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Una estimulante confusión
Resulta paradójico que el que se dice que va a ser "el Siglo de la
Biología", comience con esta disciplina sumida en una gran
confusión. Desde luego, esta interpretación puede parecer infundada
si hacemos caso a los que presentan los grandes logros científicos
que se han obtenido como los que nos permitirán acabar con el hambre
y con las enfermedades "que azotan a la Humanidad". Que pueden,
entre otras muchas cosas, prolongar nuestras vidas y ayudarnos a
detener la destrucción del medio ambiente. Porque la impresión que
se transmite es que estos avances nos han permitido (o nos van a
permitir en breve plazo) tener todos estos problemas "controlados".
Sin embargo, cuando se observan los logros reales, se puede llegar a
la conclusión de que estos objetivos no sólo distan mucho de ser
conseguidos, sino que en muchos casos parece haberse obtenido el
efecto contrario. Los cultivos transgénicos se han mostrado como un
grave peligro para los ecosistemas. Los experimentos de "terapia
génica" y los xenotransplantes han sido detenidos ante la
constatación de que (entre otros peligros) conducían a la muerte de
los pacientes. Las supuestas clonaciones han resultado un fiasco que
se pone de manifiesto en la escasa viabilidad de los (insisto:
supuestos) clones. La ausencia de resultados eficaces en la
investigación sobre los tratamientos del cáncer y el SIDA, que
parece consistir en dar "palos de ciego" a la búsqueda de sustancias
capaces de interferir en alguno de sus procesos, es evidente...
Cabe preguntarse si no existirá un factor común responsable de estos
fracasos. Porque parece absurdo que se sigan produciendo cuando es
evidente que disponemos de una enorme y creciente cantidad de
información sobre los procesos biológicos. Pero Edgar Morin,
sociólogo y filósofo interdisciplinario, nos ofrece un diagnóstico
de esta situación que quizás sea conveniente tener en cuenta:
Hemos alentado a nuestros mejores cerebros a
concentrarse, no en la comprensión del todo, sino en el análisis de
fragmentos cada vez más pequeños. Desde esta situación, y
encandilados por las nuevas tecnologías, que nos permiten disponer
de gran cantidad de datos, se ha generado una crisis por exceso de
información pero sin organización desde paradigmas de
contextualización de elaboración conceptual, que permitan una
comprensión significativa de los problemas. Nos encontramos como el
personaje del cuento de Borges, Funes el memorioso. Funes, un peón
de campo, sufre un accidente cuyo efecto es dotarlo de una capacidad
de percepción y de memoria prodigiosas. Funes podía ver cada punto,
cada matiz, cada nervadura, cada pequeño detalle de cada árbol. Pero
lo que no podía ver era el árbol. Lo que había perdido, según
Borges, era su capacidad de pensar, es decir, de organizar los datos
en base a estructuras significativas. Es decir, cabe
responder que ese factor común puede estar en la existencia de un
auténtico “vacío” en la concepción (la interpretación) de muchos
fenómenos biológicos de reciente descubrimiento y, por tanto, en la
interpretación de los datos de que disponemos dentro de un contexto
general. Un problema que tiene su origen en la falta de consistencia
de la base teórica de la Biología, es decir, en la explicación de
los fenómenos de la vida. De cómo y porqué han surgido los distintos
tipos de organización animal y vegetal, de cómo se relacionan los
organismos entre sí y con el entorno, o lo que es lo mismo: "La"
teoría de la evolución.
La concepción reduccionista, lineal, aleatoria y, sobre todo,
competitiva de las relaciones entre los seres vivos e incluso entre
sus mas simples componentes, que caracteriza las explicaciones
darwinistas de la Naturaleza, ha quedado desbaratada por un
arrollador aluvión de datos que contradicen radicalmente esta
visión. La información genética se está mostrando como resultado de
un proceso mucho más complejo que la "codificación" de una proteína
por "un gen", sino que es la consecuencia de la interacción entre
todos los componentes del genoma (ADN, ARN y proteínas, nucleares y
extranucleares) y está modulada por el ambiente. El cambio de
organización morfológica se ha podido observar experimentalmente
como un fenómeno simultáneo y coordinado que conduce a
remodelaciones globales (es decir, no graduales ni "al azar"). Los
fundamentales fenómenos de cooperación, en los que todos los
elementos de un sistema biológico son imprescindibles para su
funcionamiento, se han podido constatar desde el nivel molecular
hasta el ecosistémico.... (Ver Sandín, 2002). Sin embargo, en los
libros de texto, en los artículos científicos, en las aulas de la
Universidad, se sigue hablando de alelos y frecuencias génicas, de
mutaciones al azar como motor del cambio evolutivo, de hipótesis
sobre la transición gradual (y también al azar) del hábitat marino
al terrestre, de la competencia como modeladora de los ecosistemas…
Si recurrimos a los más prestigiosos y reconocidos teóricos de la
evolución para intentar disponer de un criterio que nos permita
dilucidar si estos nuevos conocimientos cuestionan totalmente o sólo
en parte la teoría convencional nos encontramos, no con argumentos,
sino con sentencias que tienen todo el aspecto de dogmas intocables:
para Richard Dawkins, por ejemplo, Darwin nos dijo ya básicamente
todo lo que sabemos y necesitamos saber sobre la vida. (Horgan,
1998). Es más, según Gunter Stent de la Universidad de Berkeley, La
biología evolutiva, en particular, había concluido con la
publicación por parte de Darwin de “El origen de las especies”, un
libro que, según Steve Jones (2003): Cuando lo lees te das cuenta de
lo admirable que es la obra de Darwin. Lo terminas y dices: ya está,
es verdad, todo es como lo cuenta Darwin.
Pero la sensación de confusión que producen estas evidentes
contradicciones se acentúa cuando acudimos a textos de influyentes
científicos o divulgadores cuyos títulos parecen sugerir una visión
crítica o heterodoxa de la teoría evolutiva “clásica” (un aparente
intento de renovación) y lo que nos encontramos es una desalentadora
inconsistencia, una ausencia de postura clara y una nueva variedad
de contradicciones. Así. Lynn Margulis, en su libro “Una revolución
en la evolución” (2002) escribe: Las poblaciones “sin
restricciones”, en terminología de Darwin, crecen más allá de sus
límites. Las fuerzas ambientales cotidianas, como falta de agua,
superpoblación y hambre, impiden la expansión indefinida de la que
son capaces las poblaciones. Eso es la selección natural. Y a
continuación: El lenguaje de la evolución a veces parece ofuscar más
que iluminar /…/ Rechazo los términos financieros (coste-beneficio,
gasto, desventaja) y los símbolos matemáticos simples (+ para la
simbiosis y – para parasitismo) para reemplazarlos con descripciones
más adecuadas. Nunca se ha mostrado la capacidad de la actual teoría
neodarwinista para explicar los orígenes de nuevos caracteres
hereditarios de la vida y nuevas especies. (Pág. 33). Sin embargo,
más adelante, cuando habla de la teoría endosimbionte, afirma: La
primera fusión celular, precursora de la fecundación podría haber
sido consecuencia del canibalismo: un microorganismo se comió a otro
sin digerirlo. (Pág. 158). A la luz de sus anteriores argumentos,
resulta algo “oscuro” el carácter iluminador del término
“canibalismo” para calificar la fusión de “un” microorganismo con
otro diferente. Del resto de sus explicaciones cabe deducir que
“ese” único microorganismo eucariota tendría una gran ventaja sobre
los demás, ya que según la continuación de la historia: Al
establecerse el sexo meiótico prosperó. La exhibición de
contradicciones se complementa con el hecho de que, aunque las
críticas y descalificaciones del neodarwinismo son una constante a
lo largo del texto, Margulis se declara, una y otra vez, darwinista
sin que podamos tener una idea clara de a qué darwinismo se refiere.
Otro ejemplo de inconsistencia conceptual y de conclusiones
desconcertantes lo representa el libro, de sugerente título,
“Deconstruyendo a Darwin” (2002) de Javier Sampedro. Una
“deconstrucción” tan ligera que, más bien, parece un remozamiento.
Los datos que aporta son una recopilación muy actualizada de
información, especialmente sobre genética molecular y del
desarrollo, así como referencias a distintos puntos de vista de
científicos darvinistas sobre los procesos evolutivos. Son algunas
de sus propias interpretaciones las que vamos a intentar poner en
claro: Mi fe en el darwinismo se ha disipado por las más grises,
planas y aburridas razones científicas, exactamente igual que mi fe
en que toda partícula infecciosa debe contener su propio ADN se
disipó cuando Stanley Prusiner demostró la existencia de los priones
/…/ Pese a las arraigadas convicciones darwinistas de mi juventud,
he llegado a persuadirme, a base de palos propinados por la
evidencia de que (al menos algunas de) las principales innovaciones
biológicas de la historia de la Tierra tienen un mecanismo causal no
darwinista, no explicable por la lenta acumulación de pequeñas
mejoras adaptativas. (Pág.137). Una de ellas es el origen de la
célula eucariota: La célula eucariota se formó por simbiosis, es
decir, por la suma de tres (o más) módulos genéticos completos y
previamente funcionales: tres genomas bacterianos, de hecho. Esto no
quiere decir que la selección natural no exista, ni tampoco que no
tuviera algún papel en aquel suceso concreto. (Pág. 138). ¿Cuál es,
pues, la conclusión clara que se puede obtener entre los paréntesis
y las matizaciones? Quizás la única afirmación rotunda y concreta
que se puede encontrar en el texto: sus palabras finales. Para mí
constituye una grandísima paradoja que buena parte del mundo
científico aceptara la teoría de Darwin para todo excepto para la
evolución de la sacrosanta mente humana, que de algún modo debía
quedar a salvo de la barbarie mecanicista de la selección natural.
Porque si hay algún dispositivo biológico que apesta a adaptación
darviniana por todos los poros, ése es precisamente la mente humana
/…/ Nada en la consciencia humana tiene sentido si no es a la luz de
la adaptación darviniana por selección natural. Pero las
indefiniciones y las contradicciones tienen una justificación final:
Me complace que este libro haya resultado al final tan poco
dogmático. Y ahora perdónenme, que he quedado para tocar la
guitarra.
A veces da la impresión de que está surgiendo una especie de “moda”
de declararse heterodoxo, pero dentro de unos límites, es decir, una
especie de “no, pero sí” que a lo que verdaderamente contribuye es
al aumento de la confusión y a obstaculizar el verdadero cambio de
interpretación. Y un (último) exponente de esta tendencia brilla con
luz propia: El libro “Fósiles, genes y teorías. Diccionario
heterodoxo de la evolución” (2003) de Jordi Agustí. La relación
entre lo que se encuentra al abrir sus páginas y lo que parece
indicar el título sólo es comparable a la que se encontraría en el
libro “Camino” con las tapas del “Decamerón”. Una enumeración de los
tópicos más “clásicos” de la evolución (algunos, incluso rancios),
mezclada por orden alfabético con reseñas de científicos
evolucionistas, cuyo aspecto “heterodoxo” parece ser el
enmarañamiento de la exposición (Una especie de “Rayuela” de la
evolución). Así, la “heterodoxa” definición de la selección natural
(El descubrimiento casi simultáneo por parte de Darwin y Wallace del
concepto de selección natural como mecanismo capaz de explicar la
actual diversidad de la biosfera constituye uno de los grandes
logros intelectuales del pensamiento humano. Como pusieron de
relieve estos autores, la evolución operaba a través de pequeñas
modificaciones prácticamente imperceptibles, las cuales se iban
acumulando lenta y gradualmente por efecto de la selección natural
de aquellos individuos más aptos, que lograban sobrevivir y así
transmitir sus características a la descendencia.) se encuentra
situada entre “Selección de especies” y “Simpson, George Gaylord”.
