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Con respecto a las cualidades morales,
aun los pueblos más civilizados progresan siempre eliminando
algunas de las disposiciones malévolas de sus individuos.
Veamos, si no, cómo la transmisión libre de las perversas
cualidades de los malhechores se impide o ejecutándolos o
reduciéndolos a la cárcel por mucho tiempo. / … / En la cría
de animales domésticos es elemento muy importante de buenos
resultados la eliminación de aquellos individuos que, aunque
sea en corto número, presenten cualidades inferiores.
Charles Darwin. El Origen del Hombre. |
El mundo según Darwin, o un observatorio privilegiado
Debido a su especial condición, el campo de estudio de la evolución
humana (el estudio de nuestra propia historia y naturaleza
biológicas) es, quizás, la disciplina científica en la que resulta
más aplicable el repetido aforismo científico de que “la teoría
influye en las observaciones”. Es decir, asumida una base teórica
como cierta, las “observaciones objetivas de la realidad” son, en
muchas ocasiones, interpretaciones elaboradas en función de lo que
creemos cómo debería de ser si ésta operase tal y como nos predice
la teoría.
Supuestamente, las teorías científicas pretenden estar basadas en
observaciones objetivas de los hechos que describen, pero, incluso
para la Física, la ciencia que probablemente ha alcanzado el máximo
nivel de precisión en la predicción de los resultados con la
Mecánica Cuántica, la interpretación de la realidad depende de la
perspectiva desde que se la observe. Y, si esto es así, la cita que
encabeza este escrito nos puede aportar algunos indicios sobre las
coordenadas, tanto espaciales como temporales, que definían la
situación del observatorio desde el que Darwin describía “su”
realidad.
Una primera coordenada puede ser la referida al contexto cultural,
que nos sitúa en los valores de la sociedad victoriana, imbuidos de
la concepción calvinista de que unas personas están predestinadas
para la salvación y otras a la condenación, y que los “elegidos de
Dios” son las personas laboriosas y virtuosas. Por eso Darwin
muestra su preocupación por la proliferación de las “cualidades
inferiores” en su sociedad: Existe en las sociedades civilizadas
un obstáculo importante para el incremento numérico de los hombres
de cualidades superiores, sobre cuya gravedad insisten Grey y Galton,
a saber: que los pobres y holgazanes, degradados también a veces por
los vicios se casan de ordinario a edad temprana, mientras que los
jóvenes prudentes y económicos, adornados casi siempre de otras
virtudes, lo hacen tarde a fin de reunir recursos con que sostenerse
y sostener a sus hijos. /…/ Resulta así que los holgazanes, los
degradados y, con frecuencia, viciosos tienden a multiplicarse en
una proporción más rápida que los próvidos y en general virtuosos.
La segunda coordenada la aporta el contexto histórico. En pleno auge
de la Revolución Industrial y de la expansión colonial británica,
las masas de desheredados que abarrotaban las calles de las grandes
ciudades industriales, y que constituían lo que Darwin denominaba
las clases entregadas a la destemplanza al libertinaje y al crimen
debían ser controladas, y qué mejor forma que eliminando sus
“malas disposiciones” que, naturalmente, eran innatas, en bien del
progreso. En lo que respecta a las relaciones entre las naciones
“civilizadas” y los pueblos “primitivos”, están dirigidas por una
lógica semejante: Cuando las naciones civilizadas entran en
contacto con las bárbaras, la lucha es corta, excepto allí donde el
clima mortal ayuda y favorece a los nativos. La consecuencia de
este fenómeno “normal” es inevitable: Llegará un día, por cierto,
no muy distante, que de aquí allá se cuenten por miles los años en
que las razas humanas civilizadas habrán exterminado y reemplazado a
todas las salvajes por el mundo esparcidas /…/ y entonces la laguna
será aún más considerable, porque no existirán eslabones intermedios
entre la raza humana que prepondera en civilización, a saber: la
raza caucásica y una especie de mono inferior, por ejemplo, el
papión; en tanto que en la actualidad la laguna sólo existe entre el
negro y el gorila.
El medio social en el que Darwin se desenvolvía, aporta una tercera
coordenada que era, según él, determinante para la actividad
intelectual: La presencia de un cuerpo de hombres bien instruidos
que no necesitan trabajar materialmente para ganar el pan de cada
día, es de un grado de importancia que no puede fácilmente
apreciarse, por llevar ellos sobre sí todo el trabajo intelectual
superior (del) que depende principalmente todo progreso
positivo, sin hacer mención de otras no menos ventajas.
Efectivamente, Darwin heredó de su padre una importante fortuna, que
incrementó considerablemente mediante la boda con su prima Emma
Wedgwood, nieta de Josiah Wedgwood, propietario de la famosa fábrica
de porcelanas “Etruria” (proveedora de la Real Casa), y que decidió
tras un meticuloso cálculo sobre la herencia que le correspondía (Thuillier,
1990). Fortuna que redondeó, posteriormente, mediante sus
actividades como prestamista (Hemleben, 1971). Como él mismo escribe
en sus memorias, Pero poco después me convencí, por diversas
circunstancias, de que mi padre me dejaría herencia suficiente para
subsistir con cierto confort, si bien nunca imaginé que sería tan
rico como soy (Autobiografía). En el contexto de la Inglaterra
victoriana parece razonable suponer que esta condición, junto con el
hecho de que tres años después de su boda, a los treinta años, se
instaló en su residencia, Down House, de la que apenas salió el
resto de su vida, no resultase muy favorable para una profunda
comprensión de una realidad social sobre la que emitía juicios tan
rotundos.
Finalmente, y para no ser menos que los físicos, añadiremos una
cuarta coordenada: la que corresponde al aspecto individual, es
decir, lo que se refiere tanto a sus características personales como
a su formación científica.
En cuanto al primer aspecto, quizás sea lo más adecuado que dejemos
hablar a Paul Stratern (1999), uno de sus biógrafos: Darwin no
había recibido una formación científica en el sentido académico
(en efecto, su única titulación era la de subgraduado en teología,
que le capacitaba para ejercer la labor de ministro de la iglesia
anglicana), y hasta el momento no había demostrado poseer una
inteligencia excepcional (su celebridad se debía enteramente a haber
estado en el lugar oportuno en el momento oportuno) /…/ Pero, de
pronto, a los veintiocho años, pareció descubrir su imaginación.
A lo que Stratern se refiere es al gran “descubrimiento” de Darwin,
que él mismo narra así a su protector J. Hooker en una carta fechada
el 11 de Enero de 1844 (ocho años después de su regreso del famoso
viaje del “Beagle”): Por fin ha surgido un rayo de luz, y estoy
casi convencido (el subrayado es mío) (totalmente en
contra de la opinión de que partí) de que las especies no son (es
como confesar un asesinato) inmutables. Un “descubrimiento”,
aunque inseguro, notable, sobre todo si tenemos en cuenta que en “el
continente”, pero sobre todo en Francia, se llevaba casi cien años
estudiando sistemáticamente y científicamente la evolución (Ver
Galera, 2002 y Sandín, 2003). Y esto justifica las críticas que su
gran obra “Sobre el origen de las especies por medio de la
selección natural, o el mantenimiento de las razas favorecidas en la
lucha por la existencia” recibió de intelectuales, científicos y
naturalistas que tenían conocimientos sobre la evolución, de las que
la más concisa y reveladora del verdadero mérito de la obra es la
del profesor Haughton, de Dublín, citada por el mismo Darwin en su
autobiografía: Todo lo que había de nuevo era falso, y todo lo
que había de cierto era viejo.
“Lo que había de nuevo” en la obra de Darwin era el intento de
explicar la Naturaleza mediante principios basados en las (poco
filantrópicas) ideas sociales de uno de los ideólogos de la
Revolución Industrial: El ministro anglicano Thomas R. Malthus y su
“Ensayo sobre el principio de la población” publicado en 1798 y que
se convirtió en una parte importante e integral de la economía
liberal clásica (The Peel Web. Malthus). Este libro, y Malthus
mismo, con su insistencia sobre el primer ministro, tuvieron una
gran influencia en el “Acta de Enmienda de la Ley de Pobres” de
1834. Según él, las leyes de protección a los pobres estimulaban la
existencia de grandes familias con sus limosnas, y afirmaba que no
deberían existir porque limitaban la movilidad de los
trabajadores. La tesis del libro, basada en la existencia de
masas de desempleados que vivían en la miseria y se hacinaban en las
ciudades industriales, era que el aumento de la población en una
progresión geométrica, mientras que los alimentos aumentaban en una
progresión aritmética, impondría una lucha por la vida, por
lo que había que impedir que los trabajadores y marginados se
reprodujeran en tan gran número (lo cual no le impidió tener
numerosos hijos).
Así es como Darwin describe el nacimiento de su teoría: En
Octubre de 1838, esto es, quince meses después de haber comenzado mi
estudio sistemático, se me ocurrió leer por entretenimiento el
ensayo de Malthus sobre la población y, como estaba bien preparado
para apreciar la lucha por la existencia que por doquier se deduce
de una observación larga y constante de los hábitos de los animales
y plantas, descubrí enseguida que bajo estas condiciones las
variaciones favorables tenderían a preservarse, y las desfavorables
a ser destruidas. El resultado sería la formación de especies
nuevas. Aquí había conseguido por fin una teoría sobre la que
trabajar (“Autobiografía”). De esta concepción de los de los
fenómenos naturales surgió su otra innovación científica: La
selección natural. Su documentación para llegar a este concepto no
fue mucho más empírica que la anterior, y nos informa sobre qué
hábitos de animales y plantas se elaboró. Consistió en la
lectura de textos especialmente en relación con productos
domesticados, a través de estudios publicados, de conversaciones con
expertos ganaderos y jardineros y de abundantes lecturas
(“Autobiografía”). Y, con estos fundamentos “científicos”, la
explicación de la evolución de la vida sobre el Planeta, de la
enorme diversidad y complejidad de los organismos y, sobre todo, de
los grandes cambios de organización animal y vegetal, resulta
extremadamente sencilla: He llamado a este principio por el cual
se conserva toda variación pequeña, cuando es útil, selección
natural para marcar su relación con la facultad de selección del
hombre. Pero la expresión usada a menudo por Mr. Herbert Spencer, de
que sobreviven los más idóneos es más exacta, y algunas veces
igualmente conveniente (“Origen de las Especies…”). Por si los
anteriores “conceptos fundamentales” de la teoría darvinista pueden
resultar de un contenido biológico discutible, hay que hacer notar
que a lo que Darwin se refiere en este caso es a la aportación
“científica” de Herbert Spencer, economista y filósofo, que en su
libro “La Estática Social” (1850) elabora unas directrices para
llevarlas a la política social. Según él: Las civilizaciones,
sociedades e instituciones compiten entre sí, y sólo son vencedores
aquellos que son biológicamente más eficaces.
En definitiva, parece claramente definida la situación del
observatorio desde el que Darwin describió la realidad, y no parece
muy discutible el fundamento real de la teoría darvinista. Si su
“mecanismo” de evolución biológica, una extrapolación de la
selección de los ganaderos, (que consiste en no dejar reproducirse a
los individuos normales y seleccionar a los que tienen alguna
característica anormal del gusto del ganadero) que es exactamente lo
contrario de lo que ocurre en la Naturaleza, puede calificarse de
una simplificación antropocéntrica de los fenómenos biológicos, su
marco conceptual, la “lucha por la vida” y la “supervivencia del más
adecuado” son la aplicación directa de unos principios sociales
caracterizados por una hipócrita justificación del “statu quo” (Young,
1973) basada en un despiadado desprecio por los desheredados y
marginados y en una supuesta superioridad “innata” de los mas aptos.
Y éste es el espíritu que subyace en las interpretaciones
darvinistas de la evolución humana. Una feroz competencia en la que
no hay sitio para los perdedores, para los inferiores, en la que
sólo los “elegidos” tienen su premio, como se puede deducir de las
conclusiones finales de la obra de la que nace toda la Biología
moderna (Fernández, 1987): Y como la selección natural opera
solamente por y para el bien de cada ser, todos los atributos
corpóreos y mentales tenderán a progresar hacia la perfección
(Sobre el Origen de las especies…).
