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“Los ladrones tienen la mirada astuta, cejas pobladas,
frente despejada y orejas salientes...” Esta peregrina
afirmación resultará, probablemente, ridícula al hipotético
lector, salvo que (como es el caso de quien esto escribe)
resulte una descripción irritantemente aproximada de su propio
aspecto. Sin embargo, se trata de una frase de un científico
prestigioso de finales del siglo XIX, el criminólogo italiano
Cesare Lombroso, cuyos tratados sobre la relación entre el
aspecto físico y el comportamiento delictivo alcanzaron una
amplia difusión y aceptación.
Desde luego, el ambiente social y académico de la Europa del
siglo XIX era muy receptivo a teorías de este tipo. La
revolución industrial y la expansión colonial habían generado
profundas desigualdades, tanto entre los ciudadanos como entre
las naciones. Para explicar (justificar) esta situación eran
muy bien acogidas por las clases dominantes las “teorías
científicas” que apoyasen la idea de que la naturaleza de las
desigualdades reside en nosotros mismos y no es una
consecuencia de la estructura de las relaciones sociales. Es
decir, que las diferencias existentes en riqueza y posición
social serían la manifestación directa de las desigualdades
naturales en inteligencia y capacidad entre los seres humanos.
Nótese que todas las “teorías” que tratan de justificar las
desigualdades (y por tanto las superioridades) humanas están
elaboradas por los que se creen superiores (no existe
documentación histórica de afirmaciones de este tipo
provenientes de un sabio “indígena”, de un peón agrícola o de
un santo ermitaño). Por ejemplo, Sir Francis Galton, famoso
científico británico del siglo XIX, fundador de la eugenesia
(mejora de la “especie”) hizo el “descubrimiento” de que los
grandes hombres eran, con gran frecuencia, hijos de grandes
hombres, lo cual, en la rígidamente jerarquizada sociedad
inglesa del siglo XIX, no deja de ser una hipócrita
justificación de la situación social. Probablemente, se puede
encontrar una calificación semejante para su sorpresa de que
“exista cierto pesar, en su mayor parte inexplicable, por
la extinción gradual de las razas inferiores”.
Quizás al lector le tranquilice el pensar que la lejanía del
siglo XIX le protege de estas ideas repugnantes. Pero la
realidad es que nos encontramos en un momento de rebrote y
expansión de ideas “científicas” de este tipo que, aunque más
o menos enmascaradas con distintas justificaciones, tienen el
mismo origen, la misma falta de rigor científico y, lo que es
peor, posiblemente, las mismas intenciones.
Cuando, en los medios de comunicación, un prestigioso
científico norteamericano afirma solemnemente que se ha
encontrado “el gen” que determina que la madre sea cuidadosa
con sus hijos, y que ese “gen” se hereda por vía paterna,
cualquier persona, no ya con grandes conocimientos
científicos, sino sencillamente razonable y consciente de la
influencia de los factores sociales, culturales e incluso de
la situación personal sobre las relaciones familiares,
probablemente sonreirá pensando que es una estupidez. Pero
resulta extraño que, continuamente, aparezcan en los medios de
comunicación estupideces del mismo tipo comentadas seriamente
por “expertos” y avaladas por su publicación en importantes
revistas científicas, Así, nos encontramos, cada cierto
tiempo, con el descubrimiento de “los genes” de la
homosexualidad, de la pertenencia a tribus urbanas, de la
ludopatía, del alcoholismo... La frase “lo lleva en los genes”
ha pasado a formar parte de nuestro vocabulario coloquial y,
lo que es más dañino, periodístico. Por ejemplo,
recientemente, el titular “Genes toreros” encabezaba un
artículo de un semanario de gran difusión sobre un famoso
matador, descendiente por vía paterna y materna de toreros.
Habrá que suponer que esos genes tendrán serias dificultades
para expresarse, por ejemplo, en Laponia o en Holanda, del
mismo modo que los (con toda probabilidad) pacíficos
agricultores antecesores de los componentes de “bandas
urbanas”, tendrían tendencia a agruparse, por ejemplo, en
bandas de música, y que sus descendientes habrían sustituido
el fagot por el bate de béisbol, y el clarinete por la navaja.
Sin embargo, el trasfondo de estos “descubrimientos”, dista
mucho de ser cómico (sobre todo por la divulgación que se les
da). Cuando se habla de la herencia de comportamientos
complejos que tienen muy distintos orígenes (en algunos casos
muy evidentes, como son el ambiente y la tradición familiar en
que se desarrolla el individuo) se está produciendo en la
población una gran confusión sobre la justificación biológica
de determinados comportamientos que tienen muy diferentes (y
en ocasiones dramáticas) justificaciones. Y, sobre todo, se
pretende eximir a la sociedad de responsabilidades, lo cual,
puede provocar en algunos una inquietante evocación de la
“pseudociencia” del pasado.
