebral, en especial en neuronas del
hipocampo, pues la sola existencia de dicha enfermedad es
demostración de que la capacidad de autorregulación del organismo
–mediante la apoptosis de las neuronas dañadas inducida por el
genoma- ha sido sobrepasada ampliamente.
Cuando se sostiene que parece existir una relación directa entre una
activación incorrecta de la apoptosis y las enfermedades
degenerativas y otra entre un exceso de inhibición de la apoptosis y
las enfermedades proliferativas, se describe sólo parte de la
realidad. La otra parte es que tanto la activación incorrecta como
el exceso de inhibición son consecuencias del hecho de que el genoma
ya ha sido superado largamente en su papel de control del orden
orgánico.
La apoptosis debe ser considerada esencialmente como un mecanismo de
conservación del estado de salud y, a lo más, útil sólo en los
primeros estados de la enfermedad aguda. Su presencia en la
enfermedad crónica es patognomónica y su aumento en el tiempo una
señal de su empeoramiento.
Se supone, con razón, que la apoptosis es desencadenada por señales
celulares controladas genéticamente. Se supone además que estas
señales se originan localmente, a partir de la célula misma o de su
interacción con otras células. En nuestra interpretación, dichas
señales provocan la apoptosis como una respuesta ejecutiva del
genoma informacional –que representa el orden general del
organismo-, en la medida, y sólo en la medida, que comprometan
el orden del organismo como un todo.
Necrosis y Apoptosis.
Dos formas de muerte celular son habituales en el organismo: la
necrosis y la apoptosis. Pero es importante distinguir entre la
apoptosis como un fenómeno hasta cierto punto normal del organismo y
la necrosis como un fenómeno siempre patológico.
En la necrosis se observan numerosas células vecinas sometidas a
este proceso, cubriendo una extensión variable con desintegración.
La destrucción de la membrana celular permite el escape al exterior
de elementos tóxicos que provocan un proceso inflamatorio que tendrá
efecto nocivo en el organismo, mayor o menor según sea la extensión
de dicho proceso.
A diferencia de la necrosis, en la apoptosis el proceso afecta a
determinadas células, no necesariamente contiguas y no a todas en un
área tisular. Como la membrana celular no se destruye, no hay escape
al espacio extracelular de su contenido, resultando un proceso sin
inflamación. De hecho es curioso que la fagocitosis de los cuerpos
apoptósicos no induzca a los macrófagos para que estimulen una
respuesta inflamatoria.
En la apoptosis hay retracción citoplasmática con fragmentación
nuclear (cariorrexis), vale decir, las alteraciones nucleares
representan los cambios más significativos e importantes de la
célula muerta y los organelos permanecen inalterados incluso hasta
la fase en que aparecen los cuerpos apoptósicos. (Al final de la
cariorrexis, se forman los llamados “cuerpos apoptósicos”, o sea, el
fenómeno por el cual la cromatina se condensa agrupándose en varios
sectores a nivel nuclear.)
Entonces, contrariamente a lo que ocurre en la necrosis en general,
en la apoptosis destacan las alteraciones morfológicas del núcleo
frente a las del citoplasma. Se podría decir que mientras en la
necrosis el núcleo hace explosión, en la apoptosis el núcleo hace
implosión. Dado que en el interior del núcleo se
encuentra la expresión estructurada del genoma, que es el ADN, la
orden de morir viene mediante la apoptosis desde la profundidad del
propio organismo (desde el genoma informacional).
Otra diferencia es que la apoptosis, a diferencia de la necrosis,
consume ATP, es decir, es un proceso que gasta energía. El organismo
dispone de parte de su energía para ejecutar la apoptosis de la
misma manera que lo hace para realizar sus otras distintas
funciones, o sea, como un recurso normal más –que lo es, al menos en
un principio-.
En conclusión: mientras la necrosis representa un estado claramente
patológico, la apoptosis es la forma más importante que el genoma
tiene para mantener el orden general del organismo. Y cuando ese
mecanismo de regulación fracasa, la apoptosis se torna inútil y
hasta perniciosa y sólo queda como la cicatriz del proceso
fracasado.
Post Scriptum 2: Las
enfermedades crónicas.
Como lo señalaba Hahnemann en el Artículo 9 del Organon,
el organismo es incapaz de curarse por sí mismo cuando el
desequilibrio ha ido más allá de cierto límite. Precisamente es ese
límite el que permite distinguir entre la enfermedad aguda
y la enfermedad crónica.