Una visión de la realidad
Resulta difícil de comprender (y, posiblemente, sería necesario un
profundo estudio histórico para ello) (Ver Sandín, 2002), cómo una
supuesta teoría científica con unas bases conceptuales tan distantes
de los fenómenos que pretende explicar se ha llegado a convertir
para toda una cultura (o “civilización”) en la explicación de la
historia de la vida. Pero lo que sí parece claro es que el auge y la
consolidación del darwinismo han sido paralelos al del modelo
económico y social del que nació. A lo largo del Siglo XX, los
biólogos han intentado (con poco éxito) comprender la evolución
biológica bajo el prisma de unas variaciones “al azar” dentro de una
especie, capaces de producir (con el tiempo) impresionantes cambios
de organización genética, fisiológica y anatómica, gracias a una fe
ciega en el poder creativo de la selección natural (La selección
natural explica porqué los pájaros tienen alas y los peces agallas,
y porqué el ojo está específicamente diseñado para ver y la mano
para coger (Ayala, 1999)). Pero, lo cierto, es que los
argumentos que utilizan y los fenómenos que pretenden explicar
mediante esta base teórica tienen muy poco que ver con estos cambios
de organización, porque los conceptos y los términos empleados para
describir los fenómenos biológicos delatan el verdadero carácter (la
verdadera esencia) de su modelo teórico: la competencia, el
coste-beneficio, las estrategias reproductivas, la explotación de
recursos, la rentabilidad … nos revelan, en realidad, una visión
preconcebida y antropocéntrica (los animales y las plantas no
utilizan una calculadora) de cómo son (cómo “han de ser”) las
relaciones entre los seres vivos, independientemente de que sus
supuestas explicaciones no tengan la menor relación, no ya con los
procesos evolutivos, sino siquiera con la realidad de los fenómenos
naturales. Entre los múltiples ejemplos que se pueden encontrar de
esta deformación de la realidad, uno muy reciente nos puede resultar
informativo: En la revista Nature (Michor y Nowak 2002), y bajo el
epígrafe “Evolución”, figura el siguiente título: “El bueno, el malo
y el solitario”. La trama argumental del artículo consiste en una
especulación sobre el profundo problema científico de si en la
Naturaleza existen comportamientos verdaderamente altruistas,
problema, al parecer, de gran trascendencia para la teoría
darvinista, porque podría poner en cuestión sus fundamentos teóricos
(a saber: la selección natural opera por y para el bien de cada
ser). El dilema se centra en que la cooperación en el
comportamiento animal puede resultar rentable si ello conlleva un
reparto de los beneficios obtenidos, pero su gran aportación es que,
en el caso de que los no cooperadores no reciban su parte, hay otro
posible comportamiento, el de los solitarios, que también consigan
una parte, aunque menor. Es decir, un refuerzo a “la teoría de la
evolución”. Porque el comportamiento altruista es algo que
sencillamente es incompatible con la selección natural operando en
el nivel del individuo, que es la única forma de selección que
admite el neodarwinismo” /…/ Pero John Maynard Smith ha ofrecido una
explicación que se basa en la teoría matemática de juegos
desarrollada por John von Newmann y Oskar Morgenstern en los años
cuarenta y que saca al neodarwinismo del aprieto. Un conocido
ejemplo es el llamado “dilema del prisionero” /…/ Dos
acusados de haber cometido un robo juntos son aislados en celdas
separadas y exhortados a confesar, sin que ninguno sepa lo que hace
el otro. Tras una profusa relación de penas en función de que
confiese uno, los dos o ninguno, tan absurda como poco “ajustada a
derecho”, el final de la historia es: Paradójicamente, si
cooperan los dos ladrones (y ninguno confiesa) les va mejor que si
los dos confiesan (y no cooperan entre sí). La conclusión
científica es: La cooperación puede, como se ha visto, resultar
rentable aunque los individuos no sean por naturaleza altruistas
(Arsuaga, 2001).
Lo que resulta realmente incomprensible es cómo se puede pensar que
argumentos de este tipo sirvan para explicar la evolución, cuando lo
que nos están describiendo es una concepción de la sociedad humana,
según la cual “el hombre está lleno de vicio”, pero “los vicios
individuales hacen la prosperidad pública” y “cada cual busca su
propio interés” pero “es el egoísmo individual lo que conlleva al
bien general”, en definitiva, y aunque no tengan conciencia de ello,
lo que están manifestando es una profesión de fe calvinista y una
aplicación directa de las máximas de Adam Smith a la Naturaleza.
Sin embargo, y a pesar del profundo arraigo de este tipo de
argumentos en el vocabulario de “la comunidad evolucionista”, cada
nuevo descubrimiento los alejan más y más de cualquier relación (si
es que alguna vez la tuvieron) con los fenómenos que tienen lugar en
la Naturaleza (La Biología hoy, está donde estaba la Física a
principios del siglo veinte, observa José Onuchic, codirector del
nuevo Centro de Física Biológica Teórica de la Universidad de
California, San Diego. “Se enfrenta a una gran cantidad de hechos
que necesitan una explicación” (Knigth, J., 2002)). Las
secuenciaciones de genomas animales y vegetales, los descubrimientos
de la Genética molecular y del desarrollo, y los datos, cada día más
informativos, del registro fósil, están llevando a un número
creciente de científicos a exponer la necesidad de revisar muchos de
los tópicos que, a fuerza de repetidos de un modo rutinario y
mecánico parecen haberse convertido en verdades indiscutibles y que
han acabado por conformar una visión deformada de los procesos
biológicos. Entre los, cada día más abundantes, análisis críticos de
ésta situación, parece necesario insistir en el editorial de Henry
Gee (2000) en la revista Nature: La cuestión del origen de las
especies debe tener que ver, fundamentalmente, con la evolución de
programas embrionarios… /…/ Usted puede buscar a Darwin para una
respuesta pero buscará en vano. Darwin estudió leves variaciones en
características externas, sugiriendo cómo esas variaciones pueden
ser favorecidas por circunstancias externas, y extrapoló el proceso
al árbol completo de la vida. Pero, seguramente, hay cuestiones más
profundas para preguntarse que por qué las polillas tienen alas más
negras o más blancas, o por qué las orquídeas tienen pétalos de esta
u otra forma. ¿Por qué las polillas tienen alas y por qué las
orquídeas tienen pétalos? ¿Qué creó esas estructuras por primera
vez? La victoria del darwinismo ha sido tan completa que es un
shock darse cuenta de cuan vacía es realmente la visión darviniana
de la vida. (El subrayado es mío).Esta drástica
descalificación del darwinismo puede resultar chocante en la citada
revista. Pero, más chocante aún es que parece haber resultado una
frase escrita en el aire: a pesar de la rotundidad de estos
razonamientos, la tónica general de los artículos publicados en la
revista, e incluso los siguientes editoriales del mismo autor,
siguen la dinámica de la rutina darwinista con las tópicas
explicaciones basadas en la competencia, la selección... lo que
parece un indicio del estado de inconsistencia teórica en que se
encuentra la Biología. Sin embargo, los argumentos de Gee tienen una
sólida base científica. Los cambios morfológicos observados a lo
largo del proceso evolutivo se han de producir, necesariamente,
mediante cambios en el desarrollo embrionario capaces de modificar
el resultado final de la formación de los órganos y estructuras (es
decir, las diferencias entre aletas y extremidades o entre éstas y
alas se produce por cambios en la embriogénesis) y la supuesta
actuación de la selección natural sobre pequeñas variaciones “al
azar” en organismos adultos (con capacidad para reproducirse) no
puede explicar el origen de estos cambios de organización, porque la
“selección” sólo puede actuar (sólo puede seleccionar) sobre lo que
ya existe. Aunque el ejemplo pueda resultar simple, parece necesario
en este caso para poner en evidencia la superficialidad lógica de
atribuir a una “selección” un papel fundamental en la evolución:
Sería como responsabilizar de las características (incluso de la
existencia) de un automóvil a la persona que retira los que salen
defectuosos de la fábrica. Es tan obvio, que resulta innecesario
hacer notar el hecho de que estas características dependen del
proceso de fabricación, que en los seres vivos (bastante más
complejos que un automóvil) es, como nos recuerda Gee, el desarrollo
embrionario.
La idea de una selección de mutaciones individuales, base de las
fórmulas matemáticas de la Genética de poblaciones, disciplina que
pretende explicar la evolución según criterios darvinistas, es
decir, mediante la extrapolación de pequeñas variaciones dentro de
una especie (los denominados procesos “microevolutivos”) a la
evolución (“macroevolución”, en su terminología), ha quedado
totalmente descalificada por los conocimientos actuales de Genética.
La información genética se ha mostrado como algo mucho mas complejo
que la supuesta relación un gen-un carácter en que se basaba esta
concepción surgida en la primera mitad del pasado siglo. Hoy día se
sabe que la inmensa mayoría de las características (morfológicas,
fisiológicas, moleculares…) no se transmiten según las “leyes” de
Mendel, que han quedado reducidas a aspectos o circunstancias
ocasionales y, en la mayoría de los casos, superficiales. La
información contenida en una secuencia genética depende de multitud
de factores, entre otros, del organismo en que se exprese, de su
localización en el genoma, de la regulación de otros genes y del
control de cientos de proteínas muy específicas cuyo estudio (la
proteómica) está mostrando una tal complejidad en sus interacciones
(Gavin et al., 2002) que su desciframiento constituye “un duro
desafío” para los investigadores (Abbott, 2002). Pero hay algo más:
también depende del ambiente celular que, a su vez, está
condicionado por el ambiente externo y que puede inducir a que una
misma secuencia pueda “codificar” decenas de proteínas diferentes (Herbert
y Rich, 1999). Y estas variaciones no son “al azar”, porque no son
proteínas cualesquiera, sino las adecuadas a cada situación.
A esta capacidad de respuesta al ambiente (de interacción constante
de “los genes” con su entorno), hay que añadir que una gran parte de
los genomas animales y vegetales (que, por cierto, comparten
muchísimos más genes que los que cabría esperar de la evolución por
mutaciones “al azar”), están constituidos por elementos móviles
de los que existen dos versiones: transposones, grupos de
genes que pueden “saltar” de una parte a otra del genoma, y
retrotransposones, que “crean” copias de sí mismos que se
insertan en el genoma, con lo que producen duplicaciones de sus
secuencias. Además, existen cantidades, variables pero siempre muy
altas, de virus endógenos (por cierto, muy relacionados con
los elementos móviles), que son secuencias procedentes de virus que
se han insertado en los genomas, donde forman parte constituyente y
activa (Bromhan, 2002). En el Hombre, cerca de un 10% del genoma
está contituido por este último tipo de secuencias (Genome Directory,
2001).
Se ha podido comprobar experimentalmente que, tanto los elementos
móviles como los virus endógenos se activan (cambian de situación o
se “malignizan”) mediante agresiones ambientales (radiaciones
ultravioleta, productos químicos, defectos o excesos de ciertos
nutrientes…) produciéndose lo que se conoce como “estrés genómico”,
cuya consecuencia puede llegar a ser un cambio sustancial en la
estructura del genoma. También se ha constatado que procesos de este
tipo (duplicaciones y reordenamientos genómicos) han sido cruciales
en los principales eventos evolutivos (Brooke et al., 1998;
McLysaght et al., 2002; Gu et al., 2002).