La “Macroevolución” entre “Lyisenko, Trofim” y “Mayr, Ernst”, la
“Eficacia biológica” entre “Dryopithecus” y “Eldredge, Niles”… Unos
mareantes “itinerarios” en las páginas finales permiten seguir la
lectura por temas, como en los libros ortodoxos. La mejor valoración
de su aportación, nos la ofrece Juan Luis Arsuaga en el prefacio:
Sólo me queda por hacer un comentario final. Jordi Agustí ha
procurado ser tan objetivo en el análisis de las distintas ideas y
escuelas que compiten en el campo de la teoría evolutiva, en
permanente ebullición, que nos quedamos sin saber qué piensa él. Nos
debe otro libro.
Lo que resulta sorprendente es que los planteamientos más
contradictorios (desde los más clásicos hasta los más
“revolucionarios”) y las distintas ideas y escuelas que compiten en
el campo de la teoría evolutiva no parecen encontrar problemas en
coexistir bajo el amplio y difuso manto del darwinismo, y que la
indefinición (o la confusión) se califique de “objetividad” o de
ausencia de “dogmatismo”.
Esta situación de auténtica crisis, tal vez produzca una sensación
de desconcierto y un efecto poco estimulante para los jóvenes
biólogos (y para los biólogos en ciernes) pero el resultado puede
ser todo lo contrario: muy estimulante. Porque quizás éste sea el
indicio de que, efectivamente, estemos comenzando “el Siglo de la
Biología” pero no en el sentido de sus "crecientes aplicaciones"
sino, tal vez, en el sentido inverso: en el de una comprensión cada
vez mas profunda de los fenómenos biológicos y, como consecuencia,
de la toma de conciencia de los peligros de interferir en ellos sin
comprenderlos realmente y, por lo tanto, sin poder controlarlos.
Porque lo que parece claro es que esta situación no puede
prolongarse mucho tiempo, y son cada día más las voces muy
cualificadas que plantean la necesidad de renovar las bases
conceptuales de la Biología, lo que abre un enorme abanico de
posibilidades para que los nuevos científicos, libres de la carga de
inercia dogmática que soporta nuestra disciplina, tengan la
oportunidad de aportar nuevas ideas que conduzcan a la elaboración
de un nuevo modelo teórico más congruente con la realidad de los
fenómenos naturales. El prestigioso pionero de la genética
molecular, Sidney Brenner, con motivo de la secuenciación (parcial)
del Genoma humano, realizó unas declaraciones en este sentido que
pueden resultar esclarecedoras: La Biología pronto será una
disciplina teórica, y su reto será reconstruir el pasado. Por si no
queda claro a qué se refiere, este otro comentario puede ser más
concreto: Los jóvenes científicos más brillantes se dedicarán a
reconstruir la historia de la vida.
La trampa del lenguaje
Pero quizás sea conveniente señalar la existencia de ciertos
obstáculos en este camino que pueden llegar a convertir esta
situación de crisis en crónica, porque hagan muy difícil la
identificación de los errores. Los conceptos y la terminología
darwinistas, con su carga consiguiente de interpretación de la
realidad, están tan profundamente arraigados en el vocabulario
biológico (incluso en el lenguaje coloquial) que han pasado de ser
las hipótesis puramente especulativas que eran en su origen a
elementos constitutivos del lenguaje científico, y son utilizados
sistemáticamente para describir (interpretar) todo tipo de proceso
natural, independientemente de que se considere o no el contexto
evolutivo. Así, se utiliza la "competencia entre las histonas y los
factores de transcripción" para referirse a la expresión génica, el
"barajamiento" (es decir, el azar) para describir reordenamientos
cromosómicos, la "competencia entre las células" para explicar el
coordinado proceso embrionario. Se denomina "presión de selección" a
las presiones ambientales, se utiliza el término "radiación
adaptativa" para definir indistintamente la "explosión del Cámbrico"
o la variabilidad en los grosores de los picos de los pinzones...
Este fenómeno es, curiosamente, tanto más acentuado cuanto más
alejados parecen encontrarse los enfoques científicos y los
objetivos del estudio del contexto evolutivo. Es muy común el
reconocimiento, por parte de investigadores que realizan estudios
muy avanzados en distintos campos de la Biología molecular y de la
Genética, de su total falta de formación (y en muchos casos, de
interés) sobre la evolución. Pero lo más sorprendente es que existen
científicos, que utilizan abundantemente esta terminología
evolutiva, que parecen compartir la visión popular de que la
evolución es sólo "un tema muy interesante", es decir, desligado del
presente. Este desinterés por los procesos evolutivos resulta tan
absurdo para un biólogo como sería para un químico aprender a
producir compuestos y a utilizar los términos "sulfato",
"reducción", "metilación"... sin tener el menor conocimiento de la
tabla periódica de los elementos.
Y no parece ser éste el único problema (en sí mismo, suficientemente
difícil de superar) que plantea el intento de poner un cierto orden
en el caos teórico en que está sumida la Biología. Para muchos
científicos parece que "no pasa nada". Porque existe una
incomprensible obcecación en negarse a admitir que la creciente
acumulación de información que desmiente las interpretaciones
tradicionales conduce a plantearse la necesidad de un cambio de
perspectiva. Una actitud totalmente contraria al espíritu
científico, que tiene entre sus principios no dar nunca ningún
conocimiento o teoría por definitivos y someterlos permanentemente a
un análisis crítico, porque es un intento de mantener la concepción
darvinista de la Naturaleza (que ha pasado a convertirse en
creencia) contra todas las evidencias (tanto históricas como
científicas) y de introducir los nuevos datos, por contradictorios
que sean, en el modelo "clásico", aunque para ello se tenga que
recurrir a la retórica mas elaborada, pero menos coherente que se
pueda concebir. Esta actitud está nítidamente representada en un
ensayo de Antonio Calvo Roy (2002), cuyas conclusiones dan título al
presente escrito: Se trata de una dura crítica al libro "La
tautología darwinista y otros ensayos de Biología" de Fernando
Vallejo, seguida de un elogio altamente "constructivo" del, ya
mencionado, "Deconstruyendo a Darwin" de Javier Sampedro, que
finaliza así: Con generosidad y con rigor, el periodista aborda la
evolución del evolucionismo y llega hasta nuestros días para ofrecer
una síntesis posible de la historia de la vida en la Tierra: Muy
pocos momentos únicos de grandes saltos no darvinistas, crisis de especiaciones con cierta frecuencia, como las que propone Gould en
su equilibrio puntuado, y selección natural en la mayor parte del
tiempo de la vida. Nada de adaptación, sino mutaciones acertadas en
una historia de constantes saltos en el vacío (jirafas de un solo
golpe, camellos justo en el desierto) es, en cambio, la propuesta de
Vallejo. En todo caso, dos demostraciones más de la buena salud de
Darwin. Un "diagnóstico" que se puede compartir a condición de que
se admita que una perfecta salud es compatible con un "trastorno
psicológico disociativo", porque convertir los hechos comprobados en
excepciones y las especulaciones o creencias jamás verificadas en la
norma, puede ser considerado como la construcción de una especie de
realidad virtual. Porque sólo esas “pocas excepciones” son
suficientes para demostrar la invalidez del modelo teórico. Pero
además, si los "pocos momentos" de grandes saltos "no darwinistas" y
las frecuentes "crisis de especiaciones" son precisamente los
sucesos en los que se producen los cambios evolutivos (los "hechos
fundamentales" de Crick), y "la mayor parte del tiempo", durante la
cual lo que se observa es la "estasis" evolutiva, es cuando está
actuando la selección natural, ¿cuál es exactamente su papel en la
evolución?
Pero, antes de intentar responder a esta pregunta, quizás sea
conveniente comenzar por preguntarnos de qué estamos hablando
exactamente cuando nos referimos a "la evolución". Porque
si no se
define con un mínimo de precisión el fenómeno a estudiar, corremos
el riesgo de no saber qué es lo que se está buscando, e incluso de
no comprender qué es lo que se ha encontrado.
Si prescindimos de definiciones (o creencias) clásicas, y nos
limitamos a describir lo que se observa en el registro fósil y en
los organismos vivos, lo que encontramos a lo largo del primero, es
la aparición, de una forma discontinua y repentina, de distintos
tipos de organización que, a gran escala, también representan
distintos niveles de complejidad (si bien lo que podemos considerar
el nivel "más bajo", representado por las bacterias, es, en sí
mismo, de una gran complejidad). Parece razonable admitir que un
organismo eucariota unicelular (aparecidos hace unos 1400 millones
de años) es más complejo que una bacteria (presentes en el registro
fósil desde hace alrededor de 3600 millones de años), y que un
organismo multicelular (cuya entrada en escena se data en torno a
los 675 millones de años) es más complejo que uno unicelular, porque
también hemos podido comprobar empíricamente que unos constituyen,
sucesivamente, los componentes de los otros.
A partir de la aparición de los organismos multicelulares, lo que
nos muestra el registro fósil, cada día más informativo, son grandes
cambios de organización morfológica en fauna y flora, expresados en
bruscas explosiones de diversidad y coincidentes, en su mayoría, con
disturbios geológicos que dan inicio a los grandes períodos que han
recibido sus denominaciones, fundamentalmente, por sus faunas
características. (De hecho, las representaciones actuales de las
filogenias animales y vegetales han renunciado a las tradicionales
en forma de árbol, e incluso a las líneas discontinuas para
representar las inexistentes formas intermedias. Puede comprobarse,
entre otros, en
http://www.ucmp.berkeley.edu/phyla/metazoafr.html de
la Universidad de Berkeley). Las “formas de transición” entre un
tipo y otro de organización que, según la concepción tradicional
deberían existir “en un número inconcebiblemente grande” (por
lógica, incluso aunque el registro fuera extremadamente incompleto,
deberían ser mucho más numerosas que las supuestas “formas finales”)
siguen ausentes del registro fósil por más que su hallazgo haya sido
el objetivo fundamental de los paleontólogos durante más de 150
años. Un objetivo que siempre ha acabado por ser sustituido por el
de explicar “porqué no se encuentran”.
Es decir, se trataría de buscar algún fenómeno que permita explicar
lo que observamos, y no de intentar explicar porqué no podemos ver
lo que esperamos. Y, dado que lo que observamos resulta muy
diferente a lo que cabría esperar según la concepción tradicional de
la evolución, es de suponer que el fenómeno buscado también lo sea.
Para ello, abandonemos por el momento el registro fósil e intentemos
dilucidar cómo se han podido producir estos cambios en los seres
vivos a la luz de los nuevos conocimientos. Si las características
morfológicas de un organismo se producen durante la morfogénesis,
parece obvio que un cambio de morfología ha de tener lugar mediante
una modificación en el proceso morfogenético. Y sabemos que éste es
un fenómeno extremadamente jerarquizado e interconectado en el que
unos pasos necesitan de otros previos y que los procesos
embrionarios están interrelacionados de tal forma que una alteración
de su curso produce un cambio “en cascada” que conduce a grandes
modificaciones en el resultado final. Modificaciones que serán tanto
mayores cuanto más temprana sea la fase del desarrollo en que se
produzcan, por lo que un cambio en la organización general no puede
producirse mediante la acumulación de pequeños cambios en
variaciones superficiales “prácticamente imperceptibles”.
Por tanto, para intentar comprender cómo se ha producido la
evolución lo que habrá que buscar son procesos que permitan
explicar, a la vez, lo que se observa en el registro fósil y lo que
se observa en los seres vivos, es decir, fenómenos comprobables,
verificables, que tengan relación con la formación de organismos
complejos a partir de otros más simples y datos o experimentos que
permitan comprender cómo se pueden producir los cambios morfológicos
y estructurales durante la embriogénesis.
