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De hecho, la epigenética, además de su impacto
directo en nuestras vidas, remueve los cimientos de la
mismísima teoría de la evolución.
Esta frase, perdida entre el texto del artículo que sigue, no
tendrá grandes repercusiones científicas. No habrá pasado, en
el mejor de los casos, de provocar algún comentario irritado
de alguna “autoridad académica” o un gesto de sorpresa en
alguno de los cultos lectores habituales del suplemento
dominical que lo publica. Al fin y al cabo, no es más que eso:
un artículo divulgativo con el que entretener el domingo.
Sin embargo, es una frase que contiene la esencia de un debate
silenciado durante 150 años. Por una parte, es un reflejo del
tergiversado aspecto histórico, con la atribución a Darwin de
“la” teoría de la evolución, cuando la realidad es que éste no
sabía muy bien que en su famoso libro hablaba de evolución, y
tuvo que ser Huxley el que se lo explicase. Por otra, el
debate científico sobre las ideas darwinistas, que ha existido
desde la misma publicación de “Sobre el origen de las
especies por medio de la selección natural, o el mantenimiento
de las razas favorecidas en la lucha por la supervivencia”
pero que ha sido silenciado, muchas veces mediante recursos
que hacen sospechar que hay “algo más” detrás de la defensa de
estas ideas. Desde St. George Mivart, zoólogo evolucionista
contemporáneo a Darwin, cuyas bien fundamentadas críticas
finalizaron con su expulsión de la Universidad de Oxford,
justificada por su conversión al catolicismo, la lista de
científicos muy cualificados (comenzando por el “denostado”
Lamarck), descalificados, tergiversados o represaliados y el
análisis de los motivos podría ocupar todo un tratado. Los
casos más recientes, Eva Jablonka y Edward Steele, cuyas
propuestas lamarckistas se basan en datos empíricamente
constatados, se han solventado con críticas feroces en las
revistas científicas más prestigiosas, con expresiones
verdaderamente insultantes para la primera, y la expulsión de
la Universidad de Wollongong (Australia) para el segundo.
Incluso científicos ampliamente reconocidos, como S. J. Gould
o L. Margulis, que han cometido el pecado de expresar dudas
sobre “la” teoría pero sin atreverse a “abjurar” del
darwinismo, han recibido descalificaciones de todo tipo,
incluido el ideológico y el personal (llegando al absurdo de
criticar hasta el aspecto estético) por parte de los
“guardianes de la ortodoxia”.
Que no se trata de un debate científico “limpio” se pone de
manifiesto, incluso, en la prudente frase, (no se puede saber
si transcripción de las palabras del Dr. Esteller, o
interpretación de la autora del artículo), Parece que
Charles Darwin no tenía toda la razón. Pero nosotros, tal
vez menos prudentes, podemos intentar valorar qué parte de
razón tenía Darwin.
En la actualidad, resulta poco menos que imposible dilucidar
cuales son las bases científicas, los datos empíricos que
sustentan el darwinismo, dada la supuesta “absorción” (parece
que todo les vale) del aluvión de datos que contradicen sus
postulados clásicos y mucho más los de la “síntesis moderna”.
Pero si hay algo que resulta inamovible, que es la esencia
misma del darwinismo, y que sus seguidores defienden con un
fervor que llega a extremos poco racionales en defensores de
una supuesta “teoría científica”, es el azar en los cambios
genéticos, base imprescindible en la definición de la
selección natural. De hecho, según Darwin, los cambios en los
organismos (variaciones “imperceptibles”), se producirían “al
azar” (para los darwinistas modernos serían “mutaciones”,
entre las que caben, desde el concepto clásico de mutación, es
decir, desorganización, hasta actividades de elementos
móviles, inserciones virales, duplicaciones parciales o
completas y reorganizaciones genómicas, también “al azar”).