En cuanto a la traducción de estas características de los genomas a
su expresión fenotípica durante la evolución, es decir, a los
cambios de organización que, necesariamente, se han de
producir mediante modificaciones en el desarrollo embrionario, las
investigaciones sobre genética del desarrollo están aportando un
creciente número de información y de experimentos sobre el control y
las consecuencias finales de un proceso tan extremadamente
jerarquizado e interconectado como es la embriogénesis. Desde la
aparición en el registro fósil de todos los Phyla
(todos los grandes tipos de organización) actualmente existentes en
la llamada “Explosión del Cámbrico” (Gª Bellido, 1999), hasta las
distintas remodelaciones de estos tipos de organización; de simetría
radial a bilateral (Lowe y Wray, 1997), de organización “miriápodo”
a “exápodo” en insectos (Ronshaugen et al., 2002) o de plan de
organización “pez” a “tetrápodo” (Kondo et al., 1997), el desarrollo
embrionario se ha mostrado como un proceso de una compleja
organización y coordinación en la que juegan un papel fundamental
unas secuencias genéticas repetidas en tandem conocidas como genes
homeóticos (HOX). Estas secuencias codifican unas proteínas que
regulan la actividad de otros genes implicados en la morfogénesis de
forma que los cambios en su actividad (inactivaciones,
duplicaciones, transposiciones), se traduce en cambios en el
desarrollo embrionario que afectan simultáneamente a conjuntos de
tejidos y órganos. Es decir no son mutaciones, porque las
mutaciones son desorganizaciones de procesos muy finamente
ajustados. (De hecho, las mutaciones en genes del desarrollo
conducen a malformaciones con muy discutible sentido evolutivo).
Estos cambios se producen en la forma que se conoce como “en
cascada”, de modo que una modificación en etapas incipientes del
desarrollo habría tenido como consecuencia grandes diferencias en el
tipo de organización general, (por ejemplo, los Phyla del
Cámbrico), mientras que en procesos posteriores las diferencias
finales se harían progresivamente mas reducidas a medida que
avanzase el desarrollo embrionario, de modo que las producidas en
las etapas finales serían irrelevantes desde el punto de vista de la
organización morfológica.
En definitiva, unos fenómenos constatables experimentalmente
(científicamente), muy alejados de los artificios matemáticos y de
las hipótesis, jamás verificadas, sobre la selección de mutaciones
“al azar” de la Genética de poblaciones, cuyas bases conceptuales
fueron elaboradas en una época en la que estos conocimientos eran
inimaginables. Una concepción en la que permanecen anclados los
expertos en evolución humana (Ayala y Cela, 2002; Boyd y Silk,
2001), en la que la simplista extrapolación de la variabilidad
continua y gradual en características superficiales a los cambios de
organización biológica está impregnada (por mucho que se niegue en
aras del azar), y muy especialmente en la evolución humana, de la
concepción darvinista de un ascenso, por medio de competencias y
“sustituciones”, desde los primitivos e “inferiores” hasta los
civilizados y “superiores” en sus “atributos corpóreos y mentales”.
Hasta la perfección.
El registro fósil humano: cada experto con "su" especie
Los datos paleontológicos, cada día más abundantes e informativos,
aunque, obviamente, no “completos” (Foote y Sepkoski, 1999; Benton
et al., 2000) parecen resultar progresivamente más coherentes (por
fin) con los datos neontológicos, es decir, los que nos indican cómo
y porqué cambian los organismos. Cada vez resulta más claro que los
cambios de organización biológica a gran escala, los grandes cambios
de fauna y flora que han dado nombre a los principales períodos
geológicos, están asociados a fenómenos catastróficos de dimensiones
globales que se han producido en nuestro planeta a lo largo de la
historia de la Vida: Caídas de enormes asteroides que han producido
crisis ecológicas y climáticas a gran escala, acompañadas a veces de
inversiones del campo magnético terrestre, que han dejado a la
Tierra sometida a un violento bombardeo de radiaciones (Erickson,
1992), han provocado extinciones masivas seguidas de súbitas
remodelaciones en las formas preexistentes. Según el prestigioso
paleontólogo T. S. Kemp (1999): Niveles muy altos de evolución
morfológica, ocurren de forma característica a continuación de una
extinción masiva. Esta aparición de nuevas morfologías,
necesariamente brusca, porque ha de producirse mediante cambios en
el desarrollo embrionario, y esta situación de entorno prácticamente
vacío, tiran por tierra, por otra parte, la visión competitiva
implícita en el supuesto “mecanismo” de la selección natural. En
palabras de S. J. Gould (uno de los más brillantes paleontólogos de
los últimos tiempos), La esperanza darviniana de una
extrapolación suave de acontecimientos a pequeña escala (que pueden
estudiarse directamente) al gran panorama geológico se viene abajo,
y debemos reconocer el carácter distintivo que las extinciones
masivas imponen a la historia de la Vida. /…/ Si la mayor parte del
tiempo se consume en períodos de recuperación, los modelos
competitivos se vienen abajo… Y estos hechos no sólo cuentan
para los notables cambios morfológicos que se observan tras las
extinciones masivas, sino también para las diferenciaciones a
niveles taxonómicos inferiores. La “Teoría del equilibrio puntuado”,
elaborada en 1972 por S. J. Gould y N. Eldredge (que en realidad no
es una teoría, porque no propone una explicación , sino que se
limita a describir lo que se observa en el registro fósil), ha
puesto de manifiesto unos hechos, también sistemáticos, y que ya
eran reconocidos por los paleontólogos predarwinistas: 1º En
cualquier área local una especie no surge gradualmente por
transformación constante de sus antecesores, sino que aparece de una
vez y plenamente formada. 2º Las especies aparecen en el registro
fósil con una apariencia muy similar a cuando desaparecen. Es lo que
se conoce como “estasis”, período que puede durar entre uno y diez
millones de años. Estos fenómenos se han podido constatar de una
forma indiscutible cuando el registro fósil ha permitido estudiar
especies durante largos períodos sin solución de continuidad (Williamson,
1983; Kerr, 1995). Desde luego, la forma en que estos cambios
bruscos se han de producir resulta difícil de "visualizar", y muy
especialmente para los biólogos, tras 150 años de "adiestramiento
mental" en la extrapolación "con el tiempo" de los pequeños cambios
graduales a los cambios de organización, pero estas remodelaciones
bruscas, producidas en una generación por cambios en el desarrollo
embrionario se han podido verificar experimentalmente en artrópodos
(Morata, 98; Ronshaugen et al., 2002). Puede resultar misterioso o
difícilmente concebible el modo en que estos cambios de organización
se han tenido que producir en medio de grandes disturbios
ecológicos, pero precisamente son los misterios (y no las
"explicaciones" simplistas) los estímulos de la investigación
científica.
Todos estos datos (sobre la complejidad de la información genética,
sobre la integridad y la plasticidad de los genomas, sobre la
interconexión de todas las características durante el desarrollo
embrionario que conducen a remodelaciones globales, sobre los
“saltos” en el registro fósil…) habrán de ser incorporados, algún
día, por los paleontólogos para su interpretación de la evolución
humana. Desgraciadamente, no parece que el momento esté próximo. Las
obras más recientes sobre evolución humana comienzan
sistemáticamente por una introducción compuesta por una declaración
de fe darvinista y una base teórica estructurada sobre las fórmulas,
hipótesis y asunciones de la Genética de poblaciones. Y con
semejantes cimientos no cabe esperar una gran solidez en el
edificio.
Para comenzar por la base, los fósiles más antiguos de lo que se
considera (aunque no por todos los expertos) un “homínido” son unos
restos extremadamente fragmentarios (un fragmento de húmero, algunos
dientes y pequeños trozos de huesos) bautizados como Orrorin
tungenensis y datados en, aproximadamente, seis millones de años
de antigüedad, a finales del Mioceno. La pista de sus antepasados
“directos” y “lineales” se pierde en el Mioceno, en el que restos de
características simiescas, escasos y extremadamente fragmentarios,
dada la dificultad que para la fosilización ofrece la selva
tropical, han recibido, por parte de sus descubridores, los nombres
de Keniapithecus, Heliopithecus, Ouranopithecus,
Otavipithecus…Naturalmente, cada investigador los introduce,
voluntariosamente, en el linaje humano. Pero, aunque es evidente que
de algún antiguo primate hemos de descender, junto con nuestros
parientes, los póngidos, sólo tenemos unas primeras pruebas que nos
hablan claramente de la historia de nuestros antecesores aunque,
desgraciadamente, son indirectas. Se trata de las huellas fósiles de
Laetoli, en Tanzania, que indican una evidente marcha bípeda y una
morfología del pie típicamente humanas. Descubiertas por el equipo
de Mary Leakey en 1977, son impresiones que, sobre fina ceniza
volcánica humedecida por la lluvia, dejaron dos “homínidos”, uno más
grande y otro de menor tamaño que atravesaron la llanura sobre la
que se habían depositado en dirección Sur- Norte. La descripción de
Mary Leakey y la observación de las fotografías revelan una marcha
claramente humana. El ritmo de la marcha, la firme pisada con el
talón, el arco plantar y el dedo gordo paralelo a los demás indican,
como han reconocido numerosos expertos (Lovejoy, 1981; Robbins,
1987; Tuttle et al., 1991, etc.), que el pie que dejó esas huellas
era anatómica y funcionalmente como el humano, y que ya existía hace
3,6 millones de años. El problema surge a la hora de asignarle un
propietario. Los restos fósiles de que se dispone, pertenecen a los
que la versión “oficial”, es decir, la comúnmente admitida,
considera nuestros antecesores directos: los conocidos genéricamente
como Australopitecinos. En este “cajón de sastre” se incluyen
(con discrepancias entre distintos autores) desde Ardipithecus
ramidus hasta los Australopithecus africanus y
robustus (estos últimos con sus “versiones” Paranthropus y
boisei), pasando por los Australopithecus anamensis,
playtiops, y garhi, en la línea de los africanus,
y bahrelgazhali y aethiopicus en la de los robustus,
además de los que, para muchos, son los responsables (por ser
coetáneos) de las huellas de Laetoli: los Australopithecus
afarensis. La situación de cada ejemplar fósil en la línea
evolutiva humana es objeto de ardorosos y, en ocasiones, agrios
debates en los que cada investigador (y especialmente si es el
descubridor) tiene su propia versión, pero la idea generalmente
admitida es que algún tipo de australopitecino es nuestro antecesor,
con excepción de los robustus, caracterizados por una “cresta
“ ósea sagital que recorre la parte superior del cráneo, y que se
consideran una “rama abortiva” de la evolución humana, es decir,
extinguidos, bien por la competencia con “homínidos mas aptos”, bien
por su propia “ineptitud”.
Sin embargo, resulta extraño que entre la abundancia de fragmentos
de “homínidos” rescatados de lo que antes fueron frondosas selvas
africanas (Rayner y Masters, 1994), no se encuentre el más pequeño
vestigio de nuestros parientes evolutivos más próximos: los
chimpancés y los gorilas. Pero eso no parece tener la más mínima
importancia para un darvinista convencido, y así nos lo explica Juan
Luis Arsuaga (1999): Obsérvese que en el dendrograma no aparece
ninguna especie fósil de de chimpancé. La razón es que no se conoce
ninguna. Sin embargo, no cabe esperar que los chimpancés fósiles
vengan a rellenar el foso que nos separa de sus descendientes vivos,
por lo que no son importantes en esta discusión: nadie cree que haya
habido en el pasado chimpancés más bípedos o más inteligentes que
los actuales. Lo que se necesita (el subrayado es mío)
son formas de algún modo intermedias, “eslabones perdidos” en la
retórica tradicional, o dicho aún más crudamente: “hombres-mono”.
Éste se puede considerar un típico ejemplo de cómo la “firmes
convicciones” pueden despojar cualquier argumento del más mínimo
carácter científico. Porque desde un punto de vista científico, es
decir, desde el análisis reflexivo y crítico de las distintas
posibilidades, el razonamiento debería ser de este tipo: ¿Cómo es
posible que se hayan encontrado cientos de fragmentos fósiles de
“homínidos” y no exista un solo resto de póngidos con los que, al
menos “inicialmente” compartían hábitat? Y, seguramente, la
respuesta esté en que una gran cantidad de fósiles atribuidos al
linaje humano sean, en realidad, de antecesores de chimpancé y
gorila.
