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Departamento de Biología. Universidad
Autónoma de Madrid
Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural.
Sección Biológica.
Tomo 100(1-4), 139-167, 2005
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La Biología se encuentra en una situación que resulta
contradictoria, no sólo con las reglas más básicas de la práctica
científica, sino con el más elemental sentido común. Los progresos
en el conocimiento de la naturaleza, el control y la regulación de
la información genética han puesto de manifiesto unos fenómenos de
una enorme complejidad. Unas redes de interacciones radicalmente
diferentes de las antiguas concepciones elaboradas a partir de
inferencias indirectas y suposiciones derivadas del desconocimiento
de los procesos subyacentes a la construcción y variabilidad de los
organismos. Sin embargo, en las revistas científicas y en el ámbito
académico se continúan empleando los términos, conceptos e
interpretaciones de los fenómenos biológicos basados directamente en
las antiguas simplificaciones, que se han mostrado definitivamente
erróneas, como si fueran “descripciones objetivas de la realidad”.
La incongruencia que resulta de intentar explicar hechos de una gran
complejidad mediante conceptos elaborados para explicar procesos muy
simples sólo puede conducir a nuestra disciplina a una gran
confusión.
Ante esta situación, parece razonable insistir en la necesidad de
elaborar una base teórica sustentada en datos reales (no en
hipótesis), que sea capaz de integrar y explicar coherentemente,
científicamente, los fenómenos y los procesos biológicos pasados y,
como consecuencia, haga posible una mejor comprensión de los
actuales.
Palabras clave: Evolución, genética, virus, elementos
móviles.
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THE TRANSFORMATION OF EVOLUTION
Abstract
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Biology is facing a contradictory situation, not only in relation
with the most basic scientific rules, but with the most elementary
common sense. Progress in understanding the nature, control and
regulation of genetic information has revealed processes of enormous
complexity. An interactive network radically different from the old
conception, which was based on indirect inferences and assumptions
derived from the lack of knowledge of the rationale behind the
construction and variability of organisms.
However, terms, concepts and interpretations directly based in old
simplifications (proved to be definitely erroneous) are still used
as “objective descriptions of reality” inside the academy and in
scientific journals.
The incongruity resulting from try to explain facts with a huge
complexity by means of concepts elaborated to explain very simple
process only can lead to our discipline into a big confussion.
At this point it seems reasonable to insist in the need of a new
theoretical framework, not founded on hypothesis but on real data. A
theoretical framework able to coherently integrate, and
scientifically explain, the biological processes of the past and
therefore, able to provide a better understanding of the present
ones.
Keywords: Evolution, genetics, virus, mobile elements. |
Es más fácil desintegrar un átomo que un preconcepto.
Albert Einstein (1879-1955)
El fin del principio
A juzgar por los editoriales, comentarios y noticias de las más
prestigiosas revistas científicas, no parece excesivo concluir que
la Biología se encuentra en el momento más trascendental y
prometedor de su historia desde su nacimiento como disciplina
científica, es decir, desde que se concibió como un conjunto de
conocimientos articulados en torno a una base teórica unificadora
capaz de explicarlos e interrelacionarlos.
Durante los pasados diez años, pero especialmente en los dos
últimos, se han producido descubrimientos sobre la naturaleza, el
control y la regulación de la información genética que, por fin, nos
van a permitir a los biólogos sustituir una base teórica (la Teoría
Sintética de la evolución) elaborada sobre asunciones, suposiciones
e hipótesis inferidas de lo que constituía una “caja negra” (el
desconocimiento de los fenómenos subyacentes a la variabilidad
biológica observable) por una verdadera teoría científica, es decir,
formulada a partir de hechos y procesos verificables
experimentalmente. Una base teórica que nos pueda permitir, si no
establecer predicciones de una extremada precisión, al menos,
profundizar realmente en la comprensión del cómo y el porqué de
fenómenos biológicos (especialmente, “los hechos fundamentales de la
evolución”) cuyas supuestas explicaciones han constituido para
muchos científicos de gran prestigio (Grassé, 1977; Crick, 1981;
Eldredge, 1985; Lewontin, 1993) una fuente de insatisfacción y de
discrepancias, sólidamente argumentadas pero sepultadas por las
“creencias mayoritarias” y nunca resueltas, que han llevado a la
Biología a un penoso estado de inconsistencia (más aún,
inexistencia) teórica.
Con lo que se anunció como la finalización de la secuenciación de lo
que se consideraba los genomas completos, (es decir, los genes
codificadores de proteínas), especialmente los de organismos
multicelurares, se pusieron de manifiesto unos fenómenos que han
sido, con frecuencia, calificados por sus propios descubridores de
“sorprendentes” o de “no consistentes con lo asumido previamente”:
La extremada conservación de secuencias génicas fundamentales entre
organismos muy distantes filogenéticamente, la ausencia de
correlación entre la complejidad de los organismos y el número de
genes codificadores de proteínas, los variados y sofisticados
procesos de regulación de la expresión génica... han modificado de
una forma radical el concepto de información genética. Así lo resume
E. Pennisi (2004) desde la revista Science: Los genes, piedra
angular del desarrollo y funcionamiento de los organismos, no pueden
explicar por sí solos qué hace a las vacas vacas y maíz al maíz. Los
mismos genes se han manifestado en organismos tan diferentes como,
digamos, ratón y medusa. Es más, nuevos hallazgos de una variedad de
investigadores han puesto en claro que es el exquisito control por
el genoma de la actividad de cada gen –y no los genes per se- lo que
más importa.
Si esto es una interpretación ajustada a la realidad, todas las
creencias previas sobre los procesos responsables del
funcionamiento, la variabilidad y la construcción de los organismos
habrían de ser descartados. Veamos, pues, en qué datos concretos se
basan estas desestabilizadoras afirmaciones.
La Nueva Genética
Los vertiginosos avances en las técnicas de observación y la
creciente acumulación de información que han producido han
modificado de un modo sustancial la mayoría de las concepciones
asumidas sobre la naturaleza y la responsabilidad de las distintas
moléculas implicadas en la información genética. Para ofrecer una
visión de conjunto que permita hacerse una idea sobre la dimensión
de este cambio, puede ser ilustrativa una exposición muy resumida y
seguramente, simplificada, de esta nueva información.
Desde el punto de vista morfológico, las técnicas de microfilmación
han permitido la observación del ADN nuclear de células vivas en
tiempo real: Gasser y sus colegas han mostrado la molécula
girando como un danzarín demoníaco. Para Gasser la imagen icónica
del ADN como una doble hélice estática es algo pasado. /.../ La
molécula se creía formando íntimas relaciones con proteínas que le
ayudaban a empaquetarse y a disparar y reprimir la actividad de los
genes. Hasta recientemente, esas relaciones se creían
fundamentalmente fijas o cambiantes sólo ligeramente con el tiempo.
Pero la idea ha colapsado. /.../ Los vídeos resultantes han expuesto
un inesperado barullo en la actividad de proteínas pululando
alrededor del ADN. “Esto ha cambiado la forma en que pensábamos
sobre el núcleo” dice Tom Misteli del Instituto Nacional del Cáncer
en Bethesda. (Pearson, 2003).
El aspecto estructural no ha resultado menos sorprendente y
contradictorio con las asunciones previas. Las sorpresas comenzaron
con lo que se anunció como la secuenciación completa del genoma
humano (Laender et al., 2001): Hasta un 45% de éste se mostró
constituido por elementos móviles, aproximadamente un 10% por virus
endógenos y mucho del restante ADN único debe de haber derivado
también de copias de antiguos elementos transponibles que han
divergido demasiado para ser reconocibles como tales (The Human
Genome Consortium, 2001). Pero las secuenciaciones de distintos
genomas animales han puesto de manifiesto que lo que se consideraba
“el genoma”, es decir el conjunto de genes codificadores de
proteínas, tiene una pobre correlación con la complejidad de los
organismos. Por ejemplo, el nematodo C. elegans (formado por
unas 1000 células) tiene unos 19000 “genes”, casi un 50% mas que los
insectos (unos 13500) y cercano al número de los seres humanos, que
se ha estimado recientemente (Stein, 2004) entre 20000 y 25000. Por
otra parte, las diferencias en genes codificadores de proteínas y de
las proteínas en su conjunto entre grupos filogenéticos coherentes
(mamíferos, aves, peces...) son mínimas. Por ejemplo, sobre el 99%
de los genes de humanos están compartidos con el ratón (Mouse Genome
Sequencing Consortium, 2002), muchos de ellos están conservados en
otros taxones, incluidas las plantas (The Arabidopsis Genome
Initiative, 2000) y los implicados en los procesos celulares básicos
están presentes en las eucariotas. Todo esto ha puesto de manifiesto
que el origen de las diferencias en complejidad y morfología reside
en lo que la anterior concepción de la información genética
denominaba “ADN basura”, es decir, secuencias no codificadoras de
proteínas que en el hombre constituyen el 98,5% del genoma en su
totalidad, es decir, del verdadero genoma y formados por “ADN
intergénico”, es decir, intrones, elementos móviles y una variedad
de secuencias repetidas en mayor o menor medida (Taft y Mattick,
2003). Entre estas, un reciente descubrimiento muy significativo
(Bejerano et al., 2004) son los “elementos ultraconservados”
constituidos por 481 regiones del ADN que se han mantenido sin
cambios en los genomas humano del perro y del pollo. Dos terceras
partes se conservan en peces pero no se han encontrado en
invertebrados como Drosophila y Caenorhabditis.
