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Quizá fuera ocioso tratar de determinar en qué
momento empezaron a divergir (o al menos antagonizar) la sabiduría y
la experiencia, el conocimiento y la práctica, la ciencia y el
humanismo… Albert Einstein y Teilhard de Chardin, muertos ambos hace
exactamente cincuenta años.
Lo que no parece ocioso es afirmar que si acaso ese distanciamiento
tuvo en algún momento alguna motivación más o menos aceptable (lo
cual es ciertamente discutible), dicha causa parece no encontrar
asidero sólido en la actualidad, ni intelectual, ni fáctico, ni
mucho menos moral. Por el contrario, la única vía posible de
evolución para la humanidad parece ser la reunificación orgánica,
esencial, de ambos campos del fenómeno vital. Tal vez no mediante
una fusión, pero sí a través de una interacción dinámica y
respetuosa como senderos complementarios del conocimiento.
Y es que los senderos de la ciencia hace rato ya que se adentraron
en bosques francamente desafiantes de los parámetros al alcance de
nuestro “sentido común” (whatever that means) e incluso de nuestra
capacidad imaginativa más desorbitada. Conceptos como materia oscura
caliente o fría, materia virtual, hoyos negros, antimateria,
taquiones, partículas sin masa, dimensiones fraccionarias o
imaginarias, tiempos y espacios relativos, a tiempo, gravedad como
geometría, quarks, etcétera, son conceptos sin los cuales no puede
entenderse nada de las actuales explicaciones científicas en el
universo de lo muy pequeño o lo muy grande para la escala humana;
pero ninguna de esas ideas puede ser aprehendida con un mínimo de
precisión con palabras comunes fuera de un lenguaje matemático
complejo y especializado.
Un peligro fundamental que yo veo es la interferencia en este
proceso evolutivo del pensamiento dogmático y agresivo (no el
místico tolerante y comprensivo) que se cree y autonombra
“religioso” y resulta siempre disruptivo y destructor cuando
abandona los campos que le son propios, exclusivos y fecundos de la
conciencia personal, y pretende intervenir, opinar y aun dictar e
imponer a escala social, como “conocimiento”, como frutos
indiscutibles de la “razón”, postulados absolutos, dogmas no
sustentados en soportes mentales tigurosos sino casi siempre en
temores ontológicos profundos. Y ya se sabe que el más acérrimo
enemigo de la curiosidad es el temor; el más rotundo obstáculo para
la investigación científica es, por definición, el miedo a averiguar
–averiguar cualquier cosa.
Cierto, ese riesgo es ancestral y parece definitivamente “superado”:
es la vieja lucha entre el saber y el creer, la medición y la fe, la
observación y la convicción. Pero dado el complejo alambrado de
nuestros circuitos cerebrales en tres estratos conexos pero no
armónicos (la famosa teoría de los tres cerebros: reptiliano,
mamífero y neocórtex), parece ser que ese peligro nunca será
“definitivamente superado”. Y no se trata tanto de que vuelvan las
quemas de herejes en la estaca (riesgo que tampoco puede
considerarse desaparecido para siempre), sino manifestaciones menos
ostentosamente sangrientas pero no menos paralizantes.
El problema es que en el estado actual de la ciencia,
particularmente la física subatómica (y este 2005 es el Año
Internacional de la Física), los conceptos de avanzada, si no son
cuidadosamente pensados, se prestan más fácilmente, simplemente a
causa de esas motivaciones bastardas que son la pereza de pensar y
el temor ante cualquier entidad no fácilmente abarcable, para un
coqueteo de tipo religioso (que puede estar muy disfrazado) que para
un análisis estrictamente científico de acuerdo con los paradigmas
tradicionales a los que hemos estado acostumbrados por cuatro siglos
(desde Galileo, de un modo ya sistemático). Por fortuna, ya hay toda
una escuela que trabaja en ese terreno, tratando de establecer,
racional y no doctrinariamente, los puentes y las ligas (y los
límites también, me imagino) entre saberes místicos antiguos (sobre
todo orientales, pero no sólo orientales) y los saberes modernos,
sobre todo de la física teórica (libros como “El Tao de la Física”
(NOTA 1) o “Mística en la Física: Tercera Materia”
(NOTA 2)).
