Superando los modelos
tradicionales de las ciencias biológicas – ligados a supuestos que
tal vez hayan obstaculizado en parte la explicación del origen y la
arquitectura morfológicofuncional de las estructuras y los procesos
orgánicos–, las nuevas ciencias de la complejidad abren perspectivas
hacia una futura integración de las diferentes disciplinas que
abordan el problema de la autoorganización. El nacimiento de estos
enfoques –que entroncan con viejos proyectos teóricos como la teoría
general de los sistemas de von Bertalanffy, Paul Weiss, Anatol
Rapport y Keneth Boulding; el desarrollo de la cibernética a partir
de los trabajos de Norbert Wiener, W. Ross Ashby y Stafford Beer; la
termodinámica del no equilibrio de Aharon Katchalsky e Ilya
Prigogine; o la teoría de los autómatas celulares iniciada por John
von Neumann–, el nacimiento de estos enfoques –decíamos– posee un
interés generalizado por su ámbito de inserción científica, pero lo
tiene en especial dentro del dominio de problemas que plantean los
sistemas dinámicos adaptativos. En efecto, las obras y recientes
trabajos de GellMann, Kauffman, Goodwin, Eldredge o Gould, entre
otros muchos, suponen un desafío al darwinismo ortodoxo, y, al
tiempo, un prometedor programa de investigación. Las aportaciones de
la dinámica no lineal y la termodinámica del no equilibrio en las
últimas décadas del siglo XX y en estos primeros años del siglo XXI
se ofrecen, en realidad, como un contexto de interpretación que ha
modificado en profundidad nuestro modo de entender los sistemas
complejos, la emergencia, la adaptación o la autoorganización. El
formato a que obliga la ponencia que se presenta a un congreso nos
impide entrar en los detalles que caracterizan las líneas de
investigación desarrolladas por los autores que acabamos de citar,
pero nos es suficiente destacar sus propuestas más generales y
básicas, que resumiríamos así: 1) atención al organismo como entidad
fundamental, frente al reduccionismo ontológico y epistemológico que
sitúa en los genes el estrato primario de composición y explicación;
2) acento en la relevancia que dentro de la dinámica morfogenética
poseen los factores estructurales internos, frente a la
consideración excluyente de los factores externos; 3) aspiración a
una interpretación legal de la organización, frente a la simple
narración histórica; 4) consideración de la forma biológica como un
aspecto esencial, y no meramente accidental, de los organismos; 5)
acercamiento a los organismos como sistemas autoorganizados y
adaptados que manifiestan propensiones funcionales; organismos que
no pueden asimilarse a escuetas máquinas de supervivencia. Pues
bien, nuestra comunicación pretende poner de manifiesto que todas
estas premisas tienen alguna sintonía con determinadas posiciones
defendidas por JeanBaptiste Pierre Antoine de Monet, Caballero de La
Marck. Procuraremos mostrar, en realidad, que la morfología
simultáneamente generativolegal y genealógica –a la que invitan, por
ejemplo, Goodwin o Kauffman– recuerda al marco teórico propuesto por
Lamarck en su Filosofía zoológica.
Es un lugar común que la culminación del transformismo predarwiniano
está contenida en las obras de Lamarck, quien empieza a divulgar sus
ideas hacia 1800 (lección inaugural del curso que imparte sobre
invertebrados, publicada un año más tarde con el título de El
sistema de los animales sin vértebras), aunque es en la Filosofía
zoológica, de 1809, donde dichas ideas quedan sistematizadas1. El
concepto rector de la obra es la idea de una transformación orgánica
que habría llevado, de modo singularmente lineal, desde los
organismos simples hasta los más complejos en organización. La
naturaleza ha producido –declara el naturalista francés– sucesiva y
gradualmente los distintos seres vivos según la complejidad
creciente que se hace manifiesta en la scala naturae. De hecho, el
orden en que se disponen los grupos animales a lo largo de dicha
escala –primero los más perfectos y luego los más simples– viene a
representar el orden inverso con el que se han originado en la
naturaleza. Un origen y una evolución lineal mantenido
perpetuamente, porque los organismos vivos más simples –cree Lamarck–
nacen espontáneamente. De esta manera, su transformismo cristaliza
en una idea de evolución continua y siempre renovada, con pocas
ramificaciones en la línea filogenética, y con una drástica
separación entre los reinos animal y vegetal.
