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INTRODUCCIÓN
El término “Teoría” se define en los diccionarios con dos
acepciones: |
a.- “Conjunto de leyes y reglas
sistemáticamente organizadas, que son la base de una ciencia y
sirven para relacionar y explicar un determinado orden de fenómenos”.
b.- “Conocimiento especulativo considerado con
independencia de toda aplicación”.
Si tenemos en cuenta que estamos comenzando lo que se ha dado en
llamar “El siglo de la Biología”, durante el cual las aplicaciones
de los nuevos descubrimientos van a ser crecientes, cabe preguntarse
a qué categoría pertenece la teoría que constituye la base de la
Biología: “La teoría de la evolución”. Un trabajo difícil porque,
cada vez más, parece significar distintas cosas para distintas
disciplinas biológicas.Se puede asumir, no obstante, que es el
neodarwinismo, surgido de la “Teoría Sintética Moderna”, la base
científica aceptada por la inmensa mayoría de la comunidad
científica, pero también difícil de concretar, porque ésta nunca
estuvo claramente formulada. Por tanto, para precisar cuales son sus
bases teóricas actuales habremos de recurrir a dos textos
científicos recientes. El primero, “Cómo evolucionaron los humanos”
(Boyd y Silk, 01), nos explica la evolución en éstos términos: (Pág.
75) “Cuando se combinaron las teorías de Wright, Fisher y Haldane
con la teoría de Darwin sobre la selección natural, y con estudios
modernos de campo de biólogos como Theodosius Dobzhansky, Ernst Mayr
y George Gaylord Simpson, surgió una explicación muy poderosa sobre
la evolución orgánica. El grueso de esa teoría y la evidencia
empírica que la soporta se llama actualmente la Síntesis moderna.
Contínuamente los caracteres que varían están afectados por genes de
muchos loci, teniendo cada locus sólo un efecto muy pequeño en el
fenotipo. Para ver cómo funciona la teoría de Wrigth, Fisher y
Haldane empecemos por un caso irreal pero instructivo. Supongamos un
carácter medible, que varía de forma contínua, tal como la altura
del pico, y supongamos dos alelos + y - , que operan en un único
locus genético para el control del carácter. Asumiremos que el gen
de este locus influencia la producción de una hormona que estimula
el crecimiento del pico, y que cada alelo conduce a la producción de
una cantidad diferente de la hormona del crecimiento. Digamos que
cada “dosis” del alelo + incrementa el crecimiento del pico,
mientras que cada dosis de – lo reduce. De esta forma los indivíduos
++ tienen los picos mas altos, los indivíduos - - tienen los mas
planos, y los + - tienen picos intermedios. Además, supongamos (los
resaltados son míos) que la frecuencia del alelo + en la población
es 0,5. Ahora usemos la regla de Hardy-Weimberg (ecuación 3) para
calcular las frecuencias de diferentes alturas de picos en la
población. Un cuarto de la población tendrá picos altos (++) la
mitad tendrá picos intermedios (+ -), y el cuarto restante tendrá
picos bajos (- -)”. Mas adelante, complican el modelo con la
intervención de mas loci y con una abundante exposición de gráficos
con distintas distribuciones de grosores de picos, lo que hace
suponer que los autores están convencidos de que las diferencias de
grosor en los picos de los pinzones son un ejemplo de la evolución
de los organismos, para finalizar sorprendiéndonos con el siguiente
texto: “La variación ambiental influye en la distribución de alturas
de pico. De nuevo hay tres loci afectando a la altura de los picos,
como se muestra en la figura 3.6. Sin embargo, ahora asumimos que
las condiciones ambientales hace (sic) que individuos con el mismo
genotipo desarrollen picos de diferentes alturas”.
Sorprendentemente, el epígrafe bajo el que se sitúa este texto
afirma: “La visión de Darwin sobre la selección natural se puede
incorporar fácilmente a la visión genética de que la evolución se
produce típicamente a partir de cambios en las frecuencias génicas”.
Pero, para que existan estas diferencias en las frecuencias génicas
es necesaria una fuente de variación, que F. J. Ayala en su libro
“La teoría de la evolución”(99), explica así (Pág. 69): “¿Qué
procesos pueden explicar la impresionante variación genética que
existe en cada especie y la enorme diversidad de especies?. Entre
tales procesos ha de haber alguno por medio del cual la composición
del ADN de un organismo cambie; es decir, un proceso que produzca
nuevos alelos, o variantes genéticas, que puedan entonces
incorporarse al acervo genético de la especie. El proceso por el que
se originan nuevas variantes hereditarias se conoce con el nombre
genético de mutación”.
Estas mutaciones, son definidas por el autor como “errores
ocasionales” en la replicación del ADN, y “pueden tener un rango de
consecuencias desde inapreciable a letal. Sin embargo, en ocasiones
una nueva mutación puede incrementar la adaptación del organismo”.
Y, a continuación, expone en un cuadro (Pág. 76) una serie de
mutaciones conocidas y el “carácter” que producen, a saber: En el
hombre, Corea de Huntington, ausencia de iris, tumor en la retina,
Hemofilia A, acodroplasia y tumor de tejido nervioso. En Drosophila,
ojos blancos, cuerpo amarillo y variantes electroforéticas. En maíz,
semillas purpúreas o arrugadas...
Estas “fuentes de variación”, naturalmente individuales y al azar se
complementan mas adelante con ocasionales “mutaciones cromosómicas”
como delecciones, inversiones duplicaciones y translocaciones que,
simplemente, “ocurren” en el ADN, y que también son frecuentemente
letales.
Sin embargo, en el caso de que una de estas desorganizaciones
“incremente la adaptación del organismo”, intervendría la selección
natural para hacerla mayoritaria en la población. En concreto, la
selección que es el motor de los cambios evolutivos, la ”Selección
direccional”: “La distribución de fenotipos en una población cambia
a veces de forma sistemática en una dirección particular. Los
componentes físicos y biológicos del ambiente están cambiando
continuamente, y los cambios pueden ser importantes cuando persisten
durante largos períodos de tiempo”.
Seguidamente, expone dos ejemplos, que ya son verdaderos “clásicos”
en los libros de texto, sobre la “evolución” por selección
direccional, como la resistencia de los insectos a los pesticidas,
que explica textualmente así: “Esto ocurre porque los organismos
evolucionan haciéndose resistentes a los pesticidas gracias a la
selección direccional”(Pág. 120), y el “melanismo industrial” en la
famosa Biston betularia, cuya frecuencia de alas de color oscuro
aumentó con el ennegrecimiento de las fachadas y los árboles
consecuencia de la contaminación ambiental durante el siglo XIX, al
ser menos visibles por los pájaros depredadores. "No obstante a
partir de 1960 las leyes inglesas redujeron bastante el uso del
carbón en ciertas industrias con el propósito de reducir o eliminar
por completo el hollín producido. Como consecuencia se redujo el
ennegrecimiento de la vegetación circundante y las polillas moteadas
empezaron a aumentar en frecuencia de forma gradual, de manera que
en la actualidad han reemplazado de nuevo a las negras en muchas
regiones.” Es decir, la “evolución” por selección direccional puede
ser reversible. De todos modos existe otro tipo de selección que lo
que elimina son los fenotipos “extremos”:
“La selección estabilizadora es muy común. Con frecuencia, los
individuos que sobreviven y se reproducen con más éxito son los que
presentan los valores fenotípicos intermedios” (es decir, los
individuos normales). “Los efectos de la selección estabilizadora
interfieren a veces con los de la artificial”. Los ejemplos son la
selección de gallinas que pongan los huevos más gordos, o las vacas
que dan más leche, gracias a la selección dirigida por el ganadero:
“si ésta se suspende la selección natural toma su curso y provoca el
retorno gradual de los caracteres a los valores intermedios
originales” (porque eso es lo que “hace” la Naturaleza, exactamente
lo contrario de lo que hacen los ganaderos en los que se basó
Darwin: poner las cosas en su sitio).
Este tipo de argumentos son los que conforman la base de la teoría
que pretende explicar los grandes cambios de organización biológica
que se han producido a lo largo de la evolución: las “asunciones” y
“suposiciones” sobre la variación de las frecuencias de unos,
también supuestos, alelos responsables directos de la variedad
fenotípica dentro de una población, los errores de duplicación del
ADN como creadores de caracteres “beneficiosos”, y la eliminación de
las variaciones no adecuadas por la selección natural que, “en
muchas ocasiones” favorece a los individuos normales. El hecho de
que los insectos resistentes a los pesticidas, los picos más o menos
gruesos de los pinzones, o las mariposas que sobreviven a los
depredadores ya existían antes de la supuesta actuación de la
selección natural, y que sigan siendo los mismos insectos, los
mismos pinzones y las mismas mariposas, no parece ser óbice para
afirmar que “han evolucionado”. Y así, a pesar de la evidente falta
de coherencia lógica entre el proceso y el resultado, la fe en la
capacidad creadora de la selección natural permite afirmar que: “la
selección natural explica por qué los pájaros tienen alas y los
peces agallas, y por qué el ojo está específicamente diseñado para
ver y la mano para coger”, (Ayala, 99), lo que equivale a afirmar
que el verdadero responsable de las diferencias de características y
propiedades de un avión o un automóvil es el señor que elimina los
que han salido defectuosos de fábrica. En definitiva, el estado
actual de la Teoría de la evolución, la situaría en la segunda
acepción del diccionario, es decir, no susceptible de aplicación.
No obstante, a pesar de que la “extremadamente simple, al tiempo que
poderosa “(Ayala,99) explicación de la selección natural continúa
figurando en los libros de texto y la mayoría de las publicaciones
científicas como responsable último capaz de crear desde los
organismos voladores hasta los ecosistemas, desde las “primeras
moléculas autorreplicantes” hasta los sistemas bioquímicos, la
(efectivamente) simpleza de esta supuesta explicación está llevando
a un número creciente de científicos muy cualificados de distintos
campos a plantear la necesidad de elaborar una nueva teoría,
verdaderamente científica “capaz de relacionar y explicar” los
fenómenos biológicos.
El paleontólogo Niles Eldredge, en su libro “Síntesis inacabada”(97)
concluye: “... la evolución es probablemente un asunto mas complejo
de lo que la teoría sintética nos ha hecho creer”. Una complejidad
que según Michael J. Behe(99), en su libro “La caja negra de Darwin:
El reto de la bioquímica al darwinismo” es incompatible con los
“mecanismos” darwinistas de evolución:”Qué tipo de sistema biológico
no pudo formarse mediante numerosas y leves modificaciones
sucesivas?. Ante todo, un sistema que es irreductiblemente complejo.
Con esta expresión me refiero a un solo sistema compuesto por varias
piezas armónicas e interactuantes que contribuyen a la función
básica, en el cual la eliminación de cualquiera de estas piezas
impide al sistema funcionar”. Pero problemas como este no entran en
los cálculos de la genética de poblaciones: “La cuestión de las
verdaderas causas de la morfogénesis y la evolución nunca ha sido
resuelta por la teoría evolutiva predominante con su énfasis puesto
exclusivamente en los genes”(Wan Ho, 01). Y sin embargo:
”Los genes que son obviamente variables dentro de las poblaciones
naturales no parecen estar en la base de muchos cambios adaptativos
importantes, mientras que los que, aparentemente, constituyen el
fundamento de muchos o la mayoría de los cambios adaptativos,
aparentemente no son variables dentro de las poblaciones naturales”(McDonald,83).
Para resumir estos cuestionamientos recurriremos al genetista
evolutivo George Miklos (93):¿Qué predice, pues, esta teoría
abarcadora de la evolución?. Dado un puñado de postulados, tales
como las mutaciones aleatorias y los coeficientes de selección,
predice cambios en frecuencias génicas a través del tiempo. ¿Es esto
lo que debe ser una gran teoría de la evolución?
Incluso las matemáticas, base de la “evolución” por cambios de
frecuencias génicas dentro de una población, se resisten a darle la
razón a la teoría sintética. Hace tiempo (Schutremberger, 67), que
los matemáticos han manifestado que no ha habido tiempo suficiente
en la historia de la Tierra para que “un ojo” se formara mediante
mutaciones individuales y al azar. Si extendemos los cálculos al
resto de los sistemas biológicos, la conclusión es obvia.