Pero, cuando se oye hablar de la herencia biológica de
características como el estatus ocupacional, o la diferente
capacidad genética de distintos pueblos o “razas” para el
progreso, (“conclusiones científicas” que aparecen actualmente
en textos académicos de gran prestigio), nos encontramos con
que los siniestros fantasmas del siglo XIX no están tan lejos,
y mucho menos, si se tuviese conciencia de que las supuestas
bases científicas sobre las que se sustentan tales
conclusiones tienen su origen en la visión mecanicista y
simplista de la Naturaleza de dicha época, y mantienen la
misma deformación interesada (cuando no la falsificación
directa) de la realidad, en cuyo caso, podríamos sentir su
fétido aliento en nuestro mismo cuello.
Llegados a este punto, el lector (espero que al menos uno) se
preguntará: pero, ¿tan terrible o tan dañina puede ser una
teoría o una interpretación científica? Efectivamente, del
estilo algo melodramático de quien esto escribe (bastante
alejado del tono impersonal y “objetivo” de los textos
científicos) se puede deducir alguna actitud tendenciosa o
cargada de prejuicios ante el tema en cuestión. Para expiar
este pecado, vamos a recurrir a una somera visión histórica,
basada en datos objetivos, del nacimiento y de las
consecuencias de la aplicación de estas teorías e
interpretaciones científicas en la sociedad, por si puede
ofrecernos alguna pista sobre su posible peligro futuro.
Habrá que comenzar por recordar que, cuando en la primera
mitad del siglo XIX comenzaron a expandirse las ideas que
justificaban las desigualdades sociales en base a las
diferencias biológicas entre los individuos, teorías que han
recibido el nombre de “determinismo biológico”, surgieron
voces contrapuestas que afirmaban que el ambiente y las
condiciones sociales en que los individuos se desarrollaban
eran responsables de gran parte de esas diferencias; eran los
llamados “ambientalistas”. Enseguida se hicieron patentes los
componentes ideológicos de estas distintas interpretaciones:
los ambientalistas eran de ideología progresista, es decir,
partidarios de la construcción de una sociedad que no
favoreciese la aparición de las grandes desigualdades sociales
existentes y, en una época en la que las diferencias
ideológicas parecían bastante claras, los deterministas, es
decir, los partidarios de la idea de que el orden social es
una manifestación de la naturaleza intrínseca del hombre y,
por tanto, inmutable, se autodenominaban , sin ningún pudor,
conservadores.
Entre los últimos, figuraban científicos tan relevantes como
Louis Agassiz, uno de los más famosos zoólogos
norteamericanos, catedrático de Harvard, quien, basándose en
“evidencias científicas” y objetivas escribió que “el
cerebro de un negro es comparable al de un feto blanco de
siete meses”, o el ya mencionado Sir Francis Galton, que
en su obra “El genio hereditario”, “demostró” científicamente
la herencia de la capacidad natural humana. Por último,
mencionaremos al filósofo y economista inglés Herbert Spencer,
que en su libro, publicado en 1851, “La estática social”,
acuñó el término “supervivencia del más apto” (más
exactamente, “el más adecuado”) para definir el motor
de las relaciones económicas y sociales. Según él, no debía
existir ninguna protección de los gobiernos a las personas que
no hubieran logrado “triunfar” en la lucha por la riqueza,
porque el que no lo hubiese logrado era por que no era “apto”.
En el bando “ambientalista” no figuraban, por aquella época,
científicos tan prestigiosos y, por supuesto, ninguno
consiguió alcanzar gran relevancia social. Pero, lo que
pareció el golpe de gracia para éstos se produjo con la
aparición en 1859 de la obra de Darwin "El origen de las
especies mediante Selección Natural" y con el llamado
"redescubrimiento" de las leyes de Mendel en 1900. Los
deterministas encontraron argumentos rigurosamente científicos
para apoyar sus tesis. Entonces pasaron de la justificación de
la situación a los hechos...
Pero, antes de recordar cuáles fueron esos hechos, permítanme
aportar algunos datos sobre el rigor científico de tan
trascendentales teorías: para seguir un orden cronológico,
comenzaremos por Darwin, el hombre del que todos hemos oído
hablar como el creador del concepto de Evolución que
revolucionó la Biología. Pues bien, aunque se puede rastrear
el origen de dicha idea hasta Empédocles, filósofo griego del
siglo V a.C., el concepto de Evolución en el sentido que le
damos actualmente, de transformación de unos tipos de
organización viva en otros, es del Naturalista francés J.
Baptiste Lamarck en 1800, de modo que, a principios del siglo
XIX, los partidarios de la Evolución eran llamados
Lamarckianos. Autores como León Harris han identificado hasta
24 científicos evolucionistas anteriores al "Origen de las
especies", de los cuales, dos especialmente, William Charles
Wells en 1818 y Patrick Mattew en 1831, habían definido
claramente el concepto de "Selección Natural" también
atribuido a Darwin. Especialmente brillante fue el trabajo de
Mattew cuyos comentarios e ideas se aproximaron mucho a
descubrimientos actuales y habrían sido, sin duda, muy
fructíferos de no haber sido sepultados en el olvido.