En última instancia, supongo, ese peligro reside en el dilema de
siempre: el fanatismo contra la búsqueda, la certeza incuestionable
frente a la duda metódica… el odio contra el amor. A eso se reduce
todo: al amor por el conocimiento contra el temor/odio a lo
desconocido. De manera que, recordando un postulado básico (la
ciencia siempre es provisional) quizá el factor que la humanidad del
siglo XXI necesite más que nunca, es esa virtud ancestral
recurrentemente despreciada: la humildad. Es el conflicto
prehistórico de la humanidad: la actitud orgullosa del que cree que
sabe algo o mucho, frente a la digna humildad socratiana de quien
sólo sabe que no sabe nada (pero al menos sabe eso, que no es poco
saber).
ORIENTE Y OCCIDENTE
Revisemos una forma de expresar esa humildad esencial, vista desde
la perspectiva mística: “La desconfianza hacia el conocimiento y el
razonamiento convencionales es más fuerte en el taoísmo que en
cualquier otra escuela de filosofía oriental. Está basada en la
firme creencia de que el intelecto humano nunca podrá comprender el
Tao. En palabras de Chuang Tzu: El conocimiento más amplio no Lo
conoce necesariamente. El razonamiento no hará hombres sabios en El.
Los sabios se han decidido contra estos dos métodos.” (Capra
p.149):
Lo cual no implica que los seguidores del camino del Tao sean o
deban ser ‘anticientíficos’: “Los taoístas consideraban que el
razonamiento lógico formaba parte del mundo artificial del hombre,
junto con la etiqueta social y las pautas morales. No tenían el
mínimo interés en ese mundo sino que concentraban su atención en la
observación de la naturaleza, a fin de discernir las
‘características del Tao’. De este modo, desarrollaron una actitud
que era esencialmente científica y sólo su profunda desconfianza
hacia el método analítico les impidió construir adecuadas teorías
científicas.” (Capra, p. 150)
Ese espíritu de observación los condujo a la conclusión de que lo
único permanente y fundamental del universo es la transformación, el
cambio. Y de la idea del cambio perpetuo derivaron una noción
extraordinaria que choca frontalmente con la concepción occidental
tradicional: la de la eterna interrelación dinámica entre dos polos
opuestos a los que llamaron yin y yang, ontológicamente unidos
esencial e implícitamente. Y es que este concepto, fundamental en el
pensamiento chino, encarna la idea oriental de las dos caras de una
misma moneda, contra la concepción occidental de dos entes distintos
y mutuamente excluyentes. Así, digámoslo en un ejemplo
particularmente chocante, mientras en la visión occidental el bien y
el mal son atributos distintos, separados, contrarios, en la taoísta
son complementarios: éste es el mismo que aquél y aquél es también
éste. Simbólicamente, esta dualidad se representa en la
archiconocida imagen del círculo formado por dos suertes de amibas
---oscura la una, yin; y luminosa la otra, yang--- unidas en un
abrazo dinámico sin fin y ambas con una especie de ojos en su centro
de la tonalidad contraria. Ese símbolo es el “Diagrama del Fin
Supremo” o T’ai-chi T’u
(NOTA 3).
Quizá en esa noción dual del yin y el yang eternamente unidos reside
la clave de la evolución futura del pensamiento humano, si queremos
trazar unas vías de desarrollo menos discrepantes para el avance del
humanismo y el conocimiento científico del porvenir.
En este aspecto de la humildad necesaria, habría que recordar que en
la década de 1920 se dio una polémica célebre entre Einstein y su
colega Niels Bohr
(NOTA 4) en el curso de la cual Einstein pronunció su
famosa frase: “Dios no juega a los dados con el universo”. Pero al
término del debate Einstein tuvo que admitir, reaciamente, que la
teoría cuántica, como la explicaban Bohr y Heisenberg, era un
sistema conceptual consistente, aunque él, Einstein se reservaba la
convicción de que en el futuro se hallaría una interpretación
determinista de los fenómenos subatómicos, basada en “variables
locales” aún no percibidas. A partir de esa polémica Einstein mismo
ideó un experimento conocido como EPR que demostraría que la teoría
cuántica era inconsistente. Treinta años después, John Bell le dio
un golpe mortal a la postura de Einstein: desarrolló un teorema
basado en dicho experimento, el cual demuestra que la existencia de
variables locales ocultas es incongruente con las predicciones
estadísticas de la teoría cuántica. Ese teorema probó un postulado
que es fundamental para efectos de la visión mística (yin) del
universo: el concepto de realidad, como un conjunto de partes
separadas y unidas por conexiones locales, es incompatible con la
teoría cuántica. Así, después de todo, al parecer Dios sí juega a
los dados con el universo, aunque ese movimiento parece ser
cualquier cosa menos el divino y arbitrario capricho que la frase
parece insinuar. En todo caso, esa relativización del determinismo
defendido por Einstein
(NOTA 5) parece indicarnos un camino de humildad mental
que se impone incluso a nuestras convicciones más arraigadas,
particularmente las de orden religioso (porque, ¿qué tenía que hacer
Dios en ese debate? ¿No debería estar por encima o al menos aparte
de él? ¿Por qué insistir en llamarlo como árbitro de un conflicto
que en todo caso atañe sólo a la realidad y al intelecto humano?)