Las situaciones patológicas de carácter reversible constituyen las
enfermedades agudas. De acuerdo con la acertada caracterización
realizada por Hahnemann, las enfermedades agudas “son procesos
morbosos rápidos de la fuerza vital anormalmente desviada que
tienden a terminar en un período reducido, siempre más o menos corto”.
(Artículo 72 del Organon.)
La enfermedad aguda es el tipo de patología donde la apoptosis
tiende a ejercer una función efectiva en términos de recuperar el
equilibrio perdido. La eliminación de las células “equivocadas”
permite a veces que el orden orgánico total se mantenga.
En cambio, en la enfermedad crónica la apoptosis, tanto si está en
exceso como en falta, resulta ser un recurso insuficiente e incluso
desfavorable para el organismo.
La diferencia entre enfermedad aguda y enfermedad crónica es de
trascendental importancia médica. El llamado “problema de la
enfermedad crónica” al cual se enfrentó Hahnemann deriva de la
peculiar esencia de la enfermedad crónica, que la convierte en un
problema insoluble para la “fuerza vital” (para el genoma).
La enfermedad aguda termina “en un período reducido”, término que se
traduce ya sea en la recuperación por restitutio ad integrum
del organismo, ya sea en su conversión en una enfermedad crónica, ya
sea en la muerte del enfermo.
Muy diferente es el caso de las enfermedades crónicas que, en la
definición de Hahnemann, son “enfermedades de carácter tal que
–cada una a su manera peculiar- desvían dinámicamente el organismo
vivo, principiando en forma insignificante y a menudo apenas
perceptible. Le obligan a alejarse gradualmente del estado de salud
de tal modo que la energía vital automática, llamada fuerza vital,
cuyo fin es preservar la salud, solamente les opone, tanto al
principio como durante su curso posterior, una resistencia
imperfecta, impropia e inútil. Es incapaz por sí misma de destruir
la enfermedad en sí misma y la sufre impotentemente dejándose
apartar cada vez más de lo normal hasta la destrucción final del
organismo”. (Artículo 72 del Organon.)
El genio de Hahnemann intuye cómo acaecen exactamente los hechos.
Refiriéndose a la “fuerza vital”, dice dos cosas muy importantes. La
califica de “automática”, es decir, capaz de actuar por sí misma, lo
cual deberíamos entender en la actualidad no en el sentido de
mecanismos con ruedas y poleas, como en los tiempos de Hahnemann,
sino en el del computador con sus programas numerosos y variados.
Y dice, además, que el fin de la “fuerza vital” es “preservar la
salud”. Todo sucede como si el organismo hubiera sido diseñado más
bien para mantener el estado de salud, evitando la enfermedad, que
para propiamente combatir la enfermedad.
La “fuerza vital”, dice Hahnemann, le opone a la enfermedad de
carácter crónico “una resistencia imperfecta, impropia e inútil”.
Y esta resistencia, que es inútil justamente porque es imperfecta e
impropia, no varía en todo el curso de la enfermedad: “tanto al
principio como durante su curso posterior”. Por eso concluye
Hahnemann que la “fuerza vital” es incapaz de “destruir la
enfermedad en sí misma”.
Hahnemann atribuye la causa de la enfermedad crónica a la operación
de los “miasmas crónicos”. (Véase mi “Investigación acerca del
concepto de ‘miasma crónico’ ”.) Y como reifica a estos
“miasmas”, vale decir, los ve como cosas, no es extraño que nos
hable de “oponerle resistencia a la enfermedad” en lugar de
considerar a las disfunciones orgánicas como conductas patológicas
únicamente en la medida que representan una menor calidad biológica
(por ser menor su cantidad de información).
¿Por qué la “fuerza vital” es incapaz de curar una enfermedad
crónica?
Cuando el organismo enfermo no ha sido capaz de recuperar el
equilibrio perdido en un tiempo reducido, se enfrenta a un dilema: o
recupera el equilibrio al precio de ser de un nivel de inferior
calidad o se muere. Un organismo no puede permanecer mucho tiempo en
estado de desequilibrio, por lo cual debe recuperar algún tipo de
equilibrio aunque sea de inferior calidad al anterior. Y la
inferioridad consiste en ser un nivel que, comparativamente,
representa una pérdida en cantidad de información.