Para no enfrascarnos en una estéril especulación sobre los
extremadamente fragmentarios y discutidos restos previos a las
pruebas más sugerentes, las huellas de Laetoli, vamos a enfrentarnos
a sus contemporáneos: los Australopithecus afarensis de
África de Este. El estudio de los huesos de pies y manos, bien
conservados, denotan unas curvaturas en las falanges típicas de los
póngidos. Los cráneos, extremadamente fragmentarios, muestran una
morfología simiesca, y sus mandíbulas y maxilas unos grandes caninos
con el diastema característico de los póngidos. Incluso el fósil más
completo de esta “especie”, la famosa “Lucy” de El Afar, está
resultando menos humana de lo que sus descubridores (Johanson y
White) pretendían. La reconstrucción de su cadera, diferente según
distintos expertos, presenta una cresta ilíaca mas humana (Lovejoy,
1981) o más simiesca (Schmid, 1983; Stern y Susman, 1983). De hecho,
Richard Leakey, siempre ha sostenido que en los restos dispersos y
fragmentarios de los afarensis de Tanzania se encontraban
mezclados restos de australopitecinos y de Homo que, para él,
es muy antiguo.
Para complicar más, si cabe, la ceremonia de confusión en que se han
convertido los debates sobre las "fases iniciales" de la evolución
humana, un estudio llevado a cabo por Richmond y Strait (2000) sobre
los huesos de la muñeca de Australopithecus anamensis de
Kenia y Australopithecus afarensis (la ya famosa “Lucy”) de
Etiopía, datados entre 3 y 4 millones de años, ha llevado a la
conclusión de que su estructura y proporciones son las típicas de
los póngidos que caminan apoyados en los nudillos. La conclusión es:
Los humanos evolucionaron de antecesores que caminaban apoyados
sobre los nudillos. Ahora bien, si tenemos en cuenta la forma
característica en que los pies se apoyan sobre su borde externo en
el suelo en esta forma de desplazamiento, incluso cuando caminan
erguidos, la pregunta que surge es: ¿A qué antecesor pertenecen las
huellas de Laetoli?. Y esto nos leva a los australopitecinos más
clásicos, los africanus y robustus sudafricanos, los
primeros tradicionalmente incluídos en la línea evolutiva humana, y
los segundos excluidos de ella. El descubrimiento, en África del Sur
de cuatro huesos del mismo pie de un australopitecino sin determinar
muestra unas proporciones y curvaturas que revelan, sin posible
discusión, una morfología típica de los actuales póngidos (Deloison,
1996). Todo esto conduce, inevitablemente, a una conjetura, al
parecer, inimaginable para los especialistas en la evolución humana:
Si la morfología de muchos de estos restos es característica de
póngidos, si su forma de desplazarse es la típica de los póngidos y
su hábitat es el de los actuales póngidos, ¿no es posible que muchos
de estos “homínidos” fueran en realidad póngidos?
Una “investigación de laboratorio” tan accesible para un no
especialista, como revolucionaria en su metodología, puede ser
observar los moldes de Australopithecus africanus (Sterkfontein,
member 4) y de Zinjanthropus (Olduvai, H 5), y
compararlos con cráneos de machos de chimpancé y gorila actuales.
Las características superestructuras óseas de estos últimos (la
cresta sagital, los arcos superciliares, la morfología facial) sin
duda más significativos desde el punto de vista de la organización
embriológica que sus matices o dimensiones, se pueden identificar,
una por una, más acentuadas, y explicables por heterocronías,
(aceleraciones o retardos en el proceso embrionario) en los gorilas
machos. En cuanto a las semejanzas entre el cráneo de
Australopithecus africanus y el de chimpancé, son tan
llamativamente estrechas, que resulta sorprendente que los
paleontólogos humanos, que se enzarzan en prolijos debates sobre las
diferencias “específicas” entre restos humanos basadas en matices
morfológicos, a veces irrelevantes, no se hayan planteado jamás
estas espectaculares semejanzas. Pero quizás no sea este el
problema, porque, lógicamente, algún científico se lo ha planteado:
M. Verhaegen (1994), ha revisado una gran cantidad de datos
correspondientes a la morfología y dimensiones craneodentales de los
australoptecinos y los ha comparado con las de chimpancés, gorilas y
humanos, adultos e inmaduros. Los grandes australopitecinos de
África del Este resultan más próximos a los gorilas, mientras que
los del Sur de África se aproximan a chimpancés y humanos. La
conclusión es que la relación de los diferentes australopitecinos
con humanos, chimpancés y gorilas debe ser reevaluada. El
verdadero problema es que este tipo de planteamientos hacen
tambalearse el paradigma dominante, por lo que son sistemáticamente
ignorados, devaluados o relegados al ostracismo por las “jerarquías
del evolucionismo”.
Todo parece indicar que la supuesta ausencia de restos de póngidos
en el registro fósil es más un resultado de la idea prevaleciente de
la evolución humana y del deseo de los investigadores de encontrar
“su” ejemplar de gran trascendencia, que de la realidad. Y así se ha
puesto de manifiesto recientemente, cuando un póngido (y para colmo,
hembra), ha pasado a formar parte (aunque, naturalmente, con
discrepancias) del registro paleontológico. El descubrimiento, en
Etiopía, este mismo verano, del denominado por sus descubridores (Brunet
et al., 2002) Sahelanthropus tchadensis, el más antiguo miembro
de nuestra familia, un cráneo muy completo, pero fragmentado y
sujeto, por tanto, a diferentes reconstrucciones en función de las
ideas previas sobre su condición, bautizado como Toumaï, y
datado entre 6 y 7 millones de años, ha sido recalificado por
Milford Wolpoff, uno de los más brillantes paleoantropólogos
actuales, como perteneciente a un gorila hembra ancestral en
función, fundamentalmente, de las características de la base del
cráneo (Wolpoff et al., 2002). No obstante, tanto sus descubridores
como otros expertos, siguen negándose a conceder a los pobres
póngidos un lugar en el registro fósil.
La sensación que produce esta situación, que se está convirtiendo en
absurda, es que, antes o después habrá que rehacer toda la filogenia
humana. Pero, para ello, parece necesario un difícil ejercicio de
renovación conceptual (en función de los nuevos conocimientos) en la
comunidad de los paleoantropólogos, en la que las interpretaciones
darwinistas sobre la condición y la evolución humanas parecen estar
tan arraigadas. Una renovación que haga posible desprenderse de la
ya obsoleta visión de un cambio gradual y (aunque pretendan
negarlo), “progresivo”, dirigido por supuestas ventajas de los “más
aptos” en una permanente competencia entre sí mismos, con los demás,
con el entorno… y sustituirla por otra más coherente con lo que nos
revelan los actuales datos genéticos, embriológicos, ecológicos y
paleontológicos sobre los procesos evolutivos. Entre los primeros,
unos muy recientes y muy significativos nos pueden dar algunas
pistas sobre los procesos implicados en la adquisición de la
morfología humana. El equipo de Kelly Frazer, en California,
mediante la utilización de “biochips” de ADN, en chimpancés, cuyas
diferencias genéticas con el hombre, basadas en el simple recuento
de bases distintas (polimorfismos de nucleótidos), han estado
consideradas durante los últimos treinta años en un 1,5 %, han
identificado inserciones y delecciones que cubren un rango
desde 200 a 10.000 bases de longitud y que, en conjunto, comprenden
unas 150.000 bases (Pennisi, 2002). Sin duda, estas reorganizaciones
genéticas han de tener alguna relación con los hechos que
comentaremos a continuación.
La prestigiosa paleontóloga Elisabeth Vrba, coautora junto a S. J.
Gould de brillantes trabajos sobre evolución, ha identificado dos
períodos de grandes cambios climáticos en la Tierra. Uno de ellos se
produjo entre 7 y 4,5 millones de años (África estaba unida a
Europa, y el Mediterráneo, antes Mar de Tetis, había quedado
reducido a unos cuantos lagos salados). Otro, entre 3 y 2 millones
de años. Ambos se caracterizan por un notable descenso de la
temperatura, grandes transformaciones orogénicas y cambios
evolutivos masivos (una vez más) en todo el planeta (Vrba,
1999). Estos “cambios evolutivos”, es decir, remodelaciones bruscas
sistemáticamente observadas en todos los taxones animales (Kemp,
1999) y vegetales (Moreno, 2002), han de tener alguna
correspondencia con la evolución humana (a no ser que se la
considere “un caso aparte”).El conjunto de características
anatómicas estrechamente interrelacionadas subyacentes al
bipedismo humano es considerable, e incluye desde el orificio
occipital y las curvaturas cervical y lumbar de la columna
vertebral, hasta la pelvis más corta y ancha y un fémur inclinado
conectados por una musculatura reorganizada, extremidades inferiores
largas y con la superficies articulares ampliadas, la articulación
de la rodilla modificada para su extensión y un pie de apoyo plano
en el que el dedo gordo, aumentado en tamaño, es paralelo al resto.
Resulta poco menos que absurdo pensar que cada una de estas
modificaciones se pudiera conseguir independientemente, gradualmente
y "al azar", a partir de una morfología propia del cuadrupedismo
sobre los nudillos.
Un árbol con una rama
Aunque los primeros indicios de un patrón morfológico humano se
remontan, indirectamente, a las huellas de Laetoli de hace 3,6
millones de años, los restos fósiles más indiscutibles datan de unos
dos millones de años (las supuestas dos especies Homo hábilis
y Homo rudolfensis) caracterizados no sólo por su morfología,
sino por estar asociados a una industria lítica sencilla (Oldovaica),
que ha llevado a los paleoantropólogos a concederles la
consideración de Homo. Pero esta condición no sólo se
desprende del hecho de su capacidad de elaborar (de preconcebir)
herramientas, por simples que sean (lo que, por otra parte, es
lógico por ser las primeras, además de que no se dispone de
información sobre el uso de herramientas perecederas), tampoco del
volumen cerebral, un lastre de la antropología decimonónica
profundamente arraigado. El carácter distintivo del cerebro humano
no es su tamaño, sino su organización y, a falta de datos
paleontológicos fiables sobre ésta, sólo podemos guiarnos por un
comportamiento distintivamente humano. En Koobi Fora, en Kenia, se
han encontrado (Isaac, 1997) los restos de una actividad de
planificación y cooperación que sólo así se puede considerar. Hace
2,5 millones de años, los restos de un hipopótamo encontrado,
probablemente, muerto, fueron meticulosamente destazados, como
señalan las muescas dejadas por las herramientas en los huesos. En
su proximidad se encontraron las pruebas de la existencia de una
“fábrica” de herramientas en los bloques de piedra llevados allí ex
profeso, y unos claros indicios (herramientas y fragmentos de
huesos) de un troceo y reparto de alimentos. Estos datos nos
informan de unas actividades, (de cuyo origen y precedentes no se
dispone, por el momento, de documentación), claramente humanas.
Llegados aquí, quizás sea conveniente un inciso para una breve
reflexión: Un argumento profundamente arraigado y muy utilizado en
las interpretaciones darwinistas de la evolución humana (y con un
evidente componente etnocéntrico) es la pretendida relación entre
complejidad tecnológica y capacidad mental. Supuestamente, la
sencillez o la uniformidad de las herramientas líticas primitivas
indicarían una escasa inteligencia en sus autores (Tattersall,
2000). Sin embargo, cabe plantearse si el verdadero mérito es de los
que producen las mejoras o de los primeros que fabricaron (que
concibieron) esas herramientas. De igual modo, no es mayor el mérito
de los técnicos que mejoran las prestaciones de un automóvil que el
del que ideó la primera máquina “automóvil”. Si alguien afirmase que
la simpleza y la poca eficacia de la primera máquina de James Watt
reflejan su escasa inteligencia, lo razonable sería dudar de la del
emisor de tal juicio.
Pues bien, a partir de estas pruebas tan significativas y de los
fósiles de los “homínidos” asociados a esta misma cultura lítica, lo
que se observa en el registro paleontológico son matices
(variaciones morfológicas irrelevantes y lógicas mejoras en la
tecnología) de un mismo tema básico: la organización anatómica y de
comportamiento inherente a la condición humana. Los distintos restos
humanos datados en fechas posteriores y prácticamente contínuos en
el tiempo, han sido analizados, medidos, comparados y clasificados
por sus diferentes descubridores con una meticulosidad infinitamente
superior a la mostrada con los restos de los australopitecinos.
