Introducción
Anteriormente, realizamos una interpretación alternativa del árbol
evolutivo de los homínidos, basada en la evidencia de que las formas
que, hasta hace poco tiempo, figuraban como destacados y cruciales
antepasados del Homo sapiens, estaban siendo paulatinamente
apartadas de nuestra línea evolutiva: los casos más destacados eran
el hombre de neandertal y algunas formas de Homo erectus, pero
similares indicios se daban en todas las demás líneas de homínidos y
Homo conocidas (Doménech, 1999).
Decíamos que el origen de los homínidos podría ser miocénico (el
período que va desde los 25 a los 5,5 millones de años -ma en
adelante-) y no pliocénico (desde los 5,5 ma hasta la actualidad);
que dicho origen podría ser euroasiático y no africano; que todas
las líneas homínidas conocidas presentan indicios de reversión a
condiciones ancestrales o simiescas; y que la antiguedad de Homo y
del hombre moderno podría ser mucho mayor de lo que se piensa,
derivando de ellos todos los demás.
Ni la tesis de la antiguedad del H. sapiens es nueva, ni, por
supuesto, la idea de reversión evolutiva. E. Mayr decía en 1979 que
"cuando se estudia la tendencia de un carácter resulta incoherente,
ya que cambia de dirección repetidamente, y, a veces, incluso se
invierte". J.L Arsuaga (2001) opina que "las reversiones, o vuelta
atrás, en el tamaño de los molares y en el grosor del esmalte no
son, ni mucho menos, impensables, ya que dependen del cambio en las
dietas". Son muchos los paleontólogos o evolucionistas modernos que
saben que la reversión evolutiva es un hecho, aunque esta sea mucho
más frecuente de lo que habitualmente se cree. No merece la pena
citar a los antiguos paleontólogos que vieron claro este fenómeno,
en el cual se fundamentaron teorías como la de la "senilidad
racial", según la cual, todos los linajes tienden al envejecimiento
y a la extinción tras un periodo de desarrollo y madurez (Bowler,
1985).
Desconcertantemente, tal hecho, crucial en evolución, pasa
desapercibido en toda interpretación evolutiva y, especialmente en
las dos teorías predominantes sobre la evolución del hombre (figura
1): a) el modelo del "origen multirregional", por el que todas las
poblaciones humanas modernas remontan al Homo erectus y evolucionan
de forma independiente, aunque intercambiando los suficientes genes
entre sí como para mantenerse dentro de la misma especie (Thorne et
al., 1992); y b) el modelo del "origen africano reciente", por el
que el hombre moderno derivaría de una única población ancestral del
"tipo erectus" (en el momento actual Homo ergaster) que habitaría un
único lugar, probablemente África, hace unos 150.000 a 200.000 años
(Wilson et al., 1992).
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Figura 1 |
Figura 1. Modelos que intentan explicar el origen del hombre
moderno. A la izquierda el "modelo multiregional" y en el centro el
modelo del "origen único africano reciente" o de la "sustitución"
(tomado de Ian Tattersall, 1997). A la derecha el "origen remoto del
hombre", modelo alternativo a los anteriores, según el cual la
población original aparecería antes que las formas del "tipo
erectus", probablemente en Eurasia, y de la cual se irían segregando
las diferentes formas de homínidos conocidas. África y otras zonas
cálidas serían zonas poco propicias para la generalización, la
cooperación y el progreso y más idóneas para la especialización, la
competencia y el retorno a antiguas condiciones simiescas.
Son muchos los científicos, como Lawrence G. Strauss, de la
Universidad de Nuevo México, que admiten abiertamente que con cada
nuevo hallazgo paleontológico se incrementan los enigmas, haciendo
que nuestras teorías se tambaleen por todos los flancos. Ante esta
perspectiva, parece evidente que debemos contar con nuevas
interpretaciones y nuevas alternativas que nos permitan buscar una
salida.Ofrecemos en este artículo la hipótesis del "origen remoto
del H. sapiens", por la cual éste aparecería mucho antes que
cualquier forma conocida del "tipo erectus", es decir hace al menos
unos dos millones de años, y probablemente fuera de África. De esta
línea progresiva derivarían todas las poblaciones de homínidos
conocidas posteriores.
Regresión de Homo floresiensis
Si partimos de uno de los últimos homínidos que han vivido, el
recientemente descubierto Homo floresiensis, con tan solo unos
18.000 años de antigüedad, podemos ver con claridad la esencia de la
evolución regresiva que vamos a tratar en este artículo (figura 2).
A pesar de la existencia de variantes pigmeas en muchas especies
animales (caballos, gallinas, etc.), la mayor parte de los
evolucionistas se niegan a aceptar la existencia de evolución
inversa, por ejemplo en el tamaño del cuerpo o cualquier otra
característica morfológica.
Pero, ahora, ya no queda más remedio que aceptar que el pigmeo Homo
floresiensis -que, según leyendas indígenas, podría haber vivido
hasta hace unos 300 años- tuvo que derivar de una especie que se
cree que habitó en el sudeste asiático hasta hace unos 27.000 años:
el robusto Homo erectus (río Solo, en Ngandong, Java). Sea por
aislamiento o por la razón que sea, los expertos no encuentran otra
explicación.
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Figura 2 |
Figura 2. Evolución regresiva del Homo sapiens. Se acumulan los
indicios que apuntan a la existencia de una línea homínida
"progresiva" muy antigua, a partir de la cual radiarían o
segregarían todos los homínidos pliocénicos conocidos. (1) dentro de
Homo erectus podríamos incluir otras formas, como H. antecessor u H.
georgicus, si bien este último (como H. modjokertensis y otros
restos asiáticos similares) parece ser más bien el punto final de la
regresión de los Homo habilis; (2) representamos en una única línea
a todos los australopitecos "gráciles", o "chimpancés bípedos",
nombre que podemos atribuir también al grupo Ardipithecus-Orrorin-Sahelanthropus,
del que también podría haber derivado el chimpancé actual.
Pero, no debemos olvidar que el hombre moderno también habitó estas
tierras, y mucho más profusamente que el H. erectus, durante al
menos los últimos 60.000 años, fecha atribuida al esqueleto de Lago
Mungo 3, el más antiguo de Australia. Noble et al (1997) fijan, de
hecho, el origen del pensamiento simbólico en la travesía marítima
que tuvo que efectuar el hombre moderno, hace más de 40.000 años,
para llegar a Australia. Parece pues evidente y mucho más probable
que Homo floresiensis pueda haber derivado de Homo sapiens.