Tomemos el ejemplo de la diferencia entre dos programas de
computación que poseen cantidades desiguales de información; esa
diferencia está en que el programa más complejo permite, hablando en
términos sencillos, hacer más cosas con él en relación al otro
programa. De la misma manera, dos niveles diferentes de equilibrio
orgánico, uno con mayor y otro con menor cantidad de información, se
expresa en la diferente calidad del funcionamiento orgánico,
superior el uno con respecto al otro.
El organismo crónicamente enfermo se caracteriza por no tener la
suficiente cantidad de información como para, en el lenguaje de
Hahnemann, “oponer una resistencia” que sea adecuada. Sin embargo,
de lo que se trata no es de resistencia sino de corregir lo que está
funcionando mal, para lo cual se requiere mayor cantidad de
información. Pues es la carencia de cierta cantidad importante de
información la que se traduce en disfunción orgánica y, finalmente,
en lesión tisular.
Propiamente hablando, el problema reside en la impotencia que el
organismo demuestra –o, más correctamente, el genoma- para reordenar
el funcionamiento alterado; y no porque no lo haya intentado sino
porque fracasó en su intento.
La enfermedad crónica representa un estado de equilibrio, al igual
como lo es el estado de salud, pero de inferior calidad biológica y
con grados siempre descendentes de calidad de funcionamiento a
medida que se empeora. Hahnemann lo dice así: “el organismo vivo
(…) sufre impotentemente [la enfermedad crónica]
dejándose apartar cada vez más de lo normal hasta la destrucción
final”.
De grado en grado la enfermedad crónica empeora y a cada grado que
se desciende, la cantidad de información es menor. Es decir, en
lugar de descender por un plano muy inclinado, el funcionamiento
orgánico desciende por una pendiente suave constituida por niveles
sucesivos paulatinamente decrecientes. Lo que podría tomar muy poco
tiempo, pasa de este modo a dilatarse en el tiempo. Haciendo así
justicia a la denominación de “crónica” (de “khrónos” = tiempo) que
tiene este tipo de enfermedad.
Dado que el estado de equilibrio representado por cada uno de los
estados patológicos crónicos es realmente un estado de equilibrio,
esto implica dos cosas a la vez: Es un estado que impide el
empeoramiento acelerado del funcionamiento orgánico –como sería el
caso de una enfermedad aguda que lleva finalmente a la muerte-; pero
es, al mismo tiempo, un estado que presenta una inercia a cambiar a
un estado superior.
Vale decir, la enfermedad crónica representa un estado de compromiso
que detiene el curso precipitado de la enfermedad al precio de
perder la viabilidad de retornar a un estado de verdadera salud.
Por las razones mencionadas, saltar desde un estado de equilibrio
patológico crónico al estado de salud, simplemente el organismo no
lo puede hacer. Sin embargo, sí puede hacerlo muchas veces en la
enfermedad aguda. Aquí está, entonces, en esta imposibilidad de
mejoría real, la esencia de lo que caracteriza a la enfermedad
crónica.
Observemos una analogía, que envuelve una identidad de fondo, entre
esta situación y la catálisis enzimática. Las diversas moléculas
presentes en el interior de la célula son muy estables y para
obligarlas a participar en alguna reacción química se requiere la
acción incitadora de la enzima. La enzima aporta la Información
apropiada a cada sustrato (a cada una de esas moléculas estables),
determinando así la formación del complejo enzima-sustrato que
facilita la culminación de la reacción química, dando lugar a
productos de la reacción y a la liberación de la enzima involucrada.
De la misma forma, el paso de un nivel de funcionamiento orgánico a
otro superior implica un cambio que exigiría una ayuda externa que
lo hiciera posible: como un aporte extraordinario de energía, por
ejemplo. Pero ni esa energía está disponible ni existe la
posibilidad de ser usada de la manera apropiada aunque lo estuviera
porque no es sólo ni principalmente energía lo que se pierde al caer
el organismo a un nivel de funcionamiento inferior sino que
cantidad de información. Por eso, aportar energía sin la
cantidad de información apropiada sería simplemente desperdiciarla.
Ahora bien, la utilización del medicamento homeopático adecuado al
enfermo crónico –el simillimun-, al igual que sucede con la
enzima en el caso de las reacciones bioquímicas, proporciona la
cantidad de información de la Información apropiada que el organismo
necesita para saltar al estado superior, haciéndolo así posible.