Pero quizás, la subversión más radical de las concepciones previas
es la que se ha producido con respecto al carácter funcional de los
genomas porque, como señala Pennisi, ha modificado totalmente el
concepto de “información genética”.
La idea de gen como “unidad de información genética” ha sido abolida
por las observaciones sobre los mecanismos de control de la
expresión génica. Por una parte, la mayoría de los genes (en el
hombre más del 64%) están formados por tramos de ADN de mayor o
menor dimensión (los exones) interrumpidos por largos segmentos no
codificadores de proteínas (los intrones). Cuando la secuencia
completa se transcribe a ARN, los tramos no codificadores se separan
de ésta. El proceso conocido como splicing alternativo
consiste en que se pueden ligar diferentes exones y se pueden
intercambiar con lo que se pueden obtener muchas proteínas
diferentes a partir de “un gen”. En casos de genes con un gran
número de exones el número puede ser enorme (del orden de decenas de
miles). Dentro de este proceso existe, además, un splicing
alternativo postranscipcional, entre los diferentes transcritos
primarios, lo que multiplica las posibilidades combinatorias y como
consecuencia las proteínas disponibles. Pero estas variantes no son,
en absoluto, resultado de combinaciones aleatorias, sino que están
involucradas en fenómenos de señalización, comunicación celular,
desarrollo y apoptosis (Liu y Altman, 2003) están reguladas temporal
y espacialmente en las distintas células, tejidos y órganos (Xu et
al., 2002) en relación con las condiciones del ambiente celular (Herber
y Rich, 1999).
Sin embargo, esta drástica descalificación de la antigua Genética no
es más que un aspecto parcial de un fenómeno más amplio y mucho más
complejo. Miles de moléculas de ARN de entre 21 y 25 nucleósidos,
cuyo origen está en las secuencias repetidas de los genomas, en
elementos móviles y en virus endógenos (Reinhart et al., 2002;
Pfeffer et al., 2004; Marjori y Birchler, 2005) (lo que se
denominaba “ADN intergénico” o “ADN basura”), controlan la expresión
de los genes codificadores de proteínas, así como las interacciones
ARN-ADN, ADN-ADN Y ADN-proteínas (Mattick, 2001), mediante complejos
fenómenos que incluyen metilación, transfección, imprinting,
ARN de interferencia, cosupresión y silenciamiento transgénico (Mattick
y Gagen, 2001; Vitali et al., 2003). Las “poblaciones” de microARNs
son específicas de cada tipo de célula y tejido en cada momento (Sempere
et al., 2004; Houbaviy et al., 2003) y constituyen una red de
control y comunicación que integra procesos de transcripción y
regulación en distintos niveles como son: transcripción específica
de cada tejido (Bartel, 2004; Bartel y Chen, 2004), mecanismos de
respuesta al ambiente mediante control del splicing
alternativo o procesos epigenéticos de silenciamiento o activación (Mattick,
2003, 2004) y control del desarrollo embrionario mediante regulación
de genes HOX (Yekta et al., 2004; John, B. et al., 2004;
Ronemus y Martienssen, 2005) en el que, entre otros, están
involucrados microARNs codificados por los “elementos
ultraconservados” (Bejerano et al., 2004; Iwama y Gojobori, 2004;
Woolfe et al., 2005).
Dentro de esta red de interacciones, cuya complejidad era
inimaginable hasta hace muy poco tiempo, el control de la expresión
génica por la totalidad del genoma (condicionado, a su vez, por las
circunstancias ambientales) es tal que No podemos predecir la
expresión de un gen mirando simplemente su secuencia (Pennisi,
2004). Es más, ni siquiera el concepto de dominancia-recesividad ha
resistido a los nuevos descubrimientos ya que ha resultado ser un
subproducto del metabolismo y la fisiología (Rapp et al., 2003)
en el que en el efecto de la “dosis génica” están implicadas
activaciones y desactivaciones originadas por la inserción de
elementos móviles (Veitia, 2004).
En definitiva, la “nueva Genética”, es decir, la basada en
observaciones reales sobre los procesos de control y regulación de
la expresión génica se ha mostrado radicalmente diferente de la
“Genética de la caja negra” que conectaba directa y unívocamente
rasgos fenotípicos complejos con genes discretos y sigue tratando
los rasgos poligénicos de una manera estadística, como si fueran el
resultado de efectos aditivos de un gran número de genes
esencialmente equivalentes (Carroll, 2000). Frente a la vieja
concepción de los genes como “unidades de información genética”
rígidamente determinadas en el ADN, cambiantes “al azar” y aisladas
del ambiente, la información genética ha resultado ser el producto
de complejas redes de procesamiento y comunicación, con unos
patrones básicos extremadamente conservados en las que están
relacionados multitud de componentes y cuyo resultado final está
condicionado por el estado del ambiente celular y es dependiente,
por tanto, del ambiente externo. De acuerdo con el dogma básico
de la biología molecular, el ADN es el depositario último de la
complejidad biológica. De hecho, esta generalmente aceptado que el
almacenamiento de la información, el procesamiento de la información
y la ejecución de varios programas celulares reside en distintos
niveles de organización: el genoma, el transcriptoma, el proteoma y
el metaboloma de la célula. No obstante, la distinción entre esos
niveles organizacionales ha caído bajo el fuego. Por ejemplo,
mientras la información a largo plazo está almacenada casi
exclusivamente en el genoma, el proteoma es crucial para el
almacenamiento de la información a corto plazo y la información
controlada por factores de transcripción está fuertemente influida
por el estado del metaboloma. Esta integración de distintos niveles
organizativos nos fuerza crecientemente a ver las funciones
celulares como distribuidas entre grupos de componentes
heterogéneos, todos los cuales interactúan dentro de una gran red.
(Oltvai y Barabasi, 2002)
De la inercia a la obstrucción
A la luz de toda esta nueva información, no es necesaria una
argumentación muy elaborada para llegar a la conclusión de que los
conceptos, los términos y las hipótesis teóricas de la Genética de
poblaciones pueden ser descartados como método de estudio de la
evolución. No estamos hablando de un problema menor, porque se trata
de la única base empírica existente de la teoría evolutiva admitida
actualmente por la inmensa mayoría de la comunidad científica. Si
recordamos sus fundamentos (Cabrera y Camacho, 2002): La
evolución biológica consiste en el cambio de las características
hereditarias de grupos de organismos a través de las generaciones.
/.../ La variación en las características de los organismos de una
población se origina a través de la mutación al azar de secuencias
de ADN (los genes) que las determinan. /.../ El cambio evolutivo
dentro de una población consiste en un cambio en las frecuencias
génicas y genotípicas. Los dos impulsores del cambio evolutivo son
la selección natural y la deriva génica. La selección natural
resulta de cualquier diferencia heredable en la tasa de
supervivencia o reproducción entre organismos portadores de
diferentes alelos o genotipos (diferencias en eficacia biológica).
La consecuencia inevitable es que nos encontramos con que (salvo que
el “experimento” de la falena del abedul se considere un ejemplo de
evolución), la única supuesta demostración empírica de que
disponemos sobre la actuación de la selección natural como agente de
cambio evolutivo (∆ q = -spq[q+h(p-q)] / 1-2pqsh-sq²) se sustenta
sobre unas bases biológicas inexistentes.