¿Cuáles son los mecanismos responsables del proceso? En las dos
obras ya mencionadas queda contenida la teoría lamarckiana sobre las
causas de la evolución, fijandose en primer lugar dos leyes: la del
uso y el desuso de los órganos y la de la heredabilidad de los
caracteres adquiridos (Filosofía zoológica).
Eran concepciones que, no obstante, formaban parte ya de la cultura
científica, y cuya paternidad no puede atribuírsele. En la Historia
natural de los animales sin vértebras les antepondrá dos más, dando
a las cuatro la siguiente formulación:
1ª La vida, por sus propias fuerzas, tiende continuamente a
acrecentar el volumen de todo cuerpo que la posee, y a extender las
dimensiones de sus partes hasta un término que establece por sí
misma.
1 La exposición que realizamos de la biología lamarckiana es un
resumen del capítulo dedicado al autor de la Filosofía zoológica en
GONZÁLEZ RECIO, J.L. Teorías de la vida, Madrid, Síntesis, 2004, pp.
215232.
2ª La producción de un nuevo órgano en un cuerpo animal resulta de
la aparición de una nueva necesidad, que continúa haciéndose sentir,
y de un nuevo movimiento que esta necesidad hace nacer y mantiene.
3ª El desarrollo de los órganos y su fuerza de acción están
constantemente en razón del empleo que se hace de ellos.
4ª Todo lo que ha sido adquirido, trazado o cambiado en la
organización de los individuos, durante el curso de sus vidas, es
conservado por la generación y transmitido a los nuevos individuos
que provienen de aquellos que han sufrido estos cambios (Lamarck,
1969, vol.I: 181182).
Tomadas en conjunto, las cuatro leyes pretenden dar cuenta tanto de
las pequeñas transformaciones sucesivas como de la evolución en un
sentido global. La primera ley atiende a la organización ascendente
que se da en la filogenia. La segunda y tercera se refieren a la
actuación de las circunstancias ambientales. Y la cuarta, por
último, garantiza la transmisión de las ventajas adaptativas que el
animal adquiere en el transcurso de su vida. Ahora bien, las
circunstancias del entorno provocan transformaciones directas
únicamente en las plantas y los animales inferiores, en realidad.
Por lo que se refiere a aquellos animales que poseen sistema
nervioso, la modificación de las circunstancias ambientales a que
están sometidos lo que origina son nuevas necesidades, que producen
nuevos hábitos, que, a su vez, después de muchas generaciones, dan
lugar a la aparición de nuevos órganos. La función crea el órgano es
el conocido lema que suele utilizarse como resumen del transformismo
lamarckiano, y que debe complementarse con el supuesto de que en los
animales de menor complejidad las condiciones externas pueden
inducir cambios directamente.
El cuadro teórico fundamental propuesto en la Filosofía zoológica se
encuentra compendiado en el capítulo VII del libro. Lleva por
título: De la influencia de las circunstancias sobre las acciones y
las costumbres de los animales, y de la de las acciones y las
costumbres de estos cuerpos vivos, como causas que modifican su
organización y sus partes. Lamarck se enfrenta sin demasiada
retórica a la cuestión que quiere abordar, y a poco de empezar el
capítulo declara:
En realidad, desde hace mucho tiempo, se ha notado la influencia de
los diferentes estados de nuestra organización sobre nuestro
carácter, nuestras inclinaciones, nuestras acciones e incluso
nuestras ideas, pero me parece que todavía no ha habido nadie que
haya hecho conocer la de nuestras acciones y nuestras costumbres
sobre nuestra misma organización […].