En cualquier caso, este descubrimiento ha roto (una vez más, pues
existen varios ejemplos) con la idea de la encefalización o tamaño
creciente del cerebro. Así que, si la capacidad cerebral del H.
erectus o del H. sapiens supera los 1000 centímetros cúbicos (en
adelante cc).; y si estos dan lugar a un hombre de apenas un metro y
medio, unos 30 kilos de peso, y apenas 400 cc de capacidad craneal
(menos que la del chimpancé), ¿de qué otra forma se puede llama a
ese tipo de evolución?. Algunos autores se sienten incómodos con la
idea de una evolución regresiva, pero habrá que poner algún nombre a
un tipo de evolución que, en este caso, ha hecho retroceder a este
linaje hacia las características simiescas de sus antiguos
parientes, los chimpancés.
Debido a tan diminuto tamaño cerebral, Marta Mirazón, de la
Universidad de Cambridge, niega que las herramientas líticas
encontradas junto a los restos le pertenezcan, así como las que ya
previamente se habían encontrado, con una antiguedad de unos 800.000
años. Sugieren que tales herramientas tienen que pertenecer a
especies más avanzadas. Vamos a ver que este ejemplo se ha repetido
numerosas veces en la evolución humana.
Existen otros ejemplos de regresión reciente a partir del hombre de
Cro-Magnon, referidos a tamaño cerebral (Martín, 1994) o al tamaño
corporal (Kelso, 1978; Kates, 1994). J.L. Arsuaga (1999) cita, por
ejemplo, la gran robustez del húmero de los auriñacienses de
Vogelherd (Alemania), destacando que "el esqueleto de los hombres
posteriores de Cro-Magnon se hace más ligero a lo largo del
Paleolítico Superior, y aun más en el Mesolítico", regresión que
continuaría hasta nuestros días.
Evolución regresiva de neandertal
Si vamos un poco más atrás en el tiempo nos encontramos con otro
ejemplo absolutamente claro de regresión: la del neandertal, nuestro
directo antecesor hasta hace poco tiempo, cuya idea ha tenido que
ser abandonada ante la aplastante evidencia de las pruebas
acumuladas.
Dicha involución queda patente, por ejemplo, en el próximo oriente,
donde han sido encontrados restos fosilizados de unos 100.000 años
de antigüedad (Skhul o Qafzeh) atribuidos a H. sapiens, mientras que
los restos neandertaloides encontrados en la misma zona (de Amud,
Kebara o Tabun) tienen unos 60.000 a 28.000 años, es decir,
exactamente lo contrario de lo esperado (Bar-Yosef et al., 1993).
Los indicios aumentan: 1) antes de la aparición de estos “sapiens”
no había neandertales en esa región; 2) la industria lítica de los
hombres de Skhul y Qafzeh era musteriense, es decir, la típica de
los neandertales, lo que indicaría que ya se encontraban en
regresión hacia estos; 3) su desaparición fue repentina, sin dejar
rastro; 4) una de las mandíbulas de los últimos neandertales de la
zona presentaba mentón, reminiscencia clara de sus antecesores.
La evidencia de que el hombre moderno ya no deriva del hombre de
neandertal, sostenida hoy en día por muchos autores, entre ellos Ian
Tattersall, Jeffrey H. Schwartz o Christopher B. Stringer, se apoya
sobre todo en la división admitida de dos grupos de neandertales:
los "progresivos" que, curiosamente, resultan ser los más antiguos;
y los "regresivos", o neandertales "típicos", que son las formas más
recientes.
Como señala J.S. Levinton, de la Universidad de Nueva York, los
ejemplos de reversión evolutiva son mucho más frecuentes de lo que
se cree y son provocados por la misma selección natural cuando una
especie se hace muy especializada, reocupan ecosistemas abandonados
antaño, sobre todo en climas cálidos, o las nuevas condiciones
ambientales llevan a la línea evolutiva a situaciones pasadas. Como
dice Ernst Mayr esa especialización suele llevar a la especie, no
pocas veces, a un callejón sin salida y a la extinción.
El retroceso hacia condiciones ya pasadas vendría dado por una
adaptación y especialización creciente hacia determinadas
condiciones geográficas y ambientales, alejándose de las
características “generalistas” de la población original (como las
que presenta el hombre actual, principal motivo de su gran éxito
evolutivo). Resulta sugerente observar que el principal núcleo
fosilífero procede de África, un lugar muy propicio a la
especialización hacia condiciones de vida selvática y arborícola.
Entre los primeros neandertales, más generalistas (también llamados
pre-neandertales), tenemos, por ejemplo, a los conocidos cráneos de
Steinheim (Alemania) y Swanscombe (Reino Unido), con una antigüedad
de entre 320.000 y 380.000 años, tradicionalmente considerados Homo
sapiens "arcaicos", y que, por determinadas características
avanzadas (cráneo posterior redondeado, sin prognatismo, fosas
caninas como el H. sapiens, etc.) se suelen excluir de los
neandertales clásicos. También se aprecian algunos rasgos "modernos"
en el cráneo de Petralona (Grecia) con alta cara, sin prognatismo y
unos 1230 cc de capacidad craneal; o en los restos de Vértesszöllös
(Hungría), con más de 1200 cc de capacidad craneal.
Luego vendría otro grupo, de entre 245.000 y 100.000 años, con
características que, según Cervera et al. (2000), les entroncan
claramente con los neandertales clásicos, como el cráneo de
Ehringsdorf (Alemania), que presenta reborde orbitario y moño
occipital parecido a los neandertales, pero también rasgos
avanzados: dolicocéfalos, gran capacidad craneal (1450 cc), frente
relativamente elevada y apófisis mastoides bien desarrolladas. Otros
restos incluidos en este grupo son Fontechevade (Francia), quizás
con 150.000 años; Saccopastore (Italia), con unos 120.000 años,
Krapina A (Yugoslavia), con unos 100.000 años, etc., presentando,
todos ellos, rasgos más modernos que sus sucesores. En Fontechevade,
por ejemplo, se encontraron cráneos sin la clásica arcada
supraorbitaria, entre otros que sí la presentaban. Aunque algo más
antiguos, los restos de la Sima de los Huesos de Atapuerca podrían
incluirse en este grupo ya que presentan algunos caracteres pre-neandertales
en el cráneo y mandíbula.