Sorprendentemente, este hecho que constituye una obviedad
aplastante, no parece ser tenido en consideración por una gran parte
de los científicos, incluidos muchos de los implicados en los nuevos
descubrimientos, que siguen utilizando la terminología y las
interpretaciones derivadas de esta concepción y atribuyendo a la
“selección”, a la “competencia” o al “egoísmo” la responsabilidad de
la existencia de todo tipo de fenómeno o proceso, por complejo que
sea, incluso cuando resulta a todas luces contradictorio con su
significado. Algunos de los muchos ejemplos que se encuentran en
estas investigaciones pueden ser ilustrativos: En un estudio sobre
las duplicaciones génicas durante la evolución, Otto y Young (2002)
afirman: La selección ha actuado incrementando la representación
de duplicaciones beneficiosas (parece evidente que lo que ha
aumentado la representación de duplicaciones beneficiosas son
las duplicaciones). Pero la selección no sólo parece actuar a favor
de las características beneficiosas, ya que según Belshaw et al.
(2004) los genes env codificadores de la cápsida de
retrovirus endógenos, que les capacita para hacerse “reinfectivos”
han sido mantenidos por selección purificadora. Incluso las
actividades, fundamentales para los genomas, de los retroelementos
se producen porque son explotadas por el hospedador ya que
son de naturaleza intrínsecamente parásita (Kidwell y Lish,
1997).
La explicación de esta extraña situación tiene, probablemente,
distintos componentes que pueden ser acumulativos o, incluso,
retroalimentados. Por una parte, los descubrimientos son tan
recientes que pueden no haber dado tiempo a la toma de conciencia de
su significado en relación con la visión convencional. Este fenómeno
se puede acentuar debido a la especialización y compartimentación de
la práctica investigadora (por no mencionar la dinámica competitiva
que se ha impuesto en la investigación) que dificulta una visión de
conjunto que permitiría situar los nuevos datos en un contexto
teórico que los diera coherencia. Finalmente, se puede mencionar la
tendencia, casi obsesiva, a la aplicación (rentabilización) de los
resultados que contribuye a que, en un gran número de casos, el
único objeto de reflexión sobre descubrimientos de gran
trascendencia sean sus “futuras aplicaciones farmacológicas o de
ingeniería genética” (Craig, 1997; Broothaerts et al, 2005, etc.,
etc.).
En cualquier caso, la consecuencia de todo esto es que parece
existir una inercia en la utilización de ciertos términos y
conceptos como si fueran “descripciones objetivas” de los hechos
cuando, en realidad, se tratan de interpretaciones derivadas de una
concepción de los procesos implicados totalmente descalificada por
los nuevos datos. Una inercia que se puede convertir (en realidad ya
se ha convertido) en un obstáculo para la verdadera profundización
en los conocimientos biológicos, al dar por explicados fenómenos que
distan mucho de estarlo: Lo que estoy tratando de transmitir es
que, debido a la ausencia de conocimientos de mecanismos
moleculares, la selección es empleada a modo de remedio general por
el biólogo. Cada vez que un fenómeno aparece en Biología y se
ignora, obviamente, su mecanismo, es invocada la selección y el
problema queda resuelto (Lönning y Saedler, 2003).
Pero el ejemplo más expresivo de este efecto obstaculizador lo
constituye la “actualización” de las viejas concepciones
representada por la desafortunada “teoría” del Gen egoísta,
que se puede considerar como la segunda gran catástrofe de la
historia de la Biología y que constituye una muestra más de cómo a
los biólogos nos han enseñado a considerar “teorías científicas” a
especulaciones cargadas de prejuicios y preconceptos sin la menor
relación con fenómenos biológicos contrastados. Aunque esta “teoría”
fue así desde su origen, no merece la pena detenernos en su visión
de cómo son las cosas (Dawkins, 1976), porque la situación
actual nos puede mostrar, con toda nitidez, sus perniciosos efectos
(los subrayados son míos): Las secuencias repetitivas de ADN
comprenden una porción sustancial de la mayoría de los cromosomas
eucariotas y de algunos procariotas. A pesar de casi cuarenta años
de investigaciones, las funciones de varias familias de secuencias
en conjunto y sus unidades monómeras siguen siendo bastante
desconocidas. La incapacidad de asignar papeles funcionales
específicos a muchos elementos de ADN repetitivo (REs), junto con la
especificidad taxonómica de ciertas familias de secuencias, ha
llevado a muchos a especular que esos componentes del genoma son
replicadores “egoístas” que han generado “basura” genómica. El
propósito de este trabajo es examinar críticamente el egoísmo, los
efectos evolutivos y la funcionalidad de los retroelementos. En
primer lugar, se presenta una breve revisión del abanico de ideas
referentes a la función de los RE. En segundo lugar, se presenta el
argumento de que la “hipótesis” del ADN egoísta es actualmente un
esquema narrativo que sirve para proteger a las asunciones
neodarwinistas de las críticas y que esta historia es inestable y,
por tanto, no es una hipótesis. /.../ Se plantea que es
necesario un nuevo marco conceptual para entender el papel del
ADN repetitivo en los sistemas genéticos/epigenéticos y que las
“narrativas” neodarwinistas han sido el obstáculo fundamental para
dilucidar los efectos de esos enigmáticos componentes de los
cromosomas. (von Sternberg, 2002).
Parece razonable pensar que, dado el estado actual de los
conocimientos, este necesario “nuevo marco conceptual” habría de
abandonar lastres como los citados para sustentarse en enfoques,
seguramente más fructíferos, basados en datos (no en “hipótesis”)
que nos informen de los procesos físico-químicos implicados en los
fenómenos de la vida. Sin embargo, aunque los primeros pasos de este
camino parecen haberse iniciado, el fruto puede resultar contaminado
en su base por los cenagosos sedimentos del pasado “desastre
natural”. Los nuevos enfoques de la investigación genética y
molecular, derivados de los recientes descubrimientos, se están
centrando en descifrar y comprender las propiedades resultantes de
las complejas tramas de información que caracterizan estos procesos
biológicos. Al estudio del genoma (ahora sí, en su totalidad) y el
proteoma se ha añadido el análisis del interactoma (las relaciones
ADN-proteínas, ADN-ADN y ADN-ARN) mediante el desarrollo de nuevas
técnicas de laboratorio y de potentes algoritmos que puedan permitir
reflejar y entender, hasta donde sea posible, esta enorme
complejidad (Spector y Robinson, 2002; Delcher et al., 2002; Segré
et al., 2004; Washietl et al., 2005). Pero estas nuevas formas de
abordar la investigación y sus conceptos derivados (redes de
información, sistemas modulares, regulación...) coexisten,
aparentemente sin problemas, con ADN “egoísta”, competencia entre
moléculas, y misteriosos (y omnipotentes) fenómenos de selección
capaces de explicar lo que aparece, lo que se mantiene y lo que
desaparece, lo que se organiza y lo que se desorganiza.... La
supuesta asociación del concepto de selección con el nacimiento
mismo de la idea de evolución lleva a que la palabra
(selección) ya es indisociable de la historia de la biología
(Maturana y Varela, 1999). Es decir, incluso los científicos que
plantean nuevos abordajes teóricos, como los sistemas autopoyéticos
de los autores citados, Stuart Kauffman (1993) con sus redes de
información (Un enorme orden abunda en la naturaleza para el uso
de la selección) o Lynn Margulis (1995) y su teoría
endosimbionte (Eventualmente, tenemos que comprender que la
selección natural opera, no tanto actuando sobre mutaciones al azar,
que son a menudo dañinas, sino sobre nuevas clases de individuos que
evolucionan por simbiogénesis) no parecen dispuestos a
desprenderse del cordón umbilical que les une con la confortable
“opinión mayoritaria”.
Ante esta situación, cabe preguntarse si, dado que los nuevos
conocimientos son radicalmente diferentes de las concepciones
asumidas anteriormente, no sería más consecuente intentar elaborar
una base teórica radicalmente nueva (es decir, desde la raíz). No se
trataría de partir de cero, sino de partir de los datos reales de
que disponemos porque, por mucha información que acumulemos y por
mucho que profundicemos en los conocimientos de los procesos
biológicos, es muy probable que el permanecer anclados en las viejas
interpretaciones impida el verdadero despegue de la Biología hacia
la búsqueda de una base teórica coherente. Hacia una teoría
verdaderamente científica.
Lo que nos dicen los datos
En este camino, la opción que más parece aproximarse a la lógica
(incluso al más elemental sentido común) es que la modelización de
unos procesos que han mostrado tal complejidad (sistemas
autoorganizados, redes de información, sistemas autopoyéticos...)
haya de recurrir a conceptos procedentes de otras disciplinas, como
Física, Química, Matemáticas (Ball, 2001a) cuyos progresos teóricos
parecen contemplar al la teoría evolutiva actual desde otra época.