Ante estos argumentos científicos, resulta sorprendente el
mantenimiento, incluso el auge, de la concepción darwiniana de la
Naturaleza, y especialmente la consideración de la selección natural
como una especie de Deus ex machina capaz de generar la enorme
complejidad de los fenómenos biológicos, cuando los argumentos y los
cálculos para explicarla, incluso basados en unas asunciones y
suposiciones sobre una base mendeliana apoyada en caracteres
superficiales, ya ampliamente superadas por los datos reales, todo
lo que puedan explicar es que unos individuos ya existentes
sobrevivan mejor o peor en un ambiente concreto.
Pero esta contradicción entre unos datos del Siglo XXI y una base
teórica del Siglo XIX parece haber tocado fondo. A raíz de la
publicación del informe sobre la secuenciación (parcial) del Genoma
humano, P. Ball(01), editorialista de Nature, considerada una de las
revistas científicas mas prestigiosas y, por tanto, de algún modo
“guardianes de la ortodoxia”, escribió:”La Biología carece de un
marco teórico para describir este tipo de situación /.../ los
biólogos van a tener que construir una nueva biología. Desde que en
los años sesenta se descifró el código genético, la biología
molecular ha sido una ciencia cualitativa, dedicada a investigar y
clasificar las moléculas de la célula como los zoólogos victorianos
catalogaban las especies. El genoma humano marca la culminación de
ese esfuerzo. Ahora se necesitan modelos y teorías que ayuden a
lograr que la inmensa fortuna de datos que se han amasado cobre
sentido”(El subrayado es mío).
La afirmación que la Biología “carece de marco teórico” puede ser
considerada una apreciación personal, si bien sorprendente en un
editorial de tan influyente y ortodoxa revista, pero parece que algo
está cambiando, porque no es un fenómeno ocasional. Otro prestigioso
editorialista de la misma revista, Henry Gee (00), ya había
planteado mas explícitamente aún la situación: “ La cuestión del
origen de las especies debe tener que ver, fundamentalmente, con la
evolución de programas embrionarios.../ ../.Usted puede buscar a
Darwin para una respuesta pero buscará en vano. Darwin estudió leves
variaciones en características externas, sugiriendo cómo esas
variaciones pueden ser favorecidas por circunstancias externas, y
extrapoló el proceso al árbol completo de la vida. Pero,
seguramente, hay cuestiones mas profundas para preguntarse que por
qué las polillas tienen alas mas negras o mas blancas, o por qué las
orquídeas tienen pétalos de esta u otra forma. ¿Por qué las polillas
tienen alas y por qué las orquídeas tienen pétalos?.¿Qué creó esas
estructuras por primera vez?.
La victoria del Darwinismo ha sido tan completa que es un shock
darse cuenta de cuan vacía es realmente la visión Darwiniana de la
vida”. (El subrayado es mío).
Aunque quizás ésta se pueda considerar una interpretación
discutible, parece que se ha dado “oficialmente” el pistoletazo de
salida. Una especie de permiso para plantear alternativas. Y de
hecho, la reacción no se ha hecho esperar con afirmaciones del tipo
“Era evidente que la teoría darwinista era insuficiente” pero que en
el fondo parecen apuntar, no a un verdadero cambio de perspectiva,
sino a un mantenimiento del darwinismo por la vía de la “ampliación”
(Adami et al., 00) porque dado su carácter de narración de sucesos
aleatorios es capaz de asimilar cualquier tipo de fenómeno por
contradictorio que sea con la visión tradicional porque, en última
instancia, si un individuo sobrevive es porque "ha actuado" la
selección natural.
Un problema típico de los “conversos” es que creen estar practicando
el nuevo credo, pero, en realidad, no pueden desprenderse de los
dogmas, tan asumidos, del anterior. El resultado puede ser una
especie de “sincretismo” que, si bien es muy enriquecedor en su
aspecto cultural, sería muy negativo en el aspecto científico porque
puede contribuir al aumento de la confusión. Porque la actitud,
aparentemente ecuánime y razonable de “conciliar posturas” es
justamente la antítesis de la práctica científica que es, por
definición, radical en el sentido de ir a las raíces de los
fenómenos estudiados. Por eso, tal vez sea conveniente poner en
limpio los datos, depurar lo que son hechos de las interpretaciones
y, entre éstas, muy especialmente el vocabulario de la Biología
actual que, bajo la consideración de terminología científica, lo que
en realidad oculta es un contenido y un significado cargado de
prejuicios deformadores de los fenómenos naturales. Porque el
problema real no es que el darwinismo sea “una visión vacía de la
vida”, sino una visión deformada que convierte hechos ocasionales,
incluso intrascendentes en fundamentales.
LAS METÁFORAS COMO EXPLICACIÓN CIENTÍFICA
El darwinismo surgió como una metáfora de la visión victoriana del
mundo en un período de grandes desigualdades sociales y mundiales
consecuencia de la revolución industrial y la expansión colonial
británica (Sandín,00). La proyección sobre la Naturaleza de las
doctrinas económicas y sociales de Malthus y su “lucha por la vida”
y Spencer con “la supervivencia del mas apto”, que Darwin reconoce
como base de su teoría, es difícilmente cuestionable. Es, en
palabras de Bertrand Rusell(35): “Una extensión al mundo animal y
vegetal de la economía del laissez faire”. En cuanto al carácter
científico de la, aparentemente inamovible selección natural,
también hace tiempo que se le ha situado en sus justos términos: G.
Bernard Shaw, en su magnífico prólogo de “Vuelta a Matusalén” (58),
una acerba crítica al darwinismo cargada de sensibilidad y lucidez,
escribe sobre el éxito popular de este concepto: “La razón fue, creo
yo, que la Selección Circunstancial (como él la denominó) es mas
fácil de entender, mas visible y concreta que la evolución
lamarckiana /.../ Apenas hay en ninguna casa de campo inglesa un
peón que no haya llevado una lechigada de gatitos o perritos al
balde para ahogarlos a todos menos al que le parece el mas
prometedor /.../ Ese fue el secreto de la popularidad de Darwin.
Nunca dejó perplejo a nadie. Pero nunca penetró debajo de los hechos
ni se elevó por encima de ellos más de lo que lo pudiera conseguir
un hombre corriente”.
Sin embargo, y tal vez por esa “sencillez “ de visualización, la
selección natural ha llegado a convertirse en una cuestión de fe,
acompañada de conceptos igualmente “evidentes” aunque tampoco tengan
nada que ver con la evolución, pero también cargados de significados
y valores culturales, pero más concretamente de un determinado
sector social, porque, como hemos comprobado, no son compartidos por
todos los miembros de la misma cultura. Y este fenómeno es
detectable en muchos de los conceptos centrales del darwinismo. Los
términos the fittest o selfish, por ejemplo, tienen en la cultura
anglosajona un significado y unas connotaciones bastante diferentes
de las que tienen en castellano sus inexactas traducciones más apto
y egoísta, que son usadas como conceptos científicos. Por eso va a
resultar difícil desterrar estos términos del vocabulario biológico,
ya que no sólo son parte constituyente del entramado conceptual de
la "Biología moderna" sino que son permanentemente, incluso
crecientemente reforzados por el modelo económico y social del que
esta base conceptual nació. Nadie puede negar que en la Naturaleza
existe la competencia, y aunque el hipotético “vencedor” en un
ritual de apareamiento, o el supuesto “mejor cazador” siga siendo el
mismo ciervo o la misma águila, con los mismos genes que determinan
el desarrollo embrionario que hace posible su condición de ciervo o
águila, es indiscutible que esa condición se adquirió “por
competición”.
Y por si nuestro entorno laboral o social no fuera suficiente para
convencernos de que el progreso (o la simple supervivencia) se
consigue por competición, los más prestigiosos científicos
darwinistas se encargan de explicar al público las parábolas del
libre mercado y la libre competencia en términos biológicos: “En
realidad, sólo existe una entidad cuya perspectiva importa en la
evolución. En los cuerpos juveniles los genes serán seleccionados
por su habilidad en ser más astutos que los cuerpos de sus padres;
en los cuerpos de los padres los genes serán seleccionados por su
habilidad en superar en astucia a los jóvenes.... los genes son
seleccionados por su habilidad en sacar el mejor provecho posible de
las palancas de poder que se encuentran a su disposición: deberán
explotar sus oportunidades prácticas” (R. Dawwkins, El gen egoísta
1993). Más concretamente: “Por decirlo en pocas palabras, se compite
todo el tiempo y con todo el mundo, incluso con los miembros de la
misma especie, del mismo sexo y hasta de la misma camada." (J.L.
Arsuaga, Olimpiadas diarias de los animales, en el diario El
País,1999)
Desde luego, no puede decirse que esta concepción de la vida resulte
escandalizante en la actualidad para el ciudadano occidental. Es
más, se la puede considerar la argumentación básica del llamado
“pensamiento único”. Sin embargo, en otras culturas, en otras épocas
o para otras sensibilidades puede resultar una visión patológica de
la realidad: "Los maestros calumnian a la Naturaleza: La injusticia,
dicen, es Ley Natural.... Por Ley Natural, comprueban Richard
Herrnstein y Charles Murray, los negros están en los más bajos
peldaños de la escala social. Para explicar el éxito de sus
negocios, John D. Rockefeller solía decir que la Naturaleza
recompensa a los más aptos y castiga a los inútiles; y más de un
siglo después, muchos dueños del Mundo siguen creyendo que Charles
Darwin escribió sus obras para anunciarles la gloria." (Eduardo
Galeano, "Escuela del Mundo al revés" 1998).
Pero la sublimación de la competencia en los argumentos darwinistas
ha llegado a ser tal, que se llega a olvidar la evolución: “Según la
hipótesis de la Reina Roja de Van Valen, el ambiente cambia
constantemente aunque no se modifique el medio físico, porque la
competición entre especies hace que todas tengan que “correr todo lo
que puedan para estar en el mismo sitio”. Ello se debe a que la suma
de las eficacias darwinianas de las especies que interaccionan en
una misma biota en un momento dado es una cantidad constante; en
consecuencia, si la aptitud biológica (la “fitness”) de una especie
aumenta, todas las demás experimentarán una cierta reducción en su
aptitud y tendrán que evolucionar para recuperar su aptitud perdida
y no extinguirse. Se pueden encontrar muchos ejemplos en los
diferentes órdenes de mamíferos para ilustrar la hipótesis de la
Reina Roja. Si una especie de ungulado se hace más rápida todas las
demás recibirán mayor presión por parte de los depredadores. Y si un
depredador se hace más rápido todos los demás corren el peligro de
quedarse sin presas. De esta manera la evolución no se detiene
jamás, aunque el medio físico permanezca estable (clima, relieve,
etc.).” (Arsuaga, 2001). De lo que cabe deducir que evolucionar es
correr más rápido, aunque en palabras de B.Shaw: “... ninguna pulga
será tan necia como para predicar que el Hombre, al matar pulgas,
aplica un método de Selección Natural que acabará por producir una
pulga tan veloz que no habrá hombre capaz de atraparla”.