Y, finalmente, tenemos a los neandertales clásicos, mucho más
especializados (es decir, menos generalistas o adaptables), casi
todos con menos de 50.000 ó 60.000 años de antigüedad, tales como el
cráneo de Gibraltar (unos 50.000 años), el cual presenta frente
huidiza, grueso reborde supraorbitario, órbitas muy grandes, moño
occipital y cara en hocico; Monte Circeo (Italia), de unos 45.000
años; Neander (Alemania), con unos 50.000 años; La Chapelle o La
Quina (Francia), con unos 50.000 años, etc.
La hipótesis regresiva explica también el problema de los "hibridos"
sapiens-neandertal. Tal "hibridación" o mezcla de rasgos
sapiens-neandertal, se encuentra por doquier, como, por ejemplo, en
los fósiles de Vogelherd, en el sudoeste de Alemania, en los de
Mladec, en Moravia, o en los de los Cárpatos, en Rumanía,
representantes de los Homo sapiens europeos más antiguos (30.000 a
36.000 años). Curiosamente, también se encuentra esta mezcla de
caracteres entre los neandertales más recientes, como en los restos
de Vindija, en Croacia (28.000 años), y Lapedo, en Portugal (24.500
años). Estos indicios de "hibridación" morfológica es lo que hace
que algunos autores aun piensen (en contra de la mayoría) que
neandertal es nuestro antecesor. Se encuentran entre este grupo
David W.Frayer, Milford H. Wolpoff, Erik Trinkaus o Cidália Duarte.
La hipótesis regresiva explica perfectamente esta incongruencia: la
presencia de cráneos híbridos (con caracteres neandertales y
sapiens) no puede explicarse suponiendo que sapiens deriva de
neandertal, ya que las pruebas de ADN lo desmienten, pero sí
suponiendo justo lo contrario: si admitimos que todos los
neandertales derivan de una forma moderna que existiría hace más de
400.000 años, las primeras segregaciones presentarían más cantidad
de rasgos modernos que las últimas, que es justo lo que se observa.
Esto explicaría además, las clásicas manifestaciones culturales
atribuidas a Neandertal, como los famosos enterramientos encontrados
por toda Europa, las supuestas herramientas avanzadas, junto a
indicios de cabañas y hogares (Grotte du Renne o Saint-Césaire, en
Francia), las lanzas de Krapina (Croacia), la caza organizada
(Siria), etc: solo serían las lógicas reminiscencias de una cultura
heredada superior, en continuo retroceso.
La única población que permanecería intacta, sin cruzarse (debido
probablemente a barreras de tipo cultural), sería la población
"sapiens" o pre-sapiens original, la que daría lugar directamente a
la humanidad moderna actual, motivo por el cual los genetistas no
han encontrado indicios neandertales en nuestros genes (Sykes,
2001).
Incluso en África existen indicios de este retroceso: el "hombre de
Rodesia", encontrado en Broken Hill, Zambia, en 1921, con unos
200.000 años de antiguedad (como su pariente el "hombre de Saldanha",
Sudáfrica) poseía un cráneo con frente inclinada, huidiza, como los
neandertales europeos, incluso con una fuerte arcada ciliar, más
acusada y con el post-cráneo anguloso. Sin embargo, los lados
verticales del cráneo eran "modernos", su capacidad encefálica era
de 1300 cc, y los huesos de las extremidades eran más esbeltos que
los de neandertal. Tales características "modernas" hacen que, aun
hoy, muchos autores, empeñados en el origen africano del hombre,
consideren - a falta de candidatos más apropiados- que es antecesor
del Homo sapiens actual, lo que vendría corroborado por los
recientemente descubiertos restos de hombres modernos de Idaltu
(Etiopía), los cuales, con una antiüuedad de unos 160.000 años,
acabarían dando lugar al hombre actual.
Pero, nuestra interpretación es justo la contraria, pues en absoluto
está aclarada la relación del hombre de Rodesia o de Idaltu con sus
antecesores, el H. ergaster (extinguido 800.000 años antes) o el H.
antecessor (aun no descubierto en África), ni con sus sucesores, el
hombre artista europeo de hace 60.000 años, cuyo avanzado arte aun
no se ha encontrado en África. Más bien, el hombre de Idaltu apunta
a lo siguiente: a) que en alguna parte del mundo existió un hombre
moderno con una antigüedad de cerca de 200.000 años, edad muy
próxima ya a los mismos orígenes del neandertal; b) que, en
consecuencia, éste último debe ser descartado como antecesor del
hombre moderno, como también asegura la genética; c) que existen
muchas poblaciones, posteriores al hombre de Idaltu, más primitivas,
que, en consecuencia, pueden haber derivado de éste por
simplificación o regresión.
Incluso los llamados "pre-modernos" africanos posteriores, de
alrededor de 130.000 ó 120.000 años, parecen más primitivos que el
hombre de Idaltu, como los restos del Klasies River Mouth (Suráfrica),
Ngaloba 18 (Tanzania), Yébel Irhoud (Marruecos) u Omo-Kibish
(Etiopía). Como era de esperar, varios neandertaloides africanos,
aun posteriores, como los de Libia (de unos 45.000 años), sugieren
que la pauta era exactamente la misma que la encontrada en Europa.
Es también la misma regresión que ya observamos anteriormente con
los hombres modernos de Skhul y Qafzeh, los cuales aparentemente
desembocaron en las más primitivas poblaciones de Amud, Kebara o
Tabun (una de cuyas mandíbulas, por cierto, tenía mentón, quizás
como una reminiscencia heredada de sus antecesores “sapiens”).
Deriven o no, los hombres de Skhul y Qafzeh, del hombre africano de
Idaltu, su rastro se pierde de nuevo para reaparecer más tarde,
ahora en Europa, y ya como un auténtico hombre de Cro-Magnon. No
tengo la menor duda de que durante todo ese tiempo, la población
original se encontraba en algún lugar, pero ...¿dónde?; y sobre
todo, ¿desde cuando?.