En este contexto se enmarcan las nuevas aproximaciones desde la
Teoría general de sistemas (von Bertalanffy 1950), las estructuras
disipativas (Prigogine, 1980), la Teoría de la información (Haken,
1988), la complejidad (Fivaz, 1991), los fractales (Bekenstein,
2003)... Sin embargo, la gran abstracción que requieren estos
enfoques puede tener el peligro de hacernos caer de nuevo en el
mismo error a que condujeron los planteamientos teóricos, basados en
abstracciones (en este caso erróneas), de los matemáticos autores de
las fórmulas de la Genética de poblaciones: alejarnos de los
fenómenos reales que se producen en la Naturaleza (Eldredge, 1985).
Por ello y, naturalmente, a la espera de los resultados de estas
investigaciones, un enfoque que puede ser complementario con ellas y
mutuamente enriquecedor, puede consistir en centrar nuestra atención
en fenómenos naturales concretos que nos puedan hablar del origen
material de estos sistemas complejos, de cómo se han conformado los
genomas y de su implicación en los procesos que constituyen la
organización de la vida.
Para ello, puede ser eficaz comenzar por una mirada sobre los
elementos que constituyen la inmensa mayor parte de los genomas de
los seres vivos. Con la entrada en escena de los elementos de
regulación de los genomas, procedentes de lo que se consideraba “ADN
basura”, la proporción de secuencias repetidas, elementos móviles y
virus endógenos ha pasado a ser el componente absolutamente
mayoritario de los genomas. La mayor parte del genoma humano es,
en última instancia, derivada de elementos transponibles.
Observaciones (llevadas a cabo) en el pasado año han
conducido a algunas ideas nuevas y sorprendentes sobre las funciones
y consecuencias de esos elementos y sus vestigios en nuestro genoma.
Los abundantes casos nuevos de genes humanos derivados de
inserciones únicas de transposones sacan a la luz la gran
contribución del ADN egoísta a la evolución genómica. (Smit, A.F.
1999).
Si ignoramos el término “insultante” para este componente
fundamental de la información genética, lo cierto es que en el
hombre, el genoma “codificador de proteínas”, al que se refiere esta
cita, la fracción no derivada de genes bacterianos estaba
constituida por virus endógenos (sobre el 10%) elementos móviles
(hasta un 45%) y genes únicos “derivados” de ellos (The Genome
Sequence Consortium, 2001). Según los datos más depurados (porque la
metodología anterior no identificaba los genes duplicados) obtenidos
recientemente (Stein, 2004) el número de genes codificadores de
proteínas se estima entre 20000 y 25000. Esta fracción constituye
aproximadamente el 1,5% de la totalidad de genoma. El 98,5%
restante, responsable del control de la expresión de los genes
codificadores de proteínas y de la regulación en general, es decir,
el que ejerce la función fundamental en la evolución (Mattick, 2003)
está constituido por secuencias altamente repetidas como las SINE (short
interpersed elements) entre ellas, las ALU (elementos repetidos
específicos de primates), las LINE (long interpersed elements),
intrones y elementos ultraconservados, así como un notable número de
virus endógenos.
El efecto obstaculizador de la teoría del gen egoísta ha mantenido
durante años estos componentes fundamentales en el “basurero” del
genoma (Makalowsky, 2003), y es una muestra más de cómo los
preconceptos pueden condicionar los planteamientos, los objetivos y,
como consecuencia, los resultados de la investigación. Pero, a pesar
de que lo que no se busca difícilmente se encuentra, se han acabado
por revelar con importantes funciones (eso sí, estigmatizados, casi
siempre, con un carácter de egoístas, explotados o patógenos). De
todos modos, independientemente de su condición sicológica o su
situación laboral, los datos empíricos concretos nos hablan de
funciones imprescindibles (Kidwell y Lisch, 1997) como la regulación
génica (Jordan et al. 2003) la inmunidad y la respuesta a estímulos
externos (van de Lagemaat et al. 2003) y la regulación en el genoma
durante la transición oocito-embrión (Peaston et al. 2004), entre
las que la fundamental es, evidentemente, la misma construcción de
los genomas (Brosius, 1999) mediante procesos de dispersión y
pérdida de genes, reordenamientos genómicos, adquisición de genes
específicos de especie, efectos del sexo y otros mecanismos (Goffeau,
2004). El mecanismo responsable de estos procesos, la transposición
y la retrotransposición de elementos móviles es ya ampliamente
conocido (Bannert y Kurth, 2004). Los transposones ADN se mueven sin
intermediarios de ARN, mientras que los retroelementos se
transcriben a ARN que, mediante la Transcriptasa inversa, se
retrotranscribe a ADN antes de integrarse en otro punto del genoma,
con lo que se produce una duplicación de su secuencia. Lo que parece
haber quedado en el aire es la explicación del origen material de
estos componentes fundamentales de los genomas. Y ésta no es una
cuestión menor, porque puede cambiar drásticamente una gran parte de
las concepciones convencionales de los fenómenos biológicos.
La extraordinaria semejanza estructural y funcional de los virus y
los elementos móviles, cuyas diferencias se pueden explicar por
sucesivas ganancias o pérdidas de secuencias (env y LTR)
( Bannert y Kurt, 2004) ha sido interpretada (solventada),
sorprendentemente, como si fuera el resultado de dos opciones
igualmente probables: que los distintos elementos móviles provengan
de virus que se han convertido en endógenos por sucesivas pérdidas,
o que sean los virus los derivados de dichos elementos por
adquisición de “genes celulares” (incluidos los codificadores de la
cápsida viral): Se admite universalmente que los retrovirus
actuales, los retrotransposones LTR y los retrotransposones no-LTR,
comparten un antecesor común, aunque hay alguna disputa sobre quién
llegó primero. (Flawell, 1999). Pero no son ni igualmente
probables ni equivalentes en su significado: La opinión ampliamente
mayoritaria, anteriormente comentada, es que el carácter
“intrínsecamente egoísta” del ADN le insta a expandirse para
alcanzar la supremacía sobre los otros genes (Dawkins, 1976) y
este carácter le lleva a la capacidad de construir la cápsida de los
virus mediante la adquisición de un gen celular (?) env (Löwer
et al., 1996; Boeke, 2003, etc.). Según esta visión, todos los miles
de virus conocidos y las, más que probables, decenas de miles por
conocer, con sus especiales cápsidas dotadas de unas características
biomecánicas sorprendentes (Smith et al., 2001) procederían de
distintas células de las que habrían escapado por este misterioso
sistema. Una explicación de la alternativa que parece más razonable
(aunque algo incompleta) es la que nos dan Bannert y Kurt (2004):
Los retroelementos constituyen una gran fracción de nuestros
genomas. Una clase de estos elementos, los retrovirus
endógenos humanos (HERVs), está comprendida por restos de antiguos
retrovirus exógenos que han ganado acceso a la línea germinal.
Después de la integración, la mayoría de los provirus han sido
sujetos de numerosas amplificaciones y han sufrido extensivas
delecciones y mutaciones.
La diferencia fundamental entre ambas explicaciones es que la
primera se basa en una “hipótesis” que atribuye a la molécula de ADN
unas capacidades omnipotentes y una condición “moralmente
despreciable” ya descalificadas por los datos reales, mientras que
la segunda no parte de preconceptos y sí de un hecho comprobado: La
capacidad de los virus para integrarse en los genomas. Pero existen
datos y argumentos que la refuerzan: El estudio de los virus (fagos)
de las Arqueas, la semejanza estructural de su cápsida con la de
otros virus, y el hecho de que las secuencias que la codifican no
tienen semejanzas con las de ningún otro ser vivo han llevado a la
conclusión de que los virus coexistieron con las más antiguas formas
de vida (Hendrix, 2004) o, incluso, que las precedieron (Rice et
al., 2004). Por otra parte, el origen viral de los plásmidos (que
era intuitivo por compartir los mecanismos de replicación) se ha
confirmado (Klockgether et al., 2004; Ho y Lim, 2003) e incluso se
han identificado, en algunos casos, los fagos originarios (Wegrzyn y
Wegrzyn, 2002).