Esto último resulta tan evidente que (¡por fin!) ha surgido un nuevo
campo de investigación sobre las implicaciones del desarrollo
embrionario en la evolución: la Evo-Devo Biology. Los datos que
aportan estas investigaciones son verdaderamente impresionantes, sin
embargo la, al parecer obligada, interpretación dentro de los
(amplios) márgenes de la teoría ortodoxa o, al menos, de su
vocabulario (los “barajamientos” de grupos de genes, la denominación
de “mutaciones” a los reordenamientos o duplicaciones, la
“competencia” entre las células, la “selección familiar” para
explicar el origen de los organismos multicelulares…) dificulta
enormemente la comprensión del significado de estos fenómenos.
Pero ni siquiera esto implica que se haya concedido al proceso
embrionario su auténtico papel en la evolución (es sólo “otra”
especialidad). La confusa distinción entre “microevolución” (es
decir: variabilidad) y “macroevolución” (es decir: evolución), cuya
supuesta continuidad “con el tiempo” se ha dado por cierta sin la
existencia de la menor prueba (más bien, existen pruebas de su
imposibilidad), permite otro “apartado” en las revistas y textos
científicos en el que, bajo el epígrafe “Evolución” se nos habla de
altruismo y egoísmo, de selección de grupo, de la competencia entre
los animales o entre las plantas para “propagar sus genes”… a pesar
de que estos procesos, en el caso de que realmente existan y no sean
una deformación antropocéntrica de los fenómenos naturales, no
tengan la menor relación con los complejos procesos genéticos y
embriológicos implicados en los cambios evolutivos. Dentro de esta
situación resulta muy difícil intentar sacar a la luz los problemas
de la teoría ortodoxa, ya que todo es evolución (adaptación es
evolución, especiación es evolución, incluso emigración es
evolución…), y la simple “demostración” de que en la Naturaleza
existe algo que denominamos “competencia” es suficiente para validar
la teoría oficial.
Ante este obstáculo, que dificulta cualquier intento de debate sobre
la evolución porque resulta muy difícil llegar a un acuerdo, ni
siquiera sobre el punto de partida, es decir, de qué se está
hablando, puede ser razonable, para finalizar este largo preámbulo,
recurrir a uno de los más grandes filósofos de la Ciencia, Paul
Feyerabend, por si nos puede iluminar sobre el problema (y las
consecuencias) de la trampa del lenguaje en que está sumida la
Biología: Llegados a este punto, podemos querer comparar, en nuestra
imaginación y de manera abstracta, los resultados de la enseñanza de
lenguajes diferentes que incorporan diferentes ideologías. Podemos
querer cambiar conscientemente algunas de estas ideologías y
adaptarlas a puntos de vista más “modernos”. Es muy difícil decir
cómo cambiaría esto nuestra situación, salvo que hagamos el supuesto
adicional de que la cualidad y la estructura de aquellas sensaciones
que entran en el cuerpo de la ciencia, son independientes de su
expresión lingüística. Dudo mucho acerca de la validez incluso
aproximada de este supuesto, que puede refutarse mediante ejemplos
simples. Y estoy seguro de que nos estamos privando a nosotros
mismos de nuevos y sorprendentes descubrimientos en tanto que
permanezcamos dentro de los límites definidos por él. (El subrayado
es mío).
CUADRO 1 (Opcional)
Con permiso y contra los consejos, me permito insistir…
Una objeción muy frecuente a mis intentos de poner de manifiesto los
componentes culturales y sociales de la teoría darwinista es que “no
es una crítica científica, sino ideológica”, lo cual resulta una
obviedad (en lenguaje científico, una perogrullada), porque lo que
se está analizando es precisamente una ideología. Este intento de
descalificación resulta sorprendente, viniendo de creyentes en una
doctrina supuestamente científica cuyos conceptos centrales, sus
argumentos y su terminología son, como ha sido señalado por
pensadores de la talla de Bertrand Rusell, G. Bernard Shaw o Arthur
Koestler, una proyección sobre la Naturaleza de los principios
económicos y sociales de lo que ahora se conoce como “economía de
mercado”, pero que sigue siendo lo mismo que fue desde el principio,
es decir, un juego de palabras para justificar “científicamente” la
explotación. (Pero parece que los prejuicios son sólo los de los
otros: los prejuicios propios son “la verdad objetiva”). Quizás sea
conveniente insistir en algo que también han puesto de manifiesto
distintos filósofos de la Ciencia, así como brillantes científicos,
pero que no parece necesario documentar porque resulta del más
elemental sentido común: nadie, ningún ser humano, está libre, en la
formación de su pensamiento, de las influencias recibidas de su
entorno cultural y social, de su formación y de sus experiencias
personales que, en definitiva, le dotan de una determinada
concepción (interpretación) de la realidad, es decir, de una
ideología. (En este contexto, los que se autoproclaman carentes de
ideología, lo que manifiestan en realidad es su conformidad con la
ideología dominante). Ningún científico (a no ser que, como Funes el
memorioso, padezca de algún problema que limite la funcionalidad de
su cerebro) puede pretender que sus interpretaciones estén libres de
estas influencias, y sería bueno tomar conciencia de este hecho,
porque si se carece de la capacidad para reconocer un fenómeno tan
evidente, difícilmente se estará capacitado para percibir otros
menos obvios.
No me cansaré de insistir sobre la importancia de este fenómeno que,
si subyace en todas las teorías científicas, como han puesto de
manifiesto, entre otros, Max Planch o Albert Eisntein para una
disciplina tan aparentemente desligada del contexto social como la
Físca, qué no ocurrirá en el caso de la que pretende explicar las
relaciones entre todos los seres vivos (especialmente los humanos),
su origen e, incluso, su comportamiento. Por eso, a pesar de que
estas críticas se utilizan para descalificar ("de un plumazo") la
totalidad del contenido científico de los textos en que aparecen y,
a pesar de que he sido apercibido por amigos y colegas de buena fe
(sí, existen) de que este aspecto puede ser considerado como "el
punto flaco" de mis argumentos científicos, me resisto a renunciar a
dejar constancia de ello, porque estoy convencido de que si no se
tiene en cuenta este hecho difícilmente se podrán identificar los
problemas de interpretación de la teoría evolutiva.
Por eso mismo, no puedo dejar de admitir que mis argumentos y su
terminología ( integración, cooperación, coexistencia, igualdad en
la "aptitud", necesidad de todos los seres vivos...) reflejan,
inevitablemente, una postura ideológica opuesta a la de "la
competencia", "el más apto", "el costo-beneficio", "la explotación
de recursos" ... y, desde luego, poco conforme con la dominante en
el Mundo. Pero, en cualquier caso, y asumiendo que todos los
términos usados para describir la realidad desde distintas
perspectivas incorporan distintas ideologías, se trataría de
comprobar qué prejuicios se ajustan más adecuadamente a los
fenómenos naturales.
La conclusión-confesión a que quiero llegar con esta disquisición es
que, aunque en lo escrito hasta ahora y en lo que sigue a
continuación he eludido y eludiré (hasta nuevo aviso) este aspecto
del problema teórico (para que no “degrade” el análisis científico),
quiero insistir en que considero esencial tenerlo en cuenta, y que
pretender ignorarlo puede ser un error irreparable, por lo que, una
vez más, quiero dejar constancia de ello.
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(Hacia) un nuevo modelo teórico |
La tarea de interrelacionar la ingente cantidad de información sobre
los fenómenos biológicos existente en la actualidad mediante un
modelo teórico que les dote de sentido y coherencia, es una labor
formidable que requeriría los esfuerzos conjuntos de especialistas
de todos los campos de estudio de la Biología y, seguramente, de
otras disciplinas como Matemáticas, Química, Física y, posiblemente,
(tal vez, especialmente) de otros ámbitos de la búsqueda del
conocimiento, como la Filosofía. Pero la deriva de la investigación
hacia la Biología aplicada, la creciente (e inevitable)
especialización, el (evitable) carácter competitivo de la
investigación y el clima general antes expuesto, no conforman una
situación propicia para esta labor cooperativa (con perdón). Esto
puede ser la justificación (así lo espero) del atrevimiento de
intentar plantear, a título individual, las bases de un modelo
alternativo (más bien, opuesto) al convencional, formulado por
primera vez en 1995 y concretado en 1997 con la denominación de
“Integración de sistemas complejos”.
Puede parecer pretencioso o, incluso, candoroso el intento de
plantear las bases (o el bosquejo) de "un nuevo modelo teórico",
nada menos que para una ciencia con tal cantidad de campos de
estudio y tan gran cúmulo de conocimientos como es la Biología, pero
he recibido recientemente la justificación (o al menos, la
exculpación) mediante el hallazgo de una propuesta de Erwin
Schroedinger para hacer frente al problema de la dispersión y
descontextualización de los conocimientos científicos: Yo no veo
otra escapatoria frente a este dilema (si queremos que nuestro
verdadero objetivo no se pierda para siempre) que la de proponer que
algunos de nosotros se aventuren a emprender una tarea sintetizadora
de hechos y teorías, aunque a veces tengan de ellos un conocimiento
incompleto e indirecto, y aún a riesgo de engañarnos a nosotros
mismos.
Bajo esta protección moral y en la convicción de que, en el caso de
resultar una interpretación errónea no sería perjudicial ya que no
se puede obligar a nadie a aceptarla, me voy a permitir, una vez
más, exponer a la consideración de los lectores, esta vez de un modo
más explícito, sus (posibles) bases conceptuales, su (posible)
significado y sus (posibles) implicaciones en la interpretación de
los fenómenos biológicos. Este nuevo intento surge de la sospecha de
que, a juzgar por cómo ha sido recibida esta propuesta en el entorno
más próximo, con actitudes que van desde el estupor hasta la
indignación, pasando por la (al parecer, mayoritaria) negación de su
existencia, quizás no haya sido planteada anteriormente con
suficiente claridad como (base de) modelo teórico, aunque no se
pueden descartar otros motivos para su “inexistencia”.
Previamente, quiero dejar constancia de dos consideraciones que
pueden mitigar la sensación de falta de prudencia (o modestia)
científica que puede producir en el lector el atrevimiento de
plantear "una nueva propuesta teórica". En primer lugar, (y por si
esto puede contribuir a que sea tenida en cuenta) que no existe por
mi parte la menor pretensión de originalidad en la formulación de
los "mecanismos" y procesos evolutivos. Todos han sido propuestos
por distintos autores (algunos muy antiguos), rechazados en su
momento y desechados en su mayoría. Lamarck, Cuvier, Goldsmith,
Child, Merezhkovsky, Gould y Eldredge, Steele, Hoyle (Ver Sandín
1995, etc.) han planteado, en diferentes contextos y, en algunos
casos, con diferentes significados, cada uno de los componentes
fundamentales de esta propuesta. Simplemente, se ha tratado de
interrelacionarlos en un contexto general a la luz de nuevos datos
que les dan coherencia y, desde mi punto de vista, un significado
diferente al atribuido por estos autores en sus aportaciones
individuales.
En segundo lugar, soy consciente de que se trata de un punto de
partida. Cuando lo planteo como "modelo" pretendo indicar que no se
trata de una teoría (como, sorprendentemente, de autodenomina el
darwinismo), porque una teoría científica ha de disponer de algún
tipo de reglas precisas que permitan relacionar, comprender (y, por
tanto, predecir) todos los fenómenos que pretende explicar. Desde
luego, la enorme amplitud del campo de estudio y la gran cantidad de
información (sorprendente) que se está obteniendo sobre la enorme
complejidad de los más ínfimos procesos biológicos supera las
limitaciones, no ya de una persona sino, posiblemente, de varias
generaciones, lo que abre un enorme campo de posibilidades para
nuevas aportaciones y, sobre todo, nuevas interpretaciones, que
permitan la elaboración de una verdadera teoría científica para la
Biología.