La regresión de Homo heidelbergensis
Hoy en día todo el mundo admite que el corpulento hombre de
Heidelberg, de 600.000 a 400.000 años, es el antecesor de
neandertal, lo que directamente equivale a admitir la regresión de
toda esta línea evolutiva. Entre los primeros representantes
heidelbergenses tenemos la famosa y robusta mandíbula de Mauer
(Alemania) que daría nombre a la especie, con más de 500.000 años de
antigüedad, la misma edad que el hombre de Boxgrove, al sur de
Inglaterra, del que se posee una tibia "completamente humana" a
decir de sus descubridores. Podríamos incluir entre estos, a los
restos de Tautavel (Francia) o de Vértesszöllös (Hungría), con unos
400.000 años.
Con las teorías surgidas a raíz de los restos de Atapuerca,
predomina la idea de que existiría un antecesor común (el Homo
antecessor), de alrededor de 800.000 años de antigüedad, que daría
lugar a la línea "sapiens", por un lado, y a la línea terminal
Heidelberg-neandertal, por otro. Según los descubridores de H.
antecessor, este presenta algunas características más modernas que
las de sus sucesores (entremezcladas con otras de tipo
heidelbergense o ergaster), como, por ejemplo, reducción de los
dientes, gracilización de la mandíbula, incremento de la capacidad
craneal, etc. Por este motivo, principalmente, se les apartó de H.
heidelbergensis y se creó una nueva especie. Una prueba de que H.
antecessor derivaría de formas más avanzadas y de que él mismo se
encontraría ya en regresión hacia Heidelberg-neandertal, es que
fabricaba utensilios pre-achelenses (Modo I), más primitivos que los
de su supuesto antecesor africano Homo ergaster. Podemos establecer
pues, la antigüedad de esta línea regresiva en alrededor de un
millón de años.
Un ejemplo de que el mismo proceso involutivo estaba sucediendo en
África, se encuentra con las robustas mandíbulas de Ternifine, en
Argelia (Atlanthropus), de unos 700.000 años.
Así pues, cada vez parece más claro que la línea Heidelberg-neandertal
siguió un proceso degenerativo que culminó, como es obvio, con su
extinción. Nada de extinción a manos de cromañones, nada de
extinción por inadaptación al frío, como ahora se sugiere (una
absurda incongruencia cuando siempre se afirmó que neandertal surgió
como una adaptación al frío europeo). Su extinción se debió,
seguramente, a su creciente y excesiva especialización. La robustez
y fuerte constitución de los primeros neandertales les ponen en
relación con algunas alteraciones patológicas observables hoy en
día, como la acromegalia, por ejemplo, un desorden de tipo hormonal
que provoca crecimiento anormal de manos, pies y extremidades;
grosor anormal de los huesos; degeneración de la osamenta;
descalcificaciones, artrosis, artritis, roturas óseas, abultamiento
de los huesos de la frente y mandíbula; alargamiento del hueso
nasal; diastemas dentales; piel gruesa, tosca y aceitosa, con
tendencia al oscurecimiento; deformaciones de la cavidad nasal,
lengua y cuerdas vocales, etc., como las que frecuentemente se
observan o se asocian a los restos de neandertal.
No hay que descartar que alteraciones de este tipo, así como muchas
otras de carácter genético, entre las que destaca la inhibición o
inactivación de genes, con la correspondiente (y frecuente)
regresión a caracteres simiescos (Morín et al., 1983; Ayala, 1994)
hayan afectado a otras poblaciones de homínidos anteriores,
igualmente en trance de regresión y extinción. Todos estos
caracteres pueden favorecer adaptaciones y especializaciones
puntuales o parciales que acaban conduciendo a la línea evolutiva a
un callejón sin salida. No estaría de más recordar la famosa
evolución por atavismo o degeneración genética de William Bateson,
que tanto dio que hablar en sus tiempos y cuyo recuerdo, por
desgracia, se va perdiendo, como tantos otros, en el campo de la
evolución (Bowler, 1985).
Son muchos los autores que han notado dicha regresión. Así por
ejemplo, para Ardrey (1990), neandertal no solo deja de avanzar
física y culturalmente sino que incluso retrocede. Para kurtén
(1993), el esqueleto de algunos neandertaloides de hace unos 200.000
años parece totalmente humano, mientras que los huesos de los
neandertales posteriores son más gruesos, desproporcionados (paticorto),
cara en cuña y con una cadera extremadamente ancha que origina una
postura patizamba poco ventajosa desde el punto de vista mecánico.
Su debilidad ante un vigoroso cromañón, su inadaptación a cambios
diversos del entorno, etc., serían consecuencias obvias, entre
muchas otras, del "envejecimiento racial" que la línea neandertal
vendría sufriendo desde hacía cientos de miles de años. Para más
datos sobre la antigua teoría de la "senilididad racial" de Alpheus
Hyatt ver Bowler (1985) y Doménech (1999).
La regresión de Homo erectus
Hemos visto pues, que nuestra hipotética población moderna ancestral
podría ser anterior a Heidelberg y a H. antecessor, contando así con
una antigüedad de alrededor de un millón de años. ¿Podemos indagar
aun más atrás en el tiempo?
Un posible candidato a antecesor del hombre moderno parece ser el
Homo erectus africano u Homo ergaster (para muchos, la misma
especie), cuyo mejor representante es el "niño de Turkana" (KNM-WT
15000), de 1,6 millones de años, del que se ha encontrado un
espléndido esqueleto que en edad adulta hubiera alcanzado entre 1,80
y 1,90 metros de altura y una capacidad craneal cercana a los 1000
cc. Ian Tattersall (1997) dijo textualmente que este esqueleto
correspondía a una especie "claramente como nosotros". Junto con la
industria achelense de los bifaces (Modo II), que aparece un poco
más tarde en África, y a la cual se le asocia, parecen motivos
suficientes para asignarles nuestra paternidad, tanto a la especie
como al continente.
Pero, existen varios problemas para ello. El primero es que muchos
de los restos posteriores a ergaster son más primitivos, como por
ejemplo OH12 de Olduvai, de unos 700.000 años de antigüedad y
capacidad craneal de unos 750 cc. Aunque los investigadores de
Atapuerca suponen que el ergaster africano tuvo que dar lugar al
antecessor europeo, lo cierto es que el primero se extingue en
África hace un millón de años (restos de Eritrea) y que el segundo
aun no se ha encontrado en ese continente. No queda más remedio que
admitir, por lo tanto -mientras este último no se encuentre- que la
rama ergaster-erectus africana fue una rama tan muerta como la rama
de neandertal o la de los Homo erectus asiáticos que vamos a ver más
abajo.