Sin embargo, incluso estos últimos datos parecen seguir siendo
susceptibles de distintas interpretaciones y para los “creyentes” en
“el gen egoísta” o para los investigadores que, simplemente,
mantienen su terminología (y sus conceptos derivados) de un modo
rutinario no parecen ser suficientemente significativos (Kidwell y
Lisch, 2000). La bibliografía sobre retrotransposones “virales” (Kim
et al., 1994; Flawell 1999)) es muy abundante desde hace tiempo. No
obstante, parece existir un extraño pudor, cuyo origen escapa a
cualquier análisis lógico, en reconocer a los virus como sus
progenitores y se habla de inserciones de retroelementos
únicos (¿) (Smith,1999) como origen de la adquisición
de genes específicos de especie (Goffeau, 2004) porque es
evidente que genes tan extremadamente específicos no han podido
surgir por duplicación y divergencia (Brosius, 2003), es decir, de
genes de procariotas implicados, por ejemplo, en el metabolismo, no
parece realista que “surjan” los genes, tan conservados (García
Bellido, 1999), como los que especifican los procesos del desarrollo
y menos por mutaciones al azar. Nos encontramos así con dos
paradojas que resultan desconcertantes desde el punto de vista de lo
que debería ser el método científico: 1.- Aunque “existen disputas
sobre quien llegó primero” se argumenta generalmente como si
estuviera demostrado que los elementos móviles lo fueron. 2.- Esto
resulta aún más desconcertante cuando se sabe que no existen
elementos móviles libres en la naturaleza y sí virus que tienen la
capacidad de integrarse en sitios específicos de los genomas. Por
tanto, y ya como último recurso para intentar clarificar este dilema
de una forma que mantenga una cierta fidelidad al método científico
o, al menos, una mínima racionalidad, (es decir, partiendo de
observaciones y no de creencias “indiscutibles”), puede ser
razonable dedicar nuestra atención al análisis de la aparición de
“novedades evolutivas” a lo largo de la historia de la vida.
“Aquí hay virus encerrado”
Si tenemos en cuenta la influencia de los preconceptos en la
interpretación de fenómenos que tenemos delante de nuestros ojos,
qué se puede esperar de la “reconstrucción” de acontecimientos
remotos: La noción clave en esta teoría es la replicación. El
resto sigue obligatoriamente. Entonces, en el origen de la
vida, la evolución darwinista debió comenzar tan pronto como
aparecieron las primeras moléculas replicables. /.../ Asumiré, de
acuerdo con la mayoría de los que trabajan en este campo, que
las primeras moléculas replicables consistieron en ARN. /.../ Por
necesidad, esta clase de selección debió haber comenzado
con la replicación. De hecho, el primer producto de la selección
molecular pudo muy bien ser el mismo ARN. El mecanismo por
el que esta sustancia apareció es todavía desconocido, pero no
pudo ser posible, a menos que fuera guiado por algún agente “
presciente”, que se hayan producido sólo auténticas moléculas de
ARN con las bases A, U, G y C como únicos constituyentes. Es
mucho más probable que esas moléculas fueran acompañadas de
otros ensamblajes análogos y que fueran seleccionadas entre esa
mezcla y amplificadas... /.../ Una opinión común es que el curso de
la evolución, al ser dependiente de sucesos al azar, es, en
consecuencia, contingente, impredecible y no reproducible. Esto no
es necesariamente así; el azar no excluye la inevitabilidad.
Depende del número de oportunidades para que un suceso ocurra.
Incluso un número de lotería de siete dígitos tiene un 99.9% de
posibilidades de aparecer si se realizan 69 millones de
sorteos.... (los subrayados son míos). Estos argumentos
pertenecen a un artículo publicado por Christian de Duve, uno de los
más prestigiosos teóricos de la Biología actual, publicado
recientemente en la revista Nature (2005). Es difícil dilucidar si
se trata de un intento de mantener lo que él mismo denomina la
doctrina prevalente a pesar de los descubrimientos publicados en
esas mismas páginas o, simplemente, un resultado del desconocimiento
de los datos actuales, pero lo cierto es que éstos no resisten un
mínimo análisis lógico: En primer lugar, las exiguas probabilidades
de la aparición al azar de un número de siete dígitos son
infinitamente superiores a las de la aparición de una sola molécula
de la complejidad del ARN. Pero no basta con quedarse ahí. Es
necesario multiplicarlas por las probabilidades de aparición al azar
de un considerable número de complejísimas moléculas imprescindibles
para que exista la vida. Pero no parece que merezca la pena
enfrascarnos en cálculos astronómicos que desafían la lógica si
tenemos en cuenta que una molécula de ARN o de ADN aislada es
absolutamente inerte. Aunque esto era un hecho evidente desde
hace tiempo (y más desde que se pueden adquirir en el “mercado”
científico), los datos actuales han puesto de manifiesto de un modo
irrebatible que la información genética es el resultado de la
interacción de ADN, ARN y proteínas organizadas en un entorno
celular aislado del ambiente. Es más, incluso si reuniésemos todas
las moléculas componentes de una célula en una placa de laboratorio
el resultado sería una masa inerte carente de organización. Es
decir, si queremos remontarnos al origen de la vida, la única
posibilidad compatible con los datos de que disponemos en la
actualidad, es dirigirnos a las primeras pruebas que tenemos sobre
la existencia de organizaciones vivas.
Los datos existentes nos hablan de la presencia en la Tierra de
bacterias, incluso, antes de que ésta acabara de formarse (Ball,
2001b). También está comprobado mediante datos verificables que el
primer “salto evolutivo” hacia la formación de las células
eucariotas se produjo (se inició) mediante la agregación de
distintos tipos de bacterias (Margulis, 1995; Gupta, 2000; Doolitle,
2000). Se ha identificado, incluso, la procedencia de los distintos
grupos específicos de genes extraordinariamente conservados en la
actualidad: Los genes responsables del control de la información del
ADN provienen de Arqueas; los que controlan el metabolismo celular
de Eubacterias (Gupta, 2000). Sin embargo, dadas la gran
especificidad y la conservación mostradas por estas secuencias
génicas, resultan difíciles de explicar muchos de los genes y
algunas estructuras de eucariotas (y más desde que las “mutaciones
al azar” se han revelado incompatibles con la gran complejidad y
conservación de los procesos implicados en el control de la
información génica) no presentes en Procariotas. William Ford
Doolitle (2000) indica la necesidad de que haya existido un
cuarto dominio de organismos, extinguido en la actualidad, que
transfirió horizontalmente al núcleo de las células eucariotas los
genes responsables de estos caracteres.
Pero los datos expuestos anteriormente nos hacen pensar que muy
posiblemente no se trate exactamente de “un cuarto dominio” de seres
vivos ni se haya extinguido. Veamos los resultados de algunas
investigaciones al respecto: Se propone( aquí) que varios
rasgos característicos del núcleo eucariota derivan de su antecesor
viral. Estas incluyen los mRNAs, cromosomas lineales y la separación
de la transcripción de la translación. (Bell, 2001). Estas
características, inexistentes en procariotas, son importantes y
claramente distintivas de eucariotas, pero son sólo una pequeña
parte de las que no se pueden explicar como resultado de mutaciones
de los genes de procariotas. Por ejemplo: Las DNA polimerasas
de eucariotas son similares a las de los grandes virus ADN de
eucariotas y de los fagos T4 de las bacterias, pero no a las de
eubacterias. Aquí desarrollamos y examinamos la hipótesis de que
las proteínas de replicación de los virus han dado lugar a las de
eucariotas durante la evolución. Hemos tomado la DNA polimerasa
de picodnavirus (que infecta microalgas) como la base para este
análisis ya que representa un virus de un eucariota primitivo.
Mostramos que tiene una significativa similitud con las DNA
polimerasas replicativas de eucariotas y ciertamente con sus grandes
virus ADN. El alineamiento de secuencias confirma esta similitud y
establece la presencia de dominios altamente conservados. La
reconstrucción subsiguiente de un árbol filogenético indica que esas
DNA polimerasas de los virus de algas están próximas a la raíz del
clado que contiene todas las DNA polimerasas delta pero ese clado no
contiene las polimerasas de otros virus ADN. Tomamos en
consideración el significado de estas relaciones y presentamos la
hipótesis de que los genes de replicación de los virus ADN dieron
lugar a los de eucariotas y no a la inversa. (Villareal
y DeFilippis, 2000). Estos razonamientos basados en evidencias muy
sólidas y expresados, prudentemente, como hipótesis se han perdido
en un mar de datos, cada día más abundantes y significativos, pero
devaluados por las interpretaciones convencionales. Así, en su
artículo: “Glicosil transferasas codificadas por virus”,
Markine-Goriaynoff et al., (2004) afirman: Durante millones de
años, los virus han coevolucionado con sus hospedadores.
Consecuentemente (¡¿!) durante su proceso de coevolución
los virus han adquirido mecanismos para imitar, secuestrar o
sabotear los procesos de su hospedador que favorecen su replicación.