La influencia de las circunstancias, efectivamente, actúa siempre y
en todas partes sobre los cuerpos que gozan de la vida, pero lo que
hace que esta influencia nos sea difícil de captar es que sus
efectos no se vuelven sensibles o reconocibles (sobre todo en los
animales) sino después de mucho tiempo (Lamarck, 1971: 177178).
Lamarck desea establecer, en suma, la noción de una scala biológica
casi unilineal y ascendente, que se presentaría con un curso todavía
más regular, de no ser por la multitud de influencias a que se ven
sujetos los seres vivos. Cree que la materia viva tiende de manera
espontánea a componer una complejidad creciente –primera ley–. Las
circunstancias del medio hacen que, aunque no se pierda esa
linealidad en el avance continuo hacia formas más complejas de
organización, el trayecto filogenético no se manifieste en su
regularidad original. Con todo, lo que aquí se llaman circunstancias
ambientales no actúan directamente como agentes modificadores. Es
precisa una mediación que queda aclarada en los siguientes términos:
En efecto, será evidente que el estado en que vemos a todos los
animales es, por una parte, el producto de la complejidad creciente
de la organización que tiende a formar una gradación regular, y, por
la otra, que es el de las influencias de una multitud de
circunstancias muy diferentes que tienden continuamente a destruir
la regularidad en la gradación de la composición creciente de la
organización.
Aquí se hace necesario que explique el sentido que yo concedo a
estas expresiones: Las circunstancias influyen sobre la forma y la
organización de los animales, es decir, que al volverse muy
diferentes cambian, con el tiempo, esta forma e incluso la
organización por medio de modificaciones proporcionadas.
Seguramente, si se tomasen estas expresiones al pie de la letra, se
me atribuiría un error; pues sean cuales sean las circunstancias, no
operan directamente sobre la forma y sobre la organización de los
animales ninguna modificación.
Pero grandes cambios en las circunstancias producen grandes cambios
en las necesidades de los animales y cambios iguales en las
acciones. Así, si las nuevas necesidades se vuelven constantes o muy
duraderas, los animales adquieren nuevos hábitos, que son tan
duraderos como las necesidades que los han hecho nacer. He aquí algo
que es fácil de demostrar, y que ni siquiera exige explicación para
ser comprendido.
Así, pues, es evidente que un gran cambio en las circunstancias, que
se haya convertido en constante para una raza de animales, conduce a
éstos animales a nuevos hábitos.
Según esto, si unas nuevas circunstancias, convertidas en
permanentes para una raza de animales han dado a estos animales
nuevos hábitos, es decir, los han llevado a nuevas acciones que se
han convertido en habituales, habrán hecho que tal parte se use con
preferencia a tal otra, y, en ciertos casos, la falta total de
empleo de una parte que se habrá convertido en inútil (Lamarck,
1971: 179180).
En los vegetales la acción del ambiente se ejerce con mayor
inmediatez, pero incluso aquí, por cercana que sea tal acción, no
dejan de
existir niveles mediadores. En sentido estricto, las circunstancias
del entorno
operan sobre los movimientos vitales de la planta –sobre su
fisiología–, y son
éstos, después, los que moldean la estructura del vegetal. "Todo se
opera por
los cambios que provienen de la nutrición del vegetal, de sus
absorciones y sus
transpiraciones, de la cantidad de calórico, de luz, de aire y de
humedad que
recibe habitualmente, y de la superioridad que ciertos movimientos
vitales
pueden adquirir sobre los demás" (Lamarck, 1971: 180181).
De ello resulta que,
al ser tan cambiantes las circunstancias ambientales sobre la
superficie de la
Tierra, las formas vegetales y animales tienden constantemente a
variar, con
independencia de su propensión espontánea a modificarse, adquiriendo
una
mayor complejidad. Lamarck introduce en este pasaje de la Filosofía
zoológica las
leyes sobre el uso y desuso de los órganos y sobre la heredabilidad
de los
caracteres adquiridos. Una vez fijadas, y habiendo aludido –bien es
verdad que
sin mucho detenimiento– al tipo de alteraciones del ambiente que
pueden
provocar cambios en las necesidades de los seres vivos, procura
ilustrar con
ejemplos su visión de los mecanismos transformadores.