El segundo problema es que la industria Achelense Modo II podría no
ser propia de África, como se mantuvo hasta ahora, pues los restos
arqueológicos de Ubeidiya, en el Levante mediterráneo, poseen
prácticamente la misma antigüedad que los africanos: 1,4 millones de
años. También, algunos autores atribuyen industria del Modo Técnico
II (aunque no achelense) a ciertos restos del sur de China, de unos
800.000 años.
El tercer problema es que el Homo ergaster africano podría no ser el
Homo del "tipo erectus" más ancestral, pues se han encontrado restos
de homínidos relacionados tanto en Dmanisi, república caucásica de
Georgia, cerca de Europa, como en China y en el sudeste asiático. A
los primeros se les atribuye una antigüedad de 1,8 millones de años,
y los segundos podrían ser aun más antiguos (1,9 ma los de Longgupo,
China; 1,8 ma algunos restos de Java y otros más antiguos aun), lo
que deja en entredicho el supuesto origen africano de la línea
evolutiva humana. El llamado Homo georgicus, presenta algunos rasgos
primitivos que le asemejan también al H. habilis, como su pequeño
cerebro (600 cc), su estrecha frente y sus grandes caninos, pero la
presencia de otros rasgos similares a ergaster dejan entrever cierta
relación y complica el origen africano.
Por otro lado, ya nadie duda de que los clásicos Homo erectus
asiáticos, de gruesas paredes craneales, occipital saliente, crestas
sagitales y gran toro supraorbital, apenas evolucionaron un ápice,
ni física ni culturalmente (aun no se ha encontrado industria del
Modo Técnico II en todo el sudeste asiático), en sus dos millones de
años de existencia (Díez, 1994; Arsuaga, 2001). Tampoco se duda de
que constituyeron una rama muerta que no dejó descendencia (a lo
sumo, el citado H. floresiensis). Como representantes más conocidos
tenemos a los H. erectus de Java (el antiguo Pitecanthropus erectus
que dio nombre a la especie), de unos 500.000 años de antigüedad, o
al "hombre de Pekín" (el antiguo Sinanthropus pekinensis) con unos
300.000 a 600.000 años. Entre los primeros, por cierto, y como en
muchos otros yacimientos, apareció un fémur moderno que algunos
atribuyeron al Homo sapiens.
Pero, como en el caso del neandertal y en el centro de la disputa
sobre el "origen multiregional" del hombre moderno, el Homo erectus
asiático también presenta múltiples casos de fósiles "híbridos" con
caracteres modernos y primitivos. Junto con las múltiples
migraciones que los partidarios del "origen africano" tienen que
esgrimir para explicar su teoría, son motivos suficientes para los
partidarios de la teoría multiregional (como Alan G. Thorne o
Mildford H. Wolpoff). Dennis Etler de la Universidad de California y
Li Tianyuan del Instituto chino de Hubei también son
multirregionalistas y tienen razones para ello: los cráneos que
hallaron en el yacimiento chino de Yunxian, de unos 350.000 años de
antigüedad, pertenecían a individuos que parecían tener "una cara
moderna incrustada en un cráneo de H. erectus". Nuevamente, la
explicación es sencilla desde la óptica regresiva: como en el caso
de neandertal, la segregación de diferentes poblaciones a partir de
una población original más moderna, daría lugar a diferentes mezclas
de caracteres modernos y primitivos, tanto más acusadas cuanto más
alejada estuviera esa población del momento de la separación. De
este modo, y si la tendencia regresiva es universal, no resulta
extraño que entre la amalgama de caracteres encontrados en estas
poblaciones asiáticas, se encuentren también (y para desconcierto de
los descubridores) rasgos neandertaloides.
El mismo esquema regresivo se encontrará seguramente (cuando se
posean más datos) con los "erectus" europeos que siguieron a las
poblaciones de Ubeidiya, de 1,4 ma, población lo suficientemente
avanzada como para fabricar industria achelense. Por lo pronto, las
poblaciones de Atapuerca de unos 800.000 años ya habían perdido
dicha habilidad. Queda por averiguar dónde colocar a los exiguos
restos de Orce (Granada), de 1,4 a 1,6 ma de antigüedad (Agustí et
al., 1987); igual que a los restos de Checoslovaquia, de 1 ma o los
restos de Ceprano y Monte Puggiolo (Italia), con unos 800.000 años
(asimilados a H. antecessor según Arsuaga, 2001).
Cualquier arqueólogo sabe de las numerosas pruebas de regresión
social de este tipo de homínidos ya que se han encontrado multitud
de yacimientos y pruebas que atestiguan carroñeo, canibalismo y
antropofagia, más que las heroicas y mitológicas costumbres de caza,
dominio del fuego, organización, etc., que se le suelen atribuir
(Díez, 1994). Ningún representante del "tipo erectus" ha dado
muestras de evolución. Tan solo perdura alguna de estas formas como
eslabón porque, una vez descartado el hombre de neandertal, no hay
muchos más candidatos. El H. erectus asiático ya ha sido sentenciado
y poco a poco asistiremos al desahucio de todas las demás variantes
del tipo erectus.
La regresión de Homo habilis
Mientras tanto, debemos indagar en épocas aun más antiguas,
encontrándonos así con la regresión más clara y, a la vez, más
controvertida de la historia paleoantropológica: la que concierne al
Homo habilis africano, el bautizado como primer Homo, supuesto
inventor de las primeras herramientas (choppers y chopping tools del
olduvaiense o Modo I) y supuesto antecesor del Homo ergaster, es
decir, abuelo del hombre moderno. Pero, esta sencilla explicación de
la evolución humana estaba muy bien para los museos y folletos
didácticos, pero, de nuevo, ha hecho agua por todas partes.