La inercia de la doctrina prevalente en las interpretaciones
conduce a verdaderos sinsentidos, entre los cuales, el que veremos a
continuación constituye un ejemplo paradigmático: Un magnífico
estudio en el que Hughes y Friedman (2003) realizan una exhaustiva
comparación de 22 familias de proteínas conservadas en 14 “especies”
(en su terminología) de virus pertenecientes a la “familia” de
Baculovirus con las de 10 organismos eucariotas, desde hongos y
plantas hasta hombre, encuentran “evidencias de transferencia
horizontal” en ADN ligasa, Ribonucleótido reductasa 1 y 2,
Transactivador global SNF2, Inhibidora de la apoptosis p35, UDP-glucosil
transferasa, Helicasa, Ubicuitina, Metil transferasa... hasta 16
proteínas fundamentales específicas de eucariotas, es decir, no
existentes en procariotas. El título del artículo, que resume sus
interpretaciones y conclusiones es: Identificación en genomas
(Genome-Wide Survey) de genes transferidos horizontalmente
desde organismos celulares a Baculovirus.
Como no parece necesario (ni conveniente, por reiterativo) insistir
en el que ya podemos calificar de espurio origen de estas
interpretaciones, puede ser mas eficaz detenernos en algunas
aportaciones de los virus a los genomas que sólo pueden entenderse
como “transferencia horizontal del hospedador al parásito” bajo un
estado de auténtica obnubilación: La reproducción vivípara
constituye un cambio radical con respecto a la ovípara (es decir, la
información genética que la controla ha de ser diferente) e incluye
un considerable número de innovaciones morfofisiológicas
estrechamente interrelacionadas. Existe una abundante bibliografía
sobre la contribución de las Sincitinas, proteínas procedentes del
gen env (cápsida) del virus endógeno denominado ERV-3 en la
morfogénesis de la placenta (Mi et al., 2000), en la formación del
sincitiotrofoblasto (Venables et al., 1995; Muir et al., 2004) y en
la inmunodepresión materna (Harris, 1998). Otros genes env
procedentes de una cápsida viral, en este caso los NC7 del HIV-1 son
los responsables de la existencia de los priones (Gabus et
al., 2001), proteínas fundamentales en mecanismos de adaptación
epigenética mediante el control del plegamiento de proteínas (True
et al., 2004; Cenador, 2003). La relación de secuencias funcionales
procedentes de virus endógenos, añadida a la citada anteriormente,
sería interminable. La familia HERV-K, específica de humanos
codifica antígenos autoinmunes (Medstrand y Mag, 1998) y es
responsable de la formación de pseudogenes (Berkhont et al., 1999),
el ZFERV del pez cebra se expresa en el timo (Sen y Steiner, 2004),
el gen FAM8A1 de virus endógenos codifica transcritos que se
expresan en la espermatogénesis (Jamain et al., 2001), las proteínas
asociadas a los microtúbulos son trancritas por un retrovirus
endógeno de la familia HERV-E (Landry et al., 2002) y las implicadas
en la apoptosis (“muerte celular programada”) proceden de virus ADN
(Adams y Cory, 1998; Barry y McFadden, 1999). La familia HERV-F,
también codificadora de proteínas funcionales es específica de
primates (Kjellman et al., 1999), otros están implicados en el
control de la expresión génica durante el desarrollo de mamíferos (Perincheri
et al., 2005)... En general, se ha podido comprobar que existen
claras diferencias entre las poblaciones retrovirales endógenas de
reptiles, aves y mamíferos (Tristen et al., 1995) y entre las
específicas de primates (Johnson y Coffin, 1999) lo que seguramente
implica una especificidad en sus secuencias funcionales.
En este sentido, otra innovación que quizás merezca la pena
mencionar la constituyen los elementos LINE-1 específicos de
mamíferos, por lo que su inserción tuvo lugar antes de la
radiación de los mamíferos (Smit et al., 1995): Los elementos
LINE-1 de mamíferos pertenecen a la superfamilia de elementos
retrotransponibles replicables autónomamente que carecen de
secuencias largas repetidas (LTR) típicas de retrovirus y
retrotransposones virales de vertebrados. Los elementos L1 se han
replicado y evolucionado en mamíferos al menos durante los 100
millones de años pasados y ahora constituyen el 20% o más de algunos
genomas de mamíferos. Por tanto, los elementos L1 han tenido,
presumiblemente, un profundo, tal vez determinante, efecto en la
evolución, estructura y función de los genomas de los mamíferos.
(sic) (Furano, 2000). Efectivamente, sus funciones son tan variadas
como fundamentales: disrupción génica (Han et al., 2004), regulación
transcripcional (Kazazian Jr. Et al., 1998), control de splicing
alternativo (Kondo-Iida et al., 1999), creación de exones (Nekrutenko,
A. y Li, W. H. 2001) amplificación de pseudogenes y de la familia de
elementos repetidos ALU (Kazazian Jr. 2000; Esnault et al., 2000;
Dewannieux et al., 2003). En cuanto a estos últimos, específicos de
primates, están implicados en la expresión génica en distintos
tejidos mediante la edición de ARN (Athanasiadis et al., 2004) pero
muy especialmente en tejido neural (Eisemberg et al., 2005).
Parece necesario insistir (aunque no debería serlo, por lo obvio) en
que la cuestión clave en todos estos fenómenos, porque aportaría a
la Biología una base real, material, de la que partir, que
permitiría obtener una explicación unificadora coherente, es el
origen de las innovaciones: La información genética de la inmensa
mayoría de las características distintivas de eucariotas con
respecto a procariotas, de organismos multicelulares con respecto a
unicelulares, de vertebrados con respecto a invertebrados, de
mamíferos con respecto a vivíparos... está contenida en secuencias
repetidas, elementos móviles y virus endógenos (y las propiedades de
las duplicaciones deben provenir, por fuerza, de las de la nueva
secuencia original capaz de duplicarse): está claro que éste es el
origen de los telómeros (las telomerasas son transcriptasas
inversas) (Schawalder et al., 2003), centrómeros y microsatélites (Reinhart
y Bartel, 2002; Topp, 2004) esenciales para la estabilidad de los
cromosomas y para la mitosis, formados por repeticiones de ADN ricas
en GC, y en algunos casos se ha comprobado que contienen
transposones. También son componentes del nucleolo (Schawalder et
al., 2003). Otro carácter distintivo de eucariotas son los intrones;
tanto los “autocatalíticos” (clase I y clase II) de los genomas de
mitocondrias y cloroplastos como los de los genes nucleares (pre-mRNA)
asociados al spliceosoma e implicados en el splicing
alternativo y muy específicos en los distintos taxones, están
constituidos respectivamente por retroelementos (Moran et al., 1995;
Haugen et al., 2005), y secuencias repetidas en tandem o en
palíndromos (Coghlan y Wolfe, 2004; Fedorov et al., 2003). En cuanto
a su origen, una proporción de intrones “antiguos” parece haberse
diseminado en los genomas por retrotransposición, pero entre el 60 y
el 80% de los intrones de animales contemporáneos fueron
adquiridos por inserción después de la divergencia evolutiva de
animales y plantas (Fedorov et al., 2003) y están “altamente
conservados” (Matthew y Palumbi, 2003; Qiu et al., 2004). Las
repeticiones de ADN son constitutivas de los genes Hox
(García Bellido, 1999; Kmita et al., 2002) y de los cromosomas
sexuales (Rozen et al., 2003; Skaletsky et al., 2003; Khil et al.,
2004). Los genes RAG1 y RAG2, responsables de la
inmunidad en vertebrados son elementos móviles (Agrawal, 2000; Zhou
et al., 2004; van der Berg et al., 2004) y su iniciación de la
recombinación tiene similaridades con la integración retroviral
(van Gent et al., 1996)...
Todo esto debería llevar a los biólogos a alguna conclusión que no
fuera la de “insultar” a los elementos móviles o acusar a los virus
de “secuestradores”, “saboteadores” y “falsificadores”,
especialmente, si tenemos en cuenta que los virus en estado libre
son absolutamente inertes, con lo que el único insulto
posible sería el de “vagos” (o, en terminología del pensamiento
único, “no competitivos”), y que sólo se activan cuando entran en
interacción con el sistema celular (es decir, que éste participa en
su actividad). Pero dado que a los biólogos nos han enseñado a
pensar partiendo de la base de que ya se sabe “cómo son las cosas”,
quizás hayamos de recurrir a personas que tengan costumbre de pensar
de otra forma. Porque tal vez si, por ejemplo, Plinio, el agudo y
socarrón policía municipal de Tomelloso (García Pavón, 1969) se
enfrentase con este “enigma” rezongase: “Aquí hay virus
encerrado”.