Entre estos, la selección natural elegiría los que resultasen
los más adecuados o los más favorables o los más adaptados, o
los que son “ventajosos”, o los que confiriesen mayor eficacia
reproductora a la población (según el caso), siempre, mediante
la competencia con los “menos aptos”, que serían eliminados.
Esto explicaría la existencia de cualquier proceso biológico,
por complejo que sea, de esta forma: Si existe, es porque “ha
sido seleccionado”.
Pero, reflexionemos un momento: Si, como se menciona en el
artículo y como ha sido ampliamente documentado
experimentalmente, los organismos (todos los
organismos) tienen la capacidad de respuesta al ambiente,
tanto mediante procesos genéticos, como epigenéticos o
embriológicos ¿dónde queda el papel de una supuesta
“selección”? En otras palabras, si los cambios los provoca el
ambiente no hay nada rígidamente determinado (“en los genes”)
en las variaciones individuales dentro de una especie. Los
términos “más apto” y “menos apto” no tienen sentido. Todos
somos “aptos”, porque todos tenemos esas capacidades de
respuesta en nuestros organismos. Otra cosa es el ambiente al
que estamos sometidos desde las más tempranas fases del
desarrollo.
El “determinismo genético” contra el que, según el doctor
Esteller, hay que luchar, y la concepción de la vida, de la
Naturaleza, como un campo de batalla en el que sólo triunfan
los mejores (los “más aptos”), son las ideas cuya puesta en
práctica han conducido a la actual crisis global en las
relaciones humanas y del Hombre con la Naturaleza. Es difícil
de creer que los principales impulsores y defensores del
darwinismo no sean conscientes, a la luz de la información de
que disponemos, de su falsedad como ideas científicas. Pero su
empeño en mantenerlas nos hace sospechar (y temer) dónde
pretenden llevarnos.
Los genes no lo son todo
ANGELA BOTO
El País Semanal
El País.com
20 de julio 2008
Lo que hacemos con ellos; cómo vivimos,
comemos y pensamos, también influye en lo que somos. Estudios
recientes demuestran que podemos introducir cambios en nuestro
genoma que pasarán a nuestros descendientes.
Descubrir que no tenemos muchos más genes que un gusano o que
una mosca fue un duro golpe para el orgullo sapiens y quizá
también para los científicos que pensaban que el ADN brindaría
todas las respuestas sobre la condición humana. Aquello de “es
genético” o “tiene el gen de…” dejó de tener demasiado sentido
ya a principios del milenio con la secuenciación del genoma
humano. Y cada vez está más claro que lo que cuenta no es el
ADN y su configuración, sino lo que lo rodea. La realidad es
que no somos lo que está escrito en nuestros genes, sino lo
que hacemos con ellos. La realidad es que podemos introducir
cambios en nuestro genoma, y, lo que es aún más impactante,
las modificaciones que introduzcamos pasarán a los hijos y a
los nietos.
Lo realmente importante para la vida no es la composición de
la doble hélice, si tenemos tal o cual gen, sino qué genes
están encendidos y cuáles apagados. Una de las pruebas más
palpables y sobre todo visibles de este hecho la obtuvieron
Randy Jirtle, un investigador de la Universidad Duke (Estados
Unidos), y su equipo. Sus ratones fueron concebidos, nacieron
y crecieron en el laboratorio de Jirtle, y aunque parezca
increíble son genéticamente idénticos, la composición de su
ADN es exactamente la misma. La única y fundamental diferencia
entre el rechoncho y amarillo roedor y su marrón y estilizado
hermanito se encuentra en las condiciones en las que discurrió
su gestación.
“¡Los genes no son el destino! Las influencias
medioambientales, entre las que se incluyen la nutrición, el
estrés y las emociones, pueden modificar esos genes sin
alterar su configuración básica”, escribe, en La biología
de la creencia, Bruce Lipton, un biólogo molecular
estadounidense que en su libro defiende la capacidad que tiene
el ser humano para intervenir y modificar su biología. La
consecuencia última de la visible diferencia va más allá de la
estética, porque el animal amarillo desarrollará obesidad
mórbida, diabetes y muy probablemente morirá de cáncer,
mientras que su hermano marrón tiene todos los elementos para
vivir una vida sana y tranquila.