Pero “así es la Naturaleza”: “La hipótesis de la Reina Roja de Van
Valen traslada al campo de la Biología, como dice Agustí, la
maldición de Sartre de que “el infierno son los otros”; sólo que en
este caso el infierno serían, más concretamente, los hermanos, es
decir, las especies emparentadas que interaccionan en la misma zona
ecológica”. (Arsuaga, 01)
En este “infierno”, cualquier acto de cooperación y solidaridad sólo
puede estar guiado por el propio interés. En el caso de ayudar a los
individuos emparentados, el motivo neodarwinista está claro: es la
“selección familiar”, es decir, “ayudas a mantener tus propios
genes”, pero entre los individuos no consanguíneos, cuando un
individuo arriesga su vida con una llamada de alarma para que otros
escapen, o avisa de la existencia de alimento, o escenifica un
combate “ritualizado” para evitar daños “el problema es mucho más
complejo y plantea un verdadero reto al neodarwinismo, porque la
selección familiar no se puede aplicar cuando los contendientes no
están muy relacionados genéticamente... Pero John Maynard Smith ha
ofrecido una explicación que se basa en la teoría matemática de
juegos, desarrollada por Jonh von Neumann y Oskar Morgenstern en los
años cuarenta, y que saca al neodarwinismo del aprieto. Un conocido
ejemplo es el llamado “dilema del prisionero”, creado por el
matemático Albert W. Tucker: Dos acusados de haber cometido un robo
juntos, son aislados en celdas separadas y obligados a confesar sin
que uno sepa lo que hace el otro...” Tras una descripción sobre las
penas correspondientes según confiese uno solo o los dos, la
conclusión es: “Paradójicamente, si cooperan los dos ladrones, (y
ninguno confiesa), les va mejor que si los dos confiesan, (y no
cooperan entre sí)”. Posteriormente la metáfora se refuerza con el
ejemplo de cómo las compañías petrolíferas subieron los precios, un
poco, independientemente (?) y “el beneficio es menor a corto plazo,
pero más estable a la larga”, (pag. 225) para finalizar con la
siguiente conclusión: “La cooperación puede, como se ha visto,
resultar rentable aunque los individuos no sean por naturaleza
altruistas” (Arsuaga, 2001). Sería demasiado extenso el relato de
las alegorías que surgen continuamente para tapar las grietas de
“la” teoría de la evolución: fusiones bancarias, bacterias esclavas,
la barba verde, el borracho y el muro... Pero ésta es la lógica
“evolución” del darwinismo: comenzó como una parábola y acabará como
una recopilación de cuentos populares.
Aunque para personas relacionadas con otras disciplinas puede
resultar extraño, estos son argumentos científicos que se pueden
encontrar en textos y prestigiosas revistas como fundamento teórico
de la biología actual, pero son imprescindibles para mantener,
contra las evidencias, el darwinismo como explicación de la
naturaleza y son consideradas explicaciones "científicas". A este
respecto, M. Behe (99) ha escrito: “Si se realizara una encuesta
entre los científicos del mundo, la gran mayoría respondería que
cree en la verdad del darwinismo. Pero los científicos, como todos
los demás, basan la mayoría de sus opiniones en lo que dicen otras
personas. Entre la gran mayoría de los que aceptan el darwinismo,
muchos, (aunque no todos) lo hacen basados en el argumento de
autoridad. Y, lamentablemente, la comunidad científica ha desdeñado
muchas críticas por miedo a nutrir el arsenal de los creacionistas.
Es irónico que se hayan desechado perspicaces críticas científicas
de la selección natural en nombre de la protección de la ciencia”. Y
esta protección de “la ciencia” desde la confortable sensación que
seguramente debe producir el sentirse apoyado por la doctrina
dominante, permite una descalificación, con todos los tintes de un
anatema, de las opiniones no sometidas a los criterios oficiales.
Así, el prestigioso filósofo e Historiador de “la” biología
evolutiva (del darwinismo, para ser exactos) Michael Ruse, en su
libro “El misterio de los misterios: ¿Es la evolución una
construcción social?” (2001), nos informa de que el libro
“Superstición superior, la izquierda académica y sus disputas con la
ciencia”, escrito por Dane R. Gross y Norman Lewitt, “ofrece una
explicación tan simple como categórica. La década de los sesenta fue
la época de los hijos de las flores: sexo, drogas, misticismo
oriental y, por encima de todo, un profundo aborrecimiento de la
ciencia, considerada el motor esencial del complejo
militar-industrial.... Los tiempos han cambiado, pero no el
pensamiento de aquellos niños, que con el tiempo se han convertido
en catedráticos y rectores de las facultades de humanidades y
ciencias sociales. Ahora ellos y sus discípulos pueden dar rienda
suelta a su oposición a la ciencia, una oposición basada en el
prejuicio, el miedo y, sobre todo, en una absoluta ignorancia”.
Pero no sólo se desautorizan las críticas en base a la “ignorancia”
científica. Las opiniones discrepantes, que en ciencia son la fuente
del enriquecedor debate intelectual, les resultan tan inconcebibles
que provocan una “puritana” reacción de escándalo aunque provengan
de científicos tan cualificados como Pierre Grassé, uno de los más
grandes zoólogos europeos: “El citado Pierre Grassé se manifestaba
(¡en 1973!) en abierto desacuerdo con los principios seleccionistas
y utilitaristas del darwinismo. Grassé afirmaba que las mutaciones
al azar por errores de copia del ADN no explicaban la evolución, ya
que sólo producían alelos nuevos, y no genes nuevos; además se
proclamaba abiertamente lamarckista y afirmaba que la evolución es
un fenómeno orientado”(Arsuaga,01).
La palabra lamarckista no necesita más descalificación (ya saben, el
cuello de la jirafa), pero éste es el resultado de un fenómeno
insólito e inimaginable para cualquier otra disciplina: el enorme
vacío sobre el que los biólogos cimentamos nuestra formación. La
ausencia de información (cuando no deformación) sobre las ideas y
aportaciones de los precursores de nuestra disciplina, no sólo de
Lamarck, sino de la escuela evolucionista francesa, muchas de cuyas
hipótesis, realmente científicas, están siendo reivindicadas por los
descubrimientos más recientes. Una ocultación que debe de tener
algún motivo, porque no puede ser sólo fruto de la ignorancia .
Pero, desde luego, no es por descuido: En 1966, Simpson escribía en
Sience: “Deseo insistir ahora en que todos los intentos efectuados
para responder a este interrogante antes de 1859 carecen de valor, y
en que asumiremos una posición más correcta si ignoramos dichas
respuestas por completo”.
Y los darwinistas han cumplido perfectamente la orden. Así es como
nos cuentan “la Buena Nueva”: “ Los organismos vivientes han
existido sobre la Tierra, sin nunca saber por qué, durante más de
tres mil millones de años, antes de que la verdad, al fin, fuese
comprendida por uno de ellos. Por un hombre llamado Charles
Darwin.”(Richard Dawkins: “El gen egoísta”).
Si la Nueva Biología quiere recuperar su base científica, tendrá que
liberarse de la “visión vacía de la realidad” que ha deformado las
interpretaciones de los descubrimientos producidos en los últimos
150 años. Para ello, tal vez sea un buen punto de partida volver a
1871 con la crítica científica al darwinismo expuesta por el que los
historiadores darwinistas denominan (seguramente sin ninguna
intención oculta), “el zoólogo católico (Strathern, 99) St. George
Mivart”: “Lo que se puede alegar, se puede sintetizar de ésta
manera: que la “selección natural” es incapaz de explicar las etapas
incipientes de las estructuras útiles; que no armoniza con la
coexistencia de estructuras muy similares de diverso origen; que hay
fundamentos para pensar que las diferencias específicas se pueden
desarrollar súbita y no gradualmente; que la opinión de que las
especies tienen límites definidos, aunque muy diferentes para su
variabilidad todavía es sostenible; que ciertas formas fósiles de
transición todavía están ausentes, cuando cabría esperar que
estuviesen presentes/ ... /que hay muchos fenómenos notables de las
formas orgánicas sobre los cuales la “selección natural no arroja la
menor luz”. (Mivart, 1871).
NUEVOS DATOS: VIEJAS INTERPRETACIONES
1.- Sobre el origen gradual y al azar de la vida.
Casi resulta una obviedad afirmar que el suceso crucial de la
evolución de la vida es, precisamente, la aparición de la vida sobre
la Tierra. Sin embargo este problema está muy lejos de ser resuelto
desde la perspectiva “ortodoxa”. El intento de explicar la aparición
de lo que entendemos por vida en unas condiciones de altísimas
temperaturas en medio de una atmósfera altamente tóxica mediante la
aparición gradual e independiente de las especialísimas, numerosas e
interdependientes moléculas que conforman el más mínimo fenómeno de
la vida, constituye un auténtico quebradero de cabeza, al menos,
para los que intentan una explicación racional y basada en datos
reales (es decir, existentes).Pero, quizás sea conveniente comenzar
por definir lo que científicamente se considera “vida”. Para ello,
habremos de referirnos a la visión predominante en la actualidad, a
la de los expertos de programas de investigación que mueven ingentes
sumas de dinero para la búsqueda de vida en el Universo: el programa
SETI: "La mayoría de las definiciones propuestas han enfrentado
serias objecciones. No obstante, una definición de trabajo se ha
convertido en influyente en la comunidad de los orígenes de la vida:
vida es un sistema químico autosostenible capaz de estar sometido a
evolución Darwiniana” (Chyba y Phillips, 01). (El subrrayado es mio).
Veamos, pues, cómo tuvo que producirse este “sistema químico”:
La aparición gradual (y al azar) de la vida como producto de
reacciones químicas espontáneas, implica la aparición de “una”
primera molécula. Este honor y esta dura responsabilidad han recaído
sobre el ácido ribonucléico que, al parecer, tuvo que llegar a
constituir todo un “Mundo ARN” (Gesteland y Atkins, 93). Pero,”...el
RNA es una molécula muy compleja, que jamás ha sido sintetizada en
el laboratorio sin enzimas”. Solución: “Dejemos, pues, a otros
dilucidar el orígen del RNA e interesémonos por el mundo RNA y su
evolución.” (Forterre, 01). Éstos pasos son: La “aparición” de las
proteínas (pero no unas cualesquiera). La “evolución” (al azar) del
ARN y proteínas para formar un ribosoma (¿) y, finalmente, la
entrada en escena del ADN que, dada la dificultad de que el ácido
ribonucléico se transforme espontáneamente en desoxirribonucléico
porque “es una reacción química muy difícil de realizar. En todos
los organismos vivos actuales, esta reacción es catalizada por
proteínas-enzimas muy perfeccionadas llamadas ribonucleótidos-reductasas”,
tuvo que ser aportado por un virus, (Forterre,01) cuya oportuna
presencia contradice la versión oficial, según la cual los virus son
ADN o ARN celulares que han “adquirido” de la célula el gen que
codifica la cápsida.
Lo cierto es que, como los mismos partidarios de su aparición
gradual y al azar reconocen, la vida necesita de la interacción
simultánea de moléculas muy complejas con características muy
especiales, que no se explican sólo como resultado de reacciones
químicas. Pero que, además, sólo se pueden producir en estado de
aislamiento del medio, y la “aparición” de la membrana, incluso si
estuviese constituida solamente de fosfolípidos (que no es así),
también resulta de muy difícil explicación. Estas moléculas están
constituidas por tres partes de orígenes diferentes, para las cuales
no se conoce ninguna reacción no enzimática que permita su síntesis.
El resultado de la multiplicación de las probabilidades de que todas
estas moléculas aparezcan e interactúen al azar sería de unas
dimensiones de difícil calificación. Porque el menor sistema
realmente vivo (autosostenible) que podamos imaginar es un sistema
“irreductiblemente complejo”, es decir, “compuesto por varias piezas
armónicas e interactuantes que contribuyen a la función básica, en
el cual la eliminación de cualquiera de estas piezas impide al
sistema funcionar”. (Behe, 99).
Estas características las reúnen los primeros organismos vivos de
los que tenemos constancia real: las bacterias. (Aquí sería
conveniente un inciso para hacer notar que las bacterias no pueden
ser consideradas seres vivos según la definición “oficial” de la
vida, ya que su supuesta “evolución” no se ajustaría al modelo
neodarwinista (sólo tienen un cromosoma)). Lo cierto es que las
bacterias aparecieron en la Tierra muy pronto, cuando todavía estaba
en formación, y en unas condiciones en que la vida, tal como la
conocemos, era imposible. En una atmósfera tóxica, sin oxígeno libre
(y, por tanto, sin capa de ozono protectora de las dañinas
radiaciones ultravioleta) y sometida a una radiactividad que se ha
estimado en cincuenta veces mayor que la actual. Y esa asombrosa
capacidad de supervivencia se mantiene en la actualidad: Pueden
vivir en las profundidades de la corteza terrestre, en depósitos de
petróleo a casi dos kilómetros de profundidad, en fuentes
geotermales a 112º C y soportando enormes presiones hidrostáticas.