El modelo de Lamarck está lejos de ser un modelo simple, pese a
lo que pudiera parecer a primera vista. Como habrá podido
constatarse, la idea
de una composición creciente de la organización, fundada en la mera
espontaneidad de la materia viva, juega un papel importante dentro
de su
sistema. Sin embargo, es un principio que se postula sin más
especificaciones ni
apoyaturas: es un axioma dentro del mundo conceptual de la Filosofía
zoológica.
Pero existe aún otro principio que sólo en contadas ocasiones cobra
una
formulación explícita. Lamarck defiende con reiteración que las
circunstancias
ambientales producen necesidades nuevas, y que a éstas el organismo
responde con nuevas acciones. Mas lo que no siempre formula es su
pretensión
de que la voluntad del animal cumple una función primaria en este
encadenamiento de causas. Lo que mueve a un animal a realizar una
acción
cualquiera es su voluntad. Las voliciones animales son el nexo entre
las
necesidades a satisfacer y las acciones emprendidas para cubrirlas.
Y es esa
preponderancia decisiva de la voluntad –que luego se expresará
fisiológicamente en la afluencia de fluido nervioso– la que se erige
en segundo
principio de la filosofía que hay en la Filosofía zoológica, y la
que torna más
sofisticada la posición de su autor, quien afirma:
Más tarde intentaré demostrar que, cuando la voluntad determina a
un animal a una acción cualquiera, los órganos que deben ejecutar
esta
acción se ven conducidos a ella por la afluencia de fluidos de
sutiles (del
fluido nervioso) que se convierten en la causa determinante de los
movimientos que la acción de que se trata exige. Una multitud de
observaciones constatan este hecho que ahora no sabríamos poner en
duda.
De esto resulta que las repeticiones multiplicadas de estos actos de
organización fortifican, extienden, desarrollan, e incluso crean los
órganos
que son necesarios. No hay más que observar atentamente lo que
sucede
en todas partes en este sentido, para convencerse del fundamento de
esta
causa de desarrollo y de los cambios orgánicos (Lamarck, 1971:
202203).
Las modificaciones que sufre un órgano a través del hábito son
conservadas en la descendencia, pasan a la generación siguiente, si
se trata de
cambios que incorporan los dos individuos que intervienen en la
reproducción
sexual. De este modo se propagan las novedades estructurales,
adquiriéndolas
muchos individuos por una vía distinta a la que las ha creado. Por
el contrario,
en las reuniones reproductivas donde se mezclan caracteres
diferentes, el efecto
–la modificación– se diluye, de acuerdo con la teoría de la herencia
intermedia
admitida en la época. Ello justifica que las particularidades de
forma, derivadas
de circunstancias asimismo particulares, puedan desaparecer en
muchos casos.
De hecho, si las grandes distancias que separan a los hombres que
viven en esta
o aquella zona de la Tierra se hicieran mucho menores, los
caracteres
distintivos que presentan las razas resultarían eliminados.
Lamarck concluye este capítulo central de la Filosofía zoológica en
el que se compendia su transformismo –el VII, como se ha indicado–,
enfatizando la oposición entre lo que llama la conclusión admitida
hasta hoy y la
que ofrece como particularmente suya. Según la primera, la
naturaleza o su
Creador previeron todas las posibles circunstancias en que tendrían
que vivir
los animales y dieron a cada especie una organización constante, una
anatomía
invariable, que le obliga a habitar lugares definidos, así como a
poseer
costumbres inmutables. El efecto del uso sobre los órganos, o la
herencia de
rasgos adquiridos, no eran ignorados, desde luego, por los
contemporáneos del
naturalista francés; aunque Lamarck pueda reivindicar con razón que
su puesta
al servicio de un transformismo más articulado es un mérito que le
corresponde. Hasta ahora se ha imaginado –dirá– una organización
constante
en los animales y unas circunstancias ambientales permanentes. Pero
se trata
de una premisa falsa a todas luces, porque las circunstancias que
rodean la vida
animal sufren variaciones considerables, que alteran las costumbres,
y por
medio de ellas las partes y la organización de los individuos. Sólo
cabe una
conclusión: la naturaleza, que ha generado todas las especies
–comenzando por
aquellas más simples o imperfectas– ha sido capaz de complicar
gradualmente la
organización de los animales. Al esparcirse éstos por los distintos
continentes,
han sufrido la influencia de muy diversas condiciones de vida, que
los han
hecho contraer hábitos nuevos y modificar su estructura.