Entonces ¿a qué se debe el fulgurante (y permanente) éxito de
Darwin como "creador" de la Teoría de la Evolución atribuida a
su libro (cuya 1ª edición, a pesar de ser un libro
supuestamente científico, se agotó el primer día de su
publicación)? Si retornamos al contexto político y social de
la Inglaterra del siglo XIX, quizás encontremos una
explicación: En pleno auge de la revolución industrial, de la
expansión colonial británica y de la consolidación del
liberalismo económico, el "Ensayo sobre el principio de
población" de Thomas Malthus, publicado en 1798 y ampliado en
1803, proporcionaba un argumento de gran solidez científica al
afirmar que el crecimiento geométrico de la población en un
mundo en que los medios de subsistencia crecen aritméticamente
impondría necesariamente una "lucha por la supervivencia".
Si a este irrefutable argumento, unimos la ya mencionada
publicación en 1851 de la bien recibida obra de Spencer con su
principio económico de la "supervivencia del más apto",
nos encontramos con un terreno abonado para la idea de la
Selección Natural como motor de progreso evolutivo, y, por
extensión, de progreso social. De hecho, tanto Darwin como A.R.
Wallace, a quien los textos oficiales atribuyen la
copaternidad de la teoría evolutiva (y que, al parecer,
renunció a los reconocimientos en un ejemplar acto de fair
play británico), atribuyeron a Malthus el mérito de la idea de
la Selección Natural al suministrarles el argumento de una
lucha en la que sólo los más aptos sobreviven.
Esta incorporación de principios sociales y económicos a una
teoría biológica, podría ser suficiente para responsabilizar a
Darwin del nacimiento (y, como consecuencia, de las
aplicaciones sobre la población) del “Darwinismo Social”. En
última instancia, cada persona (y muy especialmente cada
científico) es responsable de lo que escribe y publica. No
obstante, el tópico “oficial” que nos han transmitidos sus
apologistas (y que los biólogos “adiestrados” en el culto a
Darwin, hemos repetido como una salmodia), es que Darwin se
horrorizó ante el uso social de su teoría, al cual era
contrario (una afirmación totalmente descalificada por su obra
“El origen del hombre”, cuya lectura recomiendo vivamente,
especialmente a los darvinistas más fervorosos). Pero
permítanme un inciso para reproducir literalmente el final de
una carta de Darwin a un profesor de leyes de la Universidad
de Zurich, Heinrick Fick, partidario de la aplicación de la
Teoría Darwiniana a la legislación. En la citada carta,
fechada el 26 de Julio de 1872 en Beckenham, Kent, Darwin
comentaba lo interesante que le había parecido el ensayo
elaborado por dicho jurista, en el que sugería que el gobierno
debería imponer restricciones al matrimonio de los individuos
“no aptos” para el servicio militar. También utilizaba el
Darwinismo para oponerse a los intentos de crear una igualdad
socioeconómica, “porque esto puede beneficiar a los débiles
y conducir a la degeneración”. Darwin finaliza su carta
con estas palabras:
“... Me gustaría mucho tener la ocasión de discutir con
usted un punto relacionado, si se consolida en el continente,
en concreto la idea en que insisten todos nuestros sindicatos,
de que todos los trabajadores, los buenos y los malos, los
fuertes y los débiles, deben trabajar el mismo número de horas
y recibir las mismas pagas. Los sindicatos también se oponen
al trabajo a destajo, (en suma, a toda competición). Me temo
que las sociedades cooperativas, que muchos ven como la
principal esperanza para el futuro, igualmente excluyen la
competición. Esto me parece un gran peligro para el futuro
progreso de la humanidad. No obstante, bajo cualquier sistema,
los trabajadores moderados y frugales tendrán una ventaja y
dejarán más descendientes que los borrachos y atolondrados.
Con mis mejores agradecimientos por el interés con que he
recibido su ensayo, y con mi respeto, quedo, querido señor
Suyo sinceramente
Ch. Darwin.”