La “selección purificadora” del lenguaje científico
Si nuestro cerebro fuera tan sencillo como para poder entenderlo,
seríamos tan tontos que, de todos modos, no lo podríamos entender.
Jostein Gaarder (Noruega, 1952) “El misterio del solitario”.
Cabe suponer que si alguna conclusión puede ser consensuada hasta
con los más radicales defensores de la ortodoxia dominante, esta es
que los datos nos están mostrando que los procesos y fenómenos
biológicos son extraordinariamente complejos. Inconmensurablemente
más complejos que lo que se podría suponer hasta hace poco. Lo que
tal vez resulte más difícil de “consensuar” es que la complejidad no
se puede explicar mediante argumentos simples. El tan celebrado
aforismo biológico de que la explicación más sencilla será,
probablemente, la mejor, no parece tener un lugar entre la
realidad de los sofisticados e intrincados procesos que subyacen a
la más simple manifestación de la vida. Pero el grave problema de
fondo al que nos enfrentamos los biólogos y que debemos solventar si
queremos salir de la situación de incomprensión y de alejamiento de
la Naturaleza a la que nos ha llevado la vieja doctrina, es
reflexionar sobre el origen y el verdadero significado de sus
términos y conceptos que han pasado a formar parte lenguaje
biológico y que son los responsables de muchas interpretaciones
distorsionadas cuando no incompatibles con la lógica más elemental.
A pesar de la grandeza y la increíble belleza de la Naturaleza,
quizás no haya otra disciplina que refleje, en sus conceptos y
argumentos, un mayor desprecio por su objeto de estudio (ni la
criminología, ni el marketing siquiera...) y una concepción más
sórdida de su esencia que la vieja Biología. En “su” Naturaleza
prima la competencia. Los “genes” son egoístas, los virus y las
bacterias son patógenos, “enemigos” que acechan esperando su
oportunidad para destruirnos (y también hay proteínas “patógenas”)
las moléculas, las células, los animales y las plantas compiten
permanentemente y, si aparece algo que se pueda interpretar como
cooperación, la explicación es “porque les resulta rentable”...
Sería bueno detenernos un momento en la “explicación universal” de
todas estas “cualidades” y comportamientos malsanos, la responsable
final de la construcción de este truculento mundo: la selección
natural. Un ente todopoderoso que ha ido creciendo e impregnando
hasta los últimos recovecos de la vida de forma que, de ser en su
nacimiento un fenómeno contingente limitado a la supervivencia de
unos animales o plantas (los más “aptos” ?) sobre otros, se ha
convertido en un poder creativo (y parece que tranquilizador) capaz
de explicar todo lo que no comprendamos: Por ejemplo, la existencia
de cualquier función ejercida por un elemento o una molécula sin los
cuales esa función no existiría, se explica por selección positiva o
selección purificadora, pero si desaparece es por selección
negativa. Si la realización de una función compleja tiene lugar
mediante la coordinación de varios componentes, se ha producido por
selección cooptiva (que quiere decir que si no están todos, y
exactamente esos, no hay proceso), pero también hay (al parecer,
“muy frecuentemente”) una selección estabilizadora (es decir,
selección “des-seleccionadora”) que explica el mantenimiento de los
individuos normales y una selección diversificadora y una selección
disruptiva... En definitiva, de su actuación original consistente en
“elegir” la más adecuada entre varias características previamente
existentes (y, recordemos: variables “al azar”) ha pasado a ser
capaz de agregar, disgregar, mantener, eliminar, igualar,
diferenciar e incluso de crear procesos complejos, previamente
inexistentes. Si los adjetivos añadidos a un sustantivo hacen que
éste cambie totalmente de significado, el conjunto de los añadidos
al sustantivo “selección” la convierten en un poder sobrenatural. Es
una teoría “creacionista”, simplemente, su fuerza creadora, su
deidad, es la selección natural y su doctrina es la competencia
(algo así como: Competid unos con otros, hasta destruir a los
menos aptos).
Nada más lejos de lo que nos están mostrando los conocimientos
científicos: que en los procesos de la vida están implicadas
complejas redes de información que interrelacionan e integran los
componentes abióticos y bióticos de la Naturaleza, desde los más
ínfimos representantes de los sistemas vivientes hasta organismos,
especies y ecosistemas, y en la que todos sus componentes no sólo
son necesarios, sino imprescindibles. Que las bacterias y virus,
extraordinariamente abundantes, diversos y participativos en los
procesos naturales (Fuhrman, 1999; Curtis et al., 2002) no son
esencialmente patógenos, sino que “se malignizan” (al igual que los
priones) como respuesta a agresiones ambientales (Hood, D. W.
et al., 1996; Baba, T. et al., 2002; Fouts, D. E. et al., 2005;
Cenador, 2003), entre las que muchas de ellas son el resultado de
actividades humanas desestabilizadoras del equilibrio natural (Gauntt
y Tracy, 1995; Ter-Grigorov et al., 1997). Los datos reales nos
están mostrando que los antes considerados “nuestros peores
competidores” son, en realidad, los componentes fundamentales y
originarios de la vida (Sandin, 1995) y que sus actividades y
capacidades nos permiten comprender los hechos fundamentales de
la evolución nunca explicados por “la supervivencia de los más
aptos”. Según la teoría de Darwin, la evolución tiene lugar
exclusivamente por la vía de pequeña y continua formación y
modificación de especies /.../ Nuestra experiencia, obtenida de la
observación del material fósil, contradice directamente esta
interpretación. Nosotros encontramos que la estructura organizadora
de una Familia o un Orden no surge como resultado de modificaciones
continuas en una larga cadena de especies, sino mas bien por medio
de una repentina y discontinua remodelación del complejo tipo de
Familia a Familia, de Orden a Orden, de Clase a Clase. Los
caracteres que cuentan para las distinciones entre especies son
completamente diferentes de los que distinguen un tipo de otro.
Lo que nos describe el prestigioso paleontólogo alemán Otto
Schindewolf (1993) es la realidad de lo que se observa en el
registro fósil (el secreto profesional de los paleontólogos de
Gould). Y es así porque la transición entre un tipo de
organización y otro, embriológicamente, no puede ser de otra
manera (Goodman y Coughlin, 2000; Hall, 2003). Las diferencias
entre las organizaciones de distintos taxones se producen en etapas
del desarrollo embrionario que son tanto más tempranas cuanto más
diferentes sean los resultados finales, y en un fenómeno de tal
complejidad, jerarquización e integración como es la embriogénesis
no existe una variabilidad en sus sucesivas fases sobre la que pueda
actuar una selección: en un cambio de estas características y de
esta magnitud la alternativa es un organismo viable o no viable, es
decir, lo que se ve en el registro fósil es la realidad, por lo que
el término para denominar estos cambios de organización habría de
ser Transformación. No es evolución porque no es la acción
de pasar gradualmente de un estado a otro (Dicc. R.A.E.). Es
comprensible que esto resulte difícil de asumir, pero tenemos
ejemplos de procesos semejantes delante de nuestros ojos en las
metamorfosis de insectos y anfibios, posiblemente un relicto de
procesos semejantes a gran escala. Y existen los fenómenos y los
datos que nos pueden explicar esos procesos: Las grandes y súbitas
“radiaciones” de diversidad animal (Schindewolf, 1993; Rohde y
Muller, 2005) y vegetal (Graham et al., 2000) (para una magnífica
revisión en plantas ver Moreno, 2002) surgen después de grandes
extinciones provocadas por grandes disturbios ambientales (Kerr,
2002; Grice et al., 2005) que producen lo que se conoce como estrés
genómico. Tenemos información sobre los efectos de estas
desestabilizaciones en los genomas: activación de elementos móviles
(Wesler, 1996; Capy et al., 2000; Mattick y Gagen, 2001)
remodelaciones genómicas (Wendel y Wesler, 2000; Shapiro, 2002;
Pevzner y Tesler, 2003; Lönnig y Saedler, 2003), duplicaciones
parciales o extensivas (Gu et al., 2002; McLisaght et al., 2002;
Bennetsen et al., 2005) y extinciones selectivas (Schindewolf;
1993). También sabemos que las inserciones de elementos móviles y
virus se caracterizan por tener sitios “preferenciales” (los
llamados hot spots) que indican una variabilidad
predeterminada (Pevzner y Tesler, 2003; Lönning y Saedler, 2003;
Nikaido et al., 2003; Engelman, 2005; Maxfield et al., 2005). (Aquí
conviene recapacitar sobre el significado de términos como hot
spots y constraints que quieren indicar “un azar
restringido”, porque un azar restringido no es azar, es decir, que
será científicamente posible encontrar las reglas que lo rigen).