El experimento de Jirtle ha puesto en juego elementos que
intervienen en la vida cotidiana de los humanos, y aunque los
investigadores son prudentes a la hora de trasladar las
conclusiones de una especie a otra, admiten que cada vez hay
más datos que indican que lo que se ha observado con los
ratones amarillo y marrón podría extrapolarse a los humanos.
En una primera parte del experimento, el equipo de la
Universidad Duke expuso a hembras de ratón en gestación a un
agente químico, el BPA, que forma parte del plástico que se
encuentra en todas las casas (envases, recipientes, biberones,
etcétera). Todos los vástagos que nacieron eran amarillos, o,
lo que es lo mismo, con predisposición a sufrir las
enfermedades mencionadas.
En la segunda parte del estudio nacieron los ratones
mencionados. Los dos de la misma madre y con la misma carga
genética. Durante la gestación del roedor amarillo, la madre
recibió el BPA y una dieta normal. Sin embargo, durante la
gestación del marrón, la progenitora, que también recibió el
compuesto del plástico, siguió una dieta especial enriquecida
con ácido fólico y genesteína, un folato presente en la soja.
El resultado exterior está a la vista, pero vayamos al
interior de las células para ver lo que ha provocado esa
diferencia entre hermanos genéticamente idénticos. Lo ocurrido
es tan simple como el mecanismo de un interruptor de la luz.
En este caso, la bombilla sería un gen asociado con la
obesidad, la diabetes y el cáncer. El interruptor de
encendido, el BPA; el de apagado, la dieta. Es decir, que
aunque el componente plástico tiene un efecto tóxico que
enciende el gen patológico, con la dieta se ha logrado
eliminar. Todo ello se produce a través de una serie de marcas
químicas que cuando están presentes en la estructura del gen
lo inactivan.
En lo que se refiere a los humanos, recientemente se ha
publicado un nuevo estudio en Proceedings of the National
Academy of Science, de Estados Unidos, en el que se ha
visto cómo pacientes con tumores de próstata lograron apagar
dos familias de genes que favorecen la enfermedad. El apagado
se produjo tras tres meses de un estilo de vida diferente:
llevaron una dieta baja en grasas, con alimentos no procesados
y verduras; practicaron técnicas de control del estrés y
ejercicio físico, y, por último, también se ocuparon de su
mente, asistieron a grupos de apoyo psicosocial –se sabe que
el estrés psicológico provoca el encendido y apagado de
genes–. Las conclusiones del trabajo son preliminares, pero
están en consonancia con las de otros similares, de modo que
el camino parece ser el adecuado.
“Hay que luchar contra el determinismo genético. El genoma nos
da una tendencia a ser de cierta manera, pero es cómo vivimos
lo que hace que seamos de una forma determinada”, explica
Manel Esteller, director de epigenética del Centro Nacional de
Investigaciones Oncológicas (Madrid) y del Instituto Catalán
de Oncología (Barcelona). Esteller es un reconocido experto en
epigenética. Esta disciplina, con poco más de una década de
existencia, es una auténtica revolución en la biología;
algunos la llaman el segundo genoma o el interlocutor entre
genoma y ambiente. La epigenética ha podido dar respuestas
donde la genética ya no tenía ninguna: por qué los ratones
idénticos genéticamente son tan diferentes, por ejemplo. “La
diferencia entre genética y epigenética probablemente puede
compararse con la diferencia que existe entre escribir y leer
un libro. Una vez que el libro ha sido escrito, el texto (los
genes) será el mismo en todas las copias. Sin embargo, cada
lector podría interpretar la historia del libro de una forma
ligeramente distinta, con sus diferentes emociones y
proyecciones, que pueden ir cambiando a medida que se
desarrollan los capítulos”, comenta Thomas Jenuwein,
investigador austriaco.