En definitiva, y aunque en este caso no se trate de un
objetivo dato histórico, sino de una deducción, cabe sospechar
que la aceptación de la llamada Teoría Darwinista de la
Evolución (cuyos aspectos científicos fueron repetidamente
planteados con anterioridad por otros autores) pudo deberse
más a una magnífica acogida social (naturalmente limitada al
sector social susceptible de adquirir y valorar su obra) que a
sus aportaciones científicas (a pesar de que la leyenda
“oficial” ensalza su heroica defensa de la “verdad científica”
ante la beligerante reacción de la conservadora jerarquía
anglicana contra el origen animal del hombre). De hecho, un
considerable sector de científicos europeos de su época no
aceptaron dichas "aportaciones". Y el motivo era muy obvio: la
Selección Natural, extrapolación tanto de criterios económicos
como de la actividad de los ganaderos para conseguir
variedades más rentables de ganado, podía conseguir, al igual
que éstos últimos, variaciones dentro de una especie
(ovejas con patas muy cortas o perros de tamaños muy
variados), pero no explicaba los complicados cambios realmente
evolutivos como la transición de pez a anfibio o reptil. De
hecho, el mismo Darwin en su segundo gran libro "El Origen del
Hombre" escribió "... pero ahora admito que en ediciones
anteriores del mi "Origen de las Especies" probablemente
atribuí demasiado a la acción de la Selección Natural o a la
supervivencia de los más aptos... Antes no había considerado
de manera suficiente la existencia de muchas estructuras que
no son beneficiosas ni dañinas, y creo que ésta es una de las
mayores omisiones hasta ahora detectadas en mi obra." Es
decir, ni siquiera las variaciones dentro de una especie
pueden ser directamente atribuidas a una mayor o menor
"aptitud". Es más, los recientes y rigurosos estudios del
registro fósil, han puesto de manifiesto que las especies
existen sin cambios, o con cambios poco importantes durante
millones de años y que los que sobreviven no son "los más
aptos" sino simplemente los aptos, es decir, los individuos
normales. En este contexto, los cambios evolutivos han
mostrado ser unos procesos muy bruscos y de una gran
complejidad morfológica, al afectar, simultáneamente a muchos
caracteres interdependientes (proceso inevitable, ya que los
hipotéticos pasos intermedios o "eslabones perdidos" que se
han buscado infructuosamente desde mucho antes de la "Teoría
Darwinista", serían inviables). Por ejemplo, el paso de pez a
anfibio cuadrúpedo requiere cambios, no sólo en las
extremidades, sino, al mismo tiempo unas sólidas cinturas
escapular y pélvica para el anclaje de éstas que,
simultáneamente, requieren una fuerte columna vertebral, al
mismo tiempo que fuertes costillas que sujeten las vísceras
(que en peces "flotan" en su medio acuático). En definitiva,
un proceso en el que la Selección Natural, actuando
gradualmente sobre variaciones al azar dentro de una especie,
tiene muy poco que explicar.
Podíamos concluir, por tanto, (junto con muchos otros
científicos coetáneos y posteriores a Darwin), que la teoría
de la Evolución mediante Selección Natural es un producto
directo de las concepciones económicas y sociales de su época,
que pretende convertir en "ley general" un proceso limitado en
el tiempo y en el espacio (las variaciones dentro de una
especie) y que, ni siquiera en estas limitadas condiciones,
tiene suficiente poder explicativo. Precisamente por esto, a
pesar de su éxito social, estuvo sometida desde el principio a
un creciente número de objeciones en el ámbito científico,
hasta que una nueva simplificación de los procesos biológicos
llegó en su ayuda: la Genética mendeliana. En los libros
oficiales de texto se describe este hecho como "el
redescubrimiento de la leyes de Mendel", lo cual nos llevaba a
pensar en la romántica idea del "genio incomprendido": el
modesto abad agustino de la ciudad de Brno en Checoslovaquia,
que en 1866 descubrió las famosas tres "leyes" de la Genética,
pero que permanecieron en el anonimato hasta que el mundo
científico las redescubrió en 1900 y las reconoció como
ciertas. Y así se han transmitido de un libro de texto a otro
hasta la actualidad.
Pero cuando se bucea en los libros bien documentados de
Historia y Filosofía de la Ciencia (una materia desconocida en
la mayor parte de las Facultades de Ciencias y, por supuesto,
ausente totalmente del currículum académico de los actuales
descubridores de "genes") se comprueba que la historia fue
otra: los descubrimientos de Mendel no pasaron, en absoluto,
desapercibidos en el ámbito científico. Simplemente fueron
rechazados porque no eran reproducibles en su totalidad y
porque no explicaban procesos más complejos que ya eran
conocidos. Pero también porque los científicos dedujeron,
acertadamente, que Mendel había falsificado sus resultados.
Echemos un rápido vistazo a sus "leyes" y a sus experimentos:
la primera era que en el patrimonio genético de todo
individuo, todo carácter (como el color verde o amarillo de
las semillas de los guisantes con que experimentó) está
presente en dos formas posibles (que ahora se llaman alelos)
de las que una es la forma dominante y la otra es recesiva, de
manera que si están presentes los dos alelos en un individuo,
éste manifiesta el carácter dominante. La segunda afirmaba que
cuando dos individuos se aparean, los distintos alelos (dos
por individuo) se combinan al azar. La tercera, extensión de
la segunda, era que cuando se cruzan dos individuos que
difieren en una gran cantidad de caracteres, todos estos se
mezclan de una forma independiente. Lo que hizo sospechar a
los científicos era la afirmación de Mendel de que había
estudiado siete caracteres diferentes sobre veintidós
variedades de plantas que, según él, diferían sólo en un
carácter (por ejemplo, semilla lisa o rugosa) y que los
restantes seis eran idénticos, lo cual resultaba muy
sospechoso, ya que entonces se sabía que muchos caracteres
dominantes van asociados a otros que pueden ser recesivos y se
transmiten juntos (lo que ahora se conoce como “ligamiento”).
La realidad es que, como se descubrió más tarde, los guisantes
tienen siete cromosomas y, por casualidad, Mendel encontró dos
variaciones (amarillo-verde y liso-rugoso) que estaban
situadas, en el quinto cromosoma el color, y en el séptimo la
forma de la semilla. El resto de caracteres estaban
distribuidos, tres en el cromosoma cuatro y dos en el
cromosoma uno, por lo que difícilmente se habrían transmitido
de forma totalmente independiente. La conclusión fue que había
elaborado sus “leyes”, no con sus experimentos, sino
calculando numéricamente cómo sería la transmisión si todos
los caracteres se transmitieran como el color y la forma de la
semilla.