Incluso, pueden vivir en el interior de reactores nucleares
soportando radiaciones miles de veces mayores de las que han
existido nunca en la Tierra.
Pero, además, los materiales que metabolizan (que utilizan para
vivir, y no para “sobrevivir”) son de lo más llamativo: desde
sulfúrico a hierro, desde sales saturadas hasta titanio (lo que,
teniendo en cuenta su escasez en la tierra es una “adaptación” muy
voluntariosa). Si a todas estas cualidades o características
incompatibles con lo que para nosotros son los procesos vitales, les
añadimos el hecho constatado de que la mayor parte de la atmósfera
apta para la vida fue una creación (“un producto derivado de la
actividad”) de las bacterias, podemos llegar a tener la impresión de
que tal vez las bacterias no sean el primer estado de vida surgido
gradualmente y al azar como resultado de la actuación de la
selección natural. De que no han dispuesto de suficiente tiempo para
“adquirir” por azar esas capacidades, sino de que tienen esas
capacidades, impensables para cualquier otro organismo vivo. De que,
tal vez, sean “otra cosa”.
Desde luego, las condiciones en que aparecieron las bacterias en la
Tierra no constituyen un escenario razonable para una supuesta
formación por partes. Y este argumento está dejando de ser,
oficialmente una especulación propia de la ciencia ficción. En
Octubre de 2001, Philip Ball escribía en Nature:
“El ambiente en la joven Tierra estuvo plagado de explosiones que
habrían hecho que una guerra nuclear pareciera un despliegue de
fuegos artificiales. Cometas y asteroides gigantescos la golpeaban
continuamente, haciendo hervir gran parte de los océanos y
esterilizando el planeta. Pero es evidente que la vida sobrevivió.
De hecho, las últimas teorías indican que los primeros
microorganismos, lejos de ser frágiles, estaban sólidamente
adaptados a entornos extremos/ ... /En cualquier caso, no es fácil
hacer aparecer células vivas a partir de un “caldo” de sustancias
químicas sencillas, y puede que la Tierra sólo tuviera un breve
período de tiempo para que esto pasase. Por eso, algunos
investigadores creen que es posible que nuestro planeta necesitara
algo de ayuda desde el exterior...”.
Pero esta no es una especulación en el vacío. A propósito del
descubrimiento de microfósiles de 3.500 millones de años en Apex
Chert (Australia) (Rasmussen, 00), Henry Gee escribe en Nature (00):
“...las cianobacterias de Apex Chert eran muy similares a las
especies de cianobacterias vivientes hoy, sugiriendo que las
cianobacterias evolucionan de un modo extremadamente lento. Esto nos
lleva a otro rompecabezas: si las cianobacterias apenas han cambiado
en 3.500 millones de años, ¿cómo pueden haber evolucionado tan
rápidamente en los 700 millones precedentes?. (Aquí, habría que
matizar que no se trata sólo del problema de su “evolución”, sino el
de su “formación”). Aunque microscópicas, las cianobacterias están
constituidas por células y tienen una bioquímica tan sofisticada
como cualquier otra forma de vida. ¿Cómo pudieron haber evolucionado
de una simple mezcla de productos químicos en tan corto tiempo?.
Esos problemas están conduciendo a los investigadores interesados en
el origen de la vida (se supone que no serán sólo unos pocos los
“interesados”), a mirar de otra forma una sugerencia considerada
usualmente una chifladura: que la vida haya evolucionado en algún
lugar del Universo y haya llegado a la Tierra desde el espacio.
Ahora están comenzando a comprobar esta idea experimentalmente”.
Sin embargo, parece que el interés del problema es de menor cuantía
porque finaliza el comentario con estas palabras: “El gran problema
con la idea fuera-de-la-Tierra es, no obstante, que no resuelve la
cuestión del origen de la vida, simplemente cambia el problema de
sitio”. Una vez más, las viejas interpretaciones se resisten a dar a
los datos el significado que tienen. Por ejemplo, el premio Nobel
Cristian de Duve,(95) solventa el problema de este modo: “Incluso si
aceptamos que la vida llegó a la Tierra desde el espacio exterior,
obviamos el problema de cómo se originó. Por tanto, voy a asumir que
la vida nació justo donde está actualmente: aquí, en la Tierra.”
Estos argumentos, muy repetidos por los darwinistas, y que,
seguramente, resultarán convincentes para los lectores convencidos
de la idea de la vida como un fenómeno único y aleatorio, es una
muestra de cómo el uso de los argumentos darwinistas nos ha
acostumbrado a los biólogos (incluso a los más brillantes) a mirar
“al dedo que señala a la Luna”. Porque, efectivamente, la vida tuvo
un principio en la Tierra, incluso la Tierra tuvo un principio. Pero
es muy diferente el significado de que la vida tuviera un origen
aleatorio, improbable y único, y precisamente aquí, de que la vida
exista y se propague por el universo. De que posiblemente sea previa
a la existencia de la Tierra. Un significado sobre el que volveremos
más adelante.
En este contexto, otro problema con muy distinto significado de la
interpretación “obligatoria” es el de la aparición de “la primera
célula”. En 1909 el biólogo ruso Konstantin S. Merezhkovsky propuso
que los cloroplastos (entonces llamados “puntos verdes”) de las
células vegetales procedían de un simbionte de origen externo. Acuñó
el término “simbiogénesis”, a la que atribuyó el carácter de
principal fuerza creativa en la producción de nuevas clases de
organismos (Barreno, 99). Estas ideas fueron seguidas hasta los años
20 por algunos biólogos rusos y norteamericanos que fueron
menospreciados por sus colegas, y olvidados, hasta que en los años
80 fueron retomadas por Lynn Margullis (aquí cabría introducir dos
puntualizaciones: 1ª: Ya está todo dicho. 2ª: Quizá fuese
conveniente una revisión histórica que permitiese una atribución más
justa de los méritos científicos a sus verdaderos acreedores), en su
teoría del origen endosimbionte de la célula, hoy suficientemente
demostrado y mayoritariamente aceptado. Pero la aceptación de la
teoría endosimbionte no significa que se le atribuya el carácter
general de fuerza creadora de Merezhkovsky, sino que se restringe al
origen de “la primera” célula. El resultado de esta simbiosis
ocasional, sería favorecido por la inevitable selección natural.
“Eventualmente, tenemos que comprender que la selección natural
opera, no tanto actuando sobre mutaciones al azar, que son a menudo
dañinas, sino sobre nuevas clases de individuos que evolucionan por
simbiogénesis”(Margulis, L. y Sagan, D., 95).
Al parecer, el hecho obvio de que unos seres sobrevivan en un
momento determinado y otros no (incluso sólo de que unos organismos
sobrevivan) conduce ineludiblemente a la actuación de la selección
natural como causa de su presencia en la Tierra, ignorando el
verdadero motivo de su aparición, el proceso que los formó. Si no
tenemos más remedio que recurrir a las metáforas de nuestra vida
cotidiana, este tipo de razonamiento resultaría comparable a
atribuir el origen de un avión supersónico a “porque llega pronto”.
El origen endosimbionte de las células eucariotas es un hecho
ampliamente admitido y constatado en la actualidad, e incluso los
distintos tipos de mitocondrias se atribuyen a distintos orígenes
bacterianos. La cuestión subyacente es si todos estos fenómenos
responden a distintos sucesos aleatorios ocasionales e individuales,
o forman parte de eventos más generales y sistemáticos.
Porque este es otro punto crucial en el contexto del intento de
devolver a la Biología su carácter de Ciencia: Una teoría basada en
hechos contingentes (al azar, únicos e irrepetibles) no es, en
realidad, una teoría, sino una narración histórica, y los sucesos
únicos no pueden ser verificados experimentalmente (ni, en palabras
de Popper, pueden ser por tanto sujetos al criterio de falsación)
por lo que no pertenecen al campo de estudio de la ciencia.
Veamos, pues, unos datos que pueden ser incluidos dentro de estos
criterios: Mediante el estudio del ARN ribosómico, W. Ford Doolittle
(00), ha transformado el hipotético árbol de la vida basado en, un
también hipotético “ultimo antecesor universal común” (LUCA, en sus
iniciales inglesas), en una intrincada red que interconexiona
arqueobacterias con eubacterias y las dos con eucariotas, y con una
base de múltiples raíces, tanto en el origen de arqueobacterias como
de eubacterias, que él denomina (necesariamente) “comunidad
ancestral común de células primitivas). En cuanto a los genes
celulares, los de la célula eucariota son una mezcla de genes de
eubacterias y arqueobacterias, que son los que realizan las
funciones básicas celulares. Para el resto de los genes de los
organismos eucariotas (como pueden ser los que controlan el
desarrollo embrionario) y que según él, “se ignora de donde pudieron
haber venido”, reivindica la necesidad de “la existencia de un
cuarto dominio de organismos, extinguido en la actualidad, que
transfirió horizontalmente al núcleo de las células eucariotas los
genes responsables de éstos caracteres”. Una explicación razonable,
si tenemos en cuenta que, dada la extremada conservación y
especificidad de los genes celulares desde su mismo origen, es poco
lógico pensar que los genes que controlan, por ejemplo el desarrollo
embrionario, surjan gradualmente como consecuencia de mutaciones al
azar en los genes que controlan las funciones básicas celulares.
Ahora se trataría de identificar este “cuarto dominio, extinguido en
la actualidad”.
Vayamos a otros datos contrastables que pueden ofrecernos alguna
pista: Radhey Gupta(00), de la Universidad McMaster de Ontario, ha
estudiado una gran cantidad de secuencias de ADN de los genomas
procariotas y eucariotas secuenciados. Esto le ha permitido
identificar numerosas inserciones y delecciones (y aquí, me permito
llamar la atención sobre estos hechos, sobre cuyos responsables
hablaremos más adelante), “con un alto grado de conservación que, o
bien son únicos para grupos de especies, o son compartidos por
grupos filéticos de organismos”. Estas delecciones e inserciones,
que él denomina “firmas”, “permitirán estudiar relaciones entre los
grupos principales de procariota y eucariotas”. (Una observación
obvia, pero que, además, hace pensar que esas “firmas” específicas
han tenido que estar implicadas en esas relaciones, es decir, en su
evolución).
Pero, esta no es la única información constatable (y sigificativa)
que han aportado los estudios de Gupta. El análisis de diferentes
genes/proteínas (es decir, y esto es muy significativo, no sólo los
genes) que se encuentran en organismos eucariotas, nos informa de
que los relacionados con la trasferencia de información provienen de
arqueobacterias; los genes/proteínas implicados en las funciones
metabólicas, de eubacterias. “Estos resultados muestran que la
célula eucariota ancestral no se originó directamente de una
arqueobacteria o de una bacteria, sino que es una quimera formada
por la fusión e integración de los genomas de ambas/ ... /los otros
orgánulos de eucariotas, como mitocondrias y cloroplastos, se
adquirieron en acontecimientos endosimbióticos posteriores”. El
impresionante significado de estos fenómenos queda, sin embargo,
oscurecido por la siguiente afirmación: “Las secuencias en
diferentes proteínas también indican que la fusión primaria que
llevó a la formación de la célula eucariota fue única”. ¿Quiere esto
decir que, tanto la primera fusión, como los “eventos
endosimbióticos posteriores” tuvieron lugar sólo una vez, y
precisamente en una sola estirpe celular?. Parece que ésta es su
interpretación, porque, según Gupta, esta endosimbiosis fue un hecho
excepcional, y el resto de la evolución tuvo lugar mediante la
selección natural. Pero conociendo la increíble capacidad de
supervivencia y reproducción de las bacterias, resulta poco creíble
que "una" célula eucariota única con su comparativamente lenta
reproducción y su fragilidad comparada con la eficacia reproductiva
y la práctica inmortalidad de aquellas, tuviera muchas
probabilidades de proliferar por competencia en un mundo bacteriano.