En primer lugar, las primeras herramientas tienen una antiguedad de
unos 2,5 ma, mientras que los primeros H. habilis "clásicos"
descubiertos por Louis Leakey y otros, como OH7, OH16, OH24, etc.,
apenas superan los 2 millones de años, lo que les hace casi
contemporáneos de Homo ergaster. No hay huesos asociados a las
primeras herramientas citadas. En segundo lugar, uno de los
ejemplares descubiertos en Kenia por Richard Leakey, el famoso
cráneo KNM-ER 1470, fechado en 1.9 ma., era totalmente diferente al
Homo habilis clásico; tanto, que finalmente hubo que darle otro
nombre, Homo rudolfensis. El nuevo problema es que, además de ser
mucho más avanzada que H. habilis, es tan antiguo como aquel o, como
veremos, incluso más. Basta con observar la forma del cráneo, su
borde posterior redondeado, su mínima protuberancia supraorbital, o
su capacidad craneal de 750 cc para darse cuenta de que posee
características mucho más avanzadas que cualquier H. habilis
posterior. Si excluimos la menor capacidad craneal, su configuración
general es incluso más avanzada que la de cualquier especie del
"tipo erectus".
Como era de esperar a tenor de lo observado con otros congéneres en
fase terminal, la nula capacidad cazadora mostrada por H. habilis ha
permitido establecer que también era una especie carroñera (Alcazar
et al., 1986b; Blumenschine et al., 1992). Su regresión es un hecho
perfectamente demostrado y así, ya casi ninguna filogenia actual le
sitúa en nuestra línea evolutiva.
Eso, por lo que respecta al Homo habilis africano. Pero, llegados a
este punto, debemos regresar a las puertas de Europa, a Georgia,
pues, como ya dijimos, varias características "simiescas" del Homo
georgicus le aproximan más al Homo habilis africano que al H.
ergaster o al H. erectus. Sobre todo su pequeño cerebro, con unos
600 cc. (el cráneo más pequeño) a 760 cc (el mayor), un volumen
inferior al del H. ergaster (su tecnología era muy simple, Modo I).
Teniendo en cuenta que algunos autores (Gore, 2002) no creen que,
con tan diminuto cerebro, este homínido haya sido capaz de emigrar
de África en fecha tan temprana, no cabe más remedio que deducir que
proviene de Eurasia. Algunas mandíbulas de gran tamaño, encontradas
junto a los demás restos, estarían indicando H. georgicus es más
bien el punto final de alguna línea homínida europea desconocida.
Quizás la misma o derivada de la que, una vez pasada a África (y
convertida allí en el H. rudolfensis), habría dado lugar al H.
habilis clásico.
Lo mismo podríamos decir de los restos asiáticos más antiguos,
inicialmente incluidos en el "tipo erectus", a los que muchos
autores han atribuido relaciones con los H. habilis africanos. En
los niveles Djetis de la formación Putjangan de Java, se han
encontrado algunos fósiles (Pithecanthropus IV o Sangiran II,
Meganthropus, etc.), de alrededor de 2 millones de años de
antigüedad, asociados a H. habilis (Alcazar et al., 1986b; Simons,
1977). Von Koenigswald, que ya apreció sus largos caninos y el
típico diastema (o espacio que separa el canino superior del
incisivo) propio de los antropoides, también lo separó del Homo
erectus clásico, denominándolo Homo modjokertensis, también situado
antaño en la línea evolutiva humana. También los dientes chinos de
Longgupo, de 1,8 ma de antigüedad, presentan cierto parecido con los
restos de Djetis.
Finalmente, un reciente descubrimiento ha arrojado nueva luz sobre
el siempre enigmático KNM-ER 1470. Este cráneo había sido datado
originalmente en ¡3 millones de años!, dando lugar a una década de
discusiones que desembocó en una nueva datación más ajustada a los
cánones establecidos (los actuales 1,9 millones de años). Es obvio:
el 1470 no encajaba en las teorías vigentes. Pero un nuevo y
reciente hallazgo puede dar un giro sorprendente a la historia, pues
el Kenyanthropus platyops, encontrado en 2001, en Kenia, por Meave
Leakey, se parece a un australopiteco aunque con ciertos rasgos
modernos, tales como pómulos altos, un rostro total y
sorprendentemente plano y unos molares con pequeñas coronas, que le
relacionan con Homo rudolfensis. ¿Su antiguedad?: ¡3.5 millones de
años! Y la pregunta obvia: ¿habría que volver a revisar la datación
original de KNM-ER 1470? Por lo pronto, Leakey ya ha propuesto que
ambas especies sean fusionadas y que sean denominadas Kenyanthropus
("su" especie, por supuesto). En mi opinión, tales sugerencias ya
casi equivalen a proponer retroceder la antigüedad de Homo a los 3,5
millones de años.
Recordemos que tenemos una enigmática prueba de la presencia humana
en tiempos tan antiguos como los 3,6 millones de años: las huellas
"humanas" de Laetoli, en Tanzania, impresas en cenizas volcánicas
fosilizadas. Son muchos los autores que nunca relacionaron tales
pisadas con el único homínido conocido a la sazón, el
Australopithecus afarensis, por considerarlas demasiado modernas (Alcazar
et al., 1986a). Tenemos pues, varios indicios que apuntan a la
existencia de una posible población avanzada, muy próxima a los 4
millones de años.
En cualquier caso, tenemos un nuevo "eslabón" que hay que enviar al
cajón de ramas muertas: el Homo habilis, el antiguo candidato que,
pasado su momento de gloria, debe seguir los pasos de neandertal y
erectus. Y así, todos los eslabones que habíamos encontrado, se
están perdiendo de nuevo.
Regresión de los gorilas bípedos
También hemos asistido al desahucio evolutivo de casi todos los
australopitecinos, destacando la pasmosa regresión de los
Australopithecus denominados "robustos" (hoy llamados Paranthropus),
desde el P. aethiopicus, al P. robustus, pasando por el P boisei. El
hallazgo del P. aethiopicus (ejemplar KNM-WT 17000), en 1986,
rompía, con sus 2,5 ma y su gran robustez, "la continuidad de la
progresión" de estos homínidos, propuesta por Johanson y White, de
la Universidad de California (Alcázar et al., 1986a). Nada nuevo.
Pero, la novedad, en este caso, es que la nueva regresión
descubierta "in fraganti", bien podría haber desembocado en el
actual gorila.