YIN Y YANG
Yin y yang, para simplificar, el principio masculino y el femenino.
Parece claro que, si bien el humanismo occidental, sobre todo en el
último siglo, ha coqueteado un poco con la actitud yin, el
desarrollo científico se ha inclinado decidida y aun rabiosamente
por el modelo yang de corte mecanicista, patriarcal, de control y
dominio absolutos. El prototipo más acabado de esta actitud tal vez
es esa figura del siglo XVII, Francis Bacon, quien llegó a afirmar
que la naturaleza debía “ser perseguida en sus vagabundeos, obligada
al servicio y esclavizada”; para ello era necesario “meterla en
cintura” y torturarla hasta que revele sus secretos”. Según Capra
(p. 427): “Se trata de una relación crucial y temible entre la
ciencia mecanicista y los valores patriarcales, que tuvo un tremendo
impacto en el desarrollo posterior de la ciencia y de la tecnología.
Antes del siglo XVII, los fines de la ciencia eran la sabiduría, la
comprensión del orden natural y el logro de vivir en armonía con
dicho orden. En el siglo XVII esa actitud, que podríamos llamar
ecológica, cambió al signo opuesto. Desde Bacon, el fin de la
ciencia ha sido el conocimiento para dominar y controlar a la
naturaleza. Así, hoy la ciencia y la tecnología se emplean
principalmente para propósitos peligrosos, dañinos y antiecológicos.”
(NOTA 6)
La situación mundial actual, al arbitrio del delirante grupo de
neocons o neonazis apoderados del más poderoso aparato militar que
ha existido jamás, y que tiene a la humanidad al borde de una
catástrofe mayor, no deja duda de los inmensos peligros que encarna
hoy la visión yángica, patriarcal, baconiana, de la ciencia. En el
núcleo de esa inmensa amenaza está la noción virulentamente
masculina y absurda de la “separatividad” de la realidad (“mi” país”
versus otros; “mis” valores versus otros; “mi” entorno versus
otros), cuando ya está claro que “uno de los paralelismos más
significativos entre la física y el misticismo oriental, ha sido el
descubrimiento de que los componentes de la materia y los fenómenos
subyacentes con ellos relacionados, están todos interconectados,
hasta el punto de no ser posible considerarlos como entes aislados,
sino sólo como partes integrales de un todo unificado… el universo
puede estar interrelacionado de formas mucho más sutiles de lo que
antes se había pensado. El nuevo tipo de interconexión recientemente
observado no sólo refuerza las similitudes existentes entre los
conceptos de místicos y físicos, sino que también presenta la
intrigante posibilidad de relacionar la física subatómica con la
psicología de Jung y, tal vez, incluso con la parapsicología,
arrojando al mismo tiempo cierta luz sobre el importante papel
jugado por la probabilidad en la física cuántica.” (Capra, p. 393)
Por fortuna, al parecer estamos experimentando a escala mundial
---científica, ecológica y socialmente, si bien un poco menos en la
esfera económica--- el regreso reivindicado de una visión más
equilibrada del universo, menos mecanicista, masculina, baconiana,
controladora, menos rotundamente yang, vaya. Pero ese retorno exige
de la humanidad, paradójicamente, una actitud más y menos humilde.
Más humilde desde un punto de vista filosófico, para aceptar
que las conquistas de la razón científica y tecnológica no son a fin
de cuentas tan impresionantes y definitivas como les parecieron a
nuestros padres y abuelos: es claro que es infinitamente más amplio
el panorama por descubrir que el panorama ya descubierto. Y asimismo
menos humilde, para no ceder sin cortapisas a la visión
religiosa-dogmática que pretende “explicar” todo con el acostumbrado
subterfugio de los misterios y los dogmas que sólo los “enterados”
(ellos, naturalmente, pues tienen vocación de monopolio) pueden
entender y aun manejar.