Desde lo que se admite como la aparición del “género” Homo,
es decir, fósiles asociados a una morfología y/o a una cultura
claramente humanas, se han propuesto un número variable de
“especies” diferentes (por lo que, según el concepto de especie, no
deberían ser interfecundas entre sí): Homo habilis, H.
rudolfensis, H. ergaster, H. erectus, H. antecessor, H.
heidelbergensis, H. neanderthalensis y, finalmente,
Homo sapiens. Las “especies paleontológicas”, es decir las
basadas en restos casi siempre muy fragmentarios son, en muchas
ocasiones, artefactos con una base real poco sólida o, al menos,
inverificable. Pero en el caso de la evolución humana, la
“compartimentación” específica de unas variaciones morfológicas cuya
traducción en términos genéticos se desconoce, pero cuya comparación
con la variabilidad actual (existente tras milenos de intercambio
genético), hace pensar que no resulta muy superior, es casi un acto
de fe. La amplísima distribución temporal (una "estasis" de más de
dos millones de años) y espacial (desde África y Europa hasta
Extremo Oriente y Oceanía) de una especie formada por grupos no muy
numerosos, de una extremada movilidad, y muy susceptibles, por ello,
a fenómenos demográficos (que no evolutivos) de deriva genética
(aislamientos reproductivos, mortalidad diferencial aleatoria,
etc.), justificarían más que sobradamente la variabilidad encontrada
a lo largo del tiempo. Y esta posibilidad se ha visto reforzada con
el reciente descubrimiento en Etiopía (Asfaw et al., 2002) de un
cráneo datado en un millón de años de antigüedad, con unos rasgos
morfológicos “característicos” de la supuesta especie Homo
erectus de China. La consecuencia que deriva de este hallazgo es
que Homo erectus era un grupo casi tan variado y ampliamente
distribuido como los humanos actuales (Clarke, 2002).
Y, por si este descubrimiento no fuera suficiente para derribar los
tópicos árboles filogenéticos cargados de especies que se extinguen
o que ascienden gradualmente en status humano a medida que cambia
ligeramente su aspecto o progresa su tecnología, un también reciente
hallazgo, ha sorprendido (cabe suponer que desagradablemente) a los
paleoantropólogos constructores de dichos árboles. Se trata de tres
pequeños cráneos, acompañados de industria lítica muy primitiva
encontrados en Dmanisi, en el Cáucaso y datados, nada menos, que en
¡un millón setecientos cincuenta mil años! (Balter y Gibbons, 2002).
En algunas características los diminutos nuevos cráneos se
asemejan a H. habilis, un homínido africano que algunos consideran
ancestral a Homo erectus. /…/ Estos especimenes subrayan la
necesidad de un profundo replanteamiento de la diversidad del
temprano…Homo.
Estos son sólo algunos de los descubrimientos que están derribando
viejos tópicos darvinistas sobre la relación entre diferencias
morfológicas y “grado” de evolución. La simplista y arraigada
extrapolación que liga progreso tecnológico con progreso en
inteligencia (según la cual Bill Gates debería ser infinitamente
superior en inteligencia a Platón, por poner un ejemplo de nuestra
cultura), llega, a veces, a extremos próximos a lo grotesco: La
simplicidad de las primeras herramientas líticas conocidas (la
primera gran innovación) es al parecer, un indicio de una capacidad
mental tan escasa, que se podría calificar de inexistente: Los
harían sin darse cuenta, lo que no quiere decir que no pudieran
entrañar cierta dificultad (es sorprendente la cantidad de
operaciones muy complejas que cualquiera de nosotros realiza cada
día de forma automática, y es seguro que no somos conscientes de
todo lo que pasa por nuestra cabeza) (Arsuaga, 1999). Es decir,
la búsqueda de piedras adecuadas, la elaboración de las herramientas
e, incluso, el troceo y reparto de la carne de un animal se
identifican con las acciones que hoy hemos incorporado a nuestras
rutinas y realizamos de forma mecánica, para concluir que las
distintas actividades efectuadas para conseguir alimento
hubieron de ser realizados por una especie de “autómatas” que no
tenían conciencia de sus actos… Un verdadero “acto de fe”.
Pero, al parecer, las capacidades de estos autómatas inconscientes y
“primitivos” eran sorprendentes (según la explicación antes
expuesta, los más sorprendidos de los resultados serían ellos
mismos). La industria lítica conocida como Acheulense, por el
lugar de su primer descubrimiento, en Saint Acheul, (Francia), ha
estado considerada durante mucho tiempo originaria de Europa, donde
(¡cómo no!) se habrían producido las innovaciones culturales
fundamentales (hubo toda una teoría basada en el “impulso del frío”
al progreso cultural). Esta industria se caracteriza (entre otras
cosas) por el “hacha de mano” en la que, además de una mayor zona de
corte que las herramientas previas, se puede apreciar una búsqueda
premeditada de la simetría (se podría aventurar: de la belleza).
Pues bien, en 1992, en unos sedimentos de Konso Gardula (Etiopía)
que cubren un período de entre 1,3 y 1,9 millones de años, se
encontraron las más antiguas herramientas típicamente acheulenses
conocidas por el momento (Asfaw et al., 1992). Pero también hay que
hablar de un detalle aparentemente trivial, pero que nos informa de
unos hábitos, tal vez no muy elegantes, pero muy humanos: se
encontró una mandíbula izquierda característica de Homo erectus
(para algunos ergaster) con evidentes muestras en todos los
dientes de haber sido marcados por el uso habitual de mondadientes.
Resulta muy revelador del espíritu que subyace a las
interpretaciones darvinistas de las evolución humana, el marcado
contraste entre la gran importancia que dan a las diferencias en el
aspecto físico de los hombres y la poca valoración que conceden a
las pruebas que reflejan una gran inteligencia en los “homínidos”
primitivos. De ahí, la escasa relevancia que se da a datos obtenidos
en investigaciones muy bien fundamentadas con revelaciones
extraordinarias sobre la conducta de nuestros antecesores. En Marzo
de 1998, se publicó en Nature el artículo: Edades por trazas de
fisión de herramientas líticas y fósiles en la isla de Flores, Este
de Indonesia (Morwood et al., 1998): Hace 800.000 años, los
hombres (los “homínidos” pertenecientes a la “especie” Homo
erectus) ¡eran capaces de navegar! y cruzar repetidamente
distancias que, en los períodos de menor nivel de las aguas,
superaban los 19 kilómetros. Ésta es la distancia mínima que
separaba la isla de Flores del archipiélago de Sonda (próximo, por
cierto, a Australia), donde llegaron a extinguir mediante la caza,
perfectamente documentada, tortugas gigantes y Stegodon
enanos. La conclusión del artículo es que las capacidades
cognitivas de esta especie deben ser reconsideradas.
Efectivamente, la construcción o la utilización de algún tipo de
balsa, necesaria para una travesía semejante, y la repetición del
hecho, implican una capacidad de previsión y de comunicación,
imprescindibles para actuar en grupo, que descalifican a la
concepción ortodoxa de estos “homínidos” como seres inconscientes
dirigidos por el instinto. Por eso, unas pruebas paleontológicas que
serían aceptadas como indiscutibles para apoyar alguna tesis
“oficial” son consideradas “débiles” por los darvinistas más
ortodoxos.
A medida que aumentan los conocimientos biológicos y los datos del
registro fósil, resulta más patente la necesidad de reconsiderar
muchos viejos tópicos. Pero, sobre todo, el aparentemente más
arraigado y, con toda seguridad, el más distorsionado (y
distorsionador) de la concepción de la naturaleza humana, porque
constituye la base de la rancia visión victoriana de la realidad que
impregna las interpretaciones darvinistas: la idea de que unos
hombres son “por naturaleza” superiores a otros, lo que justifica
que en la feroz competencia en la que se desarrollan las relaciones
entre los seres vivos, sólo triunfen los “más aptos”. Y esta es la
explicación de la historia evolutiva de la Humanidad: la
“sustitución” sistemática y total (en palabras de Darwin, el
“reemplazo”) de los hombres mas “primitivos” por los que tuvieran
alguna ventaja (siempre relacionada con una mayor inteligencia)
sobre ellos. La extrapolación de esta concepción (que,
desgraciadamente, es la que mayor difusión tiene en los medios de
comunicación por ser la versión “oficial”) a las relaciones entre
los pequeños grupos de cazadores-recolectores en que se desenvolvían
nuestros antecesores es, a todas luces, absurda. De los datos
históricos sobre grupos humanos con esta forma de vida (y también de
los actuales aunque, por desgracia, cada día más escasos y
aculturados), la primera característica a destacar es la carencia
del sentimiento de posesión de la tierra. La conciencia de que es
ella la que ofrece sus dones les hace considerarse como
pertenecientes a la tierra. La segunda, es la fácil disposición para
la movilidad: cada individuo, cada grupo familiar, no dispone de
otros bienes que los necesarios para realizar sus actividades de
caza y recolección. Para un modo de vida así, la acumulación de
objetos sería absurda, porque habría que transportarlos en cada
desplazamiento. Y la tercera, es la cooperación en las cacerías y en
la labor de recolección y el reparto de los alimentos obtenidos
entre el grupo. Estos hechos, documentados con pocas variantes en
distintos grupos africanos, asiáticos, australianos, americanos… no
responden a una “idealización” del bucólico modo de vida nómada. Son
conductas elaboradas a partir de la experiencia que las ha hecho
necesarias porque resultan más eficaces para la supervivencia del
grupo que la actitud contraria. Naturalmente, esto no quiere decir
que los actos ocasionales de violencia estuviesen ausentes en la
vida de estos grupos. De hecho, a veces aparecen en restos fósiles
humanos pruebas claras de heridas causadas por actos de violencia
interpersonal que suelen ser resaltados como una prueba del carácter
violento de estos “homínidos”, cuando lo que muchas veces nos
revelan es que la frecuente curación de estas heridas, en ocasiones
graves, indica los cuidados eficaces que estas personas se
dispensaban. En suma, tanto lo uno como lo otro, una clara prueba de
su condición humana.
En este contexto, es decir, en un mundo poblado por bandas nómadas
de cazadores-recolectores, la “sustitución” de unos grupos por otros
se hace prácticamente (se podría afirmar que totalmente) imposible:
Si tenemos en cuenta que de la superficie total de la Tierra, 510
millones de Kilómetros cuadrados, aproximadamente 149 millones, (con
pequeñas fluctuaciones en función de los ascensos y descensos del
nivel del mar causados por las glaciaciones) estaban libres de las
aguas, e incluso considerando sólo una tercera parte de esta
superficie (unos 50 millones de kilómetros cuadrados) como la que
reuniría las óptimas condiciones para la vida, ¿tiene sentido pensar
que unos grupos dispersos y móviles compuestos por no mucho mas de
50 personas (límite aproximado impuesto a este tipo de grupos por la
cantidad de terreno necesario para su aprovisionamiento), con unas
herramientas y “armas” semejantes, básicamente de piedra y madera,
tengan la más mínima posibilidad de eliminar totalmente a grupos
semejantes, por otra parte, perfectamente adaptados a su entorno a
lo largo de milenios?. La población humana total, ya en el
Paleolítico superior, se ha estimado en unos 5 millones de personas.
Aún siendo el doble, tendrían todo el espacio imaginable para
escapar, incluso en el extremadamente improbable caso de que los
recién llegados, a pesar de su cultura cazadora-recolectora,
dispusieran de alguna supuesta superioridad producida por alguna
“mutación”darwinista responsable de una conducta colonialista.
En base a estos argumentos, (o más concretamente, a estos datos), y
haciendo uso de una mínima capacidad de imaginación, parece más
razonable pensar que, a lo largo de milenios (hay que resaltar:
milenios) de vida móvil, de encuentros y de compartir hábitat y
modo de vida, se estableciese un inevitable “flujo génico” entre
ellos. De hecho, otra característica muy habitual entre los grupos
nómadas históricos es el intercambio de jóvenes entre distintos
grupos, consecuencia probable de la observación de los problemas
derivados de un exceso de endogamia, y que se realizaba (y aún se
realiza) mediante grandes reuniones periódicas de varios grupos o,
incluso, menos diplomáticamente, por medio del secuestro (más o
menos ritualizado) de muchachas por los jóvenes de otros grupos.
