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RESEÑA
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Máximo Sandín, nos proporciona en esta
selección de artículos una reveladora visión acerca de la crisis
en la que se encuentra la Teoría Sintética (asumida oficialmente
por la comunidad científica como el cuerpo central de la teoría
evolutiva contemporánea), un lúcido análisis de las causas
históricas y socioculturales que han llevado a esta situación, y
una necesaria reflexión sobre importantes consecuencias que la
versión dominante de la interpretación del hecho evolutivo
genera en la ciencia y la sociedad. Debido tanto a su condición
"herética" de no comulgar con los principios y dogmas
neodarwinianos, a todas luces desfasados (como bien documenta en
estos artículos) por los avances y descubrimientos acumulados en
diversos campos de la biología durante las últimas décadas, como
a su personal estilo, tan alejado de la formalidad y pretendida
objetividad a la que nos tienen acostumbrados gran parte de los
profesionales de la ciencia, este polémico pensador ha sido
duramente criticado desde ciertos sectores del mundo académico.
Datos científicos e históricos encajan maravillosamente como las
piezas de un puzzle en sus escritos, rebosantes de espíritu
crítico, frescura y compromiso social.
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PRÓLOGO |
El mundo vive, aproximadamente desde la mitad del siglo pasado, un
período de profundos cambios que se intensificaron en la segunda
mitad de aquél siglo. No se tratan, con todo, de los cambios
resultantes del progreso normal del conocimiento, de la ciencia, de
la tecnología, de la economía y de las relaciones sociales, sino de
transformaciones que están afectando a los fundamentos, tanto del
saber como de las relaciones construidas por los seres humanos en
sociedad. Son transformaciones con carácter de ruptura y no de
progreso lineal. Las causas de este cambio son demasiado complejas
para ser tratadas en pocas líneas. Pero afectaron de forma
irrevocable a la ciencia y a la sociedad.
Tales transformaciones, sin embargo, tienen el carácter peculiar de
constituir un proceso no concluido. Son "transformaciones en
movimiento". Estarnos en medio del proceso y, por eso, no sabemos
exactamente para donde nos va a llevar. Pero varios de sus aspectos
ya presentan una regularidad suficiente para que podamos delinear un
posible rumbo para esas transformaciones.
La ciencia moderna se ha caracterizado por una visión del Universo
como un mecanismo compuesto de piezas individuales que actuaban en
conjunto, dando mayor valor al funcionamiento de cada pieza para, a
partir de la suma del conocimiento particular de cada una, entender
el todo. Los programas de investigación fundamentados en esa visión
del Universo avanzaron hasta el punto en que se percibió que la
realidad, en diversos de sus aspectos, se resistía a ser totalmente
dócil a ese abordaje. Apenas una pequeña parcela de la realidad,
cuidadosamente seleccionada por el científico, podría ser encendida
así, aunque, en rigor, apenas en términos utilitariamente
aproximativos.
Hoy se denota con gran frecuencia en los trabajos de los científicos
la percepción de la complejidad de] mundo real. Al revés del
mecanismo imaginado por Descartes y Newton, se ha establecido con
mucha más fidelidad la visión del mundo en la que el papel de cada
parte y la interacción entre ellas deben ser entendidos en relación
al conjunto que componen. Ninguna parte es lo que es fuera de la
totalidad en que interactúa con otras.
Esa transformación acarreó un colapso en el método reduccionista de
análisis de la realidad. Las leyes simples de la naturaleza,
actuando localmente sobre la materia, no son suficientes para
comprender el todo. La naturaleza se ha mostrado mucho más compleja
de lo que se imaginaba. Así, ciencias como la física y,
posteriormente, la química y otras ciencias que de ellas dependían,
pasaron por rupturas en sus teorías generales. Presenciamos una
verdadera revolución científica en la terminología de Thomas Kuhn, o
un proceso de ruptura epistemológica, como decía Gastón Bachelard.
Pero las revoluciones en el conocimiento, las rupturas con las bases
epistemológicas que han atravesado siglos no acontecen en un breve
espacio de tiempo. Aún estamos pasando por esos cambios y diversos
campos de investigación todavía están "en tránsito". Incluso la
física, después de un siglo marcado por los avances de la mecánica
cuántica y por la teoría de la relatividad, aún no posee una teoría
sintética definitiva que supere las dificultades de sus instrumentos
teóricos actuales.