Por eso, si se me permite, animo a mis colegas (en el más amplio
sentido, lo que incluye desde los estudiantes de primer curso, y
sólo excluye a los que "ya se lo saben", los cuales, lógicamente, no
tienen nada que aportar) a seguir los consejos de Brenner y
Schroedinger: a dudar, a criticar, a reflexionar, a proponer y a
confundirse, porque seguramente es una actitud (y una actividad) más
científica que la de "comulgar con ruedas de molino" o practicar la
rutina y el dogmatismo de una supuesta teoría sin base real.
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La “integración de sistemas complejos” |
El concepto de “integración de sistemas complejos” parte de la
existencia de dos hechos constatados empíricamente (dos “sucesos
excepcionales”); el origen de la célula eucariota, como resultado de
la agregación de bacterias, y la capacidad de los virus de
insertarse en los genomas como un “paquete completo de información”,
junto con la idea de que la información genética es un fenómeno de
gran complejidad que implica la interacción simultánea de ADN, ARN y
proteínas de una forma muy precisa, es decir, funciona como lo que
Michael Behe (1999) ha denominado un “sistema irreductiblemente
complejo”. Y esto último se refleja en que el más “elemental”
sistema vivo (autorreproducible) sólo puede existir mediante la
actividad simultánea de estos tres tipos de moléculas, a su vez de
una extraordinaria complejidad, en condiciones de aislamiento del
medio, es decir, protegidas por una membrana.
La aparición y ensamblamiento de todos estos componentes de una
forma independiente, gradual y al azar es una especulación difícil
de apoyar e imposible de demostrar que ya ha sido discutida
anteriormente (Sandín, 2002), pero de lo que sí tenemos pruebas
reales es de la aparición de los primeros sistemas vivos en la
Tierra. La repentina presencia de las bacterias en unas condiciones
que hacían imposible la vida tal como la conocemos resulta tan
desconcertante para la concepción tradicional que ya se está
planteando “oficialmente” la posibilidad de que su origen sea
exterior a la Tierra (Ver Ball, 2001). Esta posibilidad, junto con
el hecho de que las bacterias fueron las que crearon las condiciones
atmosféricas necesarias para la vida que conocemos, les dota de un
carácter digno de una atención y una consideración muy especial.
Pero no sólo por eso. Su demostrada participación en el origen de
las células de que están compuestos todos los seres vivos acentúa su
carácter especial, y es el primer “salto evolutivo” producido por la
integración de varios sistemas complejos en otro de mayor
complejidad.
La extremada conservación de los procesos genéticos y celulares
básicos de origen bacteriano en los seres vivos actuales (Gupta,
2001; Margulis, 2002) es una de las más fuertes refutaciones de la
hipótesis del azar en los cambios evolutivos, pero además nos han
aportado informaciones muy sugerentes sobre el origen de la vida en
la Tierra: William Ford Doolittle (2000), ha estudiado el ARN
ribosómico de eubacterias y arqueobacterias (o arqueas) y ha llegado
a la conclusión de que no se puede hablar de un origen común en la
forma tradicional de un árbol con una raíz, sino de la existencia de
“una comunidad ancestral” de células primitivas. Aunque la prudencia
(o los preconceptos) parecen obligar a enunciar estas conclusiones
tan significativas de una forma un tanto ambigua, parece claro lo
que quiere decir: que los distintos tipos de bacterias que
aparecieron en la Tierra no pudieron surgir a partir de un antecesor
común, sino que tuvieron que ser diferentes desde el principio.
Esta, aparentemente extraña, posibilidad viene apoyada por una
"reinterpretación" del estudio sobre el "Origen de los ecosistemas”
de Ricard Guerrero, uno de los más prestigiosos expertos españoles
en ecología y genética microbiana y estudioso del origen de la vida,
con un argumento que parece de gran peso, aunque esté condicionado
por la visión convencional de la evolución de la vida "a partir de
una primera célula": Las mutaciones que originaron cambios en el
metabolismo del las primeras células causaron el establecimiento de
las primeras cadenas tróficas, en las que los productos del
metabolismo de unos organismos eran la fuente de nutrientes para
otros, permitiendo que se produjese la ecopoyesis. /.../ Cuando la
vida se originó en la Tierra, si no se hubiese producido pronto un
reciclado de la materia, los seres vivos, con un metabolismo
idéntico, habrían agotado todos los recursos y la vida se habría
extinguido en unos 300 millones de años. La reinterpretación
consiste en cambiar la frase: Las mutaciones que originaron cambios
en el metabolismo de las primeras células, que es una suposición,
por los argumentos, basados en observaciones, de Doolittle.
Las más recientes estimaciones sobre la cantidad y la diversidad
bacteriana existente arrojan cifras mareantes: unos dos millones de
"especies" (ésta es una denominación discutible, como veremos más
adelante) en los océanos y ¡más de cuatro millones! en una tonelada
de tierra de un jardín (Curtis et al., 2002). Sólo en las aguas
marinas, se ha calculado su número total en más de 3x10e28. El
número existente en los suelos (y subsuelo) debe de ser
prácticamente imposible de concebir. No parece necesario insistir en
su papel fundamental para el mantenimiento de la vida: degradación
de sustancias tóxicas, fijación de Nitrógeno en plantas,
regeneración de suelos y aguas, participación imprescindible en los
procesos digestivos (entre otros) de los animales... Su capacidad de
"intercambiar información genética", potencialmente entre todos los
tipos existentes, hace poco consistente sus denominaciones
"específicas". En palabras de Lynn Margulis (2002): No se puede
hablar de especies bacterianas, aunque tampoco de una “única
especie”.
Todo esto (y algunas otras condiciones) convierte en absurda la
consideración de las bacterias como "microorganismos patógenos" (en
algunos trabajos científicos se puede leer la calificación de las
bacterias como "nuestros peores competidores"). Insisto en que si
realmente esa fuera su condición fundamental, tendríamos pocas
posibilidades de "vencerlas". Cada día está más claro que las
bacterias son un componente imprescindible de los fenómenos de la
vida, y que su actividad patógena, extremadamente minoritaria en
relación a su número total, se ha podido comprobar que está
relacionada con la transferencia “horizontal” de genes como
respuesta a agresiones ambientales.
En definitiva, si nos intentamos desprender de los tópicos
“obligatorios” en la concepción de los fenómenos biológicos y
reflexionamos sobre el significado de estos hechos de tanta
trascendencia en el origen de la vida y en su funcionamiento actual,
no se puede por menos que pensar que las bacterias son “algo
especial”. Su aparición en la Tierra con todos los procesos
metabólicos y genéticos celulares básicos, su actividad en la
creación de las condiciones adecuadas para la vida, su sistemática
agregación sucesiva (resulta absurdo pensar que ocurrió “una sola
vez” o “en un solo individuo” y, sobre todo, como resultado de un
“canibalismo”) para formar las células eucariotas con sus orgánulos,
su actividad reguladora en organismos y ecosistemas… Parece poco
menos que una superstición el seguir manteniendo que todos estos
fenómenos son resultado de “adaptaciones” surgidas por “mutaciones
al azar” y dirigidas por la selección natural. En otras palabras, se
puede llegar a la conclusión de que las bacterias tienen esas
capacidades porque son los componentes básicos de la vida.
Pero no parecen ser los únicos. Las investigaciones (fundamentales)
de Radhey Gupta (2000) y William Ford Doolittle (2000) arrojan luz
(y, sobre todo, datos) sobre el siguiente “salto” en la evolución:
el origen de los organismos multicelulares. El primero ha podido
identificar, mediante la comparación de una gran cantidad de genomas
procariotas y eucariotas secuenciados, el origen de grupos concretos
de genes de eucariotas: los relacionados con la transmisión de
información genética provienen de arqueobacterias; los implicados en
el metabolismo celular de eubacterias. Es decir, se trata de los
genes que controlan las funciones celulares básicas. Para el resto
de los genes de los organismos eucariotas, como pueden ser los que
controlan las funciones reguladoras y de desarrollo, y que según
Doolittle se ignora de donde pudieron haber venido (obsérvese la
terminología empleada), encuentra necesaria la existencia de un
cuarto dominio de organismos, extinguido en la actualidad, que
transfirió horizontalmente al núcleo de las células eucariotas los
genes responsables de estos caracteres. La síntesis de estas
consideraciones (basadas en datos reales) de dos de los más
prestigiosos expertos mundiales en el origen de los eucariotas es,
por una parte, la extremada conservación de los procesos biológicos
básicos (es decir, que son poco susceptibles a las “mutaciones al
azar”), por otra, que esta extremada conservación y especificidad de
estos procesos hace muy poco probable que los genes responsables del
desarrollo en los organismos multicelulares (también tan
específicos) hayan podido surgir como consecuencia de mutaciones al
azar en genes responsables de estas funciones básicas. Por eso Doolittle habla de la necesidad “de un cuarto dominio” que
transfiriera esos genes. Actualmente, sabemos que existe en la
Naturaleza algo que no es exactamente un cuarto dominio de seres
vivos, que no se ha extinguido, pero que tiene la capacidad de
“transferencia horizontal de genes”: Los virus.
El estudio profundo y sistemático de los genomas y las cápsidas de
los virus (fagos) de las bacterias y arqueas ha llevado a Zillig y
Arnold (1999) a la conclusión de un origen polifilético para ellos
(no parece necesario traducir de nuevo estos términos). Según estos
expertos, Dado que necesitan una célula para multiplicarse, los
investigadores creyeron durante mucho tiempo que los virus tenían
como origen genes celulares. Esta afirmación no parece ser muy
realista, porque (en la situación de desorganización teórica de la
Biología) “todavía” se puede leer en serios artículos científicos
que los virus son trozos de genomas que han “escapado de las
células” y que sus cápsidas proceden de la adquisición “de un gen
celular (¿) env”. Una interpretación basada en la doctrina del
ADN
egoísta, a todas luces absurda, desmentida por las impresionantes
características de las cápsidas virales y su motor molecular (ver
Sandín, 2002), por su posesión de polimerasas muy especiales y
porque implicaría que este extraño suceso (¿aleatorio?) habría
debido de ocurrir tantos millones de veces como posibles tipos de
virus existen en la Naturaleza. Porque ésta es otra información que
desbarata la vieja concepción de los virus y su papel en los
fenómenos naturales. Según los resultados de los estudios sobre los
virus en aguas marinas (Fuhrman, 1999), los virus son las
“criaturas” mas diversas y numerosas de la Tierra. Sólo en las aguas
marinas son de 5 a 25 veces más abundantes que las bacterias (cabe
suponer que la población de los suelos será, como mínimo,
proporcional). Su papel ecológico se puede considerar como la base
de los ecosistemas marinos y se especifica concisamente en el
resumen del trabajo de Fuhrman en la revista Nature: “Marine viruses
and their biogeochemical and ecological effects”, e incluye el
control de: ciclos de nutrientes, respiración del sistema,
distribución de partículas por tamaño y tasas de precipitación,
biodiversidad de bacterias y algas y distribución de especies,
control de la expansión de las algas, formación de sulfuro de dimetilo (fundamental, al parecer, para la nucleación de las nubes)
y transferencia genética. Algunas de estas funciones también se
están comprobando en ecosistemas terrestres.