Desde luego que, dada la inmensidad del territorio disponible, es
muy posible que algunos grupos hayan permanecido aislados durante
mucho tiempo, como se ha documentado en Java y, últimamente, en
Australia (Thorne y Wolpoff, 1992) que, a la luz de las precoces
capacidades “marineras” de sus posibles pobladores, fue colonizada,
con toda seguridad, mucho antes de lo que generalmente se cree. Una
colonización consciente y llevada a cabo por una “especie” muy
polimórfica y ampliamente distribuida, casi como la Humanidad
actual.
El origen de la población española: ¿Genocidio o mestizaje?
Los indicios más antiguos (por el momento) de la presencia humana en
España datan de entre 1,6 y 0,9 millones de años. El yacimiento de
Orce en Venta Micena (Granada) arrojó una calota (parte superior del
cráneo) que se describió como de un individuo infantil y que fue
objeto de una vergonzosa polémica entre especialistas, algunos de
los cuales ridiculizaron a sus descubridores (Martinez-Navarro y
cols., 1997), al afirmar que se trataba de un cráneo de asno. Lo
cierto es que, aunque el fragmento craneal no presenta caracteres
anatómicos que resulten claramente significativos (aunque,
finalmente, parece haber sido aceptado como humano), la presencia
del hombre en España pudo ser tan antigua como entre 1,6 y 1,4
millones de años, como atestiguan los restos de cultura oldovaica
dispersos por yacimientos del Sur y Este peninsular.
Pero, sin duda, el yacimiento más informativo es el espectacular (y
probablemente único en el Mundo) sitio de Atapuerca. Su historia
paleontológica es antigua, pero la más fecunda comienza en 1976 con
el "redescubrimiento" de la "Sima de los huesos" por el ingeniero de
minas Trinidad Torres, que encontró restos humanos cuando buscaba
fósiles de osos para su tesis doctoral. Su director de tesis era el
paleontólogo Emiliano Aguirre, que dirigió la excavación sistemática
llevada a cabo por José Maria Bermúdez de Castro y Juan Luis Arsuaga.
Pero quizás sea más informativo comentar los hallazgos por su
cronología paleontológica. La disposición geográfica de la Sierra de
Atapuerca nos puede ofrecer un indicio de la visión estratégica de
sus (sin duda, abundantes) pobladores a lo largo del tiempo. Es una
colina que se extiende de Noroeste a Sudoeste en el valle del río
Arlanzón, en la provincia de Burgos. Desde ella se domina la salida
del Corredor de la Bureba, el valle que conecta las cuencas del
Duero y el Ebro, un punto de paso obligado entre el Norte y el Sur,
bañado por el río Arlanzón y que siempre ha mantenido una gran
riqueza de fauna y flora. La naturaleza caliza de la sierra ha
posibilitado que la erosión del agua haya excavado en ella numerosas
cuevas (complejos kársticos), a veces enormes, que desde hace más de
un millón de años ofrecían magníficos refugios. Aunque la extensión
del yacimiento es enorme y, probablemente, nos depare todavía
mayores sorpresas, los restos humanos más antiguos (más de 780.000
años) y completos encontrados hasta la fecha aparecieron en "la
trinchera del ferrocarril". Pertenecen a un individuo juvenil,
probablemente no mayor de catorce años. Son un fragmento de hueso
frontal con el inicio de la cara, dientes y un trozo de mandíbula
con el tercer molar sin salir. Además han aparecido 36 fragmentos de
huesos pertenecientes a unos seis individuos y más de 100 piezas de
herramientas líticas de tipo oldovaico. La morfología del fragmento
de cara (de aspecto “moderno”) asociada a un frontal prominente
llevó a los descubridores a atribuir al resto la condición de nueva
especie de “homínido”: Homo antecessor, situándole en el
punto exacto de la bifurcación entre el linaje humano actual y el
(supuesto) callejón sin salida evolutiva representado por los
Neandertales. Aunque tal propuesta no ha sido aceptada por diversos
especialistas sobre la base de que, según la más estricta ortodoxia
paleontológica, no se puede crear una “nueva especie humana” a
partir de un individuo juvenil que no ha finalizado el crecimiento,
cabe suponer que los recientes hallazgos de Homo erectus en
África y los Homo de Dmanisi, y el reconocimiento de su gran
polimorfismo y amplia distribución, habrá zanjado la polémica.
Pero, quizás, la interpretación más merecedora de una ( humilde)
reconvención porque es la que más resonancia ha obtenido de este
hallazgo, (y no sólo por causa de las típicas exageraciones
periodísticas, sino por el énfasis puesto en ello por los
investigadores), es la calificación de “caníbales” con que se ha
publicitado el hallazgo: La mezcla de fragmentos humanos con
herramientas de piedra, junto con que en , al menos, en dos falanges
y en un fragmento de cráneo se hayan encontrado marcas que indican
una descarnación, les ha llevado a la conclusión de que los
primeros europeos eran caníbales, llegando a afirmar que para
ellos la diferencia entre un cadáver de ciervo y otro humano no
existía aún (Atapuerca. Página web, UCM). Si tenemos en cuenta
que la diferencia entre un cadáver de la propia especie y de otra
existe para un buen número de mamíferos (y probablemente, en otros
taxones), esto equivaldría a atribuir a estos hombres la condición,
no ya de “prehumano”, sino de “premamífero”. Teniendo en
consideración el amplio eco social que han adquirido estos
hallazgos, que han descubierto para muchos ciudadanos el hecho de la
evolución humana, no parece éste el mensaje más adecuado para
transmitir. Desconocemos las circunstancias o los motivos que
llevaron a ello (desde luego, como en cualquier depredador, no sería
un modo preferente de alimentarse), ni si era algo frecuente o si
podría tener algún otro sentido que no fuera el gastronómico. No
puede caracterizarse a todo un grupo por un hecho que puede ser
ocasional o producido en circunstancias dramáticas (como no se puede
extrapolar a una nacionalidad los hechos derivados de un accidente
aéreo o de un naufragio). Tampoco podemos calificar o juzgar a estos
hombres basándonos en nuestras actuales creencias o principios. Lo
cierto es que vivieron en condiciones, a veces muy duras, que
imponían las glaciaciones que en aquella época cubrieron de hielo
gran parte de Europa (con sólo que los inviernos fueran tan duros
como lo son en la actualidad, se puede tener una idea), y su simple
supervivencia indica una gran capacidad cultural para hacer frente a
un clima muy adverso, a pesar de que el organismo humano sólo está
naturalmente capacitado para la vida en zonas cálidas (sólo podemos
sobrevivir en zonas frías gracias al recurso de vestuario, refugios
y alguna fuente de calor).
La continuidad de la ocupación de Atapuerca por el hombre está
representada (por el momento) por los yacimientos de “La Sima de los
huesos”, junto con otros contemporáneos de “La Trinchera” asociados
con industria lítica de tipo Acheulense y datados en torno a los
400.000 años. En la Sima se han encontrado un número mínimo de
treinta y dos individuos, hombres y mujeres de diversas edades, pero
que no parecen representar la distribución de edades de una banda
completa. Eran individuos muy corpulentos y la morfología de sus
cráneos presentaba características que se encontrarán, más
acentuadas, en sus sucesores, los Neandertales. Entre la amplia gama
de denominaciones específicas atribuidas a restos fragmentarios, a
estos se les ha incluido dentro de una “especie” establecida, en
este caso, a partir de un solo hueso: Homo heidelbergensis,
que corresponde a la mandíbula de Mauer, datada entre 500.000 y
400.000 años. En “La Sima de los huesos” no se han encontrado
instrumentos líticos ni restos de herbívoros (presas habituales), lo
que indica que no era un lugar de habitación. La hipótesis más
admitida y razonable es que la acumulación de estos restos tenga un
origen humano (lo que constituiría algún tipo de enterramiento), y
que las marcas de mordeduras que presentan más de la mitad de los
restos sean debidas a carroñeros posteriores, aunque no se puede
descartar que sean la causa de su muerte (es decir, muertos por
carnívoros) lo que podría justificar, incluso, un enterramiento
selectivo.
En lo que respecta a sus sucesores, los Neandertales, sus singulares
características morfológicas les han convertido, siempre en función
del esquema mental darvinista, en la última “rama lateral” de la
evolución humana. Para los paleoantropólogos representantes de la
versión “dura” del darwinismo eran una especie de autómatas
grotescos si el menor rastro de humanidad. Según Ian Tattersall, del
Museo Americano de Historia Natural, les faltaban las conexiones
necesarias en el cerebro para pensar y hablar (desconocemos el
origen de su documentación “neurológica”). Para él, un Neandertal
representaría la máxima expresión del instinto, es decir, el límite
de las cosas que se pueden hacer inconscientemente, automáticamente.
Y esta es una concepción que, desgraciadamente, resulta difícil de
refutar, porque, más o menos acentuada, es la que se transmite a la
sociedad en libros divulgativos, documentales científicos y
películas comerciales. Al parecer, es necesaria una justificación
argumentada “científicamente” para su extinción (total, sin dejar el
menor rastro) ante el avance de los hombres “más evolucionados”.
Sin embargo, lo que parece más próximo a la realidad es que, aunque
el estereotipo de los neandertales que ha quedado grabado en el
imaginario social como una especie de brutos encorvados y
patizambos, se debe a la reconstrucción elaborada, a principios del
siglo pasado, por el belga Marcelin Boule sobre los restos de La
Chapelle-aux-Saints que pertenecían ¡a un anciano con artrosis!, los
neandertales eran individuos con una morfología y un comportamiento
absolutamente humanos. (Lo que pone de manifiesto, una vez más, que
son las interpretaciones más sensacionalistas o llamativas las que
más profundamente calan en la sociedad). Sus características
especiales, su robustez y su cara prominente son, simplemente, una
acentuación de las de sus predecesores locales, impulsadas por el
aislamiento en unas condiciones climáticas extremas. Durante las
glaciaciones precedentes (Günz, Mindel y Riss), los animales y los
hombres que vivían en Europa descenderían paulatinamente hacia
tierras más meridionales, empujados por el avance de los hielos.
Forzosamente, la Península Ibérica se debió convertir muchas veces
en centro de confluencia e intercambio genético y cultural de
distintos grupos humanos (los lugares privilegiados, como la Sierra
de Atapuerca, debieron llegar a ser “el no va más” del
cosmopolitismo de la época). Sin embargo, cuando hace unos 140.000
años se comenzó a producir la última gran glaciación, la conocida
como Würm, los hombres que habitaban Europa Occidental y Central,
que habían conseguido una magnífica adaptación cultural a climas muy
fríos, no emigraron, por lo que permanecieron con un alto grado de
aislamiento del resto de la Humanidad durante casi 100.000 años. Su
supervivencia durante todo este tiempo en unas condiciones
ambientales que, aunque en ocasiones (los períodos interestadiales)
eran más soportables, en general eran extremadamente rigurosas,
implica, forzosamente, un perfecto conocimiento y control del
entorno. Su magnífica cultura lítica “Musteriense”, elaborada
mediante la degradación de nódulos discoidales de sílex de los que
extraían lascas a las que daban diferentes formas utilizando
percutores blandos era extremadamente eficaz para fabricar punzones,
cuchillos, raspadores… hasta sesenta tipos de utensilios diferentes.
Eran hábiles curtidores de pieles, como atestiguan los numerosos
raspadores, y en cuanto al uso de otros instrumentos, como los de
madera, de difícil fosilización, se puede deducir del hecho de que
sus antecesores de hace 400.000 años utilizaron unas lanzas de
maderas de picea, encontradas fosilizadas en turba en el yacimiento
de Binzingsleben (Alemania). Eran tres lanzas perfectamente pulidas
y equilibradas para ser lanzadas con precisión. Dominaban
perfectamente el fuego, lo cual es lógico, porque sin la capacidad
de encenderlo (es decir, dependiendo de su conservación a partir de
combustiones espontáneas de nafta o de rayos, como muchos
sostienen), su larga supervivencia habría sido imposible. De hecho,
se han encontrado, por ejemplo, en Pech de l’Azé (Francia), hogares
formados por piedras bien colocadas y muy usadas. También en
Francia, en la gruta de Lazaret, se ha comprobado que construían
tiendas en su interior. Las piedras que sujetaban la base de las
tiendas atestiguan que las construían con la entrada en dirección
opuesta a la de la cueva, para mejorar la protección. En definitiva,
si estas actividades eran “inconscientes” los paleoantropólogos
habrán de inventarse el concepto de “inconsciencia inteligente”.