El mundo humano también pasa por cambios profundos y cada vez más el
medio ambiente, la economía y la sociedad nos están mostrando que no
se someten, sin perjuicio para la continuidad de su existencia
equilibrada, a la forma de organización del capitalismo globalizado.
Así como fue necesario redefinir la ciencia, muchos sostienen hoy
que es preciso redefinir nuestra forma de relación social.
En la historia, existen muchos puntos de coincidencia entre la
praxis (concepción y práctica) socioeconómica hegemónico en la
sociedad y los aspectos más fundamentales de la ciencia. Son tantos
que nos permiten dudar del hecho de que sean sólo "coincidencias".
La estabilidad de la jerarquía del mundo feudal y la estructura de
la ciencia aristotélica parecen justificarse la una a la otra. La
visión del mundo capitalista mercantil y, posteriormente, industrial
también tiene innumerables puntos de encuentro con la ciencia
moderna. El mecanicismo y el individualismo analítico en la ciencia
refleja de modo sorprendente el mecanicismo y el individualismo
social de una sociedad mercantil. El cálculo preciso y el deseo de
una previsibilidad absoluta en la ciencia también pueden ser
comparados con la contabilidad y los balances de un establecimiento
comercial. Podríamos multiplicar los ejemplos, pero, tal vez ni así,
fuera suficiente para convencer a algunos de que la ciencia no es
una actividad autónoma y aislada, sino que está insertada en una
sociedad dinámica y acarrea la impronta de esa sociedad.
Las teorías científicas no son descubrimientos emanados de alguna
fuente sagrada ni dictadas por divinidades. Son construcciones
teóricas hechas por los seres humanos en su constante diálogo con la
naturaleza. Y no existe ser humano que no piense a partir de su
contexto y de su mundo. Por eso, no es de sorprender la existencia
de innumerables puntos de encuentro entre la visión de la ciencia y
la visión predominante de la sociedad.
Uno de los ejemplos más emblemáticos de esos puntos de encuentro es
la teoría de Darwin sobre la evolución de las especies. Aunque él
mismo haya afirmado con todas las letras que su teoría era la teoría
de Malthus aplicada a la totalidad de los reinos animal y vegetal,
hay quien se resiste a aceptar la vinculación de su ciencia con los
presupuestos del liberalismo y del capitalismo industrial. La
competencia, la lucha por la supervivencia, el predominio del más
apto, son conceptos que pueden ser aplicados tanto para referirse a
la sociedad capitalista como para la naturaleza (en la concepción
darwinista). La no intervención del estado en la economía y el
laissez faire ¿no podrían rememorar el principio del azar en la
evolución? ¿Y qué decir de la coronación del "egoísmo" del gen en la
biología dos siglos después de que este principio fuera coronado por
el liberalismo económico clásico como motor de la sociedad? Para
Adam Smith, era el egoísmo de] carnicero, del cervecero o del
panadero (las menores partes individuales de la sociedad) el que
hacía a la sociedad funcionar; para Richard Dawkins, es el egoísmo
del gen (las menores unidades de información sobre la vida) el que
hace a la naturaleza funcionar.
Por todo eso, me atrevo a afirmar que la coincidencia entre la
insatisfacción con el mundo actual y la insatisfacción creciente con
las teorías científicas que incorporan los principios que
fundamentan nuestra sociedad global no es casual. Muchos están
insatisfechos viendo cómo se destruye la naturaleza, viendo el
empobrecimiento de una parte de la población de los países
desarrollados, el lanzamiento de miles de millones de seres humanos
a condiciones de vida "sub-animales" en los países del Tercer Mundo,
a las industrias controlando la investigación científica de acuerdo
con sus intereses financieros (y sólo de acuerdo con esos
intereses), el crecimiento de la violencia y el deterioro de las
sociedades en sus relaciones humanas y en sus valores. Es natural
que tampoco estén satisfechos con la ciencia que reproduce en sus
bases teóricas y epistemológicas los principios fundamentales que
justifican esa sociedad y esa economía.
Por tanto, tenemos dos aspectos confluyentes: por un lado, una
naturaleza resistiéndose a ser dócil al mecanicismo reduccionista y
al individualismo analítico de la ciencia moderna y, por otro lado,
una parte de los seres humanos resistiéndose a ser dóciles a la
destrucción gradual de su especie y de su medio ambiente. SI, como
he afirmado, la ciencia es fruto del diálogo del ser humano con la
naturaleza, este diálogo debe tomar otro rumbo, porque las dos
partes involucradas ya "han cambiado de tema".