Parece existir, incluso entre los científicos cuyas aportaciones son
claves para entender los hechos más trascendentales de la evolución,
una falta de conexión lógica, (condicionada, sin duda, por el
paradigma obligatorio), entre un forzoso origen aleatorio, ocasional
y único y los resultados inmediatos de ese hecho “azaroso”: La
enorme complejidad y sincronía que se encuentra dentro de una célula
, en la que cientos de miles de moléculas, cada una con unas
propiedades, cuando menos, sorprendentes, interactúan con gran
precisión para formar un sistema con una capacidad de integración y
procesamiento de datos en relación con el ambiente interno y
externo, con los ciclos de división, con autorreparación... resultan
inconcebibles para la tecnología mas avanzada. ¿Es lógico, es
siquiera racional creer que sucesos aleatorios y “errores”
ocasionales hayan podido ensamblar estos “sistemas operativos” que
son, precisamente, la antítesis del azar?
2.- Sobre el aumento de complejidad y el muro limitante.
El problema se multiplica exponencialmente cuando se trata de
explicar el siguiente “salto” en nivel de complejidad que constituye
la aparición de los organismos pluricelulares. Es cierto que,
mediante metáforas ingeniosas que, como siempre, olvidan preguntarse
por los procesos biológicos reales implicados en su narración,
pueden resultar, si no convincentes, al menos divertidas. El
brillante S. J. Gould, implicado en su país en una dura batalla
dialéctica contra las poderosas fuerzas sociales que subyacen a los
movimientos creacionistas, se empeña, como negación del finalismo,
en justificar el aumento de complejidad mediante la metáfora del
borracho y el muro. Si éste sale de un bar caminando tambaleante, y
su trayectoria está limitada por un muro a la izquierda, con el
tiempo (suponiendo, naturalmente, que no caiga al primer paso)
acabará cayendo, forzosamente, a la calzada. “Toda vez que hay sitio
disponible hacia la derecha del muro, es decir, en la dirección de
una mayor complejidad, las nuevas especies se adentran
ocasionalmente en ese territorio virgen y confieren a la curva de
campana de la complejidad de todas las especies un sesgo a la
derecha que puede ir acentuándose con el paso del tiempo”(Gould,99).
Este es un caso tan típico de explicación darwinista que,
seguramente, para muchos biólogos resulte suficiente. A la pregunta
de por qué aumenta la complejidad se responde: “Porque hay espacio
para que aumente”. Los mecanismos responsables de ese aumento, la
explicación científica de “por qué”, no merecen consideración.
Pero una explicación, esta vez basada en datos, nos la apuntan
Aravind y Subramanian (1999), a partir de la comparación de los
genomas de Sacharomyces cerevisiae (muy relacionado, por cierto, con
el anterior ejemplo), Caernohabditis elegans y Arabidopsis thaliana:
“Esas comparaciones evidencian algunas tendencias llamativas en
términos de expansiones (es decir, repeticiones) o barajamientos
extensivos (es decir, reordenamientos) de dominios específicos que
están involucrados en funciones reguladoras y de señalización”. En
definitiva, ya tenemos algunos datos que relacionan materialmente
distintos niveles de complejidad con duplicaciones y cambios de
posición de grupos de genes.
Veamos ahora como ellos mismos nos explican la implicación de sus
datos en la aparición de los organismos multicelulares: “En el
esquema básico del paradigma evolutivo darwiniano, aparece de esta
forma: en una colonia surgida de la expansión clonal de una célula
individual, la selección familiar (“kin selection”) pudo funcionar
resultando en una forma diferencial multicelular. Un conjunto de
células en una colonia tuvo que diferenciarse y por tanto sacrificar
su capacidad reproductora a favor de la de sus clones, si ese
comportamiento favoreció un incremento neto en fitness de ese estado
en relación a sus copias unicelulares de reproducción individual”.
Para no resultar reiterativo (más aún), omitiré los comentarios
sobre “la fuerza directora”, pero son inevitables algunas preguntas
sobre unos argumentos aceptables por la ortodoxia, como demuestra el
que estén publicados en una revista prestigiosa: ¿Tienen sentido
unos genes que, sin ninguna coordinación, produzcan varios tipos de
células sin capacidad de reproducción?. ¿Qué ventaja (fitness) puede
tener una masa informe con ¿dos?, ¿tres? tipos celulares, de las que
sólo un tipo se puede reproducir, sobre organismos unicelulares
perfectamente adaptados?.Y finalmente, ¿Qué tipo de genes son los
que tienen capacidad para duplicarse y “barajarse”?.
Aquí, puede resultar conveniente interrumpir nuestro recorrido por
el “beodo” camino hacia la complejidad y detenernos a rastrear el
posible origen de estos peculiares y movedizos genes.
3.- Sobre los elementos móviles y sus derivados.
La creciente información derivada de la secuenciación, mas o menos
completa, de los genomas de organismos multicelulares animales y
vegetales está poniendo de manifiesto una proporción variable, pero
en todos los casos altísima, de secuencias repetidas, elementos
móviles y virus endógenos. Estos hechos, han llevado,
ineludiblemente, a plantear el significado de su presencia en los
genomas. Naturalmente, las interpretaciones que han suscitado mayor
interés han sido las relativas a la secuenciación (parcial) del
genoma humano. En el informe publicado por el Consorcio
Internacional (Nature, 15 de Febrero de 2001), podemos leer: “En el
(genoma) humano, las secuencias codificantes comprenden menos del 5%
del genoma, mientras que las secuencias repetidas abarcan, al menos,
el 50% y probablemente mucho más/ .../Las repeticiones son descritas
a menudo como “basura” y desechadas como poco interesantes (se
atribuyen a su cualidad de ADN egoísta) . No obstante, actualmente
representan una extraordinaria fuente de información sobre procesos
biológicos”/ ... /Como agentes activos, las repeticiones han
remodelado el genoma, causando reordenamientos ectópicos, creando
genes enteramente nuevos, modificando y barajando genes existentes y
modulando el contenido total de Guanina –Citosina”. En cuanto al
origen de esas repeticiones: “La mayoría (¿no toda?) de las
secuencias repetidas humanas deriva de elementos transponibles.
Podemos reconocer sobre el 45% del genoma como perteneciente a esta
clase”. Y, mucho más interesante aún: “Mucho del restante ADN único
debe también ser derivado de copias de antiguos elementos
transponibles que han divergido demasiado para ser reconocibles como
tales”.
Es decir, nos encontramos con que la gran mayoría del genoma humano
está constituido por repeticiones de bloques de genes y de elementos
transponibles, de los cuales los retrotransposones, que se mueven
produciendo copias de sí mismos, son los evidentes responsables de
dichas repeticiones (los transposones, que cambian de sitio en el
genoma directamente, son los responsables de las “inserciones y
delecciones”). Si tenemos en cuenta que el origen de los genes
responsables de las funciones celulares básicas son de origen
bacteriano, ¿de donde han salido estos paquetes de genes con tan
extraña tendencia a moverse y a duplicarse?. ¿Tal vez del cuarto
dominio que reclamaba Doolittle?. Prosigamos la lectura del informe:
En el apartado “Repeticiones derivadas de transposones”, nos
encontramos con que: “450.000 copias, que constituyen el 8% del
total del genoma (ya son el 10%), corresponden a elementos
retrovirales (retrovirus-like elements). Unas, llamadas autónomas,
tienen las secuencias gag, pol y env (esta última responsable de la
codificación de la cápsida viral), es decir, son retrovirus
endógenos capaces de reconstruír su cápsida y formar virus
completos, y otras, llamadas no autónomas sólo tienen los genes gag
y pol.
Veamos, ahora, la interpretación del origen de estos elementos:”Los
elementos autónomos (retrotransposones) contienen los genes gag y
pol que codifican una proteasa, transcriptasa inversa, RNAasa H e
integrasa. Los retrovirus exógenos parecen haber surgido de
retrotransposones endógenos, por adquisición de un gen celular env (cápsida)”.
Es decir, los retrotransposones, extraños paquetes de genes con la
capacidad de insertar copias de sí mismos en otros puntos del
genoma, parecen haber surgido “espontáneamente” en unos genomas con
las secuencias celulares básicas altamente conservadas y, además han
sido capaces de formar virus por “adquisición” de un gen celular env,
también surgido en la célula espontáneamente (¿y tal vez al azar?).
Quizás el conocimiento de algunas curiosas características (y
capacidades) de las cápsidas víricas, descubiertas recientemente,
nos permitan valorar razonablemente la posibilidad de que éstas
procedan de genes celulares: El 18 de Octubre de 2001, se publicó en
Nature un artículo (Smith, et al.) que por su gran espectacularidad
fue portada en la citada revista. Su título: “El motor portal del
bacteriófago 29 puede empaquetar ADN contra una gran fuerza
interna”. La investigación mediante una (cada vez más necesaria)
colaboración entre biólogos moleculares, microbiólogos y físicos
consiguió medir, por medio de unas (misteriosas para los biólogos)
“pinzas ópticas” la fuerza con que la cápsida del citado fago
empaquetaba el ADN en su interior: “El bacteriófago 29 empaqueta
su doble cadena de ADN de 6,6 micrómetros de longitud en una cápsida
de 45x54 nanómetros, por medio de un complejo portal que hidroliza
ATP. Este proceso es remarcable, porque han de ser superadas
energías entrópicas, electrostáticas y de plegamiento para
empaquetar el ADN hasta un estado de densidad casi cristalina”(El
subrayado es mío). El equivalente, en términos “visualizables”,
sería objeto de cálculos mas afinados, pero de una forma grosera se
aproximaría a introducir 100 sillas de brazo de un aula en la caja
del proyector. “Este motor puede trabajar contra fuerzas de 55
piconewtons en media, convirtiéndole en uno de los más potentes
motores moleculares reportados hasta la fecha”/ .../”Nuestros datos
sugieren que ésta fuerza debe estar disponible para iniciar la
eyección de ADN de la cápsida durante la infección”. Al asombro que
produce esta información se le pueden añadir serias dudas sobre la
procedencia desde los conservados y específicos genes celulares (en
este caso bacterianos) de ésta y otras sorprendentes y variadas
cápsidas virales. ¿De qué procesos celulares pudieron los elementos
móviles “adquirir” (¿también al azar?) estas cápsidas con estas
propiedades?.
Sin embargo, y volviendo al Informe, el hecho, tan plausible que es
casi obvio, de que los virus endógenos son de origen exógeno y que
en algún momento de la historia de la vida se han insertado en los
genomas, y de que es mas lógico pensar que la progresiva conversión
en elementos móviles y secuencias no autónomas (partículas virales
“defectivas”) haya sido por pérdidas de secuencias, que el camino
inverso de “progresivas adquisiciones”, no parecen encajar en la
perspectiva “ortodoxa”: En la página 887, y bajo el epígrafe
“Transposones como una fuerza creativa”, se puede leer: “La fuerza
primaria para el origen y expansión de la mayoría de los
transposones ha sido la selección para su habilidad para crear
progenie,(?) y no una ventaja selectiva para el huésped. No
obstante, estas piezas egoístas de ADN han sido responsables de
importantes innovaciones en muchos genomas, por ejemplo, aportando
elementos reguladores (¿de donde?) e incluso genes nuevos. Veinte
genes humanos han sido reconocidos como probablemente derivados de
transposones”. Es más:”Mucho del restante ADN único debe también
haber derivado de antiguas copias de elementos transponibles que han
divergido demasiado para ser reconocibles como tales”. (Los
subrayados son míos).
Abundantes interpretaciones de este tipo se pueden encontrar en el,
por otra parte, magnífico informe. Porque siempre nos encontramos
con el mismo problema: Unos nuevos datos con una cantidad asombrosa
(y muy significativa) de información, y unas interpretaciones
basadas en los viejos conceptos. Pero, sobre todo, desligadas de las
informaciones aportadas por otras disciplinas que sugieren una muy
diferente interpretación, especialmente si las situamos en su
contexto evolutivo. Así, por ejemplo, las “evidencias de
transferencia horizontal de genes relativamente frecuentes” es
decir,”genes transmitidos por vectores como virus”, así como las
“más de doscientas secuencias de origen bacteriano”, que les
resultan sorprendentes, pueden tener una explicación coherente si
Doolittle y Gupta no están equivocados (y parece que no lo están).
En el genoma humano y en todos los genomas animales y vegetales hay
muchas más de doscientas secuencias de origen bacteriano.