Pero, al igual que las bacterias, su presencia en la Naturaleza no
está sólo relacionada con su (fundamental) papel ecológico y de
transferencia genética horizontal, en la que los plásmidos, también
de un evidente origen viral (Sandín, 95), juegan un papel primordial
en la transferencia de “genes bacterianos”. La creciente proporción
de secuencias de origen viral en los genomas animales y vegetales ha
llegado a su culminación con los datos y, en parte, la consiguiente
“reinterpretación” de las conclusiones del informe sobre la
secuenciación (extremadamente parcial, porque sólo se trata de los
genes “que codifican proteínas”) del genoma humano (The Genome
Sequencing Consortium, 2001). La relación de secuencias de origen
bacteriano, de secuencias reconocibles como derivadas de virus, de
elementos móviles; transposones y retrotransposones (derivados de
virus y retrovirus) y de retrovirus endógenos, añadida a las
secuencias repetidas ( producidas, inevitablemente, por el proceso
mediante el que los retrotransposones se mueven por el genoma,
produciendo copias de sí mismos), y sumadas a las secuencias
altamente repetidas como los elementos denominados Alu, repetidos
miles de veces y considerados inicialmente ADN “basura” (es decir
ADN “no codificante”) pero que recientemente han mostrado que, como
era previsible (Sandín, 2001; 2002) no son ADN basura inútil, sino
más bien importantes componentes integrales de los genomas
eucariotas (Makalowski, 2003) y, dado que estos últimos constituyen
más del 95% del genoma humano, todo esto lleva a la inevitable
conclusión (ver Sandín, 2002) de que los genomas animales y
vegetales están constituidos por una suma de genomas bacterianos y
virales.
El reconocimiento de estos hechos no es una cuestión de falta de
evidencias, porque son datos que están ahí. Es una cuestión de
interpretación, es decir, de preconceptos (o, si se me permite, de
prejuicios). Por una parte, sobre su condición: “microorganismos
patógenos” (como consecuencia de su descubrimiento a causa de su
actividad de causantes de enfermedades); “competidores” nuestros
(como consecuencia de la concepción, ya convertida en tradicional,
de las relaciones entre los seres vivos); que “sólo buscan
reproducirse” ( “posiblemente”, como consecuencia de las arraigadas
obsesiones culturales, inevitables de mencionar, puesto que hablamos
de interpretaciones, sobre el egoísmo, el individualismo, la
competencia… implícitas en la formulación del darwinismo, y que se
manifiestan de un modo muy patente en la “teoría” del Gen egoísta).
Por otra parte, y como consecuencia de lo anterior, sobre la
explicación de su presencia en los genomas: “parásitos”, “ADN
egoísta”, “basura”, “virus polizones”…
Desde hace mucho tiempo, y ahora cada vez más, estamos acostumbrados
a oír y a leer que el ADN ha sufrido duplicaciones, transposiciones,
inversiones, inserciones, delecciones (como veremos más adelante,
todas ellas de gran importancia en las “remodelaciones” de los
genomas). Su difusa explicación o, más bien, su “no explicación” ha
sido siempre (Ayala, 1999) “otro tipo de mutación”. Hoy sabemos que
son producidas por elementos móviles, y que se activan como
respuesta a estímulos ambientales, como se ha podido comprobar
experimentalmente.
En cuanto a la relación de los elementos móviles con los virus, no
quisiera resultar reiterativo (en este caso, además, por una
cuestión de aburrimiento propio) sobre las alternativas que se
suelen plantear como si el que fuera una u otra la correcta no
tuviera la menor importancia: que los primeros (transposones y
retrotransposones) provengan de virus y retrovirus por pérdida de
los genes codificadores de la cápsida o, como hemos comentado, que
los virus provengan de unos elementos móviles, surgidos
milagrosamente en los genomas gracias a su condición de “ADN
egoísta”, y que hayan adquirido las sorprendentes cápsidas de “genes
celulares” (¿). Aunque ésta última parece la interpretación
mayoritaria, por adecuarse a la concepción “ortodoxa” de la
evolución, no parece necesario insistir en la mayor consistencia
lógica de la primera, y mucho más si tenemos en cuenta los datos
antes expuestos.
Una vez asumida esta alternativa, que parece la más coherente con el
conjunto de la información que hemos visto, se pueden afrontar otros
fenómenos, cuyas “explicaciones” por parte de la teoría convencional
sólo se pueden calificar de “creencias en milagros”, con una base
conceptual y empírica más consistente. Por ejemplo, uno de los
“sucesos excepcionales” de mayor trascendencia en la evolución de la
vida animal: la”Explosión del Cámbrico”. Los genes Hox, implicados
en el control del desarrollo embrionario de tejidos y órganos, son,
como todos sabemos, secuencias repetidas en tándem. También sabemos
que los responsables de las repeticiones en el ADN son los
retrotransposones. Por pura lógica elemental, si estas secuencias
repetidas contienen un significado biológico (una información), ésta
debe derivar de la secuencia original que las inició. Pues bien,
tenemos algunos datos que nos pueden aportar informaciones muy
significativas sobre su origen y su actividad. Aunque también suene
repetitivo (lo cual es explicable, dado el tema de que se trata), he
de referirme, una vez más, al magnífico trabajo “Los genes del Cámbrico” de Antonio García Bellido. La forma en que los complejos
de genes/proteínas, que García Bellido ha denominado sintagmas,
controlan el desarrollo embrionario (en este caso, animal), resulta
radicalmente incompatible con la vieja idea de una evolución gradual
basada en mutaciones “al azar”. Existen sintagmas que controlan el
desarrollo embrionario de, por ejemplo, ojos, patas, alas…
independientemente del tipo de ojo, pata o ala, es decir, del Phylum
al que correspondan: Los apéndices de vertebrados y artrópodos no
son estrictamente órganos homólogos pero vemos que en su
morfogénesis hacen uso de genes y sintagmas conservados. Es decir,
otra vez más (Sandín, 2002), e incidiendo en lo antes expuesto,
existe una información con un significado biológico de forma que los
sintagmas que dirigen la producción de, por ejemplo, las
extremidades, las construyen independientemente, incluso, de la capa
embrionaria de que procedan el esqueleto interno o el externo de
vertebrados o invertebrados. Por tanto, ni siquiera se trata de una
relación directa (lineal) desde el punto de vista de su
“construcción”. Tampoco me cansaré de insistir en que este
descubrimiento (este hecho constatado) es uno de los de mayor
trascendencia y más profundo significado de los realizados
recientemente en Biología. Porque, además: En un número creciente de
casos, sintagmas casi completos están conservados en evolución.
Pero hay algunos otros datos y algunas otras consideraciones
derivadas de ellos que García Bellido plantea prudentemente en forma
de preguntas, y que quizás nosotros, que no tenemos necesidad de
tomar precauciones, podamos arriesgarnos a responder:
P.- ¿Sobre qué formas ha operado la selección para dar lugar a la
explosión evolutiva observable?
R.- Evidentemente, sobre ninguna, porque la “selección” sólo puede
“seleccionar” entre lo que ya existe, y lo que existía (y de lo que,
inevitablemente, derivan esta nuevas formas) antes de la aparición
de patas, ojos, antenas, caparazones, paletas natatorias… eran unas
microscópicas o unas extrañas formas blandas de animales de
apariencia vegetativa.
P.- Si en los apéndices de tetrápodos y los de artrópodos se usan
genes y aún sintagmas homólogos, ¿Cuál era su expresión morfológica
en los organismos precámbricos que no tenían apéndices visibles?
R.- Aunque se puede inventar cualquier explicación, lo cierto es que
resulta difícil de justificar la existencia, en los organismos
precámbricos sin apéndices visibles, de la “expresión morfológica”
de los sintagmas que contenían la información de lo que iban a ser
nuestras extremidades.
P.- ¿Han precedido los sintagmas específicos a las formas a que dan
lugar?
R.- Hay que decir que sesudos científicos “creyentes” han llegado a
la afirmación absurda de que es posible que surgieran, (por
selección natural y al azar), primero, los organismos multicelulares
y, posteriormente, los procesos y mecanismos que controlan y dirigen
su formación y disposición, pero la respuesta es inevitablemente sí,
porque la pregunta equivale a la siguiente: ¿Han precedido las
herramientas y los fabricantes al automóvil?
En definitiva, de los datos expuestos, relacionados entre sí, y de
un análisis afrontado sin las constricciones de una creencia previa
sobre “cómo ha tenido que ser”, resulta más que probable (para mí
evidente, pero puede ser resultado de una obcecación producida por
10 años de “dedicación exclusiva” al problema), que esta “aparición
súbita” de los programas embrionarios responsables de la
construcción de los organismos que, obviamente, no pueden aparecer
aleatoriamente, gradualmente y menos “por partes”, tiene que ser el
resultado de algún fenómeno real, existente (no de una creencia o
especulación sin base material). Y éste es la existencia, ya
comprobada, de una información latente en los sistemas genéticos de
los virus. El “cuarto dominio” que aportó a los organismos
eucariotas los genes/proteínas no heredados de las bacterias.
En cuanto al origen de estos dos componentes fundamentales de la
vida, resulta probablemente la cuestión más espinosa de plantear en
un contexto científico dominado por una mentalidad que, al parecer,
encuentra preferible solventar los problemas difíciles con una
supuesta “explicación” inventada, sin ningún fenómeno real que la
sustente (probablemente, surgió un “replicador”, etc.) a asumir que
existen fenómenos muy difíciles de explicar por el momento. La
aparición por partes y al azar de los complejísimos componentes de
la vida, no sólo es absurda matemáticamente sino imposible
biológicamente. Los sistemas “irreductiblemente complejos” no pueden
aparecer por partes, porque sólo existen cuando interactúan todos
sus componentes. Es decir: o son o no son. Esta condición hace que,
por extraño que parezca, y aparecieran donde aparecieran, ha de
haber sido “de repente”.
Un argumento verdaderamente simple (por calificarlo de un modo
compasivo) para descalificar la hipótesis, cada día más tenida en
consideración, de que las bacterias (y los grandes olvidados, los
virus) colonizaran la Tierra desde el espacio exterior, es que “sólo
cambia el problema de lugar” (de Duve), porque es radicalmente
opuesto el significado de que la vida sea un fenómeno azaroso, de
una probabilidad mínima (tanto que inexistente) y que se haya
producido sólo en la Tierra, a que sea inherente al Universo, y se
propague a través de él. La incógnita, que surge de esta
posibilidad, de “cuando se formó la vida por primera vez” es un
problema de difícil solución por el momento, aunque quizás no
inabordable si contamos con paciencia y la ayuda de otras
disciplinas científicas. Un recurso que suele resultar
tranquilizador para la “mentalidad científica” porque le resta al
problema el componente misterioso, es plantear la posibilidad de que
la vida sea, simplemente, “un estado más de la materia”, lo cual es
una obviedad, ya que la vida está hecha de materia, y que es “un
paso más en la autoorganización de los sistemas complejos”. Pero, lo
cierto, es que no sólo el origen de la vida es un misterio: la vida
en sí es un misterio. Resulta sorprendente la naturalidad (o la
ligereza) con que se suele hablar de las propiedades y actividades
de las proteínas (una “simples” moléculas) que “controlan” el
desarrollo embrionario o la replicación del ADN, que “revisan” y
“reparan” los errores, que “transportan” las moléculas adecuadas al
sitio adecuado y en el tiempo adecuado, “eliminan” o “renaturalizan”
proteínas defectuosas o cómo “caminan” (literalmente) por la célula…
por no hablar de su coordinación y sincronización, por miles, en los
más sencillos procesos celulares. Es decir, (y pido disculpas por la
“herejía”), que no sólo la complejidad de los fenómenos de la vida
es un misterio, sino que parece un misterio inteligente, y
precisamente por eso, es posible que algún día se pueda llegar a
comprender.