Basta con observar la cresta ósea, común en todos los parantropos,
para apreciar tal relación. Gribbin et al. (1992), opinan que
"existe la posibilidad de que esas dos líneas de australopitecinos -
refiriéndose a A. robustus y A. africanus- sobrevivieran y
evolucionaran para convertirse en los gorilas y chimpancés
modernos". El mismo descubridor de P. robustus, Robert Broom, quedó
sorprendido cuando observó que, aun siendo casi un millón de años
más reciente que A. africanus (su supuesto antecesor, en aquella
época), sus rasgos eran más primitivos, sus mandíbulas y molares
eran menos parecidos a los del hombre moderno que las del A.
africanus y presentaba además una gran cresta en la cabeza, "similar
a la de los gorilas, cuya misión es afirmar los músculos necesarios
para la masticación".
Las investigaciones más recientes son claras y concluyentes, pues
siguen sin encontrarse fósiles antiguos de gorilas o chimpancés, lo
que apunta a su origen reciente. Según David R. Begun, "hay
numerosos yacimientos paleontológicos en África de entre 14 y 7
millones de años de antigüedad que han proporcionado abundantes
restos de animales con hábitat forestal: ninguno contenía fósiles de
grandes antropomorfos" (Begun, 2003).
Regresión de los chimpancés bípedos
Del mismo modo, el chimpancé parece la regresión, cada vez más
lógica y evidente, de cualquiera de los "chimpancés bípedos", como
el grupo de los Ardipithecus o el grupo de los Australopithecus
denominados "graciles" El primero, representado por Ardipithecus
ramidus, está datado en 4,4 a 5,8 ma, mientras que los
australopitecos tienen una antigüedad de 2,5 a 4,25 ma. Y no son los
únicos: podemos incluir en el primer grupo, otro reciente hallazgo
de El Chad, Sahelanthropus tchadensis ("Toumaï"), cuya antiguedad
podría llegar hasta los 7 millones de años, presenta igualmente
algunas características humanas (caninos pequeños y foramen magnun
centrado) y de chimpancé (cerebro pequeño, cara proyectada hacia
delante, parte posterior del cráneo orientada hacia atrás, músculos
occipitales muy desarrollados) (Wong, 2003).
Al tener que retrasar cada vez más la separación humanos-chimpancé
(hasta los 8 millones de años, por lo menos), el problema no hace
más que agravarse: si cada vez tenemos más tiempo para que se hayan
acumulado fósiles de chimpancés o gorilas, ¿por qué no se encuentran
de una vez?. La respuesta parece clara: porque su origen es mucho
más reciente de lo que se cree.
No resulta, por lo tanto, extraño que casi todos los australopitecos
hayan sido colocados en la línea evolutiva que conduce al hombre ...
para luego, más tarde, y de forma invariable, ser apartados de
nuevo.
Los últimos hallazgos son aun más contundentes, pues los restos de
la formación geológica Lukeino (Tugen Hills, Kenia), de 6 millones
de años de antigüedad, sugieren que debemos apartar a todos los
australopitecos de nuestra línea evolutiva. Martin Pickford y
Brigitte Senut creen que esos restos pertenecen a un homínido al que
han bautizado Orrorin tugenensis (al que, por su antigüedad, podemos
incluir en el "grupo Ardipithecus"), que sitúan en la ascendencia
humana, pues, aunque presentan caninos primitivos, poseen otras
características similares a las nuestras: bipedismo, molares
pequeños y esmalte grueso, al contrario que Ardipithecus ramidus que
presenta un esmalte fino como gorilas y chimpancés (con los que
estarían relacionados). Los australopitecos tienen el esmalte grueso
pero presentan grandes molares por lo que tampoco serían nuestros
antepasados, sino una rama separada hace más de 6 millones de años (Arsuaga,
2001).
Es curioso que algunos autores (la mayoría), críticos con la versión
de Pickford y Senut, recurran a ciertas reversiones evolutivas (el
tamaño de los molares o el grosor del esmalte, por ejemplo) para
poder asignar nuestra ascendencia a los australopitecos, aun cuando
la reversión parece un hecho tabú entre los evolucionistas. A pesar
de que a algunos autores, como Arsuaga (2001), les parezca
"impensable que no haya algún antepasado australopiteco en nuestra
línea evolutiva", lo cierto es que las ideas de Pickford y Senut
coinciden con las que en 1946 expresara ya Franz Weidenreich
sugeriendo que los australopitecos derivaban de grupos "humanos" más
avanzados, muy antiguos y de gran tamaño, idea con la que
coincidimos a tenor de ciertos indicios (Gigantopithecus,
Meganthropus, heidelbergensis, o el mismo Cro-Magnon).
Y, como averiguamos en el citado libro de Arsuaga, Weidenreich no
estaba solo, pues Carleton S. Coon defendía, en los años 60, las
ideas de Weidenreich, así como John T. Robinson, en 1972. Este
último proponía al Gigantopithecus asiático como antecesor del
hombre, el cual habría dado lugar al gigantopiteco del Pleistoceno
de China, por un lado, y a los homínidos africanos, por otro.
Opinaba que su gigantismo intimidaría a los depredadores,
propiciando la reducción de sus caninos.
Parece pues que los australopitecinos, en cualquiera de sus
versiones (anamensis, afarensis, africanus, garhi, etc.) tienen
también los días contados en la línea evolutiva humana. Entre el
grupo de los australopitecos y el grupo de los ardipitecos, nos
inclinamos a pensar que el chimpancé deriva más bien del primero, ya
que los últimos estudios indican una mínima distancia molecular
entre el hombre y el chimpancé (un 99 % de los genes son idénticos),
sugiriendo una separación muy reciente.
Los homínidos miocénicos
Sabemos pues, que el origen de los homínidos hay que buscarlo en el
Mioceno. Ahora bien, teniendo en cuenta que en África hay un vacío
fósil de unos 7 millones de años, entre los primeros antropomorfos
conocidos de este continente (Proconsul, Afropithecus, Kenyapithecus,
Morotopithecus, etc.), con una antigüedad mínima de unos 14 ma, y
los primeros homínidos, por ahora conocidos, de alrededor de 6-7
millones de años (Ardipithecus, Orrorín, Sahelanthropus), parece que
hay que buscar al antecesor de estos últimos en Eurasia, donde ya
existían multitud de antropoides.
