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A muchos biólogos, o quizás sea mas exacto referirnos a
ciertos biólogos, nos produce una gran inquietud la deriva, al
parecer irreversible, que está tomando la investigación
biológica. Transformada en "gran Ciencia", está pasando de ser
fundamentalmente una parsimoniosa actividad realizada en más o
menos modestos laboratorios entre animales, plantas,
microorganismos y libros a una vertiginosa carrera competitiva
llevada a cabo en complejas instalaciones dotadas de
costosísimos y sofisticados aparatos destinados a descifrar y
manipular apremiantemente los secretos de la vida. Porque esa
costosa infraestructura requiere unas inversiones que, en
nuestro modelo de sociedad, han de ser forzosamente
rentabilizadas y, para ello, han de estar encaminadas a
investigaciones cuyos posibles descubrimientos tengan una
aplicación práctica o, lo que es lo mismo, un rendimiento
económico.
La concepción de la Ciencia como un factor de desarrollo
económico ha convertido en casi inconcebible la financiación
de investigaciones que no tengan una aplicación inmediata, con
lo que la distinción entre Ciencia (búsqueda del conocimiento)
y Tecnología (aplicación de ese conocimiento) es cada día más
confusa. Todo esto está conduciendo a que la investigación
denominada "puntera" está llegando a ser no sólo
mayoritariamente controlada por empresas privadas, sino que,
incluso la llevada a cabo por universidades y centros públicos
está pasando a depender de una manera creciente de la
financiación de empresas con ánimo de lucro, que dirigen los
objetivos y prioridades, con lo que está en claro retroceso la
práctica, tan necesaria, de una investigación básica,
independiente y guiada por los criterios de los
investigadores, que se están convirtiendo en asalariados de
distintas multinacionales de la Biotecnología. De empresas que
comercializan productos "modificados genéticamente", "biofármacos"
o que han invertido grandes sumas en investigaciones sobre
clonación, organismos modificados genéticamente o terapia
génica. En definitiva, de prácticas de manipulación del ADN.
Pero lo que a "ciertos biólogos" nos resulta más inquietante
es que este tipo de "investigación" parece estar sustentada
sobre una base teórica (científica) extremadamente frágil.
Porque sus objetivos, sus planteamientos y sus
interpretaciones permanecen anclados en una visión
reduccionista del control de la información genética, (cuyos
orígenes hay que buscarlos en la primera mitad del pasado
siglo), que estaba basada en hipótesis y simplificaciones
derivadas de la, ya obsoleta, concepción mendeliana de la
transmisión simple de caracteres complejos y de los cambios
"al azar" de la teoría darwinista. La idea de que el ADN es
una especie de molécula milagrosa en la que están contenidos
los códigos que gobiernan la vida, en la que "los genes" son
los responsables directos de la construcción de los
organismos, de sus características, de sus defectos o
enfermedades e incluso de su comportamiento, es una derivada
de esta visión reduccionista o simplificadora que persiste de
un modo sospechoso (o, al menos, incomprensible), conviviendo
con descubrimientos que descalifican totalmente tal
concepción. Los, sin duda, importantísimos descubrimientos
biológicos conseguidos en los últimos años gracias al
desarrollo de sofisticadas tecnologías para la investigación
no han ido acompañados (quizás debido a la propia dinámica de
la investigación aplicada) de una renovación conceptual en su
interpretación, lo cual resulta, cuanto menos, preocupante,
dados los métodos utilizados para estas prácticas.
Con motivo del 50 aniversario del descubrimiento, por James
Watson y Francis Crick, de la estructura tridimensional del
ADN cristalizado, la revista Nature publicó una sección
monográfica en la que se exponían y analizaban los
conocimientos actuales derivados de este hito fundamental en
la Biología. Veamos algunos de ellos: Watson y Crick
transformaron la Biología al revelar la estructura
tridimensional del ADN, pero pasados 50 años los
investigadores están comprendiendo que el ADN tiene una vida
fascinante en tres dimensiones -y una cuarta dimensión del
tiempo- que hace de ella mucho más que una simple sarta de
códigos. La imágen icónica del ADN como una doble hélice
estática es algo pasado. Las técnicas de microfilmación
han hecho posible observar, por primera vez, cómo se transmite
la información genética. Y lo que se ha observado ha
sorprendido a los propios investigadores: En la célula viva,
la imagen es la de una molécula de ADN que gira y se retuerce
como un danzarín demoníaco envuelto en una nube de proteínas
que pululan alrededor. Esto ha cambiado la forma en que
pensábamos sobre el núcleo, dice Tom Misteli del Instituto
Nacional del Cáncer de Bethesda. La palabra "estático",
está desapareciendo de nuestro vocabulario. La molécula
(de ADN) ha sido vista durante mucho tiempo como formando
íntimas relaciones con proteínas que la ayudaban a plegarse y
a activar o detener la actividad de los genes. Hasta
recientemente, esas ligazones se suponían fundamentalmente
fijas o cambiantes sólo ligeramente con el tiempo. Pero esta
idea ha colapsado. Según Helen Pearson, editorialista de
Nature: Los investigadores han comprobado que un simple gen
puede crear decenas o incluso cientos de proteínas diferentes,
según cómo la célula lee su información genética y cómo las
proteínas estén agrupadas o modificadas químicamente. Es
decir la "información genética" no está solo en el ADN. Es el
resultado de la interacción del ADN (muy importante, pero no
el que "la contiene") con su entorno celular, lo que incluye
proteínas, ARN (la molécula imprescindible para "traducir" y
dirigir la información) y el ambiente celular, a su vez,
dependiente del ambiente externo.