Aquí, puede ser conveniente un inciso más para aclarar que el
término "misterioso" no es sinónimo de "mágico" o "esotérico". Los
misterios, y no las obviedades, son el objeto de estudio de la
Ciencia. No quisiera abusar de las citas de grandes científicos
porque puede dar la sensación de una pretenciosa exhibición de
erudición (no es este el caso, porque tengo que decir que la mayoría
de éstas se pueden encontrar en Internet), pero en esta ocasión, y
dada la mala fama que el término parece tener entre los científicos
que dan explicaciones muy sencillas a fenómenos muy complejos, puede
ser conveniente recurrir, de nuevo, al apoyo de Albert Einstein,
cuyas ideas se pueden calificar de todo menos de simples: La
sensación más bella que se puede experimentar es la de lo
misterioso... es la fuente del arte y de la ciencia. Es decir, (e
insisto), el que sea un fenómeno misterioso no quiere decir que sea
inabordable científicamente, pero sí que no puede ser afrontado con
explicaciones simplistas.
En definitiva y para concretar, la integración de sistemas complejos
implicaría que la complejidad de los fenómenos de la vida deriva de
una gran complejidad inicial de de sus unidades (sistemas)
constituyentes (es decir, no de “una molécula con capacidad de
autorreplicación”, etc.) y que las propiedades de los sistemas que
conforman la vida (célula. órgano, organismo, ecosistema) son una
consecuencia de las propiedades de sus componentes (por otra parte,
con procesos extremadamente conservados). Por ello, tanto la
capacidad de “ajuste” de los organismos al ambiente (que conduce a
“adaptaciones” de una complejidad sorprendente y de una eficacia
significativamente coherente con la función a que están destinadas)
como las remodelaciones e innovaciones genéticas, morfológicas,
fisiológicas y ecológicas implicadas en el proceso evolutivo, son
derivadas de las capacidades y de la información contenidas en estas
unidades básicas: bacterias y virus.
Esto se refleja en unas relaciones entre los seres vivos y su
entorno caracterizadas por un intercambio continuo de información
establecida en una red que conecta el ambiente inorgánico con el
orgánico, desde el nivel celular hasta el ecosistémico, y en la que
no “sobra” nada (no hay “basura”). Los fenómenos fundamentales de la
vida no serían azarosos (las “mutaciones” son desorganizaciones de
procesos extremadamente coordinados), sino el resultado de la
interacción entre estos complejos sistemas de información entre sí y
con el entorno. En este contexto, los "cambios evolutivos" son el
resultado de reorganizaciones en esta red de información y, en su
caso, de integraciones de nuevos sistemas complejos con nueva
información, como consecuencia de la ruptura del equilibrio, que se
produce por medio de disturbios ambientales que afectan a los
ecosistemas en su totalidad. Es decir, la evolución no es un proceso
de adaptación gradual ni al azar. Es el resultado de las propiedades
de los seres vivos que derivan de la información contenida en sus
componentes. El vuelo (aparecido cinco veces en distintos Phyla) no
es una "adaptación al aire", porque no tiene sentido que una
organización animal perfectamente adaptada a la vida en el suelo (o
en los árboles) consiga "pequeños cambios" por "mutaciones al azar"
que le harían pasar por innumerables estados intermedios (o no, si
son al azar) aberrantes y difícilmente viables que, para colmo,
según la visión gradualista tendrían que tener alguna ventaja sobre
sus predecesores. El cambio entre una organización y otra no puede
pasar por pequeños modificaciones superficiales, como el cambio
entre la "organización" de una bicicleta y una motocicleta (por
poner un ejemplo simple) no se produce por modificaciones graduales
de sus piezas, sino por la adición de un sistema motor. La
adaptación no es evolución, es un ajuste perfecto y sutil al
ambiente, posterior al cambio (y dejo al lector la extrapolación del
ejemplo de las bicicletas o las motocicletas), como una propiedad de
los seres vivos, y consecuencia de su capacidad de intercambio de
información.
Llegados aquí, me veo en la obligación de manifestar la (¿suicida?)
conclusión (o convicción) de que la evolución no es evolución. La
frase "Evolución por integración de sistemas complejos" encierra una
flagrante contradicción. Si el cambio de organización se produce de
una forma brusca (es decir, no rápida, sino repentina) por adición
de un nuevo "paquete de información" o por una reorganización de las
interacciones entre los existentes, el término "evolución", cuyo
significado es "Acción de pasar gradualmente las cosas de un estado
a otro", no tiene sentido en un proceso de bruscas remodelaciones
que serían mejor descritas con el término Transformación (Sandín,
2002). Pero, como hemos visto anteriormente, los biólogos somos
especialmente prisioneros de un lenguaje tramposo, que hemos de
utilizar si queremos ser comprendidos, y la sustitución de la
palabra "evolución" por "transformación" en cualquier escrito lo
convertiría en objeto de eliminación sin la molestia previa de
leerlo (por no hablar de los calificativos dedicados al inconsciente
autor). Por ello, cuando, a partir de aquí, hablemos de evolución
hemos de tener en cuenta que nos estamos refiriendo a los cambios de
organización, es decir, no a adaptaciones ni a variabilidad ni a especiaciones, (desde el Carbonífero se han producido, por ejemplo,
miles de especiaciones de libélulas, pero siguen siendo libélulas)
que son fenómenos existentes pero no relacionados con estos cambios.
En conclusión, se trata de un modelo radicalmente opuesto al basado
en el individuo, el azar y la competencia, porque, tanto los
procesos implicados como su significado son claramente una antítesis
de aquel. Desde luego, resulta más difícil de imaginar, de
visualizar (incluido para quien esto escribe) un extraño fenómeno de
cambio brusco y simultáneo en todo un ecosistema que la visión
"popular" de "la selección igual que la de los ganaderos". Pero es a
donde nos llevan los datos comprobables si los limpiamos de
preconceptos. Renunciar a tenerlo en consideración porque choca con
arraigadas creencias y desborda nuestra capacidad de imaginación
(como lo hace la Física, por ejemplo), podría resultar una actitud
muy poco científica y muy perjudicial, porque en el caso de que
tenga alguna validez, sería renunciar a comprender algo más lo que
tenemos ante nuestros ojos.
En cualquier caso, la validez de esta propuesta, sólo podrá
valorarse de una forma: En función de su congruencia con los datos y
de su capacidad explicativa de los fenómenos observados.
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Cuando las excepciones son la regla |
Cuando se tiene el hábito (en éste caso la obsesión) de informarse
sobre las investigaciones relacionadas con la “evolución” desde
distintos campos de estudio, nos encontramos con una particularidad
que puede pasar desapercibida si se tiene por costumbre o por
obligación el centrarse en uno concreto (es la única explicación
racional posible que encuentro para esta situación): Cada vez con
más frecuencia, en las conclusiones de distintos trabajos de gran
calidad los expertos acaban considerando que “su” caso es
excepcional en la evolución. Desde el origen de la célula eucariota
pasando por la repentina aparición de las tortugas o de los
murciélagos, el brusco cambio de fauna en el límite K-T, hasta el
origen del sistema inmunitario de los mamíferos o de los mismos
mamíferos y, especialmente, en los hallazgos de actividades
genéticas de retrovirus endógenos y elementos móviles (ver Sandín
1995, etc.), los distintos especialistas, a pesar de que las
interpretaciones y argumentos empleados siguen la más estricta
ortodoxia, acaban por admitir que “su” caso no se ajusta a lo que
cabría esperar en la evolución, pero dan por supuesto que “el
resto”, que cae fuera de su especialidad, sí funciona según la
visión tradicional. Un ejemplo llamativo es el de la “explicación”
de los hechos posteriores a la “explosión del Cámbrico”: García
Bellido, entre las interesantes preguntas que hemos tratado de
responder, hace una afirmación que resulta obvia: La expansiva
diversificación morfológica en la fauna en la base del Cámbrico ha
ocurrido en animales viviendo en condiciones bióticas muy
homogéneas, lo que indica que los determinantes externos han jugado
un papel mínimo en esa disparidad. Supongo que después de lo visto
no será necesario traducir el significado de que los determinantes
externos han jugado un “papel mínimo”, pues bien, a partir de ahí,
todo va “mejor”: Así se inició una competición morfológica y de
comportamiento entre organismos, elaboraciones que han continuado y
diversificado desde entonces. Ante esta desalentadora y
aparentemente, obligatoria introducción de la competencia, aunque
sea “después” de los “sucesos excepcionales” y aunque no tenga la
menor relación con los fenómenos que se han estudiado, sólo se puede
responder como en el conocido chiste en el que avisan de que se
están pegando las lentejas: “Déjalas que se maten”.
Contrasentidos de este tipo son muy abundantes en trabajos que
documentan unos hechos (unos datos) de extremado interés y
totalmente contradictorios con la visión tradicional pero que, al
parecer, a modo de “salvoconducto”, han de presentar en algún lugar
del texto los términos “competencia” o “selección” al menos una vez.
Por ejemplo, si se comprueba la respuesta genética de un organismo a
presiones ambientales a éstas se las denomina “presión de
selección”. Si se observa la extremada conservación de un proceso
celular se justifica por la actuación de una “selección depuradora”
o de la “convergencia”, etc. Pero si se observan los datos obtenidos
y se prescinde del vocabulario “oficial”, nos encontramos con que la
suma de sucesos excepcionales y datos “reinterpretados” junto con la
multitud de informaciones muy significativas presentadas sin ninguna
referencia al contexto evolutivo constituye, no ya un número muy
superior al de los que, supuestamente, se ajustan a la teoría
ortodoxa, sino que son los únicos datos reales (es decir, no
hipótesis o interpretaciones) que tenemos sobre los procesos
“evolutivos”.
La cantidad de investigaciones que aportan informaciones de estas
características se está convirtiendo en ingente y desborda, tanto
las dimensiones aceptables (?) en un artículo, como la capacidad de
análisis y síntesis de quien esto escribe, entre otras cosas, porque
la “jerga” especializada de determinados campos de estudio
dificulta, en ocasiones, la asimilación completa del texto (aunque
entre esas “otras cosas” también puede mencionarse una formación
“arcaica” carente de algunas terminologías y de conceptos recientes,
procedentes de distintos campos, que ahora son familiares a los
jóvenes biólogos). Por estos motivos, puede resultar más eficaz
exponer unas breves reseñas de algunas de estas publicaciones
dejando al criterio del joven lector (en el más amplio sentido) la
interpretación dentro del contexto del que venimos hablando. Quiero
aclarar que no se trata de un “trabajo de curso” impuesto a los
alumnos (también es opcional) aunque, como dice un sabio y, sin
embargo, amigo mío: ¿Qué científico que estudia la vida no es un
alumno? (Prada, 2003).
Para no resultar reiterativo (otra acusación, también reiterativa,
que resulta sorprendente por venir de personas que comparten y
transmiten interpretaciones que llevan repitiéndose 150 años) voy a
prescindir de investigaciones extraordinariamente significativas que
ya han sido expuestas en otros escritos (ver, especialmente, el
artículo: “Hacia una nueva Biología") y a limitarme a trabajos muy
recientes, cuyos resultados son dignos de una profunda atención y,
en su caso, reinterpretación.
Con el fin de intentar exponerlos con algún orden, comenzaremos con
los trabajos paleontológicos, que presentan dos vertientes: por una
parte los que documentan “sucesos excepcionales” y por otra los que
explican porqué no se encuentran “formas de transición”. En el
primer aspecto, el artículo: “A Trigger for the Cambrian Explosion?”
de Richard A. Kerr en Science (2003) comienza así: Sedimentos en Oman
aportan evidencia de que una extinción (ocurrida) hace 542
millones de años sienta las bases para una proliferación de salvajes
y maravillosas formas de vida.