Varios de éstos fueron, en ocasiones, situados en nuestra línea
evolutiva, como Gigantopithecus o Sivapithecus. Elwyn L. Simons, por
ejemplo, observó, en 1977, relaciones entre Ramapithecus (hoy en día
incluido en el género Sivapithecus y considerado antecesor de los
orangutanes) y algunos Homo habilis, entre los cuales podemos
incluir a Sangiran II de Java (para algunos, un H. erectus
primitivo). Basaba el parecido, en el tamaño de los caninos, mayor
que en Australopithecus, y concluía en su artículo que lo más
razonable era considerar alguna especie miocénica, parecida a
Ramapithecus, como antecesora de Australopithecus por un lado y de
Homo por otro. Siguiendo en parte a Simons, creemos prematuro
rechazar estas especies "indicadoras", cuando, aunque no estén
situadas en la misma línea evolutiva humana, bien pueden ser ramas
regresivas derivadas de aquella.
Cada vez aparecen más datos que apuntan al origen euroasiático de
los homínidos. No solo aumenta su antigüedad, sino que cada vez
aparecen más géneros y especies (Griphopithecus, Oreopithecus,
Ankarapithecus, Ouranopithecus, Lufengpithecus, Sivapithecus,
Pierolapithecus, etc.), demostrando que la auténtica radiación de
este tipo de primates tuvo lugar en estas regiones y que es aquí
donde hay que buscar al antecesor de homínidos y grandes
antropomorfos africanos actuales. Así lo piensa, por ejemplo, David
R. Begun (2003), especialista en primates miocénicos, de la
Universidad de Toronto.
Nuestra opinión al respecto ya puede ser intuida: es muy probable
que algún homínido bípedo euroasiático ya existiese desde épocas
quizás muy tempranas del Mioceno, del cual derivarían todos estos
géneros por regresión. Indicios de esto serían las características
bípedas o semi-bípedas atribuidas a varios de estos géneros, a lo
largo de la historia paleoantropológica, como es el caso de
Ramapithecus, Gigantopithecus, Oreopithecus, Kenyapithecus o
Pierolapithecus.
Al fin y al cabo, también en 1931 Ernest A. Hooton indicó que los
orígenes del hombre habría que buscarlos entre los hominoideos
fósiles del Mioceno, al igual que pensaba Robert Broom a mediados
del siglo pasado, uno de los primeros descubridores de los
australopitecos africanos. Este último, siguiendo las ideas de
Weidenreich, se decantó más tarde por la idea de una mayor
antigüedad y de que la línea de los humanos era anterior a la
formación de todas las líneas de antropomorfos, esto es anterior a
los 20 millones de años. En nuestros trabajos anteriores damos
cuenta del resto de posibles regresiones acaecidas en estas épocas
profundas de nuestra historia evolutiva (Doménech, 1999).
Conclusión
Ya el paleontólogo Henry F. Osborn decía en 1920 que el hombre no
descendía de formas similares a los actuales antropomorfos. Frederic
Wood Jones sugería en 1931 que el hombre procedía de los primeros
primates, al igual que Arthur Keith, que sugería, también en 1931,
un origen oligocénico de la línea humana, emparentando a
australopitecos con gorilas y chimpancés. También el prestigioso
Willian L. Straus, en 1949, como G. W. H. Schepers (que, como Broom,
conocía bien a los australopitecos) se adherían a la teoría de la
antigüedad de la línea humana, concluyendo el último que son los
simios los que proceden del hombre y no al revés.
Ya hemos visto ideas similares con autores como Broom, Weidenreich o
Simons. Mucho más recientemente, en 1993, el paleontólogo y conocido
evolucionista Bjorn Kurtén sugirió una gran antigüedad de la línea
homínida, basándose en la dentición de Propliopithecus, un mono del
Oligoceno de unos 30 millones de años, considerada "básicamente
humana". Este autor considera muy caprichosa la idea de una
evolución que vaya de los grandes caninos de los antecesores de
Propliopithecus a los pequeños caninos de éste, para luego volver a
los grandes caninos de los ancestros de gorilas y chimpancés y,
finalmente, de nuevo a los pequeños caninos de los homínidos. En
consecuencia, opina que la línea homínida viene de muy antiguo y que
los antropomorfos son derivaciones (regresivas, por tanto) de
aquella (Kurtén, 1993).
Importantes autores, como M. A. Edey (1993) dan bastante crédito a
la teoría de Kurtén y cita a su vez a F. C. Howell quien duda del
origen reciente de los homínidos, opinando que el asunto "en
absoluto está zanjado". También David Pilbean (1984) piensa que
algunos antropomorfos miocénicos son homínidos y que la separación
de los antropoides fue anterior a los 15 millones de años.
Nuestra teoría evolutiva de corte ortogénica (Doménech, 2005)
describe la evolución como una sucesión de hitos a lo largo de una
única línea filogenética (la de mayor incremento de complejidad), en
cada uno de los cuales surge toda la complejidad que va a desplegar
el nuevo grupo, hasta la siguiente emergencia.
Dicha teoría induce a pensar que la línea homínida surgiría muy
pronto, quizás con las primeras radiaciones miocénicas de los
primates superiores, hace unos 22-25 millones de años, sino antes,
en el Oligoceno, donde algunos autores sitúan el origen de los
antropomorfos. Hemos visto también que existen indicios de que
podría existir algún Homo avanzado hace, al menos, unos 3,5 millones
de años y quizás antes, hace unos 5,5 ma, en los mismos comienzos
del Plioceno.
Figura 3. ¿Evolución gradual?. Izda.: instrumentos fabricados por
algunos de los últimos pobladores de la costa franco-cantábrica,
antes de la aparición del hombre de Cro-Magnon (bifaz achelense
superior del último interglaciar; 64.000 a 128.000 años; Cabo Busto,
Asturias, Norte de España). Dcha.: estatuilla Gravetiense de los
primeros hombres de Cro-Magnon (Venus de Brassempouy del suroeste de
Francia, "la primera cara humana"; podría tener una antigüedad de
unos 28.000 años)
El "origen remoto" del hombre, junto con la preponderancia de la
evolución inversa, se presenta como una alternativa cabal y
coherente cuyas implicaciones podrían dominar gran parte del
pensamiento antropológico y humanista del siglo XXI. Pero, por lo
pronto, mientras aparecen nuevos datos, solo podemos seguir
resignándonos a contemplar la súbita y enigmática aparición del
hombre de Cro-Magnon y sus asombrosas manifestaciones artísticas
(figura 3).
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