Estamos hablando, entonces, desde una visión holística que considera
a la enfermedad crónica como una manera de funcionar que, aunque de
menor calidad biológica en comparación con el estado de salud,
siempre involucra a la totalidad del organismo.
Cuando se analiza “anatómicamente” la enfermedad crónica, se la
tiende a ver como un defecto en un organismo por otra parte sano.
Entonces puede sostenerse, por ejemplo del cáncer, que la falla del
factor antineoplásico considerado el más importante, la proteína 53
(sintetizada por el gen humano p53), sería causa de su aparición.
Pero no hay una explicación para la falla misma, como si fuera un
mero accidente y no el resultado tardío de un compromiso patológico
anterior de todo el organismo.
Se supone que el rol de esta proteína sería frenar el ciclo
destruyendo células, mediante la apoptosis, antes de llegar a la
etapa de síntesis a fin de impedir que se repliquen mutaciones
carcinogenéticas, que producirían nuevas cepas tumorales cada vez
más agresivas.
Esta manera de interpretar la realidad que carece de la dimensión
temporal, o sea, prescindiendo del hecho que al estado de enfermedad
crónica se llega en el tiempo y siempre afectando al organismo
entero, percibe la participación de esta proteína como si no
dependiera en ningún caso del momento en el cual se considera su
acción.
Pensamos por el contrario que su verdadera importancia estriba en
evitar la formación de la neoplasia, lo cual implica un
organismo sano. En cambio, su participación cuando el organismo ya
está crónicamente enfermo y, específicamente, padeciendo un estado
canceroso, es mucho menor y probablemente despreciable.
Dicho de manera muy simple: si cada vez que se produce una célula
anormal, sea cancerosa o no, es eliminada por apoptosis, entonces
simplemente es porque el organismo está sano. Si se produce una
célula anormal y no es eliminada de inmediato, entonces
sencillamente es porque el organismo ya padece una enfermedad
crónica.
El tratamiento de las enfermedades
crónicas.
La única manera de cambiar una situación de enfermedad crónica
consiste en proporcionar a ese organismo enfermo la Información
exacta, pues solamente la Información exacta puede aportar la
cantidad de información que necesita para recuperar las funciones
perdidas.
Las funciones orgánicas están fundadas en el acoplamiento
exquisitamente ordenado de distintos sistemas enzimáticos, lo cual
implica el uso de una gran cantidad de información por parte del
genoma. El principio es que mientras mayor es la complejidad
involucrada, mayor es el requerimiento de cantidad de información.
Debe considerarse también que mientras mayor sea la cantidad de
información que el organismo posee, mayor es la cantidad de
información del ambiente que es capaz de procesar, es decir, ante la
cual puede responder adecuadamente. La explicación está en que a
mayor cantidad de información, mayor es igualmente el grado de
adaptación al ambiente, lo que equivale a decir que el organismo
posee una mayor cantidad de recursos a que echar mano frente a las
variaciones de su alrededor.
En el organismo enfermo crónicamente, y por el hecho de haber
perdido una importante cantidad de información, la adaptación está
perturbada. De la adaptación alterada surgen precisamente los
síntomas de la enfermedad. Por eso, Hahnemann tenía razón cuando
decía que “los fenómenos morbosos accesibles a nuestros sentidos
expresan al mismo tiempo todo el cambio interior –es decir, todo el
trastorno morboso del dinamismo interior-, en una palabra, revelan
toda la enfermedad”. (Artículo 12 del Organon.)
Pero la cantidad de información que nos interesa es aquella de la
Información que conviene, por su semejanza, al particular desorden
del genoma. Luego, sólo la Información adecuada puede, mediante su
resonancia con el genoma, suministrar la cantidad de información que
éste necesita.
Existen, por tanto, dos aspectos que no deben confundirse:
El aspecto cuantitativo, representado por la cantidad
de información. Así, si el organismo enfermo no recibe toda la
cantidad de información que es menester, es imposible que se cure.
El otro aspecto es el cualitativo, representado por la
semejanza. Únicamente la Información exacta puede resonar con el
genoma porque es semejante al desorden relativo que éste presenta (Ley
de los Semejantes). Y solamente a través de la resonancia es
posible incorporar al organismo la cantidad de información
requerida.
De acuerdo con la Ley de los semejantes, toda sustancia que
sea capaz de enfermar tiene la capacidad de inducir la curación de
aquello en que consiste la enfermedad que provocó. La explicación
está en que la Información de la sustancia es la misma, con mayor o
menor grado de aproximación, que la Información que produce los
síntomas a través de los cuales se expresa la enfermedad.