También tenemos datos que nos informan de que las especiaciones no
son “el paso inicial del cambio evolutivo”, sino un aumento de
diversidad dentro de un patrón morfológico básico y que está mediado
por inserciones virales y reorganizaciones de elementos móviles (Hughes,
J. F. y Coffin, J.M., 2001; Sverdlov, E. D., 2000; Dyatkov et al.,
2002; Mamedov et al., 2002; Ryan, F., 2004; Baburlescu et al.,
2001), por lo que, como nos revela el registro fósil (Eldredge,
1997; Schindewolf , 1993, etc.) se producen de forma repentina y
también simultánea (Williamson, 1983; Kerr, 1995).
Un aspecto sobre el que puede ser especialmente conveniente
detenerse, es el concepto de adaptación, considerado como el
mecanismo responsable de la evolución mediante un proceso de
adaptación gradual (y al azar) a distintos medios mediante la
“adquisición de caracteres ventajosos”: En cuanto a los ajustes
a diferentes condiciones ambientales (un fenómeno diferente a los
cambios de organización), los sistemas de control y regulación de la
información genética han mostrado una variada gama de mecanismos de
respuesta al ambiente, tanto epigenéticos: metilación, imprinting,
ARN de interferencia, silenciamiento transgénico (Mattick y Gagen,
2001; Elgin y Grewal, 2003; True et a., 2004)... como genéticos:
splicing alternativo, retrogenes y retropseudogenes (Vitali, p.
et al., 2003), transposiciones e inserciones de elementos móviles (Schramke
y Allshire, 2003). Incluso el desarrollo embrionario responde de una
forma constatada a las condiciones ambientales (Rutherford y
Lindquist, 1998; Hall, 2003). En estas adaptaciones, que son, en
realidad, coadaptaciones porque afectan a los ecosistemas en su
totalidad (Madsen et al., 2001; Murphy et al., 2001; Yang et al.,
2003) y que conducen a remodelaciones radicales de la biota (Beard,
2002), están implicados, además, fenómenos de transferencia
genética horizontal (por cierto, de genes no “de origen
bacteriano”, sino viral) (Syvanen, 1994; Krishnapillai, 1996;
Wegrzyn, G., 1999; Wegrzyn y Wegrzyn, 2002; Beres, S. B. et al.,
2002; Wagner, P. L. y Waldor, M. K., 2002; Omelchenko et al., 2003;
Pierce et al., 2003; Bergthorsson et al., 2004; Broothaerts et al.,
2005)) que no son al azar, ni en su desencadenamiento, porque
responden a estímulos ambientales (Wessler, 1996), ni en su sus
consecuencias, porque también se han observado hot spots
(inserciones preferenciales) en estos procesos (Timakov et al.,
2002; Medrano-Soto, et al., 2004).
Y con esto hemos llegado al concepto estelar de la doctrina
prevalente: el término “más apto” (o, en su versión
“poblacional”, la “eficacia biológica”). Los conocimientos actuales
sobre el control de la información genética (Herbert, 2004) nos
informan de un modo irrebatible de que es un concepto espurio. No
existen individuos genéticamente “más aptos” que otros o que tengan
una “ventaja genética” sobre sus congéneres. Y no es algo que sea
susceptible de distintas interpretaciones: el pool genético
de una especie es esencialmente el mismo (Mattick, 2004) y el
significado de la variabilidad poblacional es adaptativo (en el
sentido de respuesta al ambiente) pero no evolutivo. De igual forma,
la variabilidad existente en los polimorfismos de nucleótido único (SNPs)
es irrelevante desde el punto de vista de la evolución (Pennisi,
1998; Nadeau, 2002; Göring, 2002) y su significación es, en todo
caso, demográfica: Las diferencias en vigor, salud, capacidad
reproductiva, etc., de los miembros de una especie viene determinada
fundamentalmente por las condiciones ambientales en que se
desarrollan (Hall, 2003). Los individuos normales, sanos, no son
genéticamente más o menos aptos y las mutaciones (en el caso de que
no resulten inocuas) no conceden ventajas heredables, sino
patologías heredables porque son desorganizaciones producidas por
algún factor ambiental lo suficientemente grave para superar los
eficaces mecanismos de reparación de los genomas (Kafri et al.,
2005; Hirano, 2005).
Es necesario tener en consideración el origen histórico, cultural y,
especialmente, social (Lewontin, 1993; Goodwin, 1999, etc.) de estas
extrapolaciones que han llevado a una interpretación antropocéntrica
de la Naturaleza. En el estado actual de los conocimientos resulta
absurdo leer en revistas científicas prestigiosas, en los mismos
ejemplares donde se publican datos como los antes expuestos y bajo
el epígrafe “Evolución”, complejas disquisiciones sobre si el
egoísmo en los animales es “rentable”, sobre los engaños de unos
para aprovecharse de otros o que “todos los seres vivos somos
parásitos”, cuando es evidente que estos “problemas científicos” no
son objeto de estudio de la evolución, sino más bien de estudios
sicológicos (especialmente sobre los autores de tales ideas). El
argumento “demostrativo” de que “es evidente que en la Naturaleza
existe la competencia” carece de relación con lo que se pretende
demostrar, porque el resultado “evolutivo” de una pelea ritual entre
dos ciervos siguen siendo los ciervos que ya existían antes. Las
extrapolaciones antropocéntricas también podrían llevarnos a decir
que cuando unos lobos pelean por los restos de una presa, lo que son
es “maleducados”, o que el comportamiento de un león en su manada es
“machista”, o que el comportamiento “postcoito” de determinadas
hembras de arácnidos o de insectos es “feminista radical” (y
lamentaría dar ideas), pero no son descripciones científicas, sino
extrapolaciones de una forma, culturalmente determinada, de ver la
realidad. Y la forma de ver la realidad basada en la competencia de
todos contra todos y el egoísmo como condición inherente a los seres
vivos es la que ha conducido a una concepción deformada de los
fenómenos biológicos que se puede observar en la inmensa mayoría de
los artículos citados anteriormente: “los elementos móviles son
esencialmente parásitos”(Kidwell y Lish, 1997) pero, en ocasiones
“son beneficiosos”; los virus endógenos “producen enfermedades” y
“son saboteadores, secuestradores”, etc., (Markine-Goriaynoff et
al., 2004) pero en ocasiones “son explotados por su hospedador” (Stoye
y Coffin, 2000), las mutaciones son perjudiciales, pero en ocasiones
“pueden producir características beneficiosas” (?) (Ayala, 1999).
Si no conseguimos depurar el lenguaje científico de la Biología de
estos preconceptos deformadores que en la mayoría de los casos
conducen a interpretaciones que son exactamente las contrarias de lo
que indican los datos, no será posible construir una verdadera
teoría científica elaborada a partir de hechos reales (no hipótesis)
y explicada mediante procesos y términos científicos (no mediante
metáforas). La enorme complejidad y plasticidad de los fenómenos
biológicos descubiertos demanda una forma nueva (tanto metodológica
como conceptual) de acceder a ellos, pero hay que asumir que esto
requiere un cambio en los “hábitos de la mente” que han de comenzar
por cuestionar nuestras más arraigadas convicciones y por tomar
conciencia de que las cosas que más damos por supuestas son, casi
siempre, aquellas sobre las que menos reflexionamos.
Es perfectamente comprensible que, para muchos biólogos que han
desarrollado una actividad científica brillante, no resulte fácil de
asimilar la idea de tener que renunciar a las concepciones que han
dirigido toda una trayectoria profesional, pero los nuevos
descubrimientos han derrumbado todo un cuerpo de doctrina elaborado
sobre lo que se tenía por conocido, lo que se asumía
mayoritariamente y del que no tienen por qué sentirse responsables
ni, mucho menos, obligados a defender en contra de las evidencias.
Es cierto que la enorme complejidad de los procesos que se están
descubriendo y las nuevas metodologías y conceptos necesarios para
su estudio pueden resultarnos a los biólogos de formación
tradicional “llegados demasiado tarde” para cambiar de ideas, pero
también hay que considerar que para un científico no hay una forma
mejor de acabar su carrera profesional que hacerlo sin dejar de
admirarse, sin dejar de aprender. Ha comenzado una nueva Era para la
Biología que ha de ser afrontada por nuevos biólogos, con mentes
“nuevas”, en la que los “viejos biólogos” tendremos que
acostumbrarnos a aprender de nuestros alumnos.
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