Su presencia en la Península Ibérica queda atestiguada por restos
como la mandíbula de Bañolas, el reciente hallazgo de la Gruta del
Sidrón (Asturias), compuesto, por el momento, por más de 120
fragmentos de, al menos, tres individuos (Rosas y Aguirre, 1999),
los indicios de su presencia en Atapuerca, el cráneo de Gibraltar,
los restos infantiles de Portugal… pero, sobre todo, por los fósiles
de Zafarraya (Málaga) datados en torno a los 30.000 años y
considerados como “los últimos neandertales”. Porque, según la
“versión oficial”, los neandertales se extinguieron, arrollados por
la superioridad cultural pero, sobre todo, intelectual, del “hombre
moderno”: Desde el punto de vista de la Historia con mayúsculas
podemos decir que sabemos lo que pasó. Los neandertales fueron
sustituidos por los humanos modernos. Tal vez hubo casos de
mestizaje, pero no se dieron en una cantidad suficiente para que sus
genes hayan llegado hasta nosotros. Nada me haría tanta ilusión como
llevar en mi sangre una gota siquiera de sangre neandertal, que me
conectara con esos poderosos europeos de otro tiempo, pero temo que
mi relación con ellos es sólo sentimental (Arsuaga, 1999). Si
tenemos en cuenta que, por ejemplo, se ha estimado que compartimos
con el ratón el 99% de los genes (Gunter y Dhand, 2002), lo que pone
de manifiesto definitivamente que la “información genética” no está
sólo en el ADN, y se sabe que compartimos gran cantidad de
secuencias con todo el mundo viviente (animal y vegetal), hasta
llegar a las bacterias, hay que decir que no se sabe de donde puede
salir el fundamento genético que permite afirmar que “sus genes no
han llegado hasta nosotros”.
La realidad es que no existen pruebas fiables de esta “sustitución”
y, a falta de estas pruebas, intervienen las “firmes convicciones”.
Los datos de que disponemos son que hace unos 40.000 años comienzan
a aparecer en Europa un tipo de herramientas y utensilios
denominados genéricamente “Auriñacienses”. Asociados a estos
aparecen restos humanos con morfología parecida a la “moderna”, que
han recibido la denominación de “cromañones” por los restos del
“viejo” de Cro-Magnon (Francia) datado, por cierto, en unos 25.000
años de antigüedad. Tras un período de unos 10.000 años (resulta
difícil de imaginar: 10.000 años) durante el que los vestigios de
ambos tipos de morfologías y de culturas se encuentran intercalados
por diferentes puntos de Europa, la morfología y la cultura
características de los neandertales desaparecen del registro fósil.
Pero, antes de continuar, puede ser conveniente una breve
consideración sobre qué es la "morfología moderna" ¿tal vez la
parecida a la de los actuales europeos? Porque morfología moderna es
la de los esquimales, con las proporciones corporales exactamente
iguales a las de los neandertales y la de los esbeltísimos nilótidos
o los pequeños bosquimanos y pigmeos. Morfología moderna es la de
los "aborígenes" australianos, muchos con su gran "torus
supraorbitario" y un acentuado prognatismo, con todo el aspecto,
apoyado por la continuidad del registro fósil (Wolpoff y Thorne,
1992), de ser herencia directa de los "marineros" de la isla de
Flores...
Estos 10.000 años de más que posible contacto entre diferentes
culturas cuentan con interpretaciones muy distintas que, aunque
dentro de la inercia explicativa de la ortodoxia darvinista, parecen
distinguirse por distintas concepciones de lo que es ”inherente a la
condición humana” en las que pueden ser detectables ciertos
componentes culturales. El inicio de lo que se denomina Paleolítico
Superior, asociado (cómo no) con la industria Auriñaciense,
caracterizada por láminas de piedra alargadas, como “cuchillos de
dorso”, el uso de hueso y marfil y dientes de animales para hacer
agujas, puntas de azagayas y adornos, se relacionaba con la
“irrupción en Europa del “hombre anatómicamente moderno”. Sin
embargo, una variante de la industria Auriñaciense, caracterizada
por utensilios semejantes, la industria Chatelperroniense, ha
aparecido asociada a restos indiscutiblemente neandertales, en los
yacimientos franceses de Arcy-sur-Cure y Saint Cesaire. Este tipo de
industria se ha encontrado distribuido por Francia, norte de España
y con variantes, también asociadas con neandertales, en Italia y
Europa Central y del Este. La explicación “dura”, es decir, más
estrictamente darwinista es que los neandertales adquirieron estos
utensilios del "hombre moderno", bien mediante la imitación o
incluso el robo. Para Richard Klein no se puede hablar de una
mente moderna hasta que no aparecen las primeras manifestaciones de
adorno personal y de arte (éste último asociado sólo con cromañones).
Ian Tattersall lo explica con más datos científicos: La mente
humana moderna surgió como todas las grandes novedades biológicas:
por evolución, y como decía Darwin, sin intervención divina
(que, al parecer, es la única alternativa posible al darwinismo),
pero en este caso "de golpe", y en un "hombre moderno". Para
Tattersall, las habilidades de los neandertales en la talla de la
piedra, aunque sorprendentes, eran algo estereotipadas; muy pocas
veces, si alguna, elaboraban instrumentos utilizando otras materias
primas. Muchos paleontólogos ponen en cuestión su grado de
especialización venatoria.
Sin embargo, hay una forma muy distinta de valorar las capacidades
de los neandertales y que, curiosamente (casi sorprendentemente), no
se basa en las "firmes creencias", sino en la investigación
científica. Francesco d'Errico del Instituto de Prehistoria de
Burdeos, Joâo Zilhao del Instituto Arqueológico de Portugal y otros
investigadores franceses que han trabajado en el yacimiento de "la
Cueva del Reno" de Arcy, han desmontado la teoría de "la recogida":
el material de adornos y utensilios óseos de los neandertales estaba
rodeado de restos y esquirlas que indicaban que habían sido hechos
allí mismo (Bahn, 1998)
Pero no importan las pruebas. Los darwinistas "duros" parecen ser
"inasequibles al desaliento".Los neandertales debían tener alguna
inferioridad, y hay que encontrarla aunque se tenga que recurrir a
los argumentos más pintorescos. He aquí los de Wesley Niewoehner, de
la Universidad de Nuevo México en Alburquerque y comentados así en
la revista Nature (Clarke, 2001): Los neandertales, macizos y
bien musculados, probablemente tenían unos dedos demasiado gruesos
para hacer uso efectivo de tecnología avanzada de la Edad de Piedra
o para realizar tareas de destreza como grabar. /.../ Esto da peso a
la idea de que los humanos modernos recientes sustituyeron a los
neandertales por su superior uso del mismo tipo de herramientas.
/.../ Así, aunque los neandertales pudieron probablemente fabricar y
usar herramientas complejas, no pudieron hacerlo muy a menudo o
muy cuidadosamente, (?) y no fueron capaces de tareas mas
sofisticadas como grabar o pintar, que fueron desarrolladas por los
humanos modernos.
Como no parece que estos despropósitos merezcan un comentario,
volvamos a los datos del registro fósil: La cronología de las dos
culturas apoyan el carácter autóctono de la Chatelperroniense. Para
Anne-Marie Tiller y Dominique Gambier existe un vacío
antropológico durante el período Auriñaciense europeo entre hace 40
y 35.000 años o, al menos, un problema para identificar los escasos
fósiles disponibles. Pero parece claro que el nacimiento del
Chatelperroniense fue anterior al Auriñaciense. En cuanto a la
"discontinuidad" morfológica, no parece tan clara. Para Tillier y
Gambier (2000) los restos humanos auriñacienses presentan cierta
robustez y conservan caracteres "arcaicos" (Porque "el viejo" de
Cro-Magnon, no era de morfología estrictamente "moderna"). Por otra
parte, los últimos neandertales eran más gráciles que los
primeros, de modo que el cráneo de Saint Cesaire tiene más
semejanzas con el de un hombre moderno que el neandertal de La
Chapelle-aux-Saints, 15.000 años más antiguo... En definitiva,
es más que posible que el hombre de Neanderthal no haya sido
"sustituido", sino que sus características se habrían diluido, a lo
largo de más de 10.000 años de contacto e intercambio, en una
población de morfología más grácil muy superior en número. Muy
probablemente, “la sangre" de los neandertales continúa entre
nosotros.
Las pruebas de “características intermedias” y los indicios de
mestizajes se encuentran repartidos en restos fragmentarios por
Europa central y del este (Predmost y Brno en Moravia, Vindija en
Yugoslavia…) y un discutido ejemplar (por ser infantil) en Portugal,
pero mucho más evidentes en fósiles muy abundantes y completos de
Oriente próximo, donde los neandertales han coexistido, se han
mezclado y compartido cultura, modo de vida y rituales con hombres
de aspecto parecido a la morfología “moderna”, es decir, de cráneos
más redondeados, entre hace 100.000 y 35.000 años. Entre estos, el
hallazgo en Kebara (Arensburg y Tillier,1990) de un enterramiento
neandertal de hace 60.000 años, en el que encontró un hueso hioides,
de difícil fosilización por su fragilidad, es un indicio tan
indiscutible como innecesario, (dadas las pruebas tan antiguas de un
comportamiento dirigido por la planificación y la coordinación) de
la existencia de un lenguaje articulado, porque sobre él se sitúan
las cuerdas vocales. Pero ni esta prueba parece ser suficiente. Para
Richard Klein (1989) de la Universidad de Chicago, todavía era
necesaria una evolución neurológica para llegar a la modernidad
completa. Este absurdo dogmatismo que lleva a inventarse unas
supuestas “mejoras” progresivas en la organización cerebral de las
que no existen las menores pruebas no tiene, en realidad, ningún
contenido científico y sí mucho de prejuicio sobre la lógica de la
“sustitución” de los menos “aptos” justificada por una supuesta
superioridad intelectual, como refleja claramente la frase con que
Ian Tattersall (2000) finaliza su argumentación sobre este tema:
Aunque los lingüistas le han dedicado muchas horas de especulación,
se nos escapa cómo surgió el lenguaje. Pero sabemos que un ser
equipado por capacidades simbólicas es un rival extraordinario…
El mensaje del ADN y la manipulación de la información
El estudio de ADN rescatado de fósiles de neandertales como el
histórico “Feldhofer” encontrado en Alemania en 1856 o el de un
resto infantil del norte del Cáucaso apoya la ampliamente
admitida pero todavía controvertida visión de que los humanos
modernos tuvieron poca o ninguna mezcla con los Neandertales, según
William Goodwin de la Universidad de Glasgow y sus colegas (Gee,
2000). Esta aparente confianza en los datos contrasta con el
espíritu crítico con que se acogen pruebas mucho menos frágiles (en
el más estricto sentido). Porque el ADN es extremadamente frágil y
degradable tras decenas de miles de años de de fosilización de los
huesos. Por otra parte, las probabilidades de “contaminación” en
estos huesos son enormes, tanto por la manipulación como por ADN del
entorno (en un puñado de tierra hay millones de bacterias y virus).
Pero, incluso en el caso, extremadamente improbable, de que estos
fenómenos no se hubieran producido, la comparación de la
variabilidad (polimorfismos) del ADN humano de hace 30.000 años, en
poblaciones que habían sufrido un largo aislamiento, con la
población actual, no sería especialmente informativa. Y esto pone de
manifiesto, una vez más, que en el campo de la evolución pero muy
especialmente en el de la evolución humana los resultados obtenidos
mediante metodologías, técnicas o materiales limitados o discutibles
se pueden interpretar a gusto del investigador en función de lo que
se quiere demostrar. Y lo que se quiere demostrar queda claro en la
frase con que Paul Mellars (1998) zanja el debate sobre “El destino
de los Neandertales”: La vehemencia de algunos científicos en
reclamar la cercana relación con los Neandertales puede estar
cercana a negar que la evolución humana está teniendo lugar en la
actualidad. Es decir, que “la supervivencia de los más aptos”
continúa.