La inevitable conclusión que se deriva de un simple cálculo, cuyos
resultados pueden parecer heréticos (pero, en este caso, al culpable
habría que buscarlo entre los primitivos matemáticos), es la
siguiente: Si el 95% del genoma, (considerado inicialmente “no
codificante”, pero reconsiderado posteriormente, porque su
actividad-inactividad puede depender de muchos factores), está
constituido por secuencias repetidas (y ya sabemos quienes son los
responsables de las repeticiones), elementos móviles, y un creciente
número de virus endógenos, (el denominado por algunos “ADN basura”),
y en el “genoma codificante” existen abundantes virus endógenos y
elementos móviles que participan activamente,“mucho del restante ADN
único tiene que haber derivado de antiguas copias de elementos
transponibles”, y a esto le sumamos los genes responsables de la
transmisión de información y los genes que controlan el metabolismo,
cuyo origen es bacteriano, el resultado (con muy pocos genes de
origen no identificado por el momento), es que, con muy poco riesgo
de error, se puede concluir que serían los virus el “cuarto dominio”
invocado por Doolittle que aportó, por transferencia horizontal, los
restantes genes de los eucariotas. Lo que, en definitiva, significa
(afortunadamente los biólogos no tienen la costumbre de quemar a los
herejes) que todo el ADN que no es de origen bacteriano, es, con
toda probabilidad, de origen viral. Y también explicaría las
“firmas” de Gupta (y su significado evolutivo), el fenómeno de las
“numerosas inserciones y delecciones con un alto grado de
conservación en diferentes genes/proteínas que, o bien son únicos
para grupos específicos de especies, o son compartidos entre grupos
determinados de organismos”.
4.- Sobre el (confuso) origen de los virus.
La concepción de los virus dentro del paradigma vigente constituye,
junto con la de las bacterias, las dos paradojas más incoherentes,
pero persistentes, de la Biologia actual.
El hecho de que el descubrimiento de ambos fue debido a su actividad
patógena (Kock en el Antrax de vacas y Stanley en el mosaico del
tabaco), junto con que esta cualidad concuerda perfectamente con la
visión competitiva de los fenómenos biológicos, les han cargado con
el estigma de ser “nuestros peores competidores”, atribuyendo a su
carácter patógeno (real, pero minoritario y siempre por algún
motivo) su condición fundamental y considerando los, cada vez más
abundantes casos de actividades imprescindibles en distintos
procesos biológicos como excepcionales, justificados como
“parasitismo”, “genes egoístas”, “aprovechamiento por parte del
genoma”...
A pesar de esto, se están acumulando datos sobre las actividades
normales de las bacterias que (al menos para algunos) están
cambiando su situación dentro de la concepción de las relaciones
entre los seres vivos. Hoy se sabe que los suelos terrestres están
plagados de bacterias que cumplen funciones esenciales en la
degradación de sustancias tóxicas, o en la fijación de Nitrógeno por
las plantas y en la regeneración de suelos y ecosistemas terrestres
y marinos. Que enormes cantidades de bacterias viven en el interior
de los seres vivos, colaborando en funciones esenciales, como la
degradación de sustancias que no pueden digerir o la producción de
otras imprescindibles para el organismo. También se ha comprendido
(no por todos) que su carácter patógeno se produce mediante
transferencia horizontal de genes como respuesta a agresiones
ambientales.
En cuanto a los virus, “Se han realizado muchos trabajos para
comprender el funcionamiento de los virus, encontrar nuevos medios
de combatirlos o, por el contrario, utilizarlos para transportar
genes de medicamentos (terapia génica)” (Zillig y Arnold, 99). Lo
sorprendente es que argumentos de éste tipo no resulten absurdos,
pero lo cierto, es que los virus constituyen otro de los muchos
pilares inconsistentes de la Biología actual. Otro de los muchos
problemas “cerrados en falso”: “Aunque nuestros conocimientos sobre
la biología molecular de los virus han progresado mucho, su origen
sigue siendo, en cambio, uno de los grandes misterios de la
biología. Dado que necesitan una célula para multiplicarse, los
investigadores creyeron durante mucho tiempo que los virus tenían
como origen genes celulares” (Zillig y Arnold, 99). Resulta
llamativo el empleo del tiempo pasado como si ésta creencia hubiera
sido abandonada en la actualidad cuando, en realidad, sigue siendo
la dominante, pero no es más que un reflejo de la desconexión
existente entre distintas especialidades y así, lo que para los
genetistas se solventa con la “adquisición de un gen célular env”,
para los virólogos no resulta tan evidente: “La existencia de
características específicas de los virus, como algunas proteínas de
las envolturas, genomas en forma de ARN y ARN polimerasas especiales
(aquí hay que resaltar a la Transcriptasa inversa, con su función
tan especial y tan concreta), sugiere, por el contrario, que al
menos una parte de los virus no tiene el mismo origen celular que
sus células huésped”.
Esta evidencia lleva inevitablemente a los autores a plantearse el
origen y “evolución” de los virus: El estudio de los virus que
“infectan” a las arqueas, ha puesto de manifiesto que no pertenecen
a ninguna de las familias de los virus conocidos. Por ejemplo, el
arqueófago O H tiene un genoma muy diferente del bacteriófago P 1.
Sin embargo, su morfología es muy parecida, con una cabeza de forma
geométrica y una cola que permite la fijación a la bacteria. Por lo
tanto: “Si se supone que existió una forma ancestral de virus en el
antepasado común de las arqueobacterias y de las bacterias, se puede
ver sin dificultad a O H y P 1 como los productos de una evolución
divergente a partir de un mismo antepasado”....”Si esto es así, los
virus del mismo tipo – y por tanto, todos los fagos con cabeza y
cola – ya existían en el antepasado común de los procariotas y los
eucariotas, e incluso, quizá antes”. El problema (no menor) de estas
relaciones es cómo puede evolucionar un virus que es inerte en
ausencia de una célula y, sobre todo, qué tipo de mutación hace
posible la elaboración del “motor celular” de su mecanismo de
inyección del ADN a partir de la “sopa primigenia”. Pero lo más
sorprendente de todo, es que esto ha tenido que ocurrir varias veces
porque: “La notable variedad de los virus y su relativa simplicidad
sugieren un origen polifilético: diferentes grupos de virus habrían
derivado independientemente a partir de diferentes orígenes”. Ésta
parece la argumentación más sólida (basada en datos) de todo el
discurso sobre su “evolución”. Pero, ¿cómo explicarla?. Lo cierto es
que los arqueófagos que “infectaban” a las primeras formas de vida
ya deberían disponer del mecanismo inyector de su ADN.
Llegados a este punto, tal vez sea conveniente una recapitulación
sobre los datos de que disponemos:
Tenemos datos sobre la extremada conservación de la formas
ancestrales de vida, sobre la presencia de virus simultánea (o
incluso, posiblemente anterior) a éstas. Sabemos que “no todos sus
genes” pueden tener origen celular (Zillig y Arnold, 99). También
conocemos la existencia de la integrasa, que sirve para que los
virus integren su genoma en los genomas celulares, de la
transcriptasa inversa que utilizan para retrotranscribir el ARN en
ADN, de un complejo y difícil de explicar “motor molecular” que los
virus utilizan para inyectar en las células, o empaquetar, su
material genético. Es decir, que los virus de incierta y
“polifilética” procedencia poseen unas funciones que utilizan para
algo, que tiene una evidente finalidad, y que intentar explicar la
rápida aparición de cada una de ellas independientemente como
consecuencia de mutaciones al azar a partir de una “sopa primigenia”
o incluso, de un supuesto “ Mundo ARN” carece de sentido científico,
como cualquier matemático podría fácilmente demostrar.
Probablemente, estos argumentos resulten menos ajustados al modo de
razonar al que hemos sido acostumbrados los biólogos que las vagas y
contradictorias explicaciones sobre la aparición por partes de la
primera célula, con o sin ayuda de virus (de origen inexplicado), y
con las “invenciones” de proteínas y ribosomas o la supuesta
procedencia de los virus a partir de transposones (también
“inventados” por el genoma), pero no hay que olvidar que estas
“explicaciones” están basadas en la convicción (en la creencia) de
cómo han tenido que ser, es decir, se han tenido que producir,
forzosamente, de un modo gradual, al azar y, naturalmente,
impulsados por la selección natural, y todos los argumentos se
elaboran asumiendo estas únicas posibilidades. Estos axiomas (porque
nunca se han demostrado), conducen a pasar por alto mediante vagas
(o metafóricas, en su caso) explicaciones hechos con una información
fundamental sobre la evolución en los que, muy probablemente, se
encuentran las claves.
5.- Sobre los "parásitos" creativos.
En los últimos años, la información sobre las actividades de los
virus, y sus derivados, los elementos móviles, tanto en procesos
celulares normales, como en fenómenos con claras implicaciones
evolutivas, ha crecido de un modo casi exponencial (Sandín, 95, 97,
98, 01). Las interpretaciones habituales de su presencia en los
genomas animales y vegetales han incluido desde una “explotación” de
sus inexplicadas capacidades por parte del genoma (Bromhan, 02) o un
aprovechamiento de las respuestas ambientales de los transposones
“cualquiera que sea su orígen” (Grandbastien, 98) hasta un absoluto
desconcierto por su presencia (Benoist y Mathis, 97: “Retrovirus as
trigger precipitator or marker?”). Pero, si tenemos en cuenta que
hoy estamos en condiciones de afirmar que la mayor parte del genoma
de todos los seres vivos es de origen viral, resulta evidente que
estas actividades no son ocasionales ni, mucho menos, excepcionales.
Pero, además, estudios recientes han revelado unas actividades de
los virus que van a obligar, al igual que en el caso de las
bacterias, a replantear su verdadero y fundamental papel en la
Naturaleza. En aguas marinas superficiales hay un número de virus de
10.000 millones por litro. Su papel ecológico consiste en el
mantenimiento del equilibrio entre las diferentes especies que
componen el plancton (y, como consecuencia, del resto de la cadena
trófica) y entre los distintos tipos de bacterias, destruyéndolas
cuando hay un exceso.(Fuhrman, 99).
Al mismo tiempo, la materia orgánica liberada tras la destrucción de
sus húespedes enriquece en nutrientes el agua. Pero, además, tienen
un papel secundario sorprendente: los derivados sulfurosos
producidos por sus actividades contribuyen a la nucleación de las
nubes. Y, seguramente, no serán éstas las únicas sorpresas que nos
van a deparar.
Hoy podemos afirmar que existen indicios más que suficientes para
considerar a los virus, no sólo una parte del funcionamiento normal
de los fenómenos biológicos, sino una parte fundamental. Hoy sabemos
quienes son los responsables de las inserciones y delecciones que
identifican grupos filéticos de organismos. También sabemos cómo es
el mecanismo responsable de las duplicaciones, reordenamientos y
remodelaciones de los genomas. Tenemos datos abundantes sobre su
implicación en los fenómenos de transferencia horizontal de genes (Auxolabehere,
92; García et al., 95; Kim et al., 95; Oosumi et al., 95; Galitski y
Roth, 95). Pero, quizás, las más significativas actividades de las
secuencias de origen viral sean las relacionadas con la regulación
de la expresión génica (Patience et al., 97) y con la diferenciación
y proliferación celular durante la embriogénesis (Brosius y Gould,
92, Dnig y Lipshitz, 94; Schulte et al., 98; Episkopou et al., 01).
Si a esta información sobre la actividad normal de los virus le
añadimos su capacidad de activación (y “malignización”) como
respuesta a estímulos (estrés) ambientales (Gauntt y Tracy, 95, Ter-Grigorov
et al., 97; Grandbastien, 98), fenómeno que está, sin duda, muy
relacionado (y que podría explicar) con muchos de los problemas
derivados de los xenotransplantes, los productos transgénicos, la
terapia génica, el SIDA e, incluso, la investigación sobre el cáncer
(Ver Sandín, 97; 98; 01) nos encontramos con una realidad muy
diferente a la que nos ha inculcado el viejo paradigma: unos genomas
caracterizados por una extremada conservación de los procesos
fundamentales desde el mismo origen de la vida pero con una
plasticidad, una capacidad de reacción a los estímulos ambientales
que son totalmente incompatibles con la concepción tradicional de
unos genomas rígida e irreversiblemente diferenciados mediante
mutaciones aleatorias y aislados del ambiente.