Hoy sabemos que los genes no resultan independientes entre sí
y que lo que los padres transmiten a sus hijos no son genes
individuales, sino trozos de cromosoma. Pero además los genes
son, muchas veces, enormes y complejos segmentos de ADN, que
en muchas ocasiones no están en forma de dos alelos
alternativos, sino que hay múltiples variantes (a veces
decenas); que la expresión de los genes está controlada y
modificada por más de 20000 proteínas reguladoras que, a su
vez, se autorregulan entre sí; que una gran parte de los
genomas están formados por elementos móviles (secuencias de
ADN que pueden cambiar de posición de una generación a otra)
que, por ejemplo en el hombre, constituyen más del 45% de su
material genético; que la mayoría de los caracteres biológicos
importantes están condicionados por varios conjuntos de genes
que interactúan entre sí (los genes homeóticos) y que
controlan simultáneamente grupos complejos de tejidos y
órganos. Por ejemplo, un sistema de este tipo es el
responsable de la formación en el embrión de todos los
vertebrados de las extremidades y del sistema urogenital (lo
cual no concede muchas oportunidades a la Selección Natural,
actuando gradualmente sobre mutaciones aleatorias para
producir cambios evolutivos).
Y, por último, que los escasos caracteres que se transmiten
según el modelo mendeliano típico, son matices como defectos
en la producción de ciertas proteínas, lo que produce
diferencias en color o rugosidad de semilla de guisante (y ni
siquiera esto está claro, porque parece ser que en el segundo
carácter está implicado por un elemento móvil o transposón),
pero nunca caracteres complejos.
En definitiva, nos encontramos con que el Mendelismo comparte
con el Darwinismo la característica de convertir en ley
general unos sucesos restringidos y ocasionales. De hecho, en
las explicaciones que se encuentran en los libros científicos
sobre ambas teorías, las dos tienen en común un número de
excepciones y variaciones que supera, con mucho, los datos que
las confirman.
Entonces, ¿qué sentido tiene hoy la búsqueda de “el gen” de la
agresividad o de la ludopatía? ¿es sólo para buscar una
justificación biológica a determinados comportamientos? Por si
la historia nos puede dar una pista, volvamos a los inicios
del siglo XX y a la aplicación práctica de estas teorías.
Habíamos dejado a los “deterministas” recibiendo con alborozo
los descubrimientos científicos de “la supervivencia del
más apto” y la transmisión simple de las características
biológicas. Enseguida se pusieron manos a la obra para su
“aplicación” en la sociedad. De la justificación “moral” y
“racional” de los privilegios pasaron a la actuación contra
los desfavorecidos. En 1907 fue aprobada en Indiana la primera
ley eugenésica, cuyo preámbulo decía: “considerando que la
herencia tiene una función de la mayor importancia en la
transmisión de la delincuencia, la idiotez y la
imbecilidad...” Cuatro años más tarde, la asamblea
legislativa de Nueva Jersey añadió a la lista “debilidad
mental, epilepsia y otros defectos” y dos años más tarde
el parlamento de Iowa a “los lunáticos, borrachos,
drogadictos, perversos sexuales y morales, enfermos morbosos y
personas degeneradas”. En 1930 las leyes eugenésicas se
habían establecido en treinta y un estados norteamericanos con
las dramáticas consecuencias de la esterilización, según
cifras oficiales, de más de sesenta mil personas. Uno de los
más tempranos frutos de estas leyes, fueron los terribles
sucesos de la Alemania nazi, ya que la idea de superioridad de
unos hombres sobre otros y el concepto hereditario de la
naturaleza humana son fundamentales para las ideologías
fascistas. Con la promulgación de la “Ley de Sanidad
Genética”, el 13 de julio de 1933, en Alemania, se esterilizó
a más de doscientas cincuenta mil personas durante su período
de vigencia... Ya sabemos cuál fue el siguiente paso.
Sin embargo, las consecuencias de estas “teorías científicas”
no se detuvieron en 1945. En 1972, se descubrió que un mínimo
de dieciséis mil mujeres y ocho mil hombres habían sido
esterilizados por el Gobierno de Estados Unidos. De ellos,
trescientos sesenta y cinco eran menores de veintiún años y un
elevado porcentaje eran negros. En 1974 catorce estados tenían
en estudio propuestas legislativas que exigían la
esterilización de las mujeres dependientes de la seguridad
social. En esas fechas, el fiscal general de Estados Unidos,
William Saxbe, declaró que “los genes determinantes del
comunismo tienden a manifestarse con mayor frecuencia en
familias judías”.
Los ejemplos de utilización aberrante de “conceptos
científicos” derivados de las simplificaciones Darwinista y
Mendeliana han sido variados, pero todos tienen en común el
resultado de la opresión de los poderosos (y entre éstos de
los más fanáticos y brutales), sobre los débiles y marginados,
y que causaron mucho sufrimiento e injusticias.