Para finalizar este incompleto resumen de las muchas cosas que
han cambiado en la interpretación de la información genética,
citaré la frase con que Philip Ball, uno de los más brillantes
editorialistas de Nature, finaliza su reseña: Para los que
quieren controlar estos procesos, y los que pretenden
imitarlos en sistemas artificiales, el mensaje es que la
mesoescala biológica lejos de ser un régimen en el que el
orden y la simplicidad desciende de un impredecible caos,
tiene su propia estructura lógica, reglas y mecanismos
reguladores. Y, volviendo a Helen Pearson: Watson y
Crick debieron pensar que la secuencia era todo, pero la vida
es mucho más complicada que eso.
Se puede decir que tan sólo estamos comenzando a comprender la
manera en que se transmite la información genética, lo que,
por otra parte, nos lleva a la dura asunción de que la visión
que ha dominado hasta muy recientemente no sólo era
incompleta, sino en su mayor parte errónea. La secuenciación
del genoma humano, anunciada como la panacea que nos permitirá
conocer los más íntimos secretos de nuestra naturaleza, se ha
revelado como sólo un paso (importante, pero un paso) en este
camino. Sydney Brenner, codescubridor, junto a Watson y Crick
de "la doble hélice" y una de las máximas autoridades actuales
en genética escribió: La mayor parte de la gente cree que
la secuenciación del genoma humano va a ser una especie de
mensaje llegado de los cielos, pero, lo cierto, es que ese
mensaje nos va a decir muy poco. Nos va a decir algo como:
"mira, esto es lo que tienes que entender ahora". Y lo que
queda por entender no es sólo el significado de las secuencias
del ADN: Queda por descifrar y entender el proteoma.
(cómo se agrupan e interactúan entre sí y con el ADN y el ARN
los miles de proteína celulares), el transcriptoma (el
conjunto de ARN de las células y sus actividades), y nos queda
por comprender la actividad y la función de los cientos de
miles de secuencias que constituyen los virus endógenos
(virus que han integrado sus secuencias en los genomas de
todos los seres vivos y son parte activa en ellos) y la de los
elementos móviles (secuencias con la capacidad de
cambiar su situación en los genomas. también con un origen
vírico), y como el ambiente puede modificar la actividad de
todos ellos.
Pero esto no impide los anuncios de los grandes logros y las
fantásticas aplicaciones futuras de las mágicas cualidades de
los genes y los beneficios de su manipulación: El cambiar,
quitar o añadir genes en nuestros cromosomas nos permitirá,
entre otras cosas, curar enfermedades que "azotan a la
Humanidad", mejorar nuestra “calidad de vida”, alargarla (para
algunos, hasta la inmortalidad) o, incluso, elegir las
cualidades de nuestros hijos. Afirmaciones de este tipo,
algunas realmente delirantes, emitidas a los medios de
comunicación por científicos de reconocido prestigio generan
unas expectativas (totalmente comprensibles en personas
afectadas por enfermedades de origen genético) que están muy
lejos de ser alcanzadas pero que, en cualquier caso, resultan
de muy discutible justificación; en primer lugar, porque las
enfermedades que realmente azotan a la Humanidad y por las que
mueren anualmente millones de personas son enfermedades
fácilmente combatibles, derivadas fundamentalmente de la
pobreza: infecciones producidas por consumo de agua en malas
condiciones, enfermedades fáciles de curar para las que no se
dispone de medicamentos y el hambre y la miseria,
responsables, además, de la enorme mortalidad de los
"infectados" por el SIDA en el Tercer Mundo (todo esto, sin
tener en cuenta los que mueren por las necesidades del
"mercado", ya sea del petróleo, de materias primas o de la
industria armamentística). En segundo lugar, porque la mayoría
de las enfermedades que se pretende curar no constituyen, ni
mucho menos, una prioridad sanitaria ni a nivel mundial ni
siquiera en los países desarrollados y son, en muchos casos,
padecimientos que no ponen en peligro la vida del afectado
como muchos de los problemas estéticos o fisio-sicológicos
que, declaradamente, pretende tratar la terapia génica. Unos
intentos abocados al fracaso, porque consiste en la
manipulación de procesos que no se pueden controlar porque,
como hemos visto, no se conocen suficientemente, lo cual es
irresponsable y peligroso (Y esto no es una opinión personal:
La terapia génica es todavía arriesgada, pero los intentos
siguen en marcha, advierte el comité de Ética de la
Organización del Genoma Humano).