Lo más difícil en este diálogo en "cambio de tema" es que las dos
partes hablen y sean escuchadas. Si la complejidad de la naturaleza
habla en solitario, perderemos las esperanzas de poder comprenderla,
dada la insuficiencia de las teorías disponibles. Si el ser humano
habla en solitario, a partir de sus insatisfacciones con el mundo,
corremos el riesgo de no poder diferenciar un discurso científico de
un discurso político o de un manifiesto literario por un mundo
nuevo. Si quisiéramos enterrar de una vez la ciencia, condenándola
por todos los males de la humanidad, o dejándola para las
corporaciones empresariales y para la industria de fármacos, armas y
agrotóxicos, no habría problema en romper ese diálogo. Pero si
consideramos la ciencia un patrimonio del ser humano y no de las
empresas privadas, debemos esforzarnos para establecer un nuevo
diálogo. Y esto se está haciendo en diversas ciencias.
Mientras tanto, por razones cuya identificación escapa de los
límites de un prólogo, la biología está presentando una fuerte
resistencia a incorporar nuevos elementos a un diálogo totalmente
dominado por el darwinismo. "El habla" de la naturaleza está siendo
ininteligible cada vez que muestra complejidad al contrario que
reductibilidad, integración al contrario que lucha, cooperación al
contrario que egoísmo salvaje. Cuando se encuentran con esas
manifestaciones, muchos biólogos dicen estar frente a "enigmas" (conundrums)
inexplicables, y prefieren silenciar a la naturaleza en favor del
"habla" oficial de su ciencia. A su vez, "el habla" de los seres
humanos insatisfechos con la interpretación darwinista de la
sociedad es tomada por muchos biólogos como una interpretación
"equivocada" del darwinismo, y prefieren silenciar "el habla"
humana.
Este no es, ciertamente, el caso de la totalidad de los biólogos.
Este no es, definitivamente, el caso de Máximo Sandín. El lector y
la lectora verán en este libro que las ideas de Sandín están
perfectamente adecuadas al proceso de "transformación en movimiento"
al que me refería arriba. Los artículos aquí reunidos tuvieron un
gran impacto en mí cuando los leí por primera vez. Y el aspecto
principal de mi encantamiento con sus escritos es justamente su
capacidad de restablecer el diálogo con la naturaleza, dejándola
hablar y, al mismo tiempo, recomponiendo el habla humana.
En el debate sobre los fundamentos de la biología, están los que
dejan hablar a la naturaleza apenas para hacer valer el
fundamentalismo de sus creencias religiosas (como si la fe en Dios
fuese decurrente de las lagunas de la ciencia, posición
teológicamente problemática). Están también los que dejan a la
naturaleza hablar, pero no consiguen reformular totalmente su propia
habla, tan presos están del discurso oficial del darwinismo. Esto
ocurre por razones mas ideológicas y políticas que científicas: por
miedo de que la crítica al darwinismo pueda volverse contra sus
convicciones acerca de la sociedad y del ser humano; por miedo a ser
menospreciado en el ambiente académico; por falta de osadía para
proponer nuevas ideas, una vez que nadie puede cuestionar a "los
genios"; o incluso por temer ser acusado de mezclar política y
ciencia, como si esa mezcla no estuviese ya hecha o como si fuera
posible no hacerla.
En este libro de Sandín, Pensando la evolución, pensando la vida,
los lectores podrán constatar la abundancia de datos que traducen
"el habla" de la naturaleza y, al mismo tiempo, su aguda y osada
interpretación de ese habla a partir de lo que una gran parte de la
humanidad está hoy intentando hablar. Es, verdaderamente, una
tentativa magnífica de presentar a todos aquellos que confían en la
vida, en el ser humano y en la ciencia lo que se propone en el
primer capítulo de este libro: Una nueva biología para una nueva
sociedad.
Para mí (y confió en que así será también para la mayoría de los
lectores) las ideas contenidas aquí son una prueba más de las
profundas relaciones entre la ciencia y la sociedad: si creemos en
una nueva sociedad, necesitamos creer también en una nueva ciencia.
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