Este es el caso de otra falacia derivada de las anteriores, la
supuesta mayor agresividad de los hombres con dos cromosomas
“Y” en su patrimonio genético, que justificó durante años
experimentos y maltratos en prisiones y manicomios.
Otra simplificación con el mismo origen, fue la evaluación del
llamado “cociente intelectual” (IQ) mediante tests, a los
emigrantes que, huyendo de la miseria o de la persecución
política, llegaron hacinados en penosos viajes a la isla de
Ellis en Nueva York. Según el psicólogo Henry Goddard, los
resultados “científicos” de esta evaluación eran los
siguientes: “el 85% de los judíos, el 80% de los húngaros,
el 79% de los italianos y el 87% de los rusos eran débiles
mentales.” Conclusiones como éstas provocaron la
repatriación de un gran número de individuos y muchos de ellos
murieron en el puerto de Nueva York al arrojarse desde el
barco. Naturalmente, los emigrantes británicos, que no tenían
problemas ni con el idioma ni con las convenciones y
prejuicios culturales con que estaban elaboradas las preguntas
del test (por ejemplo elegir entre una mujer rubia y delicada
y una morena y regordeta, considerada esta última la respuesta
errónea) no mostraron esa gran proporción de “taras
genéticas”. Mediante experimentos de esta solidez, L.M. Terman,
fundador del “movimiento americano de valoración psicológica”,
encontró que un IQ entre 70 y 80 era “muy común en familias
hispanoamericanas, indias y mejicanas... y también en las
negras. Parece que la causa de su estupidez es racial o, al
menos, atribuible a condiciones innatas de sus familias... y,
desde el punto de vista eugenésico, el hecho constituye un
grave problema debido a la elevada proliferación de estas
gentes.”
Pero, una vez más, el siguiente paso de la estúpida creencia
de la propia superioridad, es la llamada a la acción: “si
tratamos de conservar nuestra patria para un pueblo que la
merezca, debemos impedir, en la medida de lo posible, la
propagación de la degeneración mental reduciendo su alarmante
aumento.”
El “modus operandi” lo aportó en 1972 William Shockley, de la
Universidad de Stanford, y premio Nobel de Física, que fue el
que redactó la proposición de ley pidiendo la esterilización
de aquellas personas cuya calificación de IQ fuera inferior a
100; y propuso comenzar este programa con personas
dependientes de la seguridad social, a cambio de una
compensación económica. Uno de los más llamativos (y
alarmantes) aspectos de este siniestro fenómeno, es la
colaboración de ciertos científicos para la justificación
“racional” de unas persecuciones de las que, naturalmente,
ellos se sentían a salvo. Por ejemplo, otro premio Nobel (en
este caso por sus estudios en comportamiento animal), Konrad
Lorenz, al que los biólogos recordamos como un venerable
anciano al que la ocas, convencidas de que era su madre,
seguían disciplinadamente por su granja experimental, hacía un
canto al Darwinismo desde la Alemania nazi en 1940, cuando ya
estaban en marcha las prácticas genocidas: “En el proceso
de civilización, hemos perdido ciertos mecanismos innatos de
liberación que normalmente persisten con objeto de mantener la
pureza de la raza: alguna institución humana debe seleccionar
la fortaleza, el heroísmo, la utilidad social,... si es que el
sino de la Humanidad, carente de factores selectivos
naturales, no va a ser la destrucción por la degeneración que
el proceso de domesticación lleva consigo. La idea de raza
como base del estado ya ha obtenido buenos resultados en este
respecto.”
Los datos históricos sobre la implicación y la responsabilidad
directa de científicos en actos criminales no son escasos,
pero aún más dramático es el hecho de que científicos honestos
colaboren de buena fe en actividades semejantes sin tener
conciencia de que sus “observaciones objetivas” están
impregnadas, tanto del dogmatismo con el que han recibido su
formación (en la que, por ejemplo, cualquier duda sobre el
Darwinismo es objeto de anatema), como del entorno y presiones
sociales y culturales en que se producen.
En el creciente auge del determinismo, que se puede constatar
en la continua publicación del descubrimiento de genes
responsables de comportamientos “anormales” o “antisociales”
están implicados multitud de especialistas adiestrados, desde
temprana edad, en las obsoletas creencias científicas que
hemos comentado, y convencidos de que las enormes sumas que se
invierten en sus investigaciones (tras las cuales siempre hay,
más enormes aún, intereses comerciales) están encaminadas
hacia el bien de la Humanidad (lo cual les resultaría poco
creíble si tuvieran conciencia de cuanto sufrimiento, cuanta
hambre y cuantas muertes se podrían evitar en el Mundo con
esas cantidades de dinero). Pero más descorazonador les
resultaría el comprender que sus resultados, muy
probablemente, sean tan falsos o, al menos, tan deformados
como las bases científicas sobre las que se apoyan: los
recientes descubrimientos sobre la variabilidad y complejidad
de la expresión genética y de la cantidad de factores
implicados, ha hecho escribir a alguien (disculpen mi mala
memoria, pero era alguien que sin duda sabía de lo que
hablaba) que “pretender comprender al hombre conociendo su
genoma, es tan estúpido como intentar aprender un idioma
memorizando su diccionario”. Las complicadas interacciones
entre distintos grupos de genes, entre éstos y la multitud de
proteínas reguladoras y la influencia sobre todo ello de
factores ambientales, sigue siendo, en su mayor parte, un
misterio para la Ciencia.