Esta nueva visión está íntimamente ligada a la explicación de otro
hecho fundamental de la evolución cuyos mecanismos implicados
“siguen siendo sorprendentemente esquivos” (S.C.Morris, 00)
6.- Sobre la "radiación" del Cámbrico y los genes homeóticos.
La explicación del origen de los metazoos constituye otro
significativo ejemplo de cómo la “vieja biología” es capaz de cerrar
en falso los problemas clave de la evolución mediante argumentos o
interpretaciones caracterizadas por un predominio absoluto de las
convicciones sobre las observaciones. La aparición de todos los
planes de organización animal existentes en la actualidad en un
corto periodo de tiempo y en la misma base de su origen, es
totalmente contradictoria con la concepción darwinista de la
evolución (en palabras de S.J. Gould(85), lo que cabría esperar
“...serían unos pocos diseños generales y gran variabilidad
(distintas adaptaciones) dentro de ellos. Sin embargo, encontramos
exactamente lo contrario”). A pesar de ello, el fenómeno también
tiene cabida dentro de la elástica teoría Sintética: se trataría de
una “radiación adaptativa” (Liñán et al.,99), una supuesta
explicación (“radiación”) que es, en realidad, una descripción (es
decir: “un incremento en número y variedad dentro de un taxón, como
consecuencia de un cambio ambiental,” etc.).
Pero veamos los datos: “Una gran variedad de philla de organismos
tripoblásticos (Protostomia como anélidos, moluscos y artrópodos, y
los Deutetostomia, equinodermos y cordados) han surgido en un
“Big-Bang” (entre 530 y 520 m.a. en la base del Cámbrico (550-500
m.a.) con una impresionante explosión de la diversidad y disparidad
morfológica (Erwin, 1991, 1993, Erwin et al., 1997, Valentine et
al., 1996, 1999). El registro fósil del Cámbrico incluye miembros de
más de treinta phylla (planes corporales) correspondientes a unos
hábitats bentónicos marinos de costa comparables a los actuales;
unos hábitats aparentemente constantes y estables” (García Bellido,
99). Es decir, en un medio estable y homogéneo “aparecieron”
prácticamente todos los mecanismos genéticos que controlan la
morfogénesis de todos los grandes grupos animales existentes en la
actualidad, sin la menor posibilidad de que la omnipresente y
omnipotente selección natural tuviera la menor participación en
ello: “la expansiva diversificación morfológica de la fauna en la
base del Cámbrico ha ocurrido en animales viviendo en condiciones
bióticas muy homogéneas, lo que indica que los determinantes
externos han jugado un papel mínimo en esa disparidad (Valentine et
al., 99.)" (Gª Bellido, 99).
Un problema añadido para la perspectiva convencional es el
representado por los posibles antecesores de la fauna del Cámbrico,
un puñado de organismos multicelulares conocidos como la “fauna de
Ediacara” (por su lugar de descubrimiento en el Sur de Australia),
datados en 600 millones de años, en el Véndico . Paleontólogos como
Gould (85) y Seilacher (89), afirman que esta fauna constituye un
“experimento fallido” en la evolución de los animales
multicelulares, que no dejó descendientes. De hecho, al comienzo de
Cámbrico, hace 543 millones de años, la Tierra sufrió la mayor y más
extensa Edad de hielo de toda su historia (Kirschvink et al., 00).
Pero el problema puede ser aún mayor: el paleontólogo Gregory
Retallack (94) de la Universidad de Oregón, ha llegado a la
conclusión de que los fósiles de Ediacara no eran en absoluto
animales, sino muy probablemente líquenes: la forma en que han
fosilizado, sin las deformaciones propias de cuerpos blandos, los
patrones de crecimiento y su estructura microscópica los hace más
compatibles con el hecho de que su gran tamaño (a veces más de un
metro) y su forma de vida sésil se corresponda con organismos que
obtienen su nutrición por simbiosis con organismos fotosintéticos.
Una nutrición difícil de explicar en la “interpretación animal” de
estas grandes formas sésiles.
En definitiva, nos encontramos de nuevo con súbito salto de
complejidad a partir de formas necesariamente muy sencillas y aún
por descubrir. En palabras de S.C. Morris (2000): “Para concluir: la
explosión Cámbrica es real y sus consecuencias ponen en marcha un
maremoto en la historia evolutiva. Mientras el patrón de evolución
es muy claro, los procesos implicados todavía permanecen
sorprendentemente esquivos.”
Desde el punto de vista de la genética del desarrollo, sabemos que
en estos procesos están implicados unos complejos sistemas genéticos
de genes/proteínas denominados homeoboxes que regulan a muchos otros
genes y que coordinan el desarrollo embrionario de tejidos y órganos
en todos los seres vivos. Lo que aún está por explicar, desde el
punto de vista ortodoxo, es el origen de esos sistemas genéticos
que, obviamente, no se han podido producir por mutaciones al azar de
los conservados genes controladores de la replicación o del
metabolismo. Pero quizá su descripción nos pueda dar alguna pista:
los genes que los forman son secuencias repetidas en tandem, y ya
sabemos que los responsables de las repeticiones génicas son los
retrotransposones (y quedan pocas dudas razonables sobre el origen
de los retrotransposones en los retrovirus). En general son
secuencias de 180 pares de bases que codifican para un polipéptido
básico de 60 aminoácidos al que se ha llamado homeodominio. Estas
secuencias están situadas en el mismo orden en los cromosomas de muy
diferentes grupos animales, y en todos ellos cumplen misiones
extrañamente similares en el desarrollo embrionario: las secuencias
responsables del desarrollo de las patas, ojos, sistema
urogenital... de invertebrados, anfibios, reptiles, aves y mamíferos
sólo se diferencian en el número de repeticiones. En el modo de
controlar este desarrollo, están involucrados un conjunto de
genes/proteínas en el que los genes HOX son los “selectores” que
controlan la expresión de otros genes “realizadores” y regulados por
proteínas específicas, conjunto al que el genetista del desarrollo
A. García Bellido, ha denominado “sintagma”. Y una vez más “... en
un número creciente de casos, sintagmas casi completos están
conservados en evolución (Botas, 93; Biggin and McGinnis, 97; Graba
et al., 97).” (Gª Bellido,99).
El significado de estos datos (es decir, no especulaciones) merece
un análisis especial: los genes homeóticos especifican el desarrollo
de unos órganos de una forma que va más allá de su mecanismo
bioquímico e, incluso, de su desarrollo embrionario: “los apéndices
de vertebrados y artrópodos no son estrictamente órganos homólogos
pero vemos que, en su morfogénesis, hacen uso de genes y sintagmas
conservados Gynsen et al., 87; Carrol, 95)”. Y esto se ha podido
comprobar experimentalmente introduciendo los genes Hox “ojo” de
ratón en drosophila y activándolos en diversas partes de su cuerpo
tales como patas, alas, antenas, etc. El resultado fue que
aparecieron ojos ectópicos en todas esas estructuras (Morata, 99).
Es decir, a pesar de que el ojo compuesto de Drosophila se forma
bajo el control de un conjunto de varios cientos de genes/proteínas
diferentes a los del ratón, la secuencia “ojo de mamífero” produce
“ojo de invertebrado” dentro del desarrollo embrionario de una
mosca. Todo esto quiere decir que en estas secuencias génicas está
inscrito el significado (se podría decir: el concepto) “ojo”,
“patas”, “alas”, independientemente del tipo de ojo, patas o alas,
de su control (regulación) genético o de su origen embrionario. Y
este fenómeno (este hecho) es probablemente, el de más trascendencia
y el de más profundo significado de todos los descubrimientos
recientes en el campo de la biología.
Desgraciadamente (pero comprensiblemente), el peso del viejo
paradigma, del vocabulario de la forma “ortodoxa” de razonar, impide
a los propios descubridores asumir el significado de sus propios
hallazgos. Así Antonio García Bellido, cuyas aportaciones en el
campo de los homeoboxes han sido fundamentales, en su magnífico
artículo “Los genes del Cámbrico” (1999) atribuye las interacciones
ADN-proteínas y sus resultados a un fenómeno de “selección” y
aunque, evidentemente, no se refiere a la selección natural, dado
que, según él mismo escribe, el ambiente no ha jugado ningún papel
en la generación de morfologías nuevas, no puede evitar la siguiente
conclusión: “Así se inició una competición morfológica y de
comportamiento entre organismos, elaboraciones que han continuado y
diversificado desde entonces”. Sin embargo: “las mutaciones clásicas
en las regiones que codifican para proteínas deben haber sido de
escasa relevancia inmediata para la evolución morfológica...
variantes genéticas nuevas que resultan de cambios de secuencias
reguladoras debieron y deben estar sujetas a una selección negativa
mínima, porque se mantiene la función primaria del gen que asegura
una morfogénesis normal (Averof et al., 96)”.
Es decir, no importa que el ambiente no tenga el papel selectivo que
le atribuye el darwinismo; no importa que las mutaciones “clásicas”
tampoco... Pero tiene que existir una competencia y tiene que
existir una selección. Aunque haya que buscarla infructuosamente.
Sin embargo: “Si en los apéndices de tetrápodos y los de artrópodos
se usan genes y aún sintagmas homólogos, ¿cuál era su expresión
morfológica en los organismos precámbricos que no tenían apéndices
visibles? (los subrayados son míos), ¿cómo eran los órganos
incipientes (precursores), receptores de luz, de los ojos que se
generan con genes homólogos en todas las formas derivadas?, ¿han
precedido los sintagmas específicos a las formas a las que dan
lugar?” Esta pregunta/afirmación es la clave, dentro de nuestros
argumentos, porque parece evidente que la coordinación del
desarrollo embrionario ha de ser previa a la aparición del
organismo, pero: “si es así, ¿sobre qué formas ha operado la
selección para dar lugar a la explosión evolutiva observable?.
A veces resulta desalentador observar cómo los científicos que
aportan los datos más relevantes en el contexto de una nueva
Biología, se esfuerzan para introducirlos, mediante una retórica,
muchas veces contradictoria, en el viejo paradigma. Es decir, no
parece existir ningún interés por articular coherentemente,
racionalmente, todos estos nuevos y significativos datos. Lo que se
puede observar es un verdadero esfuerzo para hacer posible su
interpretación dentro de la ortodoxia dominante. Y así, cada
especialista aporta su contribución. Por ejemplo, para los
paleontólogos (Liñan et al.,99) la “explicación” de la repentina
aparición de todos los tipos de organismos existentes en la
actualidad se justificaría porque el fenómeno pudo no ser tan rápido
como parece y las condiciones de fosilización darían una falsa
impresión de aparición rápida, “...sería más propio hablar de la
explosión cámbrica del registro fósil”. Pero parece dudoso que una
ampliación del tiempo explique el problema que planteaba Gould y
más, teniendo en cuenta la ausencia de formas precedentes y “conectables”.
Desde el punto de vista bioquímico los datos tienen un sentido
opuesto, pero los argumentos tienen características similares: En un
artículo publicado en Nature, Rutherford y Lindquist (98), han
encontrado una explicación para la rápida diversificación
morfológica del Cámbrico. Las proteínas antiestrés, también
conocidas como chaperonas, son otro ejemplo, este ya indiscutible,
de proteínas con una finalidad muy especial. Se encuentran en las
células de todos los organismos, y su misión es ayudar a las
proteínas celulares que tienen distintas funciones esenciales, entre
ellas el control de la proliferación celular y el desarrollo
embrionario, a recuperar su estructura y, por tanto, su
funcionalidad, en caso de que una agresión ambiental, como exceso de
calor, falta de Oxígeno, sustancias químicas tóxicas o radicales
libres, las desnaturalicen. Rutherford y Lindquist comprobaron que
cuando aumentaban la temperatura de embriones de Drosophila o
alimentaban a las moscas con un producto químico que bloquea la
acción de la chaperona Hsp 90 nacían entre un 1% y un 3% de moscas
con malformaciones en alas, patas y antenas. Esto les sugiere que
“Hsp 90 sería el primero de estos mecanismos moleculares en ser la
base del cambio morfológico drástico, más que los cambios pequeños y
progresivos que se sabe ocurren en la evolución, y serviría para
explicar la gran descarga de diversidad del periodo Cámbrico: Hsp 90
parece ser una vía rápida para la adaptación”. Naturalmente, tampoco
mencionan a partir de qué antecesores (de que información genética)
se pudieron producir las malformaciones llamadas “tubo digestivo”,
“ojos”, “caparazones”, etc...