¿Cuál es la contribución del principio de la voluntad animal a
todo este cuadro? La cuestión de la voluntad animal es, muy
directamente, la
cuestión de la teleología, y se sitúa en la zona nuclear del esquema
lamarckiano: el papel de la adaptación. Si Lamarck hiciese una
interpretación
mecánica de las modificaciones orgánicas, no podría justificar que
todas fuesen
adaptativas. La causalidad mecánica impondría una rigidez, una
inflexibilidad
en las respuestas de los organismos a los cambios del medio que
ocasionaría
más destrucción biológica que supervivencia. Sin embargo, si toda
respuesta
del organismo resulta ajustada al cambio de las condiciones
ambientales,
entonces el ciego determinismo mecánico no puede ser responsable de
las
exquisitas modulaciones adaptativas que presenciamos. El escenario
ecológico
lamarckiano es el mejor de los posibles, al extremo de que la
extinción aparece
dentro de él como una auténtica anomalía que necesita ser explicada.
Dentro de
ese escenario la finalidad tiene un papel crucial. Lo posee ya
dentro de la
primera de las leyes formuladas en la Historia natural de los
animales sin
vértebras, puesto que si existiera una determinación mecánica para
la
complejidad creciente en la organización biológica, tal complejidad
no habría
de resultar necesariamente adaptativa. La ley del desarrollo
progresivo
requiere que la teleología garantice un incesante trabajo de
ingeniería biológica
que nunca desemboque en fracasos. Tal vez esté justificado leer en
semejante
tendencia hacia la complejidad la huella de la biología romántica de
Goethe u
Oken. Ahora bien, cuando los animales –o las plantas– han de
adaptarse a un
entorno en constante alteración –es decir, cuando las acciones han
de resultar
medidas a los desafíos medioambientales–, si no se contara con una
voluntad
capaz de poner en marcha los hábitos adecuados para una correcta
acomodación a esos retos, esto es, si no entrara en funcionamiento
una
voluntad apoyada en la eficacia de causas finales, el éxito
adaptativo sería poco
habitual, en vez de incesante.
A la luz de esta –necesariamente breve– recapitulación de las tesis
que Lamarck propone en la Filosofía zoológica, pensamos que pueden
subrayarse
las siguientes afinidades entre su posición teórica de fondo y los
rasgos
fundamentales de la perspectiva abierta por las corrientes
contemporáneas que
abordan el estudio de los sistemas complejos adaptativos:
1. La fuente de novedad biológica es primariamente para Lamarck el
organismo, si atendemos a su primera ley –tendencia a la creciente
complejidad en la filogenia–. Los organismos son concebidos, pues,
como entidades con capacidad de auotoorganización espontánea, sin
que quepa, además, referir reductivamente tal capacidad a entidades
elementales que existan dentro de ellos.
2. La generación de formas, aun dependiendo de una tendencia propia
de los organismos a su autoorganización, está ligada, asimismo, a la
acción de factores externos. Estos factores aparecen como desafíos
del
entorno, si bien, frente a su papel de filtro selectivo de las
variaciones
individuales en el modelo darwiniano, suponen para Lamarck
ocasiones para que los seres vivos manifiesten sus inherentes
capacidades adaptativas.