Y especialmente misteriosas y desconocidas son las increíbles
capacidades del cerebro humano, cuya plasticidad y
potencialidades (muy diferentes y superiores al funcionamiento
de un computador que les atribuye la mecánica Darwinista) no
tienen explicación posible desde el punto de vista de
“adaptación al ambiente”. Por eso son igualmente difíciles de
explicar científicamente, tanto las creaciones de Mozart, como
el origen de comportamientos “antisociales”. Sobre todo,
porque el hecho de que las supuestas valoraciones se realicen
“a posteriori” (es decir, sin conocer su verdadera historia)
las invalida científicamente.
Por tanto, una de las explicaciones posibles del auge de los
“descubrimientos” deterministas, teniendo en cuenta su escaso
rigor científico, y una vez descartada la responsabilidad de
los ingenuos especialistas adiestrados, puede ser la
existencia tras ellos de “oscuros intereses”.
Como nos ha mostrado la Historia, la mala conciencia que, sin
duda, les acosa, obliga a que los “oscuros intereses”
necesiten de teóricos que los justifiquen tanto moral como
racionalmente. Si mi “acientífica” intuición no me engaña, no
arriesgo mucho al suponer que el inquieto (pero, sobre todo
desocupado) lector que haya llegado hasta aquí, ha deducido
que ya los tienen. En efecto, en 1975 se publicó el libro
“Sociobiología: la Nueva Síntesis” del Catedrático de Zoología
de Harvard E.O. Wilson. El sustrato social previo y su
repercusión fueron la más perfecta extrapolación posible de la
época y del contexto que rodeó la publicación de la obra de
Darwin. El despliegue de prensa y medios audiovisuales que
acompañó a su publicación fue impresionante: se le concedieron
entrevistas en distintos medios, entre los que figuraban las
revistas “People”, “The New York Times Sunday Magazine”, e
incluso en “House and Garden”. Por supuesto, la repercusión de
esta obra en muy variados ámbitos académicos y lo que es peor,
en muchos textos escolares, está actualmente en un momento de
esplendor. El motivo de ese éxito fue, que mediante argumentos
directamente derivados de los estudios de Konrad Lorenz y una
impecable y tendenciosa interpretación darwinista del
comportamiento animal, llegaba a la conclusión fundamental de
que el comportamiento social humano es sólo un ejemplo
especial de categorías más generales de comportamiento y
organización social del reino animal. En consecuencia, tanto
los comportamientos individuales como los de grupo (léase
pueblos o “razas”) han evolucionado como resultado de la
adaptación dirigida por la Selección Natural. De lo cual se
deduce que los que no triunfan es por ser menos aptos.
Comportamientos como la xenofobia, la territorialidad, el
conformismo, la religión, etc., son así perfectamente
explicables en términos adaptativos... Pero, por si quieren
tener una visión más concreta y resumida de los componentes
culturales e ideológicos de su teoría, me limitaré a mencionar
que entre las “virtudes” humanas resultantes del proceso de
Selección Natural figuran la agresividad, la competición, la
división del trabajo, el núcleo familiar, el individualismo y
la defensa del territorio nacional. Resulta, al menos,
curioso, que los comportamientos sociales que resultan ser
“naturales” tengan notables coincidencias con los “valores”
dominantes en la cultura de la sociedad de mercado de la que
el autor procede.
“Coincidencias” semejantes se pueden encontrar en otro
prestigioso teórico, el zoólogo británico Richard Dawkins,
que, en otro curioso paralelismo con la aportación de la
genética mendeliana a la teoría general, publicó por primera
vez con enorme éxito en 1976 un libro (reeditado y ampliado
con posterioridad) con el título “El gen egoísta” según el
cual, la unidad de evolución es “el gen” (posteriormente
ampliado a “o fragmento de ADN”), cuyo objetivo es
“alcanzar la supremacía sobre los otros genes”. Los
organismos, seríamos utilizados por los genes como
“máquinas de supervivencia”, y las relaciones entre los
seres vivos se producirían guiadas por este principio:
“Toda máquina de supervivencia es, para otra máquina de
supervivencia, un obstáculo que vencer o una fuente que
explotar”. (Por si mi opinión personal puede resultar de
algún interés al lector, considero necesario hacer notar que
entre las muchas cosas que ambos “teóricos” comparten, destaca
una magnífica opinión de sí mismos (constatable en las
múltiples entrevistas que siguen concediendo) junto con un
notable desconocimiento de la genética actual, lo cual hace
más sorprendente el éxito del segundo entre muchos genetistas
(la mayoría, si revisamos los artículos de las más
prestigiosas revistas científicas), que intentan explicar las
complejas interrelaciones del material genético en términos de
“ADN egoísta”).