Antes del comienzo de período Cámbrico hace 542 millones de años, la
vida era microscópica, vegetativa o tan rara que hoy parece de otro
mundo. Entonces, en un momento geológico, una explosión evolutiva
sembró el registro fósil con restos reconocibles de cada forma
básica de animal que conocemos hoy. /…/ El sedimentólogo John
Grotzinger del Instituto de Tecnología de Massachussets y sus
colegas han reportado la más reciente evidencia de un disparador
para la explosión Cámbrica: una extinción hace 542.0 millones de
años, posiblemente a causa o cuando el mar profundo expulsó aguas
nocivas.
En el artículo: “Impact Ejecta Layer from the Mid-Devonian: Posible
Connection to Global Mass Extinctions” de Brooks B. Ellwood y
colegas en Science (2003), el texto del resumen es el siguiente:
Hemos encontrado evidencia de el impacto de un bólido en la Tierra
en el Devónico medio (hace unos 380 millones de años) que incluye
altas concentraciones de cuarzo golpeado, anomalías en Ni, Cr, As, V
y Co; una gran anomalía en concentración negativa de isótopo de
Carbono y microesférulas y microcristas en Jebel Mech Irdane en el
desierto del Antiatlas cerca de Rizan, Marruecos. Este impacto es
importante porque es coincidente con una gran extinción global (Kacák/Otomari),
lo que sugiere una posible relación causa-efecto entre el impacto y
la extinción. El resultado represente la extinción de tanto como el
40% de todos los géneros marinos vivientes.
En “East of Eden at the Paleocene/Eocene Boundary” (Science, 2003),
Chris Beard confiesa: Los geólogos dividen la larga saga de la
historia de la Tierra en capítulos conocidos como eras, períodos y
épocas. Antes incluso de que Darwin publicase “El origen de las
especies”, esos intervalos eran reconocidos sobre la base de los
conjuntos fósiles distintivos que los caracterizaban. Entender cómo
cuando y porqué esos antiguos ecosistemas reemplazaron uno al otro
permanece como una cuestión central para las ciencias de la tierra y
de la vida.
En la página 2062 de esta número, Bowen et al. Presentan datos que
documentan el más dramático cambio biótico de los últimos 65
millones de años (la Era Cenozoica), popularmente conocida como la
Edad de los Mamíferos. Esta radical remodelación de la biota de la
Tierra coincidió con un breve pero intenso episodio de calentamiento
global en la frontera Paleoceno/Eoceno, hace sobre 55 millones de
años.
Artículos de éste tipo, que a veces y para sorpresa de los propios
autores, documentan “remodelaciones radicales de la biota”
relacionados con disturbios ambientales a escala global, son cada
día más frecuentes, pero se complementan con la segunda vertiente:
los destinados a plantear “explicaciones” para estos fenómenos: Por
ejemplo, Andrew B. Smith, en el artículo “Making the Best of a
Patchy Fósil Record”(Science, 2003), escribe: Durante las dos
décadas pasadas, la mayoría de los paleontólogos han asumido que el
registro fósil, aunque incompleto, provee una representación
razonablemente adecuada de los niveles de biodiversidad pasados. En
su perspectiva, Smith explica que esta asunción puede no ser
correcta. Subraya el informe de Crampton et al. que muestra que la
diversidad de moluscos en Nueva Zelanda en los pasados 60 millones
de años está correlacionada con el área de la superficie de roca
expuesta. Esta desviación de la muestra debe ser considerada en
estudios de biodiversidad pasada.
Aunque existen más trabajos en ambos sentidos (algunos de ellos
perdidos entre una montaña de separatas, impresiones y fotocopias,
que sólo aparecerán cuando no los esté buscando), dejo a la libre
voluntad del lector la interpretación de la importancia relativa de
los datos aportados por estas dos vertientes de la investigación.
En lo que se refiere a los estudios que pueden aportar luz sobre los
fenómenos mencionados, es decir las investigaciones sobre biología
del desarrollo, la información es tan abundante (y está a
disposición de quien la solicite, naturalmente, en el caso de que la
encuentre en ese momento), que me veo obligado a seleccionar algunas
especialmente sugerentes: En “Developmental biology: Modular
feedback” (Science, 2002) Niehrs y Meinhardt plantean: Para entender
la señalización celular durante el desarrollo necesitamos conocer
cómo redes de señalización de conjunto –no sólo sus componentes
individuales- son regulados. /…/ Parecidos a “operones” bacterianos,
los grupos de sinexpresión en animales son módulos genéticos en los
que la función y expresión de diferentes genes están estrechamente
correlacionados. Los grupos de sinexpresión funcionan en muchos
procesos diferentes, desde la señalización celular y el ciclo de
división celular hasta la secreción de proteínas. De hecho, la
expresión coordinada de genes que actúan en el mismo proceso celular
es un fenómeno muy extendido en animales, como se ha revelado por
los clusters de expresión observados en experimentos de
“microarrays” que detectan la expresión de muchos genes
simultáneamente.
La integridad y coordinación del proceso de construcción de un
organismo parece cada día más manifiesta: El reloj animal está
formado por una variedad de mecanismos de conteo que siguen unas
reglas temporales variadas a diferentes frecuencias y, a menudo, se
desarrollan en paralelo sin ninguna interacción aparente entre una y
otra. El objetivo del reloj del desarrollo no es simplemente marcar
el tiempo, sino integrar y unificar la miríada de señales temporales
recibidas del conjunto del organismo. (Denis Duboule. “Time for
Chronomics?”. Science, 2003).
En cuanto a las implicaciones evolutivas de esta integridad y
coordinación, se pueden encontrar en los datos (y, en su caso, la
“traducción” de su terminología) de artículos como: “Hox protein
mutation (en el texto se refiere a activación-desactivación)
and
macroevolution of the insect body plan” (Ronshaugen et al., 2002),
“Loss and recovery of wings in stick insects” (Whiting et al.,
2003), o “Serial deletions and duplications suggest a mechanism for
the collinearity of Hoxd genes in limbs” (Kmita et al., 2002).
La complejidad de los fenómenos biológicos está mostrando unas
características radicalmente opuestas a las asunciones en que se
basa la visión convencional, como subrayan los autores del siguiente
artículo, en el que merece la pena detenerse: “Life’s Complexity
Pyramid” (Oltvai y Barabási, 2003). Las células y los
microorganismos tienen una impresionante capacidad para ajustar su
maquinaria intracelular en respuesta a cambios en su entorno,
disponibilidad de alimento y estado de desarrollo. Añadido a esto,
(tienen) una sorprendente habilidad para corregir errores
–combatiendo los efectos de fallos como mutaciones o plegamientos
erróneos de proteínas- y hemos llegado a una cuestión fundamental en
la biología celular contemporánea: nuestra necesidad de comprender
la asombrosa complejidad, versatilidad y robustez de los sistemas
vivientes. Aunque la biología molecular ha ofrecido muchos éxitos
espectaculares, está claro que el inventario detallado de genes
proteínas y metabolitos no es suficiente para entender la
complejidad celular. /…/ De acuerdo con el dogma básico de la
biología molecular, El ADN es el depositario último de la
complejidad biológica. De hecho, está generalmente aceptado que el
almacenamiento de la información, el procesamiento de la información
y la ejecución de varios programas celulares reside en distintos
niveles de organización: el genoma, transcriptoma, proteoma y
metaboloma de la célula. No obstante la distinción entre esos
niveles organizacionales ha caído bajo el fuego. Por ejemplo,
mientras la información a largo plazo está almacenada casi
exclusivamente en el genoma, el proteoma es crucial para el
almacenamiento de la información a corto plazo y la información
controlada por factores de transcripción está fuertemente influida
por el estado del metaboloma. Esta integración de diferentes niveles
organizacionales nos fuerza crecientemente a ver las funciones
celulares como distribuidas entre grupos de componentes
heterogéneos, todos los cuales interactúan dentro de una gran red.
Pero los dogmas (básicos o secundarios) que están “cayendo bajo el
fuego” son mucho más abundantes de lo que cada especialista puede
suponer. Veamos unos resultados sorprendentes: En el artículo
publicado en PNAS de informativo título, “Developmental regulation
of intestinal angiogenesis by indigenous microbes via Paneth cells”
(Stappenbeck et al., 2002) los autores comparan el desarrollo
postnatal de la microvascularización del intestino en ratones con y
sin Bacteroides thetaiotaomicron, un prominente habitante de
digestivo normal de ratón/hombre. /…/ Estos hallazgos revelan un
mecanismo previamente inapreciado del desarrollo postnatal animal en
el que microbios que colonizan la superficie mucosa tienen asignada
la responsabilidad para regular la elaboración de la microvascularización subyacente mediante señalización a través de sensores bacterianos de células epiteliales. (El subrayado es mío).
Una información de extraordinario interés es la que se refiere a
cómo se han constituido los distintos genomas (en su más amplio
sentido) a lo largo de la historia de la vida: La piedra angular de
la teoría de la evolución de Charles Darwin es la herencia vertical
de los rasgos de padres a hijos a través de sucesivas generaciones.
No obstante, los biólogos moleculares evolucionistas han mostrado
que una extensiva transferencia horizontal (también conocida como
lateral) puede ocurrir entre especies de relación lejana. /…/ Lo que
está en juego es un conocimiento fundamental de cómo evolucionó la
vida y un profundo conocimiento del funcionamiento de todos los
genomas, incluido el humano. (Brown, 2003: “Ancient horizontal gene transfer”). Un conocimiento que se amplía de forma imparable:
“Presentamos un análisis sistemático y objetivo de las secuencias
del genoma humano para identificar regiones cromosómicas parálogas (paralogones)
formadas durante la evolución de los cordados y para estimar las
edades de los genes duplicados. Hemos encontrado que el genoma
humano contiene muchos más paralogones que los que cabría esperar al
azar. /…/ Nuestros resultados apoyan la propuesta de que muchas de
las familias de genes en vertebrados se formaron o se expandieron
por duplicaciones a larga escala en cordados tempranos. (McLiysaght
et al., 2002: “Extensive genomic duplication during early chordate
evolution”).
Además, la información genética no está sólo en los genes que
codifican proteínas: “… en organismos que cubren desde plantas al
hombre hay cientos de pequeños RNAs (18-25 nucleótidos) que son
activamente transcritos y altamente conservados entre especies
relacionadas./…/ El año pasado, dos grupos publicaron los
espectaculares hallazgos de que muchas de las aparentes dianas de
los microRNAs eran factores de transcripción implicados en el
control de procesos de desarrollo. (Benfey, 2003: “Molecular biology:
MicroRNA is here to stay). Véase también: “No Junk After all”
(Makalovsky,
2003) y “Essential role of the mitocondrial apoptosis-inducing
factor in programmed cell death” (Joza et al., 2001). En cuanto a la
relación de la información con el ambiente, tiene distintos
procesos: “La estructura de la cromatina es dinámica y ejerce un
profundo control sobre la expresión de los genes y otros procesos
celulares fundamentales. Los cambios en su estructura pueden ser
heredados por las siguientes generaciones independientemente de la
secuencia del ADN” (Felsenfeld y Groudine, 2003: “Controlling the
double helix”). Otros aspectos de esta información se pueden obtener
(en algunos casos, tras una “depuración” del leguaje) en artículos
como: “Stress-Induced Mutagenesis in Bacteria” (Bjedov et al.,
2003), o “Characteristic genome rearrangements in experimental
evolution of Saccharomyces cerevisiae” Dunham et al., 2002).