Es decir, la semejanza se refiere al grado de aproximación, pero la
Información tiene que ser la misma pues de otra manera
no habría resonancia entre el medicamento y la alteración del
genoma. Toda Información está constituida por un conjunto de
Informaciones –y mientras mayor sea su complejidad, mayor será el
número de Informaciones que la constituyen-; por eso la Información
de la sustancia puede ser más o menos semejante a la Información
patológica, según sea el grado de aproximación que tenga con ella.
En consecuencia, habrá medicamentos –o sea, Informaciones- que se
asemejen más que otros a la Información patológica porque se
identifican más con ella.
En síntesis: si la esencia de la enfermedad crónica consiste en la
pérdida irreversible –para todo esfuerzo espontáneo- de una cierta
cantidad de información por parte del genoma, cantidad de
información necesaria para el perfecto funcionamiento orgánico,
entonces la única manera de curarla será aportándole al genoma
enfermo la cantidad de información total que le falta.
Pero, a su vez, la única forma de que el genoma pueda recibir esa
cantidad de información que le hace falta será mediante la
Información exactamente correspondiente al desorden del genoma, ya
que es la única que puede resonar con él y, por tanto, incorporarse
al genoma mismo.
Cómo entender el concepto de
“fuerza vital” de Hahnemann.
El concepto de “fuerza vital” de Hahnemann permanece misterioso
en sus escritos como no podía ser de otra forma. No sabemos
actualmente, ni lo sabía Hahnemann tampoco, qué es “fuerza vital” y
de qué manera puede actuar como, según él, lo hace. No existe una
explicación científica.
Asimilar el concepto de “fuerza vital” al concepto de genoma
informacional de manera que cada propiedad que Hahnemann atribuía a
la “fuerza vital” pueda ser duplicada por el concepto de genoma
informacional y explicada por él, nos conduce a proporcionar una
verdadera explicación científica a lo que en Hahnemann era sólo una
intuición.
En primer lugar, sostenemos que sin el concepto de Información
no es posible explicar de una manera científica el misterio de las
“diluciones homeopáticas” ni, por tanto, cómo pueden éstas actuar
sobre el organismo sano para enfermarlo o sobre el organismo enfermo
para inducir su curación.
En “Una nueva teoría acerca de las ‘diluciones homeopáticas’
” explicamos qué es y cómo surge aquello que Hahnemann denominaba
“dinamización homeopática”. Y a partir de este punto de partida se
hace posible explicar también la interacción entre la “dinamización
homeopática” y el organismo –o, más bien, la “fuerza vital”que lo
gobierna-.
Si se puede explicar qué es “dinamización homeopática”, entonces se
puede explicar igualmente qué es “fuerza vital” porque, de acuerdo
con la intuición hahnemanniana, son de la misma naturaleza. La
diferencia entre la primera y la segunda no es de naturaleza sino de
nivel de complejidad.
La Información presente en la naturaleza “no viva” no es
esencialmente diferente a la Información presente en la naturaleza
“viva”, de la misma manera como la naturaleza de las moléculas que
constituyen los sistemas “no vivos” no difiere de aquella de las
moléculas componentes de los sistemas “vivos”.
En el volumen líquido ocupado por una “dilución homeopática” –o, si
queremos llamarla así: “dinamización homeopática”- existe una y
solamente una Información, aquella correspondiente al soluto de la
cual se obtuvo. En el volumen ocupado por el organismo vivo, sea
humano o no, existe una y solamente una Información, aunque de una
complejidad inmensamente superior a la de cualquier “dilución
homeopática”.
Así como la Información en todo el volumen de la “dilución
homeopática” es una y misma, existiendo en cada una de las partes en
que se le quiera dividir; asimismo en la totalidad del organismo
existe una y sólo una Información que involucra a cada célula por
igual y que es el genoma informacional (la “fuerza vital” de
Hahnemann).
Además de la enorme diferencia de complejidad ya señalada entre la
“dilución homeopática” y la “fuerza vital”, hay una diferencia de
otro tipo que aumenta aún más dicha diferencia en el grado de
complejidad. Nos referimos a lo siguiente: el organismo está “compartimentalizado”,
es decir, está encerrado en espacios que encierran a otros espacios.