3. Por su misma naturaleza, el contexto justificativo darwiniano de
la
dinámica morfogenética en la filogenia es marcadamente histórico y
narrativo. No existen constricciones legales o principios que
soporten
la estabilidad o la innovación estructuralfuncional.
El agente
principal –aunque no exclusivo– de la morfogénesis es el ensamblaje
por ensayo y error que lleva a cabo la selección natural. Lamarck da
por existentes, sin embargo, principios morfogenéticos que operan
espontáneamente –primera ley–, y los considera igualmente activos
en la respuesta fisiológica de los organismos ante los cambios en el
medio y las nuevas necesidades que éstos imponen –segunda ley–.
4. Desde una perspectiva dogmáticamente darwiniana, la arquitectura
anatómica de los seres vivos es producto del trabajo de un relojero
ciego –la selección natural– que actúa sobre materiales generados
accidentalmente. En cierto sentido, que desde luego cabría matizar,
los grupos biológicos encarnan formas accidentales. Una vez más, la
convicción lamarckiana de que existen leyes morfogenéticas –aunque
queden éstas simplemente sobreentendidas en su existencia, y no
formuladas o precisadas más allá de la eficacia operativa de la
voluntad animal, como responsable de la adecuación en la respuesta
del organismo a un medio cambiante, o de la tendencia espontánea
de la materia viva a autoorganizarse– la convicción lamarckiana de
que existen leyes morfogenéticas –decíamos– obliga a entender la
forma biológica como el resultado del reajuste morfológico a que
obligan los factores accidentales del medio; factores a los que
responden los organismos, sin embargo, a través de principios
morfogenéticos internos, estabilizadores, adaptativos y
autoorganizativos. No cabe, así, entender las formas como
estrictamente accidentales.5. Esta relevancia esencial de las formas orgánicas impediría
considerarlas –desde la óptica a que invitan las actuales ciencias
de la
complejidad– simples máquinas de supervivencia al servicio de
alguno de sus genes. La configuración estructural de los organismos
–al estar sometida a leyes y a propensiones funcionales no menos
regladas, sugería Lamarck– debe tomarse como punto de partida en
la explicación del curso filogenético, junto a los factores
externos. La
función crea el órgano, es cierto, pero no crea cualquier órgano,
porque la función está sometida, en otro sentido, a las leyes
presentes
en los organismos, que de modo espontáneo y autónomo rigen la
estabilidad y la creación de formas.
6. En síntesis –y sin entrar en la viabilidad futura de los ensayos
explicativos que puedan derivarse de la teoría de los sistemas
dinámicos adaptativos o de las nuevas ciencias de la complejidad –
lo
cierto es que estos enfoques y líneas de investigación resultan
mucho
más próximos a la conformación y raíces conceptuales de la biología
lamarckiana que al neodarwinismo en sus diferentes concreciones.
BIBLIOGRAFÍA
BELTRAN, E. (1945): Lamarck: intérprete de la naturaleza, México,
Sociedad
Mexicana de Historia Natural.
BURKHARDT, R.W. (1995): The Spirit of System: Lamarck and
Evolutionary
Biology, Cambridge (Mass.), Harvard University Press.
DAWKINS, R. (1976): The Selfish Gene, Oxford University Press.
DAWKINS, R. (1986): The Blind Watchmaker, Londres, Longman.
DAWKINS, R. (1990): The Extended Phenotype: The Long Reach of the
Gene,
Oxford University Press.
DELANGE, Y. (1984): Lamarck: sa vie, son oeuvre, Arles, Actes Sud.
ELDREDGE, M. (1985): Unfinished Synthesis: Biological Hierarchies
and Modern
Evolutionary Thought, New York, Harvard University Press.
GONZÁLEZ RECIO, J.L. (2004): Teorías de la vida, Madrid, Síntesis.
GOODWIN, B. (1994): How The Leopard Changed Its Spots: The Evolution
of
Complexity, New York, Simon & Schuster.