Pero, incluso asumiendo que pudieran llegar a existir efectos
positivos en estas prácticas, lo cual resulta muy remoto si
hemos de creer a científicos como Francis Collins, uno de los
líderes de la secuenciación del genoma humano, el número de
personas que podrían beneficiarse de sus aplicaciones seria
muy reducido y circunscrito a sectores con poder adquisitivo,
fundamentalmente en el "Primer Mundo", porque las enormes
cifras invertidas en estas investigaciones no están
destinadas, evidentemente, para ceder gratuitamente sus
resultados. Y el mejor ejemplo de estas intenciones lo
constituyen las empresas involucradas en la producción de
productos transgénicos, ya "en el mercado". Las fabulosas
cifras de sus beneficios, la falta de ética en sus presiones
sobre los cultivadores y una impresionante campaña de
"desinformación" en los medios de comunicación nos informa de
los verdaderos objetivos de esta falsa solución del hambre en
el Mundo. Y así ha sido denunciado desde la FAO, según la
cual, el problema no es de falta de alimentos (de hecho
sobran), sino de justa distribución. Por eso, a pesar del
creciente rechazo a estos productos en los países
desarrollados su uso se está extendiendo por el Tercer Mundo,
e incluso se presiona a los países africanos para que acepten
consumir unos productos que en sus propios países sólo se
consideran (erróneamente) aptos para el ganado. Y todo esto, a
pesar de los peligros para el medio ambiente y para la salud
de las personas, muchos de ellos constatados y denunciados por
científicos independientes pero, al parecer, con difícil
acceso a los medios de comunicación, y muchos otros mas
peligrosos aún, por ser desconocidos.
Sin embargo, a pesar de que estos hechos difícilmente
discutibles descalifican totalmente la justificación de estas
prácticas, los medios de comunicación, no sabemos en qué
medida deslumbrados por los avances científicos o movidos por
los intereses de la industria biotecnológica, ensalzan los
nuevos logros, auguran grandes beneficios para la Humanidad y
airean una falsa y confusa polémica entre los detractores de
las prácticas de manipulación genética, a los que califican de
"retrógrados" y los defensores, amantes del "progreso". Una
confusión acentuada porque es cierto que entre los detractores
se encuentran posturas animadas por una moral de tipo
integrista, y porque para algunos (o para muchos, al parecer)
se considera como una actitud "moderna" e incluso progresista
la defensa de liberalismo económico más salvaje.
Lo cierto es que, como afirma el Comité de Ética del Genoma
Humano, los riesgos de estas prácticas son muy altos y se
derivan fundamentalmente del escaso conocimiento de las
complejísimas interacciones que se están poniendo de
manifiesto en el control de la información genética, pero,
sobre todo, de la falta de rigor científico, en unos casos, y
de responsabilidad profesional de muchos de quienes las
realizan, pero, sobre todo, de la precipitación de sus
aplicaciones y de la avidez de dinero de quienes las
comercializan. Porque detrás de todo esto, como detrás de
todos los grandes problemas que amenazan a la Humanidad, están
siempre los mismos fantasmas en la sombra: el dinero y el
poder.
A modo de protección (más o menos eficaz), voy a finalizar
reclamando la ayuda de Umberto Eco, por medio de su magnífica
intervención en la Conferencia Científica Internacional,
celebrada en Roma a finales del pasado año: Los medios de
comunicación confunden la imagen de la ciencia con la de la
tecnología y transmiten esa confusión a sus usuarios, que
consideran científico todo lo que es tecnológico, ignorando en
efecto cuál es la dimensión propia de la ciencia, de esa de la
que la tecnología es, por supuesto, una aplicación y una
consecuencia, pero desde luego no la sustancia primaria.
/.../Lo que se trasluce de la ciencia a través de los medios
de comunicación es, por lo tanto -siento decirlo - sólo su
aspecto mágico. Cuando se filtra, y cuando filtra es porque
promete una tecnología milagrosa, "la píldora que... ". Hay a
veces un “pactum sceleris” entre el científico y los medios de
comunicación por el que el científico no puede resistir la
tentación, o considera su deber, comunicar una investigación
en curso, a veces también por razones de recaudación de
fondos; pero he aquí que la investigación se comunica
enseguida como descubrimiento, con la consiguiente desilusión
cuando se descubre que el resultado aún no está listo. /.../
Si no salimos de esta espiral de falsas promesas y esperanzas
defraudadas, la propia ciencia tendrá un camino más arduo que
realizar.
Es cierto que dentro de esta dinámica social tienen mucha
mejor acogida las opiniones (muchas veces verdaderamente
simplistas) solemnemente emitidas como verdades científicas
que las que ponen de manifiesto nuestro desconocimiento o
nuestras dudas. Lo que se espera de los científicos es que
posean " la verdad". Pero lo único que está próximo a la
verdad es que desconocemos mucho más que lo que conocemos, y
aunque estamos en el camino este va a ser largo. Posiblemente
muy largo y muy duro, dados los intereses implicados. Por eso,
me voy a permitir hacer mías las palabras con que Humberto Eco
finaliza su escrito para dirigirme a los científicos
independientes que investigan honestamente y se niegan a
formar parte de esta irresponsable deriva: Resistid,
resistid, resistid. Y buen trabajo.
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