No tan espectaculares a la vista como los ratones
americanos, pero tanto o más significativos, son los
resultados del grupo de Manel Esteller. Sus investigaciones
con personas genéticamente idénticas son conocidas en todo el
mundo por su importancia y trascendencia. El investigador
español ha estudiado a decenas de parejas de gemelos de
distintas edades, y ha podido observar cómo la forma de vida
va dejando sus huellas en el ADN en forma de genes que se
encienden y se apagan. Un solo dato ilustra bastante bien los
hallazgos de Esteller: las diferencias en las marcas químicas
presentes en los genes –cambios epigenéticos– de gemelos de 50
años son cuatro veces mayores que las que se pueden encontrar
en gemelos de sólo tres años. Además, la disparidad aumenta a
medida que aumentan las diferencias en el estilo de vida.
Obviamente, la influencia de la epigenética en nuestras vidas
no se limita a las patologías como el cáncer, que es el
principal objetivo de Manel Esteller, sino que condiciona el
proceso de envejecimiento, el comportamiento y, por supuesto,
la salud emocional y mental. “Estamos estudiando la enfermedad
de Alzheimer, y hemos encontrado que el patrón epigenético
[las marcas químicas en el ADN] de un cerebro con esta
patología es diferente del de uno sano”, explica Esteller.
También en las cada vez más frecuentes enfermedades
autoinmunes se han observado cambios epigenéticos que hacen
que algunos genes se expresen, y que, por tanto, se produzca
una respuesta inmune contra el propio organismo. Tampoco los
trastornos cardiovasculares escapan a esta sutil marca.
Sin embargo, lo más importante y trascendente es que todos los
cambios epigenéticos se transmiten a las generaciones futuras.
Son ya famosos los experimentos con ratas de Michael Meaney de
la McGill University de Montreal (Canadá), en los que se vio
que cuando las hijas de madres descuidadas y poco amorosas
eran criadas por ratas cariñosas y afectivas, la herencia
genética quedaba de lado, y cuando esas hijas se convertían a
su vez en progenitoras, se comportaban como sus madres
adoptivas y no como las biológicas. Dicho de otro modo, la
herencia no es ni mucho menos una fatalidad porque es posible
cambiarla.
En el caso de los humanos, algunos estudios de
poblaciones han encontrado que el tipo de alimentación de los
abuelos tiene un efecto sobre el riesgo que tienen los nietos
de desarrollar diabetes o enfermedades cardiovasculares. De
modo que no sólo somos lo que comemos nosotros, sino lo que
comieron, lo que respiraron, lo que sintieron…nuestros
ancestros. Hasta ahora estas tendencias no tenían una
confirmación biológica, pero “cada vez hay más datos que
sugieren que la epigenética sana se transmite a las
generaciones futuras, y la alterada, también”, asegura
Esteller. O sea, que aquello de “mi cuerpo es mío y hago lo
que quiero” está muy bien, pero hay que tener en cuenta que
los descendientes también van a sufrir los excesos o a
beneficiarse de los cuidados. Como ha dicho un conocido
genetista del University College London, “todos somos
guardianes de nuestro genoma”.
De hecho, la epigenética, además de su impacto directo en
nuestras vidas, remueve los cimientos de la mismísima teoría
de la evolución. Parece que Charles Darwin no tenía toda la
razón. Por su parte, el despreciado Jean-Baptiste Lamarck, un
naturalista francés ligeramente anterior a Darwin, que de
alguna manera ya había descrito la epigenética en el siglo XIX,
debería obtener finalmente su lugar en el olimpo científico.
Para Darwin, los cambios en el ADN que se dan en el proceso
evolutivo son fruto del azar, mientras que Lamarck sostenía
que se producen debido a la interacción con el medio ambiente
y a la adaptación a él. Los seguidores de Darwin despreciaron
y casi borraron de la historia de la ciencia la teoría
lamarckiana, hasta que las investigaciones epigenéticas
aparecieron en escena y comenzaron a dar pruebas objetivas de
su validez. “Lamarck no debería haber sido tan denostado”,
opina Esteller.