Bien. Ya tenemos la explicación científica de la situación. Ya
podemos “comprender” por qué se han producido las
escalofriantes diferencias en el reparto de la riqueza en el
mundo, publicadas recientemente por la ONU. También tenemos
una explicación científica para las crecientes desigualdades
sociales que se producen en los llamados países desarrollados.
¿Cuál será el siguiente paso?
Por si puede servir de consuelo al lector, las corrientes
científicas derivadas del darwinismo social aún no han
triunfado totalmente (aunque si quieren que sea realista,
tienen todas las de ganar). Las opiniones en contra, basadas
en rigurosos análisis científicos, se vienen produciendo desde
1975, durante el nacimiento de la última ofensiva determinista
y en pleno “ojo del huracán”. Grupos formados por genetistas y
otros científicos norteamericanos, protegidos en el anonimato
de candorosas asociaciones como “Ciencia para el pueblo” o
“Acción política de científicos e ingenieros” (podrán suponer
que ninguno de ellos alcanzó gran proyección social y menos un
premio Nobel) vienen alertando de los riesgos de una “sociedad
planificada” en la que la contribución de las Ciencias
Naturales y Sociales consista en decir a la gente “qué es lo
que pueden y no pueden hacer”, vaticinio cuya exactitud
estamos comprobando en la persecución actual de los
comportamientos “no saludables” y en el auge de lo
“políticamente correcto” y, lo que aún es más preocupante, en
la propuesta, proveniente de prestigiosos científicos, de que
cuando se finalice la secuenciación del genoma humano,
prevista para el 2003, todos los ciudadanos llevemos,
obligatoriamente, un “carnet” con nuestras características
genéticas. (Un evidente motivo para esta preocupación es que,
en Dinamarca, ya se ha planteado la posibilidad de que los
ciudadanos sean “chequeados” genéticamente antes de obtener un
empleo).
En la actualidad, desde distintas corrientes biológicas (por
supuesto marginales o, al menos, no preponderantes), y desde
otros campos científicos, se están levantando voces que acusan
al determinismo (cuyos partidarios se autoproclaman “objetivos
y apolíticos” incluso algunos “progresistas”) de ocultar, bajo
su pretendido realismo, una gran dosis de cinismo, porque su
falacia (que sigue manteniendo la vieja práctica de explicar
fenómenos naturales complejos a partir de deducciones
simplistas) contribuye al mantenimiento del “status quo” en
lugar de proponer soluciones sociales. En 1993 Paul Billings,
genetista de la Universidad de Stanford, escribía: “Conocemos
las causas de la violencia en nuestra sociedad: la pobreza, la
discriminación, el fracaso del sistema educativo. No son los
genes los que provocan esta violencia, sino el sistema
social”.
Hoy sabemos que las características morfológicas y
fisiológicas de los hombres se heredan de una forma compleja,
difusa y, a veces, sorprendentemente variable. También sabemos
que el funcionamiento y la plasticidad del cerebro humano (el
de todos los seres humanos) son en su mayor parte un
misterio, pero que la enorme complejidad de su actividad está
muy modelada por las influencias recibidas por el individuo a
lo largo de su vida, incluidas las etapas finales del
desarrollo prenatal.
También hemos podido comprobar que, dentro de cada población,
existen diferencias en las capacidades física e intelectual
(aunque especialmente ésta última no se puede valorar sin
conocer totalmente la historia individual). Pero, aún en el
caso de que estas diferencias fueran reales, jamás serían
suficientes para explicar las enormes diferencias en las
expectativas de vida entre los hombres, generadas por un
modelo económico cuyas raíces están indisolublemente unidas a
las del modelo científico que pretende justificarlas.
Por eso, es un deber moral ineludible, para los científicos
conscientes de esta situación, la búsqueda premeditada de un
modelo alternativo que, como hemos visto, difícilmente puede
estar totalmente desligado del contexto social, por lo que,
necesariamente, esta búsqueda ha de estar unida (tal vez
precedida) a la intención de conseguir una sociedad más justa.
Posiblemente, lo más coherente con lo anteriormente planteado,
sería terminar con una dramática llamada a la sociedad a un
compromiso con este cambio. Pero ya sabemos que nosotros
(particularmente nosotros) vivimos “el menos malo de los
sistemas posibles” (¡qué enorme poder de moldeamiento de las
mentes tienen los “oscuros intereses”!), en el que la
“igualdad de oportunidades” figura, desde su origen, como el
máximo logro. Y que los criminales lo son de nacimiento, o
porque quieren, y los marginados son los “no competitivos” (es
su problema).
Por eso, apelaré a un sentimiento más individualista, citando
una frase atribuida a Bertolt Brecht relativa al posible
“siguiente paso” (conveniente por si algún lector que no tiene
todos los “genes del comportamiento políticamente correctos”
puede, al menos, tomar precauciones): “Primero fueron por
los judíos, y no me sentí aludido. Después, fueron por los
gitanos, y no me inmuté. Luego fueron por los comunistas, y no
hice nada. Cuando vinieron por mí, ya era demasiado tarde.”
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