Pero, una vez más, Antonio García Bellido nos ayuda (seguramente sin
proponérselo) a rastrear el origen de esos programas embrionarios:
“Se puede afirmar que a lo largo de la evolución lo que ha aumentado
asociado a la complejidad, son las regiones reguladoras de los
genes. Esto conlleva a un aumento proporcional de genes reguladores
sobre genes con funciones celulares básicas. Estos últimos son más
del 90% en bacterias y menos del 40% del total en Drosophila o en el
ratón”. (Gª Bellido, 99).
7.- Sobre extinciones y radiaciones
"La explosión del Cámbrico constituye uno de los hechos más
inexplicables para la Biología evolutiva". Esta frase, repetida
hasta la saciedad en textos sobre evolución, parece soslayar el
hecho de que es, precisamente, el fenómeno fundamental de la
evolución animal. Pero también puede dar la impresión de que los
siguientes "hechos fundamentales de la evolución" (Crick, 81) sí son
explicables por la teoría convencional. Lo cierto, sin embargo, es
que las súbitas renovaciones de fauna que han dado lugar a las
denominaciones de los siguientes grandes períodos geológicos no
cuentan con muchos mas argumentos explicativos salvo que,
obviamente, ya existían antecesores.
Los datos paleontológicos, cada día más abundantes y concluyentes,
nos revelan una dinámica de grandes extinciones seguidas de súbitas
"radiaciones" de nuevas formas de vida. Como observa T.S. Kemp (99),
"Niveles muy altos de evolución morfológica, ocurren de forma
característica a continuación de una extinción masiva". Las
extinciones en masa mas drásticas, inician o finalizan los períodos
Precámbrico, Cámbrico, Ordovícico, Devónico, Pérmico, Triásico y
Cretácico. La que marca el final del Ordovícico acabó con gran
cantidad de formas de braquiópodos y trilobites, pero aparecieron
una gran variedad de peces y de plantas de ribera. El Devónico
terminó con una gran extinción que afectó a todas las especies
animales, que eran sólo marinas, especialmente a ammonites,
trilobites, gasterópodos y peces, pero, inmediatamente, a principios
del Carbonífero la tierra estaba poblada por una enorme variedad de
invertebrados: arañas, escorpiones, caracoles y gusanos, y también
los primeros anfibios y reptiles. Las plantas gimnospermas se
diversificaron y aumentaron de tamaño. (Para una detallada revisión
de la evolución de las plantas, véase "Botánica y evolución" de
Moreno, 2002 ). El Pérmico, y con él la era Paleozóica, terminó con
una gran extinción que eliminó a más del 95% de las especies
animales. Pero el Triásico comenzó con una espectacular "radiación"
de los reptiles y la aparición de nuevas formas de vida marina, como
los corales exacoralarios y las ostras, pero especialmente
espectacular fue la aparición de las tortugas, con las que aparece
un Orden nuevo de reptiles, los Quelonios, como saben los
especialistas, sin el menor rastro de formas intermedias. El final
del Triásico contempló dos grandes extinciones separadas por unos 26
millones de años. La primera, aniquiló a la mayor parte de los
reptiles terrestres, cuyos pocos supervivientes fueron el origen de
la "radiación" de los dinosaurios. La segunda, que señala el inicio
del Jurásico, afectó especialmente a la fauna marina, pero dio paso
a los pequeños mamíferos. El Cretácico, que comenzó con una nueva
extinción que afectó a algunas familias de dinosaurios,
invertebrados marinos y plantas gimnospermas, y que también vio
aparecer repentinamente a las angiospermas, finalizó con la, ya
famosa extinción masiva (que, en términos absolutos, fue menor que
muchas otras anteriores), que acabó con los dinosaurios y, con
ellos, el Mesozoico. En un período no mayor de cinco millones de
años (Kemp, 99), aparecieron los diversos géneros y familias (y
algunos más) de los mamíferos actuales.
En conjunto, a gran escala, se puede observar, para los grandes
taxones, un proceso que tiene muy poco que ver con la imagen
arborescente tradicional. Pero este fenómeno también se manifiesta
para los taxones de nivel inferior. Ya en 1983, Williamson realizó
un magnífico estudio sobre moluscos fósiles en el lago Turkana, en
África oriental. Es uno de los casos con archivos más completos que
documentan ininterrumpidamente millones de años de evolución. El
estudio de numerosas especies permitió comprobar la existencia de
largos períodos de continuidad interrumpidos por apariciones
repentinas de nuevas especies. Los fósiles se estratificaban
ordenadamente, pero sin fases intermedias. Naturalmente, su trabajo
fue duramente criticado por los defensores de la ortodoxia. Pero,
mas recientemente, Kerr (95), intentó comprobar la especiación
gradual en un registro fósil de briozoos que representaba, sin
solución de continuidad, más de diez millones de años. Lo que
encontró fue exactamente lo contrario: las nuevas especies surgían
repentinamente y coexistían con sus predecesoras.
En definitiva, los estudios que permiten una buena documentación
fósil revelan fenómenos que se ajustan a la “Teoría de los
equilibrios puntuados” propuesta, en 1972 por Eldredge y Gould.
(Aquí, quizás sea conveniente “puntualizar” que no es en realidad
una teoría sino, dentro de la ya larga tradición de la Biología, una
descripción): Las especies aparecen en el registro fósil con una
apariencia muy similar a cuando desaparecen. Tras períodos de
estasis, que pueden durar desde uno a diez millones de años, son
sustituidas por una o varias especies hijas que siguen el mismo
patrón. Éstas no surgen gradualmente, sino que aparecen de una vez y
plenamente formadas. Y esto se ha podido constatar sistemáticamente
en estudios a gran escala. (Jackson, 94; Prokoph, 00).
La tradicional excusa de “la imperfección del registro fósil” para
justificar la ausencia de formas transicionales (que, por otra
parte, deberían ser mucho más numerosas que las teóricas “formas
finales”) se ha quedado sin fundamento. Dos recientes trabajos (Foote
& Sepkoski, 99, Benton et al., 00), en los que se analiza
exaustivamente el abundante registro fósil con el que contamos en la
actualidad, han llegado a la conclusión de que, si bien no es
(obviamente) completo, sí da una información adecuada. “La
estabilidad de largos intervalos de tiempo, y grandes categorías
taxonómicas reflejan un adecuado (si bien incompleto) registro
fósil”...”Las más antiguas partes del registro fósil son claramente
incompletas, pero pueden ser consideradas como adecuadas para
ilustrar los amplios patrones de la historia de la vida. (Benton et
al.,00). “Esas medidas son, no obstante, altamente correlacionadas,
con significados bastante explicables, y encontramos que el registro
fósil es bastante completo en muchos grupos animales”. (Foote &
Sepkoski, 99)
En cuanto a las causas de las extinciones, ya hace tiempo que
existen datos que permiten trabajar sobre hechos comprobables. En
1986, Sepkoski y Raup, en un amplio estudio sobre 567 familias de
organismos marinos, comprobaron que en los últimos 250 millones de
años se han producido extinciones de distintas magnitudes,
aproximadamente, cada 26 millones de años. Rampino y Stotherd (84),
habían estimado la periodicidad en 30 + 1 millones de años. Estos
fenómenos requieren de algún agente causal desencadenante de algún
tipo de crisis ecológica. Pues bien; también existen datos sobre
dicho desencadenante: caídas periódicas de meteoritos de tamaño
variable. La datación de cráteres de impacto como el de Maniconagan
en Canadá, de un diámetro de cerca de 70 km, correspondiente a un
asteroide de no menos de 10 km de diámetro, caído hace unos 210
millones de años (final del Triásico), o el de Popigai, en Siberia,
de más de 100 km de diámetro y datado en 40 millones de años, o el
mas conocido, que marcó el final del Cretácico y que dejó su huella
en el Golfo de Méjico, no serían mas que los indicios mas visibles
de un fenómeno recurrente y periódico: lluvias de meteoritos de
diferentes tamaños producidas por la desestabilización gravitacional
de los asteroides situados en la llamada "Nube de Oort", en la
periferia del sistema solar. El motivo de esta caídas es, para
Rampino y Stoterd, el resultado del movimiento oscilatorio del
sistema solar alrededor de la galaxia que, con una periodicidad de,
aproximadamente, 67 millones de años, atraviesa el plano galáctico
cada 33+3 millones de años. (Hipótesis compartida por Schwartz y
James, (84) . Para Raup y Sepkoski, la responsable sería una
supuesta estrella enana asociada con el Sol en una órbita excéntrica
que atravesaría la Nube de Oort, hipótesis apoyada por Whitmire y
Jack, (84), y Davis, Hut y Muller (84). La causa de la periodicidad
todavía está en discusión, pero los resultados, es decir, las
extinciones periódicas y las dataciones de las huellas de los
asteroides ya no son discutibles. Naturalmente, los impactos no
tendrían porqué ser siempre de la misma dimensión, y muchos tendrán
sus huellas ocultas por la vegetación o la erosión. Lo que sí parece
totalmente comprobado es que los casos de grandes caídas han tenido
consecuencias catastróficas para los ecosistemas terrestres y
marinos.
A esto hay que añadir otro fenómeno, al parecer más irregular, pero
también sistemático: las inversiones de los polos magnéticos
terrestres, que se producen de modo irregular dos o tres veces cada
millón de años, por causas, por el momento desconocidas. El campo
magnético, que protege a la Tierra de las peligrosas radiaciones
procedentes del Sol, pierde ese efecto protector durante la
inversión, ya que la Magnetosfera (cinturones de Van Allen) se
debilita o desaparece, con lo que la Tierra es sometida a un intenso
bombardeo de radiaciones.
No se ha comprobado si las inversiones han coincidido siempre con
caídas de meteoritos, pero sí se sabe que ocurrió con la que marcó
el final del Cretácico, y el origen de los géneros y familias
actuales de mamíferos (Erickson,92). El escenario de ésta aparición
excede nuestra capacidad de imaginación: A las catastróficas
consecuencias ecológicas del impacto del enorme meteorito, se sumó
un drástico descenso de temperatura y un violento bombardeo de
radiaciones. El resultado lo describía así el famoso paleontólogo
George Gaylord Simpson en 1957, mucho antes de que se conocieran
estos datos: "El mas asombroso acontecimiento en la historia de la
vida sobre la Tierra (una vez más), es el cambio que ocurrió del
Mesozoico, edad de los reptiles, a la edad de los mamíferos. Parece
como si el telón hubiese caído repentinamente sobre un escenario en
el que todos los papeles habían sido desempeñados por los reptiles,
especialmente los dinosaurios, en un número enorme y con una
variedad sorprendente, y se hubiese vuelto a levantar inmediatamente
para poner de manifiesto idéntica escenografía, pero con un reparto
enteramente distinto". (Simpson et al., 57).
La forma en que se tuvo que producir este brusco cambio en el
escenario de la vida es tan difícil de "visualizar", que nuestra
cultura carece de metáforas para describirla. Pero, desde luego,
está claro que toda la gama de morfologías y de nichos ecológicos no
se pudo completar, en cinco millones de años, mediante sucesivas
especiaciones, y menos si éstas siguen la pauta del equilibrio
puntuado (ver Sandín, 97), a partir de unos pequeños mamíferos "de
tipo insectívoro" que, según está constatado (Archibald et al., 01),
fueron los únicos que sobrevivieron a la extinción. Según estos
últimos autores: "La subsecuente diversificación de Órdenes
placentarios vivientes entre aquellos grupos superordinales
placentarios del Cretácico tardío, no comenzó hasta hace sobre 65
millones de años, despúes de la extinción de los Dinosaurios".
El problema se com |