Pero la manipulación de los datos puede ir más lejos que la
consistente en la interpretación sesgada de datos discutibles. La
hipótesis de la “Eva mitocondrial” de Wilson y Caan (1992) que ya ha
sido incorporada a los libros de texto, parece haber arraigado
firmemente en la comunidad "oficial" de Paleoantropólogos
aparentemente deslumbrados por su aureola de "ciencia dura", es
decir, basada nada menos que en datos moleculares. Según tal
hipótesis, el hombre moderno desciende, en su totalidad, de una
"Eva" que habría vivido en África hace unos 200.000 años. Sus
descendientes se habrían extendido por el Mundo y habrían
sustituido, o lo que es igual, exterminado, a todos los hombres
(homínidos, en su terminología) previamente existentes desde África
a Siberia, desde Europa hasta Extremo Oriente... Para esta, al
parecer, extendida concepción se trataría, no ya de un extermino
total como el de los pobres neandertales aplastados por una
población muy superior en número, sino del caso contrario: la
"sustitución" total de poblaciones adaptadas biológica y
culturalmente a entornos muy variados (y algunos muy duros) por
pequeños grupos inconexos procedentes de un medio tropical. Aunque
tal proceso resulta totalmente irreconciliable con el más elemental
sentido común, está basado en datos "rigurosamente científicos":
De las primeras comparaciones entre proteínas de especies diferentes
brotaron dos nuevas ideas: la de las mutaciones neutras y la del
reloj molecular. Con respecto a la primera, la evolución molecular
parece dominada por esas mutaciones fútiles que se acumulan con una
cadencia sorprendentemente regular en los linajes supervivientes.
/.../ La segunda idea, la de los relojes moleculares, surgió de la
observación de que el ritmo de cambio genético según mutaciones
puntuales (cambios en determinados pares de bases de ADN) es tan
regular, en largos períodos, que se las podría usar para datar
divergencias de troncos comunes. /.../ El ADN que estudiamos reside
en las mitocondrias, orgánulos celulares que convierten alimentos en
energía disponible para el resto de la célula. /.../ A diferencia
del ADN nuclear, el de la mitocondria se hereda sólo de la madre,
sin más cambio que las eventuales mutaciones. La contribución
paterna acaba en la papelera, como quien dice, de los recortes.
/.../ De ello se infiere, en pura lógica, que todo el ADN
mitocondrial humano debe de haber tenido una última antecesora
común.
La asunción de todos estos postulados derivó en la construcción de
un espectacular árbol filogenético que, si bien presentaba
individuos de distinta procedencia intercalados en diferentes
poblaciones, tuvo una gran resonancia, tanto científica como en los
medios de comunicación: El origen del hombre moderno estaba en
África, y el "reloj molecular" era concluyente: la "Eva mitocondrial",
la primera mujer moderna, había vivido hace unos 200.000 años. El
problema fundamental de estas conclusiones es que todos los
postulados en los que se basa son absolutamente falsos. Las
mitocondrias no son sólo la "central de energía" de la célula. Su
ADN participa en procesos tan importantes como el control de la
apoptosis (muerte celular programada) fundamental, por ejemplo,
en el desarrollo embrionario. Esto descalifica la supuesta
neutralidad de sus mutaciones, pero también el hecho de que algunas
de ellas pueden causar graves enfermedades neurológicas. En cuanto a
la transmisión únicamente por vía materna, está desmentida por la
comprobación de la transmisión de una enfermedad de éste origen por
parte del padre. Pero, muy especialmente, la existencia de los
supuestos "relojes moleculares", una entelequia totalmente
contradictoria con la base teórica de la evolución por mutaciones
puntuales y al azar, pero sorprendentemente asumida como un hecho
constatado, ha sido abordada, finalmente, de una forma rigurosa
(Rodríguez-Trelles et al., 2001) analizando tres proteínas
utilizadas habitualmente como "relojes moleculares": La
glicerol-3-fosfato deshidrogenasa (GPDH), la superóxido
dismutasa (SOD) y la xantina deshidrogenasa (XDH). El
estudio se llevó a cabo en 78 especies representativas de los tres
Reinos multicelulares: hongos, plantas y animales. Las conclusiones
son: Hemos observado que: (1) Las tres proteínas evolucionan
erráticamente en el tiempo y entre los linajes y (2) Los patrones
erráticos de aceleración y deceleración difieren de locus a locus.
La constatación de estos hechos ha sacado a la luz la cuestión de
cuán real es el reloj molecular o, más aún, si existen los relojes
moleculares. Datos verificables experimentalmente como estos,
dispersos en distintas publicaciones, se acumulan continuamente sin
tener, al parecer, la menor repercusión en la rutina habitual de la
elaboración de árboles basados en la evolución “por cambios
graduales y aleatorios” que siguen haciendo uso de los supuestos
“relojes moleculares” para confirmar sus hipótesis. Pero eso no es
todo: Otras críticas a los resultados de Wilson tienen que ver
con el número de árboles obtenidos. Es bastante frecuente que los
autores no den el número total de árboles igualmente parsimoniosos,
sino que se limitan a seleccionar algunos para su publicación (Barriel,
1995). De hecho, utilizando los mismos datos, pero con una
versión más reciente del programa de parsimonia, el norteamericano
David R. Madison de Harvard, obtiene hasta 10.000 árboles más
parsimoniosos.
Revelaciones de este tipo ponen de manifiesto que las ideas
preconcebidas de una evolución humana dirigida por competencias y
“sustituciones” y dominada, al parecer, por una tal repugnancia por
la idea del mestizaje, que éste no cabe en sus esquemas mentales,
pueden conducir, no sólo a interpretaciones descabelladas, sino a
auténticos fraudes en la práctica científica. Sin embargo, la “Eva
mitocondrial”, cuya antiguedad se ha “precisado” últimamente en
143.000 años, (Caan, 2002), parece ser tan real para muchos
científicos como su contrapartida masculina, el “Adan” del cromosoma
Y. Según Peter Underhill y sus colegas de la Universidad de Stanford,
(Underhill et al., 2000) que han estudiado la variabilidad genética
del cromosoma Y en más de 1000 hombres de 22 áreas geográficas,
todos los hombres actuales descienden de un “Adan” que vivió en
África hace, exactamente, 59.000 años, según su “reloj molecular”.
Esto plantea un problema, no despreciable, de un período de
“desajuste matrimonial” de nada menos que 84.000 años. Pero todo se
puede explicar: Según Underhill, las “tribus dominantes” se quedaron
con todas las mujeres (descendientes, a su vez, de “Eva”). Es más,
el 95% de los hombres europeos descienden de unos 10 “Adanes”
procedentes de distintas oleadas. Aunque estas afirmaciones emitidas
con tal seguridad puedan sonar a broma, sus trabajos han sido
publicados (es decir, “aceptados”) por las más prestigiosas revistas
científicas.
Sin embargo, y dentro de los mismos esquemas conceptuales y
metodológicos de la evolución darvinista, las conclusiones pueden
ser muy diferentes. Alan Templeton de la Universidad de St. Louis ha
estudiado la variabilidad del ADN en varones y mujeres de muy
diversas poblaciones. Para intentar clarificar los resultados,
muchas veces contradictorios, de los estudios de secuencias
individuales, ha estudiado diez regiones de cromosomas autosómicos,
además de cromosomas sexuales y mitocondrias. Sus resultados son
que, tras la primera emigración de Homo erectus, hubo una
segunda entre 400.000 y 800.000 años, otra hace unos 100.000 años y
otra más reciente desde África hasta Asia, con gran cantidad de
intercambio genético entre grupos. Según Templeton: África ha
tenido un gran impacto genético en la Humanidad, pero mi análisis no
es compatible con un reemplazamiento completo (Templeton, 2002).
Aunque estas conclusiones (por cierto, muy criticadas por los
partidarios de la “sustitución”) parecen mejor fundamentadas y más
razonables que las anteriores, el problema sigue estando en la base
conceptual. En la idea de una evolución gradual, continua y
“progresiva” en la que se fundan los falsos “relojes moleculares”.
Es cierto que existe una variabilidad genética, por cierto, mínima,
en polimorfismos del ADN que son neutrales, es decir, irrelevantes
en el contexto de la evolución, y es (o parece) cierto que en las
poblaciones africanas existe una mayor variabilidad en algunos
marcadores de este tipo que en el resto de la Humanidad, pero esto
es sólo un indicio más de un remoto origen africano. Las
impresionantes semejanzas genéticas de toda la Humanidad (King y
Motulsky, 2002) son, sin duda, un reflejo de una larga historia de
encuentros e intercambio genético que seguramente ha caracterizado a
la especie humana desde su nacimiento, y no de un origen reciente
del hombre “moderno”, porque, muy posiblemente, la evolución humana
acabó, al menos por el momento, con la aparición de los primeros
hombres, hace más de tres millones de años.
La ley del más fuerte
Las “firmes creencias” darwinistas no responden sólo a las de una
concepción científica caduca y ya obsoleta de la Naturaleza, porque
en sus premisas y en sus argumentos se pueden identificar, más o
menos disfrazados de “objetivos” o de “políticamente correctos”,
todos y cada uno de los rancios prejuicios culturales y sociales que
alumbraron su nacimiento. La idea de que las cualidades humanas, las
virtudes y los defectos, son innatas, se pueden encontrar hoy
disfrazadas de disciplina científica bajo la denominación de
“Genética del comportamiento humano”, un artificio totalmente
rebatido por los conocimientos actuales sobre la expresión génica en
la que ni siquiera existe la, ya anticuada creencia, de una relación
directa entre un gen y una simple proteína y en la que el ambiente
juega un papel primordial. Cuánto menor aún será la supuesta
relación entre “los genes” y algo tan complejo, tan circunstancial y
tan influido por el ambiente (por el aprendizaje) como es el
comportamiento humano. Sin embargo, esta pretendida disciplina
científica parece contar con una consideración creciente en nuestro
entorno cultural, aún cuando las aplicaciones de sus imaginarios
descubrimientos sólo pueden ser negativas: No se pueden sustituir,
en todos los marginados o inadaptados sus supuestos “genes
defectuosos” por genes de triunfador o de “políticamente correcto”,
pero sí puede resultar una causa de discriminación más grave, más
injusta y más falsa que cualquier otra, la consideración de que
ciertos individuos sean portadores de estos falsos genes
“inadecuados”.
Desgraciadamente, las informaciones sobre la extremada complejidad y
de lo (mucho) que desconocemos de los fenómenos biológicos no
resultan tan “periodísticas” como las simplificaciones dogmáticas de
los científicos darwinistas o las noticias sobre descubrimientos
espectaculares como los de “los genes del miedo” o de la
homosexualidad o, incluso, de la base genética de la marginalidad. Y
lo realmente dramático es que esta concepción de la naturaleza
humana está calando profundamente en la sociedad porque confiere un
carácter científico a muy viejos y muy nefastos prejuicios. Y así,
se extiende a pueblos o culturas enteras la condición de
“intrínsecamente perversos”, fanáticos o delincuentes, por
naturaleza, porque lo llevan en sus genes. La hipocresía de afirmar
que las diferencias creadas en el Mundo por unas circunstancias
históricas concretas y acentuadas por un modelo económico aberrante
(el modelo del que surgieron las bases conceptuales del darwinismo)
son “naturales”, oculta en realidad una cínica justificación de la
situación y transmite una estúpida creencia en la propia
superioridad. Porque la competencia “está en la naturaleza humana” (Arsuaga,
2002), y los que triunfan son los mejores. Al parecer, la única
posibilidad, no ya de éxito, sino de simple supervivencia, está en
una competencia permanente, y del mismo modo que en la teoría
darwinista la supervivencia del “más apto” pretende justificar “con
el tiempo” lo injustificable, la “libre competencia” será
beneficiosa para todos “con el tiempo” como se puede comprobar
observando la situación, cada día más dramática, en que se encuentra
la mayor parte de la Humanidad.
La desalentadora s
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