MISTICISMO Y CIENCIA
Hay que advertir, empero, sobre un problema que a fin de cuentas no
lo es tanto. La relación entre la física y la mística no debe
aspirar a una fusión, sino a un reencuentro. La meta puede parecer
modesta, pero ciertamente no lo es. Y es que, aunque tanto el
místico como el físico lleguen a similares descubrimientos, uno
partiendo del mundo interno y el otro del externo ---y por tanto la
armonía entre sus conceptos confirma la antigua sabiduría hindú de
que Brahman, la realidad última externa, es idéntico a Atman, la
realidad interior---, sus “utilidades” para uso cotidiano son
diversas y muy probablemente seguirán siéndolo. “En la vida diaria,
tanto la visión del universo mecanicista como la orgánica son
válidas y útiles; una para la ciencia y la tecnología, y la otra
para la vida espiritual, equilibrada y plena. La experiencia mística
es necesaria para comprender la naturaleza más profunda de las
cosas, y la ciencia es esencial para la vida moderna.” (Capra p.
386-390)
En efecto, la primera visión, sostenida por la física clásica
(NOTA 7), es perfecta para lidiar con los fenómenos
físicos con los que nos tropezamos continuamente en nuestra
experiencia diaria, con nuestro medio ambiente cotidiano, como
continuamente comprobamos con los innegables logros tecnológicos que
día con día nos hacen más fácil la vida diaria. Pero ese misma
esquema de pensamiento es completamente inadecuado para describir, y
menos aún explicar, los extraños fenómenos que ocurren en el mundo
subatómico. En cambio, la visión mística
(NOTA 8), opuesta a la mecanicista, aceptaría sin gran
problema el calificativo de “organicista” porque su postulado
fundamental es que todas los fenómenos del universo son partes de un
todo armónico e indivisible. De este modo, la visión “orgánica”
resulta totalmente inútil para construir máquinas o herramientas
tecnológicas de cualquier tipo o generar aportaciones que permitan
la vida y la convivencia de una humanidad cada día más caudalosa,
problemática y exigente. Por eso, aunque los conceptos de la visión
mística, orgánica, del universo, son de utilidad más que limitada
para vérselas científica y tecnológicamente con el mundo de nuestra
escala, resultan extremadamente útiles para entender los mundos
atómico y subatómico. De ahí que “la visión orgánica parece más
fundamental que la mecanicista. La física clásica, que está basada
en la visión mecanicista, puede derivarse de la teoría cuántica, que
se basa en la orgánica, mientras que no es posible hacerlo a la
inversa.”
Eso desde luego no sugiere que los científicos deberían abandonar
sus fórmulas y laboratorios para ponerse a meditar: los caminos son
diferentes, y el hecho de que uno puede parecer más “fundamental”
que el otro de ninguna manera justificaría que se dejara sin más,
como un sendero que conduce a ninguna parte. Por eso mismo tampoco
parece razonable, tal vez ni siquiera posible, que deba intentarse
una influencia mutua, y menos una fusión, una síntesis, entre las
dos visiones, entre la ciencia y el misticismo: “Lo que necesitamos
no es una síntesis sino una interacción dinámica entre la intuición
mística y el análisis científico”. Ambos senderos son
complementarios, ninguno “mejor” que el otro. De nuevo el respeto
equilibrado por el yang y el yin, los rigores baconianos y el
organicismo místico… la ciencia y el humanismo. “En mi opinión la
ciencia y el misticismo son dos manifestaciones complementarias de
la mente humana, de sus facultades racionales e intuitivas. El
físico moderno experimenta el mundo a través de una enorme
especialización de la mente racional; el místico, gracias a una
enorme especialización de la mente intuitiva. Ambos enfoques son
totalmente diferentes e implican mucho más que una visión
determinada del mundo físico. Sin embargo, son complementarios. Ni
uno está comprendido en el otro, ni puede ninguno reducirse al otro,
sino que ambos son necesarios y se complementan mutuamente para
darnos una comprensión más completa del mundo. Parafraseando un
antiguo proverbio chino podemos decir que los místicos comprenden
las raíces del Tao, pero no sus ramas; los científicos comprenden
sus ramas, pero no sus raíces.” (Capra p. 389)
Y en seguida una frase que debería grabarse en los muros del Consejo
de Seguridad de la ONU: “La ciencia no necesita del misticismo y el
misticismo no necesita de la ciencia; pero el hombre sí necesita de
ambos.” Hasta hoy la humanidad se ha mostrado incapaz de lograr esa
interacción dinámica o siquiera algo remotamente parecido. La
actitud prevaleciente en las órbitas con alguna dotación de poder,
es yang a un grado exacerbado: masculina en su peor acepción
(machista, vaya), gratuitamente agresiva, estúpidamente “racional”.
Los ochenta millones de muertos habidos entre 1914-1918 y 1939-1945
deberían ser suficientes para entender la pavorosa dimensión del
peligro de no balancear adecuadamente ambas visiones.