GOULD, S.J. (2002): The Structure of Evolutionary Theory, Cambridge
(Mass.),
Hatvard University Press.
JORDANOVA, L.J. (1990): Lamarck, México, Fondo de Cultura Económica.
KAUFFMAN, S.A. (1993): The Origins of Order: Selforganization
and Selection in
Evolution, Oxford University Press.
KAUFFMAN, S.A. (1995): At Home in the Universe:The Search for Laws
of Selforganisation
and Complexity, New York, Oxford University Press.
LAMARCK, J.B. de MONET, Caballero de (1983): Philosophie zoologique,
Bruxelles, Culture et Civilisation.
LAMARCK, J.B. de MONET, Caballero de (1969): Histoire naturelle des
animaux
sans vertebres, Bruxelles, Culture et Civilisation.
LAMARCK, J.B. de MONET, Caballero de (1971): Filosofía zoológica,
Barcelona,
Mateu.
LAURENT, G. (1987): Paleontologie et évolution en France de 1800 à
1860, París,
Editions du C.T.H.S.
STERELNY, K. (2001): Dawkins vs. Gould, Cambridge, Icon Books.
SZYFMAN, L. (1982): Lamarck et son époque, París, Masson.
WEBSTER, G. y GOODWIN, B. (1996): Form and Transformation:
Generative and
Relational Principkes in Biology, Cambridge University Press.

Francisco Javier Serrano Bosquet: Licenciado en Filosofía,
Diplomado
en Estudios Superiores (Suficiencia Investigadora Maestría)
en
Filosofía
de la Ciencia y en la actualidad realizando la tesis doctoral en
Filosofía
por la Universidad Complutense de Madrid.
Profesor invitado en
el
ITESM en
la División de Humanidades y Ciencias Sociales del Campus
Monterrey y
Profesor tutor
en la Universidad Virtual del ITESM.
Varios artículos en
revistas y libros en proceso de publicación.
Tecnológico de Monterrey Campus Monterrey.
Profesor de Cátedra Tutor
Centro de Valores Éticos
Departamento de Humanidades
División de Humanidades y Ciencias Sociales
Tel.: 52 (83)28 42 54 ó ext. 4346
fjavieserrano@itesm.mx
|

JOSE LUIS GONZÁLEZ RECIO
· Licenciado en Filosofía, Premio Extraordinario, por la
Universidad
Complutense de Madrid (1979)
· Doctor en Filosofía por la misma universidad (1985)
· Becario del Centro de Estudios Universitarios, del Ministerio
de
Asuntos Exteriores y de la Dirección General de Universidades e
Investigación (Ministerio de Educación y Ciencia)
· Profesor Titular de la Facultad de Filosofía de la Universidad
Complutense asignaturas de Filosofía de la Naturaleza y Teorías
de
la Vida.
· Investigador sobre Filosofía de la Naturaleza e Historia y la
Filosofía de la Ciencia –
· Director de los Proyectos de Innovación Educativa Los orígenes
europeos de la ciencia moderna (2004), y Pensando la naturaleza
desde las universidades europeas (2005), ambos subvencionados
por
la Universidad Complutense
· Traductor al castellano de textos de Isaac Newton, Moritz
Schlick y
Alfred North Whitehead
· Ha publicado numerosos trabajos en revistas de su especialidad
· Autor de los textos Fundamentos teóricos de la biología
contemporánea, Madrid, 1985 y Teorías de la vida, Madrid, 2004.
· Editor de la obra El taller de las ideas. Diez lecciones de
historia de la
ciencia, México D.F., 2005
· Coeditor con la profesora Ana Rioja de los libros Los orígenes
europeos de la ciencia moderna, Madrid, 2004 y La Filosofía de
la
Naturaleza y sus fuentes en Internet, Madrid, 2004.
· Dirección postal: Despacho 2051,
Facultad de Filosofía,
Universidad Complutense de Madrid, 28040 Madrid
(http://fsmorente.filos.ucm.es/
;
email:
jolgonza@filos.ucm.es ). |
|