Continuando con la idea de modificar la biología, Bruce Lipton,
en el libro mencionado anteriormente, va un paso más allá en
las implicaciones de la epigenética y la pone en relación con
el cerebro y el poder de la mente para producir cambios
biológicos. El denominado efecto placebo es el más claro de
ellos: un alto porcentaje de pacientes se curan porque creen
que están recibiendo un medicamento cuando lo que están
tomando es un simple caramelo. El científico estadounidense
menciona el caso de una mujer que participaba en un ensayo
clínico con un antidepresivo y que mejoró espectacularmente de
una depresión de años. La participante no recibía el
antidepresivo, sino placebo, pero lo destacado del asunto es
que las pruebas de imagen mostraban que la actividad de su
cerebro había cambiado. La biología respondió a algo tan
inmaterial como la sugestión o el pensamiento. Y para ilustrar
que lo contrario también se cumple, el caso de un hombre que,
tras ser diagnosticado de cáncer de esófago y haber recibido
los tratamientos pertinentes, muere tal y como sus médicos le
habían asegurado y vaticinado. Lo curioso del caso es que
cuando le practicaron la autopsia no encontraron suficientes
signos de cáncer como para haberle causado la muerte. Uno de
los terapeutas que le atendieron dijo en un programa de
Discovery Health Channel: “Murió con cáncer, pero no de
cáncer”.
“Uno de los privilegios de ser un humano es que podemos hacer
real nuestro pensamiento”, explicaba Joe Dispenza, bioquímico
estadounidense especializado en el funcionamiento de la mente,
en una entrevista realizada durante la presentación en España
de su libro Desarrolla tu cerebro. La ciencia de cambiar tu
mente. “De igual modo, el cerebro cambia como resultado
del pensamiento”, añadía.
Lo que propone Dispenza para utilizar la mente en
nuestro beneficio, tanto físico como psíquico, tiene mucho que
ver con lo que hicieron los individuos con tumores de
próstata: cambiar el estilo de vida. “Si pensamos siempre de
la misma manera y nos comportamos de la misma manera, el
cerebro no cambia. Lo que tenemos que hacer es forzar al
cerebro a activarse de forma diferente”. La idea biológica que
subyace a esta afirmación es que es necesario romper los
hábitos, proponerse actuar, pensar e incluso sentir de una
manera distinta a la habitual. De este modo se estimula la
creación de nuevas conexiones neuronales a la vez que se
debilitan las que nos mantienen en el mismo círculo de
repeticiones. En una ocasión, un neurocientífico de la
Universidad de California en San Francisco, Michael Merzenich,
explicó que en cada momento elegimos cómo va a funcionar
nuestra hiperflexible mente y así elegimos quién seremos en el
momento siguiente. Efectivamente, la clave de esta posibilidad
para modelar el cerebro está en su enorme elasticidad. La
misma que nos permite aprender sin cesar y que también
reorganiza todo cuando una de las áreas no funciona para que
otras asuman al menos una parte de su trabajo.
Existe un cada vez más nutrido grupo de investigadores que
estudian los aspectos más misteriosos del cerebro, como la
conciencia, los límites de la mente y esa capacidad para
cambiarse a sí mismo que tiene efectos sobre la biología. Ahí
entran los numerosos experimentos que se han realizado en
torno a la meditación, las terapias conductistas y la
visualización, entre otras. Sin embargo, siguen siendo
cuestiones controvertidas, y muchos neurocientíficos prefieren
no entrar en ellas por considerar que no son materia de
ciencia. Se ha dicho muchas veces que éste es el siglo del
cerebro, de modo que es de esperar que, al igual que la
epigenética ha aparecido para cubrir las lagunas que dejaba la
genética, surja una epineurología (epi, prefijo griego que
significa sobre o por encima).
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