La existencia de membranas biológicas, en especial de la membrana
celular y de la membrana nuclear, determina que la Información total
se divida en espacios cada vez más pequeños sin perder, no obstante,
su carácter de unidad.
En otras palabras, el todo está en cada parte sin perder nunca su
cualidad unitaria por más que la Información se divida y subdivida
innumerables veces, tanto más cuanto mayor es su complejidad, pero
siempre conservando su naturaleza integral. Si en cada porción del
volumen ocupado por la “dilución homeopática” está la misma
Información, igualmente en cada célula del organismo está la misma
Información que es la que llamamos “genoma informacional” o, en
honor a Hahnemann, “fuerza vital”.
Usando la imaginación, podemos figurarnos el genoma informacional
como un campo –a la manera de un campo magnético, por ejemplo-, y a
las moléculas componentes del organismo obedeciendo a ese campo y
distribuyéndose ordenada y armoniosamente en su interior.
Sospechamos que esa era la imagen que Hahnemann tenía en mente
cuando hablaba de la “fuerza vital”.
Pero, a diferencia de un campo magnético que es homogéneo, este
campo del genoma informacional es sumamente heterogéneo y, además,
de una heterogeneidad que varía en el tiempo. Cada punto del campo
del genoma informacional es, a su vez, un nuevo campo organizador,
el cual está sufriendo cambios adaptativos todo el tiempo en función
tanto de su entorno como de su necesidad de mantener el orden
global.
Ahora, si cada uno de estos puntos es un ADN, luego, un núcleo,
entonces corresponde a una célula. De esa manera, cualquier cambio
que ocurra en el ADN del núcleo de cualquier célula del organismo se
adapta al orden general impuesto por el genoma informacional, en el
mismo sentido en el cual una parte del campo, por pequeño que sea,
obedece al campo total.
Palabras finales:
En el Artículo 9 del Organon, Hahnemann sostiene que la
“fuerza vital” es “incapaz de curarse a sí misma en caso de
enfermedad”. Sin probablemente sospecharlo, al formular ese
descubrimiento está Hahnemann poniendo a plena luz el porqué de la
existencia de la enfermedad crónica.
Nosotros lo entendemos así: hasta un cierto momento en la vida de
cada persona, momento que difícilmente puede ser precisado, el
organismo ha funcionado de manera totalmente normal. Se trata, por
tanto, de un organismo hasta ahora sano.
¿Qué sucede entonces? Que a partir de ese momento, y por las
diversas razones que pueden conducir al desequilibrio de la “fuerza
vital”, ese organismo ha dejado para siempre de ser
sano. Aunque expresado de esa forma suene dramático, es exactamente
así como sucede. La “fuerza vital”, que ha cuidado a ese organismo
manteniéndolo sano por muchos años, en ese preciso momento pierde
parte importante de su capacidad de seguir haciéndolo.
Podríamos hablar del “momento de la irreversibilidad”, del momento
en el cual el organismo comienza un viaje sin retorno “principiando
en forma insignificante y a menudo apenas perceptible”, al decir
de Hahnemann.
¿Por qué un organismo hasta ese instante perfectamente sano dejó de
serlo para el resto de su vida? Porque es el instante en el cual
perdió mayor cantidad de información útil que la que le ha sido
posible recuperar. Es así de simple: un asunto de balance de
cantidad de información. Si, a partir de ese momento, el organismo
no dispone más de la suficiente cantidad de información útil
simplemente no puede volver a funcionar como antes de esa pérdida,
es decir, como cuando estaba sano.
Si somos fieles en nuestra interpretación de la intuición de
Hahnemann, cosa por supuesto discutible, entonces podríamos decir
que, mientras la tendencia a enfermar ha estado latente todo el
tiempo constituyendo la “Psora latente”, ésta se ha hecho activa
justamente en el momento en que la incapacidad de la “fuerza vital”
de curarse a sí misma se manifiesta. La incapacidad de curarse
a sí misma que resulta de la actuación infructuosa de la
“fuerza vital” es la “Psora activa”.
La posibilidad de enfermarse está todo el tiempo
presente para cualquier organismo en la forma de una probable
pérdida del orden orgánico, vale decir, de una pérdida de cierta
cantidad de información necesaria para que funcione adecuadamente.
Esta es la “Psora latente”, expresión biológica de la segunda ley de
la Termodinámica. Por eso, más que preguntarnos porqué se enferma
cualquier organismo deberíamos preguntarnos qué ha impedido que se
enfermara hasta ahora.