Pero la “caída bajo el fuego” de “piedras angulares” de la teoría
convencional está llegando a los conceptos más básicos y,
aparentemente indiscutibles: Incluso bajo la asunción, como hemos
visto, errónea, de que la información genética está sólo en “las
regiones de ADN que codifican proteínas” el número de “genes” de un
organismo se resiste a revelarse: “Tengo que decir que no conocemos
el verdadero número de genes de ningún organismo, y ciertamente,
tampoco para humanos” dice el experto en bioinformática Phil Green
de la Universidad de Washington. En el artículo “Geneticists play the numbers game in vain” (Nature, 2003), se llega a la siguiente
conclusión: “Puede que no haya nunca un número final”, predice Jean Weissenbach, director de centro de secuenciación Génoscope en Evry,
Francia. Incluso algo tan basal para los conceptos y las fórmulas
matemáticas de la evolución neodarwinista como es la existencia de
“genes dominantes y recesivos” está siendo puesto en cuestión por
estudios como “Dosage sensitivity and the evolution of gene families
in yeast” (Rapp et al., 2003) que llegan a la conclusión de que:
Esto apoya la hipótesis de que la dominancia es un subproducto de la
fisiología y el metabolismo más que el resultado de la selección
para enmascarar los efectos deletéreos de las mutaciones.
La cantidad de informaciones (de datos) que contradicen la
concepción tradicional de los procesos evolutivos y de los fenómenos
biológicos más básicos es abrumadora y se podría continuar
indefinidamente (no huyáis, que os perseguiré) según progresan las
técnicas y metodologías de estudio. Pero, para finalizar esta
relación superficial pueden ser muy informativos dos trabajos que,
por su carácter de revisión, aportan un análisis global que llevan
necesariamente a conclusiones globales extraordinariamente
significativas sobre las que quizás merezca la pena reflexionar. En
la revista TREE, dedicada exclusivamente a los estudios sobre
evolución, Robert L. Carroll, de la Universidad McGill en Canadá,
publicó, en el año 2000, un artículo titulado: “Hacia una nueva
síntesis evolutiva” en cuyo resumen plantea: Los nuevos conceptos e
informaciones de la biología molecular de desarrollo, sistemática,
geología y del registro fósil de todos los grupos de organismos
necesitan ser integrados en una síntesis evolutiva expandida. (El
subrayado es mío). Sin embargo, en el texto expone argumentos e
informaciones que hacen dudar sobre si lo que se necesita realmente
es una “expansión”. Las más impactantes características de la
evolución a gran escala son las extremadamente rápidas divergencias
de los linajes, próximas al tiempo de su origen, seguidas de largos
períodos en los que los planes corporales básicos y formas de vida
se mantienen. Lo que no se encuentra son las muchas formas
intermedias hipotetizadas por Darwin y las divergencias continuas de
los principales linajes en el morfoespacio entre los distintos tipos
adaptativos. /…/ La extremada velocidad de los cambios anatómicos y
radiaciones adaptativas durante este breve período requiere
explicaciones que van más allá de las propuestas para la evolución
de las especies en los biota modernos. En cuanto a la “Explosión del Cámbrico”:
Esta explosiva evolución de phyla con diversos planes
corporales no es, ciertamente, explicable por extrapolación de los
procesos y tasas de evolución observados en especies modernas, sino
que requiere una sucesión de eventos únicos. En estos eventos están,
obviamente, implicados los genes Hox: Más recientemente, los
conocimientos sobre biología molecular han revelado cómo los genes
controlan el desarrollo y cómo modificaciones en esos genes pueden
resultar en cambios evolutivos de todas las magnitudes./…/ Sin
embargo, hasta ahora hay relativamente poca integración de la nueva
evidencia, tanto de genética molecular como de paleontología, en las
publicaciones de genética de poblaciones. Esto es especialmente
conspicuo en el área de genética cuantitativa, que sigue tratando
los rasgos poligénicos de una manera estadística, como si fueran el
resultado de efectos aditivos de un gran número de genes
esencialmente equivalentes. En definitiva: … para la mayor parte de
la duración de la mayoría de de las especies hay relativamente poco
cambio neto, incluso durante cientos de miles de años. Los
relativamente raros eventos envueltos en el origen de los
principales nuevos taxones o en la divergencia morfológica
significativa al nivel de especies requieren mucho más que la normal
consistencia de la selección direccional.
Pero una explicación a estos “eventos relativamente raros” puede
estar en el magnífico artículo, exhaustivamente documentado y
valientemente interpretado, publicado en ANNUAL REVIEW OF GENETICS
(2003) por Wolf-Ekkehard Lönnig y Heinz Saedler del Instituto Max
Planck. Su título, “Chromosome rearrangements and transposable
elements” no da una idea de las interesantes cuestiones que plantea,
de las que nos dan más información en el resumen: Recientes
investigaciones a gran escala han confirmado y ampliado el número de
casos antiguos de elección de sitio diana (“puntos calientes” para
integración de elementos transponibles), lo que implica
reordenamientos cromosómicos preestablecidos más que accidentales
para la recombinación no homóloga del ADN huésped. Se discute la
posibilidad de una generación de biodiversidad y nuevas especies
parcialmente predeterminada. (El subrayado es mío).
La visión de
bastantes expertos en el estudio de transposones sobre el, más bien
abrupto, origen de nuevas especies no ha sido sintetizado dentro de
la escuela paleontológica de la teoría macroevolutiva del equilibrio
puntuado, a través de sus características consistentes con el
registro fósil.
Resulta difícil seleccionar algunas frases significativas, porque
toda la revisión es una densa y documentada (tiene 152 referencias
bibliográficas) exposición de crecientes demostraciones
experimentales de las actividades de los elementos móviles y sus
posibles implicaciones evolutivas, por lo que parece razonable
limitarse a algunas que pueden responder las preguntas del trabajo
antes citado: Nuevos resultados sobre selección de sito diana por tansposones , es decir, sitios calientes para integración de
elementos transponibles (1, 2, 11, 19, 22, 36, 42, 74, 86, 106, 112,
125, 149) (Un inciso: ¡No será por falta de datos!) combinados con
la teoría del campo cromosómico, sugieren que hay un apropiado grado
de canalización del curso futuro de la diversificación cromosómica,
correspondiente a algo como una limitación (“constraint”) y
predestinación concerniente a la biodiversidad./…/ De acuerdo con McClintock, Syvanem (137) ha señalado: “Yo creo que los transposones
tienen el potencial para inducir cambios altamente complejos en un
evento simple”. /…/ Particularmente a propósito aquí vienen las
siguientes palabras de “un hombre tan vigoroso e influyente” (52)
como el paleontólogo alemán Otto H. Schindewolf (116): “Según la
teoría de Darwin, la evolución tiene lugar exclusivamente por la vía
de pequeña y continua formación y modificación de especies. /…/
Nuestra experiencia, obtenida de la observación del material fósil,
contradice directamente esta interpretación. Nosotros encontramos
que la estructura organizadora de una Familia o un Orden no surge
como el resultado de modificaciones continuas en una larga cadena de
especies, sino mas bien por medio de una repentina y discontinua
remodelación del complejo tipo de Familia a Familia, de Orden a
Orden, de Clase a Clase. Los caracteres que cuentan para las
distinciones entre especies son completamente diferentes de los que
distinguen un tipo de otro”.
El final del artículo merece una seria reflexión en el contexto de
lo que hemos visto hasta ahora: La evaluación exacta de las
posibilidades y límites de las contribuciones mediadas por elementos
transponibles al origen de las especies y especialmente de las
categorías sistemáticas superiores está sólo en su estado temprano.
Todavía se necesita una investigación exhaustiva en estas y otras
cuestiones relacionadas. /…/ No obstante, ante el hecho de los
numerosos problemas científicos todavía no resueltos en el contexto
del origen de las especies y categorías sistemáticas superiores,
debemos, probablemente, estar bien preparados para continuar dando
la bienvenida a la plétora de diferentes y divergentes ideas e
hipótesis sobre el origen de la vida en todas sus formas así como
permanecer mentalmente abiertos a los resultados reales de las
investigaciones, dondequiera que nos lleven.
Es comprensible que resulte difícil de creer que tantos científicos
brillantes durante tanto tiempo (150 años) hayan estado siguiendo un
camino equivocado, aunque es cierto que no ha sido un caso único en
la historia de la Ciencia, pero los datos, cada día más precisos,
tanto del registro fósil como de los procesos biológicos están
poniendo de manifiesto que la visión darwinista de la Naturaleza no
es sólo una visión sesgada o incompleta, sino una deformación
totalmente errónea de los fenómenos naturales basada en un hecho tan
poco natural (es más, tan opuesto a lo natural) como es la selección
de los ganaderos en animales domésticos (Darwin, 1859) y elaborada
en una época en la que los conocimientos científicos sobre los
fenómenos biológicos eran extremadamente limitados, incluso entre
los científicos profesionales. Tampoco hay que olvidar que, como el
mismo Darwin explica en “Sobre el origen de las especies, etc.” sus
conceptos centrales “lucha por la vida” y “supervivencia del más
adecuado” son una interpretación de las relaciones entre los seres
vivos basada en los principios económicos y sociales de Malthus y
Spencer. Pero lo que, a veces, llega a parecer desalentador es tomar
conciencia de lo difícil que va a ser salir de este camino. No va a
resultar sencillo desenredar la maraña de conceptos confusos o
vacíos de contenido, de términos cargados de significado
antropocéntrico y de asunciones, al parecer, irrenunciables, porque,
como ya se ha dicho, han pasado a formar parte del vocabulario de la
Biología. Este fenómeno llega a tal extremo que, incluso en trabajos
como los que hemos citado, que no sólo aportan datos que arrumban
con el modelo tradicional, sino que los presentan con un espíritu
contradictorio con éste, se “cuelan” en sus argumentos los tópicos
más radicalmente darvinistas. Un caso ilustrativo puede ser el
último artículo citado, en el que Lönning y Saedler escriben la
siguiente cita: "Lo que estoy tratando de transmitir es que debido a
la ausencia de conocimiento de mecanismos moleculares, la selección
es empleada como una especie de remedio general por el biólogo. Cada
vez que un fenómeno aparece en biología y se ignora, obviamente, su
mecanismo, es invocada la selección y el problema queda resuelto.
Sin embargo, más adelante concluyen: ...la elección de sitio diana
también ha sido encontrada en regiones heterocromáticas y otras
regiones con bajo contenido de genes o sin genes (1, 11, 103, 147) y
esa clase de selectividad puede ser parte de la estrategia de
supervivencia de elementos transponibles egoístas. Pueden proliferar
con perjuicio mínimo para sus hospedadores y, por tanto, para ellos
mismos.
A este problema, extraordinariamente abundante en las publicaciones
más recientes (y más contradictorias con la visión tradicional), se
le añade el de la introducción de nuevos términos de carácter
supuestamente científico, pero con un enorme componente social, para
conseguir introducir los nuevos datos en el viejo paradigma. Por
ejemplo: el término "coopción" significa algo así como "aprovecharse
de las capacidades o actividades de otros en beneficio propio" (no
parece necesario enumerar las múltiples actividades humanas en que
esto se produce de forma habitual y "legal"). Pues bien, en el
artículo "Gene Co-Option in Physiological and Morphological
Evolution", True y Carroll (2002) nos informan de que: La coopción
ocurre cuando la selección natural encuentra nuevos usos para rasgos
existentes, incluyendo genes, órganos y otras estructuras
corporales. /.../ Nosotros integramos esta información con recientes
modelos de evolución de familias de genes para aportar un marco para
entender el origen de evolución cooptiva y el mecanismo mediante el
que la selección natural promueve novedades evolutivas inventando
nuevos usos para el juego de herramientas genético.
El concepto de selección natural parece haberse convertido, tras 150
años de uso, de una pura especulación (Cuando vemos que han ocurrido
indudablemente variaciones útiles para el hombre, no podemos creer
improbable que ocurran en el curso de muchas generaciones sucesivas,
otras variaciones útiles de algún modo a cada ser en la batalla
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