FÓRMULAS Y CÉLULAS
“Creo que el nuevo paradigma de la ciencia ha encontrado su más
apropiada formulación en la nueva teoría de vivir, en los sistemas
de autoorganización surgidos a partir de la cibernética durante
estas últimas décadas. Ylia Prigogine, Gregory Bateson, Humberto
Maturana y Francisco Varela son algunos de los principales
contribuyentes a esta teoría. Es una teoría que se aplica a
organismos vivos individuales, a sistemas sociales y a ecosistemas,
y promete llevarnos a una concepción unificadora de la vida, de la
mente, de la materia y de la evolución. El enfoque de estos sistemas
confirma totalmente los paralelismos existentes entre la física y el
misticismo y añade otros que van más allá del nivel de la física: el
concepto de libre albedrío
(NOTA 9), los de la vida y la muerte, de la naturaleza de
la mente, y otros más.” (Capra, p 433)
Recordemos aquella expresión “aurea mediocritas”, el justo medio
aristotélico; lo que aquí se nos demanda es eso mismo, pero más
exigente todavía. Lo que parece necesitarse es una cirugía mayor en
el cuerpo social mundial, pero antes en la mente individual de los
líderes del planeta. “Para alcanzar tal estado de equilibrio (entre
las visiones orgánica y mecanicista) sería necesaria una estructura
social y económica radicalmente distinta: una revolución cultural en
el verdadero sentido de la palabra. La supervivencia de nuestra
civilización tal vez dependa de la capacidad que tengamos para
efectuar tal cambio. Dependerá, en definitiva, de nuestra habilidad
para adoptar algunas de las actitudes yin del misticismo oriental;
de nuestra capacidad para experimentar la totalidad de la
naturaleza, y el arte de vivir en ella.” (Capra, p 391)
Lo cual nos regresa a la pregunta fundamental de este ensayo: ¿Por
fin se nos abre la posibilidad de un necesario reencuentro (insisto,
no fusión) entre las fórmulas y las células, el conocimiento de lo
animado y el de lo inanimado, el humanismo y la ciencia… Teihard y
Einstein? Los avances actuales de las ciencias (todas las ciencias)
así lo indican sin lugar a dudas; los valores reptilianos de nuestra
visión yángica del universo se le oponen, con las armas en la mano.
El dilema es claro: por un lado la evolución, por el otro la
destrucción. ¿Permitiremos que los neandertales del poder digan la
última palabra (literalmente la última)?
* Este artículo fue presentado
en el Congreso Internacional "La ciencia y el humanismo en el siglo
XXI: Perspectivas" con sede en la Universidad Iberoamericana de
la Ciudad de México, los
días 31 de marzo a 2 de abril de 2006.
[al texto]
(NOTA 1) Fritjof Capra,
El Tao de la Física, Ed. Sirio, 2002, Málaga, España.
[al texto]
(NOTA 2)
Néstor Molina, Mística en la Física: Tercera Materia, Ed. Plaza &
Valdés, 1998, México.
[al texto]
(NOTA 3)
No “Yin-yang”, como se le conoce generalmente.
[al texto]
(NOTA 4)
En cuyo escudo heráldico hizo poner una sola frase: CONTRARIA SUNT
COMPLEMENTA
[al texto]
(NOTA 5)
Nótese la ironía: Einstein rechazando violentamente una “relativización”.
[al texto]
(NOTA 6)
¿Resultará a la postre el Protocolo de Kyoto merecedor de las
esperanzas que en él hemos depositado?
[al texto]
(NOTA 7)
Gruesamente, yang.
[al texto]
(NOTA 8)
Gruesamente, yin.
[al texto]
(NOTA 9)
Conviene tener muy presente al respecto la obra de Néstor Molina,
especialmente el libro “Mística en la Física”, con un sólido
fundamente filosófico en el pensamiento judaico-mosaico y la
teología cristiana, a pesar de lo cual dice, en una frase
especialmente reveladora del potencial destructor que le ve a la
creencia religiosa dogmática en el desarrollo del pensamiento
científico y humanista: “Siento que estaríamos viviendo en un mundo
más adelantado científica y espiritualmente si hubiésemos optado por
un tipo de grecobudismo. Es muy posible que no hubiesen existido las
eras oscuras de las teocracias medievales que ahogaron al mundo en
un cataclismo social. Asimismo, tal vez el comunismo y el nazismo se
hubieran evitado ya que ambos tienen raíces mosaicas… ¡Qué lindo
sería un mundo sin antisemitismo y al mismo tiempo libre de las
creencias mosaicas y sus ramificaciones!.”
[al texto]
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