Cuando en efecto se ha perdido una parte significativa de cantidad
de información (o sea, de orden), la “Psora” se hace activa.
Aclaremos, sin embargo, que la cantidad de información no se pierde
de manera absoluta sino que más bien es una parte de la cantidad
total de información que se torna inútil. Y un sistema que ya no
funciona con tanta eficiencia –concretamente debido al acoplamiento
imperfecto entre diversas reacciones enzimáticas-, implica que
dispone de una menor cantidad de información útil que la necesaria
para realizar correctamente sus funciones orgánicas.
Por tanto, no es necesario buscar en una causa externa al propio
organismo el surgimiento de esta incapacidad de curarse a sí misma
que expresa la “fuerza vital”. Esta incapacidad, o “Psora activa”,
no es el resultado de la acción de un agente externo, cualquiera que
sea, que provoca en el organismo tal condición. Esta incapacidad de
la “fuerza vital” consiste simplemente en la pérdida
de algo que se tenía en suficiente cantidad hasta ese momento:
cantidad de información útil. Luego, es estrictamente un asunto
generado al interior del organismo.
Nunca un agente externo al organismo, sea éste cual fuese, puede ser
causa de la “Psora” porque implicaría que el organismo en tal caso
estaría completamente sano hasta el momento mismo de
sufrir la agresión del agente exógeno; por lo cual la enfermedad
sería exclusivamente la consecuencia de dicha
agresión.
Para que tal cosa fuera posible, solamente tendrían que existir dos
estados: el estado de salud y el estado de enfermedad, sin gradación
ninguna entre ambos estados. Sin embargo, el carácter
evolutivo de la enfermedad crónica es una demostración
incuestionable de que la pérdida en el estado de salud es siempre
gradual; es decir, que hay muchos estados de enfermedad:
desde el más imperceptible hasta el más evidente, en relación
directamente proporcional con la pérdida progresiva de cantidad de
información útil. Por su parte, el estado de salud es más un estado
teórico que real y que sirve de punto de referencia para evaluar los
diferentes grados de enfermedad crónica.
En otras palabras, desde el momento mismo en que se pierde la salud
por primera vez hasta el momento siguiente en el cual se agrava y en
cada uno de los momentos sucesivamente posteriores en los cuales
continúa agravándose más y más, el fenómeno no difiere en absoluto
sino que es exactamente el mismo. Independientemente de cualquiera
sea el factor exterior desencadenante, el mecanismo de producción y
empeoramiento de la “Psora” consiste en una desorganización
invariablemente creciente del funcionamiento orgánico. Una vez
perdido cierto grado de orden, solamente puede perderse todavía más;
y siempre lo hará de manera gradual.
Por otra parte, si se postulara que previamente a la agresión
sufrida por el organismo ya había una tendencia a enfermar, la cual
se pondría de manifiesto precisamente por la acción del agente
externo supuestamente causante de la “Psora”, entonces esa tendencia
ya sería “Psora”; y, por tanto, no podría ser una explicación del
origen de ella.
La tendencia a enfermar no es otra cosa que “Psora latente”, la cual
está inscrita en la propia estructura de cada organismo porque es
una ley de la naturaleza que el orden tienda a perderse y, por
tanto, que toda organización tienda a desorganizarse. Pero cuando
efectivamente se desorganiza –y de esa manera la “Psora” se
hace activa-, dicha desorganización se revela desde el
interior del organismo porque su origen está allí y no en el
exterior.
Por supuesto que muchas cosas han sucedido en el ambiente alrededor
de ese organismo que han llevado finalmente a esa pérdida de
cantidad de información. Pero no se trata de cosas específicas ni
tampoco en una cantidad determinada sino de un conjunto inespecífico
de diversos acontecimientos patógenos en la vida del organismo que
terminan por superarlo en su capacidad de autorregulación.
Mas sin la existencia de una alteración potencialmente evolutiva del
orden en el interior del organismo –lo que Hahnemann llamaba “el
trastorno morboso del dinamismo interior”- que lo torne
vulnerable a la acción de los agentes exteriores, la enfermedad
crónica no podría desarrollarse. En último término, podríamos decir
que el desorden siempre está en el genoma. (Véase mi “Investigación
acerca del concepto de ‘miasma crónico’ (o concepto de la ‘Psora’)”.) ***
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